Amor de museo

Yo creía estar en mi otoño con apenas veinticuatro años. Ella me dijo que habitaba el invierno pasados los cuarenta. El primer beso nos mostró el camino. El primer polvo nos ungió de santidad. El vicio nos resucitó.

¿Por qué nos besamos? La química de los cuerpos tiene su propia religión. La razón importa bien poco. Ella había ido hasta el museo de cera con su marido impoluto. Yo con un ligue de entretiempo.

Mi ligue y su marido fueron al servicio. La casualidad hace milagros. En la espera nuestras miradas se cruzaron. La mía como si necesitara la extremaunción, la suya como si me rogase el pecado original. Fuimos la bendita manzana prohibida.

Antes de que saliera su marido del baño, ella se retocó el carmín, antes de que saliera mi ligue, yo me había marchado. Nos saltamos toda ética, fuimos incapaces de pensar más allá de la pasión. Hicimos todo mal… salvo intercambiar los teléfonos.

La primavera duró cinco meses. Follamos en tantos museos como nos fue posible. La humedad se instaló en nosotros. En su rostro habitaban todas las flores. En mi éxtasis ella se deleitaba. La vida derrochaba sentido ¿Qué más podía pedir? Tal vez que hubiera durado toda la vida.

Sin embargo, como vino se fue, el deseo es un altar extraño.


Estuve pensando

La escasa conversación muere definitivamente otro día más al llegar la cena. En el salón señorean los ruidos de los cubiertos, primero las cucharas de plata al sumergirse en los platos soperos, luego, los cuchillos de carne al rechinar contra el vidrio de los platos llanos. Las copas de vino rellenándose cada poco se suman al particular coro. Varios gestos de ansiedad antes del postre, seguidos de consultas compulsivas al iPhone de la mujer, coronan la escena hasta que ella no lo soporta más y explota:

‒Esta niña nos tiene en una incertidumbre agotadora, cada día llega más tarde y tú sigues actuando como un pasmarote. ¿A qué esperas para ejercer de padre, a que la secuestren y la violen, acaso no ves cómo está el mundo?

Él se termina su segunda copa de vino y se sirve una tercera.

‒No te preocupes tanto, cielo, Laura sabe lo que hace, es más lista que nosotros dos juntos.

‒En eso llevas razón, pero no se trata de inteligencia, sino de fuerza. No son horas para una chica de su edad, con su aspecto, una vez que cae la noche…

‒Apenas son las diez de la noche, cielo, y la biblioteca cierra a las ocho. Los exámenes que vienen son muy duros y solo quiere despejarse un poco antes de volver a casa.

‒Ya estás justificándola como siempre. ¡Eres imposible!

‒A mí en cambio me parece, cielo, que la imposible eres tú.

Ella se pone colorada, casi violeta, pero decide callarse al escuchar una llave que maniobra en la entrada principal. Para cuando su hija está frente a ellos ha recuperado el control y la compostura. Deja que sea el padre quien hable primero.

‒¿Por qué llegas a esta hora, Laura? Hace un rato que deberías haber vuelto, la cena se te enfrió y nos tenías muy preocupados.

‒Es verdad, papá, tienes toda la razón, pero al cerrar la biblioteca me fui a pensar por ahí.

La madre interviene mientras se lleva su copa de vino a los labios.

‒¿Y se puede saber, querida, qué has estado pensando por ahí?

‒Sí, madre, estuve pensando que deberíais divorciaros.

‒¡Cómo! ‒Exclaman al unísono el padre y la madre.

La madre ha escupido el vino. El padre está con la boca abierta.

‒Veréis, esta situación es insostenible, estoy harta de que finjáis que todo va bien. Sé que lo hacéis por mí y de veras que gracias… pero no puedo seguir viendo cómo cada día os hacéis daño. Tengo claro que el único motivo por el que no os divorciáis soy yo. Pero yo quiero que seáis felices, todavía sois jóvenes y los dos, en fin, llevo mucho tiempo dándole vueltas a esto, y los dos, cómo decirlo y perdonadme por decirlo… tenéis otras vidas. Vuestros teléfonos lo saben y no me lo neguéis, por favor. No os juzgo. No os culpo. Y espero que vosotros, si no lo sabíais el uno del otro, no os lo reprochéis.

Mujer y marido se miran estupefactos, incrédulos. Sin embargo, su hija no ha terminado de hablar.

