Solo quiero

Solo quiero escribir y hacerte llorar

pero no de pena,

sino de alegría.

Solo quiero que Dios pida perdón a los hombres

y los hombres a Dios,

aunque no crea ni en Uno ni en los otros.

Solo quiero que la injusticia tiemble de miedo

y que el dolor se acabe,

especialmente tu dolor.

Solo quiero que la política no pudra los corazones

de la gente buena.

Y que sirva a los gobernados, no a quien gobierna.

Solo quiero arder sin consumir la llama

que la música no pare

que la tinta no cese.

Solo quiero que la literatura importe

que cada palabra cuente

que cada letra sane.

Solo quiero escribir un libro maldito

porque los malditos libros

nos hacen más libres.

Y solo quiero que cuando el universo estalle

cada laberinto haya merecido

la pena

y una bella estela de sentido

quede.


 

Abstract black alphabet ornament border isolated on white background. Vector illustration for education, writing, poetic design. Random letters fall from top. Alphabet book concept for grammar school.

Mi tercera novela

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Debo reconocer que soy un desastre, pero a veces trato de poner remedio. Eso intento aquí. Después de cuatro meses desde que saliera mi tercera novela, con bastantes lectores ya a cuestas y un buen puñado de críticas de las que no me puedo quejar, vengo al blog para promocionar En la palma de su mano. Dejo la sinopsis, unos cuantos enlaces por si os interesa haceros con ella y el hilo en Twitter que he creado para que los lector@s valoréis la experiencia. Y por supuesto, cualquier duda solo tenéis que preguntar.

Sinopsis

Moisés Pineda se encuentra en plena crisis después de haberse pasado media vida engañando a casi todo el mundo, en especial a las mujeres, a través de una consultoría de videncia que ha tenido un gran éxito, pero donde no ofrece más que charlatanería y psicología de autoayuda. Sin embargo, Moisés oculta un secreto que solo conocen sus mejores amigos, el escritor frustrado Arturo Coe y Susana Torre, una mujer decidida y de lengua afilada. ¿Cuál es el secreto? Moisés sí puede adivinar el futuro, aunque la experiencia le demostró el peligro de hacerlo. Será desoír su propia voz lo que vendrá a complicarlo todo, cuando en una fiesta organizada por un conocido multimillonario, nuestro protagonista se decide a leer las manos de sus amigos y de Rebeca, una compañera de trabajo de Susana, que rendirá las reticencias de Moisés para hacer lo que sabe que no tiene que hacer. Lo que Moisés ve en las manos de sus amigos le aterroriza y tratará de cambiarlo al precio que sea necesario. Lo que a partir de ese momento descubrirá de sí mismo y de todo cuanto le ha rodeado en su vida será todavía peor. Madrid se tornará en testigo privilegiado de todo cuanto ocurra.

Críticas

Compra

 

Aquí acabo yo

Hoy cumplo cuarenta años y a pesar de todo y de aquello y quizá por eso, sigo anclado en el Metro. En estas últimas cuatro décadas se ha modernizado y ha crecido mucho, pero me conozco cada línea, cada estación, todos los vagones. Al fin y al cabo me sobran paladas enteras de tiempo. Qué desperdicio.

Descanso, cuando se me antoja descansar, en la Estación de Chamberí. O lo intento. Desde que la reabrieran al público como museo hace unos años, comparto espacio con empleados y visitantes. Son una molestia, pero si me lo propongo, sé pasar desapercibido. Soy un muerto educado.

Al principio traté de comunicarme con los vivos, pero no hay manera. Tan solo perciben ruidos extraños, se les eriza la piel, se les hiela la sangre. Más allá de eso, están sordos y solo escuchan lo que quieren escuchar. Así les va.

Durante un tiempo también intenté hablar con los que a veces mueren aquí abajo por un infarto, por un suicidio, por un empujón a destiempo. Sin embargo son unos llorones. Que qué será de ellos, que qué van a hacer ahora sus hijos, sus padres, sus amantes. Qué dramas.

