Tienes lo que mereces

Me gustaría poder decir que el viejo me cayó bien nada más verle, pero vestía mal, olía a sudor, y al menos para mí, no es posible la simpatía sin higiene. Me gustaría poder decir que el viejo era lo que aparentaba, pero aparentaba lo que quería y no lo que era. Y me gustaría poder decir que el viejo (en realidad no lo era tanto), no me crujió de lo lindo. Pero ya se sabe, de «me gustaría…» que no se cumplen está el mundo lleno.

Si las bicicletas son para el verano, Ibiza también. Especialmente si tienes pasta como la tengo yo desde hace un par de años y ganas de impresionar a una mujer que tiene mucha más pasta todavía, aunque en la vida esté un poco verde, o precisamente por estarlo. El escenario de mi triunfo iba a ser el local de moda, incrustado casi en la misma cala de arena fina y agua turquesa, con las mejores vistas de la isla al atardecer.

Ella iba a llegar tarde, como siempre hace. Y yo a fingir que no me importa, cuando lo detesto. Al fin y al cabo el tiempo me ha enseñado a ser un buen impostor, tanto, que solo se así se explica que haya podido forrarme con un par de libros de autoayuda repletos de frasecitas en las que no creo ni cuando estoy borrachísimo. Hay que saber sacar provecho a la sociedad infantil en la que estamos, pero no nos desviemos de tragicomedia.

‒Cada prejuicio es una frontera ‒me espetó el viejo a la cara.

Se me cruzó en la entrada del local Maravillas, la música chill out nos envolvía. Los porteros con forma de armarios lustrosos fruncieron el ceño, pero no hicieron nada. La ventaja de ser escritor es que incluso con best seller a tus espaldas, puedes bañarte en el anonimato. Sin embargo, el viejo me conocía. Su presentación lo demostraba, me había soltado uno de mis lemas estrella.

‒¿Y en qué frontera prejuiciosa estamos aquí? ‒Le pregunté con la intención de bloquearle y deshacerme pronto de él.

‒En la frontera de la idiotez, joven ‒me dijo con naturalidad.

Me sacó una sonrisa irritada y le lancé otra pregunta:

‒¿En la suya o en la mía, viejo?

Nunca he sido un tipo agradable y el surco de sudor de su camisa azul desteñida no ayudaba. No por casualidad mis editores me tienen prohibido que diga lo que pienso de verdad sobre la mayoría de los temas.

‒Supongo que eso es lo que está en cuestión ‒fue su respuesta y con autosuficiencia añadió: ‒¿Serías tan amable de firmarme uno de tus libros?

Torcí el gesto, algo no marchaba bien… para mí. Sin esperar respuesta se quitó de la espalda una mochila roñosa y extrajo, no mis libros de autoayuda tan vendidos, sino mi primera obra, un cruce de géneros que había sido un rotundo fracaso. Un rotundo fracaso de cuando creía en la literatura y en mí.

‒Es un ejemplar muy difícil de conseguir, ¿lo ha leído, le ha gustado? ‒Pregunté con interés por primera vez.

En ese momento apareció ella y nos sobresaltó, aunque en realidad solo me sobresaltó a mí.

‒¡Pero Papá! ¿Qué haces aquí?, ¿qué casualidad?, ¿vaya pinta más horrible llevas?

‒¿Papá? ‒Dije incrédulo.

Cinco minutos más tarde estábamos los tres sentados en la mesa que había reservado para dos. En ocasiones sí tienes lo que mereces… y menudo desastre. El ocaso ibicenco era igual de hermoso, indiferente a mi cara de idiota y al destrozo de la relación que se iba a perpetrar con la caída del Sol. Al viejo había que reconocerle su mérito, no es fácil desenmascarar a un cínico con talento.

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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

 

Queridos fanáticos, Amos Oz

Queridos fanáticos son tres conferencias (convertidas posteriormente en este libro de ensayo), impartidas por el intelectual Amos Oz, un israelí que desconocía y que me alegro de haber descubierto. El motivo es sencillo, su discurso está comprometido hasta la médula con el proceso de paz de uno de los conflictos más difíciles (y no será porque no hay donde elegir) que se ciernen sobre la Historia actual: el palestino-israelí.

