Ecuación perfecta

Estábamos tumbados y desnudos sobre la cama cuando tuve la idea. Me levanté de un salto, saqué una lata de cerveza de la nevera y la vacié sobre una jarra. Ella miraba divertida, ya le había mostrado que era un tanto payaso y que de mí se podía esperar cualquier cosa. Metí el dedo índice y el dedo corazón hasta el fondo de la jarra, los empapé a conciencia y regresé a la cama. Le di un beso en su coño, otro en su ombligo, otro en cada uno de sus pechos absolutamente perfectos y, con los dedos ungidos en la sagrada cerveza, dibujé sobre su vientre una cruz al tiempo que dije:

−Lo que Philiph Roth ha unido, que no lo separe nadie.

Ella se descojonó. Su risa iluminó el apartamento y por qué no confesarlo, también mi corazón. Me llamó tonto, me comió la boca, me ordenó tumbarme sobre la cama, se me subió encima, y sin ninguna dificultad se clavó otra vez mi polla.

 

Nos habíamos conocido horas antes de la mejor de las maneras. Después de varios intentos fallidos en Casas del Libro, en la Fnac y en La Central, por fin encontré en Tipos Infames el Philiph Roth que buscaba. Al verlo estiré la mano para acariciar su lomo y llegó la sorpresa: otra mano se interpuso y al mismo tiempo agarramos El teatro de Sabbath. No iba a dejarme avasallar y planté resistencia hasta que miré a mi oponente, entonces Roth perdió brillo por una vez en mi vida. Era tan alta como yo pero no quise malgastar la visión descubriendo si el motivo eran unos tacones o no. Su rostro era precioso y me niego a afearlo con mi descripción, el pelo le caía completamente liso más allá de los hombros, y su piel era muy pálida, punteada de un mar de pecas y lunares.

−Quédate con el maestro –le dije clavando mis ojos en sus pupilas marrones y, sintiendo que nunca nada me salió tan de dentro, añadí−, pero déjame que te invite a lo que quieras.

−No me gustan los románticos ni los enamoradizos, tampoco los aduladores y mucho menos los lunáticos. Y tú pareces una mezcla de todos ellos. Además, lo que quieras es un concepto muy amplio que te puede condenar… pero no sé decir que no a una coca cola light sin hielos –Y me sonrió, y me di cuenta que con ella no podría evitar, ser todo lo que me acababa de decir que no le gustaba.

 

Volvimos a corrernos juntos tras no callarnos ninguno de los dos ni uno solo de los jadeos que teníamos muy adentro. Con el orgasmo todavía reflejado en el rostro, con la respiración aún al galope, sin poder dejar de mirarla, le confesé la intuición que me empeño en defender a pesar de las pruebas en contra que me ha ofrecido la vida:

−Gracias a la literatura se folla mejor.

Esta vez fue ella la que se levantó de la cama con presteza. Llegó hasta el bolso tirado en el suelo y, después de rebuscar en él encontró su paquete y sacó un cigarrillo. Usó la lata de cerveza como cenicero. Mientras la contemplaba pensé que nunca nada podría arrojarme más luz que esa pálida desnudez. Pensé en decirle que era la canción que buscaba, que era todas las mujeres que me gustan, el milagro que no me iba a ocurrir. Pensé todo eso y mucho más después de recordar nuestro milagroso encuentro, nuestras conversaciones que nos habían llevado a mi apartamento con total naturalidad pero llenos de deseo, la comunión sexual que habíamos demostrado… Pero aunque lo pensé no lo dije, pues de nuevo caí en su advertencia sobre los tipos que no le gustaban. Fue ella la que contestó a mi intuición con una sonrisa en los labios, y con estas palabras:

−Tal vez folles mejor gracias a la literatura, cielo, pero seguro que en estos tiempos donde reina la imagen y no la palabra, no follas mucho.

Nos reímos, despotricamos contra el mundo, lo intentamos arreglar y, cuando vimos que no tenía remedio, ella me agarró la polla con su mano y yo estuve de nuevo listo para un nuevo asalto.

−Dios debe envidiarme a muerte, o quererme mucho por una vez –dije acariciando el cuerpo de mi religión recién descubierta.

−¿Eres siempre tan blasfemo? –Preguntó ella, acercando su boca a la mía, y apretó fuerte la mano con la que me agarraba la polla.

−No me gusta tentar al infierno −susurré− pero nunca he encontrado un motivo mejor que tú para arder en él.

Una vez más no quise parecer excesivo y me cuidé de soltar mi teoría sobre la querencia por la blasfemia cómplice; esa que no se vocea a los cuatro vientos, esa que se comparte en la intimidad de la pareja o de la amistad, esa que no falta al respeto de quien libremente asuma los supuestos de cualquier fe (siempre y cuando esa misma fe respete también mi libertad), esa blasfemia donde juego a retar a Dios, donde le exijo explicaciones, donde me río de su supuesta gloria, de su promesa a la vida eterna; porque lo sagrado para mí está en el más acá y en la risa y en el darnos pequeños sentidos dentro del caos absurdo al que hemos sido arrojados. Pero como digo todo esto no se lo dije a ella, y hábil por una vez en mi vida, me olvidé de lo divino, me centré en lo humano, y le introduje mi polla una vez más.

De nuevo estuvimos inspirados en las posturas y en los juegos que ejecutamos en perfecta armonía hasta que nos corrimos. Luego, tal vez por culpa del cansancio, del sudor en los ojos, de la piel arañada, de la mezcla de nuestros fluidos, cometí la torpeza de irme de la lengua:

−Por una vez no me siento vacío después del orgasmo.

Y por si el romanticismo no hubiera resultado ya escandaloso, tuve que añadir:

−Somos la ecuación perfecta.

A ella entonces le cambió el gesto, comprendió que yo era un infeliz que le hablaba mucho más en serio de lo que quería aparentar, y me dijo mientras me besaba en los párpados y en la frente:

−Una ecuación perfecta es aquella que no se resuelve. Resuelta la incógnita se acabó el misterio. Y si se acaba el misterio…

Decidió no acabar la frase porque ambos sabíamos que no era necesario. Lo que sí hizo a continuación fue canturrear, fue lavarse los dientes con un cepillo rosa que llevaba en el bolso, fue retocarse el maquillaje, fue vestirse.

Cuando ella estuvo preparada para la despedida, yo estuve a punto de pedirle explicaciones. Me contuve a tiempo. Tampoco lloré. Sacrifiqué definitivamente la parte de mí que quería retenerla. Le pedí un cigarro a pesar de que no he fumado en la vida. Nos abrazamos, nos sonreímos. Nos dijimos gracias en lugar de adiós.

Me he encendido su cigarro y me he puesto a escribir nuestra pequeña gran historia, qué sabe Dios si no volveremos a pelearnos por otro libro.

