Liberté, egalité, fraternité, o traición

Eran las tres de la mañana y las noticias de las bombas de unos y otros, de los camiones sangrientos, de tanto bufón en los tronos, me revolvían las tripas y no me dejaban dormir. El insomnio me trajo una idea y decidí hacerla realidad: hablaría con los leones. No se me ocurrió nada mejor, tampoco nada peor, es lo que tiene querer ser un personaje literario, se debe intentar romper límites asumiendo el riesgo de hacer el payaso.

En el autobús íbamos el conductor, un travesti y yo. Dábamos para un chiste, pero no lo encontré, supongo que por estar en modo indignado en lugar de sarcástico. Al bajar en Sol tuve la ocurrencia de pensar que la justicia es una leyenda urbana. No recuerdo si fue antes o después de guiñar el ojo al travesti y que este me ignorara por completo.

Sol era un desierto, le eché la culpa a la madrugada y al martes. Desarrollé mi plan caminando por las calles vacías: hablaría con ellos y les pediría explicaciones de la mierda de mundo que tenemos. ¿Dónde queda el futuro que nos prometieron en ese pasado que nos hemos inventado? Sé que no me iban contestar y que ellos no tenían la culpa, mi imaginación no llega a tanto.

Primero divisé el Palacio, de inmediato a la Policía Nacional, que a pesar de las horas lo custodiaba, finalmente a los dos leones. Ya se sabe que toda historia que se precie comienza con un, y sí… Ya conocemos también esa frase tan española de, a que no hay huevos. Total, que me acerqué al policía más cercano, ametralladora en ristre (él, no yo), y muy serio le pregunté si vigilaban siempre el Congreso, si no lo dejaban libre por un ratito. Su cara fue un poema, yo había arriesgado la mía. Me miró de arriba abajo y me soltó rotundo, por qué lo preguntas.

No hubo más huevos y casi relajo el esfínter. Balbuceé que simple curiosidad y pregunté si podía hacerme un selfie con los gatitos, que no era de Madrid, que me hacía ilusión, que sería rápido. Se tomó su tiempo, creo que «gatitos» le desconcertó. Debió pensar que yo era idiota y desde luego no le faltaba razón. Finalmente dijo sí tras asegurarse con la mirada que no llevaba mochila ni nada sospechoso dentro de la camiseta o el pantalón.

Subí las escaleras. Los dos leones miraban hacia afuera, hacia el otro lado, como si no quisieran saber nada de lo que ocurría dentro del templo de la Democracia… Contuve la risa, decidí que no iba a decir una sola palabra en alto para no salir de allí en una ambulancia psiquiátrica, y supe que el encuentro iba a ser descafeinado. Yo, Romero, que digo estar siempre dispuesto a convertirme en novela, o al menos en relato digno, una vez más no iba a pasar de anécdota. Elegí al león de mi izquierda. Me puse a su altura. Me sentí plenamente ridículo, mi hábitat de costumbre.

Allí estábamos mi idea insomne y yo, sobre las cuatro de la mañana, mirando fijamente a uno de los leones del Congreso que me ignoraba por completo. Entonces le solté en un murmullo; mi única arma es un bolígrafo, o un teclado como mucho, ¿alguna idea de cómo hacer frente a tanto bastardo? El león siguió como si nada, pero yo continué.

Liberté, egalité, fraternité… o traición. Y seguí.

Cuando fuimos libres elegimos ser esclavos. No nos hemos movido un dedo de la servidumbre voluntaria de la que somos conscientes hace siglos. Hemos sabido derrocar a tiranos, pero no a la tiranía. Y seguí.

Somos iguales… en el desprecio a nuestras diferencias. Los sans cullotes tenían que haber triunfado, si todos no podemos ser ricos, seamos todos pobres y a tomar por culo. Al fin y al cabo, ya está globalizada la miseria moral. Y seguí.

¿Fraternidad? Los mal nacidos están en todos los bandos, ¿por qué esa sensación constante de que nos obligan a elegir? Yo no quiero a ningún hijo de puta por muy nuestro que sea, y estoy dispuesto a abrazarme con quien…

Tú, cortó entonces el policía la línea argumental de exabruptos musitados que no provocaron en el león el más mínimo gesto, ¿no ibas a hacerte una foto? Sal ya de ahí, me ordenó.

Y obedecí. Ni siquiera me despedí del león.

Comencé a bajar las escaleras humillado y pensando que en el mejor de los casos no era más que un triste dispensador de frases, que ni siquiera las sentía, que nunca sería literatura ni revolución, que no hay peor traición que la que uno se hace a sí mismo.

Al llegar abajo levanté la cabeza. El policía me observaba a menos de un metro de distancia. Le sostuve la mirada. Buenas noches, dije. Buenas noches, dijo. Y eso fue todo.