Amos Oz se dirigirá sobre todo a los suyos, al pueblo israelí, dando buena muestra del conocimiento que tiene sobre la riqueza histórica de su pueblo desde una mirada humanista cargada de algo tan necesario como el sentido común. Escribe así más para sus fanáticos que para los fanáticos del otro bando, sin restar por ello importancia a las dificultades propias de estos últimos. E intenta aportar su grano de simiente para desmantelar el concepto «irreversible».

Podríamos tener la tentación, dado el enconado conflicto y los lugares comunes y polarizados que en occidente suelen sobrevolar sobre el mismo, de acusar al autor de poco más que cándido. Pero su manejo de los hechos históricos (unos hechos de los que además en las últimas décadas ha sido protagonista y testigo), le sirve para dar un mazazo sobre la mesa y decir que pesimismos los justos. El tercer ensayo, Sueños de los que Israel debería librarse pronto, contiene páginas brillantes que demuestran su teoría: en política, lo que parece irreversible no suele serlo nunca.

Especialmente interesante me resulta también la reflexión que lleva a cabo en Luces, no luz, su segundo ensayo. Ahí apunta que el camino para solucionar el conflicto no puede ser único e inamovible, que no se puede tratar el problema como una hoja de ruta tallada en piedra, porque la sabiduría unidireccional no dará soluciones factibles. Lo que propone y lo que muestra son vías poliédricas. Su lectura son unas páginas muy lúcidas altamente recomendables para todos aquellos que actualmente entienden por israelí la definición de sionista que pretende masacrar al pueblo palestino.

En realidad, su propuesta será extensible a todo nombre común y nos muestra el problema en el que tendemos a caer tan a menudo, el de las simplificaciones. Israelí, musulmán, catalán, español, inmigrante… etiquetas que usan muchos como si fuesen piedras homogéneas. Y que como piedras tienden a lanzarse, unos contra otros, precisamente esos muchos. Solo hay que encender cualquier medio de comunicación/manipulación para comprobarlo.

Puesto que la lección de la Historia es que no aprendemos casi nada de la Historia, y puesto que cada día parece que estamos más cerca de esa irreversibilidad del desastre de la que quiere huir Amos Oz, textos y reflexiones como las de este autor son más necesarias que nunca. Las raíces están bien, pero también lo están las alas. Ojalá comencemos a construir un relato común donde alas y raíces sean compatibles.

Agosto 2018


 

Maestros Antiguos, Thomas Bernhard

Empezaré por lanzar la siguiente panorámica del autor; es difícil encontrar una prosa más ácida que la de Thomas Bernhard. Hasta donde le he leído, nunca hace concesiones a la esperanza ni a la estética, y Maestros Antiguos, se dice que su último texto, es un claro ejemplo de esa prosa que menciono.

La novela está contada por un narrador testigo llamado Atzbacher del que apenas sabremos nada, pero que no cesará en su empeño de contarnos cómo ve el mundo su amigo Reger, musicólogo y crítico de arte que desde hace muchas décadas acude día sí, día no, al Kunsthistorische Museum de Viena, para sentarse en el mismo banco y frente al mismo cuadro, El hombre de la barba blanca, de Tintoreto. Desde la misma sala de ese museo, disparará sin piedad y sin cuartel sus ideas contra toda arquitectura humana, ya sea pintura, filosofía, educación, política, música… o incluso los mismísimos retretes vieneses.

La crítica de Bernhard a todo lo que se mueve en general, y a todo lo austriaco en particular, es de tal calibre, que mientras leía la novela pensaba que nuestros escritores nacionales más cáusticos (estoy pensando especialmente en los artículos de Pérez Reverte y Javier Marías), apenas si son simples aficionados a la hora de poner a caldo nuestras idiosincrasias patrias. Pero como ya he dicho, tiene para todo y para todos y especialmente ataca a los intocables en un ejercicio que desespera por su discurso bastante irreprochable desde un punto de vista argumentativo. Allá donde otros vemos tablas de salvación, llega él para prenderlas fuego.

