El animal moribundo, Philip Roth

Philip Roth es siempre una apuesta segura. Debería acabar mi reseña con esa primera frase, pero me extenderé un poco, perdonen mi redundancia.

No tengo los juicios de valor suficientes, es decir, no he leído (o no lo recuerdo) si Roth lo hace a conciencia, como sí lo hará por ejemplo y sistemáticamente Houellebecq, pero está claro que con cada una de sus obras el escritor estadounidense, fallecido en el 2018, cumple una de las funciones necesarias de la literatura; tocar las narices, hurgar en las heridas, ser políticamente incorrecto.

En El animal moribundo cumple a la perfección el anterior leit motiv. Su breve novela, con David Kepesh por protagonista y narrada a un testigo que nunca llega a desvelarse, me resulta una obra maestra que trata el sexo y la muerte sin autocensuras, sin filtros y por momentos con provocación.

El personaje al que recurre en numerosas de sus ficciones, David Kepesh, ya ha sobrepasado los sesenta, pero sigue siendo un individualista, un cínico si lo requiere la situación, un esteta y un irreverente social, que se enfrentará en estas páginas a una de sus últimas oportunidades de gozar la sexualidad con una estudiante joven, Consuelo, que le hará perder el equilibrio de su vida.

Latigazos como, «la corrupción no es el sexo, sino lo demás. El sexo no es solo fricción y diversión superficial. El sexo es también la venganza contra la muerte». O, «no importa cuánto sepas, no importa cuánto pienses, no importa cuánto maquines, finjas y planees, no estás por encima del sexo. Es un juego muy arriesgado. El sexo es lo que desordena nuestras vidas normalmente ordenadas», dan una idea de lo que Roth es capaz de hacer cuando reflexiona, clavando su bisturí hasta el tétano del hueso.

La historia pasional del profesor universitario con la alumna que deja de serlo para poder empezar la relación de dependencia entre ambos, se ramificará además por otros derroteros que muestran un collage que va, desde la revolución sexual de los 60 en el ambiente universitario, hasta la muerte de uno de sus mejores amigos, pasando por la compleja y culposa relación con su hijo Kenny, que será la contrapartida moral del padre.

En apenas 120 páginas, Roth y David, esta pareja artística que me han dado tanto, logran sacudirme unas cuantas veces y me tienen atento de la primera a la última página, pues la única manera de perderse lo menos posible, es permanecer al acecho de las reflexiones del autor y de las tuyas propias que van surgiendo, en una combinación que te hace crecer por los paisajes a los que te ves arrastrado.


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La soledad del corredor de fondo, Alan Sillitoe

Un año y varios meses más tarde de la recomendación del escritor y profesor de literatura, Rafael Ruiz Pleguezuelos, del que por cierto da gusto leer todo lo que escribe (aquí su tuiter @rpleguezuelos), cayó por fin en mis manos La soledad del corredor de fondo, que empecé a leer como si se tratara de una novela, hasta que cerca del final del primer relato, descubrí que no, que no una, sino varias serían las historias que me llevaría por premio.

Ese hecho, que el título de un relato sirva para una recopilación, puede llevar a pensar que el resto quedan varios peldaños por debajo en cuanto a calidad. Sin embargo, no es el caso y si el relato de La soledad del corredor de fondo es realmente bueno, encontré otros muchos tesoros entre sus páginas.

La obra en su conjunto habla de las múltiples formas de perder que tienen la clase obrera y los desfavorecidos en general y, de cómo la sombra de soga de la pobreza en torno al cuello, genera ruindad y violencia, pero también, meritorias maneras de integridad y honradez que pueden alcanzarse a pesar de todo.

El libro fue publicado a finales de la década de los 50 del siglo pasado y se circunscribe a una Inglaterra sombría, repleta de personajes al borde del precipicio, enfrascados en una realidad gris donde apenas hay escapatoria y donde a veces, ni siquiera, un té a las cinco.

Como ya dije, abre la colección La soledad…, un relato escrito en primera persona, recurso que utilizará Sillitoe por otra parte a menudo, con lo que el autor imprime un sello empático hacia los personajes protagonistas. Aquí, un adolescente, carne de reformatorio, cuenta cómo ha llegado a su encrucijada particular y a la toma de decisión que se obliga por unos principios que, quizá no sean los mejores, pero que al menos son suyos.

