Callar a pleno pulmón

“Vivir, no importa cómo, pero vivir.” Raskólnikov

 

            En año el 2065 la ONU declaró finalmente el Paraíso sobre la Tierra. Dios estaba definitivamente muerto, no le necesitábamos. Fue el año que se alcanzó el acuerdo satisfactorio para todas las partes entre Palestina e Israel. Así acabó el último gran conflicto. Para entonces el terrorismo se había esfumado del mapa. También los problemas raciales. El hambre estaba erradicada. La población mundial decrecía a un ritmo óptimo. Habíamos encontrado vida unicelular en otros planetas. La primera ciudad en Marte y las colonias en la Luna funcionaban correctamente. No había enfermedad incurable. El Ártico, los bosques, las especies animales, no tenían motivos de preocupación. Incluso se rozaba la respuesta definitiva a la pregunta de qué hay al otro lado. Sencillamente Homo sapiens era una etiqueta que empezaba a quedarse pequeña. Entonces apareció el problema de mi padre.

            El viejo acaba de cumplir 87 años y debió morirse hace 720 días. Estamos en el 2068 y su vida amenaza con romper todas las reglas, con fracturar el equilibrio. Por si fuera poco sonríe y se siente orgulloso, como si luchara contra una distopía de tres al cuarto, como si no hubiésemos hecho realidad el sueño de que otro mundo mejor sí era posible, como si no pusiera en riesgo todo por lo que él habría muerto feliz hace apenas unos años. Es un converso, lo sabe, lo disfruta, me lleva al límite. Hace una hora, en la última visita que le haré, tras el regalo que le he concedido, me ha dicho:

            Ya sabemos que el alma no pesa 21 gramos, ya sabemos cuántos latidos alberga cada corazón, ya se dice lo que se tiene que decir, se piensa como se tiene que pensar, se vive como se tiene que vivir y por supuesto se muere como toca morirse. Pero mi cuerpo se ha revelado contra todo eso, harto de callar a pleno pulmón, solo quiere morir en su mundo, no en este.

            La disfunción técnica de mi padre, o el milagro, así lo llaman algunos recalcitrantes, es fácil de contar, pero de momento imposible de explicar para la ciencia. El viejo debería estar muerto, porque su corazón ha sobrepasado el número de latidos con el que su cadena genética le programó. Y lo mismo ocurre con el resto de sus órganos vitales, todos sobreviven por encima de sus posibilidades. Las pruebas realizadas descartan que  haya manipulado su cuerpo. Sabemos también que no es una falta de cálculo, sabemos que no es un error de la teoría. Una teoría que ha predicho correctamente el 100% de los casos restantes. Mi padre sencillamente es una anomalía. Una anomalía que da miedo. El cielo es demasiado frágil.

            Cuando el año pasado mi padre cumplió 86 años hice lo que tenía que hacer y denuncié su caso. El Comité de Expertos que se formó de inmediato tomó el asunto con la gravedad y la celeridad necesarias. La primera opción, unánimemente aceptada, fue matarle y erradicar cualquier contaminación. Sin embargo ya no existe el asesinato. La segunda opción barajada, fue inducirle al suicidio, pero nos topamos con otra barrera lógica: ya nadie se suicida. Por si fuera poco, mi padre celebra la vida más allá de lo razonable, y visto lo visto, más allá de lo posible.

            Finalmente decidimos recluirle en una celda aséptica, sin libros y sin la posibilidad de que escribiera. La intención era matar su espíritu y rendir así su cuerpo. Pero su corazón ha resistido. Hoy se despidió de mí diciéndome que lo sentía por todos nosotros y por el mundo feliz que él ponía en riesgo, pero que su imaginación estaba muy viva. Luego me miró con cariño, quizá con aire de triunfo, o tal vez fuese de pena, cuando accedí a entregarle su novela favorita, la que nos había rogado desde su primer día de reclusión. Cuando cerraron su celda me pidió paciencia y añadió: lo siento, un ser humano todavía es capaz de hacer cualquier cosa, incluso lo que no debe.

            Estuve a punto de confesar que no podía estar más de acuerdo, de decirle que no tocase las hojas del libro, que estaban envenenadas. Pero no lo hice. A estas horas la anomalía debería estar resuelta y el mundo a salvo. ¿O no?


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La casa de las ventanas de papel (O la muerte del héroe)

Dios, qué maravilla, llueve y hace frío en pleno julio. Mientras bajo de un autobús azul y a la espera de uno verde, frivolizo con la idea de que el cambio climático no va a estar tan mal después de todo.

Espero cerca de la marquesina de la parada del Hospital 12 de Octubre, abro mi paraguas morado para combatir la lluvia y, el Orlando, de Virginia Woolf, para combatirme a mí. Mientras leemos escapamos de nosotros mismos, reflexiono, para refutarme al momento siguiente al pensar en la tarde de trabajo que tengo por delante.

Vuelvo a centrarme en la lectura y sentencio que Orlando es maravilloso. Al margen de su calidad literaria, pienso en las fluctuaciones que llevan al lector de un mar a otro a través del Orlando hombre y de la Orlando mujer, y cómo Virginia construye y lega a la posteridad un alegato feminista, mejor dicho, humanista.

Me pregunto entonces si yo estoy en disposición de legar algo de interés, y sonrío por respuesta. Suficiente tengo con sacar adelante las peleas que tengo encima. Por ejemplo, no tengo nada que encaje bajo el título La casa de las ventanas de papel, el relato que debo presentar en unas semanas para el blog literario de Krakens. Por ejemplo, no tengo nada que encaje con la religión, el tema que debo tratar para Habitación 13, el club de escritura del que formo parte. Por ejemplo, no tengo editorial para mi novela… ¡Pero mierda! ¡Me cago en…!

Levanto la cabeza a destiempo y veo cómo se larga el autobús al que debía haber subido. Blasfemo una, dos, tres veces más. Me calmo un poco y se me ocurre pensar que ya tengo tema: la blasfemia. Descuido el ángulo del paraguas y Orlando acaba con las páginas 140 y 141 empapadas y desteñidas. Entonces se me ocurre pensarlo y es entonces cuando ocurre: Dios se ha tenido que quedar a gusto, el muy cabrón. El rayo me impacta de lleno.

Caigo al suelo entre convulsiones. Todos los pelos se me han erizado, no es un mito. El paraguas se hace trizas y está a tomar por culo, o eso supongo con la agonía encima. El libro no, el libro está a mi lado, cayó con la contracubierta hacia arriba, desde allí Virginia Woolf me mira con pena ¿Qué más le puedo pedir a esta aventura? ¿Sobrevivir? No; ¿Que remita un poco este dolor? Tal vez; ¿Que la gente de alrededor no grite? Eso estaría muy bien.

