Corrector de estilo e Informes de Lectura

¿Terminaste tu novela y te preguntas qué hacer ahora? ¿Quieres un informe de lectura para mejorar tu manuscrito original? ¿Buscas una corrección de estilo que afine tu escritura? Puedo ayudarte. Contacta conmigo por email (carlosaymi@hotmail.com) y hagamos que tu obra siga mejorando y dé los pasos adecuados hacia su publicación en alguna de las alternativas que ofrece el mundo editorial en estos tiempos trepidantes.


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La conjura contra América, Philip Roth

En proceso de remodelación de mi blog en el que será su tercer gran salto desde que nació, allá por un lejano otoño berlinés de 2007 y, tras un parón de meses por el que me merezco la admonición que cada cual considere, vuelvo a vosotros con la sección que durante el año pasado más disciplina y placer me supuso, a la que espero volver a partir de ahora sin fisuras ni abandonos y que no es otra que la de la crítica de libros.

Entrar en una biblioteca y encontrarme a Philip Roth de frente es una tentación que no puedo evitar y en la que una vez más caí con todas las consecuencias, no recuerdo el motivo por el que estaba en el expositor, pero me importó poco y en seguida hice la suma pertinente, que me lo pudiera llevar y que no lo hubiera leído antes, dados los sumandos de manera efectiva, el resultado no pudo ser otro, el libro que iba a buscar no lo tenían, pero el viaje no había sido en balde. Nunca hay viaje baldío a una biblioteca.

Ya en la tentación, me entregué a su prosa a pecho descubierto. Reconozco que al principio me costó, pues la novela parecía poner todo el peso en la vivencia norteamericana-judía que caracteriza su obra, cuando a mí me interesa más su lado y sus derroteros libidinosos. Con todo, el atractivo de tenerle a él como protagonista (siendo un niño de unos ocho años) y a su familia, en Newark, dónde si no, me hizo avanzar hasta que me atrapó sin remedio. El precio que se paga con Roth siempre es realmente sugerente.

Puesto que vivimos en una sociedad anti spoilers, y puesto que hay un elemento clave a este respecto, poco diré a la hora de calificar y definir la novela ante la que estamos y del mismo modo, me prohibiré reflexionar sobre esos aspectos. Solo me limitaré a decir que según avanzaba me contuve de acudir a otro tipo de fuentes para ampliar los conocimientos históricos que con su lectura iba adquiriendo. Al final, el propio Roth se marca unos apéndices que desvelan y reúnen esas fuentes de información que se precisa.

En La conjura contra América tenemos al genio en el pleno esplendor de su prosa, jugando como él sabe hacer de una manera hipnótica con la Historia, con su biografía y con el lector. Un relato bien escrito es siempre un relato verosímil, convincente y poderoso. Así que solo puedo recomendarles que se dejen llevar por la procelosa Norteamérica previa a su participación en la II Guerra Mundial, descubrirán episodios sorprendentes que desconocían, y al final de la novela, tal vez duden, como me ha pasado a mí, entre odiar o amar a Philip Roth.

Aunque les seré sincero, en mi caso la disyuntiva la resolví al instante y con toda facilidad. Yo siempre me arrodillo ante el escritor Philip Roth, para darle las gracias por la obra que nos ha legado y nos ha regalado por los siglos de los siglos venideros, que no serán muchos al ritmo que vamos, pero ese relato, ya es otra historia.


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El hombre del salto, Don DeLillo

Terminé de leer la novela y me dije que sí, que podía estar ante una obra maestra. Durante su lectura había pensado otras muchas cosas, ahí van algunas de ellas.

Don DeLillo es un escritor difícil, ya me lo había parecido en Fascinación, la primera obra suya que leí, donde el argumento gira en torno a la existencia de una película porno protagonizada por Hitler en sus últimos días de vida, y donde me costó en ocasiones seguir la trama. Pues bien, El hombre del salto ha venido a dejarme una impresión similar. Sus personajes y la estructura suelen ser en ocasiones difíciles de seguir y me exigió de vez en cuando volver atrás en la frase, en el párrafo, en la página. Sin embargo, me mereció la pena hacerlo. Vaya si lo hizo.