Una vez constaté que Colin Smith, el adolescente corredor de fondo, no me acompañaría más en el viaje, vine a degustar auténticas joyas inesperadas que, eso sí, nunca son optimistas ni alegres. Por ejemplo, Tío Ernest, donde su protagonista intenta escapar de su exclusión y del alcoholismo, pero donde la lógica le empuja a ellos. O Una tarde de sábado, donde un niño ayuda a un adulto en su intento de su suicidio. O El Arca de Noé, donde el naufragio de una relación encuentra con los años una tabla de náufrago que finalmente se hundirá también.

Los relatos de Allan Sillitoe, como apunté más arriba, se encuadran en una época muy concreta, pero como toda gran obra, llega a lo universal a partir de su reflejo en lo individual. Y aquí y ahora más si cabe, pues uno encuentra en su época de crisis lo que por desgracia es un correlato perfecto de nuestros días. Es lamentable comprobar cómo cambian los tiempos, pero no los problemas y tampoco las angustias que suscitan.


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Mierda bonita, Pablo Gisbert

Nada más escuchar su título ya supe que quería leerlo. Y una vez que lo he hecho, sé que lo releeré en breve. Mierda bonita es una obra deslumbrante y por momentos perturbadora, que aconsejo desde su primera página hasta sus últimas consecuencias. Así comienza su primera historia: «Un chico quiere ir a un cuarto oscuro para que se lo follen». Y así termina la última: «… y archivaron el caso como un suicidio de artista».

Sigo con una de las primeras reflexiones que me provocó la lectura del libro: odiar al autor. Pablo Gisbert, que tiene un año menos que yo, tiene también una escritura tan fresca como profunda, y sí, la envidia me invadió. Por suerte, solo tuve que seguir leyendo y rendirme a su talento para perdonarle.

Supongo que para las editoriales esta obra es un problema, un quebradero de cabeza, acostumbradas como están a encasillarlo todo para vender su producto manufacturado y poder ponerlo en la casilla correspondiente de la tienda, pero yo agradezco siempre el compuesto cuando el resultado merece la pena y Mierda bonita vaya si lo merece.

Al acabar su lectura todavía no tengo claro si se trata de una colección relatos, de ensayos, de performances para su representación, o incluso de puras provocaciones. Lo más sensato es decir que hay de todo ello y mucho más. Lo mejor, llamarlo como se hace en la introducción, los textos reunidos del autor.

Unos textos donde te golpeas, y yo al menos lo agradezco, con y contra el siglo XXI. Resulta que existen infinidad de obras literarias que reflexionan sobre el XX, pero mientras leía Mierda bonita pensaba que nuestro tiempo estaba encerrado en sus páginas. O al menos algunas de sus cuestiones acuciantes, como la sexualidad en sus márgenes, la depresión, o la deriva sin retorno que vivimos.

Sí, estamos ante un libro que mete el dedo bien hasta el fondo en las llagas, sin compasión alguna, con un talento especial para recrearse, detenerse y expandirse en los límites de los problemas de nuestra sociedad. Los mira a la cara y el resultado es, efectivamente, mierda bonita.

Lamento su brevedad, pero agradezco el resto, es una obra fiera, ágil, valiente, que transmite dura sinceridad y que por supuesto deja huella. Advierto, la mosca de su portada no te deja una vez has terminado con su última página.


 

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La conjura contra América, Philip Roth

En proceso de remodelación de mi blog en el que será su tercer gran salto desde que nació, allá por un lejano otoño berlinés de 2007 y, tras un parón de meses por el que me merezco la admonición que cada cual considere, vuelvo a vosotros con la sección que durante el año pasado más disciplina y placer me supuso, a la que espero volver a partir de ahora sin fisuras ni abandonos y que no es otra que la de la crítica de libros.

Entrar en una biblioteca y encontrarme a Philip Roth de frente es una tentación que no puedo evitar y en la que una vez más caí con todas las consecuencias, no recuerdo el motivo por el que estaba en el expositor, pero me importó poco y en seguida hice la suma pertinente, que me lo pudiera llevar y que no lo hubiera leído antes, dados los sumandos de manera efectiva, el resultado no pudo ser otro, el libro que iba a buscar no lo tenían, pero el viaje no había sido en balde. Nunca hay viaje baldío a una biblioteca.

