Ojos azules, Toni Morrison

Leer casi siempre es un placer, escribir no tanto, pues uno debe enfrentarse a menudo a sus propios complejos y, Ojos azules, me sacó los colores cuando descubrí que se trataba de la primera novela de la autora. Busqué entonces información y encontré algo de consuelo, ya que la publicó a los 39 y yo todavía estoy a un año de distancia. Que con 38 lleve tres novelas publicadas que no se acercan en calidad ni a la suela de aquella, lo dejaré al margen para no desconsolarme definitivamente. Ahora bien, dejemos de hablar de mis mierdas y vayamos con el motivo que me trajo hasta aquí.

Desde la primera línea del libro uno sabe que en Ojos azules hay un gran esfuerzo por el estilo. La preocupación por el lenguaje marca un gran distintivo con respecto a la mayoría de las novelas, más preocupadas por la historia, por la trama, o por los personajes, es decir, más preocupadas por el qué, que por el cómo.

Sin embargo, que Morrison aliente su obra con cierto vanguardismo estilístico, lo vemos en el inicio, ¿una especie de prólogo dictado por un niño obsesivo?, lo vemos en la cabecera de los capítulos, una técnica similar que me provoca el interrogante de que al final no le encontré sentido estructural, y, lo más importante, lo vemos en la fuerza estilística de los narradores, que será una niña en su voz principal, no significa ni mucho menos que se descuiden los aspectos mencionados al final del párrafo anterior.

De hecho, si nos saltamos las dos primeras páginas, y nos las saltamos porque no formarían parte del cuerpo de la historia, así comienza la novela: Aunque nadie diga nada, en el otoño de 1941 no hubo caléndulas. Creímos entonces que si las caléndulas no habían crecido era debido a que Pecola iba a tener el bebé de su padre. Repasar estas líneas al final del libro, es descubrir que la trama ya estaba prácticamente ahí, pero no por ello nos dejará de interesar, sino que faltará lo importante, saber cómo se llega a ese terrible punto.

Y si uno no se despega de la obra a pesar de los momentos de zozobra que uno debe vivir en, o con su recorrido, es precisamente por el tratamiento exquisito de los personajes que aparecen. Por supuesto Claudia, que nos relata en su mayor parte la historia y su hermana Frieda son arrolladoras, por supuesto las putas, o Maureen, la niña perfecta, a pesar de ser negra, o el reverendo torcido del final que obra el no milagro del cambio de ojos, pero sobre todo, hay dos personajes que merecen un reconocimiento especial, Cholly, el padre, y la hija, Pecola.

De Pecola quiero decir que se trata de uno de los personajes más conmovedores que recuerdo haber leído nunca. La autora descarga sobre su criatura toda la tragedia del mundo, toda la ignominia de la que es capaz el ser humano. Y por desgracia somos capaces de mucha ignominia.

La sola escena de Pecola, engañada por otro niño para que acuda a su casa a jugar, y en la que el artero e insoportable muchacho le termina tirando el gato que odia, porque su madre adora al animal, a la cara de la niña, y lo que sucede antes, en ese momento y después, ya de por sí hacen que merezca la pena el tortuoso placer de leer Ojos azules.

Con respecto a Cholly ocurre algo todavía mucho más brutal. Él no es la víctima, él es el agresor, él es un hijo de puta de la peor calaña. Y sin embargo, al poner la escritora el foco sobre sus orígenes, sobre su desgraciada vida, sobre las razones que le arrastran hasta su inmundicia, no compasión ni justificación, pero sí comprensión es lo que provoca en el lector. La valentía de lo que hace Morrison, añade todavía más mérito a la novela.

Concluyo, no sin antes comentar que la propia autora, en un epílogo que al menos se encuentra en la versión que he leído de Ediciones B, habla de fallos en esta su primera novela. Es verdad, cabe apreciarse costuras que andan sueltas y puntadas visibles que impiden que la obra maestra, que para mí por lo que me ha hecho sentir en determinados momentos, no sea por completo redonda. Sin embargo, casi se agradece, la perfección artística, como toda perfección, agota y aleja, mientras que Ojos azules invita a ser recomendada y releída a no mucho tardar, por el disfrute que produce toda su crudeza literaria y vital.

PD: Toni Morrison murió ayer, sirva esta reseña, escrita hace unos días, pero sin publicar hasta ahora, como mi más sentido homenaje.


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El animal moribundo, Philip Roth

Philip Roth es siempre una apuesta segura. Debería acabar mi reseña con esa primera frase, pero me extenderé un poco, perdonen mi redundancia.

No tengo los juicios de valor suficientes, es decir, no he leído (o no lo recuerdo) si Roth lo hace a conciencia, como sí lo hará por ejemplo y sistemáticamente Houellebecq, pero está claro que con cada una de sus obras el escritor estadounidense, fallecido en el 2018, cumple una de las funciones necesarias de la literatura; tocar las narices, hurgar en las heridas, ser políticamente incorrecto.

