El salto

Tras  un mes de encierro en la jaula de formol, sus pasos de arena movediza regresaron a los océanos procelosos de las aceras. Las farolas recién encendidas le hirieron con su luz fría: el universo entero era indiferente a su dolor.

El hospital quedaba fuera de él, su hedor dentro. El accidente se alejaba en los relojes, las consecuencias ya eran quiste inmutable. Su mujer y su hijo se pudrían, se pudrían su mujer y su hijo.

Era domingo y brillaba la nada. Llegó al rascacielos con sabor a reencuentro. Ascensor de nácar y azotea de cielo. La felicidad del descanso a un solo paso.

No saltó. El salto fue no saltar. El salto fue seguir vivo.

La vida es…

La vida es…

Podría haber empezado esta entrada, más que nunca, de un modo infinito de formas, pero me gusta ser leal al detalle que me provoca una sonrisa, y el título y la cabecera hacen justicia a la anécdota absurda pero cargada de sentido para mí, que vengo a revelar.

Desde hace unas semanas y, siguiendo mi plan contumaz de enfermar definitivamente de literatura, he añadido a mi dieta (de convertirme en un personaje, de lecturas variadísimas, de escritura de relatos, de mucho trabajo en mi tercera novela), también el inicio de un máster que me obligará a pensar todavía más literariamente la vida. Pues bien, el primer ejercicio que se me propuso, resultó un reto que consistía en pasar en apenas dos folios y sin armarios, espejos, agujeros…, de un mundo realista a uno fantástico. El resultado es mi siguiente entrada, que dará paso a una nueva sección y que he decidido bautizar como “Relatos Impuestos”.

Pero la anécdota no es esa, sino que lo anterior es el entrante racional de la sensación absurda pero feliz que me hace escribir esto. Verán, lo que escribí a raíz del ejercicio que me propusieron comienza con, “La vida es rara”. Una frase que me resulta muy atractiva por su ambigüedad y por su capacidad para englobar tantas cosas como casi se quiera. Una frase, que no debe de ser literariamente muy mala, cuando hoy la encuentro en uno de mis escritores favoritos. Mi admiradísimo Enrique Vila-Matas, en “Aire de Dylan”, se la hace pronunciar a su protagonista, Vilnius, y la sonrisa que uno de los mejores escritores de nuestros días consigue siempre sacarme, se ha teñido también de vanidad. Por supuesto es ridículo, pero es un ridículo feliz.

Y ya está, no hay más que decir aquí.

Visto para sentencia

Corría la Edad de Bronce en la Antigua Grecia y en sus jóvenes dioses cuando el más poderoso de todos ellos, Zeus, amo del rayo y señor del Olimpo, decidió arrebatar el fuego a esos frágiles seres, nosotros, a los que gobernaba con voluntad caprichosa. El motivo, castigar al titán Prometeo, máximo benefactor de la humanidad, por una burla supuestamente imperdonable. El dios supremo regalándonos la oscuridad dejaba visto para sentencia su venganza. O eso pensó, porque el fuego, gracias precisamente al titán, volvería a los hombres. Zeus esta vez no tendría clemencia con el intrépido Prometeo y lo condenaría a suplicio eterno, pero también este, de la roca y el águila, sabría escapar.

Poncio Pilato, quinto prefecto de la provincia romana de Judea entre los años 26 y 36 d.C, dejó visto para sentencia el caso del judío que se proclamaba a sí mismo el Hijo de Dios, cuando permitió al belicoso pueblo que gobernaba, que hiciese con ese Cristo al que no quería juzgar, lo que se les antojase. Pilato se lavó las manos creyendo que nadie le juzgaría a él. Todavía hoy debe estar revolviéndose en la tumba.

El 22 de junio de 1633 en una sala del convento dominico de Santa María sopra Minerva, en Roma, Galileo Galilei, a la edad de 69 años, abjuraba de rodillas del modelo cosmológico heliocéntrico que había defendido en su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo. La Santa Inquisición en particular, y la Iglesia en general, dejaban visto para sentencia la peligrosa herejía que nunca más les volvería a dar quebraderos de cabeza. O eso esperaban, porque dijera o no dijera Galileo por lo bajo «… y sin embargo se mueve», lo cierto es que desde entonces no nos dejamos de mover, tratando, unos de expulsar el fanatismo, y otros imponerlo.

El año que murió Galileo, 1642, nació Isaac Newton. Cuatro décadas más tarde, en 1687, verían la luz los Philasophiae naturalis principia mathematica, por suerte también llamados simplemente los Principia. Fueron tres libros donde se contenían los fundamentos de la física y de la astronomía, explicados en un lenguaje de geometría pura. Newton conseguía dejar visto para sentencia la concepción matemática del mundo. Después de su hazaña, en Física solo sería posible escribir notas a pie de página de los Principia… Y sin embargo hemos visto que ni siquiera Newton puede tener toda la razón.

«De lo que no se puede hablar hay que callar». Así termina Ludwig Wittgenstein su Tractatus Logico-Philosophicus, redactado en 1918. Con esa frase lapidaria se quiere dejar vista para sentencia toda la Historia de la Filosofía, o al menos, toda la que se encuadra dentro de lo que podemos llamar metafísica, o lo que vendría a ser lo mismo, las investigaciones de la idea de dios, del alma, y si se me apura, de la libertad. Pero la Filosofía es un monstruo de mil cabezas como no puede ser de otro modo al venir de nosotros, y ni siquiera el genial vienés pudo privarse a lo largo de su vida, de seguir hablando sobre aquello de lo que no se puede hablar.

1992 alumbra entre otras muchas cosas, The end of History and the Last Man. En sus páginas Francis Fukuyama expuso que la Historia, como lucha de ideologías, había terminado. A partir de entonces, según el autor de esa supuesta conclusiva obra, la democracia liberal se imponía como única alternativa y realidad posible. Al documentarme para ser lo más fiel posible a los datos que he ofrecido, descubro que a estas alturas el propio Fukuyama reniega de la corriente neoconservadora donde se fundamentaba su tesis. Poco más cabe decir al respecto.

Finalmente, no hace mucho nos dijimos adiós. La vida me mostró sus fauces, se rió de mí y me gritó que lo nuestro quedaba visto para sentencia. No niego la lógica, tampoco tristeza y la desolación, pero también sonrío. Me atrevo a retar a la misma muerte mientras coloco nuestras nomeolvides sobre tu lápida.

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[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 15.09.15]

Idiota

Miro el panel del telefonillo y encuentro el piso que busco: ático B. Me empalmo y comienzo a tener dolor de huevos. Siento cómo la libido se me desboca, cómo mi racionalidad hace aguas hasta vaciarse y perder mi último escrúpulo. En otras ocasiones, cuando una etapa de carestía sexual se me hace insoportable, acudo a mis librerías favoritas, a los Cines Golem, e incluso a la Biblioteca Nacional, y allí espío a mujeres y persigo una aventura que no llega, pero que al menos me hace escapar por absurdo que parezca, de la tentación de pagar por sexo. Llamo al timbre.


Veinticuatro horas antes me encuentro en la Fnac de Callao, bastante necesitado, hojeando poesía, y las piernas y los escotes que el tórrido verano madrileño me ofrece. Mi cabeza me habla del encanto que tenéis si sacáis a Shakespeare del estante, de cómo me fascináis si vuestra elección es Proust, de lo cachondo que quedo si es Auster o Henry Miller quien se acuna entre vuestros dedos, o de cómo se muere mi pasión, al margen de lo buenas que estéis, cuando es Coelho o Moccia lo que elegís. Es entonces, en la cuarta planta, cuando escucho su voz por primera vez.