Romero, 9


Resultado de imagen de los leones del congreso


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

Culpable

I

Finales de la segunda década del siglo XXI

Difícilmente se podía negar la pasión. La cama chirriaba desde hacía rato con cada embestida de él sobre ella. Los dos sudaban, los dos jadeaban, y sin embargo, algo no encajaba del todo.

Había cierta contradicción entre la luz encendida de la habitación, y que los dos estuvieran con los ojos cerrados, entre el supuesto placer de ambos, y sus caras; de sufrimiento en él, de cálculo en ella. Eso sin mencionar el asunto del cuchillo debajo del colchón.

Ella abrió los ojos y al leer el rostro de dolor que tenía frente a sí, supo que había llegado el momento. Entonces y a punto del orgasmo mutuo, susurró un nombre, susurró otro nombre, susurró el otro nombre. A él se le escapó el llanto que había contenido desde hacía mucho, y lo acompañó de un grito penoso y ridículo mientras su miembro se le contraía bajo el mazazo recibido. No lo soportó más y estiró el brazo hasta el cuchillo, lo alcanzó sin dificultad, y lo elevó de inmediato.

El miedo de ella resultaba extraño, parecía querer aparentar horror, pero un rictus malicioso de su expresión impedía su éxito. Él permaneció con el cuchillo en alto durante unos segundos, ella esperaba. Finalmente Lucrecio, desesperado y desbordada la rabia contenida desde hacía ocho meses, descargó el brazo y clavó el cuchillo hasta la empuñadura. Lo hizo sobre el colchón, no sobre Carmen.

 

II

Catorce meses más tarde

El portavoz del jurado popular fue llamado por el juez para leer la sentencia. Era un hombre robusto, de mediana edad y pelo cano, que se mostró decidido en sus gestos y no falto de pose, consciente como no podía ser de otra manera, de su momento de gloria en aquel juicio para unos histórico, para otros absurdo, y para todos rocambolesco.

−El jurado declara por unanimidad al acusado Lucrecio Cerca, culpable del cargo que se le imputa…

Mientras se leía la sentencia del jurado, la cara del juez perdió por un momento la absoluta seriedad petrificada que había mostrado durante todo el proceso, y dejó paso contra su voluntad, a una expresión donde cabía apreciar hartazgo e incomprensión.

El acusado por su parte, transmitía una extraña serenidad a pesar de la sentencia, y a pesar de los cientos de flases disparados contra él, que inmortalizaban cada segundo de los últimos coletazos del juicio «más banal pero necesario», como lo describía uno de los renombrados periodistas que informaba del proceso, «desde el inicio de esta década, y tal vez del siglo». Qué era lo que realmente cruzaba por la cabeza de Lucrecio en aquellos momentos, es algo sobre lo que se volverá al final de esta historia.

En cuanto a Carmen Luz, ya víctima oficial para la justicia, se encontraba en una de las últimas bancadas, también bajo los flases de los periodistas, y mostraba un gesto de satisfacción que, sin embargo, no anulaba su miraba de odio reconcentrado hacia el acusado y culpable. «Sigo viva y separada de Lucas Morrison, y ambas cosas son por culpa de Lucrecio Cerca. El daño que me ha hecho ese hombre es irreparable, y no hay  condena que me alivie». Estas fueron las únicas declaraciones que durante el juicio había realizado Carmen.

 

III

Veinte meses antes del incidente del cuchillo

Lucrecio estaba sentado un atardecer de primavera en uno de los bancos del Parque Olimpo. La cabeza entre sus manos denotaba un estado de ánimo pésimo, que confirmaban sus pensamientos, resumidos en la idea que apuntaban periódicos, revistas, y programas de televisión especializados o no, según los cuales el éxito más rotundo le había devastado. Por una vez, estaba de acuerdo con ellos.

Al sentir un lengüetazo en la rodilla alzó la cabeza con sobresalto. Acto seguido llegó el reproche de una dueña a su perro, un labrador color canela que miraba a Lucrecio con la lengua ladeada y satisfecho de sí mismo. La dueña hizo una disculpa muy sentida. Él tardó en reaccionar, primero por estar absorto en su mundo derruido, segundo por la sorpresa, y finalmente, porque desde hacía mucho tiempo no le dedicaban una sonrisa tan limpia.

Cuando al fin reaccionó, pidió a la mujer que fuera indulgente con aquel bonito y simpático labrador. La dueña, unos diez años más joven que Lucrecio, no tuvo ningún problema en perdonar a su perro y relajó la correa para que el animal pudiera recibir sin agobios las caricias que Lucrecio le prodigaba. Este por su parte, y a pesar de las innumerables entrevistas, reportajes y ferias de libros de los últimos años, se mostraba intimidado ante la candidez que desprendía la mujer. Ella se terminó por sentar en el banco totalmente relajada, y sin dejar de mirarle, le dijo que parecía estar triste, casi abatido.

