Asalvajados

Subo al púlpito. Don Tobías me mira desconfiado desde el altar. Observo a la feliz pareja, se tensan. Barro de golpe a los invitados de la iglesia y comienzo a decir: Mis queridos coños, pijas e indefinidos…”. Me gano el odio de todos, pero en especial el de ella, sonrío y me esfumo.

Lo anterior es el plan, la realidad es bien distinta, mucho más cutre, como siempre. No atreverme a llevar a cabo lo que imagino se me da de puta madre. Ni siquiera entro a la iglesia, tampoco me atreví a felicitar a los novios, les aceché en la distancia. Estoy en la plaza mientras transcurre la ceremonia. Estoy solo, salvo por una absurda bolsita de arroz que dejo caer sobre los adoquines y una botella de ron a la que diré: sí, quiero. Comienzo a andar, no porque no quiera ser un cabrón, no por cobardía, sencillamente mis pies me alejan de la feliz escena, ya no la joderé.

La iglesia y la botella quedan lejos, revolviéndose en las entrañas. Su combinación me genera preguntas, ¿y si Jesucristo no murió virgen?, ¿y si fue impotente?, ¿y si lo que fue es gay? La contención no es lo mío y piso el acelerador, ¿acaso no cagaba como los demás? Al fin y al cabo, todos llevamos la mierda con nosotros y Jesús era uno más en su parte humana, seguro que se la cascaba como todos.

Así de religioso llego al bar del pueblo, me siento lo más lejos posible de la barra y me pido un cubata. Mientras la camarera me atiende me mira ceñuda cuando le digo que no pare, que yo la aviso. Pero ella deja de llenar el vaso cuando le place, sin hacerme ni puto caso, como la vida. Solo puedo guiñarle un ojo como respuesta.

Perdido en la oscuridad del cubata me pregunto por qué blasfemar me pone tan cachondo. La respuesta me viene fácil tras un trago: pura venganza, me gusta atentar contra Dios, porque Dios no se cansa de atentar contra nosotros. Dejo el vaso y lo escatológico vuelve a mí: Jesús también era Dios y lo mismo tenemos fosilizada alguna de sus mierdas divinas… Pego un puñetazo en la mesa y añado en alto: ¡Y no me refiero a la Biblia… que también!

Supongo que en ocasiones soy capaz de atreverme un poco. Reto con la mirada a los parroquianos que no me recuerdan, o que hacen que no me recuerdan, y me digo si habré dicho ya lo suficiente para que me lleven a la hoguera. Solo puedo echar de menos la Santísima Inquisición, aunque con estos tiempos que corren si me pongo a hablar de Mahoma y del Corán lo mismo tengo suerte.

Otras ideas me atosigan. No me soporto cuando me pongo en plan filósofo, pero tampoco sé detenerme… ¿qué tipo de mundo hemos construido? Termino por perorar que quien cuenta la Historia elige lo que cuenta y cómo lo cuenta, y solo tiene que ser un poco hábil para que el resto le comamos la polla, o el coño, por eso de la igualdad…

Mis pensamientos definitivamente bailan asalvajados y que uno de estos cazurros me calce una hostia solo es cuestión de que piense un poco demasiado alto. Pero tal vez sería lo mejor, tan solo necesito un puto hombro donde contar que los cuatro (por supuesto incluyo a don Tobías, la piedra filosofal del grupo) nos conocemos desde la catequesis que nos iba a limpiar del pecado original…

Observo que la camarera habla con un cromañón y apuesto a que es su novio, que se besen es una pista… Me miran desde la barra. Yo vuelvo a lo mío: Dios nos juntó, don Tobías nos tocó y nosotros tres acabamos la orgía…

El cromañón decide venir hacia mí. Ella era preciosa, fue mi primer beso, mi única chica, durante años nos creímos lo del uno para el otro y con doce o trece hubiera apostado mi alma a que sería yo quien le pondría el anillo a ella, y no él.

El cromañón llega a mi mesa. Corre la silla para poder sentarse junto a mí. Se sienta y me sonríe. Sospecho sus palabras: ¿qué le has dicho a mi chica?, y la intención de romperme la cara. Yo le contesto, mirando sin verle… Pero a los catorce se fue a tomar por culo el alma, al menos la canónica.

Él y yo nos enamoramos, la amistad traspasó su frontera por la acera prohibida. A los quince don Tobías, que tanto nos había enseñado, nos cazó besándonos y se escandalizó, o eso dijo el hijo puta. Lo que es seguro es que se lo contó a ella. Ella juró vengarse… Ahora todos hemos vuelto al lugar de tanto delito… y ellos acaban de convertirse en marido y mujer.

El cromañón sabe hablar, me llama por mi nombre y me pregunta qué le estoy contando. No me suelta una hostia sino que quiere saber si me acuerdo de él. Sin esperar ninguna respuesta me dice que me invita a la siguiente ronda si empiezo la historia desde el principio. Ya tengo el hombro que buscaba.


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Primavera, ven

Si no has querido atracar un banco al menos una vez en tu vida… Si no has deseado pegarle un tiro a otro entre ceja y ceja… Si no has querido mandarlo todo a tomar por culo… ¡Muérete!

Esas son las dos últimas líneas que escribió Pedro Gutiérrez en su cuaderno de Notas, luego escuchó por enésima vez el mensaje quejumbroso que Guillermina le enviara la noche anterior. Pensó entonces que no se puede tener todo pero que tampoco te lo deberían arrebatar todo. Había llegado la hora, se puso el traje, se guardó la pistola y salió de casa.

El espejo del portal seguía roto. Lo había roto él hacía un mes. Fue lo primero que escribió en sus Notas antes de hacerlo realidad. Después decidió, preso de una energía brutal, que  llevaría a cabo todo lo que escribiera en sus Notas.