Los párpados me pesan como nunca, estoy al lado del hospital, pero no tiene pinta de que nadie vaya a salvarme. Ni siquiera escucho sirenas. Pienso en eso de que en el arte hay sentido, pero en la vida no. Pienso en que dejo demasiadas historias sin escribir, y que así es difícil la posteridad, y que hasta muriéndome me justifico. Pienso que tendría que haber borrado el historial de Google. Pienso en los gracias y en los te quiero que dejé sin pronunciar a las puertas de los labios. Pienso en que me jode morirme pensando en esa cursilería.

Desde el suelo y a pesar de la lluvia que me recorre la cara, y de la gente que se arremolina en torno a mí, distingo en la marquesina a una niña abrazada a su madre. Entonces se me ocurre pensar que mi cuerpo ha absorbido toda la energía, toda la descarga del rayo, y que de esa manera he evitado que alcanzara a la pequeña. Decido pensar que la he salvado y si eso no es encontrar un sentido que baje Dios y me lo discuta. Pero mejor, ya voy yo a discutirlo con Él, o con Ella, o con Ello, o con Nada, donde haga falta. Tenemos muchas cuentas pendientes y no tengo otra cosa mejor que hacer, yo ya estoy muerto.


 

 

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Liberté, egalité, fraternité, o traición

Eran las tres de la mañana y las noticias de las bombas de unos y otros, de los camiones sangrientos, de tanto bufón en los tronos, me revolvían las tripas y no me dejaban dormir. El insomnio me trajo una idea y decidí hacerla realidad: hablaría con los leones. No se me ocurrió nada mejor, tampoco nada peor, es lo que tiene querer ser un personaje literario, se debe intentar romper límites asumiendo el riesgo de hacer el payaso.

En el autobús íbamos el conductor, un travesti y yo. Dábamos para un chiste, pero no lo encontré, supongo que por estar en modo indignado en lugar de sarcástico. Al bajar en Sol tuve la ocurrencia de pensar que la justicia es una leyenda urbana. No recuerdo si fue antes o después de guiñar el ojo al travesti y que este me ignorara por completo.

Sol era un desierto, le eché la culpa a la madrugada y al martes. Desarrollé mi plan caminando por las calles vacías: hablaría con ellos y les pediría explicaciones de la mierda de mundo que tenemos. ¿Dónde queda el futuro que nos prometieron en ese pasado que nos hemos inventado? Sé que no me iban contestar y que ellos no tenían la culpa, mi imaginación no llega a tanto.

Primero divisé el Palacio, de inmediato a la Policía Nacional, que a pesar de las horas lo custodiaba, finalmente a los dos leones. Ya se sabe que toda historia que se precie comienza con un, y sí… Ya conocemos también esa frase tan española de, a que no hay huevos. Total, que me acerqué al policía más cercano, ametralladora en ristre (él, no yo), y muy serio le pregunté si vigilaban siempre el Congreso, si no lo dejaban libre por un ratito. Su cara fue un poema, yo había arriesgado la mía. Me miró de arriba abajo y me soltó rotundo, por qué lo preguntas.

No hubo más huevos y casi relajo el esfínter. Balbuceé que simple curiosidad y pregunté si podía hacerme un selfie con los gatitos, que no era de Madrid, que me hacía ilusión, que sería rápido. Se tomó su tiempo, creo que «gatitos» le desconcertó. Debió pensar que yo era idiota y desde luego no le faltaba razón. Finalmente dijo sí tras asegurarse con la mirada que no llevaba mochila ni nada sospechoso dentro de la camiseta o el pantalón.

Subí las escaleras. Los dos leones miraban hacia afuera, hacia el otro lado, como si no quisieran saber nada de lo que ocurría dentro del templo de la Democracia… Contuve la risa, decidí que no iba a decir una sola palabra en alto para no salir de allí en una ambulancia psiquiátrica, y supe que el encuentro iba a ser descafeinado. Yo, Romero, que digo estar siempre dispuesto a convertirme en novela, o al menos en relato digno, una vez más no iba a pasar de anécdota. Elegí al león de mi izquierda. Me puse a su altura. Me sentí plenamente ridículo, mi hábitat de costumbre.

Allí estábamos mi idea insomne y yo, sobre las cuatro de la mañana, mirando fijamente a uno de los leones del Congreso que me ignoraba por completo. Entonces le solté en un murmullo; mi única arma es un bolígrafo, o un teclado como mucho, ¿alguna idea de cómo hacer frente a tanto bastardo? El león siguió como si nada, pero yo continué.

Liberté, egalité, fraternité… o traición. Y seguí.

Cuando fuimos libres elegimos ser esclavos. No nos hemos movido un dedo de la servidumbre voluntaria de la que somos conscientes hace siglos. Hemos sabido derrocar a tiranos, pero no a la tiranía. Y seguí.

Somos iguales… en el desprecio a nuestras diferencias. Los sans cullotes tenían que haber triunfado, si todos no podemos ser ricos, seamos todos pobres y a tomar por culo. Al fin y al cabo, ya está globalizada la miseria moral. Y seguí.

¿Fraternidad? Los mal nacidos están en todos los bandos, ¿por qué esa sensación constante de que nos obligan a elegir? Yo no quiero a ningún hijo de puta por muy nuestro que sea, y estoy dispuesto a abrazarme con quien…

Tú, cortó entonces el policía la línea argumental de exabruptos musitados que no provocaron en el león el más mínimo gesto, ¿no ibas a hacerte una foto? Sal ya de ahí, me ordenó.

Y obedecí. Ni siquiera me despedí del león.

Comencé a bajar las escaleras humillado y pensando que en el mejor de los casos no era más que un triste dispensador de frases, que ni siquiera las sentía, que nunca sería literatura ni revolución, que no hay peor traición que la que uno se hace a sí mismo.

Al llegar abajo levanté la cabeza. El policía me observaba a menos de un metro de distancia. Le sostuve la mirada. Buenas noches, dije. Buenas noches, dijo. Y eso fue todo.

Romero, 9


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Asalvajados

Subo al púlpito. Don Tobías me mira desconfiado desde el altar. Observo a la feliz pareja, se tensan. Barro de golpe a los invitados de la iglesia y comienzo a decir: Mis queridos coños, pijas e indefinidos…”. Me gano el odio de todos, pero en especial el de ella, sonrío y me esfumo.