Menos mal que desaparecen pronto. No sé si van al cielo o al infierno, si se reencarnan o si son pasto de la nada. Pero se esfuman, se diluyen, se largan para siempre de mi reino. Mientras, yo sigo aquí.

Hay días que me tengo por un maldito, odio mi particular corona de difunto exclusivo y grito a los pasajeros. Pero ellos, con sus cascos, con sus móviles o con su somnolencia, ni se inmutan. Parecen fantasmas.

Hay días, en cambio, que me tengo por un privilegiado y animo a los pasajeros que siento más tristes a disfrutar de la vida. Trato de consolarles en sus miserias y en sus rutinas. Pero ya lo dije antes, los vivos están sordos.

Y hay días que estoy tan deprimido, que rezo para morirme otra vez.

¿Conocen eso de «Al salir, tengan cuidado de no introducir el pie entre coche y andén»? Pues se dice por mí. En una estación en curva tuve la mala pata de meterla por el agujero, tropecé, me golpeé de mala manera y me morí. Menudo ridículo.

Ese día iba pensando en lo que no debía pensar. Como suele ocurrir, el amor tuvo la culpa. Bueno, algunos no lo llamarían amor, sino sodomía. A Inmaculada le gustaba tanto… y yo quería complacerla en todo. Reconozco que al principio me costó, pero luego le cogí el gustillo. Es lo que más echo de menos de estar vivo. Qué cosas.

Ella me quiso mucho, tanto, que no volvió a sodomizar a ninguno de los hombres con los que se acostaba. Durante años y cada vez que Inma tomaba el metro, me ponía a su lado y trataba de alentarla para que contara sus anhelos a su pareja de turno. Pero ya lo he dicho antes dos veces, los vivos están sordos y no aprenden hasta que se mueren. Si acaso.

Ella me quiso mucho y puedo demostrarlo. Aunque desde hace años ya no usa habitualmente el metro, hasta hoy no se perdió ni una sola de mis cuarenta efemérides. Cada año venía a dejarme un ramo de flores a la estación y al andén donde perdí el pie y la vida. Pero el metro cerrará pronto y no la he visto.

He soportado la incertidumbre de no saber qué hay más allá de este más acá, pero si Inma no aparece, juro a quien sea responsable de esto, que aquí acabo yo. No pienso seguir de brazos cruzados en este limbo. Para siempre es demasiado tiempo… Estar muerto tampoco es fácil.


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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

Mi hermana y yo, o un talento especial para el fracaso

Necesité menos de treinta minutos para que se desmoronase por completo la opinión que me había formado sobre mi hermana a lo largo de toda una vida. Ella estaba muerta. Yo en su casa. La primera sorpresa llegó con un pósit pegado en el espejo del baño. Con letra curvilínea y en tinta verde había escrito: el fin solo es un principio a lo desconocido.

¿A lo desconocido? Si yo creía tener algo claro de ella, es que habría contestado con seguridad que al final del camino nos espera el cielo o el infierno. Esa tendría que haber sido su respuesta, en oposición a la mía, también rotunda, de que nos espera la más absoluta de las nadas. La apuesta por el rojo o el negro fue uno de los primeros precipicios que nos distanciaron. Llegarían otros, hasta el punto de que mi hermana nunca pisó mi casa, ni yo estuve en la suya hasta después de su entierro, cuando aparecí para hacerme cargo de sus pertenencias después de que yo fuese la mejor opción tras el funeral. En realidad la única.

Me enteré del cáncer en su fase terminal. Me llamó y me dijo: «Me gustaría volver a verte antes de irme». Yo le pregunté como un idiota que dónde tenía que irse. Luego no estuve mucho mejor al querer saber el punto de encuentro. «En la 413 del hospital», me dijo sofocando la risa. Allí apenas hablamos, en cambio lloramos mucho. Supuse que eso también era quererse. La forma de amor que nos quedaba tras una vida de silencios y discrepancias.