El hombre del salto no es una novela sobre los atentados del 11S que cambiaron el rumbo de la Historia, sino sobre el impacto que causó el acontecimiento en Keith Neudecker, que se encontraba en una de las Torres cuando se produjo el atentado, y en Lianne, su ex mujer, y en su hijo, y en el tipo que dará el título a la obra, y también, parte esencial, en uno de los terroristas que perpetraron la matanza. Es una obra que en definitiva profundiza en las vidas particulares de unos pocos personajes, para levantar un monumento sobre reflexiones y experiencias universales. Es decir, es pura literatura.

Será una obra tan descorazonadora, que llega a humanizar a un terrorista, Hammad. Este no será el fanático clásico que se nos ha enseñado para racionalizar su barbarie (sí lo será Amir, el líder de la célula), sino un ser humano que duda, que ni mucho menos cree ciegamente en la locura que está planeando hacer, y que sin embargo, ahí radica el mayor de los problemas, la hace.

En esta novela nadie tiene brújula y se sobrevive como se puede. No por casualidad, Keith recurrirá en última instancia al azar de las cartas, su hijo echará mano de la imaginación y la negación, y Lianne estará a punto de volverse loca. El hombre del salto, un artista callejero que realizará la sórdida y arriesgada representación de lanzarse al vacío sin apenas protección y jugándose la vida con cada actuación, tampoco tendrá precisamente respuesta alguna con su arte.

Creo que Don DeLillo en definitiva nos quiere mostrar una gran metáfora, la del salto al vacío que es la vida. A nosotros, nos corresponderá extraer algunos pequeños tesoros durante esa caída, para que la hostia merezca la pena. Y sin duda, la literatura es uno de esos tesoros.


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Sumisión, Michel Houellebecq

Leer a Houellebecq es siempre una experiencia, pero hay experiencias mejores que otras y la lectura de Sumisión me ha dejado un sabor agridulce: esperaba más. Por otra parte, me gusta la sensación de acariciar cierta derrota, de saber que no soy fanático de ningún autor, de creerme con el espíritu crítico intacto.

Lo dicho no quiere decir ni mucho menos que Sumisión no sea interesante o recomendable, sencillamente no ha estado a la altura de mis expectativas, que siempre son muy altas con el francés. Reconozco que se vuela alto en esta novela de política ficción, pero a mi parecer, se vuela torcido.

Es una posibilidad que el tiempo la convierta en un clásico, en una novela visionaria al estilo de 1984 o de Un mundo feliz. Visiones por cierto que a la postre no fueron tan parejas a la realidad, pero sí cercanas. Y supongo que ahí se juega su futuro esta novela. Yo quiero pensar que ni siquiera tendrá esas notas de cercanía. Y espero acertar, aunque reconozco que tal vez me pierda mi optimismo, que no es mucho, pero al menos es mayor que el de Houellebecq.

Vayamos rápidamente con lo que defino como el argumento carcasa. Estamos en Francia, en el 2022, ante unas nuevas elecciones donde el partido Hermanos Musulmanes, con su líder Ben Abbes a la cabeza, ha crecido lo suficiente como para tener opciones de llegar a la segunda vuelta y disputar el poder al Frente Nacional de Marine Le Pen. Para evitar que la ultraderecha gane y gracias a las habilidades de unos y a las torpezas de otros, se termina produciendo una gran coalición que lleva al poder a los Hermanos Musulmanes.

La novela, dividida en cinco capítulos, se podría dividir perfectamente en dos; hasta que el partido político musulmán gana las elecciones presidenciales, y después de que lo haga. Y si antes apuntaba la idea de argumento carcasa, es porque todo lo anterior queda en cierta manera en un segundo plano, ya que en el primero tenemos a François, el protagonista de la novela, un profesor universitario de literatura, especializado en Huysmans, un escritor francés del XIX y principios del XX, cuyo pesimismo es tan sobresaliente, como el hecho de que al final de su vida se convirtiera al catolicismo. Detalles ambos nada baladíes, pues François vendría a ser por el desarrollo de la novela una especie de reencarnación del primero.

El caso es que si analizo la obra en cuanto al personaje protagonista, veo al mejor Houellebecq; metiendo el dedo en las llagas de nuestra cultura, mostrando el brillo de las cadenas del posmodernismo, preguntándose casi con desdén qué hacer con toda esta nada, exhibiendo con crudeza las relaciones sociales y sexuales de nuestros días, no olvidando ni uno solo de sus razonamientos hirientes.

