Un viaje cualquiera

El mono que se pasea por la estación como si fuese un rey, nos entretiene a la espera del tren que nos llevará de Udaipur a Agra. Serán doce horas de trayecto para tan solo cuatrocientos kilómetros, lo que da una ligera idea de lo que supone moverse por la India.

Cuando llega nuestro tren, medianamente puntual, aceptamos su cochambre, la suciedad, y nos preparamos para el hacinamiento y la lentitud, como un viaje cualquiera de los que hemos tenido dentro de este país inasible al espíritu occidental. Parece sin embargo, al llegar a nuestros asientos, que tenemos algo de suerte porque apenas hay viajeros. El grupo se pone cómodo y al rato cada uno se ensimisma en lo suyo. Yo, como acostumbro, pienso en ti, en qué estarás haciendo en este momento, en si te arrepientes de no haberme acompañado, en si me echarás de menos… Sonrío, más me vale que lea un rato antes de que anochezca.

Hacemos una parada en una ciudad llamada Kota, donde sin retirarnos del andén cenamos patatas asadas, fruta y galletas. La suerte nos abandona porque el tren se llena y decimos adiós a la comodidad. Me toca ocupar la litera de arriba de las tres que jalonan cada espacio, apenas hay separación entre mi cuerpo y el techo, pero al menos puedo estirar por completo las piernas. También hay luz artificial, y aprovecho para leer una vez que el extraño escarabajo que se pasea por mi litera, echa a volar a través de las ventanas abiertas que hacen algo más soportable el sopor que vivimos.

Tal vez sea por los insectos que zumban a mi alrededor al estar yo tan cerca de la luz, tal vez sea a causa de mi imprevisible imaginación, tal vez, fruto de alguno de los alimentos que comí sin estar en las mejores condiciones, pero al margen de esos u otros motivos cualesquiera, lo cierto es que la cabeza comienza a darme vueltas, y lo cierto es que siento cómo el espacio y el tiempo se funden en torno a mí.

En este estado insólito de conciencia, es cuando La saga de los Marx de Goytisolo, que me acompaña en esta aventura, se transforma en Segundo dietario voluble de Vila-Matas. Y es allí, entre sus páginas, donde el escritor barcelonés cuenta que tiene la manía de escribir sus viajes antes de realizarlos para jugar con la realidad, ante la idea de que esa escritura pueda modificarlos una vez que llegan. Y es aquí, en este vagón de tren en el que acabo de perder el anclaje temporal, donde yo le doy otra vuelta de tuerca al bueno de Vila, y me pregunto si también es posible jugar una vez que el viaje ha concluido, escribiendo sobre este no tal como pasó, y ni siquiera como se percibió, sino como me apetezca que ocurra en el momento en que se me antoje. De modo que por qué no, pueda estar reescribiendo ahora mismo un capítulo de mi vida que ocurrió años atrás, quien sabe si para estamparlo como relato destinado a colaborar con una perspectiva de un fantástico blog, que ni siquiera ha nacido en este 2013 desde el que escribo. De modo que por qué no va a existir esta nueva combinación de mi viaje donde…

Un frenazo hace chirriar los vagones, tumba equipajes, despierta a los dormidos, y me hace volver a la cordura. Segundo dietario voluble se transforma en La saga de los Marx que a su vez desaparece para dejar paso a mi diario, a mi cuaderno de viaje, que cierro a la espera de retomarlo en momento más propicio.

La calma y unas precisas coordenadas espacio-temporales regresan a mi cabeza, el tren se vuelve a poner en marcha. Es noche cerrada en la India y no tardo en dormirme.

Cuando despierto hemos llegado a Agra y el Taj Mahal nos espera. Al abandonar el tren y mientras camino por la estación, regreso a mis locuras de anoche porque al fin y al cabo la India invita a ello, y tamborileo entre mis dedos la idea de que en uno de los infinitos mundos posibles, yo levanté el famoso mausoleo en tu honor. En este donde amanezco, no tardaré en buscar cualquier sitio donde escribir mis impresiones. En otro de esos mundos, tal vez el 28 de septiembre del 2015, te añoraré una vez que lo nuestro se haya convertido en polvo y reescribiré el viaje a mi antojo. En otro, no tendré que añorarte porque no te separarás de mi lado… Y todos esos mundos, cuantos se me ocurran e incluso cuantos se me dejen de ocurrir, quedarán sometidos a la posibilidad del crisol de mis letras.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 28.09.15]

