¿Dónde te escondes?

En la distancia insalvable que dista

del dedo de Dios al dedo de Adán.

En la mirada inocente que despierta por primera vez

al asombro.

En la amistad sincera.

En el sexo, sagrado.

En compartir, el camino.

En amar sin orden ni medida.

Está en rebelarse contra el No es posible,

está en hacer justicia donde no la había,

está en no rendirse y en ser libre.

Porque el sentido de la vida se esboza

en la sonrisa que lo ha dado todo, y que se refleja,

y que no se esconde ni ante el mismo filo de la Guadaña.

En orden

La vida es rara.

Esa frase me martillea la cabeza cuando llego a la boca del metro. Es la frase con la que se despide una de mis pacientes en su cuarta sesión. Aplasto el cigarrillo contra la pared y, mientras bajo las escaleras mecánicas en dirección a la línea uno para llegar al andén dos, decido que nuestro próximo encuentro comenzará por su despedida. Mi paciente se aferra a construir un relato de sí misma bastante edulcorado, donde reprime los elementos más duros de su infancia, que debo hacer aflorar, que debo confrontar con su discurso semi fantástico.

Llego al andén. A pesar de la hora no hay mucha gente. Los marcadores señalan que todavía faltan cuatro minutos para el siguiente tren. Enfrente tienen más suerte, queda solo uno. Trato de sentarme y eso me lleva a recorrer el pasillo en busca de un asiento libre. Paso por delante de un músico que con su guitarra ocupa el primer banco casi por completo. Tampoco quiero compartir asiento con una pareja de ancianos. En el tercero, hay una rubia preciosa absorta en una revista de moda, pero a su lado un chino habla con el móvil y me espanta con su lenguaje incomprensible. Por fin el cuarto banco, casi en el otro extremo de por donde he llegado, está libre. Me siento.

El metro del andén uno hace su aparición. No se baja nadie. Un chico llega a la carrera y logra colarse momentos antes de que se cierren las puertas. Ya se alejan. Mi paciente y ese chico me hacen pensar en el concepto de la huida. Sin embargo me distraigo pronto. Alargo la mano y tomo de una papelera el 20Minutos. Hojeo las noticias y me llama la atención que Amancio Ortega ya sea el hombre más rico del mundo. Me pregunto qué será lo próximo, mi humor absurdo me dice que tal vez los extraterrestres aterricen en Madrid en lugar de en Nueva York. No me da tiempo a más hipótesis. Oigo el golpe. Todos lo oímos.

El músico ha caído de bruces contra el suelo. Pienso en un infarto. Quiero acercarme pero algo me dice que no lo haga. Obedezco. Quien sí se acerca son los ancianos, próximos al guitarrista. La señora se arrodilla al llegar ante el músico. Queda petrificada en posición tan piadosa, de espaldas a mí. Sin saber bien por qué, sé que no se volverá a levantar jamás. Su marido, si es que lo es, correrá una suerte similar, si por suerte entendemos morir, y por similar, que su cabeza se le caiga del cuello, baje por su chepa, la espalda, la pantorrilla, y finalmente ruede por el suelo. El cuerpo tan extrañamente descabezado, cae a las vías. Todavía no he visto una gota de sangre, pero el horror lo impregna todo.

La rubia grita histérica. En sus manos tiembla la revista que antes leía. Se ha subido al banco de piedra, como si con ello lograra protegerse de la amenaza que acecha. El chino por su parte parece graznar, lo hace sin moverse más allá de unas pocas baldosas. En sus ojos se refleja un miedo comprensible. De golpe, la mujer deja de gritar, al momento su cuerpo entero se aja, se agrieta como un puzle, se deshace en mil pedazos. Su vida se desfigura por completo. Al chino se le caen los brazos, desde sus muñones le brota una sangre densa, oscura, cuyo intenso olor no tarda en llegarme. Al pobre desgraciado también se le desmiembran las piernas. Su tronco cae con un golpe seco. Chapotea en el charco de su propia sangre. Boquea por última vez. Lo hace mientras me mira, mientras su rostro me comunica la incomprensión.