Ya en la tentación, me entregué a su prosa a pecho descubierto. Reconozco que al principio me costó, pues la novela parecía poner todo el peso en la vivencia norteamericana-judía que caracteriza su obra, cuando a mí me interesa más su lado y sus derroteros libidinosos. Con todo, el atractivo de tenerle a él como protagonista (siendo un niño de unos ocho años) y a su familia, en Newark, dónde si no, me hizo avanzar hasta que me atrapó sin remedio. El precio que se paga con Roth siempre es realmente sugerente.

Puesto que vivimos en una sociedad anti spoilers, y puesto que hay un elemento clave a este respecto, poco diré a la hora de calificar y definir la novela ante la que estamos y del mismo modo, me prohibiré reflexionar sobre esos aspectos. Solo me limitaré a decir que según avanzaba me contuve de acudir a otro tipo de fuentes para ampliar los conocimientos históricos que con su lectura iba adquiriendo. Al final, el propio Roth se marca unos apéndices que desvelan y reúnen esas fuentes de información que se precisa.

En La conjura contra América tenemos al genio en el pleno esplendor de su prosa, jugando como él sabe hacer de una manera hipnótica con la Historia, con su biografía y con el lector. Un relato bien escrito es siempre un relato verosímil, convincente y poderoso. Así que solo puedo recomendarles que se dejen llevar por la procelosa Norteamérica previa a su participación en la II Guerra Mundial, descubrirán episodios sorprendentes que desconocían, y al final de la novela, tal vez duden, como me ha pasado a mí, entre odiar o amar a Philip Roth.

Aunque les seré sincero, en mi caso la disyuntiva la resolví al instante y con toda facilidad. Yo siempre me arrodillo ante el escritor Philip Roth, para darle las gracias por la obra que nos ha legado y nos ha regalado por los siglos de los siglos venideros, que no serán muchos al ritmo que vamos, pero ese relato, ya es otra historia.


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Queridos fanáticos, Amos Oz

Queridos fanáticos son tres conferencias (convertidas posteriormente en este libro de ensayo), impartidas por el intelectual Amos Oz, un israelí que desconocía y que me alegro de haber descubierto. El motivo es sencillo, su discurso está comprometido hasta la médula con el proceso de paz de uno de los conflictos más difíciles (y no será porque no hay donde elegir) que se ciernen sobre la Historia actual: el palestino-israelí.

Amos Oz se dirigirá sobre todo a los suyos, al pueblo israelí, dando buena muestra del conocimiento que tiene sobre la riqueza histórica de su pueblo desde una mirada humanista cargada de algo tan necesario como el sentido común. Escribe así más para sus fanáticos que para los fanáticos del otro bando, sin restar por ello importancia a las dificultades propias de estos últimos. E intenta aportar su grano de simiente para desmantelar el concepto «irreversible».

Podríamos tener la tentación, dado el enconado conflicto y los lugares comunes y polarizados que en occidente suelen sobrevolar sobre el mismo, de acusar al autor de poco más que cándido. Pero su manejo de los hechos históricos (unos hechos de los que además en las últimas décadas ha sido protagonista y testigo), le sirve para dar un mazazo sobre la mesa y decir que pesimismos los justos. El tercer ensayo, Sueños de los que Israel debería librarse pronto, contiene páginas brillantes que demuestran su teoría: en política, lo que parece irreversible no suele serlo nunca.

Especialmente interesante me resulta también la reflexión que lleva a cabo en Luces, no luz, su segundo ensayo. Ahí apunta que el camino para solucionar el conflicto no puede ser único e inamovible, que no se puede tratar el problema como una hoja de ruta tallada en piedra, porque la sabiduría unidireccional no dará soluciones factibles. Lo que propone y lo que muestra son vías poliédricas. Su lectura son unas páginas muy lúcidas altamente recomendables para todos aquellos que actualmente entienden por israelí la definición de sionista que pretende masacrar al pueblo palestino.