Ejemplos de esa crítica furibunda hay a docenas a lo largo de las páginas y desde luego no se le puede acusar de no atreverse a atacar el establishment, especialmente el artístico. Así, el Greco será un pintor de segunda fila que no sabe trazar una mano, Beethoven un cursi de narices, Heidegger el filósofo más sobrevalorado de todos los tiempos… Y sorprende especialmente porque más allá de que estemos dispuestos a comprarle sus argumentos concretos, su punto de partida es inapelable: de cerca, ninguna obra de arte es perfecta. Si se analiza con tiempo y precisión, cualquier logro humano, hasta el mejor considerado, se cubre de fallos.

Y eso con respecto a lo mejor, porque, qué decir, nos dirá, de la mediocridad de los historiadores del arte, qué de las conductas zafias que llenan las vidas de las personas humildes, qué de la predisposición hacia la maldad de nuestra especie al margen de cualquier condición social. La novela por momentos me robó tanto el aire, que a pesar de la lucidez (oscura, ácida y amarga, pero lucidez al fin y al cabo) tuve que leerla con prisa para acabar con tanta atmósfera desagradable. De hecho, y aquí viene mi mayor crítica a la novela, hay un momento donde comencé a sentir que había una hoja de ruta por parte de Bernhard para ir despellejando todo lo humano. Y todo, especialmente si se hace de manera sistemática, probablemente sea demasiado.

Soy consciente de que llego al final de la reseña cometiendo un silencio, quizá imperdonable, hacia la figura de la mujer muerta del musicólogo, ¿no es acaso su pérdida el desencadenante de su radical visión fatalista? Si ella todavía estuviese a su lado, ¿acaso el arte todavía salvaría el sentido de la existencia, que es lo que el protagonista viene a negar al final de su vida? Y si es así, ¿no estaría Reger dispuesto a reconocer por tanto que el amor es el último y el primer motor? Lo dejo aquí, no vaya a convertir ahora a Thomas Bernhard en un romántico perdido.

Agosto 2018


 

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Ecuador, Benjamín Prado

Que alguien tan prosaico como yo venga a reseñar poesía puede ser constitutivo de delito, pero asumo el riesgo.

Cada vez que voy a una biblioteca (y últimamente, paradojas, voy mucho por el precio del alquiler), sé que voy de fiesta. Además, desde que he redescubierto el paraíso borgiano, soy también más valiente. Al no haber el riesgo económico que supone una librería y, ante los pasillos del laberinto más feliz que construiremos jamás, dejo llevar mis pasos sin excesivas brújulas y el resultado es siempre una victoria. Así descubrí Ecuador, Poesía (1986-2001).

Ecuador me ha sorprendido por realizar una fusión maravillosa de erudición literaria, experiencia vital y malabarismos lingüísticos cargados de ideas. Adiós a la rima clásica en buena parte de los casos, hola a la poesía que rasga, rompe y abre nuevos espacios, reflexiones y significados a cada palabra y verso.

Hay tantos versos y tantos poemas que me han obligado a releer y a doblar el pico superior de la página para regresar a esa casa recién descubierta, que solo puedo recomendar la obra en su totalidad. Sin embargo, no quiero dejar de señalar en esta diana que es mi reseña, algunas balas como:

«Las ventanas se encienden. Algunos hombres miran la oscuridad, saben lo que desean, pero no lo que necesitan».

«El dolor es siempre nuevo, es el que toca el agua quien inventa las ondas, es el que cae quien inventa el precipicio».

«Una canción es solo la forma de salir de un callejón sin salida».

«Hace falta la noche para ver las estrellas».

«Avanzar es irse quedando solo».