Trato de despertar pero no estoy en una pesadilla. Me lo demuestro con las famosas leyes de la vigilia; experimento una física del movimiento correcta, siento dolor al dar un puñetazo contra la pared, y cada objeto que me rodea guarda su propia autonomía de mí. Además voy bien vestido, reflexiono sobre la experiencia… es inútil pretender salvarme con artimañas.

Ya solo quedo yo, y lo noto llegar, sea lo que sea. No protesto aunque unas lágrimas involuntarias me resbalan. De repente veo llegar el metro y la esperanza renace. El primer vagón se detiene junto a mis pies. Está lleno de cadáveres informes. No hay escapatoria, soy el siguiente.

La muerte también es rara.

Podría ser peor

“Voy a escribir la historia más feliz que puedo imaginar”

Acababa de cumplir los dieciocho años y como era costumbre en los últimos meses todo me salía mal. Si llegaba tarde jamás me lo perdonaría por lo que la lluvia poco me importaba, y cuando el viento rompió las varillas de mi paraguas, no perdí el tiempo en esperar a que la tormenta se calmase. Seguí camino de la parada con el aguacero lavando mi cara resacosa ganada a pulso el día anterior.

Deshacerme del paraguas en una papelera, ver demasiado lejos el autobús al que debía subir, y pisar una mierda, fueron detalles ocurridos al unísono que tengo marcados a fuego en mi memoria. Eché a correr. No llegué a tiempo. Me senté en la marquesina que no era capaz de cubrirme de la tormenta. El olor a mierda de la zapatilla llegó hasta mí. Me golpeó como el puñetazo más duro que pudiera recibir. Comencé a llorar. Desconsoladamente.

Por supuesto lloraba por mi abuelo. Ya no volvería a ver su mirada, ni su voluntad inquebrantable evaporada al fin. Pero no solo era por él.

Yo siempre había sido afortunado en casi todo, y sin embargo desde hacía un tiempo estaba atravesando una mala racha difícil de creer. Mientras entrecerraba los ojos, donde pugnaban mis lágrimas por salir, contra la lluvia por entrar, mi cabeza elaboró una lista.

Tenía que elegir entre repetir COU, yo, un estudiante que nunca había suspendido un examen en la vida, o meterme en alguna carrera que no era mi vocación desde los siete años, puesto que esa vocación, quedaba lejos de mi alcance por culpa de una selectividad lamentable que me había hecho bajar la media de mis notas como si la hubiese tirado por las escaleras.

Y sí, supongo que ese descalabro se debía a la enfermedad de mi abuelo. Pero también, o quién sabe si sobre todo (porque esto que viene ahora no lo podía esperar, porque me sentí traicionado, apuñalado, jodido en las entrañas) al primer desgarro por amor que viví. Aún la recuerdo tan dulce, tan bonita, tan enamorada de mí desde que nos conociéramos tres años atrás. Ya sabéis, casi el primer beso, el primer polvo, las primeras promesas eternas… hasta que esa intensidad se acaba del peor de los modos posibles. No solo es una ruptura, no solo me engañó, no solo lo hizo con uno de mis mejores amigos, sino que también eligieron el peor de los momentos, cuando me jugaba mi futuro, y cuando mi abuelo se me moría.

El resto de la racha os la podéis imaginar, porque va en cadena; crisis de la amistad, pérdida de mi fe en Dios, mi autoestima por la alcantarilla, descontrol absoluto con el alcohol, algún episodio de lo que ahora se llama asépticamente intento autolítico… Pero volvamos al día de mi décimo octavo cumpleaños, a la tormenta, a la marquesina donde espero el siguiente autobús que por fin aparece, al que subo avergonzado, por las lágrimas derramadas hasta hace un momento, por el olor a mierda que deseo solo me llegue a mí, porque no voy a poder siquiera despedirme de mi abuelo.