«¿Tú crees?» Fue la respuesta en forma de pregunta que se le ocurrió a Lucrecio, a quien se le hizo a la vez patente, lo insulso que sonaba por un lado, y por otro, que de haber dado una respuesta Lucas Morrison, esa bonita mujer ya estaría rendida a sus encantos.

Sin embargo quien había contestado de un modo irremediable era él, y a pesar de su torpeza, ella le seguía sonriendo con candor. Lucrecio, en un juego de silencios alargados que a él le incomodaban pero que a ella parecían divertir, pensó que en ese rostro afable no había un ápice de reconocimiento hacia su persona, y nada le pudo parecer más salvífico.

 

IV

Cuatro años y medio antes del encuentro en el parque

            El joven escritor Lucrecio Cerca rebosaba ideas camino de la editorial. Se encontraba inspirado y tenía verdaderas ganas de reunirse con su editor para comunicarle que estaba en plena ebullición creativa y, que paladeaba de nuevo los orígenes de una novela tan rompedora y original como las otras dos publicadas anteriormente. Hasta tenía el nombre de su protagonista principal, una de las cosas que más esfuerzo le habían costado siempre.

Llegaba tarde porque se había tenido que parar a escribir en su libreta, las ideas, esbozos de personajes, y los requiebros de la trama, que llamaban a las puertas de su imaginación. Y eso sin mencionar su natural despiste por el que se confundió de tren.

El editor le recibió en su despacho, correcto como siempre pero sin el ánimo de otras veces. Además, le recibió con una mueca de seriedad que Lucrecio podría haber notado sin esfuerzo, si hubiera permanecido mínimamente atento, cosa que no hizo.

−Tenemos que hablar –dijo el editor.

−Por supuesto –contestó entusiasmado Lucrecio sin advertir el tono−. Creo que en un año o en un año y medio podré presentar un manuscrito excelente, revolucionario, cargado de…

−Lo que tendrás que hacer en seis meses, Lucrecio Cerca –le interrumpió el editor−, es presentar algo verdaderamente distinto a lo que has escrito hasta ahora.

El rostro de Lucrecio mudó de inmediato y se le borró de golpe la felicidad. Por fin pareció atisbar de qué iba aquella reunión concertada fuera de agenda.

−Amigo –continuó el editor con Lucrecio ya centrado−, tienes un talento prodigioso, una imaginación desbordante, y una prosa que ya quisieran para sí la mayoría de los escritores de hoy, pero has publicado tres novelas con nosotros, y eres nuestro autor menos vendido.

«He apostado por ti durante estos casi cinco años. Y lo he hecho porque creo en lo que haces… y porque tenía un prestigio que ya no me sirve de mucho. La editorial ha sido tajante conmigo, o consigo que presentes una obra comercial en poco tiempo, o me tengo que desprender de ti, para que no se desprendan también de mí».

Lucrecio trató de reponerse del golpe.

−¿Me estás pidiendo acaso un best seller o algo parecido? ¿Estás de broma? Sabes que estoy en las antípodas de manufacturar –dijo esta última palabra no sin desprecio− algo así, sabes que…

−Basta Lucrecio, ha llegado la hora de demostrarte a ti mismo si tu talento es tan grande como tú y como yo pensamos. Hacer dinero no es una tragedia. Usa tu don para crear un producto comercial, y cuando te llenes los bolsillos, podrás volver al camino que tú elijas.

«Amigo, la editorial lo tiene claro, no quiere kafkas ni van goghs, no quiere mártires del arte, quiere ingresos… y quién se lo va a reprochar hoy día.

 

V

Unos cinco años antes de esa reunión

El móvil comenzó a sonar en mitad de la entrevista de trabajo. Lucrecio se sonrojó y se disculpó nervioso mientras sacaba el teléfono del bolsillo para apagarlo. Sin embargo, antes de hacerlo miró por un instante la pantalla, vio que se trataba de un número desconocido, y contra toda lógica y educación, dijo al entrevistador que no estaba interesado en el puesto.

Lucrecio salió del despacho de recursos humanos de modo atropellado, consiguió atender la llamada en el quinto tono. Esta vez sí, su corazonada había resultado cierta.

Unos cuantos meses atrás el joven Lucrecio no podía disimular su entusiasmo, acababa de terminar de escribir su primera novela. Pensaba que el manuscrito era realmente bueno, pero no se engañaba y sabía que lo difícil consistía en hacérselo pensar también de ese modo a las editoriales. No se le pasaba por la cabeza apostar por alguna de las nuevas formas de edición ya bien asentadas, y por si fuera poco, no se conformaría con cualquier editorial, sino que solo enviaría su obra a unas pocas, aquellas con las que había crecido y donde se encontraban los escritores más grandes de siempre.

Tres días más tarde de la llamada que le había sacado de la entrevista de trabajo que narramos, Lucrecio se reunió por primera vez con quien sería su único editor. Este sobrepasaba los cincuenta años, desprendía confianza en su forma de hablar, y pensaba que aquel joven podía tener un futuro brillante. Lucrecio no conseguía disimular sus nervios.