No se encontró con ningún vecino al salir de la urbanización y se lo agradeció al dios que odiaba. Tal vez hubiera tenido que sacar el arma antes de tiempo si hubiese escuchado otro, cuánto lo siento, o el clásico, te veo mejor. Lo último sería una flagrante mentira a la luz de su delgadez extrema, de sus ojeras, de su galopante calvicie. En cuanto al sentirlo, por qué iba a ser cierto. Hasta que ocurrió lo que ocurrió, Pedro sabía que era un tipo antipático y prepotente con la mayoría de las personas y en especial con sus vecinos. Después de que ocurriera lo que ocurrió, era un volcán que eruptaba rabia.

Seis por cada cien mil. Si además añadimos la pérdida del niño las estadísticas bajan hasta cerca del cero. España está entre los mejores datos de mortandad por parto de madre e hijo de todo el mundo, imposible mejorarlos. Sin embargo la naturaleza guarda sorpresas desagradables que regala sin mirar. De tenerlo todo a quedarse sin nada con la única explicación de que a veces pasa. Ni siquiera podía agarrarse a una enfermedad, a un accidente, a una negligencia. Tampoco a la culpa. Pedro Gutiérrez no era de sentir culpa.

La gente no es lo suficientemente desagradable cuando se la necesita, pensó camino del banco. Era agosto, cerca del mediodía, la calle apestaba a multitud y a calor. Sudaba copiosamente dentro del traje. Había descrito en sus Notas el atraco. Había escrito, primavera, ven, estoy harto del frío que siento y del calor que hace. Llegó a la puerta de la sucursal bancaria.

Cinco meses desde la baja por depresión grave, seis desde la muerte de su mujer y de su hijo no nato, ocho desde que obligara a Guillermina a abortar, una eternidad desde que trató de follarse a Lucía. Su vida desordenada por el huracán de cuatro frases. Mientras esperaba que la puerta de seguridad le diese acceso, le dio otra vuelta a esos datos.

Una eternidad desde que intentara con Lucía la misma estrategia que en su día logró con su mujer, pero en esta ocasión para convertirla en su amante. Lucía sin embargo había sido más lista. Más lista no solo que la difunta esposa, sino también más lista que él. Había aprovechado los intentos de abuso de poder de su jefe para ascender en tiempo récord de cajera a subdirectora. En el fondo Pedro aplaudía los chantajes a los que se había visto sometido. Un cabrón admira a otro cabrón, solía decir.

Guillermina en cambio no era tan avispada. Se dejó seducir con facilidad, se creyó las promesas, se tomó el embarazo con ilusión, se lo retomó como una pésima idea tras contárselo a Pedro, abortó. También aceptó, con tristeza pero con resignación, que debían dejar de verse. Meses más tarde y cuando había empezado a olvidar, le comunicaron  que la iban a despedir. Estaba tan confusa que terminó por llamarle. Entonces Pedro Gutiérrez tuvo la idea y la escribió en sus Notas. La puerta le dejó pasar, había llegado el momento.

La primera en verle fue la guardia de seguridad, es decir, Guillermina. Pensó que Pedro Gutiérrez estaba allí para consolarla después de la llamada del día anterior. Eso explicaba la sonrisa de ella y que no prestara ninguna atención al detector de metales que comenzó a pitar. La cajera, que no llevaba ni dos meses y que no había visto nunca al que todavía era su director, dejó de contar el dinero que se traía entre manos y mostró menos entusiasmo que Guillermina, no tanto por el pitido cuanto por la cara de loco que pasó de largo camino de las oficinas. No había ningún cliente. Pedro avanzó con paso firme, a Guillermina se le congeló el gesto al comprender que algo extraño pasaba.

Lucía se sorprendió nada más verle y, antes de cortar la llamada telefónica que atendía, se puso a gritar. Pedro Gutiérrez, el director de la sucursal hasta que desde arriba firmasen su despido para ascender precisamente a Lucía, le apuntaba a la cabeza con la pistola. El director, que no sabía nada de su próximo despido, le ordenó a su subordinada que cerrara la boca y a cambio le dejó temblar a gusto. Ahora sí me haces caso, le dijo con desdén. Pedro hizo que se levantara, se colocó detrás, agarró su cintura, pegó su cara a la suya y le encañonó la coronilla. Salieron de la oficina.

Quiero todo el dinero, dijo Pedro, acercándose a la cajera sin soltar a Lucía. Guillermina había sacado su pistola pero apenas si acertaba a apuntar. Era la que más nerviosa se encontraba seguida de la cajera, que balbuceaba que si solo podía darle una cantidad de dinero ridícula, que si el sistema antirrobo, que si… Pedro Gutiérrez le dijo que se callase de una puta vez. Lo que no hizo fue decir que sabía de sobra que apenas podría llevarse una miseria, o que la policía ya estaba de camino. Eso no le interesaba.

Quédate aquí quietecita, le dijo a Lucía, tras plantarle un beso en la mejilla. Se separó cuatro pasos. Entonces y sin dejar de apuntar a la subdirectora, le dijo a Guillermina que si al acabar su cuenta de diez no tenía en sus manos un millón de euros, le iba a volar los sesos a Lucía, luego a la cajera y finalmente a ella. Pedro Gutiérrez sabía perfectamente que pedía un imposible, la cuestión era si Guillermina entendía que no tenía más opción que dispararle.

Comenzó la cuenta atrás. Lucía no se atrevía a pedir a Guillermina que disparase al director, sabía del lío entre ellos. Eso sin contar que el día anterior le había comunicado con desdén que iban a despedirla y le había dicho que uno de los motivos era esa relación inapropiada. Empezó a temblar al pensar que Guillermina tal vez tuviese muchas ganas de pegarla un tiro. La cuenta llegó a tres. Pedro sonrió con una mueca atroz, le recorrió la energía que esperaba, supo que iba a ser capaz de llegar hasta el final. Dijo uno. En sus Notas escribió de nuevo mentalmente primavera.

Guillermina apuntó y apretó el gatillo.