En El animal moribundo cumple a la perfección el anterior leit motiv. Su breve novela, con David Kepesh por protagonista y narrada a un testigo que nunca llega a desvelarse, me resulta una obra maestra que trata el sexo y la muerte sin autocensuras, sin filtros y por momentos con provocación.

El personaje al que recurre en numerosas de sus ficciones, David Kepesh, ya ha sobrepasado los sesenta, pero sigue siendo un individualista, un cínico si lo requiere la situación, un esteta y un irreverente social, que se enfrentará en estas páginas a una de sus últimas oportunidades de gozar la sexualidad con una estudiante joven, Consuelo, que le hará perder el equilibrio de su vida.

Latigazos como, «la corrupción no es el sexo, sino lo demás. El sexo no es solo fricción y diversión superficial. El sexo es también la venganza contra la muerte». O, «no importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo. Es un juego muy arriesgado. El sexo es lo que desordena nuestras vidas normalmente ordenadas», dan una idea de lo que Roth es capaz de hacer cuando reflexiona, clavando su bisturí hasta el tétano del hueso.

La historia pasional del profesor universitario con la alumna que deja de serlo para poder empezar la relación de dependencia entre ambos, se ramificará además por otros derroteros que muestran un collage que va, desde la revolución sexual de los 60 en el ambiente universitario, hasta la muerte de uno de sus mejores amigos, pasando por la compleja y culposa relación con su hijo Kenny, que será la contrapartida moral del padre.

En apenas 120 páginas, Roth y David, esta pareja artística que me han dado tanto, logran sacudirme unas cuantas veces y me tienen atento de la primera a la última página, pues la única manera de perderse lo menos posible, es permanecer al acecho de las reflexiones del autor y de las tuyas propias que van surgiendo, en una combinación que te hace crecer por los paisajes a los que te ves arrastrado.


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La soledad del corredor de fondo, Alan Sillitoe

Un año y varios meses más tarde de la recomendación del escritor y profesor de literatura, Rafael Ruiz Pleguezuelos, del que por cierto da gusto leer todo lo que escribe (aquí su tuiter @rpleguezuelos), cayó por fin en mis manos La soledad del corredor de fondo, que empecé a leer como si se tratara de una novela, hasta que cerca del final del primer relato, descubrí que no, que no una, sino varias serían las historias que me llevaría por premio.

Ese hecho, que el título de un relato sirva para una recopilación, puede llevar a pensar que el resto quedan varios peldaños por debajo en cuanto a calidad. Sin embargo, no es el caso y si el relato de La soledad del corredor de fondo es realmente bueno, encontré otros muchos tesoros entre sus páginas.

La obra en su conjunto habla de las múltiples formas de perder que tienen la clase obrera y los desfavorecidos en general y, de cómo la sombra de soga de la pobreza en torno al cuello, genera ruindad y violencia, pero también, meritorias maneras de integridad y honradez que pueden alcanzarse a pesar de todo.

El libro fue publicado a finales de la década de los 50 del siglo pasado y se circunscribe a una Inglaterra sombría, repleta de personajes al borde del precipicio, enfrascados en una realidad gris donde apenas hay escapatoria y donde a veces, ni siquiera, un té a las cinco.

Como ya dije, abre la colección La soledad…, un relato escrito en primera persona, recurso que utilizará Sillitoe por otra parte a menudo, con lo que el autor imprime un sello empático hacia los personajes protagonistas. Aquí, un adolescente, carne de reformatorio, cuenta cómo ha llegado a su encrucijada particular y a la toma de decisión que se obliga por unos principios que, quizá no sean los mejores, pero que al menos son suyos.

Una vez constaté que Colin Smith, el adolescente corredor de fondo, no me acompañaría más en el viaje, vine a degustar auténticas joyas inesperadas que, eso sí, nunca son optimistas ni alegres. Por ejemplo, Tío Ernest, donde su protagonista intenta escapar de su exclusión y del alcoholismo, pero donde la lógica le empuja a ellos. O Una tarde de sábado, donde un niño ayuda a un adulto en su intento de su suicidio. O El Arca de Noé, donde el naufragio de una relación encuentra con los años una tabla de náufrago que finalmente se hundirá también.

Los relatos de Allan Sillitoe, como apunté más arriba, se encuadran en una época muy concreta, pero como toda gran obra, llega a lo universal a partir de su reflejo en lo individual. Y aquí y ahora más si cabe, pues uno encuentra en su época de crisis lo que por desgracia es un correlato perfecto de nuestros días. Es lamentable comprobar cómo cambian los tiempos, pero no los problemas y tampoco las angustias que suscitan.


