Caín, Abel, Marte, el fútbol

Tenía que llegar y llegó, apuntó un antropólogo entrevistado a doscientos  veinticinco millones de kilómetros de los hechos. Poco antes, los políticos de la Tierra habían soltado sus discursos vacíos, los científicos temieron que se cancelara el Proyecto Rojo 20-35, las crecientes corrientes anticientíficas se frotaron las manos y, en las redes sociales, el pitorreo fue mayúsculo.

Tenía que llegar y llegó, no el primer muerto humano en Marte, que como todos recordamos fue la astronauta y bióloga Magdalena Bojarska, tras un desgraciado accidente de despresurización, sino el primer asesinato. Y por si fuera poco, sí, el título lo anticipa, uno en el que la víctima y el homicida son hermanos.

El motivo de momento está claro. Faltan en Marte policías, abogados y periodistas para retorcerlo todo, así que nos quedamos con la versión del asesino y del resto de testigos, que hasta ahora coinciden: el asesinato no fue fruto de la envidia (sería ya una coincidencia bíblica pasmosa), sino la estupidez.

Filósofos y psicólogos lo han apuntado hasta la saciedad, el desarrollo tecnológico no significa un desarrollo ético, y la inteligencia cognitiva no conlleva inteligencia emocional. Tampoco es que se descarten, pero nada se regala de antemano. En fin, repetimos, tras el asesinato está la estupidez, en concreto, la estupidez por el fútbol.

Fue durante la pasada Final de la Champions, un hermano con cada equipo y el penalti dudoso que levantó tanto altercado en la Tierra, incendió también los ánimos en el planeta rojo hasta desatar la cuchillada mortal.

“Al menos ganó el equipo del muerto”, escribió en sus redes sociales el astronauta jefe del equipo de informáticos, luego borró el mensaje.


Caín matando a Abel (Andrea Schiavone)

El hijo

Mi padre siempre contó, a quien quiso escucharle, que un faro no es nada sin su noche y que es menos que nada sin la mar. Me pregunto si ahora, después de su muerte y tras la visita que he recibido, por fin comprendo lo que quería decirme exactamente.

Mi padre, que durante cuarenta y un años años fue el alcalde del municipio más al sur del país, siempre contaba, con la misma convicción y sin apenas variaciones, que una noche de diciembre de 1979, una tormenta sacudió el pueblo como pocas veces se había visto antes. Una tormenta que no podría olvidar, no por su violencia, sino porque vio funcionando el faro, un faro que estaba abandonado y en desuso desde hacía décadas.

Mi padre siempre decía que por entonces era vanidoso, confiado, irresponsable, y que a pesar de lo extraño de la situación o precisamente por ello, tomó la decisión de acercarse hasta el faro que, todavía hoy, se levanta ruinoso a dos kilómetros del pueblo. Lo que allí sucediera cuando llegó no lo recuerda, y hasta el día de su muerte mantuvo que perdió la memoria en cuanto alcanzó los pies de la torre.

Lo que es seguro, pues he leído muchas veces la crónica del periódico local, es que le encontraron a la mañana siguiente, tirado en la playa y a punto de ser llevado por el mar resacoso. Cuando recobró la consciencia no dijo una sola palabra durante una semana, hasta que empezó a contar lo dicho, es decir, que no recordaba nada de lo sucedido una vez que llegó hasta el faro.

Sin embargo, en el pueblo pronto hubo versión oficiosa, pues nadie había visto el faro fantasma en funcionamiento y todos pensaron que, el hijo del molinero, como en tantas otras ocasiones, se había emborrachado. La herida que presentaba en la cabeza y su cuerpo casi devorado por la mar, fueron dos claras señales de la suerte que había tenido esa vez.

Mi padre siempre contaba que habría aceptado sin rechistar la versión que le daban, de no ser porque, en septiembre del año siguiente, en mitad de otra noche de furibunda lluvia, de nuevo volvió a ver parpadeante la luz del faro y de nuevo volvió a marchar hasta allí. Sin duda todo hubiera sido más fácil de haber avisado a alguien más, pero no lo hizo.

El caso es que mi padre, en esa segunda noche tormentosa, llegó hasta la base del faro y esta vez sí recuerda lo sucedido. Se encontró con la puerta abierta, subió las escaleras hasta acceder a la sala de control, a la recámara, a la casa del torrero, y allí empezó a escuchar un llanto que provenía de más arriba. Cuando llegó a la cúpula, al lado de la linterna fantasmal que arrojaba su luz parpadeante y cegadora, me encontró a mí, berreando, desnudo, recién nacido.