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Fuera de sí

Dentro de la nevera todo se disponía de acuerdo a su criterio. El bote de sangre estaba ligeramente a la izquierda, las tres bolsas a la derecha en los distintos estantes. Cerró la puerta y comprobó que el blanco del electrodoméstico estuviese impoluto. Lo estaba.

Ya en el salón seleccionó de su discografía  un vinilo de Rachmaninov, el poema sinfónico de “La isla de los muertos”. Lo puso en el reproductor y subió el volumen a treinta y tres. Se sentó en el sofá color marfil, la espalda muy recta. Miró su reloj varias veces. Ella llegaba tarde.

Cinco minutos después sonaba el telefonillo. Mientras ella subía él se examinó en el espejo del salón; las abultadas bolsas bajo sus ojos, la raya de su pelo canoso, la pulcritud de su afeitado, se ajustó la corbata y se alisó el traje azul cielo. Ella llamó a la puerta con insistencia.

Entró como un vendaval. Los tacones igualaban su altura. En lugar de darle dos besos lamió sus mejillas. Sonrió pícara. Empezó a curiosear el salón. Él se quedó asombrado. Con asco secó la saliva. Sin preocuparse de si ella le observaba o no, cerró la puerta con cerrojo y se guardó la llave.

−Eres más viejo de lo que imaginé por tu voz, pero no importa, eh, soy una profesional.

−¿Tienes veintiún años? –cerró y abrió su puño izquierdo pegado a la cadera, varias veces.

−Tengo más de dieciocho, eso es lo importante, ¿no? Oye, no está nada mal tu casa, pondría música más alegre, un par de cuadros coloridos, fotos… está desangelada pero supongo que no vivirás aquí. Tienes pasta, será tu refugio para estar con…nosotras. Eh, ¿dije pasta?

Él se echó mano al monedero y extrajo cuatro billetes amarillos. Los dejó sobre la mesa. La observó atentamente, casi con avidez. Las fotos de su perfil no mentían; rubia, melena larga y ondulada, pecosa por todo el rostro pero sobre todo en frente y pómulos, sonrisa perfecta, piel pálida, delgada pero con curvas… y se había traído el vestido de una pieza, beige, que él le había pedido.

−Anal ya te dije que no hago. No por nada, pero si la tienes grande me dolería mazo. Por lo demás, casi todo se incluye en el precio y si eres de los raritos podemos negociar.

Después de oírla hablar de esa manera estuvo a punto de echarla. No lo hizo. Quiso pedirle que se callara. Tampoco se lo dijo. Se sentó en el sofá mientras ella seguía de pie.

−Desnúdate. Y no me toques.

Se quedó quieta por un momento. Volvió a sonreír. Comenzó a desnudarse.

−Los zapatos no, el tanga sí. Bien. Ahora paséate por el salón.

Empezó a contonearse sin demora. Sus pechos eran firmes, las aureolas grandes y tostadas, los pezones enhiestos. El sexo rubio, rasurado en forma de corazón. Las piernas, largas, atravesadas por estrías cerca de los glúteos.

−No tan rápido. No te muevas con vulgaridad. Mejor.

−Oye, ¿voy a tener que estar mucho tiempo así, quieres el premio al más raruno?

Se paró en frente de él, subió una pierna al sofá, se acarició las ingles.

−Oye cariño, ¿por qué no me comes el coño? Seguro que te excitas más ¿Tienes problemas para que se te ponga dura? Déjame que te haga un buen trabajito en los bajos.

Le tocó la entrepierna. Comprobó al mismo tiempo que estaba empalmado y molesto. Vio su ceño fruncirse y forjarse una mueca de desagrado. Quiso retroceder pero no pudo, él le agarró de la muñeca. Apretó con fuerza.

−No te dije que hicieras eso.

Se miraron a los ojos. Los de él fríos, inexpresivos, los de ella titilaron.

Él soltó la muñeca de ella.

−Pasea y cállate.

De repente a ella la inundó una ola de miedo. Empezó a ir y venir de un lado al otro del salón con torpeza. Se trastabilló dos veces.

−Quítate los tacones, no puede ser tan difícil.

Supo que debía tranquilizarse, obedecer y salir de esa casa en cuanto pudiera. Ya sin los zapatos logró serenar los pasos, alejar el temblor de sus piernas, dominar su respiración. Con el rabillo del ojo vio que él también se relajaba. Había dejado de apretar los puños, las manos estaban sobre las rodillas, su semblante era otro por completo. La música acompañaba. Ella pensó que él estaba fuera de sí, pero no enfadado, sino de viaje en sus recuerdos. Ella quiso pensar que para eso la había llamado… deseó estar allí solo para eso, para nada más. Pero solo él podía saber tal cosa.

La música se agitó y trajo el miedo de vuelta. Ella recordó la puerta echada con llave. Se sintió como una cría estúpida. Tropezó y golpeó la colección de discos. Varios se cayeron al suelo. Él se levantó de golpe, volvió a crispar los puños. Se acercó a ella. Levantó una mano y la suspendió en el aire.

−Vístete y vete.

Ella asintió con la cabeza. Él miró hacia el dinero. Le hizo una señal. Ella balbuceó.

−Eh, soy una profesional. No he cumplido… no lo quiero.

Se terminó de vestir, no se atrevía a mirarle. Estaba aterrada, humillada y enfadada al mismo tiempo. Se plantó delante de la puerta. La música dejó de sonar. Él se acercó a la puerta, con parsimonia. Sacó la llave.

−No vuelvas nunca a hacer esto –dijo él.

Ella asintió en silencio. No preguntó a qué se refería exactamente. Se marchó.

Ya solo, se contempló de nuevo en el espejo. Se llamó estúpido por no haberse atrevido, se reprochó su última frase. Entonces la puerta volvió a sonar. Solo podía ser ella. Era ella. Solo podía querer el dinero. En ese caso…. Abrió.

−No volveré a hacerlo, eh.

Lo dijo desde el umbral. Lo dijo con orgullo y miedo. Lo dijo y huyó. Él no hizo gesto alguno. No intentó tocarla.