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Mierda bonita, Pablo Gisbert

Nada más escuchar su título ya supe que quería leerlo. Y una vez que lo he hecho, sé que lo releeré en breve. Mierda bonita es una obra deslumbrante y por momentos perturbadora, que aconsejo desde su primera página hasta sus últimas consecuencias. Así comienza su primera historia: «Un chico quiere ir a un cuarto oscuro para que se lo follen». Y así termina la última: «… y archivaron el caso como un suicidio de artista».

Sigo con una de las primeras reflexiones que me provocó la lectura del libro: odiar al autor. Pablo Gisbert, que tiene un año menos que yo, tiene también una escritura tan fresca como profunda, y sí, la envidia me invadió. Por suerte, solo tuve que seguir leyendo y rendirme a su talento para perdonarle.

Supongo que para las editoriales esta obra es un problema, un quebradero de cabeza, acostumbradas como están a encasillarlo todo para vender su producto manufacturado y poder ponerlo en la casilla correspondiente de la tienda, pero yo agradezco siempre el compuesto cuando el resultado merece la pena y Mierda bonita vaya si lo merece.

Al acabar su lectura todavía no tengo claro si se trata de una colección relatos, de ensayos, de performances para su representación, o incluso de puras provocaciones. Lo más sensato es decir que hay de todo ello y mucho más. Lo mejor, llamarlo como se hace en la introducción, los textos reunidos del autor.

Unos textos donde te golpeas, y yo al menos lo agradezco, con y contra el siglo XXI. Resulta que existen infinidad de obras literarias que reflexionan sobre el XX, pero mientras leía Mierda bonita pensaba que nuestro tiempo estaba encerrado en sus páginas. O al menos algunas de sus cuestiones acuciantes, como la sexualidad en sus márgenes, la depresión, o la deriva sin retorno que vivimos.

Sí, estamos ante un libro que mete el dedo bien hasta el fondo en las llagas, sin compasión alguna, con un talento especial para recrearse, detenerse y expandirse en los límites de los problemas de nuestra sociedad. Los mira a la cara y el resultado es, efectivamente, mierda bonita.

Lamento su brevedad, pero agradezco el resto, es una obra fiera, ágil, valiente, que transmite dura sinceridad y que por supuesto deja huella. Advierto, la mosca de su portada no te deja una vez has terminado con su última página.


 

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En la palma de su mano

ISBN: 9788417234010
Tamaño: 152 X 228
Páginas: 206
Categoría: FICCIÓN MODERNA Y CONTEMPORÁNEA
Encuadernación: Tapa Blanda

EN LA PALMA DE SU MANO

14 (Papel)
3.99 (eBook)

Moisés Pineda se encuentra en plena crisis después de haberse pasado media vida engañando a casi todo el mundo, en especial a las mujeres, a través de una consultoría de videncia que ha tenido un gran éxito, pero donde no ofrece más que charlatanería y psicología de autoayuda.
Sin embargo, Moisés oculta un secreto que solo conocen sus mejores amigos, el escritor frustrado Arturo Coe y Susana Torre, una mujer decidida y de lengua afilada. ¿Cuál es el secreto? Moisés sí puede adivinar el futuro, aunque la experiencia le demostró el peligro de hacerlo.
Será desoír su propia voz lo que vendrá a complicarlo todo, cuando en una fiesta organizada por un conocido multimillonario, nuestro protagonista se decide a leer las manos de sus amigos y de Rebeca, una compañera de trabajo de Susana, que rendirá las reticencias de Moisés para hacer lo que sabe que no tiene que hacer.
Lo que Moisés ve en las manos de sus amigos le aterroriza y tratará de cambiarlo al precio que sea necesario. Lo que a partir de ese momento descubrirá de sí mismo y de todo cuanto le ha rodeado en su vida será todavía peor. Madrid se tornará en testigo privilegiado de todo cuanto ocurra.

Biografía

Carlos Aymí Romero (Guadalajara, España, 1981) se licenció en Filosofía en 2005 por la UCM. Cursó un Máster de Literatura (2011) y otro de Escritura Creativa (2015-2016) en el Hotel Kafka de Madrid. Ha publicado Hermanos y Reyes (2013), Reyes y Guerra (2014) y colabora asiduamente con diversas publicaciones de narrativa y cultura.
De Tolkien a Dostoievski, de Sartre a Enrique Vila-Matas, de Cervantes a Philip Roth. Tras dos novelas de literatura fantástica llega En la palma de su mano, un thriller psicológico que combina varios géneros y que está ambientado en la ciudad de Madrid.
Consciente de que los buenos libros no se ciñen a ningún corsé ni a ninguna época, se siente en deuda con la literatura por todos los mundos que le ha mostrado y que le ha hecho disfrutar. Esa deuda, sus necesidades personales y sus diversos intereses, van construyendo el pulso de su propia narrativa.

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