Mi padre siempre repetía que mi padre era el faro, que mi madre la mar, que él lo sabía y que la noche lo sabe. Sin embargo, yo siempre tuve mis dudas. Más o menos como las tenía el resto del pueblo. Pero lo cierto es que en esta ocasión, mi padre regresó conmigo en sus brazos de la incursión al faro fantasma, y aunque de nuevo nadie más que él lo había visto en funcionamiento, y aunque nunca nadie lo volvió a ver funcionar jamás, a mí sí se me podía tocar, oír y ver.

En los días siguientes a mi misteriosa aparición, nadie me reclamó y puesto que mi padre dijo querer quedarse conmigo, y a pesar de que no parecía ser un candidato idóneo para convertirse en buen padre, los vecinos del pueblo me dejaron en sus manos tras una acalorada asamblea.

Para sorpresa de todos, mi padre supo hacerse cargo de mí. Se alejó del alcohol y cambió el molino ruinoso por unas tierras que aprendió a cultivar con sacrificio y maña. Fue tal su conversión, que cuando yo tenía dos años, se había ganado el cariño y el respeto de todos sus vecinos y se presentó para alcalde. Ganó el puesto y se mantuvo en el cargo hasta su muerte, hace tres meses, a la edad de 65 años.

En sus estertores mi padre me recordó que un faro no es nada sin su noche y que mi madre era la mar, así que, en mi último intento por conocer la verdad, también fracasé.

Pocos días más tarde, en un acto de homenaje y de honra a su memoria, conté en un periódico local la historia que mi padre siempre había contado a quien quiso escucharle. Y para mi sorpresa, la noticia voló por todo el país. Durante varias semanas numerosos medios quisieron entrevistarme e intentaron resolver mi origen; analizaron los partes meteorológicos de la época, estudiaron el faro, hablaron con los vecinos, revisaron archivos… Hasta que al final de sus investigaciones no quedó más que humo y teorías tan disparatadas, o incluso más, que las de mi padre.

O al menos así fue hasta hace unos días, cuando el ruido ya había pasado y me encontraba dispuesto a aceptar que la versión de mi padre era la mejor versión. Sin embargo, ocurrió que una anciana llamó a mi puerta, me preguntó si yo era yo y me pidió permiso para sentarse y contarme una historia. Le serví un café, me serví otro y contó lo que había venido a contar.

Que la noche de diciembre de 1979 en la que quien decía no ser mi padre perdió la conciencia, dos jóvenes enamorados fueron hasta la playa cercana al faro. Allí, el joven, borracho, forzó a la joven, que a pesar de rogarle que parara, no lo hizo. Ella logró escapar de él cuando le estampó una piedra en su cabeza.

La joven, que vivía en un pueblo cercano y que era la hija de un acaudalado empresario naval, no quiso volver a saber nada de su amante hasta que supo que se había quedado embarazada. Cuando no le quedó más remedio que aceptar la noticia, buscó al joven y se lo contó. El joven, por su parte, le dijo a la chica que hiciera lo que quisiera, pero que él no se haría cargo de la criatura que naciera y que no quería volver a saber nada de ella.

La joven siguió el consejo del joven e hizo lo que quiso, que no fue otra cosa que lo que consideró una venganza. No abortó y tuvo a su bebé de manera que solo su sirvienta se enteró de que había estado embarazada. En cuanto pudo moverse tras el parto, se presentó por última vez en la casa del joven y le contó que en el faro quedaba abandonado su hijo, que hiciera también lo que él quisiera.

Cuando la anciana terminó la historia, quizá demasiado mayor para ser mi madre, quizá demasiado joven para haber sido la sirvienta, ambos lloramos. Por fin, tras reunir el valor suficiente me atreví a preguntar si esa noche hubo tormenta. Sin esperar respuesta lancé otra pregunta, la de si ella era mi madre. La anciana me miró con ojos vidriosos y cansados y me dijo que de eso no había duda, que mi padre era el faro y mi madre la mar.


No me gustan las flores

No me gustan las moralejas, las cargan lo obvio, pero a veces…

Mientras el silencio entre nosotros se volvía cada vez más pesado e insoportable, el coche comenzó a resollar por el esfuerzo. La radio daba interferencias, la cuesta no terminaba nunca y opté por pisar el acelerador a fondo. A pesar del aumento de la velocidad, ella siguió sin mirarme.

Todo, de nuevo, había salido mal en nuestro viaje. Sería la última vez, el último intento, me dije, y comencé a sudar frente a su aparente calma. Pasé cerca de varios camiones, demasiado cerca, pero tampoco se inmutó. ¿Lo deseaba acaso tanto o más que yo? Era una forma como otra cualquiera de ser libres.