El joven escritor hablaba atropellado y sin demasiado sentido. Justificaba su nombre por la pasión de su madre hacia el Rerum Natura del poeta romano Lucrecio, y lo mezclaba con los cronotopos que usaba en Tierra de todos, que así se llamaba su novela. Pasaba de Tolstoi a Sade sin respirar para hablar acto seguido de los alienantes trabajos que había desempeñado hasta la fecha. O alababa a la editorial por atreverse a publicarle cuando en su catálogo no había un solo autor sin prestigio, mientras pasaba a criticar de inmediato a este y a aquel escritor por repetirse, por faltar a su propia honestidad con autocensuras, y por someterse a lo comercial.

El editor le escuchaba. Le dejaba hablar lo máximo posible. Le gustaban esas muestras de inocencia. Y con respecto a otros discursos similares de otros escritores jóvenes, pensaba que al menos esta vez, quien lo hacía tenía verdadero talento.

          

 

VI

Tierra de todos fue un rotundo fracaso comercial. En cuanto a la crítica especializada, la mayoría la calificó de pretenciosa y de galimatías, aunque unos pocos la elevaron a la categoría de clásico moderno, sin dejar de reconocer, que su ostracismo estaba garantizado tanto por su temática como por el tratamiento que se hacía de ella.

Luego llegaron otras dos novelas que siguieron derroteros similares de venta y análisis. Ininteligibles para casi todos, y abrumadoras y luminosas para un puñado de entusiastas si sumamos a lectores y críticos.

La editorial se cansó de las ventas o más bien de la falta de estas. Dio un toque de atención a su editor estrella, quien se había estrellado en los últimos años por apuestas arriesgadas al estilo de Lucrecio, y así es como se llegó a la entrevista esbozada en el Capítulo IV, donde se le exigió al escritor no tan joven ya, que cambiara el signo de su éxito, o le dirían adiós.

Y vaya si logró cambiar su signo.

De todas las ideas y apuntes que Lucrecio Cerca había recogido en su libreta, de camino a esa reunión fuera de agenda con su editor, solo conservó dos palabras: Lucas Morrison.

Después de un mes mortificado por la decisión a tomar, de si acometía la propuesta de su editorial y renunciaba a sus principios, o de si los mantenía y comenzaba un camino de plena incertidumbre fuera del único apoyo que había encontrado durante años, se decantó finalmente por la primera opción.

Al mes llamó a su editor y le pidió consejo. Juntos comenzaron a trabajar en un proyecto de novela donde tal vez faltaba la fe, pero donde sobraba talento y buen hacer.

Durante las primeras entrevistas que Lucrecio concedió tras su éxito arrollador con, Lucas Morrison, agente inverso, lo dejó claro y lo decía sin pudor.

−He cocinado el libro siguiendo la receta conocida; un cuarto de aventura y acción, otro de intriga, la pasión necesaria entre los personajes, una pizca de oscuridad, los giros argumentales precisos…

El gasto enorme que la editorial realizó en márquetin y publicidad cuando tuvo la certeza de que tenían un best seller entre sus manos, cargado además de talento porque eso no se lo iban a negar, fue un punto que Lucrecio omitía en esas mismas entrevistas. Pero, ¿era justo acaso reprochárselo? Hubo quien sí lo hizo. Y es que aquellos pocos que le habían leído y alabado en el pasado, no entendieron su evolución calificándola en todos los niveles salvo en el comercial, de traición.

En los años siguientes −junto al dinero, los premios, los reportajes, las adulaciones, y los problemas personales más o menos públicos del escritor ya consagrado, que convirtió a Lucas Morrison en saga, en franquicia, en tendencia sociológica, y hasta en mito para muchos−, Lucrecio Cerca dejó hueco para esas aisladas críticas de sus viejos lectores, y estas añadieron un punto de profunda amargura en el crisol de sus triunfos. Tal vez eso ayude a explicar, él mismo nunca lo tuvo claro del todo, que siempre se negara a cruzar obstinadamente la “última frontera”, como él mismo describía en su círculo más íntimo la negativa de que Lucas Morrison saltara a la pantalla.

En esos años había puesto su talento al servicio del bien común, es decir, de su bolsillo y del bolsillo de su editorial. Pero por motivos incluso confusos para él mismo como queda dicho, y pese a que el bolsillo se le hubiera roto del peso si hubiera dicho “sí”, se negó siempre a aceptar que su personaje diera el salto fuera de sus páginas.

Nadie lo entendía, ni los encargados de hacerle llegar las suculentas ofertas, ni sus millones de fans, ni siquiera sus pocos detractores. Tampoco su viejo editor, quien le llegó a decir: «Ya estoy mayor para orgullos sin sentido… y no solo me refiero al tuyo; di que sí a una de las ofertas que nos hacen, y permíteme un retiro cinco estrellas. Aprendamos a lidiar con el cargo de conciencia». Pero en esta ocasión su editor no logró convencer a un Lucrecio cada vez más taciturno.