O bien poemas completos como Roto, 4 de octubre en el Landmark Hotel, Siete preguntas para Kurt Cobain y 100 veces mentira. Y es que como dice Benjamín Prado llegado el momento oportuno:

«Hay poemas que saben detener los relojes.

Hay poemas que espantan a los lobos.

Hay poemas que son el camino a una isla.

Hay poemas que son lo contrario al hielo».  

En la literatura en general y en la poesía en particular, tenemos tantos temas como decepciones y desde luego un aire gélido y triste, recorren golpe tras golpe muchos poemas de esta antología. Dos de ellos reclaman en mí sin duda un espacio de honor, las historias de las escritoras Anna Ajmátova y Silvia Plath. Esta última, con tal fuerza que he tenido que incorporarla a mi manera en mi próxima novela. No podía dejar pasar como si nada que alguien llegara a tanto y sin embargo no le sirviera para salvarse. «Soy yo misma. Y no es bastante». Gracias a la lectura de Prado, sé que Silvia Plath escaló su dura montaña, pero que incluso así, metió la cabeza en el horno.

Sí, hay un considerable pozo de amargura en buena parte de la obra, porque al fin y al cabo es el reflejo mismo de la vida. Pero para los que vamos quedando, leer, y leer poesía más si cabe, es un modo de no ahogarnos dentro de ese pozo.

Entré en Ecuador con dudas, salgo con un compromiso: leer más poesía, leer más a Benjamín Prado.

Agosto 2018


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Elegía, Philip Roth

Las dos últimas novelas que he leído de Philip Roth, Patrimonio: una historia verdadera y Elegía, hablan rotundamente de la muerte. La primera sobre el propio padre del escritor, la segunda, la que aquí me ocupa, sobre la de un protagonista que empieza muerto, en su ataúd, en el cementerio, y que acaba liberadamente feliz, «Tal como había temido desde el principio».

La estructura narrativa que Roth elige nos permite acceder mejor a las diferentes luces que brillan en las caras del prisma. Podremos observar con precisión de bisturí, gracias a los saltos temporales, al protagonista como padre, como hijo, como marido, como profesional de la publicidad, como cretino… y en definitiva, como un ser humano con sus miserias y sus aciertos dentro de un denominador común: la fragilidad.

Philip Roth quiere resultarnos agotador, descorazonar por momentos al lector, y para ello nos muestra al protagonista en los brazos de la amargura de la enfermedad, en la camilla del hospital, en las manos de los cirujanos. Llega así a mostrar uno de los leitmotiv de la obra, el de que la vejez no es una batalla (como se dirá unas páginas previas dando a entender que hay alguna posibilidad de victoria), sino que es una masacre. Contra el tiempo, no hay rival posible.

Elegía es una obra oscura y sin embargo, brillante. La portada de la edición de Literatura Mondadori (ahora Penguin Random House), no puede ser más acertada: fondo negro con el título y el nombre de Roth en blanco radiante. El minimalismo da la mano al simbolismo, gran acierto de quien lo ideara. La vida es morirse, pero en nuestra mano y con nuestras acciones existe la posibilidad de arrojar contradicciones, belleza y luz. Por ejemplo, con el arte. Por supuesto, habrá toneladas de fracasos, pero como apunta el otro leitmotiv de la obra: «Es imposible cambiar la realidad. Tómala tal como viene. Mantente firme y tómala como viene. No hay otra manera».

Lo cierto es que sí hay otras maneras y las vemos a diario. Maneras que edulcoran, engañan, pervierten sobre esa realidad, haciendo del ser humano algo más pequeño. Roth nos ha dejado este 2018, por suerte, su obra perdurará para quien no se conforme con discursos blandos, para quien quiera mirar de cara a la complejidad de una vida tan dura como (si naces con la suerte suficiente) maravillosa.