A lo lejos divisé el fin de la pendiente. Acababa en curva cerrada, como anunciaban con insistencia las señales de precaución para que se redujera la velocidad. No lo hice y ella tan solo puso las manos en su regazo, si acaso esbozó una ligera sonrisa. Entonces las vi, fugazmente, y recordé.

No me gustan las flores, confesé en nuestra primera cita. ¿A qué tipo de monstruo no le pueden gustan las flores? Contestó, poco antes de enamorarnos.

Las vi, fugazmente. Clavadas sobre un poste al lado de la carretera. Eran el típico ramo de luto, de pérdida, de crueldad intolerable para los que se quedan.

Tal vez fueran las flores, tal vez fui solo un cobarde, tal vez un valiente, pero levanté el pie del acelerador. Pasada la curva lloramos, al llegar a casa decidimos un punto final menos salvaje.

No me gustan las moralejas y no me gustan las flores, pero hoy hemos rehecho, cada uno con sus pedazos, nuestras vidas.


Madame Macabre: Flores negras en el mundo natural.

Tienes lo que mereces

Me gustaría poder decir que el viejo me cayó bien nada más verle, pero vestía mal, olía a sudor, y al menos para mí, no es posible la simpatía sin higiene. Me gustaría poder decir que el viejo era lo que aparentaba, pero aparentaba lo que quería y no lo que era. Y me gustaría poder decir que el viejo (en realidad no lo era tanto), no me crujió de lo lindo. Pero ya se sabe, de «me gustaría…» que no se cumplen está el mundo lleno.

Si las bicicletas son para el verano, Ibiza también. Especialmente si tienes pasta como la tengo yo desde hace un par de años y ganas de impresionar a una mujer que tiene mucha más pasta todavía, aunque en la vida esté un poco verde, o precisamente por estarlo. El escenario de mi triunfo iba a ser el local de moda, incrustado casi en la misma cala de arena fina y agua turquesa, con las mejores vistas de la isla al atardecer.

Ella iba a llegar tarde, como siempre hace. Y yo a fingir que no me importa, cuando lo detesto. Al fin y al cabo el tiempo me ha enseñado a ser un buen impostor, tanto, que solo se así se explica que haya podido forrarme con un par de libros de autoayuda repletos de frasecitas en las que no creo ni cuando estoy borrachísimo. Hay que saber sacar provecho a la sociedad infantil en la que estamos, pero no nos desviemos de tragicomedia.

‒Cada prejuicio es una frontera ‒me espetó el viejo a la cara.

Se me cruzó en la entrada del local Maravillas, la música chill out nos envolvía. Los porteros con forma de armarios lustrosos fruncieron el ceño, pero no hicieron nada. La ventaja de ser escritor es que incluso con best seller a tus espaldas, puedes bañarte en el anonimato. Sin embargo, el viejo me conocía. Su presentación lo demostraba, me había soltado uno de mis lemas estrella.

‒¿Y en qué frontera prejuiciosa estamos aquí? ‒Le pregunté con la intención de bloquearle y deshacerme pronto de él.

‒En la frontera de la idiotez, joven ‒me dijo con naturalidad.

Me sacó una sonrisa irritada y le lancé otra pregunta:

‒¿En la suya o en la mía, viejo?

Nunca he sido un tipo agradable y el surco de sudor de su camisa azul desteñida no ayudaba. No por casualidad mis editores me tienen prohibido que diga lo que pienso de verdad sobre la mayoría de los temas.

‒Supongo que eso es lo que está en cuestión ‒fue su respuesta y con autosuficiencia añadió: ‒¿Serías tan amable de firmarme uno de tus libros?

Torcí el gesto, algo no marchaba bien… para mí. Sin esperar respuesta se quitó de la espalda una mochila roñosa y extrajo, no mis libros de autoayuda tan vendidos, sino mi primera obra, un cruce de géneros que había sido un rotundo fracaso. Un rotundo fracaso de cuando creía en la literatura y en mí.

‒Es un ejemplar muy difícil de conseguir, ¿lo ha leído, le ha gustado? ‒Pregunté con interés por primera vez.

En ese momento apareció ella y nos sobresaltó, aunque en realidad solo me sobresaltó a mí.

‒¡Pero Papá! ¿Qué haces aquí?, ¿qué casualidad?, ¿vaya pinta más horrible llevas?

‒¿Papá? ‒Dije incrédulo.