Su negativa sin embargo terminó por dar igual en términos de resultado, ya que pocos meses más tarde del último intento de su editor por convencerle, la editorial llevó a juicio el caso, y lo ganó tras basarse en argumentos como que el interés general quedaba por encima de la propiedad intelectual. Y así es como Lucas Morrison cruzó la “última frontera”, y llegó al cine, y a los videojuegos, a varias series de televisión, y a todos los que se le habían resistido porque leerle era una barrera que acababa de saltar por el aire.

 

VII

Ya se ha dicho, Lucrecio Cerca estaba cada vez más taciturno a pesar de haberse consagrado. Y la mala jugada que le hizo la editorial terminó por convertirse en la puntilla definitiva. Dejaron de divertirle las fiestas fueran del cariz que fueran; dejaron de interesarle los halagos y los premios; dejó de ser feliz cuando leía, lo que le dolió sobremanera; y ya no se sentía realizado al escribir, lo que le hundió del todo. Finalmente se sintió esclavo, primero del dinero, y después de su propio personaje.

Lucas Morrison ocupaba enormes carteles en las grandes y pequeñas ciudades de todo occidente y de buena parte de oriente. La imagen de Lucas forraba carpetas y cuadernos, y ocupaba los fondos de pantalla de ordenadores, móviles y tablets de millones de adolescentes, mujeres y hombres. Lucas se había convertido en un fenómeno de moda y de masas que parecía haber llegado para quedarse. Y es que Lucas Morrison en definitiva, se convirtió en el personaje de ficción más real que cupiese imaginar, sentir, y hasta tocar.

Lucrecio Cerca lo tuvo claro una madrugada lluviosa y solitaria que paseaba por el parque Olimpo, tiempo antes del atardecer primaveral con el que habríamos el Capítulo III. Al llegarle el fogonazo de la inspiración, cambió de inmediato su estado de ánimo, y pasó de lo depresivo a lo eufórico. Tardó apenas tres meses en escribir su cuarta y última novela de Lucas Morrison, donde este moriría con saña, a mitad de la obra, y sin heroicidad alguna.

La editorial puso el grito en el cielo cuando se enteró de la noticia. Su editor, que no terminaba de entender el fin perseguido aunque creía intuirlo, le citó en su despacho nada más terminar el manuscrito.

−No se te puede acusar de que a la novela le falte coherencia interna, garra narrativa e ingenio –comenzó a decir el editor a Lucrecio mirándole con más curiosidad que decepción o reproche−. El problema es, y lo sabes, que la obra va contra la lógica. Contra la lógica del mundo que decidimos abrazar en su momento. Y amigo, hay que ser consecuentes con las decisiones que adoptamos. En el libro vienes a retractarte de ese paso y se lo haces pagar a tu criatura, sin traicionar la verosimilitud gracias a tu talento. Lo que haces –terminó de decirle mirándole con fijeza−, para mí tiene sentido, pero no lo comparto. Y para el resto, no hay sentido que valga… y te van a destrozar.

Puesto que a la editorial no le interesaba destrozar a Lucrecio Cerca, porque si lo hacía con seguridad él destrozaría a Lucas Morrison, trataron de convencerle para que no siguiera adelante con su idea. Lo intentó quien quiso ser su nuevo editor después de que el editor estrella de la editorial, decidiera prejubilarse por no verse implicado en lo que se avecinaba, y lo intentaron los directivos con una increíble subida del porcentaje de ventas. Pero cuando ambas vías fracasaron, le prohibieron la publicación de la novela. O más bien lo intentaron.

Lucrecio no se dejó intimidar. Se despidió de su editorial, rechazó las ofertas de otras que vislumbraron el gran negocio a pesar de la muerte del héroe, y se autopublicó el libro.

La calle lloró y rugió con la noticia. Hubo actos de vandalismo contra muchas librerías que lucían en sus vitrinas la obra, amenazas de muerte contra un desbordado Lucrecio que tuvo que cambiar de domicilio, funerales multitudinarios por Lucas Morrison, y hasta se contabilizaron una docena de suicidios directamente relacionados con la novela. La muerte de los fans rubricó lo que resultaba evidente, que se habían traspasado los límites de la cordura, y borrado la línea entre ficción y realidad.

El libro por su parte no dejó de ser un total éxito de ventas, produciéndose un fenómeno típico con obras de otras épocas como El Quijote o La Biblia, pero novedoso con los best seller actuales. Esto es, se compraba pero en buena medida no se leía. El motivo no era la incapacidad de los lectores o que la obra resultase aburrida, sino que el morbo era derrotado, y se sustituyó por la siguiente idea viral: si no se llegaba hasta la página de la muerte de Lucas Morrison, este no moría realmente.