Agosto


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Botchan, Natsume Söseki

¿Cuántos mundos caben en nuestro mundo? Por suerte bastantes, y ahí está el arte en general y la literatura en particular para llevarnos de la mano a disfrutar de otras culturas, de otros problemas, de otras soluciones. Botchan es un ejemplo de lo que acabo de decir y es que esta novela, publicada en 1906, no solo refleja otra época, la de principios del siglo XX en un Japón que todavía no ha tenido demasiado contacto con occidente, sino otro modo de vida. Una vida reconocible, pero en el fondo muy distinta de la nuestra.

Incidiré en este punto. El protagonista, Botchan (que viene a significar niño mimado), tras unos estudios superiores (que no universitarios) en matemáticas, es enviado como profesor a una remota región de Japón, alejada de la civilizada Tokio y lejos del único contacto familiar que le queda, Kiyo, quien ha sido su cuidadora no solo de niño. Pues bien, descrita la trama, podría pensarse que nos adentraremos en temas habituales; el profesor que enseñará a sus alumnos a ser mejores, mientras él (también) crece y lucha contra sus propios fantasmas, al tiempo que se enamora… Nada de eso.

Botchan es una novela donde se nos relata apenas un único tema: el honor. El protagonista quiere ser justo, odia el lugar al que han mandado sus huesos, pero lo acepta. Ahora bien, lo que no está dispuesto es a aceptar la hipocresía que se desenvolverá a su alrededor. Tampoco se convertirá en un héroe, no se trata de ese tipo de honor, pero sí actuará con pequeños detalles dentro de sus posibilidades. La siguiente línea de diálogo, entre Botchan y el timorato director de la escuela, resume bien mi argumento:

 

‒Es un rasgo de egoísmo por tu parte ‒explotó [el director]‒. ¡Lo único que harás será perjudicar a la escuela! Además, ¿crees que te va a ayudar en tu carrera dejar el trabajo antes de que se haya cumplido el primer mes? Creo que debes pensártelo dos veces.

‒¿A quién le importa mi carrera? Me importa más ser justo.  

 

Dicho lo anterior, reconoceré que no es un libro que me haya entusiasmado, en buena medida porque los problemas que presenta los siento un tanto lejanos, pero sí tiene varios aspectos muy interesantes. Por ejemplo, que el protagonista sea capaz de reconocer sus limitaciones, a lo largo de la obra repetirá y mostrará que es impulsivo, que no es locuaz, y que no es la persona más inteligente, pero no se fustiga, sino que lo asume sin traumas, con entereza y, de nuevo, buscando ser justo. Por ejemplo, la ausencia de pulsión sexual en un tipo que ronda los treinta años, sin que se pueda percibir ningún tipo de represión por ningún lado. Por ejemplo, el personaje de Puercoespín. Y por ejemplo, que la trama no derive hacia sus alumnos, los cuales no tienen apenas peso y en ningún caso nombre. Qué distinto a nuestros temas/clichés habituales.

Antes de acabar quisiera decir que no entiendo la comparación que a menudo establecen los críticos con El guardián entre el centeno de Salinger. Sencillamente, o mi memoria anda descarriada (que puede ser perfectamente), o la comparación está cogida con unos alfileres que no veo necesarios por ningún lado.

Agosto 2018

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Ampliación del campo de batalla, Michel Houellebecq

¿Hacia dónde va la novela? Esta pregunta que me hicieron, cuando yo trataba de explicar de qué iba el libro, me atravesó como un bisturí que te deja las profundidades de la carne al desnudo. No tenía ni idea, o al menos no mucha. El protagonista es un informático bastante antisocial (nada raro de acuerdo a los cánones del tópico), que aparte de su pasión por la lectura y de escribir fábulas éticas (aquí ya estamos fuera del lugar común para entrar en terreno extraño), parece tener ganas de que estalle el Sol y todo se vaya a la mierda. Contemplamos su hastío a lo largo de las páginas, y lo hacemos de la mano de un anecdotario que tira hacia lo desagradable.