El trayecto se me hace insoportable. Varios pasajeros evitan sentarse a mi lado, o eso me parece a mí. Como mínimo apesto a humedad, como máximo (creo que empiezo a delirar) mi estampa refleja que voy al encuentro de la muerte. Restriego la zapatilla que pisó la mierda contra el suelo del autobús. Estoy a punto de volver a llorar. Será mi primera escena en público. Sin embargo estornudo. Es un estornudo brutal que desparrama mis mocos por mi jersey y mis pantalones, que me salva del llanto pero me cubre de vergüenza, más aún, estoy enterrado en ella. Una señora se acerca y me tiende un pañuelo. Lo agradezco, es lo mejor que me ha pasado en varios meses. Se lo digo a la señora y como es lógico no sabe qué contestar a algo así. Me limpio lo mejor que puedo, siento que todos en el autobús me miran. Acabo de cumplir la mayoría de edad y ya tengo sobre mí todo ese peso, la orilla de la inocencia ya está a años luz.

El autobús por fin llega al hospital. Más que bajar, salgo huyendo. Ya no llueve.

Llego al edificio, llego al ascensor, llego a la planta de cuidados paliativos. Mis padres están afuera de la habitación, agotados. Cuando me ven aparecer quisieran reprocharme un millón de cosas, empezando por el aspecto, siguiendo por la hora, acabando por dónde estuve anoche, qué es lo que hice… pero nada de eso importa ahora y agradezco que guarden silencio. Solo me dicen que los médicos aseguran que aún le quedan un par de horas. He llegado a tiempo. Hay en mí cierto alivio contradictorio, cruel, infame. De nuevo siento que el olor a mierda me envuelve. Me quito las zapatillas. Entro.

Mi abuelo está entubado, tiene conectadas una bolsa de suero y otra de morfina, viste una bata verde pistacho feísima, la cama se reclina ligeramente. Tiene la cabeza girada hacia la ventana exterior. Duerme. Lleva en ese estado varios meses, pugnando con una enfermedad que todos sabemos que acabará con él, y que lo hace a base de dolor. Los médicos no se explican a qué viene tanta resistencia por su parte, por qué no se deja ir de una vez. Ha luchado más que la mayoría. No tiene cuentas pendientes. Ha sido feliz. Ha sido querido. Ha librado infinidad de batallas que en su corazón nunca perdió.

Me he equivocado, no duerme. Parece que me ha sentido llegar y ladea la cabeza hacia mí. Me mira. Sus ojos se irán siendo el mar. Lloro, pero esta vez no me importa. Él me dice hola, me mira fijamente. Nos damos la mano. No deja de mirarme, está leyéndome de arriba abajo. Mi abuelo sabe hacer eso, mi abuelo puede hacer cualquier cosa.

−¿A qué vienen esas lágrimas? Podría ser peor.

Ante esa frase se me escapa una especie de risa histérica, y la sinceridad brota.

−No sé cómo –le digo.

Sé que le cuesta horrores hablar, lo mucho que le duele ese esfuerzo siquiera entrecortado, pero lo hace y yo no se lo impido.

−Por ejemplo, podrías no haber llegado a tiempo para despedirte. Pero aún podría haber sido mucho peor. Podría no haberte tenido como nieto, y si hubiese sido así, quién me recordaría como lo harás tú, y quién me haría seguir viviendo, feliz, en ti.

Y ya no dice nada más porque se me muere. De esa manera. Mi mano en su mano, mirándonos. Caigo de rodillas.

Han pasado veinticinco años desde aquel día y nunca más he vuelto a caer de rodillas. Ni siquiera la semana pasada, cuando los médicos me han comunicado que la enfermedad que acabó con mi abuelo, y que afortunadamente se saltó a mi padre, habita en mí, y ha comenzado a llamar a mi puerta con una furia inusitadamente temprana. Mi abuelo llevaba razón, siempre puede ser peor, y seguiré hasta el final su ejemplo: sonreír, apretar los dientes si no es posible, e irme con dignidad.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 25.10.15]

Vértigo

I

Me diga lo que me diga en otras ocasiones, soy un jodido santo. Si no lo fuese, si fuese el blasfemo por el que me tengo tan a menudo, no habría entrado en la catedral con cara compungida, extendiendo los dedos sobre la portada de Pornografía.

Me diga lo que me diga en otras ocasiones, soy un beato. No tengo bastante con entrar en La Almudena, mientras hago tiempo para mi cita, que encima procuro evitar, no ya el escándalo, sino la más mínima posible indignación de cualquier turista o feligrés, y tapo como puedo el título de la obra de Witold Gombrowicz… ¡Como si alguien a estas alturas aparte de mí, se fijara en los libros que los demás llevan en las manos! ¡Como si la palabra “pornografía” no estuviese asentada en el seno mismo de todas las Iglesias! ¡Como si…!