Lo anterior es el plan, la realidad es bien distinta, mucho más cutre, como siempre. No atreverme a llevar a cabo lo que imagino se me da de puta madre. Ni siquiera entro a la iglesia, tampoco me atreví a felicitar a los novios, les aceché en la distancia. Estoy en la plaza mientras transcurre la ceremonia. Estoy solo, salvo por una absurda bolsita de arroz que dejo caer sobre los adoquines y una botella de ron a la que diré: sí, quiero. Comienzo a andar, no porque no quiera ser un cabrón, no por cobardía, sencillamente mis pies me alejan de la feliz escena, ya no la joderé.

La iglesia y la botella quedan lejos, revolviéndose en las entrañas. Su combinación me genera preguntas, ¿y si Jesucristo no murió virgen?, ¿y si fue impotente?, ¿y si lo que fue es gay? La contención no es lo mío y piso el acelerador, ¿acaso no cagaba como los demás? Al fin y al cabo, todos llevamos la mierda con nosotros y Jesús era uno más en su parte humana, seguro que se la cascaba como todos.

Así de religioso llego al bar del pueblo, me siento lo más lejos posible de la barra y me pido un cubata. Mientras la camarera me atiende me mira ceñuda cuando le digo que no pare, que yo la aviso. Pero ella deja de llenar el vaso cuando le place, sin hacerme ni puto caso, como la vida. Solo puedo guiñarle un ojo como respuesta.

Perdido en la oscuridad del cubata me pregunto por qué blasfemar me pone tan cachondo. La respuesta me viene fácil tras un trago: pura venganza, me gusta atentar contra Dios, porque Dios no se cansa de atentar contra nosotros. Dejo el vaso y lo escatológico vuelve a mí: Jesús también era Dios y lo mismo tenemos fosilizada alguna de sus mierdas divinas… Pego un puñetazo en la mesa y añado en alto: ¡Y no me refiero a la Biblia… que también!

Supongo que en ocasiones soy capaz de atreverme un poco. Reto con la mirada a los parroquianos que no me recuerdan, o que hacen que no me recuerdan, y me digo si habré dicho ya lo suficiente para que me lleven a la hoguera. Solo puedo echar de menos la Santísima Inquisición, aunque con estos tiempos que corren si me pongo a hablar de Mahoma y del Corán lo mismo tengo suerte.

Otras ideas me atosigan. No me soporto cuando me pongo en plan filósofo, pero tampoco sé detenerme… ¿qué tipo de mundo hemos construido? Termino por perorar que quien cuenta la Historia elige lo que cuenta y cómo lo cuenta, y solo tiene que ser un poco hábil para que el resto le comamos la polla, o el coño, por eso de la igualdad…

Mis pensamientos definitivamente bailan asalvajados y que uno de estos cazurros me calce una hostia solo es cuestión de que piense un poco demasiado alto. Pero tal vez sería lo mejor, tan solo necesito un puto hombro donde contar que los cuatro (por supuesto incluyo a don Tobías, la piedra filosofal del grupo) nos conocemos desde la catequesis que nos iba a limpiar del pecado original…

Observo que la camarera habla con un cromañón y apuesto a que es su novio, que se besen es una pista… Me miran desde la barra. Yo vuelvo a lo mío: Dios nos juntó, don Tobías nos tocó y nosotros tres acabamos la orgía…

El cromañón decide venir hacia mí. Ella era preciosa, fue mi primer beso, mi única chica, durante años nos creímos lo del uno para el otro y con doce o trece hubiera apostado mi alma a que sería yo quien le pondría el anillo a ella, y no él.

El cromañón llega a mi mesa. Corre la silla para poder sentarse junto a mí. Se sienta y me sonríe. Sospecho sus palabras: ¿qué le has dicho a mi chica?, y la intención de romperme la cara. Yo le contesto, mirando sin verle… Pero a los catorce se fue a tomar por culo el alma, al menos la canónica.

Él y yo nos enamoramos, la amistad traspasó su frontera por la acera prohibida. A los quince don Tobías, que tanto nos había enseñado, nos cazó besándonos y se escandalizó, o eso dijo el hijo puta. Lo que es seguro es que se lo contó a ella. Ella juró vengarse… Ahora todos hemos vuelto al lugar de tanto delito… y ellos acaban de convertirse en marido y mujer.

El cromañón sabe hablar, me llama por mi nombre y me pregunta qué le estoy contando. No me suelta una hostia sino que quiere saber si me acuerdo de él. Sin esperar ninguna respuesta me dice que me invita a la siguiente ronda si empiezo la historia desde el principio. Ya tengo el hombro que buscaba.


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Primavera, ven

Si no has querido atracar un banco al menos una vez en tu vida… Si no has deseado pegarle un tiro a otro entre ceja y ceja… Si no has querido mandarlo todo a tomar por culo… ¡Muérete!

Esas son las dos últimas líneas que escribió Pedro Gutiérrez en su cuaderno de Notas, luego escuchó por enésima vez el mensaje quejumbroso que Guillermina le enviara la noche anterior. Pensó entonces que no se puede tener todo pero que tampoco te lo deberían arrebatar todo. Había llegado la hora, se puso el traje, se guardó la pistola y salió de casa.

El espejo del portal seguía roto. Lo había roto él hacía un mes. Fue lo primero que escribió en sus Notas antes de hacerlo realidad. Después decidió, preso de una energía brutal, que  llevaría a cabo todo lo que escribiera en sus Notas.

No se encontró con ningún vecino al salir de la urbanización y se lo agradeció al dios que odiaba. Tal vez hubiera tenido que sacar el arma antes de tiempo si hubiese escuchado otro, cuánto lo siento, o el clásico, te veo mejor. Lo último sería una flagrante mentira a la luz de su delgadez extrema, de sus ojeras, de su galopante calvicie. En cuanto al sentirlo, por qué iba a ser cierto. Hasta que ocurrió lo que ocurrió, Pedro sabía que era un tipo antipático y prepotente con la mayoría de las personas y en especial con sus vecinos. Después de que ocurriera lo que ocurrió, era un volcán que eruptaba rabia.

Seis por cada cien mil. Si además añadimos la pérdida del niño las estadísticas bajan hasta cerca del cero. España está entre los mejores datos de mortandad por parto de madre e hijo de todo el mundo, imposible mejorarlos. Sin embargo la naturaleza guarda sorpresas desagradables que regala sin mirar. De tenerlo todo a quedarse sin nada con la única explicación de que a veces pasa. Ni siquiera podía agarrarse a una enfermedad, a un accidente, a una negligencia. Tampoco a la culpa. Pedro Gutiérrez no era de sentir culpa.