Nuestra familia siempre tuvo un talento especial para el fracaso y yo convertí esa veta en mi clave para el éxito. Pronto descubrí que tenía alrededor una mina de oro que, a poco que tallara literariamente, los lectores me comprarían a buen precio. No me equivoqué, pero tampoco tuve mérito, como he dicho mi familia me ofreció material de excelsa calidad. Solo mi hermana, la defensora de la memoria, el bastión de la estirpe, la recta de espíritu, fue un escollo cuando comencé a publicar. Sin embargo no me arredré, sino que la incluí en una semificción que se convirtió en el contrapunto perfecto para encumbrarme.

Si el pósit del baño me llevó a reflexiones inesperadas, los juguetes sexuales de su dormitorio provocaron mi más absoluto desconcierto. Tengo cincuenta y nueve años. Ella contaba sesenta y uno. Sentado en su sofá gris, junto al pene de plástico adosado a un cinturón que encontré en uno de los cajones de su cuarto, me dije que hay pocas cosas más incómodas que la sexualidad de nuestros allegados. Y eso que yo había fundado mi estilo precisamente en esa incomodidad. Así que mi hermana dudaba de dios y por si fuera poco también dudaba de la moral. Me vino la sospecha de que no la conocía siquiera mínimamente y tuve la certeza de que habíamos perdido una gran oportunidad. Desde hacía años estábamos solos. Yo tuve la literatura, pero hacía tiempo que me abandonó. Ella tuvo su fe, pero con el consolador en mi mano cabía pensar en alguna grieta.

La caja de zapatos fue la prueba definitiva. Ella me quería. Ella no me despreciaba como yo había pensado durante más de veinticinco años. Justo desde aquella Navidad en la que nos dijimos todos los puñales posibles, después de que me publicaran La familia perfecta, mi primera novela. El portazo con el que me marché de casa de mi madre, la cual estrenaba viudedad, fue un punto de no retorno. Ahora ya era tarde para volver a llamar a cualquier puerta que se pareciera a un hogar. Y sin embargo.

Recortes de entrevistas, noticias sobre mis premios, informaciones sobre los cursos de escritura creativa que he impartido por medio mundo, fotografías de aquí y de allá. Lo que yo no he coleccionado nunca sobre mí, mi hermana sí lo hizo. Con fidelidad, hay reseñas desde mis inicios; con tesón, nunca fui un escritor de bestsellers y reunir la cantidad de información que contenía la caja no pudo resultarle fácil. Con cariño, hay líneas subrayadas, nunca tachadas; comentarios a los márgenes donde recuerda anécdotas que me pudieron llevar a los lugares que comento; incluso pequeños dibujos donde reinan los colores claros, donde no se transmite agresividad sino ternura. ¿Cuánto de injusto he sido con ella? ¿Cuánto me equivoqué?

El consolador estaba a un lado del sofá, la caja de zapatos al otro y yo en medio. Por si fuera poco el misterio se había encarnado en cada rincón de la casa. Caí en la cuenta, su ordenador personal estaba a tres metros de mí y podía contener a mi nueva hermana. Incluso tal vez a mi nuevo yo. Tras cinco años de silencio quise romper a escribir de nuevo. Sonreí, ella tenía razón, el final es un principio a lo desconocido.


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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

Amor se escribe con sangre

Me preguntas por qué… Qué manía tenéis todos con querer saber. Pero te contaré mi historia, después de todo en el patio no hay nada mejor que hacer.

En un crimen, la casualidad suele ser más del cincuenta por ciento. Era de madrugada, había bebido, regresaba a casa. Pensaba en quien no debía y ni siquiera la luna llena conseguía aliviarme de la alta suciedad que sentía. No había nadie en la calle. Nadie, hasta que se cruzaron conmigo.