Pero haya hecho lo que haya hecho en otras ocasiones, esta vez no me enciendo, esta vez no ofrezco ningún espectáculo, esta vez, me pregunto frente a la placa conmemorativa a Juan Pablo II, «¿no me habré hecho mayor?».

No me doy respuesta ninguna y así soslayo el disgusto. Me siento en una de las bancadas, cerca de una de las modernas torres de sonido que incitan al rezo con voces de coro angelical. A tanto no llego, después de todo, ya no recuerdo cómo se hacía tal cosa. «Yo ya solo sé leer», me digo, y abro a mi polaco, tan distinto del polaco de la placa anterior, y me aprovecho de la iridiscente luz de la vidriera cercana para comulgar con la belleza, y abro el libro al azar, y leo: “No creo en ninguna filosofía no-erótica. No me fío de ningún pensamiento desexualizado”.

Me diga lo que me diga en otras ocasiones, me digo allí plantado en mitad de la catedral: «No me entiendo». Y cuando tras leer un rato imbuido de tanta contradicción, o no, me marcho, me atrevo a agarrar Pornografía por el lomo, y me contesto a ese no entenderme que antes se me quedó en el aire con un: «y menos mal».

II

Mi cita es un éxito, entendiendo por éxito que la chica aparece.

Después de todo, a ella le he mostrado la suficiente información de mí a través del wasap, como para cambiarse de ciudad, y no solo no lo ha hecho, sino que ha elegido conocerme. Pondré a prueba su valor y su paciencia.

Es rubia, es inteligente, es atractiva, y por si fuese poco parece que le gustan mis guerras. La cerveza está fría y bien tirada, y desde la terraza donde estamos, cabe apreciarse de fondo el Palacio Real. La noche cae sobre nosotros con placidez y ante tanta conjunción de las estrellas, que no debería creerme, bajo la guardia y se me escapa poco a poco la fiera que llevo dentro y que derrocha venalidad.

Dios consigue ponernos bastante de acuerdo, la política no nos aleja, el cine nos pasma por las coincidencias en gustos, y la literatura…, la charla sobre literatura nos embiste y comienza a cercenar la magia. ¿Cómo es posible –pienso de esta mujer que se declara antigua apasionada de la lectura, pero actual renegadora de la misma− tanta sensibilidad y sin embargo, haber elegido cerrar los libros?

−La literatura es hoy algo residual –dice sin despeinarse.

−La vida fue siempre residual –digo sin poder refrenarme, y continúo lleno de gestualidad−, nacer es una contingencia, la mayor de las casualidades, y carece de cualquier sentido. A partir de ahí, todo lo que hagamos será residual, así que por mucha razón que lleves en esa frase, qué más da si…

−Yo solo digo que hay que vivir más y leer menos –me dice ella cortándome, no sé si algo picada, no sé si para tratar de calmarme.

−¡Pero si leer es una de las mejores formas de vivir! –Digo casi en un exabrupto.

−Bueno, pero admite que hay otras formas de vivir –me dice totalmente sosegada.

−Claro que hay otras, y en nuestros días algunos de nosotros tenemos la inmensa suerte de poder empeñar nuestro tiempo en lo que se nos antoje. Yo sencillamente lo hago en los libros, a mí los libros me tienen agarrado por el cuello, y no me sueltan, y son celosos, y me exigen que sea más y más personaje cada vez, y yo les digo: «pero ya basta, dejadme respirar, permitidme salir de vosotros de vez en cuando…».

−Perdona –me corta−, pero tengo que ir al baño.

Agarra el bolso y se mete en el bar. Su interrupción me permite serenarme, recapitular, decirme que voy a sonreír y a tratar de reconducir nuestra conversación, porque al fin y al cabo estaría bien poder hablar de todas esas cosas, o de cualesquiera otras, desde la cama. Y con ese objetivo la espero.

