Primavera, ven

Si no has querido atracar un banco al menos una vez en tu vida… Si no has deseado pegarle un tiro a otro entre ceja y ceja… Si no has querido mandarlo todo a tomar por culo… ¡Muérete!

Esas son las dos últimas líneas que escribió Pedro Gutiérrez en su cuaderno de Notas, luego escuchó por enésima vez el mensaje quejumbroso que Guillermina le enviara la noche anterior. Pensó entonces que no se puede tener todo pero que tampoco te lo deberían arrebatar todo. Había llegado la hora, se puso el traje, se guardó la pistola y salió de casa.

El espejo del portal seguía roto. Lo había roto él hacía un mes. Fue lo primero que escribió en sus Notas antes de hacerlo realidad. Después decidió, preso de una energía brutal, que  llevaría a cabo todo lo que escribiera en sus Notas.

No se encontró con ningún vecino al salir de la urbanización y se lo agradeció al dios que odiaba. Tal vez hubiera tenido que sacar el arma antes de tiempo si hubiese escuchado otro, cuánto lo siento, o el clásico, te veo mejor. Lo último sería una flagrante mentira a la luz de su delgadez extrema, de sus ojeras, de su galopante calvicie. En cuanto al sentirlo, por qué iba a ser cierto. Hasta que ocurrió lo que ocurrió, Pedro sabía que era un tipo antipático y prepotente con la mayoría de las personas y en especial con sus vecinos. Después de que ocurriera lo que ocurrió, era un volcán que eruptaba rabia.

Seis por cada cien mil. Si además añadimos la pérdida del niño las estadísticas bajan hasta cerca del cero. España está entre los mejores datos de mortandad por parto de madre e hijo de todo el mundo, imposible mejorarlos. Sin embargo la naturaleza guarda sorpresas desagradables que regala sin mirar. De tenerlo todo a quedarse sin nada con la única explicación de que a veces pasa. Ni siquiera podía agarrarse a una enfermedad, a un accidente, a una negligencia. Tampoco a la culpa. Pedro Gutiérrez no era de sentir culpa.

La gente no es lo suficientemente desagradable cuando se la necesita, pensó camino del banco. Era agosto, cerca del mediodía, la calle apestaba a multitud y a calor. Sudaba copiosamente dentro del traje. Había descrito en sus Notas el atraco. Había escrito, primavera, ven, estoy harto del frío que siento y del calor que hace. Llegó a la puerta de la sucursal bancaria.

Cinco meses desde la baja por depresión grave, seis desde la muerte de su mujer y de su hijo no nato, ocho desde que obligara a Guillermina a abortar, una eternidad desde que trató de follarse a Lucía. Su vida desordenada por el huracán de cuatro frases. Mientras esperaba que la puerta de seguridad le diese acceso, le dio otra vuelta a esos datos.

Una eternidad desde que intentara con Lucía la misma estrategia que en su día logró con su mujer, pero en esta ocasión para convertirla en su amante. Lucía sin embargo había sido más lista. Más lista no solo que la difunta esposa, sino también más lista que él. Había aprovechado los intentos de abuso de poder de su jefe para ascender en tiempo récord de cajera a subdirectora. En el fondo Pedro aplaudía los chantajes a los que se había visto sometido. Un cabrón admira a otro cabrón, solía decir.

Guillermina en cambio no era tan avispada. Se dejó seducir con facilidad, se creyó las promesas, se tomó el embarazo con ilusión, se lo retomó como una pésima idea tras contárselo a Pedro, abortó. También aceptó, con tristeza pero con resignación, que debían dejar de verse. Meses más tarde y cuando había empezado a olvidar, le comunicaron  que la iban a despedir. Estaba tan confusa que terminó por llamarle. Entonces Pedro Gutiérrez tuvo la idea y la escribió en sus Notas. La puerta le dejó pasar, había llegado el momento.

La primera en verle fue la guardia de seguridad, es decir, Guillermina. Pensó que Pedro Gutiérrez estaba allí para consolarla después de la llamada del día anterior. Eso explicaba la sonrisa de ella y que no prestara ninguna atención al detector de metales que comenzó a pitar. La cajera, que no llevaba ni dos meses y que no había visto nunca al que todavía era su director, dejó de contar el dinero que se traía entre manos y mostró menos entusiasmo que Guillermina, no tanto por el pitido cuanto por la cara de loco que pasó de largo camino de las oficinas. No había ningún cliente. Pedro avanzó con paso firme, a Guillermina se le congeló el gesto al comprender que algo extraño pasaba.

Lucía se sorprendió nada más verle y, antes de cortar la llamada telefónica que atendía, se puso a gritar. Pedro Gutiérrez, el director de la sucursal hasta que desde arriba firmasen su despido para ascender precisamente a Lucía, le apuntaba a la cabeza con la pistola. El director, que no sabía nada de su próximo despido, le ordenó a su subordinada que cerrara la boca y a cambio le dejó temblar a gusto. Ahora sí me haces caso, le dijo con desdén. Pedro hizo que se levantara, se colocó detrás, agarró su cintura, pegó su cara a la suya y le encañonó la coronilla. Salieron de la oficina.