Es en la vorágine de sus rutinas anodinas y amargas como conoce a uno de sus compañeros de trabajo y, al describirlo por otras cuantas páginas, saltó en mí la idea de que Houellebecq ponía en marcha un recurso narrativo que ya le encontré en otras novelas, la de poner junto a su protagonista antipático y desagradable, otro personaje mucho más desagradable, de modo que por contraste, al lector el primero le resulte más llevadero. Sin embargo me equivoqué y llegamos así al episodio que tal vez justifica por sí solo la novela y el tiempo que se pasa con ella.

Hacia el final de la segunda parte (la obra es corta y tiene tres) ya sí podemos decir ante lo que estamos: un psicópata al descubierto, un enfermo mental muy listo al borde de su crisis violenta, un hijo de puta en toda regla, que a diferencia de otros muchos hijos de puta, no sabe qué hacer con su hijoputismo. En fin, se podría hablar de vacío existencial, pero lo anterior me parece más preciso. Houellebecq, sin embargo se muestra optimista, y su personaje fracasa también en su manipulación psicopática hacia su compañero de trabajo. Por los pelos y no sin consecuencias. Al final, el pobre secundario da mucha pena, sin dejar de dar grima.

El resto de la novela no alcanza ese cénit prematuro y me genera la sensación que luego he corroborado por internet; estaba ante una de sus primeras obras, aunque el francés ya daba muestras de lo que estaba por llegar. Efectivamente y si Wikipedia es precisa, Ampliación del campo de batalla es su primera novela, publicada en 1994 cuando su autor contaba con 38 años. Con Ampliación ya puso en práctica el lema que tanto le ha caracterizado, encontrar las llagas de la sociedad y retorcer el dedo en ellas, lo más fuerte y profundo de lo que es capaz. Y aseguro que es muy capaz.

Algunas de las reflexiones que el protagonista amargado de su tiempo y de su sociedad lleva a cabo, son brillantes (recogeré brevemente dos, la idea de que “el hombre es un adolescente disminuido”, es decir, en la adolescencia alcanzamos nuestra plenitud y todo lo que sucede después es una lenta agonía; la otra, la que da precisamente pie al título del libro, apunta que el liberalismo amplía el campo de batalla de las personas, con este sistema deben luchar por todo y en todo momento, sin edad, sin tregua y sin cuartel unos contra otros), y puedes o no compartirlas (yo por ejemplo creo que el campo de batalla no se debe al liberalismo, sino a algo un poco mayor, la vida), pero quedan ahí para que las mastiques, con calma, si no quieres atragantarte. De hecho, resultará difícil que no te entren ganas de echar a correr, pero ahí surge el último de los problemas que se plantea Houellebecq en su personaje, ¿hacia dónde se puede huir, acaso hacia la profundidad del bosque?

Julio 2018


 

El beso a primera vista, supongo

La única fantasía sexual que me falta por cumplir es enamorarme. Supongo que por eso no llevo ropa interior bajo el vestido rojo. Supongo que por eso voy a su encuentro en la Plaza. Supongo que no va a funcionar, pero eso nunca me detuvo.

El taxista me mira excitado sin demasiado disimulo a través del espejo retrovisor. A mis treinta y nueve años todavía soy capaz de provocar un accidente. «La belleza será tu maldición como lo fue la mía». Esa es la sentencia que mi madre me repitió hasta su muerte.

Mi madre tenía la mitad de años que mi padre cuando se conocieron, por eso tal vez estoy aquí y ahora; yo tengo más del doble de años que mi amante. Lo cierto es que le confesé mi edad y no se asustó. Lo que no sabe es que soy rica, supongo que ese detalle sí habría sido un problema de verdad.

Mientras me retoco el maquillaje el taxista se vuelve descarado, pero le ignoro y pienso en mi cita, en su ternura espontánea cuando hemos cambiado whatsapps, en su pretenciosa fe adolescente, en su ingenuidad excitante.

Me gustó su atrevida pero cándida propuesta; en mitad de la Plaza cuando y donde más gente hubiera, sin habernos visto antes más que en un par de fotos borrosas, sin ropa interior… Entonces llegaría el abrazo y el beso tórrido. Lo del beso a primera vista me terminó de convencer, supongo.