Iban en una bicicleta de montaña, eran adolescentes, intuí que idiotas. Yo estaba en mitad del carril rojo, pero no me moví a pesar de que venían de frente. Romeo manejaba el manillar con dificultad, porque Julieta pesaba lo suyo y estaba sentada a horcajadas sobre el cuadro de la bici. Me esquivaron haciendo una ese y con sonrisa de tortolitos. Yo no era nada para ellos y continué mi camino hasta que un momento después escuché un «¡Cuidado!», un «¡Frena!» y un golpe. Me di la vuelta. Se habían estampado contra una farola. Me quedé mirándoles.

El golpe no valió gran cosa. No iban rápido. Fue de costado. Ni siquiera me dio para unas risas. Pero Julieta no se levantó del suelo de buen humor e insultó a su Romeo. Incluso le soltó un par de manotazos. Él pedía perdón y buscaba excusas, que si la mierda de la bicicleta, que si el equilibrio, que si el tipo con el que se habían cruzado. Fue entonces cuando ella me vio parado a escasos metros contemplando su escena. Cuando me señaló. Cuando me incluyó en sus insultos. Cuando calentó a Romeo. Cuando vinieron hacia mí.

Allí estábamos los tres, cara a cara. Yo ya era algo para ellos. Julieta demostró ser menos idiota que Romeo. «Vámonos», dijo. «Déjalo, da igual, este hombre no tiene culpa de nada». Casi suplicó una retirada. Pero Romeo me exigió que pidiera perdón, que dejase de mirarles, que hablara de una maldita vez.

Casi nunca se sabe interpretar el silencio. Romeo interpretó el mío como cobardía. Se envalentonó. Me empujó dos veces. Julieta trató de calmarlo en vano. Él se empeñó en que yo hablara y al final lo hice. «Que el amor te haga más libre, no más esclavo», eso le dije. Pero a Romeo no le pareció una respuesta oportuna. «¿Qué coño significa eso?», me preguntó nervioso. Me llamó gilipollas, creo recordar que también cara culo, terminó diciéndome puto loco.

Julieta comenzó a llorar. Yo hice cuentas, Romeo me había empujado, me había insultado, al final me había dicho la verdad. Aun así lo hubiera tolerado, pero quiso más y me soltó que yo era un don nadie. Eso me recordó a quien no debía. Romeo me dio la espalda, había terminado conmigo. Yo empecé con él. Saqué la navaja y se la clavé en el cuello. Julieta gritó como una histérica y tuve que hacer algo al respecto. Ya lo fui todo para ellos.


 

