Arrecife, Juan Villoro

Hay libros y autores que me hacen dudar de mi mismo como escritor. Desde luego no se trata de una ayuda solicitada ni agradable, pero no se puede evitar, son demasiado buenos. Ese es el regusto amargo que me ha quedado al descubrir la novela Arrecife del mexicano Juan Villoro. Por todo lo demás, aplaudo.

Arrecife consigue aunar en menos de 250 páginas una trama policiaco personal envolvente, personajes exuberantes que se abrazan a sus propios límites, y sacos de ideas desperdigadas por cada página. Por si fuera poco, el lenguaje que emplea embruja. Así las cosas, consigue un combo cautivador; trama, estilo y fondo se dan la mano de manera sobresaliente.

Imaginen a un escritor o personaje (a menudo y en este caso concreto venían a ser lo mismo) de la Generación Beat que sobrevive a su propia autodestrucción, que a pesar de las drogas y de una vida sobre el alambre, logra sacar la cabeza del pozo después de revolcarse en el subsuelo durante años. Una figura parecida vendría a ser el narrador en primera persona que tenemos en Arrecife.

Salvo que en lugar de escritor, Tony Góngora, será músico. Un músico que lucha por su abstinencia y por recuperar sus recuerdos, casi todos arrasados precisamente por su pasado de excesos. Desde luego, no está en el mejor lugar para recuperarlos con solvencia, pues trabajará para La Pirámide, el particular hotel de una isla de México, que se dedica a fabricar miedo controlado a los clientes que alegremente pagan por la experiencia.

Como no puede ser de otra manera, si juntamos personajes límites (Tony Góngora será un dechado de virtudes en comparación con quienes le rodean), con la idiosincrática problemática de México y el narcotráfico, más la búsqueda de una fórmula para controlar la adrenalina del turista que todos llevamos dentro, pues obtendremos un cóctel molotov. Y qué agradable resulta beberlo tranquilamente desde la comodidad de nuestro sillón.

Juan Villoro pone frente al post-post-modernismo que vivimos un juego de espejos que provocan imágenes y consecuencias desalentadoras. Pero es lo que hay y es lo que debemos analizar por si hubiera alguna salida, pues a veces hay que morir varias veces para encontrarla. De entre la bruma, saco la siguiente conclusión: Juan Villoro sabe lo que dice, sabe lo que hace, sabe lo que escribe; son motivos más que suficientes para que no tarde en agarrar otro libro suyo.


 

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Primera carta de Michel Houellebecq a Bernard-Henri Lévy en “Enemigos públicos”

Querido Bernard-Henri Lévy:

Todo, como se suele decir, nos separa, excepto un punto fundamental: tanto usted como yo somos individuos bastante despreciables.

Especialista de números descabellados y payasadas mediáticas, usted deshonra hasta las camisas blancas que lleva. Íntimo de poderosos, bañado desde la infancia en una riqueza obscena, es emblemático de lo que algunas revistas un poco de baja estofa como Marianne siguen llamando la «izquierda-caviar», y que los periodistas alemanes denominan con más finura la Toskana-Fraktion. Filósofo sin pensamiento, pero no sin amistades, es además el autor de la película más ridícula de la historia del cine.

Nihilista, reaccionario, cínico, racista y misógino vergonzoso: sería hacerme un honor excesivo encasillarme en la poco apetitosa familia de los anarquistas de derecha; fundamentalmente soy solo un patán. Autor insulso, sin estilo, accedí a la notoriedad literaria gracias únicamente a una inverosímil falta de gusto cometida, hace varios años, por críticos desorientados. Desde entonces, mis provocaciones jadeantes han acabado cansando.

Entre los dos simbolizamos perfectamente el apoltronamiento espantoso de la cultura y la inteligencia francesas, recientemente señalado, con severidad pero con justeza, por la revista Time.

No hemos aportado nada a la renovación de la escena electro francesa. Ni siquiera figuramos en los créditos de Ratatouille.