En realidad, su propuesta será extensible a todo nombre común y nos muestra el problema en el que tendemos a caer tan a menudo, el de las simplificaciones. Israelí, musulmán, catalán, español, inmigrante… etiquetas que usan muchos como si fuesen piedras homogéneas. Y que como piedras tienden a lanzarse, unos contra otros, precisamente esos muchos. Solo hay que encender cualquier medio de comunicación/manipulación para comprobarlo.

Puesto que la lección de la Historia es que no aprendemos casi nada de la Historia, y puesto que cada día parece que estamos más cerca de esa irreversibilidad del desastre de la que quiere huir Amos Oz, textos y reflexiones como las de este autor son más necesarias que nunca. Las raíces están bien, pero también lo están las alas. Ojalá comencemos a construir un relato común donde alas y raíces sean compatibles.

Agosto 2018


 

Maestros Antiguos, Thomas Bernhard

Empezaré por lanzar la siguiente panorámica del autor; es difícil encontrar una prosa más ácida que la de Thomas Bernhard. Hasta donde le he leído, nunca hace concesiones a la esperanza ni a la estética, y Maestros Antiguos, se dice que su último texto, es un claro ejemplo de esa prosa que menciono.

La novela está contada por un narrador testigo llamado Atzbacher del que apenas sabremos nada, pero que no cesará en su empeño de contarnos cómo ve el mundo su amigo Reger, musicólogo y crítico de arte que desde hace muchas décadas acude día sí, día no, al Kunsthistorische Museum de Viena, para sentarse en el mismo banco y frente al mismo cuadro, El hombre de la barba blanca, de Tintoreto. Desde la misma sala de ese museo, disparará sin piedad y sin cuartel sus ideas contra toda arquitectura humana, ya sea pintura, filosofía, educación, política, música… o incluso los mismísimos retretes vieneses.

La crítica de Bernhard a todo lo que se mueve en general, y a todo lo austriaco en particular, es de tal calibre, que mientras leía la novela pensaba que nuestros escritores nacionales más cáusticos (estoy pensando especialmente en los artículos de Pérez Reverte y Javier Marías), apenas si son simples aficionados a la hora de poner a caldo nuestras idiosincrasias patrias. Pero como ya he dicho, tiene para todo y para todos y especialmente ataca a los intocables en un ejercicio que desespera por su discurso bastante irreprochable desde un punto de vista argumentativo. Allá donde otros vemos tablas de salvación, llega él para prenderlas fuego.

Ejemplos de esa crítica furibunda hay a docenas a lo largo de las páginas y desde luego no se le puede acusar de no atreverse a atacar el establishment, especialmente el artístico. Así, el Greco será un pintor de segunda fila que no sabe trazar una mano, Beethoven un cursi de narices, Heidegger el filósofo más sobrevalorado de todos los tiempos… Y sorprende especialmente porque más allá de que estemos dispuestos a comprarle sus argumentos concretos, su punto de partida es inapelable: de cerca, ninguna obra de arte es perfecta. Si se analiza con tiempo y precisión, cualquier logro humano, hasta el mejor considerado, se cubre de fallos.

Y eso con respecto a lo mejor, porque, qué decir, nos dirá, de la mediocridad de los historiadores del arte, qué de las conductas zafias que llenan las vidas de las personas humildes, qué de la predisposición hacia la maldad de nuestra especie al margen de cualquier condición social. La novela por momentos me robó tanto el aire, que a pesar de la lucidez (oscura, ácida y amarga, pero lucidez al fin y al cabo) tuve que leerla con prisa para acabar con tanta atmósfera desagradable. De hecho, y aquí viene mi mayor crítica a la novela, hay un momento donde comencé a sentir que había una hoja de ruta por parte de Bernhard para ir despellejando todo lo humano. Y todo, especialmente si se hace de manera sistemática, probablemente sea demasiado.

Soy consciente de que llego al final de la reseña cometiendo un silencio, quizá imperdonable, hacia la figura de la mujer muerta del musicólogo, ¿no es acaso su pérdida el desencadenante de su radical visión fatalista? Si ella todavía estuviese a su lado, ¿acaso el arte todavía salvaría el sentido de la existencia, que es lo que el protagonista viene a negar al final de su vida? Y si es así, ¿no estaría Reger dispuesto a reconocer por tanto que el amor es el último y el primer motor? Lo dejo aquí, no vaya a convertir ahora a Thomas Bernhard en un romántico perdido.