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Cuentos para no dormir

No estaba loco, solo quería lo imposible, desaparecer sin hacer daño. Se llamaba Juan, ya no tenía apellido, logró olvidarlo, o eso me dijo. Antes había intentado la concordia y la armonía de todos. Quiso cumplir con su familia, con la sociedad, con su empresa, con su país, con la moralidad, con la Historia, consigo mismo. Tanto peso le hizo reventar. Un día le encontraron en la Biblioteca de su ciudad de provincias, se había tirado encima centenares de libros, estaba casi enterrado en ellos, pero pretendiese lo que pretendiese, no parece que lo consiguiera. Poco más tarde su mujer le sacó de la bañera, la había llenado de gasolina e intentaba que una de las muchas cerillas que había gastado por fin prendiera. Fracasó, nadie se explicó el motivo. Tuvo una tercera tentativa en la fábrica para la que trabajaba, pasó su turno de noche dentro de un arcón congelador. Ocho horas junto a pechugas pollos, junto a piernas de cordero, junto a filetes de ternera. Sin embargo, Juan salió fresco a la mañana siguiente. Le echó su mujer de casa, le echó su empresa del trabajo, le preguntaron los psicólogos por qué había hecho lo que había hecho y no supo qué decir. Le preguntaron si volvería a la carga y tampoco tuvo nada que decir. Al final, un psiquiatra le preguntó si al menos se había vuelto claustrofóbico tras pasar una noche en un congelador. Juan, para su propia sorpresa, le contestó que no había nada más claustrofóbico que vivir sin mentiras, que los cuentos para no dormir eran la realidad que no soportábamos, que por eso inventábamos ficciones para consolarnos, que la verdad es terrible, pero que él iba a abrazarla. También le dijo que no se preocupara, que no volvería a intentar quitarse de en medio con métodos, me dijo que le dijo, rudimentarios, porque había visto llorar a su madre, a su exmujer, a sus hijos, y no permitiría que nadie más derramara lágrimas por su causa. No estoy loco, me decía insistentemente ya aquí recluido, solo quiero alcanzar mi paz. La persiguió con audacia, con valentía, con graves consecuencias para su salud, con dinero, con violencia. Probó la meditación, el prozac, la heroína, prácticas sexuales de lo más extrañas. Todo en esta habitación, en mi hotel. Cuando le quedaba poco dinero dejó de comer, cuestión de prioridades, me dijo. Cuando ya no le quedaba nada, en lugar de echarle le propuse que me contara su historia a cambio de quedarse. Aceptó y así sé lo que sé. Hace unas horas estábamos ahí sentados, en su cama, sí, desnudos, así vivía desde hace meses entre estas cuatro paredes, y yo debía desnudarme si quería entrar. Sin embargo nunca intentó nada impúdico, que conste. El caso es que al poco de sentarme a su lado me dijo que sería su último día, que no sabía cómo ni por qué, pero que se sentía feliz, pleno, que se iría libre, que reventarían todos sus muros, que las paredes del cuarto se abrirían por fin, que se llenaría de calma. Entonces empezó a llorar, al principio era poco más que un quejido, luego llegaron las lágrimas, pronto fueron una cascada y hay poca metáfora en lo que digo. La escena resultaba patética, pero su llanto iba a más y a más. Yo no sabía qué hacer, no me podía mover, estaba hipnotizada. Así llegamos al momento en el que literalmente comenzó a deshacerse en lágrimas, se le desprendió la piel, la carne, los huesos, como si se estuviese bañando en ácido. Pero yo no podía gritar porque Juan sonreía, no había dolor en su cuerpo. Al final no quedó de él más que un charco de agua. Le juro, agente, que no fue hasta más tarde cuando el charco se tiñó de rojo y decidí llamarles. Antes era azul, el azul más puro e inocente que quepa imaginar, ¿me cree, de verdad que me cree? Tiene que creerme, hágalo por Juan, aunque él no cumpliera con su propósito, aunque no lograra lo imposible.


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Callar a pleno pulmón

“Vivir, no importa cómo, pero vivir.” Raskólnikov

 

            En año el 2065 la ONU declaró finalmente el Paraíso sobre la Tierra. Dios estaba definitivamente muerto, no le necesitábamos. Fue el año que se alcanzó el acuerdo satisfactorio para todas las partes entre Palestina e Israel. Así acabó el último gran conflicto. Para entonces el terrorismo se había esfumado del mapa. También los problemas raciales. El hambre estaba erradicada. La población mundial decrecía a un ritmo óptimo. Habíamos encontrado vida unicelular en otros planetas. La primera ciudad en Marte y las colonias en la Luna funcionaban correctamente. No había enfermedad incurable. El Ártico, los bosques, las especies animales, no tenían motivos de preocupación. Incluso se rozaba la respuesta definitiva a la pregunta de qué hay al otro lado. Sencillamente Homo sapiens era una etiqueta que empezaba a quedarse pequeña. Entonces apareció el problema de mi padre.

            El viejo acaba de cumplir 87 años y debió morirse hace 720 días. Estamos en el 2068 y su vida amenaza con romper todas las reglas, con fracturar el equilibrio. Por si fuera poco sonríe y se siente orgulloso, como si luchara contra una distopía de tres al cuarto, como si no hubiésemos hecho realidad el sueño de que otro mundo mejor sí era posible, como si no pusiera en riesgo todo por lo que él habría muerto feliz hace apenas unos años. Es un converso, lo sabe, lo disfruta, me lleva al límite. Hace una hora, en la última visita que le haré, tras el regalo que le he concedido, me ha dicho:

            Ya sabemos que el alma no pesa 21 gramos, ya sabemos cuántos latidos alberga cada corazón, ya se dice lo que se tiene que decir, se piensa como se tiene que pensar, se vive como se tiene que vivir y por supuesto se muere como toca morirse. Pero mi cuerpo se ha revelado contra todo eso, harto de callar a pleno pulmón, solo quiere morir en su mundo, no en este.