‒Como ya os he dicho sé que buscáis mi bien y yo busco el vuestro, porque os quiero a los dos. Por eso, lo mejor sería que papá aceptase la oferta en la isla y no dejase pasar esa oportunidad. Yo me quedaría a vivir contigo, madre, para no tener que cambiar de instituto, pero iría a pasar los fines de semana con papá. Creo que la custodia compartida en esas condiciones sería lo más fácil para todos, pero si os parece injusto podemos darle una vuelta. Lo último que quisiera es que os comportarais como dos niños. Os ayudaré en todo lo que necesitéis y creo que ya es hora de que os deje solos. Debéis hablar.

Ellos se quedan asimilando lo que acaban de escuchar. Laura llega a su habitación, saca su móvil y comienza a escribir emocionada un whatshaap a su novio. Le dice que el plan ya está en marcha, que la parte más difícil está hecha, que pronto podrán verse todos los fines de semana. Al otro lado del teléfono su novio virtual le manda una carita sonriente con una mano, mientras con la otra le soba el culo a su novia de carne y hueso. Mientras, en el salón, la madre y el padre barruntan, todavía sin decirse una sola palabra, que su hija lleva toda la razón.


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Solo quiero

Solo quiero escribir y hacerte llorar

pero no de pena,

sino de alegría.

Solo quiero que Dios pida perdón a los hombres

y los hombres a Dios,

aunque no crea ni en Uno ni en los otros.

Solo quiero que la injusticia tiemble de miedo

y que el dolor se acabe,

especialmente tu dolor.

Solo quiero que la política no pudra los corazones

de la gente buena.

Y que sirva a los gobernados, no a quien gobierna.

Solo quiero arder sin consumir la llama

que la música no pare

que la tinta no cese.

Solo quiero que la literatura importe

que cada palabra cuente

que cada letra sane.

Solo quiero escribir un libro maldito

porque los malditos libros

nos hacen más libres.

Y solo quiero que cuando el universo estalle

cada laberinto haya merecido

la pena

y una bella estela de sentido

quede.


 

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Aquí acabo yo

Hoy cumplo cuarenta años y a pesar de todo y de aquello y quizá por eso, sigo anclado en el Metro. En estas últimas cuatro décadas se ha modernizado y ha crecido mucho, pero me conozco cada línea, cada estación, todos los vagones. Al fin y al cabo me sobran paladas enteras de tiempo. Qué desperdicio.

Descanso, cuando se me antoja descansar, en la Estación de Chamberí. O lo intento. Desde que la reabrieran al público como museo hace unos años, comparto espacio con empleados y visitantes. Son una molestia, pero si me lo propongo, sé pasar desapercibido. Soy un muerto educado.

Al principio traté de comunicarme con los vivos, pero no hay manera. Tan solo perciben ruidos extraños, se les eriza la piel, se les hiela la sangre. Más allá de eso, están sordos y solo escuchan lo que quieren escuchar. Así les va.

Durante un tiempo también intenté hablar con los que a veces mueren aquí abajo por un infarto, por un suicidio, por un empujón a destiempo. Sin embargo son unos llorones. Que qué será de ellos, que qué van a hacer ahora sus hijos, sus padres, sus amantes. Qué dramas.

Menos mal que desaparecen pronto. No sé si van al cielo o al infierno, si se reencarnan o si son pasto de la nada. Pero se esfuman, se diluyen, se largan para siempre de mi reino. Mientras, yo sigo aquí.

Hay días que me tengo por un maldito, odio mi particular corona de difunto exclusivo y grito a los pasajeros. Pero ellos, con sus cascos, con sus móviles o con su somnolencia, ni se inmutan. Parecen fantasmas.

Hay días, en cambio, que me tengo por un privilegiado y animo a los pasajeros que siento más tristes a disfrutar de la vida. Trato de consolarles en sus miserias y en sus rutinas. Pero ya lo dije antes, los vivos están sordos.

Y hay días que estoy tan deprimido, que rezo para morirme otra vez.

¿Conocen eso de «Al salir, tengan cuidado de no introducir el pie entre coche y andén»? Pues se dice por mí. En una estación en curva tuve la mala pata de meterla por el agujero, tropecé, me golpeé de mala manera y me morí. Menudo ridículo.