Quiero todo el dinero, dijo Pedro, acercándose a la cajera sin soltar a Lucía. Guillermina había sacado su pistola pero apenas si acertaba a apuntar. Era la que más nerviosa se encontraba seguida de la cajera, que balbuceaba que si solo podía darle una cantidad de dinero ridícula, que si el sistema antirrobo, que si… Pedro Gutiérrez le dijo que se callase de una puta vez. Lo que no hizo fue decir que sabía de sobra que apenas podría llevarse una miseria, o que la policía ya estaba de camino. Eso no le interesaba.

Quédate aquí quietecita, le dijo a Lucía, tras plantarle un beso en la mejilla. Se separó cuatro pasos. Entonces y sin dejar de apuntar a la subdirectora, le dijo a Guillermina que si al acabar su cuenta de diez no tenía en sus manos un millón de euros, le iba a volar los sesos a Lucía, luego a la cajera y finalmente a ella. Pedro Gutiérrez sabía perfectamente que pedía un imposible, la cuestión era si Guillermina entendía que no tenía más opción que dispararle.

Comenzó la cuenta atrás. Lucía no se atrevía a pedir a Guillermina que disparase al director, sabía del lío entre ellos. Eso sin contar que el día anterior le había comunicado con desdén que iban a despedirla y le había dicho que uno de los motivos era esa relación inapropiada. Empezó a temblar al pensar que Guillermina tal vez tuviese muchas ganas de pegarla un tiro. La cuenta llegó a tres. Pedro sonrió con una mueca atroz, le recorrió la energía que esperaba, supo que iba a ser capaz de llegar hasta el final. Dijo uno. En sus Notas escribió de nuevo mentalmente primavera.

Guillermina apuntó y apretó el gatillo.


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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

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En el universo todo es relativo excepto nuestra absoluta y desconcertante fragilidad. No somos el rey pero tampoco el peón. Por supuesto no somos la mano que mueva nada, más quisiéramos ser una casilla, incluso el triste imán oculto que sujeta las piezas. La verdad es que me atrevería a decir que ni siquiera estamos en el tablero. Y sin embargo también cabe afirmar que mientras no se demuestre lo contrario, hemos inventado el juego.

  La fuerza de la torre Joachim Lehrer

La fuerza de la torre cerca de las nubes
© Joachim Lehrer

No irás a llorar

No irás a llorar, ¿verdad? No digo que no te sobren los motivos, tampoco que sea algo malo, que te haga más débil o incluso menos atractiva. Pero tus lágrimas reflejan dolor y vengo a adorar tu alegría.

Es una cuestión de principios, ¿sabes? Dicen que la comedia es tragedia más tiempo y ambos hemos podido corroborar que es verdad. La noche es nostalgia, como la lluvia, pero también aventura. Atrévete a mojarte de luna, de tormenta y el rocío erizará tu piel al amanecer.

Mira ahí arriba, ¿ves? Otros ya han dicho mejor y antes que yo que el universo es fortuito, moralmente neutro e increíblemente violento, y sin embargo, a pesar de la violencia, de la indiferencia, de la causalidad y de la casualidad, sabemos bailar, sabemos reír, sabemos hacer el amor.

No es poco, ¿no crees? El mundo es un volcán y nosotros frágiles hojas, pero de los árboles aprendimos el papel. Podemos cortar con nuestro filo, nos da por escribir con tinta, con sangre incluso, nos atrevemos a sacudir al universo, conseguimos despojarle de sus fórmulas y le decimos: ¡No eres tan frío!

Porque no es tan frío, ¿no? Porque nosotros le damos calor, ¿sí? Porque tal vez seamos los únicos, pero no apostaría a ese número. El espacio es demasiado vasto como para conformarse con tan poco. La vida es un milagro… pero cotidiano.

Porque la vida con sentido es el verdadero disfraz que anhelo ponerme, que anhelo que tengas, hasta que los pies y los dientes digan basta, digan que caminamos lo suficiente, digan que reímos todo lo que había que reír. Toma mi mano ¿Empezamos?


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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

De hadas y unicornios

Lo reconozco: soy un adicto a la soledad. Sin embargo en ocasiones también soy débil, la curiosidad gana y me veo empujado hacia las personas de una manera o de otra. Eso es lo que ocurrió hace un par de días cuando al salir del almacén donde trabajo por la noche como vigilante, y al llegar a la cafetería donde desayuno habitualmente, prescindí de mi mesa de costumbre porque algo me dijo que así lo hiciera.

Era la hora del sol y sombra para los albañiles, del café para los camioneros, de mi vaso de leche en el rincón. Era en definitiva una hora rutinaria para cualquier polígono industrial que se está levantando, pero extraña para las dos figuras que entraron y se sentaron en una mesa cercana de la barra.