Agosto 2018


 

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Elegía, Philip Roth

Las dos últimas novelas que he leído de Philip Roth, Patrimonio: una historia verdadera y Elegía, hablan rotundamente de la muerte. La primera sobre el propio padre del escritor, la segunda, la que aquí me ocupa, sobre la de un protagonista que empieza muerto, en su ataúd, en el cementerio, y que acaba liberadamente feliz, «Tal como había temido desde el principio».

La estructura narrativa que Roth elige nos permite acceder mejor a las diferentes luces que brillan en las caras del prisma. Podremos observar con precisión de bisturí, gracias a los saltos temporales, al protagonista como padre, como hijo, como marido, como profesional de la publicidad, como cretino… y en definitiva, como un ser humano con sus miserias y sus aciertos dentro de un denominador común: la fragilidad.

Philip Roth quiere resultarnos agotador, descorazonar por momentos al lector, y para ello nos muestra al protagonista en los brazos de la amargura de la enfermedad, en la camilla del hospital, en las manos de los cirujanos. Llega así a mostrar uno de los leitmotiv de la obra, el de que la vejez no es una batalla (como se dirá unas páginas previas dando a entender que hay alguna posibilidad de victoria), sino que es una masacre. Contra el tiempo, no hay rival posible.

Elegía es una obra oscura y sin embargo, brillante. La portada de la edición de Literatura Mondadori (ahora Penguin Random House), no puede ser más acertada: fondo negro con el título y el nombre de Roth en blanco radiante. El minimalismo da la mano al simbolismo, gran acierto de quien lo ideara. La vida es morirse, pero en nuestra mano y con nuestras acciones existe la posibilidad de arrojar contradicciones, belleza y luz. Por ejemplo, con el arte. Por supuesto, habrá toneladas de fracasos, pero como apunta el otro leitmotiv de la obra: «Es imposible cambiar la realidad. Tómala tal como viene. Mantente firme y tómala como viene. No hay otra manera».

Lo cierto es que sí hay otras maneras y las vemos a diario. Maneras que edulcoran, engañan, pervierten sobre esa realidad, haciendo del ser humano algo más pequeño. Roth nos ha dejado este 2018, por suerte, su obra perdurará para quien no se conforme con discursos blandos, para quien quiera mirar de cara a la complejidad de una vida tan dura como (si naces con la suerte suficiente) maravillosa.

Agosto


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Botchan, Natsume Söseki

¿Cuántos mundos caben en nuestro mundo? Por suerte bastantes, y ahí está el arte en general y la literatura en particular para llevarnos de la mano a disfrutar de otras culturas, de otros problemas, de otras soluciones. Botchan es un ejemplo de lo que acabo de decir y es que esta novela, publicada en 1906, no solo refleja otra época, la de principios del siglo XX en un Japón que todavía no ha tenido demasiado contacto con occidente, sino otro modo de vida. Una vida reconocible, pero en el fondo muy distinta de la nuestra.

Incidiré en este punto. El protagonista, Botchan (que viene a significar niño mimado), tras unos estudios superiores (que no universitarios) en matemáticas, es enviado como profesor a una remota región de Japón, alejada de la civilizada Tokio y lejos del único contacto familiar que le queda, Kiyo, quien ha sido su cuidadora no solo de niño. Pues bien, descrita la trama, podría pensarse que nos adentraremos en temas habituales; el profesor que enseñará a sus alumnos a ser mejores, mientras él (también) crece y lucha contra sus propios fantasmas, al tiempo que se enamora… Nada de eso.

Botchan es una novela donde se nos relata apenas un único tema: el honor. El protagonista quiere ser justo, odia el lugar al que han mandado sus huesos, pero lo acepta. Ahora bien, lo que no está dispuesto es a aceptar la hipocresía que se desenvolverá a su alrededor. Tampoco se convertirá en un héroe, no se trata de ese tipo de honor, pero sí actuará con pequeños detalles dentro de sus posibilidades. La siguiente línea de diálogo, entre Botchan y el timorato director de la escuela, resume bien mi argumento:

 

‒Es un rasgo de egoísmo por tu parte ‒explotó [el director]‒. ¡Lo único que harás será perjudicar a la escuela! Además, ¿crees que te va a ayudar en tu carrera dejar el trabajo antes de que se haya cumplido el primer mes? Creo que debes pensártelo dos veces.