Soy un personaje

23.09.15

La palabra del Señor pesa menos de lo que pensaba. En la mochila también van Henry Miller y mi incombustible Enrique Vila-Matas. Me pregunto qué tal se llevará Dios, ahí dentro, con dos de sus criaturas más rebeldes. Me pregunto cómo me permite combinarle de tal manera sin abrir la tierra a mis pies y devorarme sin demora. Me pregunto tantas idioteces…

Hay anécdotas que se me transforman en gérmenes de relatos; otras, solo llegan a ocurrencias y mueren como tales; y la que aquí me trae, la que me saca de casa, me hace cargar la mochila de libros, y me lleva al Matadero de Madrid para ponerme a escribir estas líneas, es una de esas anécdotas de la que debo hablar de un modo u otro, para que no me reviente por dentro y lo ponga todo perdido de frustración. Porque vaya, para mis cosas, soy muy higiénico.

Ocurrió al salir de la Comisaría de Usera (no vayáis a pensaros que algo excitante, solo la renovación de mis documentos caducados –cualquier día me caduco yo sin darme cuenta). Regresaba a casa con la cabeza puesta en váyase a saber qué locura, cuando una señora me llamó, me dijo que se había fijado en que me gustaba la lectura (como acostumbro me acompañaba de un libro), y me soltó un papelito por si me interesaba echarle un vistazo. En los breves segundos de su discurso, reconozco que la prejuzgué, la juzgué, y la sentencié:

El papelito no puede ser sino de tinte religioso, ella es una beata convencida que busca hacer prosélitos en sus filas, y no digo que sea mala persona, ni mucho menos porque a tanto ni llego ni me atrevo, pero no puedo evitar que me genere desconfianza.

Acepté el papelito que efectivamente era de tinte religioso (muchas horas más tarde comprobé que de los testigos de Jehová). Nos miramos por un segundo, y ella tuvo la amabilidad de no añadir nada más. Nos dijimos adiós. El panfleto llevaba por título: “¿Dejaremos de sufrir algún día?”

Esta propaganda siempre me deja fascinado. Fascinado por su cutrez. Es impactante pensar que muchos mensajeros de Dios no sean capaces de ofrecer nada más que este tipo de panfletos de grafía horrible, dibujos de parvulario, y mensajes simplistas. Tal vez no se me crea por lo que suelo escribir, pero soy increíblemente respetuoso con las religiones, las he estudiado a fondo, y creo entender bastante bien su función histórica y hasta su legado, pero muchas veces es como si me pusieran a prueba, como si se empeñaran en que dude del paquete entero que ofrecen, y para muestra, solo hay que seguir leyendo.

Repito, “¿Dejaremos de sufrir algún día?”, es el título del panfleto, un díptico por las dos caras, que viene a ofrecer… ¿respuestas? Me contengo hasta llegar a casa, y aún en ella consigo calmar mi ansia de analizarlo por entero, hasta que horas más tarde he acabado en esta bancada de madera a la entrada del Matadero, desde donde escribo. El díptico es mucho de preguntas, y así lanza la siguiente: “¿Hay razones para creer lo que la Biblia dice?” Y contesta: “Sí, al menos dos: “Dios odia el sufrimiento y la injusticia”, y “A Dios le importa cada persona”, y estas aseveraciones son acompañadas de pasajes bíblicos… irrisorios. Pero claro, es mi opinión. Vayamos con algo que no lo es asistiendo a una pregunta aún más interesante: “¿Por qué permite Dios que suframos? Encontrará la respuesta bíblica en Romanos 5:12 y 2 Pedro 3:9”. Y por esto traje la Palabra del Señor conmigo. Busco y os copio:

“Pues bien, por un hombre penetró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte, y así la muerte se extendió a toda la humanidad, ya que todos pecaron” Eso en Romanos.

“El Señor no se retrasa en cumplir su promesa, como algunos piensan, sino que tiene paciencia con vosotros, pues no quiere que se pierda nadie, sino que todos se arrepientan” Eso en Pedro.