−Perdona, guapo, Filosofía en el tocador del Marqués de Sade, ¿lo tenéis en edición de bolsillo?

El dependiente, en su stand, y en efecto atractivo a pesar del feo uniforme, teclea en el ordenador sin apenas levantar la vista, y tan competente como anodino, manda a la mujer al fondo, a la izquierda, sola. Si él es idiota, yo no lo soy. La sigo, guardo disimulo.

Es pelirroja, juraría que natural, y su melena le llega casi hasta el culo, un culo por otra parte adorable, rítmico, prieto. Camina llevando en su mano derecha un libro, pero no alcanzo a ver ni título ni autor. Llega a la zona indicada y comienza a pasar su dedo índice por los lomos de los escritores. Su nariz griega le marca un perfil seductor, sus labios rojos parecen gritarme obscenidades. Tiene tanto encanto que no quiero reprimir mi erección a pesar del bulto que se me forma, disponible a cualquier mirada casual.

Localiza a Sade y le soba con delicadeza. Es entonces cuando logro ver el libro que llevaba y que se apoya ahora en su regazo, El teatro de Sabbath de Philip Roth, estoy a punto de marearme. Sin poder evitarlo emito un ridículo sonido, una especie de gemidito que llama su atención. Me mira, tiene dos almendras marrones, preciosas, de las que no puedo disfrutar el tiempo que quisiera. Esbozo una sonrisa y ella me la devuelve. Hago como si pasara por allí y me alejo. Yo también soy idiota.

Me atrevo o no me atrevo, me atrevo o no me atrevoParezco una margarita y vilipendio mi cobardía mientras hago denodados esfuerzos por seguirla camino de la caja sin que se note demasiado, sin que parezca un pervertido.

Ella paga, yo pago, ella sale a la calle, yo salgo a la calle. Decido finalmente pecar por obra, no por omisión. Me atrevo a tocar su hombro y no me habría excitado más de haber tocado sus pezones.

−Perdona, verás, eh…

Me vuelve a regalar su sonrisa y consigo relajarme un poco. Un río de gente nos atraviesa en todas las direcciones, pero desaparecen.

−Lo siento pero no puedo evitar preguntarme tu nombre e invitarte a lo que quieras. Tú en cambio sí puedes evitar que yo haga el ridículo. Por favor, no te des la vuelta y me dejes aquí plantado, sin respuesta, sin esperanza.

−Qué gracioso eres, guapo. Y veo que sabes hablar, además de gemir.

Parece que todos le parecemos guapos. Me mira de arriba abajo sin decir nada más, con todo el descaro del mundo. Se centra en mi bragueta, luego en el libro que llevo en las manos, parece considerar mi media melena, acaba en mis ojos, y por fin añade, con total seriedad.

−Encanto, no soy lo que buscas, huye a tiempo.

−Es imposible huir bajo el imán de tu sonrisa, y ya llevas dos.

Le saco una tercera. Me vuelve a repasar con su mirada, en silencio, hasta que vuelve a insistir.

−De verdad, no me buscas a mí.

Y me parece que se dará media vuelta y punto final. Pero no, me equivoco.

−Allá arriba, cuando encontré a Sade, cuando me seguías tan torpe, debiste pensar que yo era una mujer que te interesaba por los libros que compraba, que sin duda carezco de prejuicios, que soy muy sexual, que podrías conquistarme y follaríamos entre risas, fantasías y libros…

Me pregunto si me está leyendo el pensamiento. Continúa.

−Seguro que llegaste a la conclusión de que yo soy en la cama tan puta como a ti te gustan, que además las palabras me llevan al cielo, que la acción consigue que este arda, y que de nuevo el verbo me hace resucitar.

−Yo no podría haberlo dicho mejor –contesto embobado.

−Pero lo siento guapo, yo no soy así, yo no mezclo la realidad con la ficción, ni el placer con el dinero. Yo soy puta dentro de la cama… pero también fuera de ella. Y no voy a acostarme contigo porque no me gusta complicarme la vida. Un tío atractivo, que me sigue por comprar libros, que me entra de esa manera tan ridícula… tan adorable, y que lee a Benedetti mientras piensa en el Marqués. No, gracias, mejor aléjate de mí.

Y me sonríe por última vez, y me siento perdido, y se da media vuelta, y se aleja, y el río de gente dirección Callao y dirección Sol regresan de golpe, y yo no reacciono, soy un pasmarote, un espantapájaros. Pero entonces ella se para cuando ya está a diez metros, y busca algo en su bolso que termina siendo un boli, y regresa a mí, y me toma una mano, y me dibuja en la palma un río, y por encima dos peces, a la izquierda.

−Mañana, a esta hora, y ven sin libros, y no hables de ellos. Te cobraré como a todos mis clientes. Soy cara, por cierto.

Y se marcha. Tras unos segundos en los que no sé qué hacer regreso a Fnac. Medio doblado de la excitación subo hasta los servicios y me encierro en un baño.


Pulso el timbre durante tres segundos.

−Soy el que debe ser –contesto al neutro «¿quién es?», que llega desde el telefonillo, desde el ático izquierda de la calle Río, número 2.

−Sube, chico guapo –el tono neutro ha muerto, su voz me suena a pura sensualidad y vicio.

Ella efectivamente debe de ser cara, el barrio, el portal, el ascensor, lo son. También la bata de seda negra semitransparente con la que me recibe. También la ropa interior de encaje. Pero lo que me deja sin aliento es la cascada de su pelo rojo, cayendo indómito, salvaje, libre, por su espalda y por su pecho, que se adivina bajo el sujetador grande, firme.

−Sin palabras –digo.

Me besa en las mejillas y me planta un vodka en las manos. Podría haberme plantado una pistola, ordenado que me disparase, y me habría faltado tiempo para obedecer. Sin embargo no me ordena nada, y tras pegar un largo trago al vodka curioseo la casa.

Se trata de un ático descaradamente elegante. Sabe combinar el rosa con cientos de libros diseminados en estanterías repletas, y un estilo minimalista por momentos, con toques de sensualidad, como el cuadro de, El origen del mundo, de Courbet, con ese gran coño abierto, en la mejor de las metáforas posibles.

Esta pelirroja de ensueño, que si no fuese porque me va a desplumar la cartera no terminaría de creérmela, no me deja más tiempo de observación. Me mira a los ojos, y a causa de sus tacones, sus iris marrones están a la altura de los míos, azules. Me besa el cuello.

−Sabes bien –me dice.

−Tú hueles a Paraíso –le digo en un ataque de cursilería impropio de mí, y aún añado: −No he estado con muchas mujeres a pesar de haberos buscado tanto, y desde luego, no estuve con tantas como hubiera deseado. Tampoco estuve antes con ninguna prostituta, ni con nadie tan mujer como tú.

Ella sube del cuello a mis labios, me mordisquea el inferior, al tiempo que cuela en mi boca sus dedos meñique y su anular de una mano, mientras que con la otra baja por mi pecho. Estoy a punto de irme allá abajo cuando ella dice:

−Te dije que dejaras los libros y la literatura en tu casa, no lo has hecho y me obligas a confesarte que te mentí: no soy puta.

En ese instante algo se rompe dentro de mí. La lógica dictaría que me preguntase por qué me ha mentido al conocernos, o si cuando me miente es ahora, o por qué ha hecho una cosa u otra, pero la lógica nunca ha sido mi fuerte. Mi deseo se muere, mi lunática racionalidad toma el mando. Me separo de ella la distancia de mis brazos.