‒¿A quién le importa mi carrera? Me importa más ser justo.  

 

Dicho lo anterior, reconoceré que no es un libro que me haya entusiasmado, en buena medida porque los problemas que presenta los siento un tanto lejanos, pero sí tiene varios aspectos muy interesantes. Por ejemplo, que el protagonista sea capaz de reconocer sus limitaciones, a lo largo de la obra repetirá y mostrará que es impulsivo, que no es locuaz, y que no es la persona más inteligente, pero no se fustiga, sino que lo asume sin traumas, con entereza y, de nuevo, buscando ser justo. Por ejemplo, la ausencia de pulsión sexual en un tipo que ronda los treinta años, sin que se pueda percibir ningún tipo de represión por ningún lado. Por ejemplo, el personaje de Puercoespín. Y por ejemplo, que la trama no derive hacia sus alumnos, los cuales no tienen apenas peso y en ningún caso nombre. Qué distinto a nuestros temas/clichés habituales.

Antes de acabar quisiera decir que no entiendo la comparación que a menudo establecen los críticos con El guardián entre el centeno de Salinger. Sencillamente, o mi memoria anda descarriada (que puede ser perfectamente), o la comparación está cogida con unos alfileres que no veo necesarios por ningún lado.

Agosto 2018

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Cáscara de nuez, Ian McEwan

Desde que Homero enseñó el camino de la literatura con La Ilíada y La Odisea, los límites de la narrativa parecen claros, pero nunca lo están, o mejor, el límite es que apenas hay límites. Borges acotó el tema perfectamente bajo la frase “ningún personaje es imposible”. Los dioses pululan con Homero, el loco más cuerdo que todos los cuerdos de su época (y desde luego que la nuestra), campa en busca de gigantes por los campos de Castilla, y un feto es el narrador y protagonista de Cáscara de nuez.

De acuerdo, Ian McEwan parte de una premisa arriesgada, sorprendente, genial y con ello ya tiene buenos mimbres para que su novela eche a andar, sin embargo, ¿cumple con el resto de las expectativas? ¿Sus personajes merecen la pena? ¿La trama tiende su tela de araña de manera irremediable? ¿El estilo y el ritmo están a la altura? Desde mi punto de vista concedo un sí generalizado, más bien concedo un bravo. El conjunto está a la altura y Shakespeare, actualizado, tiene mucho que ver en ello.

Lo que se nos sirve es un escenario moderno en unas intrigas tan añejas como el ser humano; amor, desamor, celos, odio, traición y por supuesto el fantasma de la muerte royendo la esperanza. Pero eso sí, al modo posmoderno, nada de grandes fanfarrias, nada de reinos y coronas en lucha, la única gloria en todo caso que se persigue aquí, es la de la poesía por parte de John, el padre cornudo del protagonista no nato. Pobre John, antes, durante y después del drama.

Menos mal que nuestro feto viene bien pertrechado gracias a los podcast que su madre usa compulsivamente para poder dormir (es lógico la dificultad de la madre, el remordimiento y la culpa son una carga muy pesada) y que le enseñarán tanto al narrador. Y menos mal que nosotros encontraremos entre las doscientas páginas (ni siquiera llegan), tanta ironía, reflexión y humor, que nos será muy difícil no querer tragarnos por completo el veneno del drama al que asistimos.

Un drama por cierto opresivo. Apenas respiramos un solo gramo de aire freso fuera de la ruinosa mansión familiar que engendra la acción. Y lo poco que se respira fuera de ella, se sabe que no va a traer precisamente aire limpio. Así que nos quedamos encantados en la casa, contemplando cómo la ruina tiende a desmoronarse, no a relucir, a pesar de nuestras ilusas ficciones. Maldita y obcecada realidad, que al final siempre se impone. ¡Incluso hay que nacer para empezar a morir!

Julio 2018


 

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