A Lucrecio lo que le tocó en poco tiempo fue envejecer a grandes pasos. Engordó más de diez kilos, se le arrugó la cara, y le crecieron unas enormes bolsas bajo los ojos. Cada vez que se miraba al espejo, se horrorizaba del cambio y se preguntaba cuáles de sus muchos problemas eran los causantes más directos de aquella transformación.

No sin cierta sorna contra sí mismo, concluyó que en el segundo puesto de su declive, se encontraban los sesudos análisis que siempre le crucificaban, mientras que en el primero, se hallaba el hecho de tener que cargar con el peso de la conciencia de las decisiones de otras personas, que por cientos se declaraban deprimidos por su culpa, y que en los casos más extremos, hasta se quitaron la vida como ya se dijo.

Por si fuera poco tuvo que ver cómo los tribunales se cebaban por segunda vez con él. La que había sido su editorial le denunció por  incumplimiento de contrato entre otros motivos, y Lucrecio Cerca perdió de nuevo. Con la sentencia tuvo que decir adiós a los millonarios ingresos de su última novela, confiscados por haber sido publicada fuera del marco legal al que se había comprometido, y perdió todos los derechos de autor de la saga de Lucas Morrison, por un retorcimiento jurídico que solo unos pocos llegaron a entender.

 

VIII

Toca regresar a ese momento en el que Lucrecio se encuentra en un atardecer primaveral, en uno de los bancos del Parque Olimpo, sorprendido de tener frente a sí la cara sonriente y llena de inocencia de una mujer que, parece guardar la promesa de un renacer justo cuando él más lo necesita, pues no se hundía en el pozo más negro y profundo, sino que estaba a punto de conformarse con permanecer en él.

El alegre perro labrador color canela les mira alternativamente y para Lucrecio, es la confirmación de los buenos augurios.

Pronto los tres se van a vivir juntos, y el escritor no tarda en recuperar la vitalidad que creía perdida para siempre. Carmen y el perro logran el milagro sin demasiado esfuerzo. El labrador se encariña del escritor desde el principio. La mujer, en los meses venideros, confirma su dulzura, su bondad, y hasta su atractiva inocencia en hechos como que asegura desconocer casi todo del personaje de Lucas Morrison, pues aunque como no podía ser de otra manera ha escuchado casi todo sobre él, nunca siguió sus historias al percibir, que tras su encanto había un prepotente insufrible, donde el resto del mundo veía a un prepotente, sí, pero al más sufrible y deleitable de cuantos habían existido.

Es más, Lucrecio lleno de vergüenza, incluso se atreve movido por la confianza que le otorga la relación, a enseñar a Carmen Luz las novelas de su primera época, y para deleite suyo, ella le dice tras leerlas ávida, que son maravillosas, dando muestras con sus juicios, de que entiende casi todo lo que él pretendía decir en su día.

Así es como Lucrecio Cerca recuperó la confianza en sí mismo y decidió volver a retomar la escritura, tras haber recorrido un camino tortuoso: el de la nada más absoluta después de haber saboreado las mieles de la gloria.

 

IX

El lector ya sabe desde el principio que esta bonita relación entre Carmen y Lucrecio acaba decididamente mal, pero, ¿cómo se llegó al punto de los dos primeros capítulos?

Con el suceder de los meses el mundo parecía olvidarse poco a poco de Lucrecio y su crimen. Mientras, la pareja discurría en una relación dichosa y placentera. Sin embargo, al cumplirse un año del feliz encuentro, todo comenzó a cambiar y los cimientos de la pasión, la confianza y el respeto, empezaron a resquebrajarse.

Y lo hicieron de un modo extraño, alejados de la ruta habitual, pues en todo ese proceso hubo algo perverso: el cálculo.

La pareja llevaba un año de su particular cuento de hadas cuando un encuentro en apariencia casual, pero como se desveló más tarde, programado hasta el mínimo detalle, comenzó a agusanar la manzana del paraíso.

Ocurrió que al atardecer de un sábado otoñal de paseo con el perro, se toparon de frente con una antigua conocida de Carmen, y ante la visible incomodidad de esta, iniciaron una conversación.

Apenas si entre las mujeres hubo un intercambio que fuera más allá de lugares comunes, y Lucrecio tuvo la agradabilísima impresión de que no fue reconocido, por más que de vez en cuando aún fuera recordado en los medios como el causante de tanta infelicidad, o que unos pocos días atrás, se hubiera celebrado otro multitudinario funeral en recuerdo de Lucas Morrison. Sin embargo, cuando el encuentro cargado de banalidades llegó a su fin, la conocida lanzó un comentario que llamó la atención de Lucrecio, al apuntar esta que no entendía cómo era posible que ellos tuvieran un perro, cuando Carmen siempre los había odiado. La respuesta de esta fue seca y la despedida abrupta.

Tras el encuentro, a Lucrecio le pudo la curiosidad y entre carantoñas al labrador, preguntó a Carmen cómo se había producido esa transformación en ella, por la que el odio hacia los perros, se había convertido a todas luces en pasión. La respuesta esta vez fue larga y sonó natural, aunque a él algo no le terminó de convencer, si bien no indagó más sobre el asunto.