Romero, 7.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 15.12.15

Vértigo

I

Me diga lo que me diga en otras ocasiones, soy un jodido santo. Si no lo fuese, si fuese el blasfemo por el que me tengo tan a menudo, no habría entrado en la catedral con cara compungida, extendiendo los dedos sobre la portada de Pornografía.

Me diga lo que me diga en otras ocasiones, soy un beato. No tengo bastante con entrar en La Almudena, mientras hago tiempo para mi cita, que encima procuro evitar, no ya el escándalo, sino la más mínima posible indignación de cualquier turista o feligrés, y tapo como puedo el título de la obra de Witold Gombrowicz… ¡Como si alguien a estas alturas aparte de mí, se fijara en los libros que los demás llevan en las manos! ¡Como si la palabra “pornografía” no estuviese asentada en el seno mismo de todas las Iglesias! ¡Como si…!

Pero haya hecho lo que haya hecho en otras ocasiones, esta vez no me enciendo, esta vez no ofrezco ningún espectáculo, esta vez, me pregunto frente a la placa conmemorativa a Juan Pablo II, «¿no me habré hecho mayor?».

No me doy respuesta ninguna y así soslayo el disgusto. Me siento en una de las bancadas, cerca de una de las modernas torres de sonido que incitan al rezo con voces de coro angelical. A tanto no llego, después de todo, ya no recuerdo cómo se hacía tal cosa. «Yo ya solo sé leer», me digo, y abro a mi polaco, tan distinto del polaco de la placa anterior, y me aprovecho de la iridiscente luz de la vidriera cercana para comulgar con la belleza, y abro el libro al azar, y leo: “No creo en ninguna filosofía no-erótica. No me fío de ningún pensamiento desexualizado”.

Me diga lo que me diga en otras ocasiones, me digo allí plantado en mitad de la catedral: «No me entiendo». Y cuando tras leer un rato imbuido de tanta contradicción, o no, me marcho, me atrevo a agarrar Pornografía por el lomo, y me contesto a ese no entenderme que antes se me quedó en el aire con un: «y menos mal».

II

Mi cita es un éxito, entendiendo por éxito que la chica aparece.

Después de todo, a ella le he mostrado la suficiente información de mí a través del wasap, como para cambiarse de ciudad, y no solo no lo ha hecho, sino que ha elegido conocerme. Pondré a prueba su valor y su paciencia.

Es rubia, es inteligente, es atractiva, y por si fuese poco parece que le gustan mis guerras. La cerveza está fría y bien tirada, y desde la terraza donde estamos, cabe apreciarse de fondo el Palacio Real. La noche cae sobre nosotros con placidez y ante tanta conjunción de las estrellas, que no debería creerme, bajo la guardia y se me escapa poco a poco la fiera que llevo dentro y que derrocha venalidad.

Dios consigue ponernos bastante de acuerdo, la política no nos aleja, el cine nos pasma por las coincidencias en gustos, y la literatura…, la charla sobre literatura nos embiste y comienza a cercenar la magia. ¿Cómo es posible –pienso de esta mujer que se declara antigua apasionada de la lectura, pero actual renegadora de la misma− tanta sensibilidad y sin embargo, haber elegido cerrar los libros?

−La literatura es hoy algo residual –dice sin despeinarse.

−La vida fue siempre residual –digo sin poder refrenarme, y continúo lleno de gestualidad−, nacer es una contingencia, la mayor de las casualidades, y carece de cualquier sentido. A partir de ahí, todo lo que hagamos será residual, así que por mucha razón que lleves en esa frase, qué más da si…

−Yo solo digo que hay que vivir más y leer menos –me dice ella cortándome, no sé si algo picada, no sé si para tratar de calmarme.

−¡Pero si leer es una de las mejores formas de vivir! –Digo casi en un exabrupto.

−Bueno, pero admite que hay otras formas de vivir –me dice totalmente sosegada.

−Claro que hay otras, y en nuestros días algunos de nosotros tenemos la inmensa suerte de poder empeñar nuestro tiempo en lo que se nos antoje. Yo sencillamente lo hago en los libros, a mí los libros me tienen agarrado por el cuello, y no me sueltan, y son celosos, y me exigen que sea más y más personaje cada vez, y yo les digo: «pero ya basta, dejadme respirar, permitidme salir de vosotros de vez en cuando…».

−Perdona –me corta−, pero tengo que ir al baño.

Agarra el bolso y se mete en el bar. Su interrupción me permite serenarme, recapitular, decirme que voy a sonreír y a tratar de reconducir nuestra conversación, porque al fin y al cabo estaría bien poder hablar de todas esas cosas, o de cualesquiera otras, desde la cama. Y con ese objetivo la espero.

−Lo siento –me dice mi cita cuando regresa del baño−, pero me tengo que marchar ahora mismo, me han llamado, sabes, es urgente, lo siento mucho, de veras, mira, ya pagué las cervezas en la barra, nos escribimos un wasap, si eso.

Y sonrío, sonrío como un estúpido, y digo que está bien, que no se preocupe, que ya me dirá si la urgencia se resolvió de la mejor manera posible. Y le digo adiós, a ella y a mi objetivo, y ni siquiera nos besamos las mejillas.

Y allí quedo sentado, con un nuevo éxito a mis espaldas. Y entonces clavo la mirada en la jarra de cerveza que está medio llena, y la agarro, y busco la Luna y la encuentro, y hago el gesto de brindar con ella, y digo: «mientras haya cerveza hay esperanza».

III

Me acabo la cerveza.

El camarero me pregunta si voy a querer otra. Cabe la posibilidad de que el tipo sea despistado, o imbécil, pero más bien me parece, con esa sonrisita perfilada que gasta, que es un sádico, y que su intención es regodearse después de ver cómo la chica con la que vine, se marchó sin mí.

Pienso en cogerme una cogorza y largarme sin pagar. Pienso en amargarle la noche quedándome aquí hasta que reventemos uno de los dos. Pienso en prender fuego… Pero haya hecho lo que haya hecho en otras ocasiones, simplemente me levanto y me marcho. Definitivamente debo de estar haciéndome mayor.

Demasiado sereno para mi gusto bajo la calle Segovia y llego hasta su bonito puente. Me acerco al pretil, me asomo al río Manzanares, o más bien el río se asoma a mí. Recuerdo que no me quedan cervezas en casa y se acrecienta la sensación de que el río es un imán.

Digo en alto: «Vértigo». En ese momento una pareja joven pasa a mi lado, me miran y aceleran el paso. Unos segundos más tarde repito la misma palabra. Esta vez solo pasan coches atravesando el puente, indiferentes al bullicio que se prepara en mi cabeza, recuerdos y pensamientos se mezclan en ella como si de una coctelera se tratase.