Hace mucho tiempo que no tengo nada tórrido y no será por falta de escenas. Pobre taxista, si supiera con cuantos he follado y lo lejos que está de tener suerte por más que me mire así. Frente a la maldición que me preconizó mi madre por ser bella, preferí hacer caso a la advertencia de mi padre: «La moral es un cuento y hay cuentos buenos y cuentos pésimos». Los príncipes, por ejemplo, me acosté con varios y nunca tienen sangre azul. Los lobos, por ejemplo, bajo su aparente ferocidad suele haber ternura. Los finales felices, por ejemplo, eso sí que son un cuento.

Bajo del taxi cerca de la Plaza. Mientras taconeo al encuentro supongo que ya habrá llegado junto a la estatua. Me prometió encaramarse al oso y acabar detenida si al final no me presentaba. Sabe hacerme reír y bien sé que para morbo la inteligencia y el sentido del humor.

La veo al pie de la estatua, me ve, nos reconocemos sin dificultad a pesar de la marabunta de gente. Nos sonreímos y nos damos prisa en acabar con la distancia. Ya le dije que podía ser cruel y cuando llega el momento le niego el beso en los labios y le doy uno en la mejilla, muy casto. Tiene unos ojos bonitos y un cuerpo que estoy deseando recorrer. «El beso ha sido todavía mejor de lo esperado», me dice ella muy segura. Siento que es un buen principio para cumplir mi fantasía sexual.


 

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Cáscara de nuez, Ian McEwan

Desde que Homero enseñó el camino de la literatura con La Ilíada y La Odisea, los límites de la narrativa parecen claros, pero nunca lo están, o mejor, el límite es que apenas hay límites. Borges acotó el tema perfectamente bajo la frase “ningún personaje es imposible”. Los dioses pululan con Homero, el loco más cuerdo que todos los cuerdos de su época (y desde luego que la nuestra), campa en busca de gigantes por los campos de Castilla, y un feto es el narrador y protagonista de Cáscara de nuez.

De acuerdo, Ian McEwan parte de una premisa arriesgada, sorprendente, genial y con ello ya tiene buenos mimbres para que su novela eche a andar, sin embargo, ¿cumple con el resto de las expectativas? ¿Sus personajes merecen la pena? ¿La trama tiende su tela de araña de manera irremediable? ¿El estilo y el ritmo están a la altura? Desde mi punto de vista concedo un sí generalizado, más bien concedo un bravo. El conjunto está a la altura y Shakespeare, actualizado, tiene mucho que ver en ello.

Lo que se nos sirve es un escenario moderno en unas intrigas tan añejas como el ser humano; amor, desamor, celos, odio, traición y por supuesto el fantasma de la muerte royendo la esperanza. Pero eso sí, al modo posmoderno, nada de grandes fanfarrias, nada de reinos y coronas en lucha, la única gloria en todo caso que se persigue aquí, es la de la poesía por parte de John, el padre cornudo del protagonista no nato. Pobre John, antes, durante y después del drama.

Menos mal que nuestro feto viene bien pertrechado gracias a los podcast que su madre usa compulsivamente para poder dormir (es lógico la dificultad de la madre, el remordimiento y la culpa son una carga muy pesada) y que le enseñarán tanto al narrador. Y menos mal que nosotros encontraremos entre las doscientas páginas (ni siquiera llegan), tanta ironía, reflexión y humor, que nos será muy difícil no querer tragarnos por completo el veneno del drama al que asistimos.

Un drama por cierto opresivo. Apenas respiramos un solo gramo de aire freso fuera de la ruinosa mansión familiar que engendra la acción. Y lo poco que se respira fuera de ella, se sabe que no va a traer precisamente aire limpio. Así que nos quedamos encantados en la casa, contemplando cómo la ruina tiende a desmoronarse, no a relucir, a pesar de nuestras ilusas ficciones. Maldita y obcecada realidad, que al final siempre se impone. ¡Incluso hay que nacer para empezar a morir!