A partir de ese momento comenzaron a aparecer cada vez más, grietas en la candidez de Carmen. Casi siempre en forma de respuestas hoscas y fuera de tono, que Lucrecio no comprendía, pero que perdonaba y olvidaba aunque cada vez con mayor esfuerzo.

Luego, a los dos meses de la conversación sobre los perros, llegó una llamada que Lucrecio no debería haber escuchado, pero que lo hizo tras una puerta. Carmen, quien nunca le había presentado a su familia y de quienes apenas hablaba, conversó con un hermano en un tono de enfado y dureza contrario a todas luces a la personalidad que él conocía de ella. Por supuesto, no hablaron sobre el asunto a pesar de que Carmen estuvo a punto de descubrirle tras la puerta. O eso pensó ingenuamente Lucrecio.

La primera puñalada grave que sufrió el escritor llegó un mes más tarde, cuando perdía poco a poco la inspiración recuperada así como sus disciplinas de trabajo. Una vez más el suceso fue como por casualidad, pero sin faltar a su cita periódica de la extrañeza. Sucedió que Lucrecio se encontró en el ordenador de Carmen la página de un blog que ella no había cerrado al irse a trabajar, y que resultaba ser una crítica de las primeras novelas de él. Era una de las pocas buenas críticas que se podían encontrar en toda la red, y descorazonadoramente similar a lo que Carmen le dijera en su día sobre sus primeras obras. Para rematar el golpe, el pobre infeliz del blog que parecía extinto desde hacía años, y que había cosechado a la luz del contador unas paupérrimas visitas, tenía un mensaje de una tal C. L., que le llamaba muerto de hambre a él, y a Lucrecio Cerca. Este, no pudo sino curiosear la fecha del mensaje, y correspondía a tres semanas antes de que él hubiera conocido a Carmen.

Lucrecio no tuvo valor para decir nada, pero no supo actuar con naturalidad, y ya no pudo ni perdonar ni olvidar como antes, por lo que cuando Carmen le sorprendía con una de sus acres respuestas, él no se callaba y la pelea resultaba monumental. Sin embargo, a él le costaba romper un presente mediocre cargado de un pasado edénico, y la reconciliación siempre llegaba al final.

A los seis meses y tres días de aquella conversación sobre los perros, y cuando por cierto, el labrador canela ya era asunto completo de Lucrecio y una clara molestia para Carmen, llegó la segunda puñalada, que vino a impactar directa en la línea de flotación de la estabilidad emocional y recuperación de Lucrecio. Este descubrió un diario de Carmen, y tras varios días luchando con su conciencia, finalmente perdió y comenzó a leerlo.

La Carmen Luz del diario confirmó todas las sospechas de Lucrecio, y mucho más. No solo había una personalidad de ella radicalmente distinta a la que él había conocido al principio, y no solo la segunda Carmen resultaba ser la verdadera de acuerdo con el diario, sino que desde el primer momento, Carmen había planeado una urdimbre oscura, a resumir en que primero quiso tener las ruinas de Lucas, y al no conseguirlas, quiso venganza.

Carmen, reflejaba en su diario, había sido una apasionada de Lucas Morrison, y como tantos otros millones de apasionados, se indignó con su final. No obstante y a diferencia de los demás, ella no había querido conformarse con la pataleta, la depresión, o el suicidio, y tramó conocer a Lucrecio. Su razonamiento recogido con letra frenética era el siguiente: si el escritor había sido capaz de crear a un personaje como Lucas, era porque tenía buena parte de los rasgos de esa creación, y si ella no podía tener a la obra creada, se conformaría con tener a su creador.

Hasta ahí llegaba la primera parte del diario. Luego, comenzaba una segunda tal vez menos delirante,  pero más oscura. Consistía en la constatación del error de cálculo de Carmen, por el que se mostraba cada vez más irritada al descubrir que entre criatura y creador no encontraba nada de lo que ella buscaba. Escribía a partir de entonces estar volviéndose loca a causa de su error, y terminaba apuntando en sus últimas entradas, pocos antes del desenlace, que iba a dormir con un cuchillo escondido debajo del colchón, con el fin de acabar cualquier día con Lucrecio, con el fin de acabar cualquier día con el impostor.

El tiempo que sucedió al descubrimiento del diario que no pudo dejar de leer durante los dos meses siguientes, fue un silencioso viaje al infierno para Lucrecio Cerca, que no se atrevió a decirle a Carmen que sabía su verdadera historia, que no tuvo el valor de dejarla, y que no supo huir.