Sin embargo, si la analizo como novela de política ficción, creo que yerra. Por supuesto que el tema es en términos históricos necesario, urgente, me atrevería a decir que crucial: ¿cómo afectará la crecida del mundo musulmán en Europa? Pero creo que estira en demasía el valor demográfico y acalla la importancia de los valores occidentales, como las conquistas feministas de las últimas décadas. La mujer en esta novela es mero objeto, se adaptará el ideario islámico sin presentar batalla; poligamia, formas de vestir, vuelta a reclusión doméstica… No hay resistencia alguna por parte de una sociedad laica y democrática que en Sumisión está prácticamente desaparecida.

Hay justificaciones narrativas a lo anterior que empiezan y terminan prácticamente en la habilidad política del líder del partido de Hermanos Musulmanes, y en que los hombres pueden volver a tomar el control exacerbando sus deseos más o menos reprimidos. Desde luego, a mí no me convence la reducción que hace de las problemáticas. Lo que reprocho a Houellebecq es, que para levantar su mapa del territorio narrativo que le interesa, no traza nada más que unas líneas gruesas, y lo que es peor, me da la sensación que una vez que las elecciones están decididas, el autor se deja llevar con marcha automática tanto como su personaje. Y esa dejadez narrativa y estilística sí que me parece imperdonable.

Por tanto, el problema a nivel literario de la obra no me parece el carácter polémico del tema que trata, sino cierta inverosimilitud que recorren los acontecimientos. Ahora bien, el tiempo dará la razón a Houellebecq o se la quitará en cuanto al desarrollo del islam en Europa, y esperemos que se equivoque y mucho, puesto que ni siquiera pinta el peor de los panoramas posibles.


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Arrecife, Juan Villoro

Hay libros y autores que me hacen dudar de mi mismo como escritor. Desde luego no se trata de una ayuda solicitada ni agradable, pero no se puede evitar, son demasiado buenos. Ese es el regusto amargo que me ha quedado al descubrir la novela Arrecife del mexicano Juan Villoro. Por todo lo demás, aplaudo.

Arrecife consigue aunar en menos de 250 páginas una trama policiaco personal envolvente, personajes exuberantes que se abrazan a sus propios límites, y sacos de ideas desperdigadas por cada página. Por si fuera poco, el lenguaje que emplea embruja. Así las cosas, consigue un combo cautivador; trama, estilo y fondo se dan la mano de manera sobresaliente.

Imaginen a un escritor o personaje (a menudo y en este caso concreto venían a ser lo mismo) de la Generación Beat que sobrevive a su propia autodestrucción, que a pesar de las drogas y de una vida sobre el alambre, logra sacar la cabeza del pozo después de revolcarse en el subsuelo durante años. Una figura parecida vendría a ser el narrador en primera persona que tenemos en Arrecife.

Salvo que en lugar de escritor, Tony Góngora, será músico. Un músico que lucha por su abstinencia y por recuperar sus recuerdos, casi todos arrasados precisamente por su pasado de excesos. Desde luego, no está en el mejor lugar para recuperarlos con solvencia, pues trabajará para La Pirámide, el particular hotel de una isla de México, que se dedica a fabricar miedo controlado a los clientes que alegremente pagan por la experiencia.

Como no puede ser de otra manera, si juntamos personajes límites (Tony Góngora será un dechado de virtudes en comparación con quienes le rodean), con la idiosincrática problemática de México y el narcotráfico, más la búsqueda de una fórmula para controlar la adrenalina del turista que todos llevamos dentro, pues obtendremos un cóctel molotov. Y qué agradable resulta beberlo tranquilamente desde la comodidad de nuestro sillón.

Juan Villoro pone frente al post-post-modernismo que vivimos un juego de espejos que provocan imágenes y consecuencias desalentadoras. Pero es lo que hay y es lo que debemos analizar por si hubiera alguna salida, pues a veces hay que morir varias veces para encontrarla. De entre la bruma, saco la siguiente conclusión: Juan Villoro sabe lo que dice, sabe lo que hace, sabe lo que escribe; son motivos más que suficientes para que no tarde en agarrar otro libro suyo.


