“El loro de Flaubert”, Julian Barnes

Hace unas semanas que acabé con esta novela, pero por suerte la novela no ha acabado todavía conmigo, y aún tiene cosas que decirme; sencillamente algunas de sus ideas no se me quitan de la cabeza ni siquiera echando encima otras lecturas, por buenas que sean. Viva la profundidad de la huella que me ha dejado. Una huella que trataré de resumir en tres párrafos.

“El loro de Flaubert es una maravilla que funde géneros, que hace teoría literaria, que sostiene la imposibilidad de saber nada con certeza, la incapacidad para conocer a las personas realmente, por mucha información que tengamos de ellas, o precisamente debido a esa sobreabundancia; pero deja implícito sin ninguna duda que merece el viaje de aproximación, tanto al conocimiento como a las personas. Al menos, en algunos casos.

Me harté de subrayar, de hacer dobleces en las hojas, de sonreír ante el raudal de ironía y literatura que despliega Barnes en torno al genio de Flaubert. Pero solo quiero regalaros una de las frases, paradigmático leitmotiv de la obra: “La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos música para que bailen los osos, cuando querríamos conmover a las estrellas”.

Todos aquellos que pretendemos escribir algo decente durante el tiempo que se nos concede, somos conscientes de esa caldera rota. Pero en fin, hacer bailar a un oso tampoco está tan mal, y si quieres ver como brillan para ti las estrellas, tal vez descubras que un par de loros disecados, pueden ser un buen punto de partida.

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Escribir es descubrir, interpretar y actualizar. Seré un poco más explícito, pero poco. Al escribir descubrimos de lo que somos capaces, y asistimos a la evolución de nuestra idea embrionaria; al escribir interpretamos los hechos en crudo que nos dan nuestros sentidos, nuestros prejuicios y nuestros aprendizajes; al escribir actualizamos las ideas que vienen a ser las mismas desde hace miles de años (la experiencia del amor, la culpa, la amistad, el viaje…). Insistiré en este punto.

Es en la actualización donde la mayoría de nosotros podemos encontrar nuestro lugar. Quiero decir, no vamos a escribir mejor que Homero sobre el viaje, mejor que Cervantes sobre la amistad, mejor que Dostoievski sobre la culpa, mejor que Shakespeare sobre el amor, pero sí podemos lograr que haya lectores que accedan, se acerquen, se zambullan, en esas ideas a través de nuestros humildes textos. Y quién sabe si serviremos de puente hacia cotas más altas de la genialidad, porque algo de nuestra obra conduzca al lector hacia un clásico, o sencillamente hacia otro escritor, y le hagamos reflexionar, disfrutar, crecer.

Por supuesto (sobra decirlo pero lo hago) muchos de nosotros también escribimos para sobrevivir. E incluso, logramos vivir gracias a ella.