Vértigo no es el miedo a caerse, vértigo es el miedo a arrojarme. Vértigo es el deseo de acabar con todo. De subirse a la tostada para caer con ella en el lado que prefiera siempre y cuando se estampe. Es reconocer que la vida es una puta mierda maravillosa donde la maravilla se quedó completamente agotada. Es perder las ganas de levantarse, de renunciar a la luz y a la noche, de no aspirar a follar más, a escribir más, a leer más, a reír más, a emborracharme más, a mirarte más. Vértigo en definitiva, es la tentación de rendirse…

Pero qué cojones, hace una bonita noche en Madrid, tengo demasiada suerte como para que caerme a un río acabe conmigo, y tampoco aspiro a dejar un bonito cadáver, sino más bien uno lleno de pellejo. Después de todo, no hace falta rendirse al vértigo, porque antes o después, se quiera o no, ya vendrá a buscarte.

De vuelta a casa encontraré algún chino donde comprar cervezas, y una vez llegue, los libros siempre me estarán esperando. Termino de cruzar el puente y el móvil me avisa que acabo de recibir un wasap. Sea quien sea, puede esperar.

Romero, 6

Idiota

Miro el panel del telefonillo y encuentro el piso que busco: ático B. Me empalmo y comienzo a tener dolor de huevos. Siento cómo la libido se me desboca, cómo mi racionalidad hace aguas hasta vaciarse y perder mi último escrúpulo. En otras ocasiones, cuando una etapa de carestía sexual se me hace insoportable, acudo a mis librerías favoritas, a los Cines Golem, e incluso a la Biblioteca Nacional, y allí espío a mujeres y persigo una aventura que no llega, pero que al menos me hace escapar por absurdo que parezca, de la tentación de pagar por sexo. Llamo al timbre.


Veinticuatro horas antes me encuentro en la Fnac de Callao, bastante necesitado, hojeando poesía, y las piernas y los escotes que el tórrido verano madrileño me ofrece. Mi cabeza me habla del encanto que tenéis si sacáis a Shakespeare del estante, de cómo me fascináis si vuestra elección es Proust, de lo cachondo que quedo si es Auster o Henry Miller quien se acuna entre vuestros dedos, o de cómo se muere mi pasión, al margen de lo buenas que estéis, cuando es Coelho o Moccia lo que elegís. Es entonces, en la cuarta planta, cuando escucho su voz por primera vez.

−Perdona, guapo, Filosofía en el tocador del Marqués de Sade, ¿lo tenéis en edición de bolsillo?

El dependiente, en su stand, y en efecto atractivo a pesar del feo uniforme, teclea en el ordenador sin apenas levantar la vista, y tan competente como anodino, manda a la mujer al fondo, a la izquierda, sola. Si él es idiota, yo no lo soy. La sigo, guardo disimulo.

Es pelirroja, juraría que natural, y su melena le llega casi hasta el culo, un culo por otra parte adorable, rítmico, prieto. Camina llevando en su mano derecha un libro, pero no alcanzo a ver ni título ni autor. Llega a la zona indicada y comienza a pasar su dedo índice por los lomos de los escritores. Su nariz griega le marca un perfil seductor, sus labios rojos parecen gritarme obscenidades. Tiene tanto encanto que no quiero reprimir mi erección a pesar del bulto que se me forma, disponible a cualquier mirada casual.

Localiza a Sade y le soba con delicadeza. Es entonces cuando logro ver el libro que llevaba y que se apoya ahora en su regazo, El teatro de Sabbath de Philip Roth, estoy a punto de marearme. Sin poder evitarlo emito un ridículo sonido, una especie de gemidito que llama su atención. Me mira, tiene dos almendras marrones, preciosas, de las que no puedo disfrutar el tiempo que quisiera. Esbozo una sonrisa y ella me la devuelve. Hago como si pasara por allí y me alejo. Yo también soy idiota.

Me atrevo o no me atrevo, me atrevo o no me atrevoParezco una margarita y vilipendio mi cobardía mientras hago denodados esfuerzos por seguirla camino de la caja sin que se note demasiado, sin que parezca un pervertido.

Ella paga, yo pago, ella sale a la calle, yo salgo a la calle. Decido finalmente pecar por obra, no por omisión. Me atrevo a tocar su hombro y no me habría excitado más de haber tocado sus pezones.

−Perdona, verás, eh…

Me vuelve a regalar su sonrisa y consigo relajarme un poco. Un río de gente nos atraviesa en todas las direcciones, pero desaparecen.

−Lo siento pero no puedo evitar preguntarme tu nombre e invitarte a lo que quieras. Tú en cambio sí puedes evitar que yo haga el ridículo. Por favor, no te des la vuelta y me dejes aquí plantado, sin respuesta, sin esperanza.

−Qué gracioso eres, guapo. Y veo que sabes hablar, además de gemir.

Parece que todos le parecemos guapos. Me mira de arriba abajo sin decir nada más, con todo el descaro del mundo. Se centra en mi bragueta, luego en el libro que llevo en las manos, parece considerar mi media melena, acaba en mis ojos, y por fin añade, con total seriedad.

−Encanto, no soy lo que buscas, huye a tiempo.

−Es imposible huir bajo el imán de tu sonrisa, y ya llevas dos.

Le saco una tercera. Me vuelve a repasar con su mirada, en silencio, hasta que vuelve a insistir.

−De verdad, no me buscas a mí.

Y me parece que se dará media vuelta y punto final. Pero no, me equivoco.

−Allá arriba, cuando encontré a Sade, cuando me seguías tan torpe, debiste pensar que yo era una mujer que te interesaba por los libros que compraba, que sin duda carezco de prejuicios, que soy muy sexual, que podrías conquistarme y follaríamos entre risas, fantasías y libros…

Me pregunto si me está leyendo el pensamiento. Continúa.

−Seguro que llegaste a la conclusión de que yo soy en la cama tan puta como a ti te gustan, que además las palabras me llevan al cielo, que la acción consigue que este arda, y que de nuevo el verbo me hace resucitar.

−Yo no podría haberlo dicho mejor –contesto embobado.

−Pero lo siento guapo, yo no soy así, yo no mezclo la realidad con la ficción, ni el placer con el dinero. Yo soy puta dentro de la cama… pero también fuera de ella. Y no voy a acostarme contigo porque no me gusta complicarme la vida. Un tío atractivo, que me sigue por comprar libros, que me entra de esa manera tan ridícula… tan adorable, y que lee a Benedetti mientras piensa en el Marqués. No, gracias, mejor aléjate de mí.

Y me sonríe por última vez, y me siento perdido, y se da media vuelta, y se aleja, y el río de gente dirección Callao y dirección Sol regresan de golpe, y yo no reacciono, soy un pasmarote, un espantapájaros. Pero entonces ella se para cuando ya está a diez metros, y busca algo en su bolso que termina siendo un boli, y regresa a mí, y me toma una mano, y me dibuja en la palma un río, y por encima dos peces, a la izquierda.

−Mañana, a esta hora, y ven sin libros, y no hables de ellos. Te cobraré como a todos mis clientes. Soy cara, por cierto.

Y se marcha. Tras unos segundos en los que no sé qué hacer regreso a Fnac. Medio doblado de la excitación subo hasta los servicios y me encierro en un baño.