Me hierve la sangre. ¿Así que el sufrimiento según este panfleto escrito por gente de supuesta buena fe, se debe al pecado original? ¿Así que Dios no convoca su apocalipsis porque está esperando a que todos nos arrepintamos? Vaya por dios, más bien es él el que debería arrepentirse, el que debería pedirnos perdón por lo que ha hecho y permitido de nosotros… y si existiera realmente creo que sería capaz de mirarle a la cara y espetarle que mejor estaría muerto, pues entonces no sería responsable de tanta atrocidad. Sé que la teología es capaz de mejores argumentaciones, pero sus raíces son tan caducas por muy bellas y líricas y profundas que puedan resultar en otras ocasiones…

El monoteísmo, los tres grandes monoteísmos que nos sacuden con sus Libros llenos de supuestas verdades inmutables, están tan arraigado a un terruño y a una época histórica puntual, que seguir creyendo en ellos es… Pero qué estoy haciendo, a quién le hablo, mis argumentos han sido ya expuestos de forma mucho más brillante millones de veces, y sin embargo, la necesidad de consuelo está ahí, y la fe sincera, la beatería, y el fanatismo, prenden tan bien en ese consuelo…

Levanto la cabeza y sonrío. Guardo la Biblia en mi mochila, abro a Henry Miller y luego haré lo propio con Vila-Matas. Al menos para mí, no hay posibilidad alguna de salvación eterna, y eso tal vez sea una gran noticia para todos.

Usera y su manzana oriental

4.09.15

¿Cuántos mundos caben en Madrid? No tengo ni puñetera idea pero no me importa ponerme a contarlos todos. Aquí va uno que desconocía.

Después de mis primeros días como ciudadano de la capital a todos los efectos, y de una primera capa de llamadas telefónicas dándome de alta en el agua, la luz, o el ADSL, descubro que el gran despistado que habita en mí, aún tiene por delante una segunda remesa de operaciones burocráticas; renovarme el DNI caducado hace dos meses, el pasaporte hace cuatro, y cómo no, empadronarme para entre otras cosas, poder votar cuando corresponda a Manuela Carmena, salvo desastre que no espero ni deseo.

Así que allá voy después de buscar en San Google mi Oficina de Atención al Ciudadano, que resulta estar a veinte minutos de mi casa: un agradable paseo. Son las doce del mediodía, y me acompaña Enrique Vila-Matas bajo el brazo en forma de artículos y ensayos literarios que no dejan de recordarme qué bien se puede llegar a escribir, y qué mal lo hago yo, pero en fin, como soy voluntarioso, no me rindo, y sueño, y mientras sueño sin rendirme, escribo.

Y escribo cosas como que al abandonar la Avenida de Córdoba en dirección a esa Oficina del distrito de Usera, no tarda en abrirse ante mí para la mayor de mis sorpresas, una manzana, o sector, o barrio, o no sé cómo llamarlo, tan oriental, que hay que caminar por ahí para darse cuenta de la magnitud del asunto. No se trata de que haya muchos restaurantes chinos, que los hay, o vietnamitas, o japoneses, que también. No se trata de que haya visto inmobiliarias, peluquerías, herbolarios, carnicerías, tiendas de telefonía, y hasta un bingo regentado por estas comunidades, con sus carteles correspondientes y por supuesto indescifrables ¡Es que también hay personas mayores paseando por las calles! Al principio me les quedaba mirando porque sus rasgos achinados me hacían sospechar que no eran los años lo que les hacía entrecerrar los ojos, y finalmente me he visto doblegado ante la evidencia: eran personas mayores sin cámaras de fotos, era la tercera edad oriental perfectamente asentada en este pedazo de tierra madrileña. Y apostaría a que no muy lejos de allí también habría más de uno enterrado, echando por tierra, nunca mejor dicho, aquella vieja y estúpida leyenda urbana que no hace falta escribir.

Más de uno habréis pensado: escribiendo estas cosas tan tontas [soy consciente de que en el mejor de los casos se habrá pasado por vuestra cabeza este adjetivo], no creo que por mucho que sueñes sin rendirte, llegues demasiado lejos escribiendo. Pero como eso yo ya lo sé, he seguido, despierto, con mi vida, porque no solo de sueños vivo, y me he presentado en la Oficina en busca de mi padrón. Allí, una señora muy simpática me ha atendido junto a otra señora igual de simpática, esta en prácticas y oriental como no podía ser de otro modo, para decirme que a falta de cita previa, sería otro día cuando tendría que hacerme el papelito. Pero a mí, la verdad, poco me ha importado tener que volver, porque siempre que voy en compañía de un buen libro para las esperas, y de mis ojos ávidos de mundo para los cruces, disfruto de las posibilidades que pasear por Madrid me ofrece.