Mes: diciembre 2012
Delicias
Al acabar las noticias, de nuevo me entraron ganas de vomitar. Apagué la televisión, cogí las llaves, y me marché al trabajo.
Tomé la línea tres de metro en Delicias dejando atrás por un rato, pensé, una tarde mustia y apagada de otoño. Todo resultaba como de costumbre; caras grises, olor a lluvia y sudor, vagones llenos en hora punta… y sin embargo, en Lavapiés una mujer guapa que se bajaba me sonrió, para Callao una sensación extraña se apoderó de mí, y en Plaza de España, donde debía bajarme, me quedé anclado al asiento.
En la siguiente estación logré levantarme pero no bajé, y perdido en uno de los fragmentos literarios que hay en los vagones, comencé a verlo claro: el metro era un mundo en sí, y mejor que el de arriba. Caí en la cuenta de la mezcla de culturas, del paréntesis hacia mi absurdo trabajo, de la posibilidad que cada mirada, cada gesto, cada risa, podían suponer si eran aprovechados. Sentí que acá abajo la miseria estaba ausente, así como el desempleo que azotaba en la calle, y la competitividad, y la mentira del exterior.
Me sentí tan cómodo, que me regalé el día de una línea a otra, sonriendo, y disfrutando de un traqueteo que disimuló el hambre, y me llenó de ideas gozosas. Me decidí a repetir experiencia a la mañana siguiente (ya me justificaría de algún modo en la oficina), aunque eso sí, llevaría algo de comida, y algún libro para llenar los vagones vacíos, porque los llenos, las horas punta, son un mar de posibilidades infinitas.
De eso hace ya cuatro meses, y hoy me decido a empezar a escribir mi experiencia, por supuesto desde aquí abajo, arrobado en esta felicidad extraña de mi nuevo mundo subterráneo, en el que saboreo infinidad de horas, en el que la vida se da una tregua antes de volver a la vorágine del ahí afuera, en el que las personas se hermanan en este extraño útero de transición, en el que he descubierto, una nueva casa, a la que puedo llamar hogar.
The Artist
Por fin vencí la pereza para ver «The Artist», la más de hora y media de mudez me costaban a pesar de que en pretéritos años haya podido con mudas y clásicos de mayor peso, y suponía que mayor tedio. No quiero juzgar un pasado que recuerdo con una sonrisa por lo que aprendí, y por la disciplina que mostré, vengo a dar apenas dos notas de lo visto: fantástica, literaria.
Habrá un millón de críticas sobre «The artist», y algunas más, mejores que las mías, si las he leído no las recuerdo y por eso escribo esto ahora, porque me apetece decir que me resulta fabulosa en su entramado narrativo y simbólico, en su capacidad para imaginar elementos mudos que cuenten magistralmente una historia, que pasando por diversos géneros, romanticón, comedia, drama, musical, te pega a la pantalla con mayor eficacia que la mayor parte de diálogos de la mayor parte de películas que he visto.
Un apunte más, la película tiene un final sobrecogedor porque reúne eficacia, verosimilitud, e historia. Solo apunto sin destripar para quien no lo haya visto y quiera hacerlo: la capacidad para reinventarse y reinventar resulta mágica, catárquica, feliz.