La gente no es lo suficientemente desagradable cuando se la necesita, pensó camino del banco. Era agosto, cerca del mediodía, la calle apestaba a multitud y a calor. Sudaba copiosamente dentro del traje. Había descrito en sus Notas el atraco. Había escrito, primavera, ven, estoy harto del frío que siento y del calor que hace. Llegó a la puerta de la sucursal bancaria.

Cinco meses desde la baja por depresión grave, seis desde la muerte de su mujer y de su hijo no nato, ocho desde que obligara a Guillermina a abortar, una eternidad desde que trató de follarse a Lucía. Su vida desordenada por el huracán de cuatro frases. Mientras esperaba que la puerta de seguridad le diese acceso, le dio otra vuelta a esos datos.

Una eternidad desde que intentara con Lucía la misma estrategia que en su día logró con su mujer, pero en esta ocasión para convertirla en su amante. Lucía sin embargo había sido más lista. Más lista no solo que la difunta esposa, sino también más lista que él. Había aprovechado los intentos de abuso de poder de su jefe para ascender en tiempo récord de cajera a subdirectora. En el fondo Pedro aplaudía los chantajes a los que se había visto sometido. Un cabrón admira a otro cabrón, solía decir.

Guillermina en cambio no era tan avispada. Se dejó seducir con facilidad, se creyó las promesas, se tomó el embarazo con ilusión, se lo retomó como una pésima idea tras contárselo a Pedro, abortó. También aceptó, con tristeza pero con resignación, que debían dejar de verse. Meses más tarde y cuando había empezado a olvidar, le comunicaron  que la iban a despedir. Estaba tan confusa que terminó por llamarle. Entonces Pedro Gutiérrez tuvo la idea y la escribió en sus Notas. La puerta le dejó pasar, había llegado el momento.

La primera en verle fue la guardia de seguridad, es decir, Guillermina. Pensó que Pedro Gutiérrez estaba allí para consolarla después de la llamada del día anterior. Eso explicaba la sonrisa de ella y que no prestara ninguna atención al detector de metales que comenzó a pitar. La cajera, que no llevaba ni dos meses y que no había visto nunca al que todavía era su director, dejó de contar el dinero que se traía entre manos y mostró menos entusiasmo que Guillermina, no tanto por el pitido cuanto por la cara de loco que pasó de largo camino de las oficinas. No había ningún cliente. Pedro avanzó con paso firme, a Guillermina se le congeló el gesto al comprender que algo extraño pasaba.

Lucía se sorprendió nada más verle y, antes de cortar la llamada telefónica que atendía, se puso a gritar. Pedro Gutiérrez, el director de la sucursal hasta que desde arriba firmasen su despido para ascender precisamente a Lucía, le apuntaba a la cabeza con la pistola. El director, que no sabía nada de su próximo despido, le ordenó a su subordinada que cerrara la boca y a cambio le dejó temblar a gusto. Ahora sí me haces caso, le dijo con desdén. Pedro hizo que se levantara, se colocó detrás, agarró su cintura, pegó su cara a la suya y le encañonó la coronilla. Salieron de la oficina.

Quiero todo el dinero, dijo Pedro, acercándose a la cajera sin soltar a Lucía. Guillermina había sacado su pistola pero apenas si acertaba a apuntar. Era la que más nerviosa se encontraba seguida de la cajera, que balbuceaba que si solo podía darle una cantidad de dinero ridícula, que si el sistema antirrobo, que si… Pedro Gutiérrez le dijo que se callase de una puta vez. Lo que no hizo fue decir que sabía de sobra que apenas podría llevarse una miseria, o que la policía ya estaba de camino. Eso no le interesaba.

Quédate aquí quietecita, le dijo a Lucía, tras plantarle un beso en la mejilla. Se separó cuatro pasos. Entonces y sin dejar de apuntar a la subdirectora, le dijo a Guillermina que si al acabar su cuenta de diez no tenía en sus manos un millón de euros, le iba a volar los sesos a Lucía, luego a la cajera y finalmente a ella. Pedro Gutiérrez sabía perfectamente que pedía un imposible, la cuestión era si Guillermina entendía que no tenía más opción que dispararle.

Comenzó la cuenta atrás. Lucía no se atrevía a pedir a Guillermina que disparase al director, sabía del lío entre ellos. Eso sin contar que el día anterior le había comunicado con desdén que iban a despedirla y le había dicho que uno de los motivos era esa relación inapropiada. Empezó a temblar al pensar que Guillermina tal vez tuviese muchas ganas de pegarla un tiro. La cuenta llegó a tres. Pedro sonrió con una mueca atroz, le recorrió la energía que esperaba, supo que iba a ser capaz de llegar hasta el final. Dijo uno. En sus Notas escribió de nuevo mentalmente primavera.

Guillermina apuntó y apretó el gatillo.


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No irás a llorar

No irás a llorar, ¿verdad? No digo que no te sobren los motivos, tampoco que sea algo malo, que te haga más débil o incluso menos atractiva. Pero tus lágrimas reflejan dolor y vengo a adorar tu alegría.

Es una cuestión de principios, ¿sabes? Dicen que la comedia es tragedia más tiempo y ambos hemos podido corroborar que es verdad. La noche es nostalgia, como la lluvia, pero también aventura. Atrévete a mojarte de luna, de tormenta y el rocío erizará tu piel al amanecer.

Mira ahí arriba, ¿ves? Otros ya han dicho mejor y antes que yo que el universo es fortuito, moralmente neutro e increíblemente violento, y sin embargo, a pesar de la violencia, de la indiferencia, de la causalidad y de la casualidad, sabemos bailar, sabemos reír, sabemos hacer el amor.

No es poco, ¿no crees? El mundo es un volcán y nosotros frágiles hojas, pero de los árboles aprendimos el papel. Podemos cortar con nuestro filo, nos da por escribir con tinta, con sangre incluso, nos atrevemos a sacudir al universo, conseguimos despojarle de sus fórmulas y le decimos: ¡No eres tan frío!

Porque no es tan frío, ¿no? Porque nosotros le damos calor, ¿sí? Porque tal vez seamos los únicos, pero no apostaría a ese número. El espacio es demasiado vasto como para conformarse con tan poco. La vida es un milagro… pero cotidiano.

Porque la vida con sentido es el verdadero disfraz que anhelo ponerme, que anhelo que tengas, hasta que los pies y los dientes digan basta, digan que caminamos lo suficiente, digan que reímos todo lo que había que reír. Toma mi mano ¿Empezamos?


