Culpable

I

Finales de la segunda década del siglo XXI

Difícilmente se podía negar la pasión. La cama chirriaba desde hacía rato con cada embestida de él sobre ella. Los dos sudaban, los dos jadeaban, y sin embargo, algo no encajaba del todo.

Había cierta contradicción entre la luz encendida de la habitación, y que los dos estuvieran con los ojos cerrados, entre el supuesto placer de ambos, y sus caras; de sufrimiento en él, de cálculo en ella. Eso sin mencionar el asunto del cuchillo debajo del colchón.

Ella abrió los ojos y al leer el rostro de dolor que tenía frente a sí, supo que había llegado el momento. Entonces y a punto del orgasmo mutuo, susurró un nombre, susurró otro nombre, susurró el otro nombre. A él se le escapó el llanto que había contenido desde hacía mucho, y lo acompañó de un grito penoso y ridículo mientras su miembro se le contraía bajo el mazazo recibido. No lo soportó más y estiró el brazo hasta el cuchillo, lo alcanzó sin dificultad, y lo elevó de inmediato.

El miedo de ella resultaba extraño, parecía querer aparentar horror, pero un rictus malicioso de su expresión impedía su éxito. Él permaneció con el cuchillo en alto durante unos segundos, ella esperaba. Finalmente Lucrecio, desesperado y desbordada la rabia contenida desde hacía ocho meses, descargó el brazo y clavó el cuchillo hasta la empuñadura. Lo hizo sobre el colchón, no sobre Carmen.

 

II

Catorce meses más tarde

El portavoz del jurado popular fue llamado por el juez para leer la sentencia. Era un hombre robusto, de mediana edad y pelo cano, que se mostró decidido en sus gestos y no falto de pose, consciente como no podía ser de otra manera, de su momento de gloria en aquel juicio para unos histórico, para otros absurdo, y para todos rocambolesco.

−El jurado declara por unanimidad al acusado Lucrecio Cerca, culpable del cargo que se le imputa…

Mientras se leía la sentencia del jurado, la cara del juez perdió por un momento la absoluta seriedad petrificada que había mostrado durante todo el proceso, y dejó paso contra su voluntad, a una expresión donde cabía apreciar hartazgo e incomprensión.

El acusado por su parte, transmitía una extraña serenidad a pesar de la sentencia, y a pesar de los cientos de flases disparados contra él, que inmortalizaban cada segundo de los últimos coletazos del juicio «más banal pero necesario», como lo describía uno de los renombrados periodistas que informaba del proceso, «desde el inicio de esta década, y tal vez del siglo». Qué era lo que realmente cruzaba por la cabeza de Lucrecio en aquellos momentos, es algo sobre lo que se volverá al final de esta historia.

En cuanto a Carmen Luz, ya víctima oficial para la justicia, se encontraba en una de las últimas bancadas, también bajo los flases de los periodistas, y mostraba un gesto de satisfacción que, sin embargo, no anulaba su miraba de odio reconcentrado hacia el acusado y culpable. «Sigo viva y separada de Lucas Morrison, y ambas cosas son por culpa de Lucrecio Cerca. El daño que me ha hecho ese hombre es irreparable, y no hay  condena que me alivie». Estas fueron las únicas declaraciones que durante el juicio había realizado Carmen.

 

III

Veinte meses antes del incidente del cuchillo

Lucrecio estaba sentado un atardecer de primavera en uno de los bancos del Parque Olimpo. La cabeza entre sus manos denotaba un estado de ánimo pésimo, que confirmaban sus pensamientos, resumidos en la idea que apuntaban periódicos, revistas, y programas de televisión especializados o no, según los cuales el éxito más rotundo le había devastado. Por una vez, estaba de acuerdo con ellos.

Al sentir un lengüetazo en la rodilla alzó la cabeza con sobresalto. Acto seguido llegó el reproche de una dueña a su perro, un labrador color canela que miraba a Lucrecio con la lengua ladeada y satisfecho de sí mismo. La dueña hizo una disculpa muy sentida. Él tardó en reaccionar, primero por estar absorto en su mundo derruido, segundo por la sorpresa, y finalmente, porque desde hacía mucho tiempo no le dedicaban una sonrisa tan limpia.

Cuando al fin reaccionó, pidió a la mujer que fuera indulgente con aquel bonito y simpático labrador. La dueña, unos diez años más joven que Lucrecio, no tuvo ningún problema en perdonar a su perro y relajó la correa para que el animal pudiera recibir sin agobios las caricias que Lucrecio le prodigaba. Este por su parte, y a pesar de las innumerables entrevistas, reportajes y ferias de libros de los últimos años, se mostraba intimidado ante la candidez que desprendía la mujer. Ella se terminó por sentar en el banco totalmente relajada, y sin dejar de mirarle, le dijo que parecía estar triste, casi abatido.

«¿Tú crees?» Fue la respuesta en forma de pregunta que se le ocurrió a Lucrecio, a quien se le hizo a la vez patente, lo insulso que sonaba por un lado, y por otro, que de haber dado una respuesta Lucas Morrison, esa bonita mujer ya estaría rendida a sus encantos.

Sin embargo quien había contestado de un modo irremediable era él, y a pesar de su torpeza, ella le seguía sonriendo con candor. Lucrecio, en un juego de silencios alargados que a él le incomodaban pero que a ella parecían divertir, pensó que en ese rostro afable no había un ápice de reconocimiento hacia su persona, y nada le pudo parecer más salvífico.

 

IV

Cuatro años y medio antes del encuentro en el parque

            El joven escritor Lucrecio Cerca rebosaba ideas camino de la editorial. Se encontraba inspirado y tenía verdaderas ganas de reunirse con su editor para comunicarle que estaba en plena ebullición creativa y, que paladeaba de nuevo los orígenes de una novela tan rompedora y original como las otras dos publicadas anteriormente. Hasta tenía el nombre de su protagonista principal, una de las cosas que más esfuerzo le habían costado siempre.

Llegaba tarde porque se había tenido que parar a escribir en su libreta, las ideas, esbozos de personajes, y los requiebros de la trama, que llamaban a las puertas de su imaginación. Y eso sin mencionar su natural despiste por el que se confundió de tren.

El editor le recibió en su despacho, correcto como siempre pero sin el ánimo de otras veces. Además, le recibió con una mueca de seriedad que Lucrecio podría haber notado sin esfuerzo, si hubiera permanecido mínimamente atento, cosa que no hizo.

−Tenemos que hablar –dijo el editor.

−Por supuesto –contestó entusiasmado Lucrecio sin advertir el tono−. Creo que en un año o en un año y medio podré presentar un manuscrito excelente, revolucionario, cargado de…

−Lo que tendrás que hacer en seis meses, Lucrecio Cerca –le interrumpió el editor−, es presentar algo verdaderamente distinto a lo que has escrito hasta ahora.

El rostro de Lucrecio mudó de inmediato y se le borró de golpe la felicidad. Por fin pareció atisbar de qué iba aquella reunión concertada fuera de agenda.

−Amigo –continuó el editor con Lucrecio ya centrado−, tienes un talento prodigioso, una imaginación desbordante, y una prosa que ya quisieran para sí la mayoría de los escritores de hoy, pero has publicado tres novelas con nosotros, y eres nuestro autor menos vendido.

«He apostado por ti durante estos casi cinco años. Y lo he hecho porque creo en lo que haces… y porque tenía un prestigio que ya no me sirve de mucho. La editorial ha sido tajante conmigo, o consigo que presentes una obra comercial en poco tiempo, o me tengo que desprender de ti, para que no se desprendan también de mí».

Lucrecio trató de reponerse del golpe.

−¿Me estás pidiendo acaso un best seller o algo parecido? ¿Estás de broma? Sabes que estoy en las antípodas de manufacturar –dijo esta última palabra no sin desprecio− algo así, sabes que…

−Basta Lucrecio, ha llegado la hora de demostrarte a ti mismo si tu talento es tan grande como tú y como yo pensamos. Hacer dinero no es una tragedia. Usa tu don para crear un producto comercial, y cuando te llenes los bolsillos, podrás volver al camino que tú elijas.

«Amigo, la editorial lo tiene claro, no quiere kafkas ni van goghs, no quiere mártires del arte, quiere ingresos… y quién se lo va a reprochar hoy día.

 

V

Unos cinco años antes de esa reunión

El móvil comenzó a sonar en mitad de la entrevista de trabajo. Lucrecio se sonrojó y se disculpó nervioso mientras sacaba el teléfono del bolsillo para apagarlo. Sin embargo, antes de hacerlo miró por un instante la pantalla, vio que se trataba de un número desconocido, y contra toda lógica y educación, dijo al entrevistador que no estaba interesado en el puesto.

Lucrecio salió del despacho de recursos humanos de modo atropellado, consiguió atender la llamada en el quinto tono. Esta vez sí, su corazonada había resultado cierta.

Unos cuantos meses atrás el joven Lucrecio no podía disimular su entusiasmo, acababa de terminar de escribir su primera novela. Pensaba que el manuscrito era realmente bueno, pero no se engañaba y sabía que lo difícil consistía en hacérselo pensar también de ese modo a las editoriales. No se le pasaba por la cabeza apostar por alguna de las nuevas formas de edición ya bien asentadas, y por si fuera poco, no se conformaría con cualquier editorial, sino que solo enviaría su obra a unas pocas, aquellas con las que había crecido y donde se encontraban los escritores más grandes de siempre.

Tres días más tarde de la llamada que le había sacado de la entrevista de trabajo que narramos, Lucrecio se reunió por primera vez con quien sería su único editor. Este sobrepasaba los cincuenta años, desprendía confianza en su forma de hablar, y pensaba que aquel joven podía tener un futuro brillante. Lucrecio no conseguía disimular sus nervios.

El joven escritor hablaba atropellado y sin demasiado sentido. Justificaba su nombre por la pasión de su madre hacia el Rerum Natura del poeta romano Lucrecio, y lo mezclaba con los cronotopos que usaba en Tierra de todos, que así se llamaba su novela. Pasaba de Tolstoi a Sade sin respirar para hablar acto seguido de los alienantes trabajos que había desempeñado hasta la fecha. O alababa a la editorial por atreverse a publicarle cuando en su catálogo no había un solo autor sin prestigio, mientras pasaba a criticar de inmediato a este y a aquel escritor por repetirse, por faltar a su propia honestidad con autocensuras, y por someterse a lo comercial.

El editor le escuchaba. Le dejaba hablar lo máximo posible. Le gustaban esas muestras de inocencia. Y con respecto a otros discursos similares de otros escritores jóvenes, pensaba que al menos esta vez, quien lo hacía tenía verdadero talento.

          

 

VI

Tierra de todos fue un rotundo fracaso comercial. En cuanto a la crítica especializada, la mayoría la calificó de pretenciosa y de galimatías, aunque unos pocos la elevaron a la categoría de clásico moderno, sin dejar de reconocer, que su ostracismo estaba garantizado tanto por su temática como por el tratamiento que se hacía de ella.

Luego llegaron otras dos novelas que siguieron derroteros similares de venta y análisis. Ininteligibles para casi todos, y abrumadoras y luminosas para un puñado de entusiastas si sumamos a lectores y críticos.