−Si no eres puta no puedo creerte. Si no eres puta esta escena es un grave problema para mí. Chico conoce chica fascinante, chica fascinante presenta un problema irresoluble para el amor. Ese problema se resuelve pronto. Pasión, felicidad, todo acaba bien… Esa no es mi vida, esa sería la vida de un personaje de ficción, de mala ficción si me apuras. Si te follase ahora, si nos enamorásemos, conformaríamos el relato de cualquier escritorzuelo. Me siento demasiado real y vivo como para pensar que alguien me escribe, que alguien juega conmigo, y que encima lo hace como el culo.

Ella abre la boca, quizá incrédula de lo que escucha, quizá estupefacta, quizá indignada. Tal vez quiera hablar y explicarse pero yo vuelvo a la carga:

−Por otra parte, ¿qué carne se resistiría a tu carne? Todos querrían devorarte y no hacerlo es una incongruencia, un requiebro inverosímil del guión, pura estilística, retórica vomitable, tan ficción o más como enamorarnos… Pero al final hay que elegir, y yo elijo rebelarme contra el pasteleo, la mediocridad para otros. Si tenemos a un creador cerniéndose sobre nosotros, que se joda, que tenga que tomar decisiones difíciles, contradictorias, absurdas. Así es como más sentiré yo, y en parte le obligaré a él a darme algo suyo, aunque sea su dolor.

−Gilipollas, estás enfermo. –me dice ella finalmente.

−Gracias –replico con toda sinceridad.

Y con los restos de mi naufragio, con mi libido extinta, salgo de allí lo más pronto que puedo. La lágrima que en la calle recorre mi mejilla me sabe a certeza: soy idiota, soy.

Romero (Apuntes, 5).

Yo no soy bueno

Tras ocho horas de sonrisas forzadas desde la mesa de la sucursal bancaria donde trabajo, llego a la estación con la vejiga a punto de reventar. En unos minutos podré mear en el baño del tren y será el mejor momento del día. El andén a estas horas no está abarrotado, pero hay más gente de la que desearía… siempre hay más gente de la que deseo allá donde vaya.

A los lados de la puerta que escupe a los pasajeros que se bajan, nos amontonamos los que queremos subir. He visto que el baño está cerca y una sensación de alivio recorre mi cuerpo. Me contemplo en la ventana y me atraviesa cierta desazón; tengo mi traje impoluto, la corbata perfecta, mi pelo engominado y rojo en su sitio, y sin embargo la mirada está triste, cansada, abatida. La metáfora de lo que soy parece cumplirse en el reflejo del ventanal: mi cáscara brilla, mi interior son tinieblas.

De improviso irrumpen voces, me doy la vuelta para saber el motivo y el asco me inunda. Son tres chicos y tres chicas que difícilmente llegan a los dieciocho años, y que bajan gritando y a todo correr las escaleras mecánicas. La palabra “choni” les define a la perfección. Sus ropas deportivas chillonas y sus pelos ceniceros en ellos, y sus tatuajes horteras, sus oros falsos, y el emperifollaje de ellas, me hacen daño a los ojos. Se agolpan en la puerta con unas voces innecesarias donde esperamos el resto. Cruzo una primera mirada poco amistosa con el que parece el líder de esa chusma.

A base de groserías y sin respetar el orden entran antes que los que llevamos más tiempo esperando. Se plantan alrededor de la zona del baño y uno de ellos se mete dentro al grito de, ¡Voy a descargar, Johny! mientras el aludido, que es con quien crucé la mirada, le soba descaradamente el culo a la chica más guapa (o menos cutre) del grupo, a quien su amiga le dice, ¡Qué suerte tiene tu coño, Jenny!, pero esta no parece prestarle atención, y lo que hace es mirarme a mí descaradamente. Me siento a escasos metros de todos ellos y me digo que esta historia acabará mal. Mi vejiga me punza y me exige aliviarla.

La particular jauría, con sus voces y comentarios, exaspera a todos los viajeros que estamos cerca, desde el melenas que se sienta frente a mí con cierto aire de superioridad tratando de leer al francés Houllebecq, pasando por la gorda que no deja de escribir nerviosa en el móvil, y llegando al negro cincuentón que decide levantarse y alejarse de allí, como si huyera de la tensión que se empieza a cocinar. El choni del baño no termina, y tras un eructo asqueroso del rey de esa fauna, cruzo una segunda mirada con este, ya de claro desafío.

A partir de entonces Jhonny me lanza periódicas miradas, aunque no con la insistencia de Jenny. Yo también miro hacia los dos a cada poco, y en cuanto el baño quede libre iré hacia ellos y que ocurra lo que tenga que ocurrir. ¡Mira Jhonny! dice de pronto el tercer integrante masculino de aquel circo, y agarra la barra de sujeción paralela al techo, ¡Ma´go más que tú! Y comienza a hacer flexiones de brazo sujeto a la barra. Jhonny no tarda en picarse y se pone a competir a ver quién de los dos demuestra ser más idiota.

El melenas que tengo enfrente deja de leer y contempla la absurda lid choni. Me pregunto cuántos prejuicios tendrá él, si llegará a la mitad de los míos, si se acercará a la cantidad que tenga Jhonny, si se acostaría con Jenny o si le diría que no, a causa de los principios que interpreto en sus ojos, a pesar de que ella no desprende tanto tufo a vulgaridad como el resto de la manada. Ella por su parte sigue centrada en mí, es la única que no ha hablado (o berreado) todavía, y me desconcierta por completo ¿Qué busca, la bronca conmigo, huir de su universo, se plantea acaso qué es lo que hemos hecho con nuestras posibilidades como especie para generar tantos submundos? Dejo mis divagaciones ante el ultimátum que me da la vejiga: mear o reventar. Entonces escucho correr el agua de la cisterna del baño; me sorprende que el choni haya tirado de la cadena, y pienso de inmediato que solo falta que también se lave las manos tras la meada, para que el mundo se colapse ante el asombro.

Jhonny sigue con sus flexiones y con sus miradas, no se ha olvidado de mí. Si Jenny me desconcierta, él sencillamente resulta primario, tosco, imbécil, y a todas luces violento. En su absurdez da un paso más. Insatisfecho con su particular número circense convierte la competición de flexiones en una especie de juego de artes marciales, y a cada flexión le acompaña una patada al aire y un alarido. Solo me cabe desearle con todas mis fuerzas que se caiga y se abra la cabeza… pero lo que se abre por fin es la puerta del baño. Me levanto de inmediato, debo pasar por donde Jhonny suelta sus patadas, cada vez más escandalosas y risibles. Juraría que las pupilas de Jenny se han abierto desmesuradamente, tal vez por miedo.

Con mi primer paso hacia el baño, la gorda que aún seguía escribiendo en su móvil deja de hacerlo como si hubiera olido la tensión, el melenas me hace un gesto de cabeza que debe significar algo parecido a, no vayas, y Jenny les dice a los suyos con una inflexión en la voz de mandato, ¡Parad! Pero Jhonny no hace caso (el otro sí) y da una nueva patada al aire, más agresiva aún que las anteriores, al tiempo que me mira. Y tal vez por el sudor, o por contorsionar demasiado el cuerpo que pone casi paralelo al techo, o por tener demasiada confianza en sí mismo, o por mis deseos, o por justicia divina, o por lo que sea, pero el caso es que las manos de Jhonny resbalan de la barra y este se golpea la cabeza brutalmente contra el suelo.