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De hadas y unicornios

Lo reconozco: soy un adicto a la soledad. Sin embargo en ocasiones también soy débil, la curiosidad gana y me veo empujado hacia las personas de una manera o de otra. Eso es lo que ocurrió hace un par de días cuando al salir del almacén donde trabajo por la noche como vigilante, y al llegar a la cafetería donde desayuno habitualmente, prescindí de mi mesa de costumbre porque algo me dijo que así lo hiciera.

Era la hora del sol y sombra para los albañiles, del café para los camioneros, de mi vaso de leche en el rincón. Era en definitiva una hora rutinaria para cualquier polígono industrial que se está levantando, pero extraña para las dos figuras que entraron y se sentaron en una mesa cercana de la barra.

Una madre y una hija; demasiado pálidas y pelirrojas las dos como para dudar de su parentesco. Pero también demasiado temprano y demasiado lejos de un hospital, de un colegio, o de donde sea que puedan ir juntas una madre con su hija recién amanecido. Entonces al misterio espacio temporal se le sumó la extrañeza de una frase cuando escuché:

−Porque cuando vayas a la universidad…

Acababan de servirme en la barra mi desayuno e iba hacia el rincón, cuando al escuchar a la madre cambié de idea y me quedé cerca. La camarera me lanzó una mirada mohína, asistía por primera vez a un cambio de guión en mis costumbres.

Ni siquiera había entendido el final de la frase pero lo que sí había entendido me resultó un despropósito, la niña no debía tener más de seis años. La silla que escogí me dejaba frente a la pequeña, ella bebía con gesto aburrido un zumo de naranja. La madre por su parte me daba casi por completo la espalda, pero llegaba a ver que cada poco daba sorbos a una coca cola light de lata. Sobre todo me había intrigado el tono. Necesité escuchar más, necesitaba confirmar el sinsentido.

Y lo confirmé. La madre tras unos pequeños sorbos compulsivos a su refresco se convirtió en una cotorra insufrible de aleteo horrendo. Pero en lugar de beberme la leche y desaparecer, comencé a doblar una servilleta, fue mi coartada para no perderme detalle de las perlas cargantes que la señora soltaba. Aquí recuerdo algunas:

 −Porque esa profesora tuya es una mala pedagoga y su sistema de enseñanza bla, bla, bla.

−No debes jugar con esos niños tan pequeños, son unos críos para ti bla, bla, bla

−Siéntate más recta. No hagas ruido al beber.  Límpiate cada vez que bla, bla, bla.

Tenía mi servilleta con la mitad de los dobleces hechos, cuando el mundo me demostró que todavía hay esperanza. La niña habló y desde luego no era un calco de esa horrible señora.

−Mami, hoy escribí en mi cuaderno que «la hada vendrá a visitarme si…»

Pero no pudo terminar porque la madre saltó como un resorte:

 −No se dice «la hada» sino «el hada», una figura retórica en lingüística nos señala cómo debemos hacerlo bla bla bla.

Tan satisfecha debió quedar de sí misma después de la lección, que se terminó la coca cola de un trago, se levantó y le dijo a la niña que esperase quietecita porque iba a comprar tabaco.

La niña me miró por un segundo, o más bien miró cómo mis manos trabajaban sobre la servilleta. Pero al advertir que yo la miraba apartó la vista de inmediato. Pensé en esperar el regreso de la madre y tacharla de pedante insufrible, pensé también en callarme y punto, pero al final opté por una tercera opción.

Terminé mi figurita, me levanté y me dirigí a la niña. Al llegar le regalé mi unicornio de papiroflexia y le dije:

−Lo importante no es cómo escribas «hada», lo importante es que creas en ellas.

No le dije más, no había más que decir. Pero la madre, que me vio hablar con la niña justo después de sacar el paquete de tabaco de la máquina, pensó que había sido mucho más que suficiente. Fui a pagar a la barra y ella volvió rauda a la mesa. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo y no fue agradable.

Fui magnánimo con la cotorra esa vez, el mundo es un lugar horrendo, que una madre quiera proteger a su polluelo me parece lógico. Iba camino de la puerta cuando la señora se encargó de que oyese cómo le preguntaba a su hija qué le había dicho yo. La niña tampoco bajó el tono y le dijo con voz desagradablemente adulta, que algo muy raro.

Me despedía ya de la esperanza cuando a través del cristal de la puerta vi reflejado cómo la niña se guardaba el unicornio debajo de la mesa, bien lejos de la mirada de la madre. Sonreí, podía envolverme satisfecho de nuevo en mi soledad.

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La Biblia roja

I

−No estamos en las Vegas pero quién lo diría –dijo la excomisaria al entrar al salón de La Cazuela.

−Ya solo falta el inglés, querida –apuntó Lurdes, la dueña del restaurante, mientras daba dos besos a la recién llegada−. Y es raro, John siempre es puntual.

−Vaya aire de profesionales tienen estos dos, mi rubia, va a ser una noche de lo más interesante.

−Y como estás retirada –dijo Bastian, uno de los aludidos, que a pesar de llevar media vida en Mallorca no lograba pulir de su castellano el acento bávaro−, no tenemos que preocuparnos por si la noche es legal o no.

La excomisaria le contestó con una sonrisa, se quitó el abrigo y se recogió su pelo color ceniza en una coleta. Ignoró la calada de humo del cigarro que le echaba el alemán sobre la cara y miró al otro hombre, que apoyado sobre la mesa no dejaba de observarla.

−No nos conocemos… en persona. Me llamo Alba y supongo que tú eres Esteban, el andaluz, el ahijado de Lurdes, el que ha cobrado la herencia millonaria del padre que te abandonó cuando eras un mocoso y quiso tu perdón antes de morirse. ¿Le has tenido que cambiar muchos pañales a ese cabrón en sus últimos años de vida?

−¿La partida ya comenzó? –Preguntó Esteban a Alba.

−En el póker nunca se deja de jugar, con o sin cartas, lo sabes, ¿no?

−Alguna cosa sé, excomisaria, como que ese ex te llegó después de un control de alcoholemia donde terminaste mordiendo a un guardia civil que no se creyó que fueras en perfecto estado. El asunto te costó el puesto y te agrió la lengua, ¿o esa dulzura ya la tenías de antes?

−¡Gut, gut, gut! –Bastian acompañó sus repeticiones con tres palmadas− No sé el dinero pero los ojos os los vais a sacar bien pronto.

−De eso nada, querido –terció Lurdes−, mi chico y mi chica favorita se van a caer bien, cuestión de tiempo, ¿verdad que sí?

La pregunta quedó sin respuesta porque se oyeron varios golpes en la verja de la entrada del restaurante. Lurdes la había bajado tras la llegada de cada jugador. La dueña de La Cazuela fue a ver y regresó con John.

