Callar a pleno pulmón

“Vivir, no importa cómo, pero vivir.” Raskólnikov

 

            En año el 2065 la ONU declaró finalmente el Paraíso sobre la Tierra. Dios estaba definitivamente muerto, no le necesitábamos. Fue el año que se alcanzó el acuerdo satisfactorio para todas las partes entre Palestina e Israel. Así acabó el último gran conflicto. Para entonces el terrorismo se había esfumado del mapa. También los problemas raciales. El hambre estaba erradicada. La población mundial decrecía a un ritmo óptimo. Habíamos encontrado vida unicelular en otros planetas. La primera ciudad en Marte y las colonias en la Luna funcionaban correctamente. No había enfermedad incurable. El Ártico, los bosques, las especies animales, no tenían motivos de preocupación. Incluso se rozaba la respuesta definitiva a la pregunta de qué hay al otro lado. Sencillamente Homo sapiens era una etiqueta que empezaba a quedarse pequeña. Entonces apareció el problema de mi padre.

            El viejo acaba de cumplir 87 años y debió morirse hace 720 días. Estamos en el 2068 y su vida amenaza con romper todas las reglas, con fracturar el equilibrio. Por si fuera poco sonríe y se siente orgulloso, como si luchara contra una distopía de tres al cuarto, como si no hubiésemos hecho realidad el sueño de que otro mundo mejor sí era posible, como si no pusiera en riesgo todo por lo que él habría muerto feliz hace apenas unos años. Es un converso, lo sabe, lo disfruta, me lleva al límite. Hace una hora, en la última visita que le haré, tras el regalo que le he concedido, me ha dicho:

            Ya sabemos que el alma no pesa 21 gramos, ya sabemos cuántos latidos alberga cada corazón, ya se dice lo que se tiene que decir, se piensa como se tiene que pensar, se vive como se tiene que vivir y por supuesto se muere como toca morirse. Pero mi cuerpo se ha revelado contra todo eso, harto de callar a pleno pulmón, solo quiere morir en su mundo, no en este.

            La disfunción técnica de mi padre, o el milagro, así lo llaman algunos recalcitrantes, es fácil de contar, pero de momento imposible de explicar para la ciencia. El viejo debería estar muerto, porque su corazón ha sobrepasado el número de latidos con el que su cadena genética le programó. Y lo mismo ocurre con el resto de sus órganos vitales, todos sobreviven por encima de sus posibilidades. Las pruebas realizadas descartan que  haya manipulado su cuerpo. Sabemos también que no es una falta de cálculo, sabemos que no es un error de la teoría. Una teoría que ha predicho correctamente el 100% de los casos restantes. Mi padre sencillamente es una anomalía. Una anomalía que da miedo. El cielo es demasiado frágil.

            Cuando el año pasado mi padre cumplió 86 años hice lo que tenía que hacer y denuncié su caso. El Comité de Expertos que se formó de inmediato tomó el asunto con la gravedad y la celeridad necesarias. La primera opción, unánimemente aceptada, fue matarle y erradicar cualquier contaminación. Sin embargo ya no existe el asesinato. La segunda opción barajada, fue inducirle al suicidio, pero nos topamos con otra barrera lógica: ya nadie se suicida. Por si fuera poco, mi padre celebra la vida más allá de lo razonable, y visto lo visto, más allá de lo posible.

            Finalmente decidimos recluirle en una celda aséptica, sin libros y sin la posibilidad de que escribiera. La intención era matar su espíritu y rendir así su cuerpo. Pero su corazón ha resistido. Hoy se despidió de mí diciéndome que lo sentía por todos nosotros y por el mundo feliz que él ponía en riesgo, pero que su imaginación estaba muy viva. Luego me miró con cariño, quizá con aire de triunfo, o tal vez fuese de pena, cuando accedí a entregarle su novela favorita, la que nos había rogado desde su primer día de reclusión. Cuando cerraron su celda me pidió paciencia y añadió: lo siento, un ser humano todavía es capaz de hacer cualquier cosa, incluso lo que no debe.

            Estuve a punto de confesar que no podía estar más de acuerdo, de decirle que no tocase las hojas del libro, que estaban envenenadas. Pero no lo hice. A estas horas la anomalía debería estar resuelta y el mundo a salvo. ¿O no?