Ese día iba pensando en lo que no debía pensar. Como suele ocurrir, el amor tuvo la culpa. Bueno, algunos no lo llamarían amor, sino sodomía. A Inmaculada le gustaba tanto… y yo quería complacerla en todo. Reconozco que al principio me costó, pero luego le cogí el gustillo. Es lo que más echo de menos de estar vivo. Qué cosas.

Ella me quiso mucho, tanto, que no volvió a sodomizar a ninguno de los hombres con los que se acostaba. Durante años y cada vez que Inma tomaba el metro, me ponía a su lado y trataba de alentarla para que contara sus anhelos a su pareja de turno. Pero ya lo he dicho antes dos veces, los vivos están sordos y no aprenden hasta que se mueren. Si acaso.

Ella me quiso mucho y puedo demostrarlo. Aunque desde hace años ya no usa habitualmente el metro, hasta hoy no se perdió ni una sola de mis cuarenta efemérides. Cada año venía a dejarme un ramo de flores a la estación y al andén donde perdí el pie y la vida. Pero el metro cerrará pronto y no la he visto.

He soportado la incertidumbre de no saber qué hay más allá de este más acá, pero si Inma no aparece, juro a quien sea responsable de esto, que aquí acabo yo. No pienso seguir de brazos cruzados en este limbo. Para siempre es demasiado tiempo… Estar muerto tampoco es fácil.


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Mi hermana y yo, o un talento especial para el fracaso

Necesité menos de treinta minutos para que se desmoronase por completo la opinión que me había formado sobre mi hermana a lo largo de toda una vida. Ella estaba muerta. Yo en su casa. La primera sorpresa llegó con un pósit pegado en el espejo del baño. Con letra curvilínea y en tinta verde había escrito: el fin solo es un principio a lo desconocido.

¿A lo desconocido? Si yo creía tener algo claro de ella, es que habría contestado con seguridad que al final del camino nos espera el cielo o el infierno. Esa tendría que haber sido su respuesta, en oposición a la mía, también rotunda, de que nos espera la más absoluta de las nadas. La apuesta por el rojo o el negro fue uno de los primeros precipicios que nos distanciaron. Llegarían otros, hasta el punto de que mi hermana nunca pisó mi casa, ni yo estuve en la suya hasta después de su entierro, cuando aparecí para hacerme cargo de sus pertenencias después de que yo fuese la mejor opción tras el funeral. En realidad la única.

Me enteré del cáncer en su fase terminal. Me llamó y me dijo: «Me gustaría volver a verte antes de irme». Yo le pregunté como un idiota que dónde tenía que irse. Luego no estuve mucho mejor al querer saber el punto de encuentro. «En la 413 del hospital», me dijo sofocando la risa. Allí apenas hablamos, en cambio lloramos mucho. Supuse que eso también era quererse. La forma de amor que nos quedaba tras una vida de silencios y discrepancias.

Nuestra familia siempre tuvo un talento especial para el fracaso y yo convertí esa veta en mi clave para el éxito. Pronto descubrí que tenía alrededor una mina de oro que, a poco que tallara literariamente, los lectores me comprarían a buen precio. No me equivoqué, pero tampoco tuve mérito, como he dicho mi familia me ofreció material de excelsa calidad. Solo mi hermana, la defensora de la memoria, el bastión de la estirpe, la recta de espíritu, fue un escollo cuando comencé a publicar. Sin embargo no me arredré, sino que la incluí en una semificción que se convirtió en el contrapunto perfecto para encumbrarme.

Si el pósit del baño me llevó a reflexiones inesperadas, los juguetes sexuales de su dormitorio provocaron mi más absoluto desconcierto. Tengo cincuenta y nueve años. Ella contaba sesenta y uno. Sentado en su sofá gris, junto al pene de plástico adosado a un cinturón que encontré en uno de los cajones de su cuarto, me dije que hay pocas cosas más incómodas que la sexualidad de nuestros allegados. Y eso que yo había fundado mi estilo precisamente en esa incomodidad. Así que mi hermana dudaba de dios y por si fuera poco también dudaba de la moral. Me vino la sospecha de que no la conocía siquiera mínimamente y tuve la certeza de que habíamos perdido una gran oportunidad. Desde hacía años estábamos solos. Yo tuve la literatura, pero hacía tiempo que me abandonó. Ella tuvo su fe, pero con el consolador en mi mano cabía pensar en alguna grieta.