II

 Faltaban unos minutos para la medianoche de un miércoles de finales de enero. En la calle no quedaba nadie. Mallorca a esas horas y en esas fechas más que una isla parece un desierto. Lurdes pidió a los cuatro jugadores que preparasen su dinero para cambiarlo por las fichas y guardarlo en la caja fuerte del fondo de la sala, detrás de un cuadro de bodegón que descolgó.

John fue el primero en mostrar su fajo de billetes. Se movía de un lado a otro con nerviosismo. Consultaba su móvil y soltaba en un español confuso, cargado de expresiones en inglés, constantes quejas sobre la incompetencia de su director general, al que según decía iba a despedir por la mala gestión que había hecho de los hoteles que John poseía en las islas. Los demás le ignoraban. Entregó la cantidad convenida.

Bastian abrió el maletín negro que había traído. Dentro se encontraba el dinero que dio a Lurdes después de contarlo en voz alta. Mientras los billetes cambiaban de mano el alemán dijo que esa noche se jugaba sus tres inmobiliarias, pero que el riesgo merecía la pena porque estaba harto de alimentar vacas flacas. Añadió que en caso de tener que sacrificarlas se las apañaría para no sufrir las consecuencias. Todos parecieron entenderle.

Alba sacó de su bolso un sobre cerrado que entregó a Lurdes. En el reverso del mismo estaba escrita la cantidad que habían pactado. La excomisaria guardó silencio a pesar de las caras de asombro de los tres hombres. Lurdes dijo que se fiaba, que no lo iba a contar, ella sería la crupier y quien decidía al respecto. Tampoco nadie preguntó cómo era posible que la excomisaria hubiese reunido esa cantidad teniendo en cuenta sus últimos años de bancarrota.

Por último Esteban abrió la maleta de mano con la que había llegado directo del aeropuerto Son Sant Joan y extrajo una Biblia, grande, verde, con una concha de vieira estampada en la portada donde podía leerse Biblia del Peregrino. Ante las miradas del resto esbozó una sonrisa y abrió el libro sagrado que resultó ser una caja donde había varios sobres. Cogió uno y quedaron otros cuatro. Abrió el sobre que había sacado y contó el dinero. Mientras lo hacía el resto se preguntaba cuánto podía haber quedado en la caja. Todos concluyeron por su cuenta que sin ninguna duda más de lo que habían reunido en común para la partida.

Los jugadores se sentaron tras cumplir el trámite económico. Lurdes colgó el cuadro que tapaba la caja fuerte. La mesa de póker se encontraba en mitad del salón. Medía tres metros y medio de largo por dos de ancho. Estaba ovalada en los extremos y tenía un pequeño hueco en uno de sus centros para que la crupier pudiese manejarse cómoda. El tapete era azul, las cartas quedaban extendidas en media luna, boca arriba. Las fichas tenían valores que iban de cinco como mínimo a quinientos como máximo.

Esteban quedó en el extremo derecho de la mesa y Alba en el izquierdo, mientras que de frente a Lurdes se situaron John y Bastian. La dueña de La Cazuela miró su reloj, luego con solemnidad a los reunidos, dijo que eran las doce de la noche y que la partida podía dar comienzo. Recogió la baraja extendida con la soltura de quien sabe lo que hace y explicó a los participantes que seguirían las reglas del póker Texas Hold´en. No había comenzado a repartir las primeras dos cartas tapadas cuando escucharon un ruido. Alguien golpeaba la verja de la calle.

−¿Echaste el candado? –Preguntó inquieto Bastian.

−Claro, me ayudó John –el aludido confirmó con la cabeza las palabras de Lurdes.

De nuevo volvieron a golpear la verja. Los cinco no dejaban de mirarse sin saber bien qué hacer. Por fin Alba puso la pregunta sobre la mesa.

−¿Nos quedamos como pasmarotes hasta que se cansen o vamos a ver quién es?

Escucharon una voz de mujer que parecía muy joven.

−¡Hola! ¿Hay alguien? ¡Veo una luz encendida!

−¡Fuck! –Exclamó John −No apagaste las luces de la barra cuando vinimos al salón.

−Es verdad, querido, lo siento mucho.

−Bueno –intervino Esteban− no hay que pedir perdón por algo así, vamos o qué, parece una adolescente en apuros.

−Las adolescentes son las más peligrosas de todas –dijo Bastian; nadie le rió el comentario, se encendió otro cigarro.

−¡Por favor! ¡Hemos tenido un accidente de moto, mi amiga sangra mucho! –La voz les llegó desesperada, casi en llanto.

Alba se levantó decidida.

−La llave del candado Lurdes, voy a abrir, ¿quién me acompaña?

Alba no preguntaba y su amiga cumplió la orden. Bastian se levantó para seguirla, Esteban, tras mirar su Biblia por unos segundos, también les acompañó.

Lurdes y John se quedaron clavados en sus sillas. Se miraron nerviosos mientras los demás salían del salón. Sentados en torno a la mesa de póker escucharon cómo se apagaban los pasos de sus compañeros como si de latidos se tratasen, cómo chirriaba la verja al subir, cómo Esteban gritaba «¡Entrad rápido, entrad, hay que llamar a una ambulancia!», y cómo la verja volvía a bajarse.

De inmediato llegó un golpe seco y luego otro y al menos un grito de dolor. Y órdenes provenientes de unas voces muy agudas y pisadas en el suelo cada vez más cercanas que resucitaban el corazón apagado. Y cuando quisieron reaccionar y se levantaron vieron a Bastian precipitarse de un empujón hacia ellos. Detrás marchaba una chica adolescente, morena, de apenas un metro sesenta que llevaba en una mano un casco de moto manchado de sangre y en la otra una bolsa de viaje negra. El alemán miró hacia el inglés de una manera extraña mientras se tapaba con su mano derecha la mejilla izquierda, que había sido golpeada por el casco.

El siguiente que entró por la puerta fue Esteban, tenía un labio partido y el miedo en la cara. Miró a Lurdes y esta no supo qué hacer. De inmediato entraron juntas Alba y otra chica, adolescente también, pelirroja, mucho más alta que su compinche morena del casco. Clavaba en las costillas de la excomisaria una pistola.

III

Durante los primeros segundos los posos del desconcierto se fueron sedimentando en la sala. Las miradas excitadas de las adolescentes no rompieron el silencio hasta que la pelirroja ordenó a Alba:

−Siéntate vieja. Y los demás. Sentaros todos, vais a estar más guapos.

Su tono era suave, incluso relajado. No empuñaba el arma como una amenaza. Ninguno de los hombres le hizo caso.

−¡Cora ha dicho que os sentéis! ¿Estáis sordos o qué?