Se reúnen las condiciones del debate.


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Corazón de Ulises, Javier Reverte

Poco antes de viajar a Grecia, la guía que hojeé en la biblioteca de mi ciudad natal me hizo saber que existía este libro del periodista y escritor Javier Reverte. La noche antes de poner rumbo a Atenas, comencé a leerlo y supe que me había echado un gran compañero de viaje. Ahora que lo he terminado ya de vuelta en España, puedo decir que Corazón de Ulises es un libro inmenso por todo lo que cuenta y sobre todo por cómo lo cuenta.

El juego de espejos que se produjo mientras leí buena parte de la obra fue el siguiente; un escritorcillo como yo viaja a Grecia, mientras lee sobre un escritor periodista que narra su viaje a los lugares donde llegó el corazón del espíritu griego (lo que le lleva no solo a Creta, no solo a Atenas, no solo o a Ítaca, sino también a Turquía, allí se encuentran enclavadas las ruinas de la mítica y real Troya, o a la Alejandría de Egipto), y lo hace entremezclando el presente con el pasado glorioso de ese corazón clásico que levantó los cimientos de la civilización occidental a través de acontecimientos irrepetibles como Homero, el siglo de Pericles o Alejandro Magno, por resumir mucho e injustamente.

«Todos somos griegos», es una máxima que es un verso del poeta inglés Shelley, rescatada y repetida por Reverte a lo largo de sus más de quinientas páginas en su viaje por el presente (o mejor, por su pasado reciente, pues tuvo lugar en el ocaso del siglo XX, cuando todavía nos coronaban las pesetas y los móviles e internet no dirigían nuestras vidas) y por el pasado ancestral y glorioso de la civilización griega, mostrando hasta qué punto esa frase es verdad y demostrando por qué lo es.

Si quien me lee aquí y ahora tiene afición por la Historia, la filosofía, la literatura o los viajes, gustará de este libro. Si es un apasionado del mundo helénico, adorará la obra. Quemará sus páginas, en el mejor de los sentidos metafóricos, recordando y recorriendo la mitología, las aventuras de Aquiles u Odiseo, o la historia de espartanos y atenienses contra los persas y contra ellos mismos.

Javier Reverte demostrará a través de su pluma y su viaje, algo que a menudo se olvida: la magnificencia del proyecto civilizatorio griego, un proyecto que se extiende por el tiempo, como mínimo desde los poemas homéricos allá por el 850 a.C., hasta que el Imperio Romano oficializa el cristianismo como la religión oficial del Estado en el 313 d.C. Ahí van, se dice pronto, mil años largos, pero es que la Guerra de Troya parece haber tenido lugar trescientos años antes de Homero, pero es que la Biblioteca de Alejandría se consumió en el 415 d.C., pero es que como ya se ha dicho, todos somos griegos todavía hoy. Y lo somos porque estamos en deuda con ellos en buena parte de nuestros mejores logros, léase literatura, o filosofía, o esa cosa con la que tantos se llenan la boca y que llamamos democracia.

Y no lo digo yo, y no lo dice Javier Reverte, y no lo dicen los miles de especialistas que a lo largo de los siglos se han enamorado de Grecia, lo dicen los templos, las esculturas, las obras literarias, los saberes… que a pesar de lo mucho que por desgracia hemos perdido, conservan todavía hoy el espíritu griego en pie.

Gracias a obras como Corazón de Ulises, el espíritu griego es honrado como se merece. Solo puedo terminar diciendo que si pueden viajar a Grecia, viajen a Grecia, y que si pueden apartarse entre sus ruinas de nuestro ruinoso presente, tal vez logren sentir a su lado la presencia del caprichoso Zeus, del divino Homero, del astuto Odiseo, o del joven Alejandro, y con esas presencias a su lado, tal vez vislumbren que el ser humano fue ya entonces extraordinario y que el corazón helénico puede alumbrar todavía nuestros laberintos actuales.


Javier Reverte
CORAZÓN DE ULISES
Un viaje griego
A mis amigos del grupo Titanic:
Eduardo Aguirre, Ignacio Alfaro, Ángel Ca...

 

El corazón de Ulises, Javier Reverte

“Los griegos construyeron una ética laica, casi clandestina, mientras tenían a sus dioses en los altares. Es el noble empeño de todas las edades: buscar la alegría desde el escepticismo, desde la desesperanza; arrojarse a los caminos del dolor con el ánimo de la libertad y de la valentía; soñar una vida mejor desde la comprensión de que casi todo es indigno; indagar en el corazón de los hombres en busca de aquello que nos hace nobles, mientras nadamos en una sucia charca rodeados de otros hombres innobles. Ésa fue la gran tarea de la literatura y el pensamiento griegos, y ésa será siempre la tarea de la cultura de cualquier tiempo esperanzado.”


Vaso de Ulises y las Sirenas, V a.C

Tienes lo que mereces

Me gustaría poder decir que el viejo me cayó bien nada más verle, pero vestía mal, olía a sudor, y al menos para mí, no es posible la simpatía sin higiene. Me gustaría poder decir que el viejo era lo que aparentaba, pero aparentaba lo que quería y no lo que era. Y me gustaría poder decir que el viejo (en realidad no lo era tanto), no me crujió de lo lindo. Pero ya se sabe, de «me gustaría…» que no se cumplen está el mundo lleno.

Si las bicicletas son para el verano, Ibiza también. Especialmente si tienes pasta como la tengo yo desde hace un par de años y ganas de impresionar a una mujer que tiene mucha más pasta todavía, aunque en la vida esté un poco verde, o precisamente por estarlo. El escenario de mi triunfo iba a ser el local de moda, incrustado casi en la misma cala de arena fina y agua turquesa, con las mejores vistas de la isla al atardecer.

Ella iba a llegar tarde, como siempre hace. Y yo a fingir que no me importa, cuando lo detesto. Al fin y al cabo el tiempo me ha enseñado a ser un buen impostor, tanto, que solo se así se explica que haya podido forrarme con un par de libros de autoayuda repletos de frasecitas en las que no creo ni cuando estoy borrachísimo. Hay que saber sacar provecho a la sociedad infantil en la que estamos, pero no nos desviemos de tragicomedia.

‒Cada prejuicio es una frontera ‒me espetó el viejo a la cara.

Se me cruzó en la entrada del local Maravillas, la música chill out nos envolvía. Los porteros con forma de armarios lustrosos fruncieron el ceño, pero no hicieron nada. La ventaja de ser escritor es que incluso con best seller a tus espaldas, puedes bañarte en el anonimato. Sin embargo, el viejo me conocía. Su presentación lo demostraba, me había soltado uno de mis lemas estrella.

‒¿Y en qué frontera prejuiciosa estamos aquí? ‒Le pregunté con la intención de bloquearle y deshacerme pronto de él.

‒En la frontera de la idiotez, joven ‒me dijo con naturalidad.

Me sacó una sonrisa irritada y le lancé otra pregunta:

‒¿En la suya o en la mía, viejo?

Nunca he sido un tipo agradable y el surco de sudor de su camisa azul desteñida no ayudaba. No por casualidad mis editores me tienen prohibido que diga lo que pienso de verdad sobre la mayoría de los temas.

‒Supongo que eso es lo que está en cuestión ‒fue su respuesta y con autosuficiencia añadió: ‒¿Serías tan amable de firmarme uno de tus libros?

Torcí el gesto, algo no marchaba bien… para mí. Sin esperar respuesta se quitó de la espalda una mochila roñosa y extrajo, no mis libros de autoayuda tan vendidos, sino mi primera obra, un cruce de géneros que había sido un rotundo fracaso. Un rotundo fracaso de cuando creía en la literatura y en mí.

‒Es un ejemplar muy difícil de conseguir, ¿lo ha leído, le ha gustado? ‒Pregunté con interés por primera vez.

En ese momento apareció ella y nos sobresaltó, aunque en realidad solo me sobresaltó a mí.

‒¡Pero Papá! ¿Qué haces aquí?, ¿qué casualidad?, ¿vaya pinta más horrible llevas?

‒¿Papá? ‒Dije incrédulo.

Cinco minutos más tarde estábamos los tres sentados en la mesa que había reservado para dos. En ocasiones sí tienes lo que mereces… y menudo desastre. El ocaso ibicenco era igual de hermoso, indiferente a mi cara de idiota y al destrozo de la relación que se iba a perpetrar con la caída del Sol. Al viejo había que reconocerle su mérito, no es fácil desenmascarar a un cínico con talento.

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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

 

Queridos fanáticos, Amos Oz

Queridos fanáticos son tres conferencias (convertidas posteriormente en este libro de ensayo), impartidas por el intelectual Amos Oz, un israelí que desconocía y que me alegro de haber descubierto. El motivo es sencillo, su discurso está comprometido hasta la médula con el proceso de paz de uno de los conflictos más difíciles (y no será porque no hay donde elegir) que se ciernen sobre la Historia actual: el palestino-israelí.

Amos Oz se dirigirá sobre todo a los suyos, al pueblo israelí, dando buena muestra del conocimiento que tiene sobre la riqueza histórica de su pueblo desde una mirada humanista cargada de algo tan necesario como el sentido común. Escribe así más para sus fanáticos que para los fanáticos del otro bando, sin restar por ello importancia a las dificultades propias de estos últimos. E intenta aportar su grano de simiente para desmantelar el concepto «irreversible».

Podríamos tener la tentación, dado el enconado conflicto y los lugares comunes y polarizados que en occidente suelen sobrevolar sobre el mismo, de acusar al autor de poco más que cándido. Pero su manejo de los hechos históricos (unos hechos de los que además en las últimas décadas ha sido protagonista y testigo), le sirve para dar un mazazo sobre la mesa y decir que pesimismos los justos. El tercer ensayo, Sueños de los que Israel debería librarse pronto, contiene páginas brillantes que demuestran su teoría: en política, lo que parece irreversible no suele serlo nunca.

Especialmente interesante me resulta también la reflexión que lleva a cabo en Luces, no luz, su segundo ensayo. Ahí apunta que el camino para solucionar el conflicto no puede ser único e inamovible, que no se puede tratar el problema como una hoja de ruta tallada en piedra, porque la sabiduría unidireccional no dará soluciones factibles. Lo que propone y lo que muestra son vías poliédricas. Su lectura son unas páginas muy lúcidas altamente recomendables para todos aquellos que actualmente entienden por israelí la definición de sionista que pretende masacrar al pueblo palestino.

En realidad, su propuesta será extensible a todo nombre común y nos muestra el problema en el que tendemos a caer tan a menudo, el de las simplificaciones. Israelí, musulmán, catalán, español, inmigrante… etiquetas que usan muchos como si fuesen piedras homogéneas. Y que como piedras tienden a lanzarse, unos contra otros, precisamente esos muchos. Solo hay que encender cualquier medio de comunicación/manipulación para comprobarlo.

Puesto que la lección de la Historia es que no aprendemos casi nada de la Historia, y puesto que cada día parece que estamos más cerca de esa irreversibilidad del desastre de la que quiere huir Amos Oz, textos y reflexiones como las de este autor son más necesarias que nunca. Las raíces están bien, pero también lo están las alas. Ojalá comencemos a construir un relato común donde alas y raíces sean compatibles.

Agosto 2018


 

Maestros Antiguos, Thomas Bernhard

Empezaré por lanzar la siguiente panorámica del autor; es difícil encontrar una prosa más ácida que la de Thomas Bernhard. Hasta donde le he leído, nunca hace concesiones a la esperanza ni a la estética, y Maestros Antiguos, se dice que su último texto, es un claro ejemplo de esa prosa que menciono.

La novela está contada por un narrador testigo llamado Atzbacher del que apenas sabremos nada, pero que no cesará en su empeño de contarnos cómo ve el mundo su amigo Reger, musicólogo y crítico de arte que desde hace muchas décadas acude día sí, día no, al Kunsthistorische Museum de Viena, para sentarse en el mismo banco y frente al mismo cuadro, El hombre de la barba blanca, de Tintoreto. Desde la misma sala de ese museo, disparará sin piedad y sin cuartel sus ideas contra toda arquitectura humana, ya sea pintura, filosofía, educación, política, música… o incluso los mismísimos retretes vieneses.

La crítica de Bernhard a todo lo que se mueve en general, y a todo lo austriaco en particular, es de tal calibre, que mientras leía la novela pensaba que nuestros escritores nacionales más cáusticos (estoy pensando especialmente en los artículos de Pérez Reverte y Javier Marías), apenas si son simples aficionados a la hora de poner a caldo nuestras idiosincrasias patrias. Pero como ya he dicho, tiene para todo y para todos y especialmente ataca a los intocables en un ejercicio que desespera por su discurso bastante irreprochable desde un punto de vista argumentativo. Allá donde otros vemos tablas de salvación, llega él para prenderlas fuego.

Ejemplos de esa crítica furibunda hay a docenas a lo largo de las páginas y desde luego no se le puede acusar de no atreverse a atacar el establishment, especialmente el artístico. Así, el Greco será un pintor de segunda fila que no sabe trazar una mano, Beethoven un cursi de narices, Heidegger el filósofo más sobrevalorado de todos los tiempos… Y sorprende especialmente porque más allá de que estemos dispuestos a comprarle sus argumentos concretos, su punto de partida es inapelable: de cerca, ninguna obra de arte es perfecta. Si se analiza con tiempo y precisión, cualquier logro humano, hasta el mejor considerado, se cubre de fallos.

Y eso con respecto a lo mejor, porque, qué decir, nos dirá, de la mediocridad de los historiadores del arte, qué de las conductas zafias que llenan las vidas de las personas humildes, qué de la predisposición hacia la maldad de nuestra especie al margen de cualquier condición social. La novela por momentos me robó tanto el aire, que a pesar de la lucidez (oscura, ácida y amarga, pero lucidez al fin y al cabo) tuve que leerla con prisa para acabar con tanta atmósfera desagradable. De hecho, y aquí viene mi mayor crítica a la novela, hay un momento donde comencé a sentir que había una hoja de ruta por parte de Bernhard para ir despellejando todo lo humano. Y todo, especialmente si se hace de manera sistemática, probablemente sea demasiado.

Soy consciente de que llego al final de la reseña cometiendo un silencio, quizá imperdonable, hacia la figura de la mujer muerta del musicólogo, ¿no es acaso su pérdida el desencadenante de su radical visión fatalista? Si ella todavía estuviese a su lado, ¿acaso el arte todavía salvaría el sentido de la existencia, que es lo que el protagonista viene a negar al final de su vida? Y si es así, ¿no estaría Reger dispuesto a reconocer por tanto que el amor es el último y el primer motor? Lo dejo aquí, no vaya a convertir ahora a Thomas Bernhard en un romántico perdido.

Agosto 2018


 

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Ecuador, Benjamín Prado

Que alguien tan prosaico como yo venga a reseñar poesía puede ser constitutivo de delito, pero asumo el riesgo.

Cada vez que voy a una biblioteca (y últimamente, paradojas, voy mucho por el precio del alquiler), sé que voy de fiesta. Además, desde que he redescubierto el paraíso borgiano, soy también más valiente. Al no haber el riesgo económico que supone una librería y, ante los pasillos del laberinto más feliz que construiremos jamás, dejo llevar mis pasos sin excesivas brújulas y el resultado es siempre una victoria. Así descubrí Ecuador, Poesía (1986-2001).

Ecuador me ha sorprendido por realizar una fusión maravillosa de erudición literaria, experiencia vital y malabarismos lingüísticos cargados de ideas. Adiós a la rima clásica en buena parte de los casos, hola a la poesía que rasga, rompe y abre nuevos espacios, reflexiones y significados a cada palabra y verso.

Hay tantos versos y tantos poemas que me han obligado a releer y a doblar el pico superior de la página para regresar a esa casa recién descubierta, que solo puedo recomendar la obra en su totalidad. Sin embargo, no quiero dejar de señalar en esta diana que es mi reseña, algunas balas como:

«Las ventanas se encienden. Algunos hombres miran la oscuridad, saben lo que desean, pero no lo que necesitan».

«El dolor es siempre nuevo, es el que toca el agua quien inventa las ondas, es el que cae quien inventa el precipicio».

«Una canción es solo la forma de salir de un callejón sin salida».

«Hace falta la noche para ver las estrellas».

«Avanzar es irse quedando solo».

O bien poemas completos como Roto, 4 de octubre en el Landmark Hotel, Siete preguntas para Kurt Cobain y 100 veces mentira. Y es que como dice Benjamín Prado llegado el momento oportuno:

«Hay poemas que saben detener los relojes.

Hay poemas que espantan a los lobos.

Hay poemas que son el camino a una isla.

Hay poemas que son lo contrario al hielo».  

En la literatura en general y en la poesía en particular, tenemos tantos temas como decepciones y desde luego un aire gélido y triste, recorren golpe tras golpe muchos poemas de esta antología. Dos de ellos reclaman en mí sin duda un espacio de honor, las historias de las escritoras Anna Ajmátova y Silvia Plath. Esta última, con tal fuerza que he tenido que incorporarla a mi manera en mi próxima novela. No podía dejar pasar como si nada que alguien llegara a tanto y sin embargo no le sirviera para salvarse. «Soy yo misma. Y no es bastante». Gracias a la lectura de Prado, sé que Silvia Plath escaló su dura montaña, pero que incluso así, metió la cabeza en el horno.

Sí, hay un considerable pozo de amargura en buena parte de la obra, porque al fin y al cabo es el reflejo mismo de la vida. Pero para los que vamos quedando, leer, y leer poesía más si cabe, es un modo de no ahogarnos dentro de ese pozo.

Entré en Ecuador con dudas, salgo con un compromiso: leer más poesía, leer más a Benjamín Prado.

Agosto 2018


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Elegía, Philip Roth

Las dos últimas novelas que he leído de Philip Roth, Patrimonio: una historia verdadera y Elegía, hablan rotundamente de la muerte. La primera sobre el propio padre del escritor, la segunda, la que aquí me ocupa, sobre la de un protagonista que empieza muerto, en su ataúd, en el cementerio, y que acaba liberadamente feliz, «Tal como había temido desde el principio».

La estructura narrativa que Roth elige nos permite acceder mejor a las diferentes luces que brillan en las caras del prisma. Podremos observar con precisión de bisturí, gracias a los saltos temporales, al protagonista como padre, como hijo, como marido, como profesional de la publicidad, como cretino… y en definitiva, como un ser humano con sus miserias y sus aciertos dentro de un denominador común: la fragilidad.

Philip Roth quiere resultarnos agotador, descorazonar por momentos al lector, y para ello nos muestra al protagonista en los brazos de la amargura de la enfermedad, en la camilla del hospital, en las manos de los cirujanos. Llega así a mostrar uno de los leitmotiv de la obra, el de que la vejez no es una batalla (como se dirá unas páginas previas dando a entender que hay alguna posibilidad de victoria), sino que es una masacre. Contra el tiempo, no hay rival posible.

Elegía es una obra oscura y sin embargo, brillante. La portada de la edición de Literatura Mondadori (ahora Penguin Random House), no puede ser más acertada: fondo negro con el título y el nombre de Roth en blanco radiante. El minimalismo da la mano al simbolismo, gran acierto de quien lo ideara. La vida es morirse, pero en nuestra mano y con nuestras acciones existe la posibilidad de arrojar contradicciones, belleza y luz. Por ejemplo, con el arte. Por supuesto, habrá toneladas de fracasos, pero como apunta el otro leitmotiv de la obra: «Es imposible cambiar la realidad. Tómala tal como viene. Mantente firme y tómala como viene. No hay otra manera».

Lo cierto es que sí hay otras maneras y las vemos a diario. Maneras que edulcoran, engañan, pervierten sobre esa realidad, haciendo del ser humano algo más pequeño. Roth nos ha dejado este 2018, por suerte, su obra perdurará para quien no se conforme con discursos blandos, para quien quiera mirar de cara a la complejidad de una vida tan dura como (si naces con la suerte suficiente) maravillosa.

Agosto


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Botchan, Natsume Söseki

¿Cuántos mundos caben en nuestro mundo? Por suerte bastantes, y ahí está el arte en general y la literatura en particular para llevarnos de la mano a disfrutar de otras culturas, de otros problemas, de otras soluciones. Botchan es un ejemplo de lo que acabo de decir y es que esta novela, publicada en 1906, no solo refleja otra época, la de principios del siglo XX en un Japón que todavía no ha tenido demasiado contacto con occidente, sino otro modo de vida. Una vida reconocible, pero en el fondo muy distinta de la nuestra.

Incidiré en este punto. El protagonista, Botchan (que viene a significar niño mimado), tras unos estudios superiores (que no universitarios) en matemáticas, es enviado como profesor a una remota región de Japón, alejada de la civilizada Tokio y lejos del único contacto familiar que le queda, Kiyo, quien ha sido su cuidadora no solo de niño. Pues bien, descrita la trama, podría pensarse que nos adentraremos en temas habituales; el profesor que enseñará a sus alumnos a ser mejores, mientras él (también) crece y lucha contra sus propios fantasmas, al tiempo que se enamora… Nada de eso.

Botchan es una novela donde se nos relata apenas un único tema: el honor. El protagonista quiere ser justo, odia el lugar al que han mandado sus huesos, pero lo acepta. Ahora bien, lo que no está dispuesto es a aceptar la hipocresía que se desenvolverá a su alrededor. Tampoco se convertirá en un héroe, no se trata de ese tipo de honor, pero sí actuará con pequeños detalles dentro de sus posibilidades. La siguiente línea de diálogo, entre Botchan y el timorato director de la escuela, resume bien mi argumento:

 

‒Es un rasgo de egoísmo por tu parte ‒explotó [el director]‒. ¡Lo único que harás será perjudicar a la escuela! Además, ¿crees que te va a ayudar en tu carrera dejar el trabajo antes de que se haya cumplido el primer mes? Creo que debes pensártelo dos veces.

‒¿A quién le importa mi carrera? Me importa más ser justo.  

 

Dicho lo anterior, reconoceré que no es un libro que me haya entusiasmado, en buena medida porque los problemas que presenta los siento un tanto lejanos, pero sí tiene varios aspectos muy interesantes. Por ejemplo, que el protagonista sea capaz de reconocer sus limitaciones, a lo largo de la obra repetirá y mostrará que es impulsivo, que no es locuaz, y que no es la persona más inteligente, pero no se fustiga, sino que lo asume sin traumas, con entereza y, de nuevo, buscando ser justo. Por ejemplo, la ausencia de pulsión sexual en un tipo que ronda los treinta años, sin que se pueda percibir ningún tipo de represión por ningún lado. Por ejemplo, el personaje de Puercoespín. Y por ejemplo, que la trama no derive hacia sus alumnos, los cuales no tienen apenas peso y en ningún caso nombre. Qué distinto a nuestros temas/clichés habituales.

Antes de acabar quisiera decir que no entiendo la comparación que a menudo establecen los críticos con El guardián entre el centeno de Salinger. Sencillamente, o mi memoria anda descarriada (que puede ser perfectamente), o la comparación está cogida con unos alfileres que no veo necesarios por ningún lado.

Agosto 2018

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