La caja de zapatos fue la prueba definitiva. Ella me quería. Ella no me despreciaba como yo había pensado durante más de veinticinco años. Justo desde aquella Navidad en la que nos dijimos todos los puñales posibles, después de que me publicaran La familia perfecta, mi primera novela. El portazo con el que me marché de casa de mi madre, la cual estrenaba viudedad, fue un punto de no retorno. Ahora ya era tarde para volver a llamar a cualquier puerta que se pareciera a un hogar. Y sin embargo.

Recortes de entrevistas, noticias sobre mis premios, informaciones sobre los cursos de escritura creativa que he impartido por medio mundo, fotografías de aquí y de allá. Lo que yo no he coleccionado nunca sobre mí, mi hermana sí lo hizo. Con fidelidad, hay reseñas desde mis inicios; con tesón, nunca fui un escritor de bestsellers y reunir la cantidad de información que contenía la caja no pudo resultarle fácil. Con cariño, hay líneas subrayadas, nunca tachadas; comentarios a los márgenes donde recuerda anécdotas que me pudieron llevar a los lugares que comento; incluso pequeños dibujos donde reinan los colores claros, donde no se transmite agresividad sino ternura. ¿Cuánto de injusto he sido con ella? ¿Cuánto me equivoqué?

El consolador estaba a un lado del sofá, la caja de zapatos al otro y yo en medio. Por si fuera poco el misterio se había encarnado en cada rincón de la casa. Caí en la cuenta, su ordenador personal estaba a tres metros de mí y podía contener a mi nueva hermana. Incluso tal vez a mi nuevo yo. Tras cinco años de silencio quise romper a escribir de nuevo. Sonreí, ella tenía razón, el final es un principio a lo desconocido.


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Amor se escribe con sangre

Me preguntas por qué… Qué manía tenéis todos con querer saber. Pero te contaré mi historia, después de todo en el patio no hay nada mejor que hacer.

En un crimen, la casualidad suele ser más del cincuenta por ciento. Era de madrugada, había bebido, regresaba a casa. Pensaba en quien no debía y ni siquiera la luna llena conseguía aliviarme de la alta suciedad que sentía. No había nadie en la calle. Nadie, hasta que se cruzaron conmigo.

Iban en una bicicleta de montaña, eran adolescentes, intuí que idiotas. Yo estaba en mitad del carril rojo, pero no me moví a pesar de que venían de frente. Romeo manejaba el manillar con dificultad, porque Julieta pesaba lo suyo y estaba sentada a horcajadas sobre el cuadro de la bici. Me esquivaron haciendo una ese y con sonrisa de tortolitos. Yo no era nada para ellos y continué mi camino hasta que un momento después escuché un «¡Cuidado!», un «¡Frena!» y un golpe. Me di la vuelta. Se habían estampado contra una farola. Me quedé mirándoles.

El golpe no valió gran cosa. No iban rápido. Fue de costado. Ni siquiera me dio para unas risas. Pero Julieta no se levantó del suelo de buen humor e insultó a su Romeo. Incluso le soltó un par de manotazos. Él pedía perdón y buscaba excusas, que si la mierda de la bicicleta, que si el equilibrio, que si el tipo con el que se habían cruzado. Fue entonces cuando ella me vio parado a escasos metros contemplando su escena. Cuando me señaló. Cuando me incluyó en sus insultos. Cuando calentó a Romeo. Cuando vinieron hacia mí.

Allí estábamos los tres, cara a cara. Yo ya era algo para ellos. Julieta demostró ser menos idiota que Romeo. «Vámonos», dijo. «Déjalo, da igual, este hombre no tiene culpa de nada». Casi suplicó una retirada. Pero Romeo me exigió que pidiera perdón, que dejase de mirarles, que hablara de una maldita vez.

Casi nunca se sabe interpretar el silencio. Romeo interpretó el mío como cobardía. Se envalentonó. Me empujó dos veces. Julieta trató de calmarlo en vano. Él se empeñó en que yo hablara y al final lo hice. «Que el amor te haga más libre, no más esclavo», eso le dije. Pero a Romeo no le pareció una respuesta oportuna. «¿Qué coño significa eso?», me preguntó nervioso. Me llamó gilipollas, creo recordar que también cara culo, terminó diciéndome puto loco.