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

 

 

Sobre mi escritura y Twitter (fragmento de mi cuarta novela)

Más vale que recoja mis bártulos y me vaya, ahora que puedo hacerlo por mi propio pie y no escoltado por dos simpáticos señores. Iba a escribir, que recoja mis escombros…, pero no he necesitado ponerme intensito. Una vez más me he quitado el veneno con la escritura. He resucitado tantas veces, que ya ni espero al amanecer. Vaya, esta última frase me da para un tuit. Lo cierto es que no puedo quejarme de Twitter, la de mierda interior que he descargado sobre el pajarito azul, y qué bien la filtra sin marcharse. En fin, dormiré en el coche y mañana me presentaré en casa, abrazaré a mis padres y pondré cara de hijo normal. Hasta donde pueda o sepa fingir.


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La casa de las ventanas de papel (O la muerte del héroe)

Dios, qué maravilla, llueve y hace frío en pleno julio. Mientras bajo de un autobús azul y a la espera de uno verde, frivolizo con la idea de que el cambio climático no va a estar tan mal después de todo.

Espero cerca de la marquesina de la parada del Hospital 12 de Octubre, abro mi paraguas morado para combatir la lluvia y, el Orlando, de Virginia Woolf, para combatirme a mí. Mientras leemos escapamos de nosotros mismos, reflexiono, para refutarme al momento siguiente al pensar en la tarde de trabajo que tengo por delante.

Vuelvo a centrarme en la lectura y sentencio que Orlando es maravilloso. Al margen de su calidad literaria, pienso en las fluctuaciones que llevan al lector de un mar a otro a través del Orlando hombre y de la Orlando mujer, y cómo Virginia construye y lega a la posteridad un alegato feminista, mejor dicho, humanista.

Me pregunto entonces si yo estoy en disposición de legar algo de interés, y sonrío por respuesta. Suficiente tengo con sacar adelante las peleas que tengo encima. Por ejemplo, no tengo nada que encaje bajo el título La casa de las ventanas de papel, el relato que debo presentar en unas semanas para el blog literario de Krakens. Por ejemplo, no tengo nada que encaje con la religión, el tema que debo tratar para Habitación 13, el club de escritura del que formo parte. Por ejemplo, no tengo editorial para mi novela… ¡Pero mierda! ¡Me cago en…!

Levanto la cabeza a destiempo y veo cómo se larga el autobús al que debía haber subido. Blasfemo una, dos, tres veces más. Me calmo un poco y se me ocurre pensar que ya tengo tema: la blasfemia. Descuido el ángulo del paraguas y Orlando acaba con las páginas 140 y 141 empapadas y desteñidas. Entonces se me ocurre pensarlo y es entonces cuando ocurre: Dios se ha tenido que quedar a gusto, el muy cabrón. El rayo me impacta de lleno.

Caigo al suelo entre convulsiones. Todos los pelos se me han erizado, no es un mito. El paraguas se hace trizas y está a tomar por culo, o eso supongo con la agonía encima. El libro no, el libro está a mi lado, cayó con la contracubierta hacia arriba, desde allí Virginia Woolf me mira con pena ¿Qué más le puedo pedir a esta aventura? ¿Sobrevivir? No; ¿Que remita un poco este dolor? Tal vez; ¿Que la gente de alrededor no grite? Eso estaría muy bien.

Los párpados me pesan como nunca, estoy al lado del hospital, pero no tiene pinta de que nadie vaya a salvarme. Ni siquiera escucho sirenas. Pienso en eso de que en el arte hay sentido, pero en la vida no. Pienso en que dejo demasiadas historias sin escribir, y que así es difícil la posteridad, y que hasta muriéndome me justifico. Pienso que tendría que haber borrado el historial de Google. Pienso en los gracias y en los te quiero que dejé sin pronunciar a las puertas de los labios. Pienso en que me jode morirme pensando en esa cursilería.

Desde el suelo y a pesar de la lluvia que me recorre la cara, y de la gente que se arremolina en torno a mí, distingo en la marquesina a una niña abrazada a su madre. Entonces se me ocurre pensar que mi cuerpo ha absorbido toda la energía, toda la descarga del rayo, y que de esa manera he evitado que alcanzara a la pequeña. Decido pensar que la he salvado y si eso no es encontrar un sentido que baje Dios y me lo discuta. Pero mejor, ya voy yo a discutirlo con Él, o con Ella, o con Ello, o con Nada, donde haga falta. Tenemos muchas cuentas pendientes y no tengo otra cosa mejor que hacer, yo ya estoy muerto.