Pulso el timbre durante tres segundos.

−Soy el que debe ser –contesto al neutro «¿quién es?», que llega desde el telefonillo, desde el ático izquierda de la calle Río, número 2.

−Sube, chico guapo –el tono neutro ha muerto, su voz me suena a pura sensualidad y vicio.

Ella efectivamente debe de ser cara, el barrio, el portal, el ascensor, lo son. También la bata de seda negra semitransparente con la que me recibe. También la ropa interior de encaje. Pero lo que me deja sin aliento es la cascada de su pelo rojo, cayendo indómito, salvaje, libre, por su espalda y por su pecho, que se adivina bajo el sujetador grande, firme.

−Sin palabras –digo.

Me besa en las mejillas y me planta un vodka en las manos. Podría haberme plantado una pistola, ordenado que me disparase, y me habría faltado tiempo para obedecer. Sin embargo no me ordena nada, y tras pegar un largo trago al vodka curioseo la casa.

Se trata de un ático descaradamente elegante. Sabe combinar el rosa con cientos de libros diseminados en estanterías repletas, y un estilo minimalista por momentos, con toques de sensualidad, como el cuadro de, El origen del mundo, de Courbet, con ese gran coño abierto, en la mejor de las metáforas posibles.

Esta pelirroja de ensueño, que si no fuese porque me va a desplumar la cartera no terminaría de creérmela, no me deja más tiempo de observación. Me mira a los ojos, y a causa de sus tacones, sus iris marrones están a la altura de los míos, azules. Me besa el cuello.

−Sabes bien –me dice.

−Tú hueles a Paraíso –le digo en un ataque de cursilería impropio de mí, y aún añado: −No he estado con muchas mujeres a pesar de haberos buscado tanto, y desde luego, no estuve con tantas como hubiera deseado. Tampoco estuve antes con ninguna prostituta, ni con nadie tan mujer como tú.

Ella sube del cuello a mis labios, me mordisquea el inferior, al tiempo que cuela en mi boca sus dedos meñique y su anular de una mano, mientras que con la otra baja por mi pecho. Estoy a punto de irme allá abajo cuando ella dice:

−Te dije que dejaras los libros y la literatura en tu casa, no lo has hecho y me obligas a confesarte que te mentí: no soy puta.

En ese instante algo se rompe dentro de mí. La lógica dictaría que me preguntase por qué me ha mentido al conocernos, o si cuando me miente es ahora, o por qué ha hecho una cosa u otra, pero la lógica nunca ha sido mi fuerte. Mi deseo se muere, mi lunática racionalidad toma el mando. Me separo de ella la distancia de mis brazos.

−Si no eres puta no puedo creerte. Si no eres puta esta escena es un grave problema para mí. Chico conoce chica fascinante, chica fascinante presenta un problema irresoluble para el amor. Ese problema se resuelve pronto. Pasión, felicidad, todo acaba bien… Esa no es mi vida, esa sería la vida de un personaje de ficción, de mala ficción si me apuras. Si te follase ahora, si nos enamorásemos, conformaríamos el relato de cualquier escritorzuelo. Me siento demasiado real y vivo como para pensar que alguien me escribe, que alguien juega conmigo, y que encima lo hace como el culo.

Ella abre la boca, quizá incrédula de lo que escucha, quizá estupefacta, quizá indignada. Tal vez quiera hablar y explicarse pero yo vuelvo a la carga:

−Por otra parte, ¿qué carne se resistiría a tu carne? Todos querrían devorarte y no hacerlo es una incongruencia, un requiebro inverosímil del guión, pura estilística, retórica vomitable, tan ficción o más como enamorarnos… Pero al final hay que elegir, y yo elijo rebelarme contra el pasteleo, la mediocridad para otros. Si tenemos a un creador cerniéndose sobre nosotros, que se joda, que tenga que tomar decisiones difíciles, contradictorias, absurdas. Así es como más sentiré yo, y en parte le obligaré a él a darme algo suyo, aunque sea su dolor.

−Gilipollas, estás enfermo. –me dice ella finalmente.

−Gracias –replico con toda sinceridad.

Y con los restos de mi naufragio, con mi libido extinta, salgo de allí lo más pronto que puedo. La lágrima que en la calle recorre mi mejilla me sabe a certeza: soy idiota, soy.

Romero (Apuntes, 5).

Yo no soy bueno

Tras ocho horas de sonrisas forzadas desde la mesa de la sucursal bancaria donde trabajo, llego a la estación con la vejiga a punto de reventar. En unos minutos podré mear en el baño del tren y será el mejor momento del día. El andén a estas horas no está abarrotado, pero hay más gente de la que desearía… siempre hay más gente de la que deseo allá donde vaya.

A los lados de la puerta que escupe a los pasajeros que se bajan, nos amontonamos los que queremos subir. He visto que el baño está cerca y una sensación de alivio recorre mi cuerpo. Me contemplo en la ventana y me atraviesa cierta desazón; tengo mi traje impoluto, la corbata perfecta, mi pelo engominado y rojo en su sitio, y sin embargo la mirada está triste, cansada, abatida. La metáfora de lo que soy parece cumplirse en el reflejo del ventanal: mi cáscara brilla, mi interior son tinieblas.

De improviso irrumpen voces, me doy la vuelta para saber el motivo y el asco me inunda. Son tres chicos y tres chicas que difícilmente llegan a los dieciocho años, y que bajan gritando y a todo correr las escaleras mecánicas. La palabra “choni” les define a la perfección. Sus ropas deportivas chillonas y sus pelos ceniceros en ellos, y sus tatuajes horteras, sus oros falsos, y el emperifollaje de ellas, me hacen daño a los ojos. Se agolpan en la puerta con unas voces innecesarias donde esperamos el resto. Cruzo una primera mirada poco amistosa con el que parece el líder de esa chusma.

A base de groserías y sin respetar el orden entran antes que los que llevamos más tiempo esperando. Se plantan alrededor de la zona del baño y uno de ellos se mete dentro al grito de, ¡Voy a descargar, Johny! mientras el aludido, que es con quien crucé la mirada, le soba descaradamente el culo a la chica más guapa (o menos cutre) del grupo, a quien su amiga le dice, ¡Qué suerte tiene tu coño, Jenny!, pero esta no parece prestarle atención, y lo que hace es mirarme a mí descaradamente. Me siento a escasos metros de todos ellos y me digo que esta historia acabará mal. Mi vejiga me punza y me exige aliviarla.

La particular jauría, con sus voces y comentarios, exaspera a todos los viajeros que estamos cerca, desde el melenas que se sienta frente a mí con cierto aire de superioridad tratando de leer al francés Houllebecq, pasando por la gorda que no deja de escribir nerviosa en el móvil, y llegando al negro cincuentón que decide levantarse y alejarse de allí, como si huyera de la tensión que se empieza a cocinar. El choni del baño no termina, y tras un eructo asqueroso del rey de esa fauna, cruzo una segunda mirada con este, ya de claro desafío.