Todos escuchamos el crujido, el silencio más sepulcral llega momentos antes de que aparezca la sangre, y de que vuelvan los gritos de los chonis, esta vez con un cariz de preocupación y dolor. Jhonny está inconsciente y de su cabeza brota la vida, Jenny se agacha temblorosa, su cara es el reflejo del miedo. De pronto vuelve a mirarme, con odio, con rabia, y comienza a gritar, ¡Has sido tú, tú tienes la culpa, tú lo has hecho! Yo aguanto paralizado su mirada y sus reproches. La chica del móvil vuelve nerviosa a sus mensajes, el melenas saca un cuaderno y se pone a escribir compulsivamente en él, el resto de chonis que no entienden nada tratan de tranquilizar a Jenny y que Jhonny vuelva en sí. Finalmente me doy media vuelta y me alejo de ese vagón de locos. Ella sigue gritándome, me cruzo con dos seguratas y con otros curiosos que se acercan a ver qué diablos ha ocurrido, y cuando estoy a cierta distancia, caigo en la cuenta de que se me han pasado por completo las ganas de mear.

LÁZARO

A DOS METROS SOBRE EL SUELO NO HAY MACGUFFIN POSIBLE

Mi padre siempre me decía que debemos acostumbrarnos a los cambios, que estos son ineludibles e imprevisibles, y que por mucho que podamos darnos explicaciones y consuelos, cada uno de nosotros los experimentará con su propio dolor, y, si ha aprendido algo de la vida, sabrá usarlos como brújula.

Él era escritor y se explicaba tan bien como acaban de leer. Yo en cambio siempre rechacé sus libros, sus consejos, su modo de vida… y aquí me tienen ahora, con todo puesto patas arriba, intentando hacerle una especie de homenaje (con él ahí, tan cerca, tan lejos, tan extraño), al tiempo que trato de ordenar todo lo que está ocurriendo, como si tuviese algún valor añadido a lo que ya todo el mundo experimenta y sufre.

Al principio se habló de la llegada del Juicio Final, y las religiones se relamían, y no me extraña que lo hicieran. Luego, con el más absoluto caos entre nosotros, no había un solo científico que supiese explicar de un modo coherente nada de lo que ocurría. Y pasado un tiempo, con el apocalipsis sin llegar, y con la racionalidad sin llegar, nos llegó la costumbre. Y es que, como decía mi madre (mucho más prosaica que mi padre), «a todo se acostumbra uno».

Es curioso ver (y mucho más que curioso, pero mi homenaje está siendo grabado en audio mientras paseo, y ni la batería dará para mucho, ni sabría hacer un ensayo), cómo ante el desconcierto creciente, ante el descubrimiento de las nuevas circunstancias imposibles que rodean al fenómeno, se comenzó a verle con la pragmática óptica del negocio (de ahí por ejemplo la correa amarilla que uso), o cómo la legislación española quiso ser pionera a nivel mundial, y legisló rápidamente para que se les pudiera mostrar, sin riesgo de pisar la cárcel.

Esa nueva ley, los mecanismos de la fuerza de la costumbre, y pensar que a mi padre este paseo le divertiría, es lo que me permite salir a la calle de esta guisa, sin que me detengan, y sin que la gente se muera del susto… lo que por cierto añadiría sal y pimienta, en palabras probables de mi madre, o, una ironía simpática a este despropósito, en las de mi padre.

Eso sí, en él encontraría el pequeño malestar de no haber sido capaz de imaginar una locura como esta. Escritor prolífico, escritor lunático, como le gustaba llamarse, escritor especialmente de relatos de ciencia ficción, a lo largo de su vida imaginó casi todos los mundos posibles, casi todos los improbables, y según le gustaba jactarse, todos los imposibles. Pero en esto último se equivocó… aunque no creo que podamos echárselo en cara. Es más, aún me pregunto cada mañana al abrir los ojos, y aún antes de hacerlo, si no me despierto de un sueño razonable a una realidad absurda. Y la respuesta no puede ser otra que un rotundo «sí». Desde luego no puedo sino lamentar que se quedara en coma hace seis meses, y que muriera sin haber visto, sin haber tenido conocimiento, de lo que le tocaría experimentar en su muerte.

¿Debo seguir hablando? No debería. Por un lado la batería del móvil se agota, y por otro, mi impulso por explicar todo esto, se enfrenta al consejo reiterado de mi padre: «al lector [en este caso sería más bien al hipotético oyente] debes hacerle trabajar, no puedes dárselo todo mascado». Y eso sin contar que para no saber lo que ocurre hay que vivir en otro planeta o despertar de un largo coma, como por desgracia no le ocurrió a él. Y sin embargo voy a seguir hablando, no vaya a ser que mis palabras sí sirvan, pues, ¿quién se atrevería a descartar ahora mismo cualquier cosa, cuando lo impensable se ha acomodado junto a nosotros? Eso sí, no se espere de mí respuestas, ni siquiera exhaustividad.

Hoy hace tres meses y tres días del primer caso, o al menos del primero datado. Ocurrió en Carolina del Norte, USA, a una señora llamada Merry Cohen. Al morir en su casa a las 0:01, su cuerpo se elevó dos metros por encima del suelo, y permaneció así, completamente rígida y en horizontal, hasta que sus traumatizados hijos lograron bajarla a la cama, y atarla a ella con correas.

Decir que Merry fue la primera, es seguir la versión oficial, y yo, que no tengo nada contra los yankis, no voy a pelearme por esa cuestión banal ni entrar a formar parte de los disidentes que ven una conjura mundial en todo esto. Para mí, quién fue la primera y si hay conspiración o no, me parece lo de menos, siendo lo esencial, que a partir de esa fecha, hora, y a causa de un motivo u otro que aún sigue sin desvelarse, todos los fallecidos bajo cualquier circunstancia y condición, se elevan justo dos metros por encima del suelo, flotan en posición horizontal, y permanecen así de manera incombustible, salvo que se les fuerce a bajar, o a subir, o a ir hacia la izquierda o hacia la derecha, algo que tras descubrirse la incorruptibilidad de los cuerpos, pues no sufren de putrefacción ni corrupción, se comenzó a hacer, como hago yo en estos momentos.

¿Sentirán algo aunque sus corazones estén sin latir y sus cerebros desconectados; despertarán? Visto lo visto, por qué descartarlo. Y ante tal posibilidad, ¿cómo vamos a quemar o a enterrar sus cuerpos, y cómo voy a privar a mi padre de este paseo por su parque preferido, y no atravesar el hermoso puente que tantas historias le inspiró, al escuchar los trinos de los pájaros? Reconozco que llevarle con una correa y tirar de ella no es lo más honroso que le ha pasado en la vida, pero si despertara ahora se reiría de la situación, y eso es lo que cuenta.

Manchas

Tras varios meses regreso a la costumbre del café mañanero en mi bar de confianza, y, mientras me peleo con un churro de chocolate que se defiende de ser devorado por mí, el estupor me va llenando cuando no en uno, ni en dos, ni en tres, sino en los cuatro periódicos que reviso, me topo con la siguiente confesión en las primeras páginas:

Tuve que hacerlo. Ante situaciones drásticas soluciones igual de drásticas. El esfuerzo ha sido ingente pero ha merecido la pena, y salvo la mancha negra del parqué y las rojas del sofá, todo fue a pedir de boca. Me explico: ¡Estaba harto!