 

 

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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

Diccionario jázaro, por Milorad Pavic

En apéndices I:

Y llegué a la conclusión de que las casas son muy parecidas a los libros: tantas alrededor de ti, pero sólo entrarás en algunas y menos aún son las que visitarás o habitarás por un tiempo más largo. En la mayoría de los casos, a ti te ha sido destinada una posada, una fonda, una tienda alquilada por una noche o un sótano. Y raramente, muy raramente, te darás cuenta de que vuelves a entrar, empujado por un temporal, en el mismo edificio habitado tiempo antes y pasas la noche de nuevo allí, recordando dónde habías dormido y cómo todo, aunque siga siendo lo mismo, había sido distinto, y en qué ventana amanecían las primaveras y por qué puerta se salía en otoño…


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A veces cuesta escribir, porque sabes (de manera consciente o inconsciente) que al pasar del esquema previo a las líneas previstas, descubrirás el fraude, descubrirás la diferencia entre el molde y los hechos, comprobarás que nada llega a ser tal y como lo habías ideado. Pues lo mismo ocurre en la vida. La tragedia está servida. Pero escribir a pesar de eso, pero vivir a pesar de todo, es asumir y alcanzar la parte de victoria que nos corresponde.


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Filosofía para resistir, comprender y pelear

En un mundo como el nuestro donde se habita en lo inmediato, en la urgencia y en la necesidad de lo práctico, resulta comprensible que la Filosofía haya sido arrinconada y se le eche paladas de desprecio bajo las acusaciones de ser difícil, aburrida y de estar pasada de moda. Pero que resulte comprensible de acuerdo a los cánones que nos imponen no quiere decir ni mucho menos que sea verdad y, como me gusta nadar a contracorriente, aunque sea solo por molestar, vengo a presentar tres obras muy breves (digamos que la más larga no se llevaría siquiera dos horas de vuestro tiempo) y de lenguaje relativamente sencillo (digamos que solo requerirá prestar una atención debida), pero de una importancia tal, que quien las lee mejora automáticamente su capacidad de resistencia, de comprensión y de pelea. Y si con la que está cayendo no consideran esa mejora como algo urgente y necesario, pues qué quieren que les diga, mejor no sigan leyendo.

 

“El mito de Sísifo” Albert Camus (tiempo estimado: ni 15 minutos).

Camus publicó en 1942 su ensayo “El mito de Sísifo” para exponer su visión del absurdo, que contribuiría y mucho a asentar el existencialismo (junto a las obras de Sartre y de otros pensadores), un planteamiento de la vida más que necesario en plena II Guerra Mundial y durante una posguerra más que Fría, helada. La Historia nos obliga a hacernos determinadas preguntas y en esos años resultaba necesario más que nunca responder a la acuciante, ¿por qué no suicidarse? Sobre ese punto de partida reflexiona Camus.

Sin embargo, ni siquiera vengo a invitarles a leer todo el ensayo, unas 180 páginas, aunque por supuesto sería la decisión acertada, sino a recomendar encarecidamente el último capítulo, que da título al libro, y donde se nos cuenta que Sísifo, condenado eternamente a subir una roca que caerá de nuevo al llegar a la cima, es definitivamente el héroe absurdo.

Lo cierto es que resulta difícil encontrar páginas donde se entrelacen más bellamente la filosofía y la literatura (solo por eso ya deberíamos honrar a Camus), pero es que además expone una serie de argumentos para superar la sensación de futilidad y sinsentido que nos envuelve tanto ayer como hoy. El absurdo existe, sí, y machaca, también, pero es una condición de posibilidad para rebelarnos, para crear, para sonreírle a la vida y decir, a pesar de todo, todo estará bien mientras respiremos.

Dice Camus al comparar a Sísifo, a Edipo, al Kirilov de Dostoyevski, que “la sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno”, que ellos representan la victoria absurda, que sus destinos les pertenecen después de todo, que la roca del condenado es su casa, que hay que imaginarse a Sísifo feliz.

Pues bien, lo que yo me pregunto y lo que a mí me preocupa es que nosotros, ni antiguos ni modernos, no sé si contemporáneos o postmodernos, o qué sé yo, no podamos decir lo mismo, que nuestra roca ni siquiera sea nuestra, que a pesar de todo, tampoco se esté bien, que no podamos imaginarnos felices más allá de la aparente felicidad en la que tratan y tratamos de envolvernos. Y esto último, los más afortunados… Pero sigamos sin caer en el desaliento, que no hemos venido a caer derrotados.