A partir de entonces Jhonny me lanza periódicas miradas, aunque no con la insistencia de Jenny. Yo también miro hacia los dos a cada poco, y en cuanto el baño quede libre iré hacia ellos y que ocurra lo que tenga que ocurrir. ¡Mira Jhonny! dice de pronto el tercer integrante masculino de aquel circo, y agarra la barra de sujeción paralela al techo, ¡Ma´go más que tú! Y comienza a hacer flexiones de brazo sujeto a la barra. Jhonny no tarda en picarse y se pone a competir a ver quién de los dos demuestra ser más idiota.

El melenas que tengo enfrente deja de leer y contempla la absurda lid choni. Me pregunto cuántos prejuicios tendrá él, si llegará a la mitad de los míos, si se acercará a la cantidad que tenga Jhonny, si se acostaría con Jenny o si le diría que no, a causa de los principios que interpreto en sus ojos, a pesar de que ella no desprende tanto tufo a vulgaridad como el resto de la manada. Ella por su parte sigue centrada en mí, es la única que no ha hablado (o berreado) todavía, y me desconcierta por completo ¿Qué busca, la bronca conmigo, huir de su universo, se plantea acaso qué es lo que hemos hecho con nuestras posibilidades como especie para generar tantos submundos? Dejo mis divagaciones ante el ultimátum que me da la vejiga: mear o reventar. Entonces escucho correr el agua de la cisterna del baño; me sorprende que el choni haya tirado de la cadena, y pienso de inmediato que solo falta que también se lave las manos tras la meada, para que el mundo se colapse ante el asombro.

Jhonny sigue con sus flexiones y con sus miradas, no se ha olvidado de mí. Si Jenny me desconcierta, él sencillamente resulta primario, tosco, imbécil, y a todas luces violento. En su absurdez da un paso más. Insatisfecho con su particular número circense convierte la competición de flexiones en una especie de juego de artes marciales, y a cada flexión le acompaña una patada al aire y un alarido. Solo me cabe desearle con todas mis fuerzas que se caiga y se abra la cabeza… pero lo que se abre por fin es la puerta del baño. Me levanto de inmediato, debo pasar por donde Jhonny suelta sus patadas, cada vez más escandalosas y risibles. Juraría que las pupilas de Jenny se han abierto desmesuradamente, tal vez por miedo.

Con mi primer paso hacia el baño, la gorda que aún seguía escribiendo en su móvil deja de hacerlo como si hubiera olido la tensión, el melenas me hace un gesto de cabeza que debe significar algo parecido a, no vayas, y Jenny les dice a los suyos con una inflexión en la voz de mandato, ¡Parad! Pero Jhonny no hace caso (el otro sí) y da una nueva patada al aire, más agresiva aún que las anteriores, al tiempo que me mira. Y tal vez por el sudor, o por contorsionar demasiado el cuerpo que pone casi paralelo al techo, o por tener demasiada confianza en sí mismo, o por mis deseos, o por justicia divina, o por lo que sea, pero el caso es que las manos de Jhonny resbalan de la barra y este se golpea la cabeza brutalmente contra el suelo.

Todos escuchamos el crujido, el silencio más sepulcral llega momentos antes de que aparezca la sangre, y de que vuelvan los gritos de los chonis, esta vez con un cariz de preocupación y dolor. Jhonny está inconsciente y de su cabeza brota la vida, Jenny se agacha temblorosa, su cara es el reflejo del miedo. De pronto vuelve a mirarme, con odio, con rabia, y comienza a gritar, ¡Has sido tú, tú tienes la culpa, tú lo has hecho! Yo aguanto paralizado su mirada y sus reproches. La chica del móvil vuelve nerviosa a sus mensajes, el melenas saca un cuaderno y se pone a escribir compulsivamente en él, el resto de chonis que no entienden nada tratan de tranquilizar a Jenny y que Jhonny vuelva en sí. Finalmente me doy media vuelta y me alejo de ese vagón de locos. Ella sigue gritándome, me cruzo con dos seguratas y con otros curiosos que se acercan a ver qué diablos ha ocurrido, y cuando estoy a cierta distancia, caigo en la cuenta de que se me han pasado por completo las ganas de mear.

LÁZARO

Lugares sagrados

La primavera se me escapó de las manos. Y el alcohol también, como de costumbre.

Eran las doce de la mañana de ayer viernes y cargaba con una cogorza de campeonato, por el único motivo de haberme despertado triste y con todo el peso del mundo sobre mi pecho. Pensé que lograría aliviarme con una cerveza. Cuando varias fracasaron me pasé al vodka, y ya se sabe, una cosa lleva a la otra y me planté borrachísimo cubata en mano, frente a la puerta donde un día fui feliz por creer que podría conquistar mis sueños. Tiré el cubata al suelo y me adentré en la Biblioteca Municipal.

No debí de abrir la enorme puerta con demasiado sigilo porque enseguida sentí unos cuantos pares de ojos sobre mis tambaleantes pasos. Tampoco quise reparar en nadie, no fuese a toparme con la mirada de quien un día me aceptó como reto, hasta que con mis denodados esfuerzos logré que se rindiera. Trabajaba como bibliotecaria y no la había vuelto a ver desde hacía dos años, tal vez ya no trabajara allí, o no estuviese en turno. En cualquier caso me negué a asumir que ella fuese el motivo de mi irrupción. Pero si no era por ella, ¿por quién entonces? Bien sabía que era una pregunta fácil de contestar: por ellos.

Ellos son tantos, que no supe por dónde empezar mi irrupción bibliófila hasta que empecé por la nostalgia, y me dirigí a la sección de filosofía. La rabia y la frustración se me empezaron a escapar por los poros y para contrarrestarlos elegí al tipo menos rabioso de cuantos hemos existido nunca: Immanuel Kant.

La Crítica de la razón pura bailó unos momentos sobre la balda, pero fui capaz de agarrar el mamotreto antes de que cayera. Leí en alto, despreocupado de estar donde estaba: “No hay duda de que todo nuestro conocimiento comienza con la experiencia…”. Me negué a continuar. Tiré el libro al suelo y retumbó en el pasillo, en la sala, en las tres plantas del edificio, en la ciudad, en la Tierra, y en el Universo Entero. Luego, el ruido de Kant se apagó como sus últimas palabras justo antes de expirar: “está bien”. ¡Qué carajo va a estar bien algo, nada lo está, y no quiero jamás, escucharme decir tal cosa. Me prefiero deshecho, devastado, en ruinas, pero no quiero morir con la sensación de haber tenido bastante. Mejor el dolor que la indiferencia.