¿Con qué derecho un día sí y otro también, ellos han llevado a cabo la apropiación indebida de mí, quién les ha dado permiso para hurgar ahí dentro? Yo desde luego que no ¿Iba a quedarme de brazos cruzados ante la tropelía? No conocerme fue su error, y cuando lo hicieron, ya era demasiado tarde.

Empecé por los libros. Siempre hay que empezar por ellos porque quienes los escriben son unos listos. Durante años los soporté, les perdoné, pero se pasaron de castaña oscura tras mi último fracaso. Apenas acababa de hundirme, yo era todo dolor, cuando abro la maldita novela y ahí estoy, y ahí está la puñetera escritora (¡encima mujer!), destripándome, hablando palabra por palabra de mis sentimientos, no errando ni en una coma ¡Pero quién le había dado permiso! ¿Por qué no me dejaba a solas con mi sufrimiento? ¿Por qué airear mi tragedia a los cuatro vientos? La decisión que había meditado por largos años, estaba tomada.

No tardé sin embargo en ampliar mi campo de acción. Eso lo complejizó todo pero, ¿qué mérito iba a tener yo si no lo hacía así? Además, que no se hubieran metido también los otros en camisa ajena, en la mía ¿Quién les mandaba cantar mis desdichas? Que a diferencia de los escritores, estuviesen vivos, no debía ser más que el reto a resolver. En cuanto a que se trataba de un crimen, no puedo negarlo, pero con estos valores tan laxos que campan a sus anchas… y sobre todo, quién me había protegido a mí de sus atropellos, de que hurgaran en mi corazón, de que estrujasen mi alma para luego sacar beneficio con sus lacrimógenos discos que encima pretenden hacer pasar por experiencias propias, o lo que es peor ¡Por las experiencias de todos! ¡Como si mis tragedias y mis miserias tuvieran el mismo tono que las de los demás!

Quemar libros no está bien y matar a personas sé que tampoco… Pero vaya, en la misma tabla de la ley se encuentra el robo, y me harté de que robaran mi intimidad. Así que lo hice.

Los libros fueron fáciles, durante años identifiqué a los culpables, los amontoné en un cuarto aparte, y mi biblioteca se prestó al sacrificio sin rechistar. Sé que la casera podría enfadarse si se enteraba de mi particular holocausto, pero los quemaría poco a poco, saboreando mi venganza, sin montar escándalo ni humo.

Los cantantes en cambio fueron más difíciles, y al igual que seleccioné escritores muertos (los vivos nunca me supieron robar tan bien), me decidí por cantantes que aún respirasen y que lo hicieran en español (ay, mi falta de idiomas). Debía dar una lección, demostrar que no soy ningún juguete, que no soy ninguna canción de nadie. Seleccioné a diez, unos conocidos, otros apenas, todos ladrones y husmeadores de mis lágrimas. Me costó planear convenientemente el asunto, lo reconozco, y hacerlo el mismo día no fue tarea sencilla. Tampoco tenerlos atados, vendados, en silencio, en mi casa. No, no querían entender mis razones y me llevó varias horas explicarles uno a uno, frase a frase, canción a canción, sus latrocinios. Finalmente todo acabó como debía.

Las manchas, ese es el balance de mis errores en todo este asunto.

Y el estupor no es fruto de la confesión anónima, sino que poco me falta para blandir el resto de mi churro contra el mundo, cuando en los cuatro periódicos tachan de loco a quien haya escrito tal paranoia, y añaden que si publican tales desvaríos, es solo porque se da la casualidad de que hay diez cantantes españoles que han desaparecido el mismo día.

La realidad se nos fue de las manos

I

Apagó el cigarrillo, tiró la colilla en una papelera y miró su reloj. Llegaba a la cita antes de tiempo por lo que se paró en varios escaparates que le ofrecían todo aquello que él rechazaba. «O es al revés −pensó− y se trata de que los escaparates me rechazan a mí». Esbozó una sonrisa ante el reflejo de su imagen. «La duda ofende» se dijo a sí mismo y continuó camino de la cafetería.

«¿Qué querrán y quiénes son?» se preguntó antes de llegar. Alzó la mirada y se topó con el cielo doblemente gris de Madrid; gris suciedad y gris nublado de una tarde primaveral que perturbaba a los peatones con su amenaza de lluvia.

Llegó al Café Comercial. Todavía no era la hora y no podía estar seguro de que se tratara del hombre elegante, engominado, que leía el periódico y tomaba un refresco, pero se sentó frente a él. Cuántas cosas habían cambiado en los últimos meses. No estaba acostumbrado a ninguna pequeña victoria y en su nueva condición temía romperse de éxito.

−Lo que he sido capaz de estirar un billete de cinco euros –dijo.

−Hola Pavel –dijo el hombre elegante.

−¿Y yo cómo te llamo?

−¿A mí? Como te apetezca, es un detalle sin importancia.

−Está bien, Comoteapetezca, ¿qué es lo que queréis de mí, a quién tengo que traicionar, a quién debo matar y lo más importante, qué es lo que debo hacer para que me recompenséis con vuestra gratitud? En cuanto a quién carajo sois, supongo que está fuera de lugar preguntarlo.

−Eres directo y gracioso y eso de matar –el tipo mostró una dentadura sin mácula− suena bien…

−Y tú eres un lameculos interesado que no va a conseguir nada. Hemos puesto en marcha una revolución, el cambio es posible y no pienso apearme del nuevo rumbo. No pienso hacer nada que lo perjudique por mucho que podáis ofrecerme.

−Y quién ha dicho que perjudicar el cambio sea nuestra oferta. Pavel, te noto cargado de prejuicios, no vayas a ser igual que aquellos a quienes criticas. Está muy bien querer que otro mundo sea posible, yo también lo quiero, y seguro que ninguno de los dos busca sustituir unos errores por otros. Escucha la oferta y luego decides.

−Si quieres que te escuche, Comotellames, dime a quién representas.

−Está bien, me parece un principio de acuerdo justo. Vengo en nombre de todo aquello que odias para intentar que lo odies… un poco menos, puesto que no es merecedor de tanto odio. Y como primer argumento para que aligeres esa pesada carga que es el resentimiento, te ofrecemos esto.

El hombre elegante estiró el brazo hasta un maletín que estaba a sus pies, lo puso sobre la mesa y lo abrió hasta la mitad enseñando el contenido a Pavel. Entonces lo cerró de golpe.

−Es el primer maletín pero si lo aceptas no será el último. Y lo mejor de todo son las condiciones, puedes compartirlo con quien quieras… o no, puedes versar billetes hasta hartarte… o no, y por encima de todo, no te pediremos nada a cambio. Así de sencillo.

Tras unos segundos de silencio Pavel dijo con voz entrecortada:

−No, no, no lo quiero.

−Sería una decisión tan respetable como aceptarlo, pero voy a dejar que te lo pienses un poco más, ¿no crees que es lo mejor?

Pavel tragó saliva, comenzó a sudar y se sintió más pequeño que nunca. −¿Por qué tanta generosidad conmigo, mi mérito es tan escaso?

 

II

«Ya es primavera en el infierno» garrapateó Pavel sobre una servilleta, once meses y cuatro días antes del encuentro anterior.

Tras firmar su frase se pidió una cerveza y se estiró la ropa. Se encontraba en El Fuego, un bar madrileño de Malasaña. Estrenaba camisa y pantalón y se había peinado con mucho más cuidado del que tenía por costumbre, trataba de ocultar su incipiente calvicie. Su decisión era firme: tras cuatro citas maravillosas era el momento de besarla, lo haría nada más verla, como saludo. La sorprendería.