Julio 2018


 

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Doctor Pasavento, Enrique Vila-Matas

Cuando leo a Enrique Vila-Matas sé que voy a sonreír, sé que voy a viajar por los límites de la propia literatura, que me espera una experiencia donde abismo y salvación se darán la mano de manera incansable una y otra y otra vez. Docotor Pasavento desde luego no ha sido una excepción. Y solo debería dar las gracias y callarme. Pero me permitiré ir más allá de lo que debo.

Llego a esta novela tarde, pero salgo feliz. Su voz inconfundible trufada de mezcla de estilos y de metaliteratura, sencillamente abre caminos nuevos tras cada frase, cuando la tendencia de la mayoría de escritores es justo la contraria, cerrar el mundo con cada párrafo. Digo que llego tarde porque a pocos autores he leído tanto y con tanto interés, digo que salgo feliz porque a pesar de no poder obtener ya la impresión que me causara en su día El mal de Montanto, la primera obra suya que degusté, sigo prendado de su inventiva.

En esta ocasión el protagonista es un escritor que ha triunfado, condición sine qua non para dar su siguiente paso: desaparecer. O pretenderlo. Más o menos. Con este leit motiv, recorreremos por un lado junto al héroe de estas páginas, el mundo físico, en especial una calle de París plagada de historia y de coincidencias y, el sanatorio mental suizo donde se recluyó Robert Walser por varias décadas hasta el día de su muerte. Y por otro, el mundo literario, donde sobre todo el mencionado Walser, pero también Kafka, Emmanuel Bove (a quien por otra parte desconocía) y otros muchos escritores, tendrán cabida en las reflexiones y giros de su protagonista. Un protagonista que estará en permanente tensión entre ese querer desaparecer y un contradictorio sentirse frustrado, porque precisamente nadie se preocupa ni se acuerda de él.

Regodeados en la contradicción, avanzamos. El protagonista, Pasavento, que empieza modificando su profesión, de escritor a doctor, en la búsqueda de una mejor aniquilación de su rastro, acabará rodeado de pasados mal gestionados, con más padres y madres y profesiones y amores de los que debería, para conseguir su obsesivo objetivo. ¿Lo logrará? Lean y juzguen ustedes. Y disfruten por el camino, que de eso se trata.

No he podido resistirme y transcribo una página del libro, tan variada, tan rica de matices, tan envidiable:

“…Si lo pensamos bien ‒nos dice Philip Roth‒, veremos que en todas sus novelas Kafka traza la siguiente crónica: alguien es educado para aceptar que todo aquello que le parece absolutamente injusto y fuera de lugar (además de ridículo y muy por debajo de su dignidad) es de hecho lo que realmente le está sucediendo. Dicho de otro modo, esto que está por debajo de nuestra dignidad resulta ser nuestro destino.

23

He pasado el día pensando en mi hija Nora. En realidad, nunca pude acostumbrarme a la idea de su muerte. En realidad Nora ha sido desde entonces el eje central de mi vida atormentada. Aunque silenciosamente, su muerte fue la que más contribuyó a mi alejamiento del mundo. Nora, pobre criatura de quince años, niña todavía, niña de llanto desgarrador en las últimas horas de su vida, niña agresiva que en ese último día clavaba las uñas en la cara de su odiada madre a la que culpaba de todo, niña de gemidos inhumanos. Dejó el recuerdo de aquel efecto inolvidable, terrorífico, devastador de la droga. Horas finales en el infierno. Un patético adiós a aquellos ojos de brillo verdoso y cegador, a aquel cuello largo y pálido. Niña de quince años muerta. Un coche fúnebre en el funeral. Y Gustav Mahler con sus Canciones para los niños muertos. «El sol sigue brillando en todas partes…» Die Sonne, sie scheinet allgemein… El peor día de mi vida. Nadie sabía la dirección del cementerio.

24

Fue el día de octubre en el que dieron el Nobel de Literatura a Elfriede Jelinek. Por la tarde, en la tertulia me…”

Julio 2018


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