Julieta comenzó a llorar. Yo hice cuentas, Romeo me había empujado, me había insultado, al final me había dicho la verdad. Aun así lo hubiera tolerado, pero quiso más y me soltó que yo era un don nadie. Eso me recordó a quien no debía. Romeo me dio la espalda, había terminado conmigo. Yo empecé con él. Saqué la navaja y se la clavé en el cuello. Julieta gritó como una histérica y tuve que hacer algo al respecto. Ya lo fui todo para ellos.


 

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Cuentos para no dormir

No estaba loco, solo quería lo imposible, desaparecer sin hacer daño. Se llamaba Juan, ya no tenía apellido, logró olvidarlo, o eso me dijo. Antes había intentado la concordia y la armonía de todos. Quiso cumplir con su familia, con la sociedad, con su empresa, con su país, con la moralidad, con la Historia, consigo mismo. Tanto peso le hizo reventar. Un día le encontraron en la Biblioteca de su ciudad de provincias, se había tirado encima centenares de libros, estaba casi enterrado en ellos, pero pretendiese lo que pretendiese, no parece que lo consiguiera. Poco más tarde su mujer le sacó de la bañera, la había llenado de gasolina e intentaba que una de las muchas cerillas que había gastado por fin prendiera. Fracasó, nadie se explicó el motivo. Tuvo una tercera tentativa en la fábrica para la que trabajaba, pasó su turno de noche dentro de un arcón congelador. Ocho horas junto a pechugas pollos, junto a piernas de cordero, junto a filetes de ternera. Sin embargo, Juan salió fresco a la mañana siguiente. Le echó su mujer de casa, le echó su empresa del trabajo, le preguntaron los psicólogos por qué había hecho lo que había hecho y no supo qué decir. Le preguntaron si volvería a la carga y tampoco tuvo nada que decir. Al final, un psiquiatra le preguntó si al menos se había vuelto claustrofóbico tras pasar una noche en un congelador. Juan, para su propia sorpresa, le contestó que no había nada más claustrofóbico que vivir sin mentiras, que los cuentos para no dormir eran la realidad que no soportábamos, que por eso inventábamos ficciones para consolarnos, que la verdad es terrible, pero que él iba a abrazarla. También le dijo que no se preocupara, que no volvería a intentar quitarse de en medio con métodos, me dijo que le dijo, rudimentarios, porque había visto llorar a su madre, a su exmujer, a sus hijos, y no permitiría que nadie más derramara lágrimas por su causa. No estoy loco, me decía insistentemente ya aquí recluido, solo quiero alcanzar mi paz. La persiguió con audacia, con valentía, con graves consecuencias para su salud, con dinero, con violencia. Probó la meditación, el prozac, la heroína, prácticas sexuales de lo más extrañas. Todo en esta habitación, en mi hotel. Cuando le quedaba poco dinero dejó de comer, cuestión de prioridades, me dijo. Cuando ya no le quedaba nada, en lugar de echarle le propuse que me contara su historia a cambio de quedarse. Aceptó y así sé lo que sé. Hace unas horas estábamos ahí sentados, en su cama, sí, desnudos, así vivía desde hace meses entre estas cuatro paredes, y yo debía desnudarme si quería entrar. Sin embargo nunca intentó nada impúdico, que conste. El caso es que al poco de sentarme a su lado me dijo que sería su último día, que no sabía cómo ni por qué, pero que se sentía feliz, pleno, que se iría libre, que reventarían todos sus muros, que las paredes del cuarto se abrirían por fin, que se llenaría de calma. Entonces empezó a llorar, al principio era poco más que un quejido, luego llegaron las lágrimas, pronto fueron una cascada y hay poca metáfora en lo que digo. La escena resultaba patética, pero su llanto iba a más y a más. Yo no sabía qué hacer, no me podía mover, estaba hipnotizada. Así llegamos al momento en el que literalmente comenzó a deshacerse en lágrimas, se le desprendió la piel, la carne, los huesos, como si se estuviese bañando en ácido. Pero yo no podía gritar porque Juan sonreía, no había dolor en su cuerpo. Al final no quedó de él más que un charco de agua. Le juro, agente, que no fue hasta más tarde cuando el charco se tiñó de rojo y decidí llamarles. Antes era azul, el azul más puro e inocente que quepa imaginar, ¿me cree, de verdad que me cree? Tiene que creerme, hágalo por Juan, aunque él no cumpliera con su propósito, aunque no lograra lo imposible.