Al cerrar la puerta fue hasta su reproductor y puso a Debussy, “Preludio a la siesta de un fauno”. Colocó los vinilos que se habían caído. Regresó a la cocina y se plantó frente a la nevera, tres segundos más tarde la abrió. Se quedó mirando lo que había dentro.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 06.07.16

El salto

Tras  un mes de encierro en la jaula de formol, sus pasos de arena movediza regresaron a los océanos procelosos de las aceras. Las farolas recién encendidas le hirieron con su luz fría: el universo entero era indiferente a su dolor.

El hospital quedaba fuera de él, su hedor dentro. El accidente se alejaba en los relojes, las consecuencias ya eran quiste inmutable. Su mujer y su hijo se pudrían, se pudrían su mujer y su hijo.

Era domingo y brillaba la nada. Llegó al rascacielos con sabor a reencuentro. Ascensor de nácar y azotea de cielo. La felicidad del descanso a un solo paso.

No saltó. El salto fue no saltar. El salto fue seguir vivo.

La vida es…

La vida es…

Podría haber empezado esta entrada, más que nunca, de un modo infinito de formas, pero me gusta ser leal al detalle que me provoca una sonrisa, y el título y la cabecera hacen justicia a la anécdota absurda pero cargada de sentido para mí, que vengo a revelar.

Desde hace unas semanas y, siguiendo mi plan contumaz de enfermar definitivamente de literatura, he añadido a mi dieta (de convertirme en un personaje, de lecturas variadísimas, de escritura de relatos, de mucho trabajo en mi tercera novela), también el inicio de un máster que me obligará a pensar todavía más literariamente la vida. Pues bien, el primer ejercicio que se me propuso, resultó un reto que consistía en pasar en apenas dos folios y sin armarios, espejos, agujeros…, de un mundo realista a uno fantástico. El resultado es mi siguiente entrada, que dará paso a una nueva sección y que he decidido bautizar como “Relatos Impuestos”.

Pero la anécdota no es esa, sino que lo anterior es el entrante racional de la sensación absurda pero feliz que me hace escribir esto. Verán, lo que escribí a raíz del ejercicio que me propusieron comienza con, “La vida es rara”. Una frase que me resulta muy atractiva por su ambigüedad y por su capacidad para englobar tantas cosas como casi se quiera. Una frase, que no debe de ser literariamente muy mala, cuando hoy la encuentro en uno de mis escritores favoritos. Mi admiradísimo Enrique Vila-Matas, en “Aire de Dylan”, se la hace pronunciar a su protagonista, Vilnius, y la sonrisa que uno de los mejores escritores de nuestros días consigue siempre sacarme, se ha teñido también de vanidad. Por supuesto es ridículo, pero es un ridículo feliz.

Y ya está, no hay más que decir aquí.

Visto para sentencia

Corría la Edad de Bronce en la Antigua Grecia y en sus jóvenes dioses cuando el más poderoso de todos ellos, Zeus, amo del rayo y señor del Olimpo, decidió arrebatar el fuego a esos frágiles seres, nosotros, a los que gobernaba con voluntad caprichosa. El motivo, castigar al titán Prometeo, máximo benefactor de la humanidad, por una burla supuestamente imperdonable. El dios supremo regalándonos la oscuridad dejaba visto para sentencia su venganza. O eso pensó, porque el fuego, gracias precisamente al titán, volvería a los hombres. Zeus esta vez no tendría clemencia con el intrépido Prometeo y lo condenaría a suplicio eterno, pero también este, de la roca y el águila, sabría escapar.

Poncio Pilato, quinto prefecto de la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 d.C, dejó visto para sentencia el caso del judío que se proclamaba a sí mismo el Hijo de Dios, cuando permitió al belicoso pueblo que gobernaba, que hiciese con ese Cristo al que no quería juzgar, lo que se les antojase. Pilato se lavó las manos creyendo que nadie le juzgaría a él. Todavía hoy debe estar revolviéndose en la tumba.

El 22 de junio de 1633 en una sala del convento dominico de Santa María sopra Minerva, en Roma, Galileo Galilei, a la edad de 69 años, abjuraba de rodillas del modelo cosmológico heliocéntrico que había defendido en su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. La Santa Inquisición en particular, y la Iglesia en general, dejaban visto para sentencia la peligrosa herejía que nunca más les volvería a dar quebraderos de cabeza. O eso esperaban, porque dijera o no dijera Galileo por lo bajo «… y sin embargo se mueve», lo cierto es que desde entonces no nos dejamos de mover, tratando, unos de expulsar el fanatismo, y otros imponerlo.

El año que murió Galileo, 1642, nació Isaac Newton. Cuatro décadas más tarde, en 1687, verían la luz los Philasophiae naturalis principia mathematica, por suerte también llamados simplemente los Principia. Fueron tres libros donde se contenían los fundamentos de la física y de la astronomía, explicados en un lenguaje de geometría pura. Newton conseguía dejar visto para sentencia la concepción matemática del mundo. Después de su hazaña, en Física solo sería posible escribir notas a pie de página de los Principia… Y sin embargo hemos visto que ni siquiera Newton puede tener toda la razón.

«De lo que no se puede hablar hay que callar». Así termina Ludwig Wittgenstein su Tractatus Logico-Philosophicus, redactado en 1918. Con esa frase lapidaria se quiere dejar vista para sentencia toda la Historia de la Filosofía, o al menos, toda la que se encuadra dentro de lo que podemos llamar metafísica, o lo que vendría a ser lo mismo, las investigaciones de la idea de dios, del alma, y si se me apura, de la libertad. Pero la Filosofía es un monstruo de mil cabezas como no puede ser de otro modo al venir de nosotros, y ni siquiera el genial vienés pudo privarse a lo largo de su vida, de seguir hablando sobre aquello de lo que no se puede hablar.