Una madre y una hija; demasiado pálidas y pelirrojas las dos como para dudar de su parentesco. Pero también demasiado temprano y demasiado lejos de un hospital, de un colegio, o de donde sea que puedan ir juntas una madre con su hija recién amanecido. Entonces al misterio espacio temporal se le sumó la extrañeza de una frase cuando escuché:

−Porque cuando vayas a la universidad…

Acababan de servirme en la barra mi desayuno e iba hacia el rincón, cuando al escuchar a la madre cambié de idea y me quedé cerca. La camarera me lanzó una mirada mohína, asistía por primera vez a un cambio de guión en mis costumbres.

Ni siquiera había entendido el final de la frase pero lo que sí había entendido me resultó un despropósito, la niña no debía tener más de seis años. La silla que escogí me dejaba frente a la pequeña, ella bebía con gesto aburrido un zumo de naranja. La madre por su parte me daba casi por completo la espalda, pero llegaba a ver que cada poco daba sorbos a una coca cola light de lata. Sobre todo me había intrigado el tono. Necesité escuchar más, necesitaba confirmar el sinsentido.

Y lo confirmé. La madre tras unos pequeños sorbos compulsivos a su refresco se convirtió en una cotorra insufrible de aleteo horrendo. Pero en lugar de beberme la leche y desaparecer, comencé a doblar una servilleta, fue mi coartada para no perderme detalle de las perlas cargantes que la señora soltaba. Aquí recuerdo algunas:

 −Porque esa profesora tuya es una mala pedagoga y su sistema de enseñanza bla, bla, bla.

−No debes jugar con esos niños tan pequeños, son unos críos para ti bla, bla, bla

−Siéntate más recta. No hagas ruido al beber.  Límpiate cada vez que bla, bla, bla.

Tenía mi servilleta con la mitad de los dobleces hechos, cuando el mundo me demostró que todavía hay esperanza. La niña habló y desde luego no era un calco de esa horrible señora.

−Mami, hoy escribí en mi cuaderno que «la hada vendrá a visitarme si…»

Pero no pudo terminar porque la madre saltó como un resorte:

 −No se dice «la hada» sino «el hada», una figura retórica en lingüística nos señala cómo debemos hacerlo bla bla bla.

Tan satisfecha debió quedar de sí misma después de la lección, que se terminó la coca cola de un trago, se levantó y le dijo a la niña que esperase quietecita porque iba a comprar tabaco.

La niña me miró por un segundo, o más bien miró cómo mis manos trabajaban sobre la servilleta. Pero al advertir que yo la miraba apartó la vista de inmediato. Pensé en esperar el regreso de la madre y tacharla de pedante insufrible, pensé también en callarme y punto, pero al final opté por una tercera opción.

Terminé mi figurita, me levanté y me dirigí a la niña. Al llegar le regalé mi unicornio de papiroflexia y le dije:

−Lo importante no es cómo escribas «hada», lo importante es que creas en ellas.

No le dije más, no había más que decir. Pero la madre, que me vio hablar con la niña justo después de sacar el paquete de tabaco de la máquina, pensó que había sido mucho más que suficiente. Fui a pagar a la barra y ella volvió rauda a la mesa. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo y no fue agradable.

Fui magnánimo con la cotorra esa vez, el mundo es un lugar horrendo, que una madre quiera proteger a su polluelo me parece lógico. Iba camino de la puerta cuando la señora se encargó de que oyese cómo le preguntaba a su hija qué le había dicho yo. La niña tampoco bajó el tono y le dijo con voz desagradablemente adulta, que algo muy raro.

Me despedía ya de la esperanza cuando a través del cristal de la puerta vi reflejado cómo la niña se guardaba el unicornio debajo de la mesa, bien lejos de la mirada de la madre. Sonreí, podía envolverme satisfecho de nuevo en mi soledad.

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He querido ser más grande que Alejandro Magno, llegar tan lejos como Jesucristo, ser feliz. Errores todos inocentes de juventud. A estas alturas me conformo con no dañar a los míos, hacer feliz a quien ame y, que tiemble quien me lea.

Sobre esto último no quiero romper a nadie, claro, pero sí tomarle desprevenido a la vuelta de alguna frase, de algún personaje, de alguna idea. Y que con alevosía, a traición incluso, le haga exclamar como a mí me ocurre al leer a algunos otros: ¡Qué cabrón, la vida merece la pena!

Ya no pido más, ya no pido menos.

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El mar de los otros

PANDEMÓNIUM

El primer cadáver que nos trajo la marea apenas ocupó un pequeño espacio en la prensa local, pero quién iba a pensar hace poco más de un año todo lo que el mar estaba por escupir.

El segundo tampoco llamó demasiado la atención, salvo por el hecho que apareció a la misma hora del día siguiente, en el mismo lugar y de la misma manera: desnudo y sin haber muerto ahogado. Los médicos certificaron para ambos casos parada cardiorespiratoria, lo que no resolvía casi nada. El misterio creció por el hecho de no encontrarse patera alguna, ni un mar embravecido en los últimos días. Que nadie reclamara los cuerpos aparentemente de inmigrantes, no llamó la atención de nadie.

El tercer día y en las mismas condiciones, el mar regalaba a los bañistas su tercer cadáver. Muerto y desnudo como los otros, hizo sin embargo saltar todas las alarmas: era blanco…

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