Estaba nervioso, su memoria tenía que retroceder mucho tiempo para recordarle así de exultante, y más aún para recordar la impresión de unos labios sobre sus labios. Aún quedaban unos minutos para que llegara la hora. Miró nervioso el móvil por si un mensaje en el último momento desbarataba su alegría. Ningún aviso en la pantalla, todo marchaba bien. Decidió tuitear lo que había escrito en la servilleta y en seguida recibió varios favs y retuits. Saboreó la cerveza, se asustó un tanto, se descubrió feliz.

Una hora más tarde Pavel daba vueltas a la ironía de encontrarse donde se encontraba; sentía que la vida se ensañaba con él y que ardía de rabia por dentro. Miró compulsivo el móvil en busca de un wasap que diera explicación y sentido a ese plantón. No tardó en lamentar su metro cincuenta y cinco de estatura, su escaso pelo, su nariz desproporcionada…

Pagó las dos amargas cervezas que se había pedido. A cambio de su billete de diez recibió uno de cinco medio roto y sucio, y no protestó porque le pareció buen reflejo de sí. Lo único que le dijo al camarero al recibir el cambio fue:

−¿Por qué no aprendemos nunca, a nada?

No hubo más respuesta que una mirada interrogativa y un silencio que Pavel agradeció. Antes de marcharse del bar volvió a mirar la pantalla de su móvil, regresó a twitter y escribió: “Ya es de nuevo infierno en primavera”.

 

III

A pesar de cruzar la calle sin mirar más allá de sus pies ningún conductor tuvo a bien atropellarle, prefirieron los frenazos, los pitidos, meterse con su físico y acordarse de sus muertos.

Pavel no reaccionó a nada ni devolvió los insultos y solo cuando uno de los conductores le llamó «Tyrion de los cojones», esbozó una ligera sonrisa y se dijo para sí: «¡Ojalá!». Al llegar a la otra acera sintió el peso de las miradas de quienes se encontraban a su alrededor y se esfumó de allí lo más rápido que pudo.

Pronto comenzó a sentirse algo mejor, caminar siempre le aliviaba, le hacía entrar en espirales de pensamiento que lograban suspender temporalmente su crudo nihilismo. Subía por la calle Tribunal cuando su móvil anunció un wasap. Dudó de si mirarlo o no, pero finalmente cayó en la tentación: «Lo siento mucho Pavel, eres un hombre maravilloso, pero no quiero quedar más veces contigo, no funcionaría, perdóname. Deseo que te vaya todo realmente bien».

Intentó no hacerlo pero contestó enseguida: «¿Perdonarte? No hay nada que perdonar pero si lo hubiera, lo hago. Y no te preocupes por mí, soy un gran perdedor, encajo las derrotas con estilo. Un beso». Al mandar el mensaje supo que nunca volvería a saber nada más de ella. Apagó el móvil en un gesto poco usual. Estaba triste pero no hundido. Se sintió incluso fuerte sin saber muy bien por qué. Llegó a otro cruce y esta vez no hizo el idiota, esperó a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones. En la espera descubrió una pintada sobre el paso de cebra que le puso de buen humor y le hizo reflexionar sobre las casualidades, la pintada le decía: «Perdona rápido, agradece lento».

La necesidad de escribir se apoderó de él mientras cruzaba. No era algo que hiciera a menudo más allá de la afición de tuitear en 140 caracteres que había adquirido en los últimos años, pero en ese momento el impulso por dejar reflejado lo que le salía de las entrañas fue casi brutal. Quiso escribir en el móvil pero tenía que encenderlo y los segundos le apremiaban. Frente a una oficina bancaria de color verde se sentó en un banco de madera, se rebuscó y encontró un bolígrafo bic azul, no tenía libreta, ni cuaderno, ni folios. Al final sacó de la cartera el viejo billete de cinco euros que le diera el camarero. No dudó ni por un instante lo que debía poner, eran los únicos versos que se había aprendido en otro idioma:

«Wer spricht von Siege? Überstehen ist alles», estampó en alemán sobre una cara del billete. «¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo», escribió sobre la otra. Puso la firma de Rilke en ambas, el móvil terminaba de encenderse en ese momento, hizo un par de fotos al billete y las subió a su cuenta de twitter. Entonces se olvidó de todo, hasta de la tristeza y sintió cierta catarsis.

 

IV

−En ocasiones un gesto inesperado –contestó Pavel ocho meses más tarde a esa sensación de catarsis que sintiera tras escribir lo que escribió en un viejo billete− incendia la catarata esperada.

La entrevista en la radio acababa de comenzar y Pavel estaba asombrado de varias cosas. En primer lugar de su respuesta poética, línea por la que decidió no continuar. En segundo, de la mirada inteligente de la periodista, enmarcada en unos ojos redondos, azules, de los que se quedó prendado. En tercero, que él hubiese sido capaz de ir al estudio de radio y se sometiera voluntariamente a las preguntas, después de haber estado durante meses sumido en la cama, depresivo, y con ganas de cortarse lo que hubiese hecho falta, después de que precisamente los medios de comunicación le destrozasen.

−Lo que sigue ocurriendo es una sorpresa para todos –Pavel apenas podía pensar a causa de los ojos que le miraban pero se había aprendido su discurso y le salía en modo automático− y que me acusen de ser el espolón del cambio es un honor al que todavía no me termino de acostumbrar. Pero en fin, si se empeñan en decir que yo desaté el asunto, qué le voy a hacer (risas), más allá de recordar una y otra vez que ni fui original ni pretendía serlo. Simplemente tuve una necesidad que al parecer conectó con la necesidad de muchos y todo comenzó a rodar de manera desbocada.

−¿Cuánto crees –preguntó la periodista− que ha tenido que ver el enésimo fracaso de la ilusión política en este despertar… digamos artístico?

−No sé, Camino –por si no bastasen los ojos, pensó Pavel, el nombre más bonito que quepa imaginar−, solo soy experto en fracasos personales… Aunque supongo que lo que señalan tantos analistas será verdad, y que la nueva decepción en los resultados electorales, que desde mi punto de vista dice muy poco de nosotros como animales… racionales, fue fundamental para viralizar el proceso de cambio que ahora mismo tiene un horizonte imprevisible.

−Pavel, utilizas la palabra que todo el mundo utiliza, y que tan de moda estaba ya antes, “viral”. Dos preguntas al respecto, ¿por qué esta extraña virulencia artística?, y, ¿cuánto durará la moda, si de moda se trata? Y por supuesto, siempre según tu opinión de experto personal  (risas).

−Según mi humilde e inocua opinión, creo que el fenómeno está fuera de control, que la realidad se nos ha ido de las manos y nadie puede saber cómo ni cuándo acabará (si es que acaba) el asunto. Y menos que nadie, yo, por mucho que digan que encendí la mecha. Tan solo mandé un tuit, afortunado o maldito, según para quien, y tan solo he tratado de conseguir a partir de entonces sobrevivir del mejor modo posible. En cuanto a la primera pregunta, resulta que mudando de piel se puede llegar a mejorar el corazón. Me explico –Pavel se volvió a sorprender de su fluidez de palabra, de no bloquearse ante las preguntas de una mujer atractiva, de no morirse ante el hecho de estar de nuevo en una entrevista; teniendo en cuenta los antecedentes y su biografía, se preguntó si delante de una cámara de televisión, no habría vuelto a dar con sus huesos en el suelo, no habría vuelto a machacarse por su aspecto físico, no habría vuelto a encerrarse, pero dejó sus cuestiones sin respuesta y se ciñó a lo que debía−, se empezó por un tuit y por el más humilde de los billetes, y hemos llegado a donde estamos. Este arte de acción directa, urbano, rebelde, incluso terrorista como lo han llamado algunos con el ánimo de desprestigiarle, tal vez comenzó sin saber muy bien hacia dónde iba, tal vez podía ser considerado al principio superficial, de quedarse en la epidermis, pero ha seguido profundizando en las capas y en las posibilidades y ha llegado a la raíz, al núcleo. No se trata de un mero merchandising que busca hacer fortuna, lo que quiere es torcer la realidad hasta mejorarla… Y en ese juego andamos, adaptándonos a las reglas que salen sobre la marcha.