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Callar a pleno pulmón

“Vivir, no importa cómo, pero vivir.” Raskólnikov

 

            En año el 2065 la ONU declaró finalmente el Paraíso sobre la Tierra. Dios estaba definitivamente muerto, no le necesitábamos. Fue el año que se alcanzó el acuerdo satisfactorio para todas las partes entre Palestina e Israel. Así acabó el último gran conflicto. Para entonces el terrorismo se había esfumado del mapa. También los problemas raciales. El hambre estaba erradicada. La población mundial decrecía a un ritmo óptimo. Habíamos encontrado vida unicelular en otros planetas. La primera ciudad en Marte y las colonias en la Luna funcionaban correctamente. No había enfermedad incurable. El Ártico, los bosques, las especies animales, no tenían motivos de preocupación. Incluso se rozaba la respuesta definitiva a la pregunta de qué hay al otro lado. Sencillamente Homo sapiens era una etiqueta que empezaba a quedarse pequeña. Entonces apareció el problema de mi padre.

            El viejo acaba de cumplir 87 años y debió morirse hace 720 días. Estamos en el 2068 y su vida amenaza con romper todas las reglas, con fracturar el equilibrio. Por si fuera poco sonríe y se siente orgulloso, como si luchara contra una distopía de tres al cuarto, como si no hubiésemos hecho realidad el sueño de que otro mundo mejor sí era posible, como si no pusiera en riesgo todo por lo que él habría muerto feliz hace apenas unos años. Es un converso, lo sabe, lo disfruta, me lleva al límite. Hace una hora, en la última visita que le haré, tras el regalo que le he concedido, me ha dicho:

            Ya sabemos que el alma no pesa 21 gramos, ya sabemos cuántos latidos alberga cada corazón, ya se dice lo que se tiene que decir, se piensa como se tiene que pensar, se vive como se tiene que vivir y por supuesto se muere como toca morirse. Pero mi cuerpo se ha revelado contra todo eso, harto de callar a pleno pulmón, solo quiere morir en su mundo, no en este.

            La disfunción técnica de mi padre, o el milagro, así lo llaman algunos recalcitrantes, es fácil de contar, pero de momento imposible de explicar para la ciencia. El viejo debería estar muerto, porque su corazón ha sobrepasado el número de latidos con el que su cadena genética le programó. Y lo mismo ocurre con el resto de sus órganos vitales, todos sobreviven por encima de sus posibilidades. Las pruebas realizadas descartan que  haya manipulado su cuerpo. Sabemos también que no es una falta de cálculo, sabemos que no es un error de la teoría. Una teoría que ha predicho correctamente el 100% de los casos restantes. Mi padre sencillamente es una anomalía. Una anomalía que da miedo. El cielo es demasiado frágil.

            Cuando el año pasado mi padre cumplió 86 años hice lo que tenía que hacer y denuncié su caso. El Comité de Expertos que se formó de inmediato tomó el asunto con la gravedad y la celeridad necesarias. La primera opción, unánimemente aceptada, fue matarle y erradicar cualquier contaminación. Sin embargo ya no existe el asesinato. La segunda opción barajada, fue inducirle al suicidio, pero nos topamos con otra barrera lógica: ya nadie se suicida. Por si fuera poco, mi padre celebra la vida más allá de lo razonable, y visto lo visto, más allá de lo posible.

            Finalmente decidimos recluirle en una celda aséptica, sin libros y sin la posibilidad de que escribiera. La intención era matar su espíritu y rendir así su cuerpo. Pero su corazón ha resistido. Hoy se despidió de mí diciéndome que lo sentía por todos nosotros y por el mundo feliz que él ponía en riesgo, pero que su imaginación estaba muy viva. Luego me miró con cariño, quizá con aire de triunfo, o tal vez fuese de pena, cuando accedí a entregarle su novela favorita, la que nos había rogado desde su primer día de reclusión. Cuando cerraron su celda me pidió paciencia y añadió: lo siento, un ser humano todavía es capaz de hacer cualquier cosa, incluso lo que no debe.

            Estuve a punto de confesar que no podía estar más de acuerdo, de decirle que no tocase las hojas del libro, que estaban envenenadas. Pero no lo hice. A estas horas la anomalía debería estar resuelta y el mundo a salvo. ¿O no?