 

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Primera carta de Michel Houellebecq a Bernard-Henri Lévy en “Enemigos públicos”

Querido Bernard-Henri Lévy:

Todo, como se suele decir, nos separa, excepto un punto fundamental: tanto usted como yo somos individuos bastante despreciables.

Especialista de números descabellados y payasadas mediáticas, usted deshonra hasta las camisas blancas que lleva. Íntimo de poderosos, bañado desde la infancia en una riqueza obscena, es emblemático de lo que algunas revistas un poco de baja estofa como Marianne siguen llamando la «izquierda-caviar», y que los periodistas alemanes denominan con más finura la Toskana-Fraktion. Filósofo sin pensamiento, pero no sin amistades, es además el autor de la película más ridícula de la historia del cine.

Nihilista, reaccionario, cínico, racista y misógino vergonzoso: sería hacerme un honor excesivo encasillarme en la poco apetitosa familia de los anarquistas de derecha; fundamentalmente soy solo un patán. Autor insulso, sin estilo, accedí a la notoriedad literaria gracias únicamente a una inverosímil falta de gusto cometida, hace varios años, por críticos desorientados. Desde entonces, mis provocaciones jadeantes han acabado cansando.

Entre los dos simbolizamos perfectamente el apoltronamiento espantoso de la cultura y la inteligencia francesas, recientemente señalado, con severidad pero con justeza, por la revista Time.

No hemos aportado nada a la renovación de la escena electro francesa. Ni siquiera figuramos en los créditos de Ratatouille.

Se reúnen las condiciones del debate.


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Corazón de Ulises, Javier Reverte

Poco antes de viajar a Grecia, la guía que hojeé en la biblioteca de mi ciudad natal me hizo saber que existía este libro del periodista y escritor Javier Reverte. La noche antes de poner rumbo a Atenas, comencé a leerlo y supe que me había echado un gran compañero de viaje. Ahora que lo he terminado ya de vuelta en España, puedo decir que Corazón de Ulises es un libro inmenso por todo lo que cuenta y sobre todo por cómo lo cuenta.

El juego de espejos que se produjo mientras leí buena parte de la obra fue el siguiente; un escritorcillo como yo viaja a Grecia, mientras lee sobre un escritor periodista que narra su viaje a los lugares donde llegó el corazón del espíritu griego (lo que le lleva no solo a Creta, no solo a Atenas, no solo o a Ítaca, sino también a Turquía, allí se encuentran enclavadas las ruinas de la mítica y real Troya, o a la Alejandría de Egipto), y lo hace entremezclando el presente con el pasado glorioso de ese corazón clásico que levantó los cimientos de la civilización occidental a través de acontecimientos irrepetibles como Homero, el siglo de Pericles o Alejandro Magno, por resumir mucho e injustamente.

«Todos somos griegos», es una máxima que es un verso del poeta inglés Shelley, rescatada y repetida por Reverte a lo largo de sus más de quinientas páginas en su viaje por el presente (o mejor, por su pasado reciente, pues tuvo lugar en el ocaso del siglo XX, cuando todavía nos coronaban las pesetas y los móviles e internet no dirigían nuestras vidas) y por el pasado ancestral y glorioso de la civilización griega, mostrando hasta qué punto esa frase es verdad y demostrando por qué lo es.

Si quien me lee aquí y ahora tiene afición por la Historia, la filosofía, la literatura o los viajes, gustará de este libro. Si es un apasionado del mundo helénico, adorará la obra. Quemará sus páginas, en el mejor de los sentidos metafóricos, recordando y recorriendo la mitología, las aventuras de Aquiles u Odiseo, o la historia de espartanos y atenienses contra los persas y contra ellos mismos.

Javier Reverte demostrará a través de su pluma y su viaje, algo que a menudo se olvida: la magnificencia del proyecto civilizatorio griego, un proyecto que se extiende por el tiempo, como mínimo desde los poemas homéricos allá por el 850 a.C., hasta que el Imperio Romano oficializa el cristianismo como la religión oficial del Estado en el 313 d.C. Ahí van, se dice pronto, mil años largos, pero es que la Guerra de Troya parece haber tenido lugar trescientos años antes de Homero, pero es que la Biblioteca de Alejandría se consumió en el 415 d.C., pero es que como ya se ha dicho, todos somos griegos todavía hoy. Y lo somos porque estamos en deuda con ellos en buena parte de nuestros mejores logros, léase literatura, o filosofía, o esa cosa con la que tantos se llenan la boca y que llamamos democracia.