La editorial se cansó de las ventas o más bien de la falta de estas. Dio un toque de atención a su editor estrella, quien se había estrellado en los últimos años por apuestas arriesgadas al estilo de Lucrecio, y así es como se llegó a la entrevista esbozada en el Capítulo IV, donde se le exigió al escritor no tan joven ya, que cambiara el signo de su éxito, o le dirían adiós.

Y vaya si logró cambiar su signo.

De todas las ideas y apuntes que Lucrecio Cerca había recogido en su libreta, de camino a esa reunión fuera de agenda con su editor, solo conservó dos palabras: Lucas Morrison.

Después de un mes mortificado por la decisión a tomar, de si acometía la propuesta de su editorial y renunciaba a sus principios, o de si los mantenía y comenzaba un camino de plena incertidumbre fuera del único apoyo que había encontrado durante años, se decantó finalmente por la primera opción.

Al mes llamó a su editor y le pidió consejo. Juntos comenzaron a trabajar en un proyecto de novela donde tal vez faltaba la fe, pero donde sobraba talento y buen hacer.

Durante las primeras entrevistas que Lucrecio concedió tras su éxito arrollador con, Lucas Morrison, agente inverso, lo dejó claro y lo decía sin pudor.

−He cocinado el libro siguiendo la receta conocida; un cuarto de aventura y acción, otro de intriga, la pasión necesaria entre los personajes, una pizca de oscuridad, los giros argumentales precisos…

El gasto enorme que la editorial realizó en márquetin y publicidad cuando tuvo la certeza de que tenían un best seller entre sus manos, cargado además de talento porque eso no se lo iban a negar, fue un punto que Lucrecio omitía en esas mismas entrevistas. Pero, ¿era justo acaso reprochárselo? Hubo quien sí lo hizo. Y es que aquellos pocos que le habían leído y alabado en el pasado, no entendieron su evolución calificándola en todos los niveles salvo en el comercial, de traición.

En los años siguientes −junto al dinero, los premios, los reportajes, las adulaciones, y los problemas personales más o menos públicos del escritor ya consagrado, que convirtió a Lucas Morrison en saga, en franquicia, en tendencia sociológica, y hasta en mito para muchos−, Lucrecio Cerca dejó hueco para esas aisladas críticas de sus viejos lectores, y estas añadieron un punto de profunda amargura en el crisol de sus triunfos. Tal vez eso ayude a explicar, él mismo nunca lo tuvo claro del todo, que siempre se negara a cruzar obstinadamente la “última frontera”, como él mismo describía en su círculo más íntimo la negativa de que Lucas Morrison saltara a la pantalla.

En esos años había puesto su talento al servicio del bien común, es decir, de su bolsillo y del bolsillo de su editorial. Pero por motivos incluso confusos para él mismo como queda dicho, y pese a que el bolsillo se le hubiera roto del peso si hubiera dicho “sí”, se negó siempre a aceptar que su personaje diera el salto fuera de sus páginas.

Nadie lo entendía, ni los encargados de hacerle llegar las suculentas ofertas, ni sus millones de fans, ni siquiera sus pocos detractores. Tampoco su viejo editor, quien le llegó a decir: «Ya estoy mayor para orgullos sin sentido… y no solo me refiero al tuyo; di que sí a una de las ofertas que nos hacen, y permíteme un retiro cinco estrellas. Aprendamos a lidiar con el cargo de conciencia». Pero en esta ocasión su editor no logró convencer a un Lucrecio cada vez más taciturno.

Su negativa sin embargo terminó por dar igual en términos de resultado, ya que pocos meses más tarde del último intento de su editor por convencerle, la editorial llevó a juicio el caso, y lo ganó tras basarse en argumentos como que el interés general quedaba por encima de la propiedad intelectual. Y así es como Lucas Morrison cruzó la “última frontera”, y llegó al cine, y a los videojuegos, a varias series de televisión, y a todos los que se le habían resistido porque leerle era una barrera que acababa de saltar por el aire.

 

VII

Ya se ha dicho, Lucrecio Cerca estaba cada vez más taciturno a pesar de haberse consagrado. Y la mala jugada que le hizo la editorial terminó por convertirse en la puntilla definitiva. Dejaron de divertirle las fiestas fueran del cariz que fueran; dejaron de interesarle los halagos y los premios; dejó de ser feliz cuando leía, lo que le dolió sobremanera; y ya no se sentía realizado al escribir, lo que le hundió del todo. Finalmente se sintió esclavo, primero del dinero, y después de su propio personaje.

Lucas Morrison ocupaba enormes carteles en las grandes y pequeñas ciudades de todo occidente y de buena parte de oriente. La imagen de Lucas forraba carpetas y cuadernos, y ocupaba los fondos de pantalla de ordenadores, móviles y tablets de millones de adolescentes, mujeres y hombres. Lucas se había convertido en un fenómeno de moda y de masas que parecía haber llegado para quedarse. Y es que Lucas Morrison en definitiva, se convirtió en el personaje de ficción más real que cupiese imaginar, sentir, y hasta tocar.

Lucrecio Cerca lo tuvo claro una madrugada lluviosa y solitaria que paseaba por el parque Olimpo, tiempo antes del atardecer primaveral con el que habríamos el Capítulo III. Al llegarle el fogonazo de la inspiración, cambió de inmediato su estado de ánimo, y pasó de lo depresivo a lo eufórico. Tardó apenas tres meses en escribir su cuarta y última novela de Lucas Morrison, donde este moriría con saña, a mitad de la obra, y sin heroicidad alguna.

La editorial puso el grito en el cielo cuando se enteró de la noticia. Su editor, que no terminaba de entender el fin perseguido aunque creía intuirlo, le citó en su despacho nada más terminar el manuscrito.

−No se te puede acusar de que a la novela le falte coherencia interna, garra narrativa e ingenio –comenzó a decir el editor a Lucrecio mirándole con más curiosidad que decepción o reproche−. El problema es, y lo sabes, que la obra va contra la lógica. Contra la lógica del mundo que decidimos abrazar en su momento. Y amigo, hay que ser consecuentes con las decisiones que adoptamos. En el libro vienes a retractarte de ese paso y se lo haces pagar a tu criatura, sin traicionar la verosimilitud gracias a tu talento. Lo que haces –terminó de decirle mirándole con fijeza−, para mí tiene sentido, pero no lo comparto. Y para el resto, no hay sentido que valga… y te van a destrozar.

Puesto que a la editorial no le interesaba destrozar a Lucrecio Cerca, porque si lo hacía con seguridad él destrozaría a Lucas Morrison, trataron de convencerle para que no siguiera adelante con su idea. Lo intentó quien quiso ser su nuevo editor después de que el editor estrella de la editorial, decidiera prejubilarse por no verse implicado en lo que se avecinaba, y lo intentaron los directivos con una increíble subida del porcentaje de ventas. Pero cuando ambas vías fracasaron, le prohibieron la publicación de la novela. O más bien lo intentaron.

Lucrecio no se dejó intimidar. Se despidió de su editorial, rechazó las ofertas de otras que vislumbraron el gran negocio a pesar de la muerte del héroe, y se autopublicó el libro.

La calle lloró y rugió con la noticia. Hubo actos de vandalismo contra muchas librerías que lucían en sus vitrinas la obra, amenazas de muerte contra un desbordado Lucrecio que tuvo que cambiar de domicilio, funerales multitudinarios por Lucas Morrison, y hasta se contabilizaron una docena de suicidios directamente relacionados con la novela. La muerte de los fans rubricó lo que resultaba evidente, que se habían traspasado los límites de la cordura, y borrado la línea entre ficción y realidad.

El libro por su parte no dejó de ser un total éxito de ventas, produciéndose un fenómeno típico con obras de otras épocas como El Quijote o La Biblia, pero novedoso con los best seller actuales. Esto es, se compraba pero en buena medida no se leía. El motivo no era la incapacidad de los lectores o que la obra resultase aburrida, sino que el morbo era derrotado, y se sustituyó por la siguiente idea viral: si no se llegaba hasta la página de la muerte de Lucas Morrison, este no moría realmente.

A Lucrecio lo que le tocó en poco tiempo fue envejecer a grandes pasos. Engordó más de diez kilos, se le arrugó la cara, y le crecieron unas enormes bolsas bajo los ojos. Cada vez que se miraba al espejo, se horrorizaba del cambio y se preguntaba cuáles de sus muchos problemas eran los causantes más directos de aquella transformación.

No sin cierta sorna contra sí mismo, concluyó que en el segundo puesto de su declive, se encontraban los sesudos análisis que siempre le crucificaban, mientras que en el primero, se hallaba el hecho de tener que cargar con el peso de la conciencia de las decisiones de otras personas, que por cientos se declaraban deprimidos por su culpa, y que en los casos más extremos, hasta se quitaron la vida como ya se dijo.

Por si fuera poco tuvo que ver cómo los tribunales se cebaban por segunda vez con él. La que había sido su editorial le denunció por  incumplimiento de contrato entre otros motivos, y Lucrecio Cerca perdió de nuevo. Con la sentencia tuvo que decir adiós a los millonarios ingresos de su última novela, confiscados por haber sido publicada fuera del marco legal al que se había comprometido, y perdió todos los derechos de autor de la saga de Lucas Morrison, por un retorcimiento jurídico que solo unos pocos llegaron a entender.

 

VIII

Toca regresar a ese momento en el que Lucrecio se encuentra en un atardecer primaveral, en uno de los bancos del Parque Olimpo, sorprendido de tener frente a sí la cara sonriente y llena de inocencia de una mujer que, parece guardar la promesa de un renacer justo cuando él más lo necesita, pues no se hundía en el pozo más negro y profundo, sino que estaba a punto de conformarse con permanecer en él.

El alegre perro labrador color canela les mira alternativamente y para Lucrecio, es la confirmación de los buenos augurios.

Pronto los tres se van a vivir juntos, y el escritor no tarda en recuperar la vitalidad que creía perdida para siempre. Carmen y el perro logran el milagro sin demasiado esfuerzo. El labrador se encariña del escritor desde el principio. La mujer, en los meses venideros, confirma su dulzura, su bondad, y hasta su atractiva inocencia en hechos como que asegura desconocer casi todo del personaje de Lucas Morrison, pues aunque como no podía ser de otra manera ha escuchado casi todo sobre él, nunca siguió sus historias al percibir, que tras su encanto había un prepotente insufrible, donde el resto del mundo veía a un prepotente, sí, pero al más sufrible y deleitable de cuantos habían existido.

Es más, Lucrecio lleno de vergüenza, incluso se atreve movido por la confianza que le otorga la relación, a enseñar a Carmen Luz las novelas de su primera época, y para deleite suyo, ella le dice tras leerlas ávida, que son maravillosas, dando muestras con sus juicios, de que entiende casi todo lo que él pretendía decir en su día.

Así es como Lucrecio Cerca recuperó la confianza en sí mismo y decidió volver a retomar la escritura, tras haber recorrido un camino tortuoso: el de la nada más absoluta después de haber saboreado las mieles de la gloria.

 

IX

El lector ya sabe desde el principio que esta bonita relación entre Carmen y Lucrecio acaba decididamente mal, pero, ¿cómo se llegó al punto de los dos primeros capítulos?