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La casa de las ventanas de papel (O la muerte del héroe)

Dios, qué maravilla, llueve y hace frío en pleno julio. Mientras bajo de un autobús azul y a la espera de uno verde, frivolizo con la idea de que el cambio climático no va a estar tan mal después de todo.

Espero cerca de la marquesina de la parada del Hospital 12 de Octubre, abro mi paraguas morado para combatir la lluvia y, el Orlando, de Virginia Woolf, para combatirme a mí. Mientras leemos escapamos de nosotros mismos, reflexiono, para refutarme al momento siguiente al pensar en la tarde de trabajo que tengo por delante.

Vuelvo a centrarme en la lectura y sentencio que Orlando es maravilloso. Al margen de su calidad literaria, pienso en las fluctuaciones que llevan al lector de un mar a otro a través del Orlando hombre y de la Orlando mujer, y cómo Virginia construye y lega a la posteridad un alegato feminista, mejor dicho, humanista.

Me pregunto entonces si yo estoy en disposición de legar algo de interés, y sonrío por respuesta. Suficiente tengo con sacar adelante las peleas que tengo encima. Por ejemplo, no tengo nada que encaje bajo el título La casa de las ventanas de papel, el relato que debo presentar en unas semanas para el blog literario de Krakens. Por ejemplo, no tengo nada que encaje con la religión, el tema que debo tratar para Habitación 13, el club de escritura del que formo parte. Por ejemplo, no tengo editorial para mi novela… ¡Pero mierda! ¡Me cago en…!

Levanto la cabeza a destiempo y veo cómo se larga el autobús al que debía haber subido. Blasfemo una, dos, tres veces más. Me calmo un poco y se me ocurre pensar que ya tengo tema: la blasfemia. Descuido el ángulo del paraguas y Orlando acaba con las páginas 140 y 141 empapadas y desteñidas. Entonces se me ocurre pensarlo y es entonces cuando ocurre: Dios se ha tenido que quedar a gusto, el muy cabrón. El rayo me impacta de lleno.

Caigo al suelo entre convulsiones. Todos los pelos se me han erizado, no es un mito. El paraguas se hace trizas y está a tomar por culo, o eso supongo con la agonía encima. El libro no, el libro está a mi lado, cayó con la contracubierta hacia arriba, desde allí Virginia Woolf me mira con pena ¿Qué más le puedo pedir a esta aventura? ¿Sobrevivir? No; ¿Que remita un poco este dolor? Tal vez; ¿Que la gente de alrededor no grite? Eso estaría muy bien.

Los párpados me pesan como nunca, estoy al lado del hospital, pero no tiene pinta de que nadie vaya a salvarme. Ni siquiera escucho sirenas. Pienso en eso de que en el arte hay sentido, pero en la vida no. Pienso en que dejo demasiadas historias sin escribir, y que así es difícil la posteridad, y que hasta muriéndome me justifico. Pienso que tendría que haber borrado el historial de Google. Pienso en los gracias y en los te quiero que dejé sin pronunciar a las puertas de los labios. Pienso en que me jode morirme pensando en esa cursilería.

Desde el suelo y a pesar de la lluvia que me recorre la cara, y de la gente que se arremolina en torno a mí, distingo en la marquesina a una niña abrazada a su madre. Entonces se me ocurre pensar que mi cuerpo ha absorbido toda la energía, toda la descarga del rayo, y que de esa manera he evitado que alcanzara a la pequeña. Decido pensar que la he salvado y si eso no es encontrar un sentido que baje Dios y me lo discuta. Pero mejor, ya voy yo a discutirlo con Él, o con Ella, o con Ello, o con Nada, donde haga falta. Tenemos muchas cuentas pendientes y no tengo otra cosa mejor que hacer, yo ya estoy muerto.


 

 

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Liberté, egalité, fraternité, o traición

Eran las tres de la mañana y las noticias de las bombas de unos y otros, de los camiones sangrientos, de tanto bufón en los tronos, me revolvían las tripas y no me dejaban dormir. El insomnio me trajo una idea y decidí hacerla realidad: hablaría con los leones. No se me ocurrió nada mejor, tampoco nada peor, es lo que tiene querer ser un personaje literario, se debe intentar romper límites asumiendo el riesgo de hacer el payaso.