Y no lo digo yo, y no lo dice Javier Reverte, y no lo dicen los miles de especialistas que a lo largo de los siglos se han enamorado de Grecia, lo dicen los templos, las esculturas, las obras literarias, los saberes… que a pesar de lo mucho que por desgracia hemos perdido, conservan todavía hoy el espíritu griego en pie.

Gracias a obras como Corazón de Ulises, el espíritu griego es honrado como se merece. Solo puedo terminar diciendo que si pueden viajar a Grecia, viajen a Grecia, y que si pueden apartarse entre sus ruinas de nuestro ruinoso presente, tal vez logren sentir a su lado la presencia del caprichoso Zeus, del divino Homero, del astuto Odiseo, o del joven Alejandro, y con esas presencias a su lado, tal vez vislumbren que el ser humano fue ya entonces extraordinario y que el corazón helénico puede alumbrar todavía nuestros laberintos actuales.


Javier Reverte
CORAZÓN DE ULISES
Un viaje griego
A mis amigos del grupo Titanic:
Eduardo Aguirre, Ignacio Alfaro, Ángel Ca...

 

El corazón de Ulises, Javier Reverte

“Los griegos construyeron una ética laica, casi clandestina, mientras tenían a sus dioses en los altares. Es el noble empeño de todas las edades: buscar la alegría desde el escepticismo, desde la desesperanza; arrojarse a los caminos del dolor con el ánimo de la libertad y de la valentía; soñar una vida mejor desde la comprensión de que casi todo es indigno; indagar en el corazón de los hombres en busca de aquello que nos hace nobles, mientras nadamos en una sucia charca rodeados de otros hombres innobles. Ésa fue la gran tarea de la literatura y el pensamiento griegos, y ésa será siempre la tarea de la cultura de cualquier tiempo esperanzado.”


Vaso de Ulises y las Sirenas, V a.C

Tienes lo que mereces

Me gustaría poder decir que el viejo me cayó bien nada más verle, pero vestía mal, olía a sudor, y al menos para mí, no es posible la simpatía sin higiene. Me gustaría poder decir que el viejo era lo que aparentaba, pero aparentaba lo que quería y no lo que era. Y me gustaría poder decir que el viejo (en realidad no lo era tanto), no me crujió de lo lindo. Pero ya se sabe, de «me gustaría…» que no se cumplen está el mundo lleno.

Si las bicicletas son para el verano, Ibiza también. Especialmente si tienes pasta como la tengo yo desde hace un par de años y ganas de impresionar a una mujer que tiene mucha más pasta todavía, aunque en la vida esté un poco verde, o precisamente por estarlo. El escenario de mi triunfo iba a ser el local de moda, incrustado casi en la misma cala de arena fina y agua turquesa, con las mejores vistas de la isla al atardecer.

Ella iba a llegar tarde, como siempre hace. Y yo a fingir que no me importa, cuando lo detesto. Al fin y al cabo el tiempo me ha enseñado a ser un buen impostor, tanto, que solo se así se explica que haya podido forrarme con un par de libros de autoayuda repletos de frasecitas en las que no creo ni cuando estoy borrachísimo. Hay que saber sacar provecho a la sociedad infantil en la que estamos, pero no nos desviemos de tragicomedia.

‒Cada prejuicio es una frontera ‒me espetó el viejo a la cara.

Se me cruzó en la entrada del local Maravillas, la música chill out nos envolvía. Los porteros con forma de armarios lustrosos fruncieron el ceño, pero no hicieron nada. La ventaja de ser escritor es que incluso con best seller a tus espaldas, puedes bañarte en el anonimato. Sin embargo, el viejo me conocía. Su presentación lo demostraba, me había soltado uno de mis lemas estrella.

‒¿Y en qué frontera prejuiciosa estamos aquí? ‒Le pregunté con la intención de bloquearle y deshacerme pronto de él.

‒En la frontera de la idiotez, joven ‒me dijo con naturalidad.

Me sacó una sonrisa irritada y le lancé otra pregunta:

‒¿En la suya o en la mía, viejo?

Nunca he sido un tipo agradable y el surco de sudor de su camisa azul desteñida no ayudaba. No por casualidad mis editores me tienen prohibido que diga lo que pienso de verdad sobre la mayoría de los temas.