Mi siguiente víctima fue Sartre. Busqué El diablo y dios pero como en mi vida real no hubo suerte. Sí encontré A puerta cerrada, que tiré al suelo, y lo mismo hice con La puta respetuosa, y Las moscas. Sentí cómo me desquiciaba al pensar en la vida del francés, en su ética, en su buena fe. Su coherencia se me hizo insoportable y me laceró por desbordarme yo en mis contradicciones. Fui dolorosamente consciente de compartir con Sartre alguno de sus vicios, pero ninguna de sus virtudes. Esa asquerosa lucidez me hizo llorar, el alcohol no tenía nada que ver con el asunto.

No recuerdo bien cómo fue la transición pero de repente tuve a Nietzsche fuertemente agarrado. Una de mis lágrimas cayó sobre Humano, demasiado humano y recobré en esta escena algo de aliento y cordura. Le coloqué de nuevo en su lugar con un mimo torpe, y tuve que abandonar la filosofía.

Nadie se atrevió a decirme que recogiera lo que había tirado a pesar de sentir tales ganas en el cogote. «Miedo al loco», pensé, y esto es lo que dije a quien me quisiera escuchar: «A los locos no hay que temerles, a los locos hay que preguntarles por qué están locos, aunque su respuesta suene a locura total».

Sin que nadie me preguntara nada recorrí con tambaleos la novela en todas sus épocas y autores, «¿cómo elegir a quién destruir, o al menos humillar, contra el suelo?», me susurraba a mí mismo a cada paso. Me escocía sobremanera la idea de que en el arte de novelar, había encontrado siempre más vida que en la vida misma, y que desde hacía muchos años, había pensado que mi nombre acabaría en las estanterías de las bibliotecas. Pero desde hacía un tiempo a esta parte, había decaído mi sueño de aportar nueva vida, y la duda de la ya agrietada certeza anterior, se había gangrenado. Al paso que iba, mis libros no acabarían ni en la más triste de las librerías, y ni siquiera como regalo de tres al cuarto, pues para ser escritor y acabar colocado, alto o bajo, hay que escribir, y no basta con ser mero personaje.

No recuerdo bien cómo acabé imantado contra Arthur Miller, pero sí que, tras página y media de Muerte de un viajante, pasé de centrarme  en todos los Willy Loman que hay en el mundo, a centrarme en quien tan bien y tan duro los reflejara. Y no sentí comprensión, sino envidia. Ante varias personas que me cercaban comencé a desbarrar:

−El cabrón de Arthur Miller tuvo Broadway a sus pies, se reinventó las veces que le fue necesario, puso en jaque la Caza de Brujas de McCarthy, y por encima de todo, se casó con Marilyn Monroe.

Estuve a punto de vomitar de rencor, pero creo que de alguna manera fantasmalmente caritativa, lo impidió la rubia eterna. Tras unos segundos sin saber bien qué ocurría en mi cabeza, estampé a Arthur contra el suelo porque no supo evitar la pérdida de ella. Desfondado de intensidad, me marché de allí con escándalo.

En la huida por fin se atrevieron a abroncarme, no sé si solo por lo relatado, o porque posiblemente (tengo una nebulosa al respecto y no sé si lo que sigue ocurrió de verdad o no), tiré al suelo de un modo teatralmente borracho, toda la sección de teatro de la Biblioteca Municipal. Incluso creo que hubo un valiente que quiso retenerme. Si fue así, si la nebulosa ocurrió de verdad, creo no llegamos a la sangre. Tampoco llegó a tiempo la policía que escuché estaba de camino. Lo que sí fue real porque sus ojos rasgaron la nebulosa, fue la mirada avergonzada de quien en su día llegó a quererme, y en ese momento, escondida entre varias personas, no sabía dónde meterse.

Al salir a la calle lo tuve claro. Una epifanía me gritó que tras el bochornoso espectáculo que acababa de ofrecer, solo Dios podía enmendar el entuerto, o superarlo.

La iglesia donde hiciera la comunión me volvió a ver con más de veinticinco años de retraso. Apenas a ninguna otra, pero desde esa fecha señalada, no había vuelto a aquella casa de Dios donde recibiera el cuerpo de Cristo a la fuerza, o lo que es lo mismo, donde se le dio una galletita a mi conciencia, aún sin formar, tan inocente como para creer que existía un Dios bueno, que dirigía un mundo horrible.

Fue pisar la iglesia, fue pensar lo anterior, y fue que la borrachera comenzó a remitir. Me paseé por la gran casa desahuciada de gente y mientras lo hacía, me sobrecogió el silencio más que la cruz, la penumbra más que el oropel de frases bíblicas estampadas en las paredes, y la viejita que en ese momento entró por la puerta, más que mi descreimiento. Entonces vi que éramos tres, pues una sombra negra se movió sibilina, era el cura.

−La casa de Dios está tan cargada de contradicciones –dije sin venir a cuento y sin alzar mucho la voz cuando se cruzó conmigo la señora−, como la de cualquiera. Lo molesto es que no admita grietas, y que encima se pretenda llena de luz.

−¿Cómo dice hijito? –me contestó ella enfrentándose a mi aliento con estoicismo− Estoy un poco sorda.

−Digo que le deseo que tenga un buen día.

Incliné mi cuerpo en señal de respeto como no había hecho… nunca. Volví sobre mis pasos, y a punto de marcharme cambié de idea. Quién sabe si guiado por el espíritu santo, me encaminé hacia el confesionario.

Allí me dormí un tiempo impreciso hasta que apareció el cura. Me despertó tras golpear ligeramente la celosía donde tenía apoyada mi cabeza, y tras golpearme con su mazo dialéctico:

−Hijo, ¿estás bien?

Por suerte no era mi padre, por suerte me resitué rápido, por suerte los arcanos del pasado afloraron a mis labios:

−Ave María Purísima –dije.

−Sin pecado concebida –dijo.

−No como nosotros –dije, y noté cierta incomodidad.

−Pero el Señor está en tu corazón para que puedas arrepentirte humildemente de tus pecados –dijo.

−Humildad no me falta, padre, aunque dudo que el señor sea capaz de habitar en mi corazón –dije.

−¿Y por qué piensas eso? –preguntó.

−Porque es un lugar inhóspito, lleno de goteras, y debo confesar que también lleno de vida. Verá padre, lo que ocurre es que como me iluminó en cierta ocasión una amiga, en los corazones donde hay vida, es porque hay humedad, y donde hay humedad, es porque hay sexo. Y yo estoy plagado de humedad, y tengo entendido que Dios no se lleva demasiado bien con las humedades –dije.

Silencio hasta que al fin con cierta dureza en la voz se me dijo:

−Tu sexualidad enfermiza no es sino una reacción ante tu falta de trascendencia.

Y tras la diatriba, el pedo, ya atemperado para entonces, bajó varios puntos de golpe en su escala de borrachera, hasta alcanzar cotas bajas de puntillo y poco más.

Me revolví:

−Pero mi falta de trascendencia quizá se deba a quienes han traficado durante siglos con la palabra de Dios para hacerse con… −decía.

−Es posible que tengas razón –me cortó sin añadir más.