−Háblame de twitter, Pavel, ¿por qué esa red social y no otras ha tenido tanta importancia en todos estos cambios que se iniciaron con la campaña #Versatubillete?

−No quiero pontificar, no quiero resultar más pedante todavía y no quiero extenderlo a todos, a mí por ejemplo, no, pero creo que twitter es una herramienta donde se desborda el talento de muchas personas. Y si juntas talento con la posibilidad de compartirlo de un modo rápido, directo y gratuito, tienes una herramienta poderosa, que tendrá sus defectos y sus críticas, pero que ha servido a la perfección para que el arte haya hecho de nosotros lo que se haya propuesto hacer (risas).

−Una última pregunta Pavel, ¿hacia dónde crees que vamos?

−Vamos hacia el desastre, de eso estoy seguro, pero que no nos engañen, porque venimos del más absoluto de los desastres.

 

 

V

Pocos meses antes de que nuestro protagonista se desenvolviera con soltura en la entrevista de radio, pasaron muchas cosas a su alrededor.

 

Pavel llegó a su apartamento con una extraña mezcla de derrota y paz. La caminata a casa tras el plantón de Malasaña, seguida de la idea de que era un gran perdedor, un corredor de fondo que sabía levantarse una y otra vez, le había incrustado en el rostro su sonrisa más irónica.

Al abrir la puerta, la reproducción de El triunfo de la Muerte, de Brueghel, le saludó desde la pared del fondo. «Allí nos esperas a todos, siempre», contestó Pavel al saludo del cuadro. Se despeinó con rabia sin asomarse al espejo, se puso ropa cómoda y repasó algunas de las obras de Banksy que inundaban la estancia. Contempló a la niña que registra y desarma a un soldado, a la mujer que se abraza a una bomba, al antisistema que arroja un ramo de flores y al robot que grafitea su código de barras. Le atravesó la peculiar sensación de un tiempo condensado en lo que debería, lo que hay y lo que tal vez habrá. Se encendió un cigarrillo y se tumbó como tenía por costumbre de cara al techo. Allí le esperaba colgado un puzle inmenso de El jardín de las Delicias y como siempre que se quedaba observando la obra, enmudeció de palabra y de pensamiento.

Cuando Pavel regresó de su mutismo contemplativo lo hizo en la forma mundana de consultar el móvil. Wassap no le ofreció sorpresa alguna, nadie se acordaba de él. En cuanto a Twitter… su timeline ardía como no lo había hecho nunca. Con sus pobladas cejas enarcadas de modo inconsciente, descubrió sin terminar de creérselo el revuelo que el viejo billete versado con Rilke causaba por momentos. Sin moverse de su cartera había saltado el charco y recorrido media Europa. No se trataba solo de los miles de retuits superados en apenas una hora, gracias a los tuiteros que le habían dado una visibilidad inmediata, sino que artistas como @SrtaChinaski, @Laurita_Palmer,  @PabloBenigni1, @Darkvelvet1, @LetraSilenciosa, @UlisesKaufman, @BufandadeChopin, @SexxArt, @Innestesia, @Mous_Tache, @_vybra, @martamj32,  @Zic__Zac o @_Marla_Sercob entre otros muchos, habían decidido después de una propuesta de la primera, realizar una peculiar campaña por la que todos ellos habían cogido sus propios billetes, viejos y nuevos, pobres y no tan pobres, y habían plasmado en ellos sus poemas, o poemas de otros, sus frases, o frases queridas y significativas de otros, y lo habían tuiteado viralizando un imprevisto y espontáneo #Versatubillete que estaba arrasando y propagándose a cada segundo.

Pavel necesitó de otro cigarro y de un par de cervezas. No terminaba de creerse aquella campaña donde su nombre y la foto de su billete se repetían una y otra vez, expandiéndose más y más. Estaba tan extrañado que hasta se levantó y se contempló en el espejo sin darse grima. Más cerveza le amodorró y quedó dormido con el móvil sobre su pecho y el cuadro de El Bosco escrutándole. Así moría el primer domingo de abril del año pasado.

A primera hora del lunes #Versatubillete seguía como trending topic destacado. La llama de hecho se había extendido por numerosos países y el asunto no tenía visos de extinguirse a corto plazo. Los medios de comunicación pronto comenzaron a informar de lo que calificaron como la última moda viral. Apenas una semana más tarde algunos analistas consideraban que la moda parecía ser algo más que algo pasajero, y dos periódicos le dedicaron su editorial. Mostraban a las claras la particular tendencia maniquea que parece regirnos.

Para una de las editoriales, leería Pavel estupefacto desde el mostrador del museo donde trabajaba, «esta ridícula práctica con pronta fecha de caducidad, y hecha a medida para progres y snobs que no respetan ni siquiera el símbolo de estabilidad por antonomasia de cualquier Estado [bla, bla, bla] da asco». Al terminar de leerla tomó el otro periódico y leyó sin cambiarle el gesto, «la viralización de horizontes indescifrables  amenaza con soliviantar los cimientos del sistema, todo peligra en el momento mismo en que un billete de cinco euros puede valer otra cantidad cualquiera al haberse individualizado y convertido en objeto artístico. Se trata de un disparo al corazón del capitalismo [bla, bla, bla] una gran oportunidad».

A Pavel le gustaba decir a esas alturas de la campaña viral, que si le hubiese tocado de lejos, su opinión estaría clara y formada, pero que al estar él mismo en el centro del huracán los límites de sus ideas se le difuminaban. Lo cierto es que apenas sabía balbucear lo anterior cuando alguien le preguntaba al respecto.

Al menos, tras la lectura de los periódicos y de la venta de las dos últimas entradas para ese día del museo, logró escribir a su amiga Ate (promotora de #Versatubillete), que se sentía abrumado y lo que era peor, que se sentía con una clara sensación de ladrón, pues versar billetes «es cualquier cosa menos original y ya se ha hecho mucho antes y mucho mejor de que lo hiciera yo».

La respuesta de su amiga, si no tranquilizadora, al menos sí fue tajante, «tiraste la piedra a la charca y ya está, no eres responsable de las ondas ni para lo bueno ni para lo malo». Tampoco le tranquilizó que Ate le dijera que le habían ofrecido un buen dinero por el primer billete que ella había versado con una de sus poesías. De momento no había aceptado y no quería hacerlo, pero la tentación, le reconoció a Pavel, llamaba a su puerta.

La realidad, vapuleada por el hecho artístico de que las personas comenzaron a versar de modo masivo sus billetes, siguió su curso y tres días más tarde, una gran cadena de televisión llegó hasta el lanzador de la piedra original sobre el estanque.

España descubrió entonces a través de la televisión a Pavel, pero a los televidentes esa figura le resultó desagradable por su aspecto y sus balbuceos, de modo que fue ridiculizado primero y abandonado poco después al no cumplir los cánones de la imagen, ni siquiera los de la sátira. La realidad se resistía.