Con el suceder de los meses el mundo parecía olvidarse poco a poco de Lucrecio y su crimen. Mientras, la pareja discurría en una relación dichosa y placentera. Sin embargo, al cumplirse un año del feliz encuentro, todo comenzó a cambiar y los cimientos de la pasión, la confianza y el respeto, empezaron a resquebrajarse.

Y lo hicieron de un modo extraño, alejados de la ruta habitual, pues en todo ese proceso hubo algo perverso: el cálculo.

La pareja llevaba un año de su particular cuento de hadas cuando un encuentro en apariencia casual, pero como se desveló más tarde, programado hasta el mínimo detalle, comenzó a agusanar la manzana del paraíso.

Ocurrió que al atardecer de un sábado otoñal de paseo con el perro, se toparon de frente con una antigua conocida de Carmen, y ante la visible incomodidad de esta, iniciaron una conversación.

Apenas si entre las mujeres hubo un intercambio que fuera más allá de lugares comunes, y Lucrecio tuvo la agradabilísima impresión de que no fue reconocido, por más que de vez en cuando aún fuera recordado en los medios como el causante de tanta infelicidad, o que unos pocos días atrás, se hubiera celebrado otro multitudinario funeral en recuerdo de Lucas Morrison. Sin embargo, cuando el encuentro cargado de banalidades llegó a su fin, la conocida lanzó un comentario que llamó la atención de Lucrecio, al apuntar esta que no entendía cómo era posible que ellos tuvieran un perro, cuando Carmen siempre los había odiado. La respuesta de esta fue seca y la despedida abrupta.

Tras el encuentro, a Lucrecio le pudo la curiosidad y entre carantoñas al labrador, preguntó a Carmen cómo se había producido esa transformación en ella, por la que el odio hacia los perros, se había convertido a todas luces en pasión. La respuesta esta vez fue larga y sonó natural, aunque a él algo no le terminó de convencer, si bien no indagó más sobre el asunto.

A partir de ese momento comenzaron a aparecer cada vez más, grietas en la candidez de Carmen. Casi siempre en forma de respuestas hoscas y fuera de tono, que Lucrecio no comprendía, pero que perdonaba y olvidaba aunque cada vez con mayor esfuerzo.

Luego, a los dos meses de la conversación sobre los perros, llegó una llamada que Lucrecio no debería haber escuchado, pero que lo hizo tras una puerta. Carmen, quien nunca le había presentado a su familia y de quienes apenas hablaba, conversó con un hermano en un tono de enfado y dureza contrario a todas luces a la personalidad que él conocía de ella. Por supuesto, no hablaron sobre el asunto a pesar de que Carmen estuvo a punto de descubrirle tras la puerta. O eso pensó ingenuamente Lucrecio.

La primera puñalada grave que sufrió el escritor llegó un mes más tarde, cuando perdía poco a poco la inspiración recuperada así como sus disciplinas de trabajo. Una vez más el suceso fue como por casualidad, pero sin faltar a su cita periódica de la extrañeza. Sucedió que Lucrecio se encontró en el ordenador de Carmen la página de un blog que ella no había cerrado al irse a trabajar, y que resultaba ser una crítica de las primeras novelas de él. Era una de las pocas buenas críticas que se podían encontrar en toda la red, y descorazonadoramente similar a lo que Carmen le dijera en su día sobre sus primeras obras. Para rematar el golpe, el pobre infeliz del blog que parecía extinto desde hacía años, y que había cosechado a la luz del contador unas paupérrimas visitas, tenía un mensaje de una tal C. L., que le llamaba muerto de hambre a él, y a Lucrecio Cerca. Este, no pudo sino curiosear la fecha del mensaje, y correspondía a tres semanas antes de que él hubiera conocido a Carmen.

Lucrecio no tuvo valor para decir nada, pero no supo actuar con naturalidad, y ya no pudo ni perdonar ni olvidar como antes, por lo que cuando Carmen le sorprendía con una de sus acres respuestas, él no se callaba y la pelea resultaba monumental. Sin embargo, a él le costaba romper un presente mediocre cargado de un pasado edénico, y la reconciliación siempre llegaba al final.

A los seis meses y tres días de aquella conversación sobre los perros, y cuando por cierto, el labrador canela ya era asunto completo de Lucrecio y una clara molestia para Carmen, llegó la segunda puñalada, que vino a impactar directa en la línea de flotación de la estabilidad emocional y recuperación de Lucrecio. Este descubrió un diario de Carmen, y tras varios días luchando con su conciencia, finalmente perdió y comenzó a leerlo.

La Carmen Luz del diario confirmó todas las sospechas de Lucrecio, y mucho más. No solo había una personalidad de ella radicalmente distinta a la que él había conocido al principio, y no solo la segunda Carmen resultaba ser la verdadera de acuerdo con el diario, sino que desde el primer momento, Carmen había planeado una urdimbre oscura, a resumir en que primero quiso tener las ruinas de Lucas, y al no conseguirlas, quiso venganza.

Carmen, reflejaba en su diario, había sido una apasionada de Lucas Morrison, y como tantos otros millones de apasionados, se indignó con su final. No obstante y a diferencia de los demás, ella no había querido conformarse con la pataleta, la depresión, o el suicidio, y tramó conocer a Lucrecio. Su razonamiento recogido con letra frenética era el siguiente: si el escritor había sido capaz de crear a un personaje como Lucas, era porque tenía buena parte de los rasgos de esa creación, y si ella no podía tener a la obra creada, se conformaría con tener a su creador.

Hasta ahí llegaba la primera parte del diario. Luego, comenzaba una segunda tal vez menos delirante,  pero más oscura. Consistía en la constatación del error de cálculo de Carmen, por el que se mostraba cada vez más irritada al descubrir que entre criatura y creador no encontraba nada de lo que ella buscaba. Escribía a partir de entonces estar volviéndose loca a causa de su error, y terminaba apuntando en sus últimas entradas, pocos antes del desenlace, que iba a dormir con un cuchillo escondido debajo del colchón, con el fin de acabar cualquier día con Lucrecio, con el fin de acabar cualquier día con el impostor.

El tiempo que sucedió al descubrimiento del diario que no pudo dejar de leer durante los dos meses siguientes, fue un silencioso viaje al infierno para Lucrecio Cerca, que no se atrevió a decirle a Carmen que sabía su verdadera historia, que no tuvo el valor de dejarla, y que no supo huir.

Así es como se llegó a la noche fatal y a la escena del cuchillo y el sexo con la que se inició esta historia, cargados ambos de una morbosidad malsana y un exceso de alcohol por parte de Lucrecio, quien desde hacía tiempo bebía sin control. Él sabía que el cuchillo esperaba paciente desde hacía varias noches, y Carmen, como se desveló en el juicio junto a mucho más, sabía que él lo sabía. Ella decidió entonces que había llegado el momento, y susurró al asesino, el nombre de su víctima: Lucas Morrison.

Sin embargo y como se sabe, Lucrecio Cerca no la mató, sino que clavó el cuchillo sobre el colchón, provocando la ira por fin desatada de una Carmen Luz que propinó a Lucrecio golpes y arañazos, que este contestó con una pasividad insultante.

Al día siguiente se produjo la denuncia de ella, y el caso saltó a todos los medios.

 

 

 

X

El juicio desveló lo que faltaba por desvelar; el intento de venganza radical y extraño de Carmen, y que los tiempos en que vivimos son raros. O tal vez siempre haya ocurrido así, y en ocasiones, la línea entre ficción y realidad se borra mezclándose todo.

Resultó que solo una parte de lo que Carmen Luz escribía en su diario era cierto, pues su pasión por Lucas Morrison iba mucho más allá de lo razonable, y más allá incluso, de su idea de encontrar en Lucrecio (el creador), a Lucas (el ser creado). Así, al juntarse con aquel, no perseguía verdaderamente a este (y como no encontró nada de uno en otro, asesinarle), sino que su última intención era desquiciar a Lucrecio hasta que este la matara, logrando así ser asesinada por la misma mano que Lucas Morrison, lo cual en su trastornada cabeza (lo de trastornada lo corroboraron por unanimidad los informes psiquiátricos durante el juicio), la uniría en algún plano y de un modo eterno, con su anhelado Lucas Morrison.

Ya se sabe que el plan de Carmen fracasó porque el cuchillo no acabó en su pecho. Y ya se sabe que ella entonces denunció a quien no la había matado.

Las denuncias fueron dos, aunque solo prosperó una de ellas. La primera era tan disparatada que ni siquiera en esta década rocambolesca consiguió que se la aceptaran, y se resumía en que Carmen acusaba a Lucrecio por “no asesinato”. La segunda, que sí prosperó y que como también se sabe ganó ella, fue por ser “el causante directo de sus trastornos psíquicos y de conducta”.

Carmen Luz demostró sin lugar a duda sus trastornos. Relató pormenorizadamente cómo había diseñado su plan, que comenzaba con la compra «de un chucho de los más cariñosas que ofrecía el mercado» (así habló del animal que por cierto desapareció misteriosamente después de que ella negara a Lucrecio quedarse con el perro), que seguía por ofrecer un paciente año de paraíso, para luego tener el encuentro con la antigua conocida (en realidad una amiga de Carmen, también sedienta de venganza y de Lucas Morrison) y comenzara a cambiar todo, con la escalada de las malas contestaciones, con la llamada furibunda a su hermano, con la crítica vista en el blog, o finalmente, con la aparición del diario que también estaba manipulado para hacer pensar a Lucrecio lo que ella quería.

Carmen también relató y demostró con numerosos testigos, que hasta la aparición de la saga de  Lucas (de las primeras novelas de Lucrecio dijo que las había intentado leer mucho más tarde, y que le causaron asco), y sobre todo, hasta que el escritor no decidió asesinar a su protagonista, ella había llevado una vida ejemplar. Y a la luz de la sentencia también al jurado le quedó patente que la desaparición de Lucas Morrison la había vuelto loca, y que el máximo responsable, era precisamente Lucrecio Cerca.

Poco más cabe decir de todo este caso, salvo que Lucrecio, avezado en los juegos literarios, ha escuchado la sentencia y su condena con total calma. Por su cabeza, que nuevamente está empezando a salir del pozo donde recayó tras desvelarse la verdadera Carmen, cruzan tres ideas relacionadas. La primera apunta a que se ha convertido en personaje de su primera época: un eterno perdedor. La segunda, que Lucas Morrison ha cobrado definitivamente más realidad que él mismo. Y por último, que esa realidad no solo supera a la ficción, sino que la devora.

A Lucrecio Cerca no le cabe otra posibilidad que esbozar una sonrisa, mientras piensa que ha llegado el momento de volver al camino de la escritura.

Blasfemia B(l)oom

 

A Harold B., y a los gatos.

 

Como cada mañana Ivan K. llegaba puntual al Instituto con su libro fetiche bajo el brazo, dispuesto a impartir Historia de la Literatura a sus alumnos de secundaria. A las ocho en punto todos los estudiantes de su primera clase ya se encontraban sentados, habían apagado los móviles, las tablets, y habían desconectado las gafas inteligentes de última generación. Aguardaban impacientes el inicio de la clase con su emérito profesor, quien además era su profesor favorito.