            La disfunción técnica de mi padre, o el milagro, así lo llaman algunos recalcitrantes, es fácil de contar, pero de momento imposible de explicar para la ciencia. El viejo debería estar muerto, porque su corazón ha sobrepasado el número de latidos con el que su cadena genética le programó. Y lo mismo ocurre con el resto de sus órganos vitales, todos sobreviven por encima de sus posibilidades. Las pruebas realizadas descartan que  haya manipulado su cuerpo. Sabemos también que no es una falta de cálculo, sabemos que no es un error de la teoría. Una teoría que ha predicho correctamente el 100% de los casos restantes. Mi padre sencillamente es una anomalía. Una anomalía que da miedo. El cielo es demasiado frágil.

            Cuando el año pasado mi padre cumplió 86 años hice lo que tenía que hacer y denuncié su caso. El Comité de Expertos que se formó de inmediato tomó el asunto con la gravedad y la celeridad necesarias. La primera opción, unánimemente aceptada, fue matarle y erradicar cualquier contaminación. Sin embargo ya no existe el asesinato. La segunda opción barajada, fue inducirle al suicidio, pero nos topamos con otra barrera lógica: ya nadie se suicida. Por si fuera poco, mi padre celebra la vida más allá de lo razonable, y visto lo visto, más allá de lo posible.

            Finalmente decidimos recluirle en una celda aséptica, sin libros y sin la posibilidad de que escribiera. La intención era matar su espíritu y rendir así su cuerpo. Pero su corazón ha resistido. Hoy se despidió de mí diciéndome que lo sentía por todos nosotros y por el mundo feliz que él ponía en riesgo, pero que su imaginación estaba muy viva. Luego me miró con cariño, quizá con aire de triunfo, o tal vez fuese de pena, cuando accedí a entregarle su novela favorita, la que nos había rogado desde su primer día de reclusión. Cuando cerraron su celda me pidió paciencia y añadió: lo siento, un ser humano todavía es capaz de hacer cualquier cosa, incluso lo que no debe.

            Estuve a punto de confesar que no podía estar más de acuerdo, de decirle que no tocase las hojas del libro, que estaban envenenadas. Pero no lo hice. A estas horas la anomalía debería estar resuelta y el mundo a salvo. ¿O no?


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

 

 

Sobre mi escritura y Twitter (fragmento de mi cuarta novela)

Más vale que recoja mis bártulos y me vaya, ahora que puedo hacerlo por mi propio pie y no escoltado por dos simpáticos señores. Iba a escribir, que recoja mis escombros…, pero no he necesitado ponerme intensito. Una vez más me he quitado el veneno con la escritura. He resucitado tantas veces, que ya ni espero al amanecer. Vaya, esta última frase me da para un tuit. Lo cierto es que no puedo quejarme de Twitter, la de mierda interior que he descargado sobre el pajarito azul, y qué bien la filtra sin marcharse. En fin, dormiré en el coche y mañana me presentaré en casa, abrazaré a mis padres y pondré cara de hijo normal. Hasta donde pueda o sepa fingir.


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La casa de las ventanas de papel (O la muerte del héroe)

Dios, qué maravilla, llueve y hace frío en pleno julio. Mientras bajo de un autobús azul y a la espera de uno verde, frivolizo con la idea de que el cambio climático no va a estar tan mal después de todo.

Espero cerca de la marquesina de la parada del Hospital 12 de Octubre, abro mi paraguas morado para combatir la lluvia y, el Orlando, de Virginia Woolf, para combatirme a mí. Mientras leemos escapamos de nosotros mismos, reflexiono, para refutarme al momento siguiente al pensar en la tarde de trabajo que tengo por delante.

Vuelvo a centrarme en la lectura y sentencio que Orlando es maravilloso. Al margen de su calidad literaria, pienso en las fluctuaciones que llevan al lector de un mar a otro a través del Orlando hombre y de la Orlando mujer, y cómo Virginia construye y lega a la posteridad un alegato feminista, mejor dicho, humanista.

Me pregunto entonces si yo estoy en disposición de legar algo de interés, y sonrío por respuesta. Suficiente tengo con sacar adelante las peleas que tengo encima. Por ejemplo, no tengo nada que encaje bajo el título La casa de las ventanas de papel, el relato que debo presentar en unas semanas para el blog literario de Krakens. Por ejemplo, no tengo nada que encaje con la religión, el tema que debo tratar para Habitación 13, el club de escritura del que formo parte. Por ejemplo, no tengo editorial para mi novela… ¡Pero mierda! ¡Me cago en…!

Levanto la cabeza a destiempo y veo cómo se larga el autobús al que debía haber subido. Blasfemo una, dos, tres veces más. Me calmo un poco y se me ocurre pensar que ya tengo tema: la blasfemia. Descuido el ángulo del paraguas y Orlando acaba con las páginas 140 y 141 empapadas y desteñidas. Entonces se me ocurre pensarlo y es entonces cuando ocurre: Dios se ha tenido que quedar a gusto, el muy cabrón. El rayo me impacta de lleno.

Caigo al suelo entre convulsiones. Todos los pelos se me han erizado, no es un mito. El paraguas se hace trizas y está a tomar por culo, o eso supongo con la agonía encima. El libro no, el libro está a mi lado, cayó con la contracubierta hacia arriba, desde allí Virginia Woolf me mira con pena ¿Qué más le puedo pedir a esta aventura? ¿Sobrevivir? No; ¿Que remita un poco este dolor? Tal vez; ¿Que la gente de alrededor no grite? Eso estaría muy bien.

Los párpados me pesan como nunca, estoy al lado del hospital, pero no tiene pinta de que nadie vaya a salvarme. Ni siquiera escucho sirenas. Pienso en eso de que en el arte hay sentido, pero en la vida no. Pienso en que dejo demasiadas historias sin escribir, y que así es difícil la posteridad, y que hasta muriéndome me justifico. Pienso que tendría que haber borrado el historial de Google. Pienso en los gracias y en los te quiero que dejé sin pronunciar a las puertas de los labios. Pienso en que me jode morirme pensando en esa cursilería.

Desde el suelo y a pesar de la lluvia que me recorre la cara, y de la gente que se arremolina en torno a mí, distingo en la marquesina a una niña abrazada a su madre. Entonces se me ocurre pensar que mi cuerpo ha absorbido toda la energía, toda la descarga del rayo, y que de esa manera he evitado que alcanzara a la pequeña. Decido pensar que la he salvado y si eso no es encontrar un sentido que baje Dios y me lo discuta. Pero mejor, ya voy yo a discutirlo con Él, o con Ella, o con Ello, o con Nada, donde haga falta. Tenemos muchas cuentas pendientes y no tengo otra cosa mejor que hacer, yo ya estoy muerto.


 

 

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Diccionario jázaro, por Milorad Pavic

En apéndices I:

Y llegué a la conclusión de que las casas son muy parecidas a los libros: tantas alrededor de ti, pero sólo entrarás en algunas y menos aún son las que visitarás o habitarás por un tiempo más largo. En la mayoría de los casos, a ti te ha sido destinada una posada, una fonda, una tienda alquilada por una noche o un sótano. Y raramente, muy raramente, te darás cuenta de que vuelves a entrar, empujado por un temporal, en el mismo edificio habitado tiempo antes y pasas la noche de nuevo allí, recordando dónde habías dormido y cómo todo, aunque siga siendo lo mismo, había sido distinto, y en qué ventana amanecían las primaveras y por qué puerta se salía en otoño…


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