Cinco minutos más tarde estábamos los tres sentados en la mesa que había reservado para dos. En ocasiones sí tienes lo que mereces… y menudo desastre. El ocaso ibicenco era igual de hermoso, indiferente a mi cara de idiota y al destrozo de la relación que se iba a perpetrar con la caída del Sol. Al viejo había que reconocerle su mérito, no es fácil desenmascarar a un cínico con talento.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

El beso a primera vista, supongo

Enamorarme es la única fantasía sexual que me falta por cumplir. Supongo que por eso no llevo ropa interior bajo el vestido rojo. Supongo que por eso voy a su encuentro. Supongo que no va a funcionar, pero eso nunca me detuvo.

El taxista, a través del espejo retrovisor, me mira excitado sin demasiado disimulo. A mis cuarenta todavía soy capaz de provocar un accidente. «La belleza será tu maldición, como lo fue la mía». He ahí la sentencia profética que mi madre me repitió hasta su muerte.

Mi madre tenía la mitad de años que mi padre cuando se conocieron, por eso tal vez estoy aquí y ahora; yo tengo el doble de años que mi amante. Lo cierto es que le confesé mi edad y no se asustó. Lo que no sabe es que soy rica, supongo que ese detalle sí habría sido un problema de verdad.

Mientras me retoco el maquillaje, el taxista se vuelve descarado, pero le ignoro y pienso en mi cita, en su ternura espontánea cuando hemos cambiado whatsapps, en su pretenciosa fe tardo adolescente, en su ingenuidad excitante.

Me gustó su atrevida, pero cándida propuesta; en mitad de la Plaza, cuando y donde más gente hubiera, sin habernos visto antes más que en un par de fotos borrosas, sin ropa interior… Entonces llegaría el abrazo y el beso tórrido. Lo del beso a primera vista me terminó de convencer, supongo.

Hace mucho tiempo que no tengo nada tórrido y no será por falta de escenas. Pobre taxista, si supiera con cuantos he follado y lo lejos que está de tener suerte por más que me mire así. Frente a la maldición que me preconizó mi madre por ser bella, preferí hacer caso a la advertencia de mi padre: «La moral es un cuento y hay cuentos buenos y cuentos pésimos». Los príncipes, por ejemplo, me acosté con varios y nunca tienen sangre azul. Los lobos, por ejemplo, bajo su aparente ferocidad suele haber ternura. Los finales felices, por ejemplo, eso sí que son un cuento.

Bajo del taxi cerca de la Plaza. Mientras taconeo supongo que ya habrá llegado junto a la estatua. Me prometió encaramarse al oso y acabar detenida si al final no me presentaba. Sabe hacerme reír y bien sé, que para morbo la inteligencia y el sentido del humor.

La veo al pie de la estatua, me ve, nos reconocemos sin dificultad a pesar de la marabunta. Nos sonreímos y nos damos prisa en acabar con la distancia. Le dije que podía ser cruel y, cuando llega el momento, le niego el beso en los labios y le doy uno en la mejilla, casto, muy casto. Tiene unos ojos bonitos y un cuerpo que estoy deseando recorrer. «El beso ha sido, todavía, mejor de lo esperado», dice ella muy segura. Siento que es un buen principio para cumplir mi fantasía sexual.


 

Aquí acabo yo

Hoy cumplo cuarenta años y a pesar de todo y de aquello y quizá por eso, sigo anclado en el Metro. En estas últimas cuatro décadas se ha modernizado y ha crecido mucho, pero me conozco cada línea, cada estación, todos los vagones. Al fin y al cabo me sobran paladas enteras de tiempo. Qué desperdicio.

Descanso, cuando se me antoja descansar, en la Estación de Chamberí. O lo intento. Desde que la reabrieran al público como museo hace unos años, comparto espacio con empleados y visitantes. Son una molestia, pero si me lo propongo, sé pasar desapercibido. Soy un muerto educado.

Al principio traté de comunicarme con los vivos, pero no hay manera. Tan solo perciben ruidos extraños, se les eriza la piel, se les hiela la sangre. Más allá de eso, están sordos y solo escuchan lo que quieren escuchar. Así les va.

Durante un tiempo también intenté hablar con los que a veces mueren aquí abajo por un infarto, por un suicidio, por un empujón a destiempo. Sin embargo son unos llorones. Que qué será de ellos, que qué van a hacer ahora sus hijos, sus padres, sus amantes. Qué dramas.

Menos mal que desaparecen pronto. No sé si van al cielo o al infierno, si se reencarnan o si son pasto de la nada. Pero se esfuman, se diluyen, se largan para siempre de mi reino. Mientras, yo sigo aquí.

Hay días que me tengo por un maldito, odio mi particular corona de difunto exclusivo y grito a los pasajeros. Pero ellos, con sus cascos, con sus móviles o con su somnolencia, ni se inmutan. Parecen fantasmas.

Hay días, en cambio, que me tengo por un privilegiado y animo a los pasajeros que siento más tristes a disfrutar de la vida. Trato de consolarles en sus miserias y en sus rutinas. Pero ya lo dije antes, los vivos están sordos.

Y hay días que estoy tan deprimido, que rezo para morirme otra vez.

¿Conocen eso de «Al salir, tengan cuidado de no introducir el pie entre coche y andén»? Pues se dice por mí. En una estación en curva tuve la mala pata de meterla por el agujero, tropecé, me golpeé de mala manera y me morí. Menudo ridículo.

Ese día iba pensando en lo que no debía pensar. Como suele ocurrir, el amor tuvo la culpa. Bueno, algunos no lo llamarían amor, sino sodomía. A Inmaculada le gustaba tanto… y yo quería complacerla en todo. Reconozco que al principio me costó, pero luego le cogí el gustillo. Es lo que más echo de menos de estar vivo. Qué cosas.

Ella me quiso mucho, tanto, que no volvió a sodomizar a ninguno de los hombres con los que se acostaba. Durante años y cada vez que Inma tomaba el metro, me ponía a su lado y trataba de alentarla para que contara sus anhelos a su pareja de turno. Pero ya lo he dicho antes dos veces, los vivos están sordos y no aprenden hasta que se mueren. Si acaso.

Ella me quiso mucho y puedo demostrarlo. Aunque desde hace años ya no usa habitualmente el metro, hasta hoy no se perdió ni una sola de mis cuarenta efemérides. Cada año venía a dejarme un ramo de flores a la estación y al andén donde perdí el pie y la vida. Pero el metro cerrará pronto y no la he visto.

He soportado la incertidumbre de no saber qué hay más allá de este más acá, pero si Inma no aparece, juro a quien sea responsable de esto, que aquí acabo yo. No pienso seguir de brazos cruzados en este limbo. Para siempre es demasiado tiempo… Estar muerto tampoco es fácil.


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Amor se escribe con sangre

Me preguntas por qué… Qué manía tenéis todos con querer saber. Pero te contaré mi historia, después de todo en el patio no hay nada mejor que hacer.

En un crimen, la casualidad suele ser más del cincuenta por ciento. Era de madrugada, había bebido, regresaba a casa. Pensaba en quien no debía y ni siquiera la luna llena conseguía aliviarme de la alta suciedad que sentía. No había nadie en la calle. Nadie, hasta que se cruzaron conmigo.

Iban en una bicicleta de montaña, eran adolescentes, intuí que idiotas. Yo estaba en mitad del carril rojo, pero no me moví a pesar de que venían de frente. Romeo manejaba el manillar con dificultad, porque Julieta pesaba lo suyo y estaba sentada a horcajadas sobre el cuadro de la bici. Me esquivaron haciendo una ese y con sonrisa de tortolitos. Yo no era nada para ellos y continué mi camino hasta que un momento después escuché un «¡Cuidado!», un «¡Frena!» y un golpe. Me di la vuelta. Se habían estampado contra una farola. Me quedé mirándoles.

El golpe no valió gran cosa. No iban rápido. Fue de costado. Ni siquiera me dio para unas risas. Pero Julieta no se levantó del suelo de buen humor e insultó a su Romeo. Incluso le soltó un par de manotazos. Él pedía perdón y buscaba excusas, que si la mierda de la bicicleta, que si el equilibrio, que si el tipo con el que se habían cruzado. Fue entonces cuando ella me vio parado a escasos metros contemplando su escena. Cuando me señaló. Cuando me incluyó en sus insultos. Cuando calentó a Romeo. Cuando vinieron hacia mí.

Allí estábamos los tres, cara a cara. Yo ya era algo para ellos. Julieta demostró ser menos idiota que Romeo. «Vámonos», dijo. «Déjalo, da igual, este hombre no tiene culpa de nada». Casi suplicó una retirada. Pero Romeo me exigió que pidiera perdón, que dejase de mirarles, que hablara de una maldita vez.

Casi nunca se sabe interpretar el silencio. Romeo interpretó el mío como cobardía. Se envalentonó. Me empujó dos veces. Julieta trató de calmarlo en vano. Él se empeñó en que yo hablara y al final lo hice. «Que el amor te haga más libre, no más esclavo», eso le dije. Pero a Romeo no le pareció una respuesta oportuna. «¿Qué coño significa eso?», me preguntó nervioso. Me llamó gilipollas, creo recordar que también cara culo, terminó diciéndome puto loco.

Julieta comenzó a llorar. Yo hice cuentas, Romeo me había empujado, me había insultado, al final me había dicho la verdad. Aun así lo hubiera tolerado, pero quiso más y me soltó que yo era un don nadie. Eso me recordó a quien no debía. Romeo me dio la espalda, había terminado conmigo. Yo empecé con él. Saqué la navaja y se la clavé en el cuello. Julieta gritó como una histérica y tuve que hacer algo al respecto. Ya lo fui todo para ellos.


 

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Cuentos para no dormir

No estaba loco, solo quería lo imposible, desaparecer sin hacer daño. Se llamaba Juan, ya no tenía apellido, logró olvidarlo, o eso me dijo. Antes había intentado la concordia y la armonía de todos. Quiso cumplir con su familia, con la sociedad, con su empresa, con su país, con la moralidad, con la Historia, consigo mismo. Tanto peso le hizo reventar. Un día le encontraron en la Biblioteca de su ciudad de provincias, se había tirado encima centenares de libros, estaba casi enterrado en ellos, pero pretendiese lo que pretendiese, no parece que lo consiguiera. Poco más tarde su mujer le sacó de la bañera, la había llenado de gasolina e intentaba que una de las muchas cerillas que había gastado por fin prendiera. Fracasó, nadie se explicó el motivo. Tuvo una tercera tentativa en la fábrica para la que trabajaba, pasó su turno de noche dentro de un arcón congelador. Ocho horas junto a pechugas pollos, junto a piernas de cordero, junto a filetes de ternera. Sin embargo, Juan salió fresco a la mañana siguiente. Le echó su mujer de casa, le echó su empresa del trabajo, le preguntaron los psicólogos por qué había hecho lo que había hecho y no supo qué decir. Le preguntaron si volvería a la carga y tampoco tuvo nada que decir. Al final, un psiquiatra le preguntó si al menos se había vuelto claustrofóbico tras pasar una noche en un congelador. Juan, para su propia sorpresa, le contestó que no había nada más claustrofóbico que vivir sin mentiras, que los cuentos para no dormir eran la realidad que no soportábamos, que por eso inventábamos ficciones para consolarnos, que la verdad es terrible, pero que él iba a abrazarla. También le dijo que no se preocupara, que no volvería a intentar quitarse de en medio con métodos, me dijo que le dijo, rudimentarios, porque había visto llorar a su madre, a su exmujer, a sus hijos, y no permitiría que nadie más derramara lágrimas por su causa. No estoy loco, me decía insistentemente ya aquí recluido, solo quiero alcanzar mi paz. La persiguió con audacia, con valentía, con graves consecuencias para su salud, con dinero, con violencia. Probó la meditación, el prozac, la heroína, prácticas sexuales de lo más extrañas. Todo en esta habitación, en mi hotel. Cuando le quedaba poco dinero dejó de comer, cuestión de prioridades, me dijo. Cuando ya no le quedaba nada, en lugar de echarle le propuse que me contara su historia a cambio de quedarse. Aceptó y así sé lo que sé. Hace unas horas estábamos ahí sentados, en su cama, sí, desnudos, así vivía desde hace meses entre estas cuatro paredes, y yo debía desnudarme si quería entrar. Sin embargo nunca intentó nada impúdico, que conste. El caso es que al poco de sentarme a su lado me dijo que sería su último día, que no sabía cómo ni por qué, pero que se sentía feliz, pleno, que se iría libre, que reventarían todos sus muros, que las paredes del cuarto se abrirían por fin, que se llenaría de calma. Entonces empezó a llorar, al principio era poco más que un quejido, luego llegaron las lágrimas, pronto fueron una cascada y hay poca metáfora en lo que digo. La escena resultaba patética, pero su llanto iba a más y a más. Yo no sabía qué hacer, no me podía mover, estaba hipnotizada. Así llegamos al momento en el que literalmente comenzó a deshacerse en lágrimas, se le desprendió la piel, la carne, los huesos, como si se estuviese bañando en ácido. Pero yo no podía gritar porque Juan sonreía, no había dolor en su cuerpo. Al final no quedó de él más que un charco de agua. Le juro, agente, que no fue hasta más tarde cuando el charco se tiñó de rojo y decidí llamarles. Antes era azul, el azul más puro e inocente que quepa imaginar, ¿me cree, de verdad que me cree? Tiene que creerme, hágalo por Juan, aunque él no cumpliera con su propósito, aunque no lograra lo imposible.


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Callar a pleno pulmón

“Vivir, no importa cómo, pero vivir.” Raskólnikov

 

            En año el 2065 la ONU declaró finalmente el Paraíso sobre la Tierra. Dios estaba definitivamente muerto, no le necesitábamos. Fue el año que se alcanzó el acuerdo satisfactorio para todas las partes entre Palestina e Israel. Así acabó el último gran conflicto. Para entonces el terrorismo se había esfumado del mapa. También los problemas raciales. El hambre estaba erradicada. La población mundial decrecía a un ritmo óptimo. Habíamos encontrado vida unicelular en otros planetas. La primera ciudad en Marte y las colonias en la Luna funcionaban correctamente. No había enfermedad incurable. El Ártico, los bosques, las especies animales, no tenían motivos de preocupación. Incluso se rozaba la respuesta definitiva a la pregunta de qué hay al otro lado. Sencillamente Homo sapiens era una etiqueta que empezaba a quedarse pequeña. Entonces apareció el problema de mi padre.

            El viejo acaba de cumplir 87 años y debió morirse hace 720 días. Estamos en el 2068 y su vida amenaza con romper todas las reglas, con fracturar el equilibrio. Por si fuera poco sonríe y se siente orgulloso, como si luchara contra una distopía de tres al cuarto, como si no hubiésemos hecho realidad el sueño de que otro mundo mejor sí era posible, como si no pusiera en riesgo todo por lo que él habría muerto feliz hace apenas unos años. Es un converso, lo sabe, lo disfruta, me lleva al límite. Hace una hora, en la última visita que le haré, tras el regalo que le he concedido, me ha dicho:

            Ya sabemos que el alma no pesa 21 gramos, ya sabemos cuántos latidos alberga cada corazón, ya se dice lo que se tiene que decir, se piensa como se tiene que pensar, se vive como se tiene que vivir y por supuesto se muere como toca morirse. Pero mi cuerpo se ha revelado contra todo eso, harto de callar a pleno pulmón, solo quiere morir en su mundo, no en este.

            La disfunción técnica de mi padre, o el milagro, así lo llaman algunos recalcitrantes, es fácil de contar, pero de momento imposible de explicar para la ciencia. El viejo debería estar muerto, porque su corazón ha sobrepasado el número de latidos con el que su cadena genética le programó. Y lo mismo ocurre con el resto de sus órganos vitales, todos sobreviven por encima de sus posibilidades. Las pruebas realizadas descartan que  haya manipulado su cuerpo. Sabemos también que no es una falta de cálculo, sabemos que no es un error de la teoría. Una teoría que ha predicho correctamente el 100% de los casos restantes. Mi padre sencillamente es una anomalía. Una anomalía que da miedo. El cielo es demasiado frágil.

            Cuando el año pasado mi padre cumplió 86 años hice lo que tenía que hacer y denuncié su caso. El Comité de Expertos que se formó de inmediato tomó el asunto con la gravedad y la celeridad necesarias. La primera opción, unánimemente aceptada, fue matarle y erradicar cualquier contaminación. Sin embargo ya no existe el asesinato. La segunda opción barajada, fue inducirle al suicidio, pero nos topamos con otra barrera lógica: ya nadie se suicida. Por si fuera poco, mi padre celebra la vida más allá de lo razonable, y visto lo visto, más allá de lo posible.

            Finalmente decidimos recluirle en una celda aséptica, sin libros y sin la posibilidad de que escribiera. La intención era matar su espíritu y rendir así su cuerpo. Pero su corazón ha resistido. Hoy se despidió de mí diciéndome que lo sentía por todos nosotros y por el mundo feliz que él ponía en riesgo, pero que su imaginación estaba muy viva. Luego me miró con cariño, quizá con aire de triunfo, o tal vez fuese de pena, cuando accedí a entregarle su novela favorita, la que nos había rogado desde su primer día de reclusión. Cuando cerraron su celda me pidió paciencia y añadió: lo siento, un ser humano todavía es capaz de hacer cualquier cosa, incluso lo que no debe.

            Estuve a punto de confesar que no podía estar más de acuerdo, de decirle que no tocase las hojas del libro, que estaban envenenadas. Pero no lo hice. A estas horas la anomalía debería estar resuelta y el mundo a salvo. ¿O no?


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

 

 

Asalvajados

Subo al púlpito. Don Tobías me mira desconfiado desde el altar. Observo a la feliz pareja, se tensan. Barro de golpe a los invitados de la iglesia y comienzo a decir: Mis queridos coños, pijas e indefinidos…”. Me gano el odio de todos, pero en especial el de ella, sonrío y me esfumo.

Lo anterior es el plan, la realidad es bien distinta, mucho más cutre, como siempre. No atreverme a llevar a cabo lo que imagino se me da de puta madre. Ni siquiera entro a la iglesia, tampoco me atreví a felicitar a los novios, les aceché en la distancia. Estoy en la plaza mientras transcurre la ceremonia. Estoy solo, salvo por una absurda bolsita de arroz que dejo caer sobre los adoquines y una botella de ron a la que diré: sí, quiero. Comienzo a andar, no porque no quiera ser un cabrón, no por cobardía, sencillamente mis pies me alejan de la feliz escena, ya no la joderé.

La iglesia y la botella quedan lejos, revolviéndose en las entrañas. Su combinación me genera preguntas, ¿y si Jesucristo no murió virgen?, ¿y si fue impotente?, ¿y si lo que fue es gay? La contención no es lo mío y piso el acelerador, ¿acaso no cagaba como los demás? Al fin y al cabo, todos llevamos la mierda con nosotros y Jesús era uno más en su parte humana, seguro que se la cascaba como todos.

Así de religioso llego al bar del pueblo, me siento lo más lejos posible de la barra y me pido un cubata. Mientras la camarera me atiende me mira ceñuda cuando le digo que no pare, que yo la aviso. Pero ella deja de llenar el vaso cuando le place, sin hacerme ni puto caso, como la vida. Solo puedo guiñarle un ojo como respuesta.

Perdido en la oscuridad del cubata me pregunto por qué blasfemar me pone tan cachondo. La respuesta me viene fácil tras un trago: pura venganza, me gusta atentar contra Dios, porque Dios no se cansa de atentar contra nosotros. Dejo el vaso y lo escatológico vuelve a mí: Jesús también era Dios y lo mismo tenemos fosilizada alguna de sus mierdas divinas… Pego un puñetazo en la mesa y añado en alto: ¡Y no me refiero a la Biblia… que también!

Supongo que en ocasiones soy capaz de atreverme un poco. Reto con la mirada a los parroquianos que no me recuerdan, o que hacen que no me recuerdan, y me digo si habré dicho ya lo suficiente para que me lleven a la hoguera. Solo puedo echar de menos la Santísima Inquisición, aunque con estos tiempos que corren si me pongo a hablar de Mahoma y del Corán lo mismo tengo suerte.

Otras ideas me atosigan. No me soporto cuando me pongo en plan filósofo, pero tampoco sé detenerme… ¿qué tipo de mundo hemos construido? Termino por perorar que quien cuenta la Historia elige lo que cuenta y cómo lo cuenta, y solo tiene que ser un poco hábil para que el resto le comamos la polla, o el coño, por eso de la igualdad…

Mis pensamientos definitivamente bailan asalvajados y que uno de estos cazurros me calce una hostia solo es cuestión de que piense un poco demasiado alto. Pero tal vez sería lo mejor, tan solo necesito un puto hombro donde contar que los cuatro (por supuesto incluyo a don Tobías, la piedra filosofal del grupo) nos conocemos desde la catequesis que nos iba a limpiar del pecado original…

Observo que la camarera habla con un cromañón y apuesto a que es su novio, que se besen es una pista… Me miran desde la barra. Yo vuelvo a lo mío: Dios nos juntó, don Tobías nos tocó y nosotros tres acabamos la orgía…

El cromañón decide venir hacia mí. Ella era preciosa, fue mi primer beso, mi única chica, durante años nos creímos lo del uno para el otro y con doce o trece hubiera apostado mi alma a que sería yo quien le pondría el anillo a ella, y no él.

El cromañón llega a mi mesa. Corre la silla para poder sentarse junto a mí. Se sienta y me sonríe. Sospecho sus palabras: ¿qué le has dicho a mi chica?, y la intención de romperme la cara. Yo le contesto, mirando sin verle… Pero a los catorce se fue a tomar por culo el alma, al menos la canónica.

Él y yo nos enamoramos, la amistad traspasó su frontera por la acera prohibida. A los quince don Tobías, que tanto nos había enseñado, nos cazó besándonos y se escandalizó, o eso dijo el hijo puta. Lo que es seguro es que se lo contó a ella. Ella juró vengarse… Ahora todos hemos vuelto al lugar de tanto delito… y ellos acaban de convertirse en marido y mujer.

El cromañón sabe hablar, me llama por mi nombre y me pregunta qué le estoy contando. No me suelta una hostia sino que quiere saber si me acuerdo de él. Sin esperar ninguna respuesta me dice que me invita a la siguiente ronda si empiezo la historia desde el principio. Ya tengo el hombro que buscaba.


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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas