No irás a llorar

No irás a llorar, ¿verdad? No digo que no te sobren los motivos, tampoco que sea algo malo, que te haga más débil o incluso menos atractiva. Pero tus lágrimas reflejan dolor y vengo a adorar tu alegría.

Es una cuestión de principios, ¿sabes? Dicen que la comedia es tragedia más tiempo y ambos hemos podido corroborar que es verdad. La noche es nostalgia, como la lluvia, pero también aventura. Atrévete a mojarte de luna, de tormenta y el rocío erizará tu piel al amanecer.

Mira ahí arriba, ¿ves? Otros ya han dicho mejor y antes que yo que el universo es fortuito, moralmente neutro e increíblemente violento, y sin embargo, a pesar de la violencia, de la indiferencia, de la causalidad y de la casualidad, sabemos bailar, sabemos reír, sabemos hacer el amor.

No es poco, ¿no crees? El mundo es un volcán y nosotros frágiles hojas, pero de los árboles aprendimos el papel. Podemos cortar con nuestro filo, nos da por escribir con tinta, con sangre incluso, nos atrevemos a sacudir al universo, conseguimos despojarle de sus fórmulas y le decimos: ¡No eres tan frío!

Porque no es tan frío, ¿no? Porque nosotros le damos calor, ¿sí? Porque tal vez seamos los únicos, pero no apostaría a ese número. El espacio es demasiado vasto como para conformarse con tan poco. La vida es un milagro… pero cotidiano.

Porque la vida con sentido es el verdadero disfraz que anhelo ponerme, que anhelo que tengas, hasta que los pies y los dientes digan basta, digan que caminamos lo suficiente, digan que reímos todo lo que había que reír. Toma mi mano ¿Empezamos?


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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

80

He querido ser más grande que Alejandro Magno, llegar tan lejos como Jesucristo, ser feliz. Errores todos inocentes de juventud. A estas alturas me conformo con no dañar a los míos, hacer feliz a quien ame y, que tiemble quien me lea.

Sobre esto último no quiero romper a nadie, claro, pero sí tomarle desprevenido a la vuelta de alguna frase, de algún personaje, de alguna idea. Y que con alevosía, a traición incluso, le haga exclamar como a mí me ocurre al leer a algunos otros: ¡Qué cabrón, la vida merece la pena!

Ya no pido más, ya no pido menos.

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¿Dónde te escondes?

En la distancia insalvable que dista

del dedo de Dios al dedo de Adán.

En la mirada inocente que despierta por primera vez

al asombro.

En la amistad sincera.

En el sexo, sagrado.

En compartir, el camino.

En amar sin orden ni medida.

Está en rebelarse contra el No es posible,

está en hacer justicia donde no la había,

está en no rendirse y en ser libre.

Porque el sentido de la vida se esboza

en la sonrisa que lo ha dado todo, y que se refleja,

y que no se esconde ni ante el mismo filo de la Guadaña.

Cuando el león de piedra saltó

Ayer recibí el libro. Leones de las grandes ciudades, con una foto tuya, tu dirección y tu nombre. No sé cómo te las has ingeniado para localizarme pero ya son dos veces en las que me has salvado la vida, y el único modo que tengo de agradecértelo es escribiéndote esta carta.

Te escribo en los pocos momentos de lucidez que me dejan conservar. Al parecer, tras el incidente que me trajo aquí he seguido con episodios alucinatorios. Yo no consigo recordarlos a pesar de mi esfuerzo. Por suerte lo que no puedo olvidar es nuestro fugaz encuentro. Y esto es lo que quiero contarte, porque necesito desentrañar quién es el que está loco, si lo estoy yo, si lo estamos los dos, o si son todos los demás.

Cuando el león de piedra saltó de la peana sentí que se rasgaba el frágil equilibrio que como una fina piel transparente y viscosa, me había protegido en los últimos meses. Al sentirme roto en mitad de aquel cruce, en mitad de la ciudad, solo pude pensar o que estaba soñando (lo descarté de inmediato), o que me acababa de volver loco (tomar conciencia de esa posibilidad resultaba paradójico), o que la realidad era tan descabellada como apuntaban los hechos de mi vida (no pude negar la fuerza de esta idea). A  todo esto el león, que dio varias vueltas al monumento como para animar a sus congéneres pétreos, se cansó de intentarlo y al ver que no le seguían, lanzó un rugido que atronó duro y rocoso, y que terminó por paralizarme.

Todo lo demás fue tan rápido, como poco inteligente por mi parte. Comencé a gritar: «¡El león, el león!». Y por si fuera poco me dediqué a señalarlo con el brazo, la única parte de mí que fui capaz de mover en esos momentos. La gente entonces comenzó a pararse en las aceras, y pareció sentir más curiosidad por mis gritos que por el animal. Este coincidió en el interés y me miró con sus ojos duros, como si me censurara por los gritos. Callé pero ya era tarde.

El enfurecido león inició una salvaje carrera hacia mí. Reparé preso del pánico cómo recortaba cada metro con sus poderosas patas, sentí temblar el asfalto, observé su melena de piedra ondear al viento, percibí el salivar de sus fauces, vi su enorme lengua marrón ladeada a su derecha a causa de la velocidad, y el miedo me inundó y me llenó como difícilmente puede llenarse e inundarse algo.

El asombro y el miedo me habían hecho enmudecer, pero aún pude escuchar a la gente gritar que me apartara, oí sin entender, palabras como “cuidado”, “atropello”, “ambulancia”, y tal vez de fondo escuchara sirenas, o eso es lo que me quieren hacer creer desde entonces, porque yo sólo vi con nitidez al león acercarse raudo hacia mí, listo para abalanzarse y devorarme con una dentellada en cuanto recorriera un par de metros más.

Cuando estuve preparado para su ataque, inmóvil y sin esperanza pero consciente de que no es el peor de los finales el morir devorado por un león de piedra en mitad de una gran ciudad, sentí el fuerte empujón que me arrancó del asfalto y prácticamente me hizo volar hasta la acera.

Por unos instantes y desde el suelo pude contemplar al león. Siguió su carrera sin volverse, sin prestarme ya mayor atención… y me sentí vacío. Momentos antes estaba a punto de perecer bajo algo misterioso, ahora me encontraba rodeado de personas que me llamaban “inconsciente”, “loco”, que me gritaban que si quería suicidarme no lo hiciera delante de niños, que me señalaban como una vergüenza para la sociedad, que pedían mi encierro y tirar la llave. De nada sirvió que tratara de explicarles que el león me había paralizado del susto, que yo no quería morir… atropellado. Si acaso lo estropeé todo aún más.

Finalmente llegó la policía y al poco una ambulancia. Cuando los agentes preguntaron por lo sucedido, mis explicaciones apenas contaron, los testigos oculares que aún quedaban dieron su versión y fueron creídos al instante. Tan solo tú guardaste silencio, tú que habías sido el héroe que me empujó, que arriesgaste tu vida para que el león no me devorase. Y aún te acercaste a mí cuando me subían a la ambulancia, y me dijiste al oído: «Yo también vi al león de piedra». Y te alejaste, pero ya no estaba solo, y el vacío se llenó.

La fila

Caía la noche pero esta vez eran los siguientes. Las semanas de espera llegaban a su fin. La puerta del apartamento que se había construido en una sola altura, en un solar en medio de la ciudad, estaba a punto de abrirse para ellos. La Cosa les esperaba.

Durante los largos y lentos días que se habían sucedido desde que se pusieron a la fila, las discusiones por ver quién entraba primero de los dos, habían sido constantes. Al final, la suerte de una moneda al aire decidió que fuese ella la primera en pasar.

La puerta se entreabrió. De nuevo el hedor que impregnaba el aire, de nuevo la luz blanca que se desparramaba fuera del apartamento. La pareja se miró por unos segundos con lágrimas en los ojos. Se despreocuparon de los impacientes rostros alineados detrás. Tras un cálido beso ella se dirigió hacia la puerta. Su cojera esta vez pareció un motivo de orgullo, saboreaban que el recuerdo agridulce perdería pronto su lado negativo.

Ella entró. Desde el interior alguien cerró la puerta de un portazo, como ocurría siempre cada vez que accedía el nuevo elegido. Él se quedó a la espera, calculó que bastarían cinco minutos. En breve la felicidad de ambos estaría asegurada. Comenzó a temblar.

Miró para atrás. Las luces amarillas de las escasas farolas que aún funcionaban, pintaban la acera de un gris extraño. Sobre esa lámina de color se extendía la fila hasta donde alcanzaba su vista. Su miopía pronto convertía a las personas que de modo escrupuloso y en silencio se colocaban de uno en uno, en manchas, pero si hubiese tenido la agudeza visual de un águila, tampoco podría haber abarcado la fila por entero. Esta reptaba de una calle a otra, rodeaba edificios, y no paraba nunca de crecer.

La fila se deshacía aproximadamente de un infeliz cada cinco minutos, pero cada cinco minutos llegaban de media a la ciudad tres o cuatro infelices nuevos,  venidos de cualquier lugar, y a los que había que sumar los que la propia ciudad generaba, rendidos antes o después a la promesa, como les había ocurrido a ellos.

Pronto la puerta se abriría para él y el pasado sería tragado en la forma en que lo había conocido. Quiso pensar por última vez en su vieja ciudad, transformada en un caos desde la aparición de La Cosa. Un caos específico y distinto al de cualquier otra ciudad. Hasta ese día se trataba de una ciudad a la vez triste y alegre como la mayoría, pero entonces se convirtió en dos ciudades irreconciliables. La de las personas infelices, a un lado, y la de las gentes felices, al otro.

Ellos habían tratado de resistir como muchos a la promesa de la fácil felicidad que ofrecía La Cosa, pero como la mayoría, pasaron de un entusiasmo resistente, a doblar sus voluntades con el paso del tiempo, los hechos y la evidencia. Al fin y al cabo, como rezaban los grandes carteles publicitarios que el alcalde había autorizado poner: luchar contra la felicidad carece de sentido. Convéncete. Conviértete.

Sintió que la puerta estaba a punto de abrirse para él. Sintió el pulso apagado del lado triste de la ciudad. Todo lo que quedaba vivo a ese lado parecía concentrarse en la fila, y todo lo que estaba en ella, lo estaba para huir hacia el otro lado. Lo demás había muerto o estaba en sus últimos estertores; en los supermercados los productos languidecían, en los hospitales ya no había enfermos, en las iglesias, no quedaba nadie para rezar y ni siquiera a quién hacerlo.

Ancianos, hombres, mujeres, niños… todos anhelaban llegar dos puertas más allá. El paraíso quedaba demasiado cerca como para ofrecer resistencia. Él sintió que había llegado la hora de olvidarse del pasado.

La puerta se entreabrió. De nuevo el hedor que impregnaba el aire, de nuevo la luz blanca que se desparramaba fuera del apartamento. Él se adelantó y llegó hasta la puerta. Bajo el arco de la misma vio cómo al fondo del apartamento, desaparecía ella tras otra puerta que desprendía un aura dorada, y que conducía hacia la parte feliz de la ciudad.

Ella no llegó a girarse. Ella se perdió bajo el aura. Él la vio caminar sin la cojera que le había acompañado desde los diecisiete años como secuela de un atropello por no respetar un semáforo. Él era el conductor que la atropelló, él quien no supo reaccionar a tiempo por su incipiente miopía. Así se habían conocido. La puerta que daba acceso a la ciudad feliz, se cerró con cuidado. Ellos pronto volverían a estar juntos.

Avanzó varios pasos dentro del apartamento y la primera puerta se cerró de un portazo. Él miró hacia atrás y se sorprendió al descubrir al alcalde. Este le sonrió y le señaló hacia un rincón. Hizo caso y su vista se topó de golpe con La Cosa. De un modo fugaz su cabeza se preguntó cómo era posible que en un espacio tan reducido, no hubiera prestado atención antes a aquello.

La Cosa era enorme, su cuerpo, viscoso, y devoraba el espacio del rincón que ocupaba. El elegido comprobó como lo hacían todos, que La Cosa no se llamaba así por casualidad. Los infelices habían escuchado rumores que no tenían confirmación, los felices no le daban mayor importancia física a su salvador. En cualquier caso, unos y otros nunca se mezclaban. Nadie infeliz había atravesado al otro lado de la ciudad sin pasar por el cuarto y por La Cosa. Nadie feliz había querido retornar a la infelicidad. El orden anulaba el caos.

La Cosa no parecía humana, pero no era descabellado pensar que lo hubiese sido en algún momento. Todas las partes de su cuerpo estaban hinchadas, su color era cetrino, sus articulaciones deformes. La cabeza sebosa no presentaba ojos aunque sí boca, no presentaba pelo aunque sí arrugas, no tenía orejas ni nariz aunque parecía escuchar y oler. Y hedía. La Cosa hedía, toda ella rezumaba un olor pestilente. A él ya no le quedaron dudas sobre la causa del olor que impregnara el lado triste de la ciudad. Cada vez que la puerta se abría para acoger a un infeliz, cada vez que un infeliz era depurado, dejaba su carga para el resto de infelices.

El alcalde leyó el recelo en el rostro del nuevo elegido. Nada a lo que el alcalde no estuviera acostumbrado, y tomó la palabra como había hecho tantas otras veces en ese mismo punto:

−Quemar el mal de la infelicidad conlleva consecuencias, este olor es una, otra es el color que le ves a la criatura, otra el dolor que padece y que debe digerir para sanarnos cada trauma, cada pérdida, cada tara, cada cicatriz… pero La Cosa es nuestro regalo, y se sacrifica por nuestra felicidad. Tú, como todos los que te han precedido, eres ahora el privilegiado. Acércate y tócala para que todos tus males, tus miedos, tus derrotas, desaparezcan y dejen paso a una permanente felicidad. Únete a la buena vida y al lado correcto de la ciudad.

El alcalde mostró su mejor sonrisa e hizo un claro gesto con la mano para que el elegido le hiciera caso. La Cosa también movió ligeramente su rotundo cuerpo y, pareció incitarle a que se acercara.

Él quiso ser feliz como todos, y quiso serlo junto a ella, y quiso estar al otro lado donde la esperanza se hacía realidad. Él estaba convencido y ya no temblaba como le ocurrió por un momento antes de entrar. La Cosa no le daba miedo, ni asco, apenas sentía su hedor, tampoco le molestaba la mirada apremiante del alcalde… y sin embargo.

Sin embargo no se acercó a La Cosa. Sin embargo dijo «no», y «lo siento». Sin embargo miró con angustia hacia la puerta por la que se había perdido ella, y renunció. Y se giró, y volvió sobre sus pasos. Y la mirada del alcalde fue amenazadora, y La Cosa se agitó, y el hedor…

Él sin embargo no reparó en todo eso y siguió hasta la puerta que le conduciría de nuevo hacia el lado triste de la ciudad. Al girar el pomo, le pareció oír que afuera, algo se desmoronaba.