Ivan K. dejó El canon occidental en el lugar de la mesa donde siempre lo hacía, junto al pequeño ordenador, e incitó a los alumnos para que pronunciaran la cita habitual.

−Los que van a leer –dijeron todos en coro−, te respetan.

Tras el saludo, el profesor preguntó a quién le correspondía su derecho al fragmento con el que comenzar la clase, y un alumno, bajo, rechoncho, con el pelo castaño, se puso de pie con alegría y dijo que le tocaba a él.

−Y bien Sancho, ¿con qué nos vas sorprender esta vez?

−Elegí un fragmento de En el camino, de Kerouac –Sancho leyó:

«−Y naturalmente ahora nadie puede decirnos que Dios no existe. Hemos pasado por todo. Sal, ¿te acuerdas de cuando vine a Nueva York por primera vez y quería que Chad King me enseñara cosas de Nietzsche? ¿Te acuerdas de cuánto tiempo hace? Todo es maravilloso, Dios existe, conocemos el tiempo. Todo ha sido mal formulado de los griegos para acá. No se consigue nada con la geometría y los sistemas de pensamiento geométricos. ¡Todo se reduce a esto!. –Hizo un corte de mangas; el coche seguía marchando en línea recta−. Y no sólo eso sino que ambos comprendemos que yo no tengo tiempo para explicar por qué sé y tú sabes que Dios existe».

Iván K. se revolvió un segundo, apoyado sobre la mesa.

−Me gusta tu elección Sancho –el profesor se quitó sus viejas gafas de gruesas lentes, se frotó sus ojos pequeños, se masajeó las ojeras− pero, ¿querrías decirnos por qué esas líneas?

−Por supuesto maestro. Lo hice porque destilan mucha ironía para los tiempos que vivimos, y ya sabe cómo apreciamos en esta clase la ironía.

El profesor se quedó callado y por un momento su rostro dibujó un gesto de desconcierto, incluso miró con desconfianza hacia Sancho. Todo fue muy rápido y descartó la mala fe en uno de sus mejores alumnos, aunque fuese porque no podía saber lo que no debía saber. Iván borró su fugaz gesto de embarazo.

−Bien, continuemos. Supongo que todos realizaríais la tarea que os encomendé para casa, dejad el trabajo sobre el flujo de conciencia en El Ulises, encima del pupitre, que en breve lo recogeré.

−Maestro… −Una alumna con dos coletas, pecosa, bonita, se levantó de su silla.

−¿Sí? Beatriz.

−Lo siento mucho pero yo no pude acabar, no tuve tiempo…

−¿De nuevo La Divina Comedia tuvo la culpa?

−Sí, maestro, ya sabe, Dante… −Beatriz hablaba al cuello de su camisa, su cara colorada, las manos a la espalda, balanceaba su pie izquierdo con picardía. Al profesor le resultaba encantadora.

−Está bien Beatriz, tienes hasta mañana, pero haz el favor de replantearte tu identificación, el cielo dantiano donde acabarás no es muy divertido, y renegarías pronto de él. Siéntate anda.

Beatriz le hizo caso. El profesor se sentó también, encendió su ordenador personal, le dijo una frase, y el aparato la proyectó holográficamente en la pizarra: Veintitrés de abril del dos mil veinticuatro.

−Antes de continuar donde lo dejamos ayer, quisiera que alguno de vosotros nos recordarais a los demás qué aniversario se cumple hoy.

Todos los alumnos levantaron la mano. Iván K. obvió el pupitre vacío que se encontraba al fondo de la clase. Finalmente preguntó a un niño de manos grandes, estrábico, feo. Se llamaba Juan Pablo S. y contestó con aplomo y orgullo.

−Hoy, veintitrés de abril del año dos mil veinticuatro, conmemoramos el día de la Literatura, pero en especial, los episodios que cada década desde hace cuatro, se han venido sucediendo. Así, se cumplen cuarenta años desde que la ONU alertada por la novela 1984 de Orwell, decidió reunirse y comenzar a cambiar la Historia, por una vez para bien.

«Un día como hoy de hace cuatro décadas, los países se dieron cuenta que el mundo distópico que presagiara el escritor británico allá en 1949, fecha real de la publicación de la novela, se hacía realidad a cada paso, y las Naciones Unidas decidieron llevar a cabo una Asamblea de Urgencia donde se tomaron una serie de resoluciones con verdadera voluntad política, que dieron comienzo a la Edad Literaria. Aunque claro, por entonces no se sabía que acabaríamos en ella.

«Las consecuencias más inmediatas fueron el acuerdo por el desarme nuclear de las dos grandes potencias, así como la disolución de la llamada Guerra Fría. Diez años más tarde, en 1994, vería la luz El canon occidental, la obra guía que adoptaría la ONU para desarrollar un nuevo y avanzado sistema educativo basado en la centralidad de la literatura, y que fue implantado en todos los países por unanimidad a partir del año 2004, tras limarse ciertas problemáticas religiosas y culturales que se habían venido arrastrando hasta ese momento.

«Finalmente, también el veintitrés de abril, pero del año dos mil catorce, las Naciones Unidas, en una Resolución imposible siquiera de soñar unas décadas atrás, decidió que la literatura quedara por encima de los intereses políticos, de la ciencia, y de la economía, como el mejor de los modos para garantizar la justicia, y la libertad de los pueblos.

«Así que hoy, maestro, como todas y todos sabemos y agradecemos, cumplimos diez años desde esa Resolución de la ONU. Y cuarenta desde que se comenzara la última de las revoluciones que nos ha legado este mundo de literatura, paz, y prosperidad.

«Para acabar quisiera recordar lo que usted escribiera en uno de sus discursos más recordados, cuando nos legó que: “en el Hágase la luz bíblico, luz y palabra van de la mano, y hasta que no fuimos conscientes de modo explícito de que su unión por medio de la literatura era el mejor de los modos para sacar lo mejor de una y de otra, pero también para hallar lo mejor de las sombras y del silencio, no empezamos a cambiar esencialmente nuestras vidas”. Y hoy, por suerte, ya somos todos plenamente conscientes de lo que la literatura es capaz de hacer por nosotros.

El alumno se sentó con un gesto teatral, la clase rompió a aplaudir, e Iván K. se quedó desconcertado y con la mirada clavada en el pupitre del fondo. Esta vez no pudo escapar de esa pequeña mesa y de esa silla vacía, donde vislumbró la imagen del alumno Miguel C., llamándole «falso», «traidor», «hacedor de pedantes». El profesor logró romper el desagradable hechizo justo cuando acabaron los aplausos:

−Vaya, muchas gracias Juan Pablo, si hubiera sabido que ibas a incluirme en el panegírico de nuestro aniversario… Por esta vez te salvas de que te acuse de pelota, pero que no se repita.

Los alumnos rieron. Todo parecía sincero pero a Iván le sonó forzado y cercano a la arcada. Se volvió a quitar las gafas y se frotó de nuevo los ojos. Controló sus emociones.

−Bien, continuemos donde lo dejamos el último día. Vayamos con la angustia de la influencia que ejerció Tolstoi en la piel de Dostoievski…

Durante el tiempo que restó de clase, los alumnos demostraron agudeza, entusiasmo. Pero lo que a Iván K. le satisfacía antes, a esas alturas le causaba desazón y desasosiego. El timbre llegó en su ayuda como no lo hizo el dinero con Raskolnikov antes de su crimen. Los alumnos despidieron a su profesor. Y a la espera de la siguiente materia, Los Números en la Literatura, la mayoría consultó su móvil, intercambió archivos multimedia, o aprovechó esos pocos minutos para leer.

Cuando Iván K. salía de la clase con su inseparable Canon en las manos para ir a su siguiente curso, se detuvo ante el pupitre que le martirizaba, y visionó cómo su alumno más brillante desde que había decidido dejar la enseñanza en la Universidad para impartir clases de secundaria (al considerar a esta enseñanza el escalafón más importante de su rutilante carrera de crítico literario y activista político), le entregaba una carta el mismo día que comunicaban a ese alumno, a Miguel C., su expulsión definitiva después de sus reiterados y sonoros escándalos subversivos. La escena fantasmagórica apenas duró un segundo de tiempo real. Y solo él una vez más, fue consciente de su angustia.

Cinco horas más tarde acababan las clases, y desde los altavoces del centro escolar así lo anunciaban con su característico: “Los que vais a entrar, perded toda esperanza… Ah no, que de aquí sí se sale”. Pocos minutos se necesitaban entonces para que alumnos y profesores abandonaran en desbandada feliz, el instituto. Iván K. no fue una excepción, pero lo hizo tal como había llegado, sin felicidad alguna.

Decidió caminar hasta su casa en lugar de tomar como tenía por costumbre el transporte público tubular, que resultaba cómodo y rápido. No le apetecía pensar, pero necesitaba hacerlo, y caminar siempre le había inspirado.

Llegó a su barrio sin haber sacado nada en claro salvo que tenía la nevera vacía, por lo que entró a su carnicería habitual a comprar la cena. Ya que no podía calmar la angustia que le estrujaba el estómago, al menos calmaría el hambre. Dentro del establecimiento dos señoras, las únicas clientas, discutían acaloradamente.

−Que no, que no, y que no –dijo una mujer de unos sesenta años a otra de unos treinta−, no puedo aceptar que digas que Virginia Woolf era antes que esteta, feminista. Tú puedes citarme Una habitación propia, pero yo recurriré a La señora Dalloway

La señora mayor se expresaba con ardor, la joven parecía dispuesta para el contraataque en cuanto viera la menor oportunidad. El carnicero intervino con intención de poner paz.

−Un momento señoras, miren quién acaba de entrar, nuestro ilustre Profesor, seguro que él puede inclinar la balanza.

−Javier M. no me vengas con estas –la mujer joven al reconocer al famoso crítico le miró con descaro libidinoso, la mujer mayor no le fue a la zaga; por suerte para Iván, era incapaz de ruborizarse−. Señoras, no me pongan entre la espada y la pared, porque la pared siempre me aplasta y la espada siempre me atraviesa. Ambas tienen razón, qué más da que haya un pequeño porcentaje mayor de esteta que de feminista, o viceversa, o por qué no considerar que gracias a lo primero, alcance lo segundo, o de nuevo viceversa. Mientras se trate de preferencias en sus juicios, y no de sacrificios, todo está bien.

Las dos mujeres aceptaron las palabras del profesor, firmaron la paz, y le dieron sus números de teléfono, pues sabían que el crítico se había separado hacía dos años de la que fuera su mujer, la reputada crítica, y fracasada escritora, Salomé L.

−Me apasiona hablar –le dijo la mujer joven mientras le escribía su teléfono en una postal poema− sobre los años de lucha literaria histórica, en los que usted, a pesar de tener tan solo cuarenta años, ¿verdad?, ha sido pieza clave.

−Mi sobrina –le dijo la mujer mayor con total desparpajo mientras anotaba dos  números en una servilleta con aforismos impresos− siempre me dice que su miopía, y esa barriguita, y las entradas que tiene a lo Borges, le hacen irresistible. Luego me confiesa colorada que ella es, lo que usted necesita para recuperar la sonrisa. Entonces yo le digo que se equivoca, que yo le vendría mejor. Con estos teléfonos podrá elegir.

Iván K. compró cuarto y mitad de pollo. Mientras el carnicero preparaba el pedido, las clientas, que no tenían prisa por marcharse, eligieron hablar sobre el Sturm und Drang, y la figura de Goethe. El crítico declinó con amabilidad participar, alegó tener prisa, se guardó en su libro los números que le habían pasado, y se marchó.

El corto trayecto a su apartamento fue doloroso. Ya tenía suficiente con pensar en lo que le dijera y le escribiera su ex alumno Miguel C., como para que también le hubiesen levantado las costras de su ex mujer. Además alcanzó la certeza tras la carnicería, de que si miraba supurar las heridas, lo que iba a encontrar era el mismo dolor: la pérdida de la fe. «Y qué más triste para un profeta –se dijo frente a la puerta de su portal con una sonrisa que se reflejó en el cristal−, que haber perdido la fe».

Ya dentro del portal, Iván K. se dirigió al ascensor. Mientras esperaba, el conserje y el administrador discutían dentro de la cabina del primero, sin haberse percatado de la presencia del crítico, al respecto de una vieja polémica muy debatida desde hacía años.

−Puede que no te falte razón –dijo el primero al segundo−, puede que sólo haya pose en el hecho de seguir acentuando «sólo» de «solamente», puede que haya que hacer caso a los académicos y cargarse esa tilde, pero…

El ascensor llegó y a Iván le interesó poco el resultado de la discusión. Al abrir la puerta de su apartamento, su gato le miró con languidez por un segundo para regresar al siguiente a la indiferencia. Dormitaba encima de los últimos libros que el crítico arrojara al suelo. Había muchos más ejemplares en el parquet que colocados sobre las estanterías.

Los libros de filosofía habían sido los segundos en caer, siguió la historia y la antropología. La novela tardó en derrumbarse, «cómo pensar que Cortázar, Shakespeare, Vila-Matas… –se decía a menudo y desde unos meses a esta parte, con lágrimas en los ojos− no bastarían para sanarme, y lo que es peor, que serían el virus de mi enfermedad». Resistía la poesía; la primeros libros que empezaron a besar el suelo eran los últimos en caer porque los mejores poetas resistían. ¿Por cuánto tiempo?

Dejó las llaves en la cerradura, la compra en la cocina. Esquivó libros y al gato para llegar a su sillón, en la mesita de centro dejó El canon. Se dejó caer.

−Mi Dorado en ruinas –dijo repantigándose en el sofá mientras echaba una mirada a su apartamento−. Aquí he leído tanto,  amé tanto a Salomé, escribí tan lleno de esperanza, alcancé tantas victorias, ayudé a cambiar la Historia para que tomara un rumbo que nadie en su sano juicio habría siquiera concebido…

El gato le miró molesto por perturbar su sueño con aquellas palabras. Iván K. no se amedrentó como otras veces, y continuó:

−… Una Historia buena que sin embargo se me ha venido abajo de un día para otro, sin una explicación que pueda comprender… o que quiera comprender.

Se reincorporó en el sofá, se quedó mirando a la mesita de centro plagada de papeles y libros, se estiró hasta El canon occidental. Tras mirarlo por un momento, lo abrió. Sus hojas estaban en blanco.

Se trataba del último regalo que le hiciera Salomé antes de marcharse, solo en la primera página había algo escrito con boli. En ella, Iván K. leyó lo que solía leer al menos diez veces al día:

“Desde que la literatura a través de su canon lo es todo, el resto somos un chiste mal contado. No hay posibilidad de subversión. Prefiero la lucha al éxito. A nosotros se nos ha privado de esa lucha, y por eso necesito marcharme allá donde pueda encontrarla”.

El gato bufó harto de que perturbaran su sueño. Iván K. dejó que las páginas en blanco del libro corrieran entre sus dedos. Por la mitad, un sobre hizo su aparición. Lo abrió sin dificultad, dentro se encontraba la carta que le legara Miguel C. el día que fue expulsado. La leyó por enésima vez:

“La literatura ha muerto. Ella lo sabía y por eso le abandonó a usted. Yo lo sé y por eso se me expulsa. Usted lo sabe… y antes o después tendrá que afrontarlo”.

−La literatura ha muerto –dijo Iván K. maquinalmente; el gato y él cruzaron sus miradas; el crítico ignoró al animal y siguió hablando.

«Sus virtudes perdieron sus sentidos cuando se convirtió en nuestro faro absoluto. Ahora que todo es literatura, ya nada lo es. Y yo, que tanto hice por lograr esto, he sido por tanto uno de sus asesinos. El cadáver pronto comenzará a oler, y entonces el muerto hará lo posible por seguir ocupando su puesto… Es verdad, mi alumno y su expulsión han sido el ejemplo de lo que se avecina.

El gato bostezó, cansado y harto de escuchar. Iván calló. Ambos se durmieron al poco, uno sobre los libros, el otro en el sofá.

Esa noche Iván K. por fin logró descansar y dormir bien tras muchos días sin hacerlo. Soñó con el silencio. Despertó tarde. No llegaría puntual a su primera clase, y le importó poco. Desayunó con una media sonrisa, barruntaba su revolución. Bajo la ducha terminó de forjar la idea. Se vistió, echó al gato del apartamento entre maullidos, rebuscó por el suelo y encontró a Nietzsche. Le colocó en la estantería, por la tarde el resto recuperarían su lugar. Tenía mucho trabajo por delante, después de haber centralizado la literatura, asumía el reto de descentralizarla. Atacar el canon sería el modo de devolver a la vida aquello que había muerto. Se marchó al instituto.

En el portal Iván K. se cruzó con el portero, este le preguntó.

−Profesor, ¿cuál de los siete volúmenes de El tiempo perdido es el imprescindible?

−El octavo –contestó con seguridad y una sonrisa Iván K.− El que no escribió Proust, el que debemos escribir nosotros para recobrar nuestro tiempo.

Lo fantástico, lo irreal, lo imposible

“Como las cosas son como son, las cosas

no pueden quedarse como están”

Bertold Brecht

Preludio

Postrado en la cama, sin apenas poder mover más que el cuello, mis labios y mi sonrisa, desearía que esta historia comenzara por el principio, pero no siempre resulta fácil lograrlo. Le he estado dando vueltas mientras espero la llegada de mi amiga N. −tenemos que hablar sobre la estrategia a seguir para salvar lo fantástico, conservar lo irreal y encauzar lo imposible− y por lo menos me he topado con tres principios diferentes.

El primero de ellos dataría del año 2003, cuando cursaba segundo de Filosofía, cuando todavía era un cuerdo convencional, cuando me explicaron que David Hume vino a cuestionarse el principio de causalidad, señalando que se trataba de una deducción humana fruto de nuestro conocimiento por la experiencia, pero nunca de una certeza o de una inferencia lógica. O lo que es lo mismo, que el Sol salga todos los días no nos garantiza que lo vaya a hacer mañana. Tal vez se tratara de una extraña epifanía, pero fue la primera y como se verá me marcó a fuego.

Retrocedamos hasta 1997 para otro comienzo. “En un agujero en el suelo, vivía un hobbit”; “Una gorra de cazador verde apretaba la cima de una cabeza que era como un globo carnoso”; “En una tarde extremadamente calurosa de principios de julio salió un joven de la pequeña habitación amueblada que ocupaba en una enorme casa de cinco pisos situada en…”. Son las primeras líneas de tres libros que me hicieron renacer. Con ellos comencé mi pasional relación con la literatura. Sin ella, ni siquiera me acercaría a la persona que he sido, ni que soy, ni que por supuesto seré. Sin ella, no estaríamos donde estamos.

Por último, cómo no pensar en un año antes, con la mano de mi amigo T. sacándome del río Henares, cuando yo ya me ahogaba, inconsciente y borracho. Salvar la vida constituye un principio tan claro como tener una epifanía, como el renacimiento al enamorarse, o como el propio nacer.

Sin embargo, antes y después de lo escrito mi vida tuvo un largo recorrido, con calma a veces, con prisa otras, de acá para allá, de los brazos de una mujer a la siguiente… Pues bien, todo comenzó a cambiar cuando decidí mirarme hacia dentro. Entonces descubrí que había nacido para romper los límites.

Lo fantástico

Acabé por vivir en el norte, a orillas del mar, cerca de las montañas. Quedé atrapado, sí, en una lucidez próxima a la locura, a la poesía. Estábamos en el año 2020. Aún no tenía el proyecto entero en mi cabeza pero comenzaba a clarificarse y trabajé con ahínco para alcanzar lo fantástico, para lograr traer a nosotros los seres mitológicos y legendarios que habían poblado mis historias y mis sueños.

¿Cómo fue posible lograrlo? Borges tuvo la culpa, el argentino fue esencial en la formación de mi mitológica metodología.

Borges escribió un relato donde el protagonista era un reo que estaba ante la última noche de su vida. Iba a ser ejecutado a la mañana siguiente. Para evitar la muerte, la única alternativa que el reo concibe es aferrarse a la arcana e insondable teoría según la cual, aquello que es pensado, se descarta consustancialmente de la realidad, y lo que el protagonista hará es pensar todas y cada una de las alternativas de su muerte para lograr esquivarla.

Yo simplemente me aferré a esa teoría con toda mi alma. Allá donde me encontrara –desde hacía tres años los derechos de autor de la venta de mis libros me otorgaban una independencia de acción fascinante−, fuese en mar, tierra o aire, imaginaba y cubría a cada paso y a cada instante todas las prosaicas realidades que quería descartar. Mi cabeza bullía, afanada en invertir en cierto modo ese lema pseudoiluminado, según el cual, cuando se quiere algo realmente el universo conspira para ayudarte a conseguirlo. Yo no quería la ayuda del universo, yo quería forzarlo, someterlo, que por una vez se subyugara a mis pies en lugar de ocurrir al revés. Se puede decir que deliraba, pero convertí mi delirio en carne.

Ocurrió por primera vez en mi quinta travesía de largo recorrido, en febrero del 2022, a bordo de un buque chino por el océano Índico. En estado febril, estado que me acompañaba desde hacía meses, logré avistar el primer unicornio. La tripulación no daba crédito cuando subieron el animal a cubierta. El pobre bicho tenía un color cetrino, estaba abotagado y su cuerno de la frente presentaba una deformidad que generaba una mezcla de lástima y asco. Mi primer logro era en buena medida un fracaso, pero siempre he coincidido con el axioma científico que apunta que ir de la nada a algo, es mucho más difícil que ir de algo a lo mejor. Vomité mientras contemplaba aquel engendro, supe que estaba en el camino correcto.

Aún tuvo que pasar otro largo año hasta que mi metodología obsesiva consiguió que el éxito se cerniera sobre el mundo. Era primavera y meditaba en el bosque cuando un ejemplar de ave roc atravesó el cielo y la barrera del mundo mitológico. La gran ave fue incapaz de hallar la grieta de regreso y fue avistada, perseguida, y finalmente capturada. Con una envergadura alar de quince metros, un pico capaz de atravesar el acero y unas garras que retorcían una y otra vez los barrotes que trataban de enjaularla, la rapaz terminó en un laboratorio, donde moriría, dijeron, de puro estrés. No puedo decir que me sintiera inocente.