1992 alumbra entre otras muchas cosas, The end of History and the Last Man. En sus páginas Francis Fukuyama expuso que la Historia, como lucha de ideologías, había terminado. A partir de entonces, según el autor de esa supuesta conclusiva obra, la democracia liberal se imponía como única alternativa y realidad posible. Al documentarme para ser lo más fiel posible a los datos que he ofrecido, descubro que a estas alturas el propio Fukuyama reniega de la corriente neoconservadora donde se fundamentaba su tesis. Poco más cabe decir al respecto.

Finalmente, no hace mucho nos dijimos adiós. La vida me mostró sus fauces, se rió de mí y me gritó que lo nuestro quedaba visto para sentencia. No niego la lógica, tampoco tristeza y la desolación, pero también sonrío. Me atrevo a retar a la misma muerte mientras coloco nuestras nomeolvides sobre tu lápida.

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[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 15.09.15]

Idiota

Miro el panel del telefonillo y encuentro el piso que busco: ático B. Me empalmo y comienzo a tener dolor de huevos. Siento cómo la libido se me desboca, cómo mi racionalidad hace aguas hasta vaciarse y perder mi último escrúpulo. En otras ocasiones, cuando una etapa de carestía sexual se me hace insoportable, acudo a mis librerías favoritas, a los Cines Golem, e incluso a la Biblioteca Nacional, y allí espío a mujeres y persigo una aventura que no llega, pero que al menos me hace escapar por absurdo que parezca, de la tentación de pagar por sexo. Llamo al timbre.


Veinticuatro horas antes me encuentro en la Fnac de Callao, bastante necesitado, hojeando poesía, y las piernas y los escotes que el tórrido verano madrileño me ofrece. Mi cabeza me habla del encanto que tenéis si sacáis a Shakespeare del estante, de cómo me fascináis si vuestra elección es Proust, de lo cachondo que quedo si es Auster o Henry Miller quien se acuna entre vuestros dedos, o de cómo se muere mi pasión, al margen de lo buenas que estéis, cuando es Coelho o Moccia lo que elegís. Es entonces, en la cuarta planta, cuando escucho su voz por primera vez.

−Perdona, guapo, Filosofía en el tocador del Marqués de Sade, ¿lo tenéis en edición de bolsillo?

El dependiente, en su stand, y en efecto atractivo a pesar del feo uniforme, teclea en el ordenador sin apenas levantar la vista, y tan competente como anodino, manda a la mujer al fondo, a la izquierda, sola. Si él es idiota, yo no lo soy. La sigo, guardo disimulo.

Es pelirroja, juraría que natural, y su melena le llega casi hasta el culo, un culo por otra parte adorable, rítmico, prieto. Camina llevando en su mano derecha un libro, pero no alcanzo a ver ni título ni autor. Llega a la zona indicada y comienza a pasar su dedo índice por los lomos de los escritores. Su nariz griega le marca un perfil seductor, sus labios rojos parecen gritarme obscenidades. Tiene tanto encanto que no quiero reprimir mi erección a pesar del bulto que se me forma, disponible a cualquier mirada casual.

Localiza a Sade y le soba con delicadeza. Es entonces cuando logro ver el libro que llevaba y que se apoya ahora en su regazo, El teatro de Sabbath de Philip Roth, estoy a punto de marearme. Sin poder evitarlo emito un ridículo sonido, una especie de gemidito que llama su atención. Me mira, tiene dos almendras marrones, preciosas, de las que no puedo disfrutar el tiempo que quisiera. Esbozo una sonrisa y ella me la devuelve. Hago como si pasara por allí y me alejo. Yo también soy idiota.

Me atrevo o no me atrevo, me atrevo o no me atrevoParezco una margarita y vilipendio mi cobardía mientras hago denodados esfuerzos por seguirla camino de la caja sin que se note demasiado, sin que parezca un pervertido.

Ella paga, yo pago, ella sale a la calle, yo salgo a la calle. Decido finalmente pecar por obra, no por omisión. Me atrevo a tocar su hombro y no me habría excitado más de haber tocado sus pezones.

−Perdona, verás, eh…

Me vuelve a regalar su sonrisa y consigo relajarme un poco. Un río de gente nos atraviesa en todas las direcciones, pero desaparecen.

−Lo siento pero no puedo evitar preguntarme tu nombre e invitarte a lo que quieras. Tú en cambio sí puedes evitar que yo haga el ridículo. Por favor, no te des la vuelta y me dejes aquí plantado, sin respuesta, sin esperanza.

−Qué gracioso eres, guapo. Y veo que sabes hablar, además de gemir.

Parece que todos le parecemos guapos. Me mira de arriba abajo sin decir nada más, con todo el descaro del mundo. Se centra en mi bragueta, luego en el libro que llevo en las manos, parece considerar mi media melena, acaba en mis ojos, y por fin añade, con total seriedad.

−Encanto, no soy lo que buscas, huye a tiempo.

−Es imposible huir bajo el imán de tu sonrisa, y ya llevas dos.

Le saco una tercera. Me vuelve a repasar con su mirada, en silencio, hasta que vuelve a insistir.

−De verdad, no me buscas a mí.

Y me parece que se dará media vuelta y punto final. Pero no, me equivoco.

−Allá arriba, cuando encontré a Sade, cuando me seguías tan torpe, debiste pensar que yo era una mujer que te interesaba por los libros que compraba, que sin duda carezco de prejuicios, que soy muy sexual, que podrías conquistarme y follaríamos entre risas, fantasías y libros…

Me pregunto si me está leyendo el pensamiento. Continúa.

−Seguro que llegaste a la conclusión de que yo soy en la cama tan puta como a ti te gustan, que además las palabras me llevan al cielo, que la acción consigue que este arda, y que de nuevo el verbo me hace resucitar.

−Yo no podría haberlo dicho mejor –contesto embobado.

−Pero lo siento guapo, yo no soy así, yo no mezclo la realidad con la ficción, ni el placer con el dinero. Yo soy puta dentro de la cama… pero también fuera de ella. Y no voy a acostarme contigo porque no me gusta complicarme la vida. Un tío atractivo, que me sigue por comprar libros, que me entra de esa manera tan ridícula… tan adorable, y que lee a Benedetti mientras piensa en el Marqués. No, gracias, mejor aléjate de mí.

Y me sonríe por última vez, y me siento perdido, y se da media vuelta, y se aleja, y el río de gente dirección Callao y dirección Sol regresan de golpe, y yo no reacciono, soy un pasmarote, un espantapájaros. Pero entonces ella se para cuando ya está a diez metros, y busca algo en su bolso que termina siendo un boli, y regresa a mí, y me toma una mano, y me dibuja en la palma un río, y por encima dos peces, a la izquierda.

−Mañana, a esta hora, y ven sin libros, y no hables de ellos. Te cobraré como a todos mis clientes. Soy cara, por cierto.

Y se marcha. Tras unos segundos en los que no sé qué hacer regreso a Fnac. Medio doblado de la excitación subo hasta los servicios y me encierro en un baño.


Pulso el timbre durante tres segundos.

−Soy el que debe ser –contesto al neutro «¿quién es?», que llega desde el telefonillo, desde el ático izquierda de la calle Río, número 2.

−Sube, chico guapo –el tono neutro ha muerto, su voz me suena a pura sensualidad y vicio.

Ella efectivamente debe de ser cara, el barrio, el portal, el ascensor, lo son. También la bata de seda negra semitransparente con la que me recibe. También la ropa interior de encaje. Pero lo que me deja sin aliento es la cascada de su pelo rojo, cayendo indómito, salvaje, libre, por su espalda y por su pecho, que se adivina bajo el sujetador grande, firme.

−Sin palabras –digo.

Me besa en las mejillas y me planta un vodka en las manos. Podría haberme plantado una pistola, ordenado que me disparase, y me habría faltado tiempo para obedecer. Sin embargo no me ordena nada, y tras pegar un largo trago al vodka curioseo la casa.

Se trata de un ático descaradamente elegante. Sabe combinar el rosa con cientos de libros diseminados en estanterías repletas, y un estilo minimalista por momentos, con toques de sensualidad, como el cuadro de, El origen del mundo, de Courbet, con ese gran coño abierto, en la mejor de las metáforas posibles.

Esta pelirroja de ensueño, que si no fuese porque me va a desplumar la cartera no terminaría de creérmela, no me deja más tiempo de observación. Me mira a los ojos, y a causa de sus tacones, sus iris marrones están a la altura de los míos, azules. Me besa el cuello.

−Sabes bien –me dice.

−Tú hueles a Paraíso –le digo en un ataque de cursilería impropio de mí, y aún añado: −No he estado con muchas mujeres a pesar de haberos buscado tanto, y desde luego, no estuve con tantas como hubiera deseado. Tampoco estuve antes con ninguna prostituta, ni con nadie tan mujer como tú.

Ella sube del cuello a mis labios, me mordisquea el inferior, al tiempo que cuela en mi boca sus dedos meñique y su anular de una mano, mientras que con la otra baja por mi pecho. Estoy a punto de irme allá abajo cuando ella dice:

−Te dije que dejaras los libros y la literatura en tu casa, no lo has hecho y me obligas a confesarte que te mentí: no soy puta.

En ese instante algo se rompe dentro de mí. La lógica dictaría que me preguntase por qué me ha mentido al conocernos, o si cuando me miente es ahora, o por qué ha hecho una cosa u otra, pero la lógica nunca ha sido mi fuerte. Mi deseo se muere, mi lunática racionalidad toma el mando. Me separo de ella la distancia de mis brazos.

−Si no eres puta no puedo creerte. Si no eres puta esta escena es un grave problema para mí. Chico conoce chica fascinante, chica fascinante presenta un problema irresoluble para el amor. Ese problema se resuelve pronto. Pasión, felicidad, todo acaba bien… Esa no es mi vida, esa sería la vida de un personaje de ficción, de mala ficción si me apuras. Si te follase ahora, si nos enamorásemos, conformaríamos el relato de cualquier escritorzuelo. Me siento demasiado real y vivo como para pensar que alguien me escribe, que alguien juega conmigo, y que encima lo hace como el culo.

Ella abre la boca, quizá incrédula de lo que escucha, quizá estupefacta, quizá indignada. Tal vez quiera hablar y explicarse pero yo vuelvo a la carga:

−Por otra parte, ¿qué carne se resistiría a tu carne? Todos querrían devorarte y no hacerlo es una incongruencia, un requiebro inverosímil del guión, pura estilística, retórica vomitable, tan ficción o más como enamorarnos… Pero al final hay que elegir, y yo elijo rebelarme contra el pasteleo, la mediocridad para otros. Si tenemos a un creador cerniéndose sobre nosotros, que se joda, que tenga que tomar decisiones difíciles, contradictorias, absurdas. Así es como más sentiré yo, y en parte le obligaré a él a darme algo suyo, aunque sea su dolor.

−Gilipollas, estás enfermo. –me dice ella finalmente.

−Gracias –replico con toda sinceridad.

Y con los restos de mi naufragio, con mi libido extinta, salgo de allí lo más pronto que puedo. La lágrima que en la calle recorre mi mejilla me sabe a certeza: soy idiota, soy.

Romero (Apuntes, 5).

Yo no soy bueno

Tras ocho horas de sonrisas forzadas desde la mesa de la sucursal bancaria donde trabajo, llego a la estación con la vejiga a punto de reventar. En unos minutos podré mear en el baño del tren y será el mejor momento del día. El andén a estas horas no está abarrotado, pero hay más gente de la que desearía… siempre hay más gente de la que deseo allá donde vaya.

A los lados de la puerta que escupe a los pasajeros que se bajan, nos amontonamos los que queremos subir. He visto que el baño está cerca y una sensación de alivio recorre mi cuerpo. Me contemplo en la ventana y me atraviesa cierta desazón; tengo mi traje impoluto, la corbata perfecta, mi pelo engominado y rojo en su sitio, y sin embargo la mirada está triste, cansada, abatida. La metáfora de lo que soy parece cumplirse en el reflejo del ventanal: mi cáscara brilla, mi interior son tinieblas.

De improviso irrumpen voces, me doy la vuelta para saber el motivo y el asco me inunda. Son tres chicos y tres chicas que difícilmente llegan a los dieciocho años, y que bajan gritando y a todo correr las escaleras mecánicas. La palabra “choni” les define a la perfección. Sus ropas deportivas chillonas y sus pelos ceniceros en ellos, y sus tatuajes horteras, sus oros falsos, y el emperifollaje de ellas, me hacen daño a los ojos. Se agolpan en la puerta con unas voces innecesarias donde esperamos el resto. Cruzo una primera mirada poco amistosa con el que parece el líder de esa chusma.

A base de groserías y sin respetar el orden entran antes que los que llevamos más tiempo esperando. Se plantan alrededor de la zona del baño y uno de ellos se mete dentro al grito de, ¡Voy a descargar, Johny! mientras el aludido, que es con quien crucé la mirada, le soba descaradamente el culo a la chica más guapa (o menos cutre) del grupo, a quien su amiga le dice, ¡Qué suerte tiene tu coño, Jenny!, pero esta no parece prestarle atención, y lo que hace es mirarme a mí descaradamente. Me siento a escasos metros de todos ellos y me digo que esta historia acabará mal. Mi vejiga me punza y me exige aliviarla.

La particular jauría, con sus voces y comentarios, exaspera a todos los viajeros que estamos cerca, desde el melenas que se sienta frente a mí con cierto aire de superioridad tratando de leer al francés Houllebecq, pasando por la gorda que no deja de escribir nerviosa en el móvil, y llegando al negro cincuentón que decide levantarse y alejarse de allí, como si huyera de la tensión que se empieza a cocinar. El choni del baño no termina, y tras un eructo asqueroso del rey de esa fauna, cruzo una segunda mirada con este, ya de claro desafío.

A partir de entonces Jhonny me lanza periódicas miradas, aunque no con la insistencia de Jenny. Yo también miro hacia los dos a cada poco, y en cuanto el baño quede libre iré hacia ellos y que ocurra lo que tenga que ocurrir. ¡Mira Jhonny! dice de pronto el tercer integrante masculino de aquel circo, y agarra la barra de sujeción paralela al techo, ¡Ma´go más que tú! Y comienza a hacer flexiones de brazo sujeto a la barra. Jhonny no tarda en picarse y se pone a competir a ver quién de los dos demuestra ser más idiota.

El melenas que tengo enfrente deja de leer y contempla la absurda lid choni. Me pregunto cuántos prejuicios tendrá él, si llegará a la mitad de los míos, si se acercará a la cantidad que tenga Jhonny, si se acostaría con Jenny o si le diría que no, a causa de los principios que interpreto en sus ojos, a pesar de que ella no desprende tanto tufo a vulgaridad como el resto de la manada. Ella por su parte sigue centrada en mí, es la única que no ha hablado (o berreado) todavía, y me desconcierta por completo ¿Qué busca, la bronca conmigo, huir de su universo, se plantea acaso qué es lo que hemos hecho con nuestras posibilidades como especie para generar tantos submundos? Dejo mis divagaciones ante el ultimátum que me da la vejiga: mear o reventar. Entonces escucho correr el agua de la cisterna del baño; me sorprende que el choni haya tirado de la cadena, y pienso de inmediato que solo falta que también se lave las manos tras la meada, para que el mundo se colapse ante el asombro.

Jhonny sigue con sus flexiones y con sus miradas, no se ha olvidado de mí. Si Jenny me desconcierta, él sencillamente resulta primario, tosco, imbécil, y a todas luces violento. En su absurdez da un paso más. Insatisfecho con su particular número circense convierte la competición de flexiones en una especie de juego de artes marciales, y a cada flexión le acompaña una patada al aire y un alarido. Solo me cabe desearle con todas mis fuerzas que se caiga y se abra la cabeza… pero lo que se abre por fin es la puerta del baño. Me levanto de inmediato, debo pasar por donde Jhonny suelta sus patadas, cada vez más escandalosas y risibles. Juraría que las pupilas de Jenny se han abierto desmesuradamente, tal vez por miedo.

Con mi primer paso hacia el baño, la gorda que aún seguía escribiendo en su móvil deja de hacerlo como si hubiera olido la tensión, el melenas me hace un gesto de cabeza que debe significar algo parecido a, no vayas, y Jenny les dice a los suyos con una inflexión en la voz de mandato, ¡Parad! Pero Jhonny no hace caso (el otro sí) y da una nueva patada al aire, más agresiva aún que las anteriores, al tiempo que me mira. Y tal vez por el sudor, o por contorsionar demasiado el cuerpo que pone casi paralelo al techo, o por tener demasiada confianza en sí mismo, o por mis deseos, o por justicia divina, o por lo que sea, pero el caso es que las manos de Jhonny resbalan de la barra y este se golpea la cabeza brutalmente contra el suelo.

Todos escuchamos el crujido, el silencio más sepulcral llega momentos antes de que aparezca la sangre, y de que vuelvan los gritos de los chonis, esta vez con un cariz de preocupación y dolor. Jhonny está inconsciente y de su cabeza brota la vida, Jenny se agacha temblorosa, su cara es el reflejo del miedo. De pronto vuelve a mirarme, con odio, con rabia, y comienza a gritar, ¡Has sido tú, tú tienes la culpa, tú lo has hecho! Yo aguanto paralizado su mirada y sus reproches. La chica del móvil vuelve nerviosa a sus mensajes, el melenas saca un cuaderno y se pone a escribir compulsivamente en él, el resto de chonis que no entienden nada tratan de tranquilizar a Jenny y que Jhonny vuelva en sí. Finalmente me doy media vuelta y me alejo de ese vagón de locos. Ella sigue gritándome, me cruzo con dos seguratas y con otros curiosos que se acercan a ver qué diablos ha ocurrido, y cuando estoy a cierta distancia, caigo en la cuenta de que se me han pasado por completo las ganas de mear.

LÁZARO

A DOS METROS SOBRE EL SUELO NO HAY MACGUFFIN POSIBLE

Mi padre siempre me decía que debemos acostumbrarnos a los cambios, que estos son ineludibles e imprevisibles, y que por mucho que podamos darnos explicaciones y consuelos, cada uno de nosotros los experimentará con su propio dolor, y, si ha aprendido algo de la vida, sabrá usarlos como brújula.

Él era escritor y se explicaba tan bien como acaban de leer. Yo en cambio siempre rechacé sus libros, sus consejos, su modo de vida… y aquí me tienen ahora, con todo puesto patas arriba, intentando hacerle una especie de homenaje (con él ahí, tan cerca, tan lejos, tan extraño), al tiempo que trato de ordenar todo lo que está ocurriendo, como si tuviese algún valor añadido a lo que ya todo el mundo experimenta y sufre.

Al principio se habló de la llegada del Juicio Final, y las religiones se relamían, y no me extraña que lo hicieran. Luego, con el más absoluto caos entre nosotros, no había un solo científico que supiese explicar de un modo coherente nada de lo que ocurría. Y pasado un tiempo, con el apocalipsis sin llegar, y con la racionalidad sin llegar, nos llegó la costumbre. Y es que, como decía mi madre (mucho más prosaica que mi padre), «a todo se acostumbra uno».

Es curioso ver (y mucho más que curioso, pero mi homenaje está siendo grabado en audio mientras paseo, y ni la batería dará para mucho, ni sabría hacer un ensayo), cómo ante el desconcierto creciente, ante el descubrimiento de las nuevas circunstancias imposibles que rodean al fenómeno, se comenzó a verle con la pragmática óptica del negocio (de ahí por ejemplo la correa amarilla que uso), o cómo la legislación española quiso ser pionera a nivel mundial, y legisló rápidamente para que se les pudiera mostrar, sin riesgo de pisar la cárcel.

Esa nueva ley, los mecanismos de la fuerza de la costumbre, y pensar que a mi padre este paseo le divertiría, es lo que me permite salir a la calle de esta guisa, sin que me detengan, y sin que la gente se muera del susto… lo que por cierto añadiría sal y pimienta, en palabras probables de mi madre, o, una ironía simpática a este despropósito, en las de mi padre.

Eso sí, en él encontraría el pequeño malestar de no haber sido capaz de imaginar una locura como esta. Escritor prolífico, escritor lunático, como le gustaba llamarse, escritor especialmente de relatos de ciencia ficción, a lo largo de su vida imaginó casi todos los mundos posibles, casi todos los improbables, y según le gustaba jactarse, todos los imposibles. Pero en esto último se equivocó… aunque no creo que podamos echárselo en cara. Es más, aún me pregunto cada mañana al abrir los ojos, y aún antes de hacerlo, si no me despierto de un sueño razonable a una realidad absurda. Y la respuesta no puede ser otra que un rotundo «sí». Desde luego no puedo sino lamentar que se quedara en coma hace seis meses, y que muriera sin haber visto, sin haber tenido conocimiento, de lo que le tocaría experimentar en su muerte.

¿Debo seguir hablando? No debería. Por un lado la batería del móvil se agota, y por otro, mi impulso por explicar todo esto, se enfrenta al consejo reiterado de mi padre: «al lector [en este caso sería más bien al hipotético oyente] debes hacerle trabajar, no puedes dárselo todo mascado». Y eso sin contar que para no saber lo que ocurre hay que vivir en otro planeta o despertar de un largo coma, como por desgracia no le ocurrió a él. Y sin embargo voy a seguir hablando, no vaya a ser que mis palabras sí sirvan, pues, ¿quién se atrevería a descartar ahora mismo cualquier cosa, cuando lo impensable se ha acomodado junto a nosotros? Eso sí, no se espere de mí respuestas, ni siquiera exhaustividad.

Hoy hace tres meses y tres días del primer caso, o al menos del primero datado. Ocurrió en Carolina del Norte, USA, a una señora llamada Merry Cohen. Al morir en su casa a las 0:01, su cuerpo se elevó dos metros por encima del suelo, y permaneció así, completamente rígida y en horizontal, hasta que sus traumatizados hijos lograron bajarla a la cama, y atarla a ella con correas.

Decir que Merry fue la primera, es seguir la versión oficial, y yo, que no tengo nada contra los yankis, no voy a pelearme por esa cuestión banal ni entrar a formar parte de los disidentes que ven una conjura mundial en todo esto. Para mí, quién fue la primera y si hay conspiración o no, me parece lo de menos, siendo lo esencial, que a partir de esa fecha, hora, y a causa de un motivo u otro que aún sigue sin desvelarse, todos los fallecidos bajo cualquier circunstancia y condición, se elevan justo dos metros por encima del suelo, flotan en posición horizontal, y permanecen así de manera incombustible, salvo que se les fuerce a bajar, o a subir, o a ir hacia la izquierda o hacia la derecha, algo que tras descubrirse la incorruptibilidad de los cuerpos, pues no sufren de putrefacción ni corrupción, se comenzó a hacer, como hago yo en estos momentos.

¿Sentirán algo aunque sus corazones estén sin latir y sus cerebros desconectados; despertarán? Visto lo visto, por qué descartarlo. Y ante tal posibilidad, ¿cómo vamos a quemar o a enterrar sus cuerpos, y cómo voy a privar a mi padre de este paseo por su parque preferido, y no atravesar el hermoso puente que tantas historias le inspiró, al escuchar los trinos de los pájaros? Reconozco que llevarle con una correa y tirar de ella no es lo más honroso que le ha pasado en la vida, pero si despertara ahora se reiría de la situación, y eso es lo que cuenta.