‒Supongo que eso es lo que está en cuestión ‒fue su respuesta y con autosuficiencia añadió: ‒¿Serías tan amable de firmarme uno de tus libros?

Torcí el gesto, algo no marchaba bien… para mí. Sin esperar respuesta se quitó de la espalda una mochila roñosa y extrajo, no mis libros de autoayuda tan vendidos, sino mi primera obra, un cruce de géneros que había sido un rotundo fracaso. Un rotundo fracaso de cuando creía en la literatura y en mí.

‒Es un ejemplar muy difícil de conseguir, ¿lo ha leído, le ha gustado? ‒Pregunté con interés por primera vez.

En ese momento apareció ella y nos sobresaltó, aunque en realidad solo me sobresaltó a mí.

‒¡Pero Papá! ¿Qué haces aquí?, ¿qué casualidad?, ¿vaya pinta más horrible llevas?

‒¿Papá? ‒Dije incrédulo.

Cinco minutos más tarde estábamos los tres sentados en la mesa que había reservado para dos. En ocasiones sí tienes lo que mereces… y menudo desastre. El ocaso ibicenco era igual de hermoso, indiferente a mi cara de idiota y al destrozo de la relación que se iba a perpetrar con la caída del Sol. Al viejo había que reconocerle su mérito, no es fácil desenmascarar a un cínico con talento.

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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

 

Queridos fanáticos, Amos Oz

Queridos fanáticos son tres conferencias (convertidas posteriormente en este libro de ensayo), impartidas por el intelectual Amos Oz, un israelí que desconocía y que me alegro de haber descubierto. El motivo es sencillo, su discurso está comprometido hasta la médula con el proceso de paz de uno de los conflictos más difíciles (y no será porque no hay donde elegir) que se ciernen sobre la Historia actual: el palestino-israelí.

Amos Oz se dirigirá sobre todo a los suyos, al pueblo israelí, dando buena muestra del conocimiento que tiene sobre la riqueza histórica de su pueblo desde una mirada humanista cargada de algo tan necesario como el sentido común. Escribe así más para sus fanáticos que para los fanáticos del otro bando, sin restar por ello importancia a las dificultades propias de estos últimos. E intenta aportar su grano de simiente para desmantelar el concepto «irreversible».

Podríamos tener la tentación, dado el enconado conflicto y los lugares comunes y polarizados que en occidente suelen sobrevolar sobre el mismo, de acusar al autor de poco más que cándido. Pero su manejo de los hechos históricos (unos hechos de los que además en las últimas décadas ha sido protagonista y testigo), le sirve para dar un mazazo sobre la mesa y decir que pesimismos los justos. El tercer ensayo, Sueños de los que Israel debería librarse pronto, contiene páginas brillantes que demuestran su teoría: en política, lo que parece irreversible no suele serlo nunca.

Especialmente interesante me resulta también la reflexión que lleva a cabo en Luces, no luz, su segundo ensayo. Ahí apunta que el camino para solucionar el conflicto no puede ser único e inamovible, que no se puede tratar el problema como una hoja de ruta tallada en piedra, porque la sabiduría unidireccional no dará soluciones factibles. Lo que propone y lo que muestra son vías poliédricas. Su lectura son unas páginas muy lúcidas altamente recomendables para todos aquellos que actualmente entienden por israelí la definición de sionista que pretende masacrar al pueblo palestino.

En realidad, su propuesta será extensible a todo nombre común y nos muestra el problema en el que tendemos a caer tan a menudo, el de las simplificaciones. Israelí, musulmán, catalán, español, inmigrante… etiquetas que usan muchos como si fuesen piedras homogéneas. Y que como piedras tienden a lanzarse, unos contra otros, precisamente esos muchos. Solo hay que encender cualquier medio de comunicación/manipulación para comprobarlo.

Puesto que la lección de la Historia es que no aprendemos casi nada de la Historia, y puesto que cada día parece que estamos más cerca de esa irreversibilidad del desastre de la que quiere huir Amos Oz, textos y reflexiones como las de este autor son más necesarias que nunca. Las raíces están bien, pero también lo están las alas. Ojalá comencemos a construir un relato común donde alas y raíces sean compatibles.

Agosto 2018