Las dos sirenas que aparecieron en el Pico del Aneto cuatro semanas más tarde, mientras coronaba la cima, me confirmaron que lo fantástico se empezaba a desbordar. Los científicos estaban descolocados, los conspirólogos se frotaban las manos, los lunáticos veían la llegada del fin del mundo. Yo mismo no tenía una respuesta clara ni segura de lo que ocurría y aunque estaba convencido de ser el causante de tales fenómenos, me guardé de revelar nada.

Me trasladé a vivir a Nueva York, mi viejo sueño, y durante un año apenas respiré otra cosa que no fueran los humos del cuchitril donde me alojé. Tenía que cuadrar mis éxitos, es decir, tenía que lograr unicornios en los bosques, sirenas en los mares, brownies en los sueños… Cuando a finales del 2023 un ave fénix sobrevoló, primero la Estatua de la Libertad, para posarse después sobre su antorcha, y fundir el hierro y las láminas de oro de la misma, comprendí que lo fantástico había llegado para quedarse, y que yo, debía ir todavía más lejos.

Lo irreal

El derecho romano deja claro que nadie está obligado a lo imposible; pero pobre será de espíritu quien al menos no lo intente.

Para enero del año 2024 el mundo se había enriquecido con la presencia de seres librescos y muchos esquemas mentales se habían quebrado. Sin embargo, la avaricia, el hambre y la guerra seguían con nosotros.

Di entonces un paso al frente al considerar que a mis cuarenta y tres años había alcanzado la suficiente madurez como para acometer una empresa digna y útil al mundo: publiqué de modo anónimo mis estudios y estrategias que habían permitido lo fantástico.

La acogida de mi manifiesto fue fría. Lo esperaba; nada hacía resaltar mis teorías por encima de las otras cientos que ya habían aparecido. Salvo un detalle: funcionaba. Además, estaba convencido de que serviría para lograr el objetivo que me había marcado: antes o después lograríamos alcanzar lo irreal. Si se quiere, lo utópico.

Hubo una época en la que nadie, amigo o enemigo de Karl Marx, desconocía su famosísima undécima tesis. Según dicha tesis, hasta él los filósofos se habían dedicado a interpretar el mundo, pero había llegado el momento de transformarlo. Hubo una época, en la que esa idea no solo era conocida por todos, sino que se convirtió en la brújula que efectivamente cambió el mundo… aunque a menudo no en las direcciones que muchos anhelaron. Se aceptó la idea de que al final habíamos acabado más perdidos incluso que antes. Y esas épocas se olvidaron al sabor de los fracasos y al albor del siglo XXI. Pero a partir del año 2024 resucité la tesis, si bien cambié a los filósofos por locos cándidos e irreductibles.

Con mi obrita, en mi manifiesto, además de mis principios metodológicos recogí lo mejor de la tradición que nos impedía rendirnos y ayudé a extender la idea dolorosamente cierta que había aprendido en la facultad: lo peor de nuestro tiempo no era que la mayor parte de la población mundial pasase hambre (tal suceso no era ninguna novedad histórica), sino que por primera vez disponíamos de los medios para detener tal ignominia… Y sin embargo no se hacía nada al respecto.

Costó sueño, sudor y derroches de imaginación, pero al final los locos demostramos que el hambre es un enemigo con los pies de barro si las personas nos unimos contra él.

Muchos hechos extraños comenzaron a ocurrir de la noche a la mañana a partir del mes de junio del 2024, cuando mi obra anónima comenzó a ser reconocida y a circular de boca en boca. Ya en septiembre de ese año, la avaricia sistémica comenzó a ser derrotada cuando Mark Twain vino a resucitar quedando impreso en millones de paredes y escaparates de todo el mundo: “los banqueros son esas personas que te prestan un paraguas cuando hace sol, y te lo exigen cuando está lloviendo”, escribió a finales del siglo XIX con una lucidez y genio digna de recordarse. Y se recordó en el equinoccio de ese año.

En ese veintidós de septiembre en el que estalló la frase por el mundo, yo me encontraba en mi ciudad natal, Guadalajara (no de Méjico sino de España), visitando a mis ancianos padres. Como en todas las ciudades del mundo, ese día la gente aplaudió ante los grafitis que recogían a Twain, ese día la gente se abrazó aunque no se conociera de nada, ese día se lloró de rabia, pero ya no de impotencia. Al día siguiente las bolsas cerraron y ninguna catástrofe sobrevino. Lo irreal también había llegado para quedarse.

Ocurrieron entonces una cascada de hechos de los que solo recordaré algunos. Se firmó la paz entre israelíes y palestinos tras un acuerdo justo, en el que la palabra “justicia” fue compartida por todas las partes. El hambre estructural fue aniquilada. El poder dejó de corromper. La corrupción se quedó sin aliento.

Albert Camus pudo al fin sonreír desde su tumba al comprobar que la especie humana se había pasado a su bando: “Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mí es la soledad infinita”. Por fin esta frase era un error, por fin los hombres malos se habían quedado solos.

Con algo de retraso había llegado definitivamente el mejor de los mundos posibles, y sin embargo, quise ir todavía más lejos. Las consecuencias esta vez no me hicieron sentirme orgulloso. Escribo esto sin tener claro todavía cuánto me arrepiento.

Lo imposible

Una obsesión te persigue hasta que te alcanza, y si no te alcanza, es porque no se trata de una obsesión de verdad. La mía con Hume por fin me alcanzó. Según se acercaba el camión cobré plena conciencia de ello.

Era otoño del año 2030 y desde hacía dos vivía en Madrid.

Que el Sol hubiera salido hasta entonces todos y cada uno de los días de nuestra historia no significaba que fuera a seguir haciéndolo de modo indefinido. Análogamente, que plantarse delante de un camión en plena noche no hubiera sido nunca una buena idea, no significaba que no fuera a serlo algún día. Pues bien, ese día tampoco lo fue. El camión me arrolló y me dejó tetrapléjico. Lo increíble fue que sobreviviera, y me dejara roto pero vivo. En cualquier caso la causalidad, mi gran enemiga, seguía en pie.

Sin embargo hice lo que debía. En buena medida hice lo único que podía hacer. Siempre aborrecí a los que no paran de teorizar para que la práctica la realicen otros, a los que exigen sacrificios para todos, salvo para sí mismos. Yo había elaborado mi teoría y había obtenido increíbles resultados con ella, pero había llegado el momento de probarla en mis carnes y de desafiar cara a cara el principio de causalidad.

Es evidente (solo hay que verme postrado a esta cama para concluirlo sin género de dudas), que cometí un error al desafiar mi obsesión con una apuesta tan alta. Pero me consuela pensar que volvería a repetir lo que hice, porque como señalara Dostoievski, “solo temo no ser digno de mis sufrimientos”. Permítaseme añadir que mi otro temor está en no ser responsable de mis triunfos. Quienes me conocen pueden rubricar que a pesar de ciertas flaquezas, he sido digno y responsable de lo uno y de lo otro.

La tetraplejia no hizo que me rindiera pero sí que resintió mi orgullo y me llevó a aceptar la exigencia de mi amiga N., cuando esta descubrió en mis diarios que yo era el principal responsable de haber volcado buena parte de la lógica del mundo, y que colocarme delante del camión no había sido un intento de suicidio como pensaron todos, sino el intento definitivo de poner patas arriba todo nuestro conocimiento. N. lloró, me insultó, me abrazó, rió, y tras censurar de mil modos mi locura, me convenció, amenazas incluidas, para tirar por tierra mi anonimato.

Mi obra fue actualizada, ampliada y firmada. Y si atendemos a la cantidad de fanáticos que surgieron y que comenzaron a realizar sacrificios inútiles, también fue un error.

La culminación de un mundo exento de guerras y de hambrunas, la belleza de lo fantástico hollando las lindes de lo prosaico, de pronto −como me había ocurrido a mí−, fueron insuficientes para un creciente número de personas. Lo idílico dejó paso a lo obsesivo, y en un abrir y cerrar de ojos, miles de almas quisieron convertirse en ser la primera en alcanzar lo imposible.

Corría ya nuestro año, el 2031, y los imitadores se desbordaban por doquier. Docenas de personas eligieron mi apuesta frente a un camión y todas murieron atropelladas. Pronto la imaginación diversificó el desastre; saltos en paracaídas sin paracaídas, juegos de la ruleta rusa con el tambor de la pistola lleno, gente quemándose a lo bonzo con la convicción de no arder… mi metodología no funcionó en ningún caso, y por si fuera poco los logros pasados se resintieron.

Los seres fantásticos, que se habían asentado en la realidad de nuestro mundo, comenzaron a morirse sin razón aparente, y los viejos conflictos a gran escala amenazaron con regresar. Una vez más pareció cumplirse la máxima de que el ser humano es maravilloso, pero solo para un rato. No podía ser de otro modo, me sentí culpable de ese nuevo rato, como si después de llevar al clímax a la humanidad, hubiera provocado también su ruina. Sin demasiadas ideas, decidí tomar la iniciativa.

A diario salía en los medios de comunicación vendiendo mi improbable historia y tratando de convencer a la gente de que dejara de imitarme. Sin embargo, mi imagen de perdedor postrado en una cama no conmovió ni convenció. Fui indiferente a la mayoría y odiado por los que habían tenido fe en mí. Las muertes de imitadores siguieron creciendo. Lo fantástico y lo irreal a cada hora estaban más amenazados. Así es como me convencí, hace menos de quince días, de realizar mi último servicio.

¿Hubo alguien que no viera la entrevista en la que anunciaba un nuevo intento para quebrar el principio de causalidad? Mi muerte iba a servir para convencer al mundo de que lo imposible, es imposible, y además, es mejor que siga así. Sin duda alguna había perdido la fe.

Mi suicidio retransmitido presentaba una serie de problemas que fueron resueltos con presteza; había que encontrar un país donde se pudiera grabar sin trabas legales, un voluntario que condujera el camión, el propio vehículo quise que fuese el mismo que me atropellara la primera vez… Una semana bastó para todo eso y más.

Esperé el atropello con serenidad. Me habían plantado en mi silla de ruedas, con el Sol al horizonte en una carretera hermosa y desértica. En ningún momento puse en práctica mi metodología. Ahora sé que millones de personas lo hicieron por mí, pero en ese momento tampoco hubiera creído que eso bastara. Lo que ocurrió me sirvió como lección: en ocasiones se ha dejado de creer, y eso no impide que algo ocurra. El camión se estrelló contra mí y se aplastó como un acordeón. Salí ileso. La silla no se movió ni un milímetro. La lógica y la causalidad habían claudicado, habían saltado por los aires. Desde entonces están descontroladas.

Epílogo

Antes o después lograré volar. Esta obsesión las precede a todas.

El planeta Tierra nunca ha sido un lugar tan imprevisible como lo es desde hace unos días: las auroras boreales pueden sucederse en cualquier momento y lugar; los científicos registran variaciones gravitacionales, las matemáticas han dejado de ser una ciencia exacta, y yo, mientras escribo estas últimas líneas con la mano izquierda que ya logro mover, observo llover hacia el cielo…

Pero no todo es hermoso e ilógico, y toca luchar, como siempre.

Hasta que logre ponerme en pie, hasta levantar el vuelo, haré lo posible porque lo fantástico no se extinga, pues los seres mitológicos no se adaptan y siguen muriendo. Miro al pequeño dragón que me mira arrobado y tiemblo al pensar que puede morir sin más. Por si fuera poco, las guerras y la hambruna han renacido.

Siempre pensé que Dios era un patán pero comienzo a comprenderle. La creación y sus criaturas no somos tan fáciles de manejar.

El último

De este relato se ha dicho sin el entusiasmo que el autor hubiera querido:

«No es más que un juego sin un ápice de talento, pero al menos posee cierta gracia, que es más de lo que estamos acostumbrados a encontrar». Lázaro.

«Más profundo de lo que parece tal vez por no resultar nada revelador. Presenta un cinismo propio de nuestro tiempo, y sus vulnerabilidades». Eugenio Toré.

«Triste debe de ser el pensamiento de quien lo escribe, escasa su esperanza». Carlos M.

 

I

A las pocas horas de que reventáramos la Luna las predicciones científicas que se habían hecho centenares de años atrás, se cumplieron. De acuerdo con la primera, desaparecieron las mareas y las grandes masas oceánicas se marcharon hacia los polos. En el camino, muchas ciudades costeras fueron anegadas, aunque no arrasadas porque de ese trabajo ya nos habíamos encargado nosotros antes. La segunda predicción también se cumplió, en trece días logramos confirmar el nuevo cálculo de nuestra órbita; al desaparecer la Luna se modificaban levemente nuestras relaciones gravitacionales con el Sol, y esa levedad será suficiente para introducir de lleno a la Tierra en el infierno climático.

Provocar el infierno en cualquier caso ha sido una simple precaución contra posibles cobardes. El proceso hacia la extinción debería acabar en mí, es mi derecho después de mis logros, y mientras grabo esto, debo suponer que soy el último de los homo sapiens ludens. Pero si no fuese así, si quedaran ratas escondidas a la espera de asomar la cabeza, con la esperanza de llevar a cabo cualquier tipo de inicio, la nueva órbita se encargará de la desilusión, y de acabar el trabajo.

II

Me permitiré una pequeña descripción.

Madrid, siglo XXIII, año 25 según el antiguo calendario cristiano. La ruina de la antigua capital de España no es ni mejor ni peor que las del resto de ciudades y poblaciones del mundo, pero su destrucción llegó algo más tarde que a muchas otras, escapando de las más virulentas Guerras Lúdicas, lo que ha conservado algún edificio que otro.

Frente a mí se levanta pavoroso el Museo del Prado. Hace mucho que sus cuadros se quemaron, se robaron, y hasta se comieron –estuve presente cuando se obligó al último alcalde de la ciudad a realizar la performance titulada,  Alcalde devora el cuadro de Saturno que a su vez devora a uno de sus hijos−, pero el edificio aún se mantiene en pie. No la estatua de Velázquez que durante siglos presidió su puerta principal, no los edificios, museos, y hoteles de alrededor, no Eva.

Eva no. Ella yace a mis pies.

Si mi padre pudiera verme en esta hora, si mi padre pudiera hacerlo… volvería a quitarse la vida.

 

III

Pronto acabará todo, pero antes grabo holográficamente estas palabras.

Y lo hago sin que haya nadie que pueda reprocharme tan absurda vanidad, que pueda recordarme que nunca más seré admirado, que nunca más causaré temor ni odio. ¿Para qué grabarme entonces, por qué no matarme sin más preámbulos?

¿Temo acaso que el Contador de Almas impreso en el pabellón de mi oreja no funcione correctamente, y yo no sea el último de los ludens? ¿O tal vez espero que mis palabras las escuchen otros seres que en un futuro visiten la Tierra desolada? ¿O el problema es que a pesar de mi triunfo, hay una parte de mí que lo lamente? ¿O quién sabe, si no se trata de mi incapacidad para sustraerme a los recuerdos de mi padre, y necesite contar esta última historia como él siempre me contaba cuentos y leyendas?

No tengo una respuesta clara, pero sé que no se trata de miedo, y que aún quiero contar algunas cosas, sea contradictorio o no.

 

IV

Resulta difícil cifrar cuándo todo comenzó a desbocarse, y a la mayoría poco y nada nos importaba, centrados como estábamos en sentir cada vez más fuerte, más tiempo, más inmediato. Pero decidido a narrar nuestra extinción, deberé hacer un esfuerzo por recordar el lenguaje y las muchas enseñanzas de mi padre y de sus maestros; deberé recordar los llantos racionalizadores que la mayoría nos sacudíamos sin pestañear.

La teoría con mayor poso y predicamento anclaba sus raíces en un pasado lejano, y señalaba que nuestra ruina nació del siglo XX y sus guerras mundiales, que nos llevaron al límite moral para arrojarnos al abismo del siglo XXI, culminado con la III Gran Guerra en el año 73 de ese siglo, y de la que ya no nos recuperaríamos, según estos teóricos, en el plano de la justicia moral.

La segunda teoría más reconocida, apuntaba que la gangrena se volvió inextirpable cuando en el año 60 del siglo XXII, se permitió grabar el reality show de la TeleVisión3.0., conocido como La selva. El programa consistió en llevar a la última selva virgen a algunos de los intelectuales más prestigiosos de la época, y obligarles a actuar para sobrevivir. O mejor, se les obligó a que salvaran sus vidas a través de la acción. Error de cálculo o no, con premeditación y alevosía o sin ella, todos los concursantes murieron, «produciendo paradójicamente un desencanto definitivo por el esfuerzo del pensar y de la crítica», como se dijo en los postreros círculos de pensadores. Entonces, nos sermonearon estos, se entró en barrena para no recuperar jamás el vuelo ético.

En cuanto a mi padre, tan buen teórico como el mejor, tan respetado como el que más, y pesimista como pocos –al menos en sus días en los que la depresión le superaba−, podía demostrar que nos habíamos buscado la ruina en nuestro siglo, en el anterior, y en el que gustáramos, y convencer a cualquiera de que  nuestro verdadero fin dio comienzo al descubrir el ser humano el fuego, poniéndonos definitivamente la soga y apretando el nudo, con el invento de la rueda. El fuego y la rueda, repetía en sus días más tristes entre trago y trago, ya contenían toda la potencialidad no del sapiens, sino del ludens, y el resto, habría sido apurar el tiempo histórico hacia una involución con las cartas ya marcadas.

Pero mi vanidad no tiene límites, y en mis últimos días estuve reflexionando al respecto hasta llegar a mi propia teoría, y aunque sé que no tiene mucho sentido exponerla, lo haré de todos modos.

V

Cuando los viejos teóricos escarbaron en las raíces para explicar este día que anticiparon −tampoco había que ser demasiado sabio para preconizar el fin de nuestra especie−, escarbaron demasiado profundo. Mi padre me enseñó la Historia, y yo aprendí de ella que con el límite se puede jugar y salir airoso del lance, salvo que tenses la cuerda demasiado. Y la soga de la historia no fue irreversible con el descubrimiento del fuego, como se lamentara mi padre, ni con ninguna de las guerras mundiales, ni tampoco con la mencionada La Selva, el último reality que fue a su vez el primer ultrashow. No, el límite lo cruzamos con la I Guerra Lúdica; estoy convencido de que con ella nos ahorcamos por primera vez para no volver a recuperar jamás el aliento.

La I Guerra Lúdica tuvo lugar en el año 80 del siglo XXII, veinte años más tarde del citado ultrashow que acabó con la muerte de los infelices intelectuales que no supieron enfrentarse a los peligros de una naturaleza casi extinta. Fue una guerra aséptica y nada reprochable en la forma; acaso en el fondo, pero fue entonces cuando por fin nos deshicimos por completo de toda crítica que apestara a humanismo. El espectáculo se sobreponía a cualquier otro valor. «El espectáculo −cito a mi padre− como arjé, como principio del sentido último».

Los preparativos de la guerra llevaron su tiempo, pero merecieron la pena. Cuatro años antes de iniciarse el conflicto, se constituyó El País del Gobi, delimitado por los márgenes del desierto que se extendía entre el norte de la extinta China y el sur de la extinta Mongolia.  En los dos años siguientes, se le dotó de unas condiciones de habitabilidad prósperas. Por último, se publicaron las bases finales del concurso; los participantes que viajaran al país y asumieran su nacionalidad, debían alinearse en uno de los dos bandos que se constituían, y tras un año de exhaustivo entrenamiento militar, comenzarían a matarse unos a otros. Los ganadores se quedaban con todo.

Los pocos agoreros que aún respiraban sobre la faz de la Tierra vaticinaron el desastre de la I Guerra Lúdica. Dijeron que apenas se presentarían concursantes, que las autoridades internacionales prohibirían lo que ya había llegado demasiado lejos, que despertarían las conciencias y nacería el hombre nuevo… Lo que en cambio se produjo, fue un éxito de participación con más un millón de concursantes, un éxito jurídico que sentó jurisprudencia, y un éxito visual con una guerra filmada desde todos los ángulos inimaginables para disfrute de una audiencia que pudo influir en el devenir de la contienda a través de sus apoyos.

Yo nací a las pocas horas de concluir la Guerra del Gobi. Entonces, mi padre le dijo a mi madre, poco antes de que esta nos abandonara, que tal vez yo era la reencarnación de alguna de esas víctimas, la reencarnación de alguno de esos idiotas sin remedio que habían perdido el juicio y todo valor digno. «Puede que así fuese padre −le contesté un día cuando él me relató la anécdota−  puede que yo fuera un espíritu reencarnado de esa guerra tan extraña, y puede que ese espíritu me legara la estupidez. Pero lo que yo no voy a consentir  −afirmé rotundo− es cargar con la idea de ser una  víctima. Puestos a elegir, seré un verdugo». No creo que tuviera más de quince años cuando le hablé así a mi padre.

 

VI

Ahora tengo cuarenta y cuatro años, y no cumpliré ninguno más.

Nací, como ya dije, el año en que se celebró la I Guerra Lúdica, a las pocas horas de que esta concluyera. A partir de ese momento todo pareció acelerarse y como meros ejemplos sirvan que cuatro más tarde se desató la II G.L., en la región de la Tierra de Fuego; al tiempo los ultrashows se prodigaban por todo el planeta en lucha a muerte, a menudo de un modo literal, por la audiencia; y en el año 95 de ese siglo XII, aparecía el chip que se bautizó como el Contador de almas, un sistema fijado al cuerpo –tras varios modelos el que se parcheaba en la oreja se popularizó y acabó con la competencia– que calculaba en tiempo real la gente viva sobre el planeta, avisándote de cada defunción, y del modo de cada muerte, si lo programabas para ello.

Con auténtico vértigo me planté en mi decimoséptimo cumpleaños, y para celebrarlo, decidí participar ya con la edad legal en mi primer ultrashow. Cuando le comuniqué a mi padre mi decisión irrevocable se le cayó el mundo encima y le aplastó un poco más. Hasta ese momento había pensado que podía educar a su hijo al margen de los tiempos que vivíamos, y tuve que desengañarle del peor de los modos.

La Carrera fue el ultrashow que elegí, y aunque pudo haber sido mi tumba en numerosos momentos, no lo fue. Como todo el mundo sabía, el concurso conjugaba velocidad, interacción entre participantes y público, y una alta posibilidad de muerte. Esta última era una probabilidad alta como queda dicho, acabar con un brazo, una pierna, o un riñón, de un rival que hubiera participado en tu misma prueba y muerto durante la misma, casi una certeza. Cada vez que un espejo me devuelve la imagen, no me cabe otra que recordarlo. La Carrera no engañaba a nadie y cuando firmabas tu participación eras consciente de que sobrevivir iba más allá del talento al volante. Debías sumarle suerte, para no caer por ejemplo en las trampas aleatorias o para no volar junto a una mina, y el cariño del público, para que se te aplicara la nanomedicina por delante de tus rivales una vez que el accidente se producía… y el accidente siempre se producía.

La contumacia es otro de mis rasgos y no solo sobreviví a una, sino que ostento el récord del ultrashow con doce carreras saliendo maltrecho –casi ninguna de mis extremidades son originarias−, pero vivo. No gané todas, pero ni uno solo de quienes me ganaron alguna vez, sobrevivieron en sus futuras participaciones.

Ni el dinero que se me ofreció, ni las súplicas de millones de fans, ni la memoria de la adrenalina, pudieron hacer que volviera a participar tras mi última victoria en la doceava ocasión en que participé. Sencillamente me había cansado y quería abrazar nuevos impulsos. Por un momento, mi padre pensó que sus súplicas argumentativas habían sido la causa de mi abandono, pero no tardó en comprobar su error, craso si se quiere.

 

VII

Corría el tercer año del siglo XXIII y enfilábamos ya la recta final de nuestro proceso autodestructivo: las últimas universidades terminaron por desaparecer a falta de estudiantes; las guerras, civiles en los países pobres, y lúdicas en los ricos, se impusieron al ritmo de varias al año; la polución, el crimen y el hambre, asolaban los pocos países que querían mantenerse al margen; el movimiento rebelde originado en las primeras décadas del siglo XXI por la denominada Crisis eterna, se consumió también por completo. En este contexto, mi padre, el brillante sociólogo, el emérito catedrático, el doctor honoris causa de las más prestigiosas universidades que habían sido antaño centro de cultura y poder para terminar desapareciendo «como lágrimas en la lluvia», como le gustaba recitar a mi padre en sus últimos días; en este contexto, digo, solo pudo recurrir a un último impulso de antidepresivos y alcohol para sobrellevar su ruina.

Pero fui yo quien terminó de derribarle. Su hijo no había dejado La Carrera por una cuestión ética, sino que dejé un ultrashow para coger al vuelo otro. Me había aburrido y sencillamente busqué nuevos horizontes. Era un muchacho con ansias de superarme y perseverante al máximo, pero en un sentido muy alejado al que mi padre hubiera deseado. Su educación no bastó para modelarme, el instinto de los tiempos triunfó.

Mi nuevo objetivo se llamaba Atrápalo, el ultrashow que conquistaría todas las audiencias –no habría guerra, lúdica o civil, que no hiciera sus altos el fuego cuando se retransmitía–, y era una idea tan brutal y lógica, que nadie se explicaba cómo no se había hecho antes.

El concurso consistía en llenar un avión de pasajeros modelo A380-8, −una de las cosas que más cautivó es que se eliminó el límite de edad y entre los pasajeros siempre había un alto porcentaje de niños en busca de la misma fortuna que los adultos−, en hacer que el avión alcanzara su altitud máxima, y en realizar en ese momento un sorteo. El ganador se convertiría en el bulto, y de inmediato se le arrojaría del avión sin paracaídas. Llegaba entonces el turno de los concursantes, a menudo diez, nunca más de quince ni menos de siete, que debían lanzarse tras el bulto para intentar engancharle a su paracaídas antes de que se estrellara. Quien rescatara el bulto compartía el premio al 50% con este. Si ningún concursante lo lograba, cinco de los paracaidistas eran ejecutados para regocijo de todos. Puro espectáculo.

La experiencia y la adrenalina eran tan salvajes que participé como concursante una veintena de veces, y como pasajero alrededor de 50 –sin embargo nunca logré que me tocara el sorteo y convertirme en el bulto. Gané en mi primera participación y otras tres ediciones más; salvé el pellejo en cuatro ocasiones donde el bulto se estampó; y tuve que matar a lo largo de mis saltos a cinco compañeros cuyas estrategias durante el vuelo no compartí.

Mi padre sin embargo no pudo verme ni una sola vez. Me lo había dejado muy claro cuando le comuniqué mis planes, «salta y me volaré la tapa de los sesos» –me dijo. Reconozco que medité la situación y que sopesé la posibilidad de no saltar, pero al final lo hice, pues no podía permitirme que otro “Yo” condicionara mi voluntad. En buena medida se trataba de una de sus lecciones. Él, más o menos cumplió también con su palabra; en lugar de dispararse se arrojó desde la planta número veinticuatro de un rascacielos. Interpreté que había sido un mensaje por coincidir con mis años, y que ese mensaje buscaba al menos mis remordimientos. No lo logró. En cuanto a la nota que dejó antes de saltar, tuvo una influencia decisiva tal vez para el devenir del mundo, pero eso lo contaré más adelante.

Lo grabo y no me ruborizo: éramos una sociedad polimórficamente enferma. Pero lo asumo con sencillez de acuerdo a lo que  mi padre me había enseñado; conocer el diagnóstico, saberse enfermo y de qué, no sirve para nada si no hay voluntad de curarse. Y nosotros lo que precisamente desbordábamos era voluntad, pero no de cura, sino de perpetuar nuestra enfermedad hasta que esta nos destruyera. Lo voy a decir de este otro modo: mi padre fue quizá el último de los antiguos, seres fundamentalmente complejos y contradictorios, yo, soy el último de los nuevos, el último de los ludens, seres fundamentalmente autodestructivos.

 

 

VIII

Después de mis numerosas participaciones en Atrápalo, embestí de repente contra una crisis existencial en la que todo me resultaba frívolo y vacío; nada era emocionante, nada merecía la pena, nada me movía a jugarme el tipo, o a matar a otros. Oportunidades no faltaban por mi solicitado caché, pero todo era gris y los escasos proyectos en los que participé me supieron a más de lo mismo.

Sirva de ejemplo para resumir con prontitud los seis años en los que padecí esta crisis, mi participación en la Guerra Lúdica Nuclear entre la ex−poderosa USA, y el ex−pacífico Canadá. Fue visualmente espectacular, cuantitativamente demoledora, cosechó cifras de récord… y sin embargo, tan solo fue estirar lo dado previamente, nada nuevo, nada salvífico, nada que me erizara la piel, y solo mis fuertes mecanismos de autodefensa me mantuvieron vivo.

Sobreviví a esa guerra con una sensación de hastío y podredumbre que me llevó hasta la planta treinta y dos del mismo edificio, desde el que saltara mi padre ocho años atrás.

Estoy subido al pretil de la azotea, sin vértigo, sin miedo, a un paso de ser libre. ¿Por qué no salto entonces?

Después de estos años dándole vueltas elijo pensar que por su nota. «De todas las distopías –escribió él antes de suicidarse y me recordaba yo mientras tomaba una decisión− que han imaginado los escritores y los filósofos a lo largo de los siglos, he tenido que vivir la peor de las posibles. La peor no por ser la más sangrienta, la más desvalorizada, la única que se encarnó en verdad, sino la peor porque no pude detenerla, y porque mi hijo disfruta con ella». Si saltaba, ¿dónde quedaba mi placer? Toda su vida mi padre tuvo razón –otra cosa es que le sirviera para algo− y robarle también eso hubiera sido cruel e innecesario. Yo ya había sido un mal hijo, para qué insistir.

Un año más tarde de mi atisbo de suicidio en el rascacielos, llegó la luz que cegó tanta mediocridad. Por fin algo cualitativamente distinto, por fin vislumbré el horizonte: extraer las últimas consecuencias de nuestro largo viaje hacia el fin. Corría el año 14 del siglo XXIII y me alisté al grupo por entonces clandestino y ya dirigido por Eva, que se denominaba Autofagizadores. Por fin pasé a formar parte de una idea bella, necesaria y duradera.

 

IX

La extinción de la raza sería el espectáculo definitivo, la síntesis perfecta de guerra lúdica y de ultrashow. Por supuesto, la mayoría de los ludens no concebían ni querían el fin del juego, y tuvimos que solventar diversos problemas estructurales a base de ingenio y brutalidad.

Nuestro grupo, calificado paradójicamente de intelectual, ha tenido que infiltrarse durante estos últimos años en las argamasas más duras que aún impedían la extinción, y ha tenido que hacer en ocasiones tal ejercicio de cinismo, que solo algunos políticos históricos habrían estado a la altura. En cualquier caso, la cantidad de sudor y sangre que derramamos resulta difícil no ya de cuantificar, sino de concebir. Pero daré algunas pistas: por ejemplo, hubo que desinflar a los ricos que anhelaban perpetuarse; por ejemplo, hubo que erradicar los vestigios del concepto “Estado” y terminar de enfrentar a muerte a unos ciudadanos con otros al margen del terruño donde hubieran nacido; por ejemplo, hubo que resucitar a los antiguos dioses para concienciar a algunos continuistas de que había llegado la hora de la vida ultraterrena; por ejemplo, hubo que poner toda la maquinaria científica al servicio de la destrucción masiva; y finalmente, tuvimos que forjar los mecanismos que anularon por completo palabras ya maltrechas como “amor” o “familia”, y ridiculizar hasta el paroxismo otras como “justicia”, “paz” y “sexo”.

Con verdadero denuedo logramos todos nuestros objetivos y aún así, la vida intentó negarse a desaparecer. El grupo se escindió por la aparición de los conversos que pretendieron perpetuarse e iniciarlo todo de nuevo. Sin embargo esta rebelión no llegó muy lejos y fue sofocada casi de inmediato y desde la raíz. Los Contadores de almas redujeron sus dígitos a una mínima expresión. Apenas quedamos unas cientos, y había que terminar el trabajo.

 

X

Destruir la Tierra haciéndola explosionar era posible pero no nos pareció digno. Era una solución fácil y carente de emoción, ya representada en cientos de formas y variantes.

Fue Eva quien tuvo las dos ideas; sencillas, brillantes, conclusivas. Eva nos había llevado hasta el horizonte en forma de abismo, y con su ingenio también nos permitiría cruzar el límite, saltando al vacío para siempre. Primero, reventar la Luna con los misiles. Luego, algo tan simple como matarnos entre nosotros en un enfrentamiento sin cuartel. Solo teníamos que ser fieles a nuestros ideales y aplicarnos a nosotros mismos sin más fisuras, lo que habíamos aplicado a los demás.

Como en el mito cristiano, hubo una última cena, pero sin besos traidores y conscientes de que todos, acabaríamos en cierto sentido crucificados.

12 de junio del año 25 del siglo XXIII según el calendario occidental. Hace poco menos de una hora que maté a la última mujer sobre la faz de la Tierra, yo soy el último de los hombres y no la sobreviviré más que por unos minutos. ¿Mereció la pena todo este largo camino? Mi vello está aún electrificado y tengo las manos demasiado manchadas de sangre, como para decir no.