La chica morena golpeó con el casco sobre la mesa; hizo saltar las fichas y desparramó la baraja de cartas. Ahora sí obedecieron la orden. Los cinco quedaron sentados como iba a corresponderles durante la partida. Salvo Bastian y Alba, el resto decidió agachar la cabeza para no provocar a esas chicas, al menos una de ellas se mostraba muy irascible y peligrosa. Esteban puso sus manos sobre la Biblia.

−Bien, así mejor –la pelirroja seguía sin elevar el tono−. Queremos el dinero, todo vuestro dinero y en cuanto sea nuestro nos iremos sin haceros daño.

La chica miraba especialmente a los hombres, ellas parecían más dispuestas a colaborar.

−Y bien, ¿dónde lo tenéis?

Bastian dejó de mirar a las dos adolescentes, frunció el ceño, puso sus ojos en John y sacó su cartera. El inglés, sin tener claro el sentido de la mirada del alemán hizo lo mismo que este y colocó su billetera encima de la mesa. En apenas unos segundos el resto les imitó sin necesidad de decir nada.

La morena echó todas las carteras en la bolsa de viaje. Ni siquiera las abrió para comprobar cuánto dinero tenían.

−Muy bien, y ahora el turno del dinero de las fichas, ¿dónde está? –La pelirroja preguntó con calma.

−Pero, pero –Bastian improvisó su mejor cara de inocencia− ¿qué dinero? No apostamos cantidades grandes. Nosotros solo…

−¡Mira, gordo alemán de los cojones –la chica morena no tenía tanta paciencia como su amiga−, no nos tomes por idiotas, si vuelves a jugar a eso te reviento la cara!

Bastian se puso rojo de ira pero no hizo ni dijo nada más. John, nervioso, se cargó de valor.

−Pero es verdad lo que dice, no tenemos…

Cora hizo un gesto y la chica morena golpeó con el casco y con violencia la cabeza del alemán. Algo crujió en Bastia. Su cara apuntaba a que tenía más odio que dolor. Cuando retiró sus dedos de la zona del impacto comprobó que estaba sangrando.

−Está bien, está bien –Alba intervino ante lo que parecía que iba a ser una nueva orden de la pelirroja. −En la pared, detrás de ese horrible cuadro. Lurdes, dale la llave de la caja fuerte, estas señoritas hace mucho tiempo que no juegan con barbies, y quieren ejercer aquí el rol dominante.

Lurdes hizo caso. Las manos le temblaban. Las de Esteban seguían aferradas a la Biblia, algunas gotas de sangre de su labio roto cayeron sobre la tapa. John se mostró todavía más inquieto. Bastian no conseguía contener su brecha, parecía indiferente al dolor de la herida y mientras la chica morena vaciaba la caja fuerte el alemán preguntó a John con malicia.

−¿Así que tus hoteles van mal?

−¿What? –Contestó John sorprendido y tras unos segundos que le sirvieron para comprender la insinuación –¡Motherfucker, no van peor que tus negocios! ¿De qué me acusas?

−Estás muy nervioso toda la noche –Bastian mostró agresividad en su mirada.

−Quietecitos y calladitos –dijo Cora, su tono seguía suave pero recordó al mover su brazo que tenía una pistola.

No le hicieron caso y Bastian se levantó amenazante hacia John.

−¿Por qué has buscado unas putas crías? ¡Seguro que la pistola es falsa!

John también se levantó. Estaba a dos metros de Cora. Les ordenó que se sentaran. Ya no había sosiego en su voz. La chica morena miraba la escena sin saber qué hacer, el casco no parecía suficiente. La pelirroja les llamó hijos de puta, entonces John se dio la vuelta y se enfrentó a ella. Lurdes y Esteban no se atrevían a mover un músculo. Alba era la única que parecía guardar un poco de calma.

−¡Jodida bitch! –Gritó John y dio un paso hacia ella.

Cora apuntó y apretó el gatillo. La pistola tuvo un retroceso que la chica supo controlar. La bala acertó en el pecho del inglés. John puso cara de asombro. Sus manos, instintivas, fueron al encuentro de su herida. Llegó a darse la vuelta y cayó sobre la mesa de póker. Con sus últimas fuerzas subió las piernas también. Intentó tomar varias fichas en sus manos pero se le escurrieron. Sus movimientos carecían de sentido alguno. Para entonces Lurdes ya gritaba. Bastian estaba paralizado. Alba y Esteban se habían levantado y apartado de la mesa. John tenía su cabeza al lado de la Biblia, parecía negarse a morir y realizaba movimientos espasmódicos. Cora se le acercó, le encañonó en la cabeza y volvió a disparar. La sangre salpicó la cara de la muchacha. La Biblia también se cubrió del rojo viscoso que momentos antes daba la vida al inglés.

IV

El cadáver de John tendido boca abajo sobre la mesa de póker, con un agujero en la cabeza ladeada y con los ojos todavía abiertos, era la prueba palpable de que  las adolescentes iban en serio y, de que el inglés no tenía nada que ver con ellas.

Mientras la dueña del restaurante no dejaba de chillar, Bastian se vino abajo como un enclenque castillo de arena barrido por una gran ola. La culpa le inunó por dentro, la culpa le hizo temblar, la culpa le dejó sin fuerzas para replicar lo más mínimo.

−¡Bien, sentaros y tranquilicémonos todos! –Ordenó la voz de Cora, que para tener diecisiete años, un cadáver a su espalda y el rostro manchado de sangre, sonaba con tranquilidad.

Cuando Lurdes por fin dejó de gritar, las amenazas y los bofetones de la chica morena no sirvieron, y fue el refugio del abrazo de Esteban lo que consiguió callarla, Alba recogió la intuición errada del alemán: comenzó a atar cabos.

No se contradijo la orden de la pelirroja y todos se sentaron tal y como hubieran disputado su partida de cartas, con la salvedad evidente del inglés. Cora pidió a la morena que le entregase la bolsa con el dinero de la caja fuerte. Mientras echaba cuentas le dijo a su amiga que registrara maletas, maletines, bolsos y bolsillos si era preciso.

Esteban no se atrevió a tocar su Biblia a pesar de que el reguero de sangre sobre el tapete azul, provocado por las heridas de bala de John, comenzó a inundar sus tapas inferiores. Lo que sí hizo Esteban fue agarrar con fuerza la mano de la desconsolada Lurdes. Se prometió que pasara lo que pasase iba a protegerla. Ella había sido para él una segunda madre desde que la conoció, le había dado trabajo en el restaurante cuando más lo necesitaba, estuvo a su lado en los peores momentos y le apoyó cuando él decidió ir a Sevilla a cuidar de su padre enfermo, quien le pedía misericordia después de abandonarle nada más nacer.