−Lo siento –me dice mi cita cuando regresa del baño−, pero me tengo que marchar ahora mismo, me han llamado, sabes, es urgente, lo siento mucho, de veras, mira, ya pagué las cervezas en la barra, nos escribimos un wasap, si eso.

Y sonrío, sonrío como un estúpido, y digo que está bien, que no se preocupe, que ya me dirá si la urgencia se resolvió de la mejor manera posible. Y le digo adiós, a ella y a mi objetivo, y ni siquiera nos besamos las mejillas.

Y allí quedo sentado, con un nuevo éxito a mis espaldas. Y entonces clavo la mirada en la jarra de cerveza que está medio llena, y la agarro, y busco la Luna y la encuentro, y hago el gesto de brindar con ella, y digo: «mientras haya cerveza hay esperanza».

III

Me acabo la cerveza.

El camarero me pregunta si voy a querer otra. Cabe la posibilidad de que el tipo sea despistado, o imbécil, pero más bien me parece, con esa sonrisita perfilada que gasta, que es un sádico, y que su intención es regodearse después de ver cómo la chica con la que vine, se marchó sin mí.

Pienso en cogerme una cogorza y largarme sin pagar. Pienso en amargarle la noche quedándome aquí hasta que reventemos uno de los dos. Pienso en prender fuego… Pero haya hecho lo que haya hecho en otras ocasiones, simplemente me levanto y me marcho. Definitivamente debo de estar haciéndome mayor.

Demasiado sereno para mi gusto bajo la calle Segovia y llego hasta su bonito puente. Me acerco al pretil, me asomo al río Manzanares, o más bien el río se asoma a mí. Recuerdo que no me quedan cervezas en casa y se acrecienta la sensación de que el río es un imán.

Digo en alto: «Vértigo». En ese momento una pareja joven pasa a mi lado, me miran y aceleran el paso. Unos segundos más tarde repito la misma palabra. Esta vez solo pasan coches atravesando el puente, indiferentes al bullicio que se prepara en mi cabeza, recuerdos y pensamientos se mezclan en ella como si de una coctelera se tratase.

Vértigo no es el miedo a caerse, vértigo es el miedo a arrojarme. Vértigo es el deseo de acabar con todo. De subirse a la tostada para caer con ella en el lado que prefiera siempre y cuando se estampe. Es reconocer que la vida es una puta mierda maravillosa donde la maravilla se quedó completamente agotada. Es perder las ganas de levantarse, de renunciar a la luz y a la noche, de no aspirar a follar más, a escribir más, a leer más, a reír más, a emborracharme más, a mirarte más. Vértigo en definitiva, es la tentación de rendirse…

Pero qué cojones, hace una bonita noche en Madrid, tengo demasiada suerte como para que caerme a un río acabe conmigo, y tampoco aspiro a dejar un bonito cadáver, sino más bien uno lleno de pellejo. Después de todo, no hace falta rendirse al vértigo, porque antes o después, se quiera o no, ya vendrá a buscarte.

De vuelta a casa encontraré algún chino donde comprar cervezas, y una vez llegue, los libros siempre me estarán esperando. Termino de cruzar el puente y el móvil me avisa que acabo de recibir un wasap. Sea quien sea, puede esperar.

Romero, 6

No me fío

No me fío del blanco de la página, como se verá, capaz de cualquier cosa,

No me fío del amor, porque te quise y mira cómo estamos,

No me fío de mis pasos, lentos, rotos, demasiado extraños.

No me fío del océano, lo insondable es demasiado hermoso.


No me fío de Dios, que pudiendo hacer cualquier cosa, nos hizo a nosotros.

No me fío de tu mirada, ese abismo, ese precipicio, nuestra noche derrotada.

No me fío de las palabras ni de las grises ni de las buenas ni de las claras.

No me fío de la vida, capaz de jugártela en la primera encrucijada.


No me fío del tiempo, a la vez demasiado largo y demasiado estrecho.

No me fío del beso, porque es dulce agrio amargo y salado.

No me fío de la música que me lleva a cualquier estado.

No me fío de la literatura, el mayor de mis juegos.