“Sobre verdad y mentira en sentido extramoral” Friedrich Nietzsche (tiempo estimado: 45 minutos, pero mejor si se le dedica 1 hora).

Solo por conseguir que uno de los lectores de este artículo se ponga a buscar en internet este texto nietzscheano de unas 20 páginas, incluso solo por imaginaros leyendo el primer párrafo, a mí me habría merecido la pena cada palabra que aquí escribo y pienso. Señalaba en Camus que es difícil superar su capacidad para aunar filosofía y literatura, pues bien, el genio alemán lo consigue. Compruébenlo, os reto.

En ese primer párrafo Nietzsche pergeña una fábula donde define toda la andadura de la humanidad como “el minuto más altanero y falaz de la Historia Universal”, y con todo lo que sabemos hoy que no se sabía por 1873, fecha de su publicación, solo cabe decir que todavía es más cierto ahora que entonces, porque, ¿qué seremos una vez se haya apagado nuestro Sol? O, ¿qué después de que nos hayamos ido a la mierda tras cargarnos nuestro propio planeta? Apenas un minuto en la historia del universo, y uno no demasiado feliz, por cierto.

Sin embargo, mientras ese minuto transcurre, hay que sobrevivir y vivir si es posible y para ello, nos dice Nietzsche, el ser humano está dotado del intelecto, un mecanismo capaz de construir apariencias de verdades absolutas, que lo que esconde en demasiadas ocasiones es un pseudoconocimiento rastrero y mentiroso.

La crítica radica entonces no en lo que se es, pues no podemos escapar de nuestra finitud, de nuestra fragilidad, de una vida en constante cambio, sino en querer pasar por verdad lo que no es sino arbitrario, relativo a un acuerdo lingüístico, o social, donde han intervenido olvido e intereses a lo largo de los siglos para construir dioses, o paradigmas científicos, que sin embargo no desvelan una X que está más allá de nuestras posibilidades.

Pero veamos cómo lo plantea el propio Nietzsche en uno de sus párrafos: “¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son”.

Las consecuencias de lo que Nietzsche plantea no son nada halagüeñas: vivimos sobre unos cimientos que pretendemos firmes, pero que son arenas movedizas. Es ahora cuando llegará nuestra elección, y donde creo que podemos fracasar o tener éxito en cualquier orilla que elijamos. Quiero decir, podemos abrir los ojos y tratar de bailar en esos temblores, o seguir mintiéndonos hasta que un día despiertas y te derrumbas con todo  el edificio encima. Pero también puede que no sea así, porque estamos hartos de ver a gente que vive toda la vida engañada, y de asistir a desastres donde asumir la fragilidad y donde haber aprendido a danzar, no fue suficiente ni salvó de nada. Así que mi consejo es que si alguien quiere desengañarse, no lo haga mirando el resultado. Y si no, ¿saben cómo acabó Nietzsche?

“Discurso de la servidumbre voluntaria” Étienne de La Boétie (tiempo estimado: dos horas irán mejor que una, o que hora y media).

Hace más de 450 años, en 1548 para ser precisos, un muchacho llamado Étienne de La Boétie escribe este breve ensayo que está hoy considerado como una pieza fundamental del pensamiento (político y social) moderno. Étienne tenía tan solo 18 años cuando la termina (moriría con 33; no se escape que los tres autores que he traído tuvieron vidas breves y su muerte prematura es una tragedia histórica por habérsenos robado quién sabe qué maravillas), y si no hubiese sido por la obstinación de su mejor amigo para que el texto viese la luz, lo más probable es que la obra se hubiese perdido sin remedio. Ese amigo, por cierto, no fue otro que Montesquieu.

Pero más allá de sus avatares de escritura y supervivencia lo que hace grande el “Discurso” es su originalidad y profundidad. Recurriendo a una erudición clásica y bajo un aparente análisis de las formas de gobierno de la antigüedad, se dedica a dar palos a su presente, la Francia de la época, y por extensión, hará un análisis aplicable a toda forma de tiranía basada en el concepto de servidumbre voluntaria. Concepto que expone y desarrolla y que te puede hacer temblar por su (por desgracia) terrible actualidad.

“No un Hércules ni un Sansón, sino un hombrecillo, frecuentemente el más cobarde”, a este solemos servir, nos dice La Boétie, porque si bien es verdad que “al comienzo uno sirve obligado y vencido mediante la fuerza; pero los sucesores sirven sin pena y hacen voluntariamente lo que sus predecesores habían hecho por obligación.” Y vaya, se me ocurre un ejemplo de casi cuarenta años muy doloroso en el que “personificar”.

Y por seguir lacerando las heridas: “es increíble ver cómo el pueblo, desde que se le ha sojuzgado, cae pronto en un olvido tan profundo de su libertad que ya le es imposible despertar para reconquistarla: sirve tan gustosamente y tan bien que, al verlo, se diría que no sólo ha perdido su libertad, sino además ganado su servidumbre”.

Una vez analizada la situación a través de ejemplos de la antigüedad que le permite presentar distintos tipos de tiranos (para así hablar del suyo sin perder la cabeza), y  hablando también de los “nuestros” venideros (sin poder ser consciente de ello, claro), vendrá a exponer la manera de combatirlos. Una manera que lo convierte en uno de los pilares fundamentales del anarquismo (aunque el término resulte aquí un tanto anacrónico). Pero sea como fuere y yendo al grano, se nos dice que “si estáis resueltos a no servir más, seréis libres”.

El análisis de La Boétie será el siguiente, puesto que no son las armas lo que defienden al tirano una vez se ha asentado en el trono, sino el pueblo que se somete por su docilidad voluntaria, debería ser posible liberarse del yugo del opresor, aún sin la fuerza de las armas. El problema principal a resolver sería la ignorancia a la que está sometida el pueblo, y las promesas recibidas de ser, algunos de ellos, los que en un momento dado llegarán a explotar a los demás. Sin embargo, si se lograra no darles nada a los tiranos (¿pueblo unido?), porque cuanto más se les sirve más fuerte se hacen, si hiciésemos justo lo contrario, “si no se les da nada, si no se les obedece en absoluto, sin combatir, sin golpear, se quedarían desnudos y derrotados”.

Desde luego no vamos en esa dirección, ni entonces, ni ahora, pero es curioso que tengamos el camino abierto desde hace tanto, y deplorable que no nos atrevamos a ponernos en marcha de una vez, o de una vez por todas, porque intentos históricos no faltan.

Llegamos al final de las particulares reseñas en las que he querido aventurarme y aventuraros, y aunque supongo que la mayoría se habrá quedado por el camino, tal vez alguna y alguno incluso queráis más. Si fuera así, id a los textos originales, no os quedéis con mis pobres palabras, recordad que todo está en los libros y que a veces solo falta encontrarlos: feliz comprensión, resistencia y pelea. Y sonreíd mientras leáis, que vamos a necesitar de esa suerte y de esa felicidad.


 

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Liberté, egalité, fraternité, o traición

Eran las tres de la mañana y las noticias de las bombas de unos y otros, de los camiones sangrientos, de tanto bufón en los tronos, me revolvían las tripas y no me dejaban dormir. El insomnio me trajo una idea y decidí hacerla realidad: hablaría con los leones. No se me ocurrió nada mejor, tampoco nada peor, es lo que tiene querer ser un personaje literario, se debe intentar romper límites asumiendo el riesgo de hacer el payaso.

En el autobús íbamos el conductor, un travesti y yo. Dábamos para un chiste, pero no lo encontré, supongo que por estar en modo indignado en lugar de sarcástico. Al bajar en Sol tuve la ocurrencia de pensar que la justicia es una leyenda urbana. No recuerdo si fue antes o después de guiñar el ojo al travesti y que este me ignorara por completo.

Sol era un desierto, le eché la culpa a la madrugada y al martes. Desarrollé mi plan caminando por las calles vacías: hablaría con ellos y les pediría explicaciones de la mierda de mundo que tenemos. ¿Dónde queda el futuro que nos prometieron en ese pasado que nos hemos inventado? Sé que no me iban contestar y que ellos no tenían la culpa, mi imaginación no llega a tanto.

Primero divisé el Palacio, de inmediato a la Policía Nacional, que a pesar de las horas lo custodiaba, finalmente a los dos leones. Ya se sabe que toda historia que se precie comienza con un, y sí… Ya conocemos también esa frase tan española de, a que no hay huevos. Total, que me acerqué al policía más cercano, ametralladora en ristre (él, no yo), y muy serio le pregunté si vigilaban siempre el Congreso, si no lo dejaban libre por un ratito. Su cara fue un poema, yo había arriesgado la mía. Me miró de arriba abajo y me soltó rotundo, por qué lo preguntas.

No hubo más huevos y casi relajo el esfínter. Balbuceé que simple curiosidad y pregunté si podía hacerme un selfie con los gatitos, que no era de Madrid, que me hacía ilusión, que sería rápido. Se tomó su tiempo, creo que «gatitos» le desconcertó. Debió pensar que yo era idiota y desde luego no le faltaba razón. Finalmente dijo sí tras asegurarse con la mirada que no llevaba mochila ni nada sospechoso dentro de la camiseta o el pantalón.

Subí las escaleras. Los dos leones miraban hacia afuera, hacia el otro lado, como si no quisieran saber nada de lo que ocurría dentro del templo de la Democracia… Contuve la risa, decidí que no iba a decir una sola palabra en alto para no salir de allí en una ambulancia psiquiátrica, y supe que el encuentro iba a ser descafeinado. Yo, Romero, que digo estar siempre dispuesto a convertirme en novela, o al menos en relato digno, una vez más no iba a pasar de anécdota. Elegí al león de mi izquierda. Me puse a su altura. Me sentí plenamente ridículo, mi hábitat de costumbre.

Allí estábamos mi idea insomne y yo, sobre las cuatro de la mañana, mirando fijamente a uno de los leones del Congreso que me ignoraba por completo. Entonces le solté en un murmullo; mi única arma es un bolígrafo, o un teclado como mucho, ¿alguna idea de cómo hacer frente a tanto bastardo? El león siguió como si nada, pero yo continué.

Liberté, egalité, fraternité… o traición. Y seguí.

Cuando fuimos libres elegimos ser esclavos. No nos hemos movido un dedo de la servidumbre voluntaria de la que somos conscientes hace siglos. Hemos sabido derrocar a tiranos, pero no a la tiranía. Y seguí.

Somos iguales… en el desprecio a nuestras diferencias. Los sans cullotes tenían que haber triunfado, si todos no podemos ser ricos, seamos todos pobres y a tomar por culo. Al fin y al cabo, ya está globalizada la miseria moral. Y seguí.

¿Fraternidad? Los mal nacidos están en todos los bandos, ¿por qué esa sensación constante de que nos obligan a elegir? Yo no quiero a ningún hijo de puta por muy nuestro que sea, y estoy dispuesto a abrazarme con quien…

Tú, cortó entonces el policía la línea argumental de exabruptos musitados que no provocaron en el león el más mínimo gesto, ¿no ibas a hacerte una foto? Sal ya de ahí, me ordenó.

Y obedecí. Ni siquiera me despedí del león.

Comencé a bajar las escaleras humillado y pensando que en el mejor de los casos no era más que un triste dispensador de frases, que ni siquiera las sentía, que nunca sería literatura ni revolución, que no hay peor traición que la que uno se hace a sí mismo.

Al llegar abajo levanté la cabeza. El policía me observaba a menos de un metro de distancia. Le sostuve la mirada. Buenas noches, dije. Buenas noches, dijo. Y eso fue todo.

Romero, 9


Resultado de imagen de los leones del congreso


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

Postmodernismo, sociedad líquida y posverdad, o de cómo todo se tambalea

“La luz mala se ha avecinado y nada es cierto” Alejandra Pizarnik

Mi querido lector, si concibes el mundo que te ha tocado vivir como una encrucijada, tal vez te sirva en tu camino familiarizarte con el cóctel de este artículo, donde presentaré tres ingredientes que combinan a la perfección y que puedes probar a servir (si se te va un poco la olla) en cualquier tertulia más o menos seria, reunión familiar más o menos tensa, o conversación entre amigos con más o menos cañas de por medio, siempre y cuando, eso sí, los temas vayan más allá del fútbol, de la prensa rosa, o de nuestros lamentables políticos. No obstante y ahora que lo pienso, todo lo anterior también cabe en esta misma coctelera. De todos modos recomiendo servir con mesura; hay riesgo elevado de que al poner sobre la mesa el postmodernismo, la sociedad líquida y la posverdad, se te acuse de cuñado, sabiondo, pedante, listillo, repelente… Aunque vuelvo a pensar y me digo que en estos tiempos nunca se sabe y que lo mismo se te tilda de llegar tarde a la fiesta.

EL POSTMODERNISMO

Sin duda es el concepto ingrediente del cóctel más conocido de los tres, el más usado desde hace décadas, el más desgastado y sobre el que se ha escrito hasta el vómito. Sin embargo puede ocurrir que no lo conozcas (al fin y  al cabo es conocido, pero digamos que sobre todo dentro de un mundo académico), o quizá te suene tan solo un poco, o a lo mejor sí sabes de lo que hablo, pero te gustaría poder lucirlo más. Trataré de ayudar sin llegar a aburrir. Trataré.

Me gusta la metáfora que explica el postmodernismo como el viaje a la deriva sobre los restos del naufragio del siglo XX. Pero, ¿qué hubo antes de ese naufragio? Durante muchos siglos los seres humanos viajaron en un barco que no era muy lujoso, pero sí seguro: la religión. Durante varios milenios las condiciones de vida para la mayoría de las mujeres y de los hombres resultaron muy difíciles, pero al menos quedaba el consuelo de tener la certeza de un Metarrelato donde se te explicaba con claridad absolutamente todo; de dónde veníamos, qué nos tocaba hacer aquí y qué nos esperaba una vez muertos. En definitiva, se vivía con unas instrucciones de uso que nos gustasen o no, daban seguridad y eran seguidas por la práctica totalidad de los mortales.

Y son esas instrucciones de uso las que sufrirían en el siglo pasado modificaciones importantes con vistas a quitar el trono a Dios. Que quede claro, no limitarle o encontrarle un espacio más confortable (como veremos que se intentó hacer en los siglos previos), sino sustituirle. Se pretendieron así nuevos modelos de Metarrelato, cambiar el viejo trasatlántico de la religión por otros más potentes, lujosos y acordes a los tiempos. Los fascismos y los comunismos mesiánicos se echaron al mar dispuestos a domar sus aguas. En sus bodegas tenían tantas respuestas, o incluso más, que las que aparecían en los viejos libros sagrados.

En fin, no debería hacer falta recordar las zozobras que esos Megabarcos sufrieron en el siglo XX, pero desgraciadamente la memoria es tan débil, algunos maderos tan insumergibles, y el agua del océano tan insalubre y fría, que no me resulta extraño que todavía hoy tengan una enorme capacidad de seducción en la gente, incluso sin timones, con las cubiertas llenas de agujeros y sin capitanes… aunque me da por volver a pensar y me digo que precisamente no faltan candidatos para gobernar esas astillas y prometer que de ellas harán nuevos Titanics.

Y bueno, ya que estamos reflexiono que el siglo XXI necesita lo contrario de esos capitanes salvapatrias y salvarazas, que lo que necesita con urgencia son Don Quijotes que arremetan contra nuestros gigantes disfrazados de molinos. Pero esta andanza escapa a los límites de un artículo que retomo con el siguiente de los ingredientes.

LA SOCIEDAD LÍQUIDA

La deriva postmoderna ha lamido todas las orillas; filosofía, lingüística, arte, literatura, arquitectura… Y no cabe duda que nuestro segundo concepto bebe en abundancia de la idea de postmodernidad, aplicado a la sociología y traído de la mano del polaco Zygmunt Bauman.

Zygmunt Bauman nos ha dejado recientemente (Poznań, 19 de noviembre de 1925, Leeds, 9 de enero de 2017), pero se ha ido tras erigirse como un asidero firme y lúcido que nos permite entender mejor lo que ocurre en esta sociedad que bautizó de líquida.

La metáfora es realmente buena, precisa y llega como oposición a lo que nos dice que existía antes: una sociedad sólida (o mejor, pretendidamente sólida). Vayamos con ambas para una explicación por contraste. Bauman sitúa el inicio de la modernidad en el terremoto de Lisboa de 1755. Este terremoto, que los sismólogos calificarían hoy de 9 en la escala Richter y que causó entre 60.000 y 100.000 muertos (por cierto, llegó el 1 de noviembre, la festividad de todos los santos, no se nos escape la cruel ironía), fue una conmoción para toda Europa hasta el punto de que la obligó a replantearse sus cimientos: ¿cómo era posible que el buen Dios permitiera un desastre de tal magnitud?

A partir de entonces y a grandes rasgos se produjo una apuesta por la racionalidad bajo la idea de que la naturaleza era ciega, a Dios le importábamos menos de lo que creíamos, y más nos valía ocuparnos de administrar nosotros mismos nuestras cosillas aquí en la Tierra. No se pretendió atacar la fe (al menos no de manera general o radical), sino perfeccionar nuestra singladura por el valle de la vida; la Ilustración, el desarrollo científico-técnico, o el sueño de Goya de que la razón produce monstruos, forman parte de este proceso.