−Pero no va a apelar a mi responsabilidad individual –protesté acercando mucho la cara a la celosía. Quise ver el rostro del cura.

−Lo que es reprobable, es reprobable –dijo él desde las sombras.

−¿Seguro que es usted cura, seguro que no le estoy inventando? –le pregunté.

−Eres demasiado débil e impresionable –me soltó.

−Es verdad –dije y me levanté.

−Espera –dijo, no sé si con sorna o en serio− Yo te absuelvo de tus pecados. Puedes ir en paz.

En ese momento la señora se marchaba de la iglesia y pasaba a mi lado, no pude contener ciertas ganas y mirando al confesionario, dije:

−Gracias por la generosidad divina, pero a pesar de mi debilidad, elijo atesorar pecados y errores, y vivir en guerra conmigo mismo.

La señora no estaba tan sorda y sin que lo esperara me dijo:

−Es una opción como otra cualquiera, hijito.

Y sin obtener respuesta desde más allá de la celosía, me marché junto a la vieja. Abrí la puerta de la casa de Dios y dejé marchar a la señora. Se fue paso a paso y me dejó con la duda de que lo hiciera llena de fe, pero convencido de que lo hacía llena de fuerza.

Ya en la calle una ráfaga de aire se terminó de llevar los últimos efluvios de mi borrachera, y me trajo los primeros síntomas de la resaca en forma de dolor de cabeza. Por supuesto solo me quedó la opción de perderme en los bares.

Llegué a mi bar favorito del mediodía con algo de rabia. Me dolía la cabeza pero recuperaba cierta lucidez. Mi sexualidad enfermiza, mi sexualidad enfermiza… me repetía una y otra vez recordando a mi confesor. Si acaso puede reprochárseme algo al respecto, pensaba enfadado conmigo mismo por no haber estado más hábil en la réplica, es que no haya llevado a cabo mi proyecto de convertir la sexualidad en algo, precisamente trascendente.

Entonces caí en la cuenta de que mi proyecto era tan viejo y estaba casi tan olvidado, como el de no hacer nunca daño a ninguna mirada que me haya querido. Desde luego no podía estar contento de cómo me marchaba el día. Algo abatido decidí pedirme un vodka.

La camarera decidió regalarme una sonrisa y un generoso pincho de tortilla. Se lo agradecí y como a esa hora no había nadie en el bar, la invité a que me acompañara a fumar. Ella dijo «Sí». Me sorprendí, llevaba mucho tiempo sin escuchar esa sencilla y fácil respuesta a tantas preguntas como hacía.

Ya afuera, tras un trago al cubata y un mordisco a la tortilla, me confesé:

−No fumo.

Ella sonrió y sacó dos cigarros. Acepté la invitación y traté de no hacer demasiado el ridículo con esa arma mortal entre mis dedos. Ninguno de los dos hablábamos. Pensé que a esas alturas ella solo podía ser medio tonta, o demasiado lista. Al momento incluí la posibilidad de que fuera pura bondad. Finalmente el silencio se me desbocó de la boca y dije algo parecido a lo que sigue:

−Las personas que tenemos cerca piensan que te conocen por el simple hecho de esa cercanía. Y si encima te han leído alguna vez, incluso creen saber tus secretos más profundos. Pero su conocimiento no son más que patrañas, ¿cómo va a conocerte nadie, cuando uno no es capaz de conocerse a sí mismo, o mejor, cuando lo único que te has demostrado en la vida son mentiras? Que no te engañen, el futuro es un abismo, el pasado es un cuento, el presente…

En ese momento me callé porque desfiló delante nuestra un cincuentón que lucía una sonrisa que califiqué de enigmática.

−El presente –rompió la camarera el silencio al tiempo que retomaba el hilo−, es este cliente que acaba de entrar. Deja que le atienda y vuelvo a salir para que me hables de alguno de esos cuentos tuyos pasados. Quién sabe, lo mismo me intereso por tu futuro.

Y se metió dentro. Y yo tiré el cigarro. Y miré el vodka pero no lo toqué. Y volví a escribir aunque fuese en una servilleta, y tan solo mi número de teléfono. Y me marché.

Comprendí que tenía cuentas pendientes y que no podía quedarme. Debía descansar, quería dormir toda la tarde y toda la noche para volver sobre alguno de mis sueños, algo que llevaba demasiado tiempo sin ocurrir.

Ahora termino de escribir y me preparo para volver a la Biblioteca a pedir perdón  a la iglesia para confrontar mis argumentos, y al bar para divertirme.

Romero (Apuntes, 4)

La azotea

Di un sorbo al cubata. Miré al maromo con altanería. Sabía que la noche iba a acabar muy mal…

El día había ido bien y esperaba terminarlo sin que se estropeara. Mientras hubo luz, las dos o tres veces que la nostalgia quiso entrar en mí, le cerré la puerta. Sin embargo me pasé de listo, de confiado, y de alcohol.

Lo supe de inmediato, en la pensión, al oscurecer. Lo supe en cuanto me vestí con la camiseta que reza: Yes, I’ve read Ulysses. Es un hecho objetivo que atrae problemas cuando me la pongo. Y con ella marché a la discoteca.

Todo podía haberse reconducido si el gorila de la puerta hubiese sido más estricto y me hubiera impedido el paso. Creo que se lo pensó dos veces pero al final decidió que cumplía con la etiqueta aunque fuese por los pelos. Y nunca mejor dicho, pues para variar me recogí los míos en una coleta.

Bajé las escaleras de La Noche y el Día como siempre bajo unos escalones; pensando en Dante y en la famosa inscripción a las puertas de su infierno: «Los que vais a entrar…»

Me instalé en la barra y comencé a beber con la intención de transmutarme en el tipo impresentable, que ya puedo llegar a ser si me esfuerzo un poco. Con el segundo cubata de vodka arribó mi desprecio hacia esa jodida música; en el cuarto la discoteca estaba llena y mis ganas de burlarme de todos también; con el sexto convertía al que se cruzaba conmigo en personajillo; con el octavo vodka, transformé a la rubia que se pidió una copa no muy lejos de mí, en una mezcla de Marilyn y de Virginia Woolf… aunque ella probablemente no hubiera oído hablar en su vida de la segunda, y quizá tampoco de la primera.

Sin embargo, de lo que no tuve dudas es que se trataba de una calientapollas de primera. Cuando se topó con mi mirada de borracho la sostuvo, y no la esquivó a partir de entonces ni una sola vez, por muy libidinosas que se tornaran mis pupilas. Tampoco dejamos de provocarnos cuando llegó su novio, su maromo, su chulo, o lo que fuese. Tampoco cuando lo que fuese se dio cuenta de mi presencia, digamos… amenazadora.

−¿Tienes algún problema? –preguntó lo que fuese acortando la distancia que nos separaba con tres pasos. Como mínimo su bíceps era el doble que el mío.

−Bueno, no tenía ninguno hasta que viniste a mí con tu asquerosa frase manida –le dije con una sonrisa.