Sí me fío de la muerte, sí del sexo, sí de la sangre…

Pero fiarse casi nunca es querer,

y que no me fíe, casi siempre significa deseo.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 13.08.15]

A DOS METROS SOBRE EL SUELO NO HAY MACGUFFIN POSIBLE

Mi padre siempre me decía que debemos acostumbrarnos a los cambios, que estos son ineludibles e imprevisibles, y que por mucho que podamos darnos explicaciones y consuelos, cada uno de nosotros los experimentará con su propio dolor, y, si ha aprendido algo de la vida, sabrá usarlos como brújula.

Él era escritor y se explicaba tan bien como acaban de leer. Yo en cambio siempre rechacé sus libros, sus consejos, su modo de vida… y aquí me tienen ahora, con todo puesto patas arriba, intentando hacerle una especie de homenaje (con él ahí, tan cerca, tan lejos, tan extraño), al tiempo que trato de ordenar todo lo que está ocurriendo, como si tuviese algún valor añadido a lo que ya todo el mundo experimenta y sufre.

Al principio se habló de la llegada del Juicio Final, y las religiones se relamían, y no me extraña que lo hicieran. Luego, con el más absoluto caos entre nosotros, no había un solo científico que supiese explicar de un modo coherente nada de lo que ocurría. Y pasado un tiempo, con el apocalipsis sin llegar, y con la racionalidad sin llegar, nos llegó la costumbre. Y es que, como decía mi madre (mucho más prosaica que mi padre), «a todo se acostumbra uno».

Es curioso ver (y mucho más que curioso, pero mi homenaje está siendo grabado en audio mientras paseo, y ni la batería dará para mucho, ni sabría hacer un ensayo), cómo ante el desconcierto creciente, ante el descubrimiento de las nuevas circunstancias imposibles que rodean al fenómeno, se comenzó a verle con la pragmática óptica del negocio (de ahí por ejemplo la correa amarilla que uso), o cómo la legislación española quiso ser pionera a nivel mundial, y legisló rápidamente para que se les pudiera mostrar, sin riesgo de pisar la cárcel.

Esa nueva ley, los mecanismos de la fuerza de la costumbre, y pensar que a mi padre este paseo le divertiría, es lo que me permite salir a la calle de esta guisa, sin que me detengan, y sin que la gente se muera del susto… lo que por cierto añadiría sal y pimienta, en palabras probables de mi madre, o, una ironía simpática a este despropósito, en las de mi padre.

Eso sí, en él encontraría el pequeño malestar de no haber sido capaz de imaginar una locura como esta. Escritor prolífico, escritor lunático, como le gustaba llamarse, escritor especialmente de relatos de ciencia ficción, a lo largo de su vida imaginó casi todos los mundos posibles, casi todos los improbables, y según le gustaba jactarse, todos los imposibles. Pero en esto último se equivocó… aunque no creo que podamos echárselo en cara. Es más, aún me pregunto cada mañana al abrir los ojos, y aún antes de hacerlo, si no me despierto de un sueño razonable a una realidad absurda. Y la respuesta no puede ser otra que un rotundo «sí». Desde luego no puedo sino lamentar que se quedara en coma hace seis meses, y que muriera sin haber visto, sin haber tenido conocimiento, de lo que le tocaría experimentar en su muerte.

¿Debo seguir hablando? No debería. Por un lado la batería del móvil se agota, y por otro, mi impulso por explicar todo esto, se enfrenta al consejo reiterado de mi padre: «al lector [en este caso sería más bien al hipotético oyente] debes hacerle trabajar, no puedes dárselo todo mascado». Y eso sin contar que para no saber lo que ocurre hay que vivir en otro planeta o despertar de un largo coma, como por desgracia no le ocurrió a él. Y sin embargo voy a seguir hablando, no vaya a ser que mis palabras sí sirvan, pues, ¿quién se atrevería a descartar ahora mismo cualquier cosa, cuando lo impensable se ha acomodado junto a nosotros? Eso sí, no se espere de mí respuestas, ni siquiera exhaustividad.

Hoy hace tres meses y tres días del primer caso, o al menos del primero datado. Ocurrió en Carolina del Norte, USA, a una señora llamada Merry Cohen. Al morir en su casa a las 0:01, su cuerpo se elevó dos metros por encima del suelo, y permaneció así, completamente rígida y en horizontal, hasta que sus traumatizados hijos lograron bajarla a la cama, y atarla a ella con correas.