En el autobús íbamos el conductor, un travesti y yo. Dábamos para un chiste, pero no lo encontré, supongo que por estar en modo indignado en lugar de sarcástico. Al bajar en Sol tuve la ocurrencia de pensar que la justicia es una leyenda urbana. No recuerdo si fue antes o después de guiñar el ojo al travesti y que este me ignorara por completo.

Sol era un desierto, le eché la culpa a la madrugada y al martes. Desarrollé mi plan caminando por las calles vacías: hablaría con ellos y les pediría explicaciones de la mierda de mundo que tenemos. ¿Dónde queda el futuro que nos prometieron en ese pasado que nos hemos inventado? Sé que no me iban contestar y que ellos no tenían la culpa, mi imaginación no llega a tanto.

Primero divisé el Palacio, de inmediato a la Policía Nacional, que a pesar de las horas lo custodiaba, finalmente a los dos leones. Ya se sabe que toda historia que se precie comienza con un, y sí… Ya conocemos también esa frase tan española de, a que no hay huevos. Total, que me acerqué al policía más cercano, ametralladora en ristre (él, no yo), y muy serio le pregunté si vigilaban siempre el Congreso, si no lo dejaban libre por un ratito. Su cara fue un poema, yo había arriesgado la mía. Me miró de arriba abajo y me soltó rotundo, por qué lo preguntas.

No hubo más huevos y casi relajo el esfínter. Balbuceé que simple curiosidad y pregunté si podía hacerme un selfie con los gatitos, que no era de Madrid, que me hacía ilusión, que sería rápido. Se tomó su tiempo, creo que «gatitos» le desconcertó. Debió pensar que yo era idiota y desde luego no le faltaba razón. Finalmente dijo sí tras asegurarse con la mirada que no llevaba mochila ni nada sospechoso dentro de la camiseta o el pantalón.

Subí las escaleras. Los dos leones miraban hacia afuera, hacia el otro lado, como si no quisieran saber nada de lo que ocurría dentro del templo de la Democracia… Contuve la risa, decidí que no iba a decir una sola palabra en alto para no salir de allí en una ambulancia psiquiátrica, y supe que el encuentro iba a ser descafeinado. Yo, Romero, que digo estar siempre dispuesto a convertirme en novela, o al menos en relato digno, una vez más no iba a pasar de anécdota. Elegí al león de mi izquierda. Me puse a su altura. Me sentí plenamente ridículo, mi hábitat de costumbre.

Allí estábamos mi idea insomne y yo, sobre las cuatro de la mañana, mirando fijamente a uno de los leones del Congreso que me ignoraba por completo. Entonces le solté en un murmullo; mi única arma es un bolígrafo, o un teclado como mucho, ¿alguna idea de cómo hacer frente a tanto bastardo? El león siguió como si nada, pero yo continué.

Liberté, egalité, fraternité… o traición. Y seguí.

Cuando fuimos libres elegimos ser esclavos. No nos hemos movido un dedo de la servidumbre voluntaria de la que somos conscientes hace siglos. Hemos sabido derrocar a tiranos, pero no a la tiranía. Y seguí.

Somos iguales… en el desprecio a nuestras diferencias. Los sans cullotes tenían que haber triunfado, si todos no podemos ser ricos, seamos todos pobres y a tomar por culo. Al fin y al cabo, ya está globalizada la miseria moral. Y seguí.

¿Fraternidad? Los mal nacidos están en todos los bandos, ¿por qué esa sensación constante de que nos obligan a elegir? Yo no quiero a ningún hijo de puta por muy nuestro que sea, y estoy dispuesto a abrazarme con quien…

Tú, cortó entonces el policía la línea argumental de exabruptos musitados que no provocaron en el león el más mínimo gesto, ¿no ibas a hacerte una foto? Sal ya de ahí, me ordenó.

Y obedecí. Ni siquiera me despedí del león.

Comencé a bajar las escaleras humillado y pensando que en el mejor de los casos no era más que un triste dispensador de frases, que ni siquiera las sentía, que nunca sería literatura ni revolución, que no hay peor traición que la que uno se hace a sí mismo.

Al llegar abajo levanté la cabeza. El policía me observaba a menos de un metro de distancia. Le sostuve la mirada. Buenas noches, dije. Buenas noches, dijo. Y eso fue todo.

Romero, 9


Resultado de imagen de los leones del congreso


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas