Fantasías colaterales

Es difícil saber cuándo termina el placer y cuándo comienza el dolor, pero lo que está claro es que conviene saberlo. «De haberlo sabido», ese suspiro que casi siempre llega tarde, salió más de sus entrañas que de sus labios. Luego llegó la discusión, mi huida, los copos.

Al igual que conviene conocer en qué lado del límite hay que estar, también es recomendable posicionarse en el lado correcto de la ventana. Quiero decir, no es lo mismo estar dentro que fuera; mejor ver la tormenta bajo techo, mejor sentir el terremoto al aire libre. Pero ni ellos ni yo supimos elegir bien.

O mejor todavía, más que elegir bien o mal, muchas veces no elegimos, y nos dejamos llevar, por lo que las elecciones terminan por tomarnos a nosotros, por no decir que nos atropellan. Con siete años te lo puedes permitir, con quince empieza a pesar, a mis treinta ya es una losa…

Pero llevo una eternidad aquí plantado y todavía no he dicho nada que valga la pena, si por valer la pena consideramos no morirse de frío. Porque aquí estoy, desnudo, en la calle, mientras nieva. Mientras los vecinos poco a poco comienzan a incorporarse al sainete, mientras intento llamar la atención de la pareja que discute y discute tras la ventana del primero por la que escapé, mucho antes de tiempo, en un acto de estupidez supina, cuando vi cómo esgrimían un par de cuchillos.

Porque joder, que se odien si quieren, que se queden el dinero que me prometieron los dos, que allá ellos con sus fantasías mal avenidas, pero por favor, vuelvo a gritar: ¡Devolvedme la ropa y las llaves!


Marte y Venus descubiertos por Vulcano,
Alexandre Charles Guillemot, 1827.

Enrique Vila-Matas

El orgullo del escritor de hoy tiene que consistir en enfrentarse a los emisarios de la nada ─cada vez más numerosos en literatura─ y combatirlos a muerte para no dejar a la humanidad precisamente en manos de la muerte. En definitiva: que a un escritor le podamos llamar escritor. Porque, digan lo que digan, la escritura puede salvar al hombre. Hasta en lo imposible.


Elias Canetti, Diarios

Quiero aprender otra vez a hablar, a los cincuenta y cinco años: no se trata de aprender una nueva lengua, sino de hablar. Desprenderme de los prejuicios, aun cuando no quede otra cosa importante. Volver a leer los grandes libros, los haya leído o no. Escuchar a la gente, sin desear vencerla, sobre todo a la que nada tiene que enseñar. Dejar de pensar en el miedo como medio de consumación. Combatir a la muerte, sin dejar de llevarla en la boca durante todo el tiempo. Con un único lema: valor y honestidad.


Fugas

Estoy muerto, pero nadie lo sabe.

Antes, logré escapar, conseguí el coche, pero se paró en mitad de la vía.

No fue un sueño, no soy un fantasma, el tren me arrolló, sentí cada hueso roto. Luego la nada.

Sin embargo, de alguna manera, la nada me devolvió entero.

Como mi muerte no invita a la lógica, tomé decisiones que tampoco. Regresé voluntariamente a la cárcel. Nadie entendía demasiado, yo no era una excepción.

Hoy comencé a cambiar por el principio, llamé a mamá, le dije te quiero y lloramos. Hacía tanto tiempo que no estaba tan vivo.


Átropos, Las Parcas o El Destino,
forma parte de la colección de las pinturas negras de Goya

¡Desiertos del mundo, alerta!

Ser desierto no me resultó fácil, nadie nace siendo un monstruo, pero a todo se acostumbra uno. Así que, a lo largo de los siglos, aprendí a usar mis sofocantes días y mis gélidas noches, para acallar las voces discrepantes que entraban en mi cada vez más extenso territorio.