La búsqueda de más solidez frente a lo que ya se tenía, ese es el modelo de sociedad que se persiguió en la Modernidad y que se enfrenta a la sociedad líquida, la actual, la nuestra, esta donde todo se mueve, se desmenuza, cambia. Por supuesto habrá excepciones, pero ya no tenemos una sociedad donde los trabajadores pasan toda su vida en la misma fábrica, o donde naces y te aburres para siempre en la misma ciudad, o donde el amor se rompe por la muerte tal y como pide el cura en el altar, y no a través de un mensaje de wasap. El modelo puede gustarnos más o menos, podemos vivir el ritmo frenético que nos atenaza como una catástrofe, o como un caldo de oportunidades, pero nos guste o no, ahí está agitando sus turbulentas aguas: es nuestro tiempo.

El tiempo de la precariedad, del individualismo más recalcitrante, del poder de los Estados-Nación evaporado por el Mercado Global, del todo a cortísimo plazo, de la imposibilidad de planificar el futuro… En fin, si no éramos ya suficientemente frágiles, pues tomemos dos tazas. Así las cosas, me apetece pensar que comprender nuestro tiempo nos ayuda a levantarnos cada vez que se nos arroja contra el suelo. Un suelo duro, pero no lo olvidemos, lleno de barro. Y el barro ensucia, pero también amortigua.

LA POSVERDAD

A riesgo de cruzar el límite de la metáfora me atrevo a pensar que el postmodernismo es una concepción de nuestro tiempo hecha a vista de águila, que la sociedad líquida nos explica el modelo de sociedad que tenemos desde una distancia cercana, y que la posverdad adentra y profundiza la mirada en un campo concreto: la política.

Quién le iba a decir el dramaturgo Steve Tesich, cuando en 1992 usó por primera vez el término de posverdad para escribir sobre el escándalo del Watergate y de la Guerra del Golfo, o a David Roberts, cuando en 2010 lo cargó con el significado actual, que el “Diccionario Oxford” nombraría a este concepto la palabra internacional del año 2016.

Ese mismo diccionario, que señala un incremento del uso de la palabra del 2000% en comparación al 2015, define que la posverdad “denota circunstancias en que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública, que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. O lo que es lo mismo, que la verdad importa menos que los sentimientos. O todavía más resumido, que quien grita mejor, se lleva las elecciones.

Efectivamente, bajo esas definiciones Trump se ha erigido como el máximo exponente de la posverdad. Pero antes de él se ha utilizado para tratar de explicar el Brexit, o el fracaso del referéndum sobre las FARC en Colombia. Es decir, que se ha utilizado para tratar de explicar unos resultados electorales que antes de producirse parecían improbables, cuando no imposibles.

Y es que una de las características que veo en la posverdad es que siempre llega tarde, nos explica el fracaso, pero no lo previene. Nos dice, hay mentiras mucho más creíbles que la verdad, incluso nos puede señalar cuáles y por qué, pero eso no cambia un resultado donde el problema no está en la diferencia de fuerza (Clinton no tenía precisamente menos apoyos que Trump, y lo mismo ocurría en los otros casos paradigmáticos). ¿Es entonces la pura estupidez de la gente en un grado máximo? No lo creo, aunque tenga la tentación de decir que por supuesto. Simplificar las cosas viene bien para dejar tranquilo nuestro esfuerzo racionalizador, pero la posverdad solo toca tangencialmente un fenómeno mucho más complejo; la crisis de nuestra sociedad y de nuestro tiempo.

Pienso (reconozco que a estas alturas ya estoy agotado) que para entender la deriva y el desastre que nos envuelve, toca trazar el camino a la inversa; de la postverdad a la sociedad líquida y de esta al postmodernismo. Sostengo que la mirada debe ir de arriba abajo y de abajo arriba para comprender el objeto que se mira. Pero que también debe tomarse tiempo (lo que va en contra de nuestros días), e incluso valor y originalidad (reclamo de nuevo la figura de don Quijote). Al final, el esfuerzo que se requiere para comprender el mundo que nos atenaza es tan enorme y la coctelera te deja una resaca tan jodida, que solo unos pocos eligen no acabar (exclusivamente) sumergidos en el fútbol, en la prensa rosa, o en quedarse con una política que vaya más allá del insulto y del, “y tú más”. Pero a mí pónganme otro chupito, que ninguna resaca me enseñó nunca demasiado.

Abismo (Poema).