Sumisión, Michel Houellebecq

Leer a Houellebecq es siempre una experiencia, pero hay experiencias mejores que otras y la lectura de Sumisión me ha dejado un sabor agridulce: esperaba más. Por otra parte, me gusta la sensación de acariciar cierta derrota, de saber que no soy fanático de ningún autor, de creerme con el espíritu crítico intacto.

Lo dicho no quiere decir ni mucho menos que Sumisión no sea interesante o recomendable, sencillamente no ha estado a la altura de mis expectativas, que siempre son muy altas con el francés. Reconozco que se vuela alto en esta novela de política ficción, pero a mi parecer, se vuela torcido.

Es una posibilidad que el tiempo la convierta en un clásico, en una novela visionaria al estilo de 1984 o de Un mundo feliz. Visiones por cierto que a la postre no fueron tan parejas a la realidad, pero sí cercanas. Y supongo que ahí se juega su futuro esta novela. Yo quiero pensar que ni siquiera tendrá esas notas de cercanía. Y espero acertar, aunque reconozco que tal vez me pierda mi optimismo, que no es mucho, pero al menos es mayor que el de Houellebecq.

Vayamos rápidamente con lo que defino como el argumento carcasa. Estamos en Francia, en el 2022, ante unas nuevas elecciones donde el partido Hermanos Musulmanes, con su líder Ben Abbes a la cabeza, ha crecido lo suficiente como para tener opciones de llegar a la segunda vuelta y disputar el poder al Frente Nacional de Marine Le Pen. Para evitar que la ultraderecha gane y gracias a las habilidades de unos y a las torpezas de otros, se termina produciendo una gran coalición que lleva al poder a los Hermanos Musulmanes.

La novela, dividida en cinco capítulos, se podría dividir perfectamente en dos; hasta que el partido político musulmán gana las elecciones presidenciales, y después de que lo haga. Y si antes apuntaba la idea de argumento carcasa, es porque todo lo anterior queda en cierta manera en un segundo plano, ya que en el primero tenemos a François, el protagonista de la novela, un profesor universitario de literatura, especializado en Huysmans, un escritor francés del XIX y principios del XX, cuyo pesimismo es tan sobresaliente, como el hecho de que al final de su vida se convirtiera al catolicismo. Detalles ambos nada baladíes, pues François vendría a ser por el desarrollo de la novela una especie de reencarnación del primero.

El caso es que si analizo la obra en cuanto al personaje protagonista, veo al mejor Houellebecq; metiendo el dedo en las llagas de nuestra cultura, mostrando el brillo de las cadenas del posmodernismo, preguntándose casi con desdén qué hacer con toda esta nada, exhibiendo con crudeza las relaciones sociales y sexuales de nuestros días, no olvidando ni uno solo de sus razonamientos hirientes.

Sin embargo, si la analizo como novela de política ficción, creo que yerra. Por supuesto que el tema es en términos históricos necesario, urgente, me atrevería a decir que crucial: ¿cómo afectará la crecida del mundo musulmán en Europa? Pero creo que estira en demasía el valor demográfico y acalla la importancia de los valores occidentales, como las conquistas feministas de las últimas décadas. La mujer en esta novela es mero objeto, se adaptará el ideario islámico sin presentar batalla; poligamia, formas de vestir, vuelta a reclusión doméstica… No hay resistencia alguna por parte de una sociedad laica y democrática que en Sumisión está prácticamente desaparecida.

Hay justificaciones narrativas a lo anterior que empiezan y terminan prácticamente en la habilidad política del líder del partido de Hermanos Musulmanes, y en que los hombres pueden volver a tomar el control exacerbando sus deseos más o menos reprimidos. Desde luego, a mí no me convence la reducción que hace de las problemáticas. Lo que reprocho a Houellebecq es, que para levantar su mapa del territorio narrativo que le interesa, no traza nada más que unas líneas gruesas, y lo que es peor, me da la sensación que una vez que las elecciones están decididas, el autor se deja llevar con marcha automática tanto como su personaje. Y esa dejadez narrativa y estilística sí que me parece imperdonable.

Por tanto, el problema a nivel literario de la obra no me parece el carácter polémico del tema que trata, sino cierta inverosimilitud que recorren los acontecimientos. Ahora bien, el tiempo dará la razón a Houellebecq o se la quitará en cuanto al desarrollo del islam en Europa, y esperemos que se equivoque y mucho, puesto que ni siquiera pinta el peor de los panoramas posibles.


Sumisión.jpg

Ecuador, Benjamín Prado

Que alguien tan prosaico como yo venga a reseñar poesía puede ser constitutivo de delito, pero asumo el riesgo.

Cada vez que voy a una biblioteca (y últimamente, paradojas, voy mucho por el precio del alquiler), sé que voy de fiesta. Además, desde que he redescubierto el paraíso borgiano, soy también más valiente. Al no haber el riesgo económico que supone una librería y, ante los pasillos del laberinto más feliz que construiremos jamás, dejo llevar mis pasos sin excesivas brújulas y el resultado es siempre una victoria. Así descubrí Ecuador, Poesía (1986-2001).

Ecuador me ha sorprendido por realizar una fusión maravillosa de erudición literaria, experiencia vital y malabarismos lingüísticos cargados de ideas. Adiós a la rima clásica en buena parte de los casos, hola a la poesía que rasga, rompe y abre nuevos espacios, reflexiones y significados a cada palabra y verso.

Hay tantos versos y tantos poemas que me han obligado a releer y a doblar el pico superior de la página para regresar a esa casa recién descubierta, que solo puedo recomendar la obra en su totalidad. Sin embargo, no quiero dejar de señalar en esta diana que es mi reseña, algunas balas como:

«Las ventanas se encienden. Algunos hombres miran la oscuridad, saben lo que desean, pero no lo que necesitan».

«El dolor es siempre nuevo, es el que toca el agua quien inventa las ondas, es el que cae quien inventa el precipicio».

«Una canción es solo la forma de salir de un callejón sin salida».

«Hace falta la noche para ver las estrellas».

«Avanzar es irse quedando solo».

O bien poemas completos como Roto, 4 de octubre en el Landmark Hotel, Siete preguntas para Kurt Cobain y 100 veces mentira. Y es que como dice Benjamín Prado llegado el momento oportuno:

«Hay poemas que saben detener los relojes.

Hay poemas que espantan a los lobos.

Hay poemas que son el camino a una isla.

Hay poemas que son lo contrario al hielo».  

En la literatura en general y en la poesía en particular, tenemos tantos temas como decepciones y desde luego un aire gélido y triste, recorren golpe tras golpe muchos poemas de esta antología. Dos de ellos reclaman en mí sin duda un espacio de honor, las historias de las escritoras Anna Ajmátova y Silvia Plath. Esta última, con tal fuerza que he tenido que incorporarla a mi manera en mi próxima novela. No podía dejar pasar como si nada que alguien llegara a tanto y sin embargo no le sirviera para salvarse. «Soy yo misma. Y no es bastante». Gracias a la lectura de Prado, sé que Silvia Plath escaló su dura montaña, pero que incluso así, metió la cabeza en el horno.

Sí, hay un considerable pozo de amargura en buena parte de la obra, porque al fin y al cabo es el reflejo mismo de la vida. Pero para los que vamos quedando, leer, y leer poesía más si cabe, es un modo de no ahogarnos dentro de ese pozo.

Entré en Ecuador con dudas, salgo con un compromiso: leer más poesía, leer más a Benjamín Prado.

Agosto 2018


Resultado de imagen de ecuador benjamin prado

Ampliación del campo de batalla, Michel Houellebecq

¿Hacia dónde va la novela? Esta pregunta que me hicieron, cuando yo trataba de explicar de qué iba el libro, me atravesó como un bisturí que te deja las profundidades de la carne al desnudo. No tenía ni idea, o al menos no mucha. El protagonista es un informático bastante antisocial (nada raro de acuerdo a los cánones del tópico), que aparte de su pasión por la lectura y de escribir fábulas éticas (aquí ya estamos fuera del lugar común para entrar en terreno extraño), parece tener ganas de que estalle el Sol y todo se vaya a la mierda. Contemplamos su hastío a lo largo de las páginas, y lo hacemos de la mano de un anecdotario que tira hacia lo desagradable.

Es en la vorágine de sus rutinas anodinas y amargas como conoce a uno de sus compañeros de trabajo y, al describirlo por otras cuantas páginas, saltó en mí la idea de que Houellebecq ponía en marcha un recurso narrativo que ya le encontré en otras novelas, la de poner junto a su protagonista antipático y desagradable, otro personaje mucho más desagradable, de modo que por contraste, al lector el primero le resulte más llevadero. Sin embargo me equivoqué y llegamos así al episodio que tal vez justifica por sí solo la novela y el tiempo que se pasa con ella.

Hacia el final de la segunda parte (la obra es corta y tiene tres) ya sí podemos decir ante lo que estamos: un psicópata al descubierto, un enfermo mental muy listo al borde de su crisis violenta, un hijo de puta en toda regla, que a diferencia de otros muchos hijos de puta, no sabe qué hacer con su hijoputismo. En fin, se podría hablar de vacío existencial, pero lo anterior me parece más preciso. Houellebecq, sin embargo se muestra optimista, y su personaje fracasa también en su manipulación psicopática hacia su compañero de trabajo. Por los pelos y no sin consecuencias. Al final, el pobre secundario da mucha pena, sin dejar de dar grima.

El resto de la novela no alcanza ese cénit prematuro y me genera la sensación que luego he corroborado por internet; estaba ante una de sus primeras obras, aunque el francés ya daba muestras de lo que estaba por llegar. Efectivamente y si Wikipedia es precisa, Ampliación del campo de batalla es su primera novela, publicada en 1994 cuando su autor contaba con 38 años. Con Ampliación ya puso en práctica el lema que tanto le ha caracterizado, encontrar las llagas de la sociedad y retorcer el dedo en ellas, lo más fuerte y profundo de lo que es capaz. Y aseguro que es muy capaz.

Algunas de las reflexiones que el protagonista amargado de su tiempo y de su sociedad lleva a cabo, son brillantes (recogeré brevemente dos, la idea de que “el hombre es un adolescente disminuido”, es decir, en la adolescencia alcanzamos nuestra plenitud y todo lo que sucede después es una lenta agonía; la otra, la que da precisamente pie al título del libro, apunta que el liberalismo amplía el campo de batalla de las personas, con este sistema deben luchar por todo y en todo momento, sin edad, sin tregua y sin cuartel unos contra otros), y puedes o no compartirlas (yo por ejemplo creo que el campo de batalla no se debe al liberalismo, sino a algo un poco mayor, la vida), pero quedan ahí para que las mastiques, con calma, si no quieres atragantarte. De hecho, resultará difícil que no te entren ganas de echar a correr, pero ahí surge el último de los problemas que se plantea Houellebecq en su personaje, ¿hacia dónde se puede huir, acaso hacia la profundidad del bosque?

Julio 2018