Decir que Merry fue la primera, es seguir la versión oficial, y yo, que no tengo nada contra los yankis, no voy a pelearme por esa cuestión banal ni entrar a formar parte de los disidentes que ven una conjura mundial en todo esto. Para mí, quién fue la primera y si hay conspiración o no, me parece lo de menos, siendo lo esencial, que a partir de esa fecha, hora, y a causa de un motivo u otro que aún sigue sin desvelarse, todos los fallecidos bajo cualquier circunstancia y condición, se elevan justo dos metros por encima del suelo, flotan en posición horizontal, y permanecen así de manera incombustible, salvo que se les fuerce a bajar, o a subir, o a ir hacia la izquierda o hacia la derecha, algo que tras descubrirse la incorruptibilidad de los cuerpos, pues no sufren de putrefacción ni corrupción, se comenzó a hacer, como hago yo en estos momentos.

¿Sentirán algo aunque sus corazones estén sin latir y sus cerebros desconectados; despertarán? Visto lo visto, por qué descartarlo. Y ante tal posibilidad, ¿cómo vamos a quemar o a enterrar sus cuerpos, y cómo voy a privar a mi padre de este paseo por su parque preferido, y no atravesar el hermoso puente que tantas historias le inspiró, al escuchar los trinos de los pájaros? Reconozco que llevarle con una correa y tirar de ella no es lo más honroso que le ha pasado en la vida, pero si despertara ahora se reiría de la situación, y eso es lo que cuenta.

Abertura

Hacía frío. De cuando en cuando soplaban ráfagas de aire. Pensé que si nevaba lo haría en nuestro honor. Ella fumaba con verdadero encanto. Tras caminar sin rumbo por las calles de Madrid, llegamos a un escaparate que nos imantó.

Nos conocíamos desde hacía tres horas, unas pocas cervezas, y una larga conversación centrada en literatura. Yo todavía no salía de mi asombro; valiente como nunca, encarnado en personaje que vence su vergüenza, me había atrevido a hablar con ella sin conocerla de nada.

Ocurrió en la librería “Tres rosas amarillas”. Tal vez fue por la colección de cuentos de Chejov que ella ojeaba, puede que por su peinado rebelde, quizá por mi actitud de enfrentarme a muerte con mi timidez. En cualquier caso, para mi propio asombro la invité a una cerveza bajo una frase medianamente ingeniosa. Que ella dijera «sí», supuso el inicio de una partida que nos cogió a ambos desprevenidos.

Nos habíamos parado frente a una joyería. Nuestras miradas no se perdieron en los collares de oro blanco, ni en los relojes rolex, ni en pendientes o pulseras, sino que ambos contemplábamos embobados el hermosísimo ajedrez de plata y cuarzo que dominaba el centro del escaparate.

Hablar conllevaba su riesgo. De manera tácita habíamos acordado que si rompíamos el silencio, era porque merecía la pena. Durante tres horas huimos de lugares comunes y de informaciones superfluas, y no quería ser yo quien estropeara el hechizo. Encontré el modo de mantenerlo gracias a Borges y su poema sobre el ajedrez. Por suerte mi memoria no me falló y recité alguno de sus versos tras decir: «pobres piezas»:

“No saben que la mano señalada

del jugador gobierna su destino

no saben que un rigor adamantino

sujeta su albedrío y su jornada”.

Ella me dijo desconocer el poema. Yo le conté que lo más interesante no estaba en la imagen de unas piezas vivas manejadas por nosotros sin que ellas lo supieran. Y ni siquiera en que la comparación la llevase Borges hasta nosotros y Dios, sino en el salto genial con el que acababa el poema. Me acerqué a ella hasta rozarla y con la mirada clavada en el ajedrez, recité:

“Dios mueve al jugador, y éste la pieza,

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonía?”

El silencio nos envolvió por unos segundos. Luego ella se giró hacia mí y me dijo: «jaque». El movimiento quedó rematado por los copos de nieve que nos cayeron. Ella se apretó contra mi cuerpo. Nos miramos… Sin embargo no supe rematar la partida.