Lurdes se mostraba abatida e incapaz de buscar consuelo en los ojos de nadie, y menos aún, en los de Esteban. Ella no había querido ni mucho menos que el atraco derivase en algo de ese estilo. Por eso precisamente había evitado contactar con la mafia rusa o con sicarios colombianos, esas niñas que habían llegado a su casa de manera extraña, como si fuesen una señal del cielo, le habían parecido algo alocadas, pero decididas y llenas de entusiasmo por conseguir un dinero fácil y limpio.

Con su parte del dinero Lurdes podría salvar su restaurante a punto de la quiebra por la crisis, por su mala gestión, porque habían cambiado los gustos de los turistas o por lo que fuese. Esteban, tras morir su padre había cobrado la herencia millonaria y decidido regresar a Mallorca. Él mismo pidió participar en la última timba de póker que se iba a celebrar en La Cazuela, donde desde hacía años y una vez cada seis meses se apostaban cantidades elevadas. Él le dijo que iría con mucho dinero en metálico, que prefería dejarlo en la caja fuerte del restaurante antes que en un banco. En el plan de Lurdes nadie iba a resultar herido y todo parecería un atraco con un golpe de suerte añadido para las insólitas ladronas. Ese era el plan de Lurdes, la realidad tenía los suyos propios.

La chica morena no encontró más dinero después de rebuscar donde podía hacerlo, especialmente en la maleta de mano de Esteban. Cora no necesitó de muchos cálculos. Con tono esta vez de amenaza dijo:

−Bien, os hemos dicho antes que habíamos venido a por todo el dinero.

Esteban abrió desmesuradamente los ojos y dejó escapar la mano blanda de Lurdes. La pelirroja iba a añadir algo cuando le interrumpió el sonido de sirenas de la policía. Una verja a medio abrir, dos disparos en el silencio de la noche, luces… Habían hecho demasiadas cosas mal. Un megáfono atronó desde fuera las palabras típicas para estos casos.

Mientras las adolescentes gritaron a la policía que no les importaba morir, que tenían rehenes, que les volarían la cabeza… decidieron salir, pero no solas.

−¡Tú nos has metido en esto, zorra –la morena parecía a punto de llorar− y tú nos vas a sacar!

Lurdes fue a levantarse de la silla de crupier cuando se le adelantó Esteban.

−Yo iré con vosotras y colaboraré en lo que me digáis… tengo una promesa que cumplir.

Las adolescentes se miraron por un momento, miraron a la dueña del restaurante que lloraba sin atreverse a levantar la cabeza, a la mujer del pelo de plata que se mantenía tranquila, al alemán, que por la mancha de su pantalón se había meado encima y balbuceaba algo ininteligible, al tipo que habían matado, a las fichas de póker desparramadas, e incluso miraron la Biblia manchada de sangre que por alguna razón  estaba sobre la mesa.

−Vale, vamos a salir de aquí contigo –Cora lo dijo sin ninguna fe−. Toma el arma Chiqui, apúntale a la cabeza en todo momento. Yo negociaré.

Cuando las adolescentes y Esteban salieron por la puerta del salón, y mientras se escuchaba cómo la policía negociaba con las atracadoras que estaban en la entrada del restaurante, Alba se acercó a Bastian y le palmeó un hombro. Luego le dedicó una mirada sin reproche a Lurdes. Finalmente se acercó a John y le cerró los ojos.


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Condenado

“Hay otros mundos pero están en este,

hay otras vidas pero están en ti” Paul Eluard

 

−¿Sabes por qué me gustas, poeta?

−La verdad es que no tengo la menor idea.

Era de noche y hacía calor en los primeros días de otoño. Se habían alejado un poco del camino principal para tumbarse sobre la hierba. A pocos metros el río tenía aquietadas sus aguas. La luna llena lucía hermosa.

−Porque eres capaz de recitar palabras que llevan a ideas, porque puedes juntar en la misma frase «polla» e «inmarcesible».

−Gracias –él esbozó una sonrisa− aunque a todas luces exageras.

Ella no le había mirado en ningún momento, él no dejaba de hacerlo, quería registrar cada detalle de su rostro, no le fuese a faltar en breve.

−Crear debe ser bonito –dijo ella después de un silencio cálido.

−Qué va, crear es un asco. Si te conformas con lo que alcanzas estás jodido, si no te conformas, también estás jodido.

Tomó la firme decisión de besarla en cuanto le mirase, de besarla en cuanto ella  quitase los ojos de la noche.

−Suenas triste, poeta, pero dime, ¿acaso no ocurre lo mismo con la vida? Me refiero a lo de estar jodido con cualquier alternativa que tomes.

−Supongo que sí, que estamos condenados y sin juicio previo. Diría más, tampoco tenemos juicio póstumo, así que es fácil perder la cabeza antes, durante o después. Tú estudiaste física, tal vez la física ofrezca alguna respuesta a todo esto.

Ella seguía sin mirarle. Él temió que no ocurriese nunca. Ella dijo:

−Allá donde miremos, estamos mirando al pasado y eso facilita las cosas para perder el juicio.

−No sé si te he entendido –dijo él, temiendo haberlo hecho.

−Es fácil –toda ella parpadeó−. La velocidad de la luz es finita, muy rápida si quieres, pero limitada. Todo lo que vemos viaja sobre esa cuerda de luz, y por tanto todo tarda en llegar un tiempo, por pequeño que sea, por cerca que se esté. Así que todo lo vemos en pasado. Las estrellas, la luna, si te mirara ahora, todo.

Después de ese «todo» su rostro y su cuerpo comenzó a difuminarse. Él encajó las piezas. Ella no había estudiado física, ella había sacado esa teoría de un libro que él había leído. De un libro que él no le había dejado… porque ella no existía salvo en la cabeza de él, por un tiempo, el necesario para escribir esas líneas.

Ella desapareció por completo, él se levantó del césped. Era de noche, sí, pero no había luna llena, hacía frío, agarraría un catarro por tumbarse sobre la humedad. El río olía mal y la contaminación se palpaba sin esfuerzo.

Al menos he conseguido acabar con la sequía creadora, se dijo encogiéndose de hombros. Y de inmediato se preguntó si se conformaría o si arrojaría la historia a la papelera. Otra vez, una más. Lo único que tuvo seguro es que hiciese lo que hiciese, estaría jodido. Sonrió. Aterido de frío se dio una respuesta más amplia: porque ella no me miró, porque yo no pude besarla. Ni siquiera en el pasado.


 

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