Reconozco pues sin rubor, vergüenza ni culpa, que sin distinción alguna de planta, animal o cosa, hice sufrir, acabé con cuantos individuos pude, resquebrajé lo que se tenía por irrompible y hasta extinguí especies en su totalidad. Es por tanto normal, que con tal currículo, os estéis preguntando qué diantres ha pasado de la luna al sol, para que me haya aguado de esta manera, para que haya florecido, para terminar en mi superficie con esta disposición a la alegría.

Por lo que observo, algunos crédulos lo llaman milagro, los racionales se devanan los sesos, y a los menos no les importa el motivo y tan solo disfrutan del resultado. Pero también están los recelosos que piensan que volveré a torturar con mi frío y mi calor a la primera de cambio, los interesados que ya planean rentabilidades a cada centímetro de mi ser, y los malvados, que saben, porque se encargarán de ello, que este paraíso tampoco acabará bien.

En todo caso no tengo respuestas para nadie, y no porque quiera competir con el diablo, que puedo, y no porque no sepa salir impune como los dioses, que sé, sino porque el instante de ternura que ha posibilitado esta osadía es inexplicable y me tomó a traición y me cambió de arriba abajo y de un lado a otro y de dentro a fuera.

Tenía que haber aplastado esa semilla a tiempo, pero no lo hice, pues no vi su fuerza, la consideré inofensiva y esperé, como ocurre, ya no siempre, su marchitar. Así que ya sabéis, desiertos del mundo, cuidado con la esperanza, porque germina de la manera más insospechada y puede hacernos polvo.


Gustave Guillaumet – “El desierto” (1867, óleo sobre lienzo, Museo d’Orsay, París)

Michael Ende, La historia interminable

La mirada de una esfinge es algo totalmente distinto de la mirada de cualquier otro ser. Nosotros y todos los demás seres percibimos algo con la mirada. Vemos el mundo. Pero una esfinge no ve nada; en cierto sentido, es ciega. En cambio, sus ojos transmiten algo. ¿Y qué transmiten sus ojos? Todos los enigmas del mundo. Por eso las dos esfinges se miran mutuamente. Porque la mirada de una esfinge sólo puede ser soportada por otra esfinge.


Caín, Abel, Marte, el fútbol

Tenía que llegar y llegó, apuntó un antropólogo entrevistado a doscientos  veinticinco millones de kilómetros de los hechos. Poco antes, los políticos de la Tierra habían soltado sus discursos vacíos, los científicos temieron que se cancelara el Proyecto Rojo 20-35, las crecientes corrientes anticientíficas se frotaron las manos y, en las redes sociales, el pitorreo fue mayúsculo.

Tenía que llegar y llegó, no el primer muerto humano en Marte, que como todos recordamos fue la astronauta y bióloga Magdalena Bojarska, tras un desgraciado accidente de despresurización, sino el primer asesinato. Y por si fuera poco, sí, el título lo anticipa, uno en el que la víctima y el homicida son hermanos.

El motivo de momento está claro. Faltan en Marte policías, abogados y periodistas para retorcerlo todo, así que nos quedamos con la versión del asesino y del resto de testigos, que hasta ahora coinciden: el asesinato no fue fruto de la envidia (sería ya una coincidencia bíblica pasmosa), sino la estupidez.

Filósofos y psicólogos lo han apuntado hasta la saciedad, el desarrollo tecnológico no significa un desarrollo ético, y la inteligencia cognitiva no conlleva inteligencia emocional. Tampoco es que se descarten, pero nada se regala de antemano. En fin, repetimos, tras el asesinato está la estupidez, en concreto, la estupidez por el fútbol.

Fue durante la pasada Final de la Champions, un hermano con cada equipo y el penalti dudoso que levantó tanto altercado en la Tierra, incendió también los ánimos en el planeta rojo hasta desatar la cuchillada mortal.

“Al menos ganó el equipo del muerto”, escribió en sus redes sociales el astronauta jefe del equipo de informáticos, luego borró el mensaje.


Caín matando a Abel (Andrea Schiavone)

Woody Allen, A propósito de nada. Autobiografía

Eso no significa que no puedas despertarte de mal humor, odiando el mundo, cabreado con la estupidez de la gente, furioso ante el vacío del universo, lo que confieso que hago puntualmente cada mañana; pero en mi caso eso sirve para hacer brotar mi humor, no para anularlo. Al igual que Bertrand Russell, siento una gran tristeza por el mundo. A diferencia de Bertrand Russell, no sé hacer cálculos matemáticos complejos. Y tal vez no pueda transmutar mi sufrimiento en un gran arte o una gran filosofía, pero puedo escribir buenos chistes cortos que sirven para distraer momentáneamente y brindan un breve respiro de las consecuencias irresponsables del Big Bang.


La caída del Museo Británico

Fíjese en que antes de la aparición de la novela como género literario dominante, la narrativa sólo trataba de hechos extraordinarios o alegóricos, con reyes y reinas, gigantes y dragones, virtudes sublimes y males diabólicos. Naturalmente, no había peligro de que se confundiese eso con la vida. Pero tan pronto como la novela empezó a abrirse camino, en cualquier momento se podía coger un libro y leer sobre un tipo llamado Joe Smith que hacía exactamente las mismas cosas que hacía uno. Muy bien, ya sé lo que me va a decir; va a decirme que aun así el novelista tiene que inventar muchas cosas. Pero ésa es precisamente la cuestión: se han escrito un número tan extraordinario de novelas durante los dos últimos siglos que casi han agotado las posibilidades de la vida. De modo que todos nosotros, ¿comprende?, estamos en realidad viviendo hechos que ya han sido escritos en alguna novela. Claro que la mayoría de la gente no se da cuenta: se imaginan, inocentemente, que sus pequeñas vidas son únicas… Mejor así, porque cuando uno cae en la cuenta, la sensación es muy molesta.

David Lodge


He escrito otro libro, y hay días que me siento culpable

Escribir es un arte tan difícil como cualquier otro, pero vender y promocionarse lo es mucho más, o al menos lo es para mí.

Hace cosa de un par de meses terminé mi sexta novela, ahora intento colocar la quinta, mientras empiezo a dar la cuarta por imposible (las tres primeras ya están sueltas por el mundo). Y qué distinta es la sensación a cuando publiqué mi primera, Hermanos y reyes. El día de su presentación, allá por un lejano 2013, lo cuento entre los más felices de mi vida.

No es que por entonces hubiera conseguido publicar con un gran sello, pero sí tenía editor, cantidades ingentes de ilusión y, sobre todo, mi inocencia a salvo. Sin duda alguna debía pensar que era un primer paso hacia el estrellato (o tal vez no, nunca he sido demasiado triunfalista) de otros muchos que ya no tendrían freno.

El caso es que hoy, ocho años más tarde, la cosa es bien distinta. Cuando por fin tengo Mi hermana y yo, o un talento especial para el fracaso entre mis manos, tengo claro que no haré presentación alguna, ni por todo lo alto ni por todo lo bajo. Y ni siquiera tengo especiales ganas de anunciar a los cuatro vientos que he publicado otra novela. Tan solo querría tiempo para ilusionarme en otras tramas, otros personajes, otras obsesiones. Y sin embargo.

Y sin embargo, aquí estoy. Porque bien sé que es hora de mover y publicitar y dar la brasa con mi nueva obra, pues al fin y al cabo forma parte de lo ineludible. Y sobre todo, porque creo que he escrito una buena historia, que además, me ha costado mucho esfuerzo y merece al menos la oportunidad de sus lectores.

Así que aquí estoy, tecleando estas líneas, en la contradicción de pediros a los de siempre y a los que se quieran sumar, que gasten su tiempo y su dinero en Mi hermana y yo, o un talento especial para el fracaso, mientras me atenaza la sensación de que podríais hacer algo mejor con vuestras horas y vuestra economía.

Aunque si me da por pensarlo un poco mejor, me terminan de convencer las ganas para subrayar que ya sois mayorcitos para saber lo que queréis hacer, que mi novela es un artefacto literario bastante digno, y que leer e invertir en un libro solo hace daño a los malos. Así que adelante, leedme, leedme, benditos.