Por pudor, por estupidez, por mis eternas dudas, por lo que fuese, no me atreví a besarla y me alejé del jaque mate. No arriesgué mis labios y me puse a rodear con palabras la partida que iniciáramos horas atrás en la librería. El momento se escurrió de entre nosotros, los copos desaparecieron, el frío nos heló.

Nos alejamos del ajedrez. No es que a partir de entonces fuese un desastre, pero la magia se nos había escapado y no volvería al menos esa noche. El silencio en algún momento resultó incómodo y lo rellenamos con los lugares de los que hasta entonces habíamos logrado escapar. Nos despedimos en una boca de metro tras intercambiar nuestros números de móvil, la promesa de volver a vernos, y unos sonoros besos en las mejillas con sabor agridulce.

De camino a casa reflexioné sobre el concepto de «tablas», pero al abrir la puerta de mi apartamento y toparme con la orquídea blanca medio marchitada, la sensación de derrota se apoderó de mí. Tuve que recurrir a Rilke y su:

“¿Quién habla de victorias?

Sobreponerse es todo”

para no viajar más allá de esa noche y no enfangarme en mis recuerdos. Y no me fue del todo mal, hasta el punto de descubrirme frente al espejo con una sonrisa perfilada, bajo la idea borgiana de que tal vez Dios también llora y sufre derrotas, y de que tanto a Él, como a vosotros, como a mí, siempre nos quedará la posibilidad de volver a jugar mientras la mano que nos rija no nos haga rodar por el tablero.

3ª Tanda (selección de tuits publicados)

3ª TANDA (noviembre)

1. Desairó a los dioses y lo pagó: le hicieron ateo.

2. El fantasma, disfrazado de enfermera medio en pelotas, pasó desapercibido en la fiesta.

3. −Pegarte cuando éramos niños –dijo el acusado en el pasillo− no estuvo bien. −No, no lo estuvo –dijo el juez.

4. Se quedó a vivir en el tren, a la espera de llegar a destino.

5. El actor de turno se sienta a mi lado. Todas le miran. Me lío a hostias con él. Todos nos miran.

6. Le rezó a la Nada, y la Nada le escuchó tanto como Dios.

7. Con el hechizo roto entre sus dedos, sonrió. Sabía que la magia va y viene.

8. Me leyó el corazón en varios idiomas, y en todos decía lo mismo: tú.

9. Echo de menos tu saliva (1ª versión).

10. Echo de menos tu saliva, otras me escupen, pero no es lo mismo (2ª versión).

11. Echo de menos tu saliva, y que me lamas el corazón con ella (3ª versión).

12. Soy idiota. Le quité las espinas a la rosa, y como bien se sabe, dejó de ser rosa.

13. −Quiero perderme en el laberinto de tu boca −dije ya completamente perdido.

14.

−¿Cómo quieres que te quite la angustia, a base de sexo o de caricias?

−Con ambos, aspiro a todo.

15. Al rajarse las venas le brotó la tinta, se le encharcaron los pulmones de palabras, y murió entre versos.

16. Luchar nos hace más fuertes, escribir nos da poder, leer nos da vida.

17. Deja de atravesarme con tu mirada, y atraviésame con tus besos.

18. Deja de atravesarme con tus besos, y atraviésame con lo que debes.

19.

He visto cataratas,

con menos lágrimas

de las que mereces.

20.

Yo no quiero que la Muerte se muera,

yo quiero,

que se muera la Tristeza.

 

68

No comparto la comodidad de aquellos que no se plantean las consecuencias de la existencia de Dios, tanto para negarle, como para aceptarle, y que eligen vivir entre dos aguas, porque resulta una apuesta segura.

Respeto a quienes creen en Dios conscientes de lo que ello supone, no puedo decir mucho más al respecto, o al menos no si ellos no están delante.

Me incluyo entre quienes rechazan toda posibilidad antropomórfica del mismo, rechazan el Sentido de la vida, y sufren del absurdo de la existencia, tratando de buscar pequeños sentidos a la misma.

Y admiro a quienes aún abrazando el Absurdo, son capaces de encontrar un Buen Sentido a la vida, y ofrecen su incansable esfuerzo, bondad, y talento, por el bien de la especie. Es una actitud y una fe que envidio.