Así es como se llegó a la noche fatal y a la escena del cuchillo y el sexo con la que se inició esta historia, cargados ambos de una morbosidad malsana y un exceso de alcohol por parte de Lucrecio, quien desde hacía tiempo bebía sin control. Él sabía que el cuchillo esperaba paciente desde hacía varias noches, y Carmen, como se desveló en el juicio junto a mucho más, sabía que él lo sabía. Ella decidió entonces que había llegado el momento, y susurró al asesino, el nombre de su víctima: Lucas Morrison.

Sin embargo y como se sabe, Lucrecio Cerca no la mató, sino que clavó el cuchillo sobre el colchón, provocando la ira por fin desatada de una Carmen Luz que propinó a Lucrecio golpes y arañazos, que este contestó con una pasividad insultante.

Al día siguiente se produjo la denuncia de ella, y el caso saltó a todos los medios.

 

 

 

X

El juicio desveló lo que faltaba por desvelar; el intento de venganza radical y extraño de Carmen, y que los tiempos en que vivimos son raros. O tal vez siempre haya ocurrido así, y en ocasiones, la línea entre ficción y realidad se borra mezclándose todo.

Resultó que solo una parte de lo que Carmen Luz escribía en su diario era cierto, pues su pasión por Lucas Morrison iba mucho más allá de lo razonable, y más allá incluso, de su idea de encontrar en Lucrecio (el creador), a Lucas (el ser creado). Así, al juntarse con aquel, no perseguía verdaderamente a este (y como no encontró nada de uno en otro, asesinarle), sino que su última intención era desquiciar a Lucrecio hasta que este la matara, logrando así ser asesinada por la misma mano que Lucas Morrison, lo cual en su trastornada cabeza (lo de trastornada lo corroboraron por unanimidad los informes psiquiátricos durante el juicio), la uniría en algún plano y de un modo eterno, con su anhelado Lucas Morrison.

Ya se sabe que el plan de Carmen fracasó porque el cuchillo no acabó en su pecho. Y ya se sabe que ella entonces denunció a quien no la había matado.

Las denuncias fueron dos, aunque solo prosperó una de ellas. La primera era tan disparatada que ni siquiera en esta década rocambolesca consiguió que se la aceptaran, y se resumía en que Carmen acusaba a Lucrecio por “no asesinato”. La segunda, que sí prosperó y que como también se sabe ganó ella, fue por ser “el causante directo de sus trastornos psíquicos y de conducta”.

Carmen Luz demostró sin lugar a duda sus trastornos. Relató pormenorizadamente cómo había diseñado su plan, que comenzaba con la compra «de un chucho de los más cariñosas que ofrecía el mercado» (así habló del animal que por cierto desapareció misteriosamente después de que ella negara a Lucrecio quedarse con el perro), que seguía por ofrecer un paciente año de paraíso, para luego tener el encuentro con la antigua conocida (en realidad una amiga de Carmen, también sedienta de venganza y de Lucas Morrison) y comenzara a cambiar todo, con la escalada de las malas contestaciones, con la llamada furibunda a su hermano, con la crítica vista en el blog, o finalmente, con la aparición del diario que también estaba manipulado para hacer pensar a Lucrecio lo que ella quería.

Carmen también relató y demostró con numerosos testigos, que hasta la aparición de la saga de  Lucas (de las primeras novelas de Lucrecio dijo que las había intentado leer mucho más tarde, y que le causaron asco), y sobre todo, hasta que el escritor no decidió asesinar a su protagonista, ella había llevado una vida ejemplar. Y a la luz de la sentencia también al jurado le quedó patente que la desaparición de Lucas Morrison la había vuelto loca, y que el máximo responsable, era precisamente Lucrecio Cerca.

Poco más cabe decir de todo este caso, salvo que Lucrecio, avezado en los juegos literarios, ha escuchado la sentencia y su condena con total calma. Por su cabeza, que nuevamente está empezando a salir del pozo donde recayó tras desvelarse la verdadera Carmen, cruzan tres ideas relacionadas. La primera apunta a que se ha convertido en personaje de su primera época: un eterno perdedor. La segunda, que Lucas Morrison ha cobrado definitivamente más realidad que él mismo. Y por último, que esa realidad no solo supera a la ficción, sino que la devora.

A Lucrecio Cerca no le cabe otra posibilidad que esbozar una sonrisa, mientras piensa que ha llegado el momento de volver al camino de la escritura.

Z

“Z” de Costa Gavras, 1969.
“…
−Perdón señor juez…
−¿Qué?
Ha dicho usted asesinato, ¿escribo asesinato?
El juez ha sido valiente…”
Quisiera tener los huevos del juez gafapastas; no me importaría usar de los medios del periodista para sacar a relucir la verdad; no quisiera morir por defender lo que hay que defender… Y me gusta pensar (y creo que pienso bien), que España está lejos de ese momento histórico que refleja esta obra de arte cuya intensidad se gana con el transcurrir de los minutos.
Y cuando uno está feliz y saboreando un poco de justicia… llega el final con el amargo sabor de la verdad del martillo histórico. Qué grande y qué duro, como la vida misma.