Yo estaba muy satisfecho de mí. Eché mano al cubata.

−¿Qué coño dices?

Por un momento parecía haberse olvidado de lo que había venido a defender… el honor de su chica.

Recuerdo que pensé en decir, «solo contemplaba la fermosura de la doncella». Pero finalmente dije tras dar un sorbo al cubata, mirar al maromo con altanería, y saber que la noche iba a acabar muy mal:

−Mi problema es que la rubia con la que estás, tiene ganas de hacerme una mamada, y tú nos estorbas.

Ya había dicho bastante y añadir una sola coma me hubiera supuesto perder la iniciativa. Mi lado macarra está en fase de construcción, pero ya sé de modo sobrado que en estos casos, la iniciativa es lo más importante. Así que actué en consecuencia.

Le estampé el vaso de cubata en pleno rostro, a la altura de su oreja izquierda, cuando aún no había cerrado su bocaza, cuando aún no le había dado tiempo a reaccionar.

El vaso estalló y todo alrededor se llenó del pringoso vodka. Mi mano se rajó. El maromo se desplomó a mis pies, su oreja y su mejilla pronto fueron un surtidor de sangre. Ganada la guerra, salí por patas.

No presté atención a los gritos de la rubia, quien ya no tenía nada de Monroe ni de Woolf. Tampoco hice caso de los insultos de quienes habían presenciado la escena, incluida la camarera que debió caer en la cuenta de que me largaba sin pagar. Conseguí librarme de dos héroes que intentaron impedir mi fuga. Y logré mi objetivo porque los gorilas de planta estaban lejos, mientras que el de la puerta, a su pinganillo, le decía no escuchar bien cuando yo salí del averno a la carrera, burlándome de la amenaza dantiana, y recuperando la esperanza entre tropiezo y tropiezo.

Oí pasos detrás de mí, continué la carrera, y aún la aceleré al escuchar sirenas y sentirme el protagonista.

La imaginación no se elige y la mía trabaja muy por su cuenta, así que comencé a pensar, justo cuando di con un portal abierto, ¿el limbo?, que los mejores cuentos de Hemingway son aquellos en los que la palma el protagonista. Yo sin embargo no tenía pinta de que fuera a morir a pesar de la fea herida de mi mano.

Sabía que la noche iba a acabar mal, pero no en muerte para mí. ¿Y para el otro, para el maromo? Yo no soy un personaje de Hemingway, me salgo de sus esquemas, pero lo que fuese sí que lo era. Tal vez, pensé mientras subía al último piso, haya otro por ahí relatando la historia desde el punto de vista del maromo, para quien la noche sí que va a acabar mal de verdad… En ese momento envidié que su historia pudiera ser mejor que la mía, tropecé contra un escalón y casi me partí los dientes.

Para mi sorpresa llegué hasta la azotea. La puerta que daba acceso al cielo estaba abierta.

La cabeza me daba vueltas, nadie me seguía, las sirenas habían desaparecido. Me convencí de que el maromo no acabaría tan mal la noche, y yo tampoco. Me senté. La tranquilidad llegó después del vómito. Aún estuve despierto un buen rato. Mientras me dormía al amanecer, pensé que el Paraíso es siempre aburrido.

Romero (Apuntes, 2)

Homenajes

Proust me aburría. Desde hacía dos o trescientas páginas, Marcel estaba enfrascado en una de sus interminables y fatuas fiestas burguesas, sin lanzarme uno de sus abigarrados flashes llenos de genio y sensibilidad.

Fue entonces cuando me atravesó la frase de la chica:

−Hay hombres algunos años más tristes que yo.

La mesa de la pareja estaba cerca de mi mesa. Ella, rubia, me daba la espalda, pero gracias a un espejo podía ver su perfil, su bonito perfil. Él, quedaba por entero frente a mí, vistiendo impecable, con el pelo impecable, con un atractivo impecable, y con una sonrisa sin embargo que se perdió al escuchar la respuesta desconcertante de la chica.

Era sin duda su primera cita. El tipo pareció procesar la información poco a poco. No entendió el cambio de género, llegó tarde a la metáfora, ni por asomo se le ocurrió que se citaba una canción. Lo peor de todo es que no le encontró ninguna gracia a la frase.

Decidí ponerme al acecho. No tenía prisa, las viperinas lenguas que pululaban en las páginas festivas del francés  tampoco, y mi cerveza estaba a la mitad.

La conversación entre ellos no fluía, ella tiraba de ingenio que él no captaba, y él hacía gala de un ego que no iba a ninguna parte.

Años atrás me hubiera conformado con ser un simple voyeur, pero había crecido y quise convertirme en una amenaza. Arranqué una hoja de Sodoma y Gomorra, me puse a escribir en los márgenes, y esperé mi oportunidad.

Al acabar sus postres el tipo se marchó a los servicios, tal vez quería escaquearse de la cuenta, tal vez revisarse el pelo engominado, tal vez tan solo quería mear. Me importó poco salvo que era mi oportunidad. Doblé la página una, dos veces. De inmediato me puse nervioso y la arrugué hasta hacerla una bola. La lancé hacia la mesa donde la rubia había sacado la cartera para pagar. La bola de papel chocó contra su copa de vino, y quedó muerta.

Ella se giró y me examinó con descaro de arriba abajo por unos segundos. Luego se volvió hacia su mesa, desenvolvió la bola, curioseó, y leyó lo que le había escrito: en la ardiente oscuridad me gustaría invitarte a un dry Martini, y sexo anal.

El tipo regresó del baño, ella seguía mirando la nota, yo contemplaba la escena con todo el descaro del que era capaz. Pero ni siquiera así el impecable me consideró una amenaza, no se le ocurrió pensar que esa página arrugada se la hubiera podido alcanzar quien se sentaba a un metro escaso de ellos.

Cuando él le preguntó qué hacía, lo que ella hizo sin contestar fue rebuscar en su bolso. De allí sacó un boli bic azul y con verdadero garbo escribió en un margen libre de la hoja. Cuando acabó volvió a arrugar la página, se giró hacia mí, me sonrió, y me la echó encima de la mesa.

−Vámonos anda –dijo sin más explicaciones para nadie.

Estuve a punto de levantarme e irme con ella, pero la invitación era para el otro, quien la siguió con su boca abierta. Había perdido la impecabilidad.

Ya se habían marchado cuando leí lo que me había escrito: los freakis me gustáis para muchas cosas, pero, he trazado un ambicioso plan que consiste en sobrevivir, y en follarme a los guapos. Lo siento, pero Proust ya no tiene mucho que ofrecerme al respecto… eso sí, estoy de acuerdo contigo en que este tipo es demasiado tonto para hacerle el favor de tirármelo, aunque él todavía no lo sepa.

Con una sonrisa pagué y me marché. La victoria está sobrevalorada, y esa noche tampoco perdí.

Romero (Apuntes, 1)