A DOS METROS SOBRE EL SUELO NO HAY MACGUFFIN POSIBLE

Mi padre siempre me decía que debemos acostumbrarnos a los cambios, que estos son ineludibles e imprevisibles, y que por mucho que podamos darnos explicaciones y consuelos, cada uno de nosotros los experimentará con su propio dolor, y, si ha aprendido algo de la vida, sabrá usarlos como brújula.

Él era escritor y se explicaba tan bien como acaban de leer. Yo en cambio siempre rechacé sus libros, sus consejos, su modo de vida… y aquí me tienen ahora, con todo puesto patas arriba, intentando hacerle una especie de homenaje (con él ahí, tan cerca, tan lejos, tan extraño), al tiempo que trato de ordenar todo lo que está ocurriendo, como si tuviese algún valor añadido a lo que ya todo el mundo experimenta y sufre.

Al principio se habló de la llegada del Juicio Final, y las religiones se relamían, y no me extraña que lo hicieran. Luego, con el más absoluto caos entre nosotros, no había un solo científico que supiese explicar de un modo coherente nada de lo que ocurría. Y pasado un tiempo, con el apocalipsis sin llegar, y con la racionalidad sin llegar, nos llegó la costumbre. Y es que, como decía mi madre (mucho más prosaica que mi padre), «a todo se acostumbra uno».

Es curioso ver (y mucho más que curioso, pero mi homenaje está siendo grabado en audio mientras paseo, y ni la batería dará para mucho, ni sabría hacer un ensayo), cómo ante el desconcierto creciente, ante el descubrimiento de las nuevas circunstancias imposibles que rodean al fenómeno, se comenzó a verle con la pragmática óptica del negocio (de ahí por ejemplo la correa amarilla que uso), o cómo la legislación española quiso ser pionera a nivel mundial, y legisló rápidamente para que se les pudiera mostrar, sin riesgo de pisar la cárcel.

Esa nueva ley, los mecanismos de la fuerza de la costumbre, y pensar que a mi padre este paseo le divertiría, es lo que me permite salir a la calle de esta guisa, sin que me detengan, y sin que la gente se muera del susto… lo que por cierto añadiría sal y pimienta, en palabras probables de mi madre, o, una ironía simpática a este despropósito, en las de mi padre.

Eso sí, en él encontraría el pequeño malestar de no haber sido capaz de imaginar una locura como esta. Escritor prolífico, escritor lunático, como le gustaba llamarse, escritor especialmente de relatos de ciencia ficción, a lo largo de su vida imaginó casi todos los mundos posibles, casi todos los improbables, y según le gustaba jactarse, todos los imposibles. Pero en esto último se equivocó… aunque no creo que podamos echárselo en cara. Es más, aún me pregunto cada mañana al abrir los ojos, y aún antes de hacerlo, si no me despierto de un sueño razonable a una realidad absurda. Y la respuesta no puede ser otra que un rotundo «sí». Desde luego no puedo sino lamentar que se quedara en coma hace seis meses, y que muriera sin haber visto, sin haber tenido conocimiento, de lo que le tocaría experimentar en su muerte.

¿Debo seguir hablando? No debería. Por un lado la batería del móvil se agota, y por otro, mi impulso por explicar todo esto, se enfrenta al consejo reiterado de mi padre: «al lector [en este caso sería más bien al hipotético oyente] debes hacerle trabajar, no puedes dárselo todo mascado». Y eso sin contar que para no saber lo que ocurre hay que vivir en otro planeta o despertar de un largo coma, como por desgracia no le ocurrió a él. Y sin embargo voy a seguir hablando, no vaya a ser que mis palabras sí sirvan, pues, ¿quién se atrevería a descartar ahora mismo cualquier cosa, cuando lo impensable se ha acomodado junto a nosotros? Eso sí, no se espere de mí respuestas, ni siquiera exhaustividad.

Hoy hace tres meses y tres días del primer caso, o al menos del primero datado. Ocurrió en Carolina del Norte, USA, a una señora llamada Merry Cohen. Al morir en su casa a las 0:01, su cuerpo se elevó dos metros por encima del suelo, y permaneció así, completamente rígida y en horizontal, hasta que sus traumatizados hijos lograron bajarla a la cama, y atarla a ella con correas.

Decir que Merry fue la primera, es seguir la versión oficial, y yo, que no tengo nada contra los yankis, no voy a pelearme por esa cuestión banal ni entrar a formar parte de los disidentes que ven una conjura mundial en todo esto. Para mí, quién fue la primera y si hay conspiración o no, me parece lo de menos, siendo lo esencial, que a partir de esa fecha, hora, y a causa de un motivo u otro que aún sigue sin desvelarse, todos los fallecidos bajo cualquier circunstancia y condición, se elevan justo dos metros por encima del suelo, flotan en posición horizontal, y permanecen así de manera incombustible, salvo que se les fuerce a bajar, o a subir, o a ir hacia la izquierda o hacia la derecha, algo que tras descubrirse la incorruptibilidad de los cuerpos, pues no sufren de putrefacción ni corrupción, se comenzó a hacer, como hago yo en estos momentos.

¿Sentirán algo aunque sus corazones estén sin latir y sus cerebros desconectados; despertarán? Visto lo visto, por qué descartarlo. Y ante tal posibilidad, ¿cómo vamos a quemar o a enterrar sus cuerpos, y cómo voy a privar a mi padre de este paseo por su parque preferido, y no atravesar el hermoso puente que tantas historias le inspiró, al escuchar los trinos de los pájaros? Reconozco que llevarle con una correa y tirar de ella no es lo más honroso que le ha pasado en la vida, pero si despertara ahora se reiría de la situación, y eso es lo que cuenta.

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