 

VI

Resultó que,

mientras Pavel terminaba encerrado en su apartamento después de su entrevista televisiva tan poco afortunada, después de las burlas que soportó en la calle y en el trabajo y después de que su médico le pusiese el sello de baja por depresión

mientras Pavel veía morir la primavera y pasar todo el verano desde la única ventana al exterior de su apartamento

mientras fueron contadas las ocasiones en las que durante cuatro meses logró salir a la calle, alimentándose a base de conservas, comida basura y el pan que a diario le llevaba una vecina

mientras vivía encerrado con sus cuadros flamencos y de arte urbano

mientras el psicólogo al que acudió durante tres sesiones, terminó por desplazarse semanalmente al apartamento para que la terapia no muriera, después de considerar el caso como un reto personal, en el que intentar recolocar las piezas del puzle de Pavel; con una infancia feliz tan solo durante un breve periodo vivido con su abuelo en Ibiza y horrenda a partir de su descubrimiento de ser un hijo no querido, de ser un monstruito, como llegaron a calificarle sus padres, poco después de sobrevivir a su hermano pequeño, muerto en un horrible accidente del que nada tuvo que ver, aunque se le echara la culpa porque comenzaba a resultar siempre la opción familiar más fácil; con una adolescencia marcada por la idea de que el otro será cruel si puede serlo, en especial si se es adolescente y con seguridad si tu aspecto físico carece de toda gracia, por más que te conviertas en alguien interesante que descubre un oasis en la pintura y en escritores tan duros como Nietzsche, Gombrowicz o Philip Roth; y con una entrada en la vida adulta donde logra resistir a base de contumacia hacia la supervivencia, puesta de continuo a prueba y durante años, hasta que llega un órdago inesperado por el que su inseguridad es mostrada al país entero y juzgada y sojuzgada sobre opiniones de sabios que no saben nada de él pero que hablan como si lo supiesen todo porque ha puesto unos versos en alemán y en español sobre un billete, al que le hizo una fotografía y se le ocurrió subir a una red social, dando comienzo a un cambio que todavía sorprende a todos, en especial a los que dicen saber de cambios

porque mientras nuestro protagonista vive enclaustrado cuatro meses, y necesita de otros tres para recuperar sus constantes vitales rutinarias, España (aunque no sola) se vuelve del revés.

 

Que a mediados de agosto la Península Ibérica arda a causa del clima no es noticia alguna, pero sí lo es, que al cuarto mes de iniciarse la campaña #Versatubillete, el Banco de España publique un informe en el que calcula que aproximadamente un 10% de los billetes que están en circulación en nuestro país ha sido objeto de manipulación a través de versos, poemas, frases, caligramas, dibujos… Como lo es también, a pesar de que los porcentajes pueden parecer bajos, que el Banco Central Europeo publique un informe similar con un 3% para la zona euro, y el Fondo Monetario Internacional haga lo propio señalando el 0,5% para el resto del mundo. Y nuestro país es noticia a nivel mundial un día sí y otro también por muchas razones, entre otras y como señalan los sesudos analistas nada partidarios de tal manifestación artística, porque se empieza por sacar los pies del tiesto, y se termina por rechazar la maceta entera.

«La maceta apesta» escribirá precisamente Banksy en español, tras un viaje relámpago a Madrid, por supuesto de incógnito, a finales de agosto. Y lo escribe sobre la pared de un edificio en ruinas de Vallecas, y lo hace tras haber dibujado una monumental maceta con forma de Europa que intenta ahogar todas las raíces no monetarias que tratan de crecer en su seno, mientras estas se rebelan. Y sobra decir que de inmediato se convierte en otro símbolo más, que sirve para alimentar la hoguera que vienen alimentando los detractores y los partidarios de que el arte, especialmente el urbano, inunde el resto de las esferas de la sociedad.

También seremos noticia internacional cuando el diez de septiembre, un grupo de colectivos y de plataformas artísticas reparten el mismo día de modo gratuito decenas de miles de sprays y de plantillas con las frases y poemas que más se han repetido en los billetes, en las paredes, en las aceras, para que cualquiera pueda pintar y reproducir su apoyo a favor de un cambio en el modo de pensar y de actuar, que tras anunciarse durante mucho tiempo, parece que al fin se empieza a concretar, tal vez porque los movimientos que propugnan el cambio han sido capaces de encontrar la transversalidad, aunque mucho habría que discutir al respecto, quizá en otro relato.

Y uno de los días más extraños de toda esta historia, que algunos comienzan a decir que debe escribirse con H, llega el veintiuno de septiembre, cuando los antidisturbios de las grandes marchas que se convocan en todas las capitales de provincia a favor del arte, la cultura, el medio ambiente, y una política más democrática, deciden sumarse a las marchas y provocan unas escenas de entusiasmo que dan interminables veces la vuelta al mundo.

Y en ese ambiente se producen a lo largo de octubre y noviembre hechos tan extraños como que Benedetti, Miguel Hernández, Whitman, Rilke… tomen definitivamente la calle en forma de versos plasmados en las aceras, en los muros y en los carteles publicitarios que pretenden vender colonias y coches, pero que terminan sirviendo para señalar otros caminos. O que varias cadenas elijan reponer viejos programas como La Bola de Cristal, o A fondo, y tengan un importante éxito de audiencias. O que el artista chino WeiWei después de entrar nuevamente en la cárcel de su país tras una exposición sobre los derechos humanos y salir de ella por el clamor popular ejercido por su pueblo, venga a nuestro país a mostrar su obra y se convierta en un fenómeno sin precedentes. O que la cultura del trueque experimente en pocos meses un crecimiento del 2000%. O que se vuelvan a reabrir viejos cines, nazcan nuevas galerías de arte que ofrecen buenas oportunidades a la multitud de nuevos talentos que emergen por doquier y se abran más librerías de las que se cierran. O que ahora sí, la sociedad entienda que resulta ineludible la necesidad de un cambio político, donde no tenga cabida la corrupción ni la mediocridad y en el caso de que aparezcan, se pueda hacer lo que se debe hacer con ellas.

 

Algo menos extraño que todo lo anterior resultará la despedida de Pavel con su psicólogo. Una nevada imprevista en pleno mes de noviembre ha tomado por sorpresa Madrid y media España, y ha provocado que nuestro protagonista se encuentre de un humor inmejorable, después del lento proceso de recuperación asociado a un calor pegajoso que parecía no querer abandonarle nunca. Pero tampoco se engaña, sabe que su humor (como el clima) es cíclico, que ha caído otras veces y que volverá a recaer. Que siempre se levanta más fuerte, pero que la caída también es siempre mayor. En el último billete que Pavel le tiende a su psicólogo, se puede leer: «¡Cuidado, porque también hay montañas de barro, de polvo, de humo, de aire, de nada!». Se dan la mano.

 

VII

Si la desastrosa entrevista de televisión sumió a Pavel en una larga oscuridad por lo que dijo, lo que no dijo y por cómo lo dijo, la de radio, por los mismos motivos, le otorga un protagonismo que le vuelve a tomar por sorpresa. Su figura es redescubierta, y aunque solo se le ve como el iniciador inconsciente e inocente del cambio, será llamado para otras entrevistas donde da muestras de una imagen cada vez más suelta y menos acomplejada, se ve envuelto en firmas de autógrafos en plena calle y en su recuperado trabajo del museo y recibe invitaciones para dar charlas y conferencias por diferentes puntos del país.

No siempre se sentirá cómodo en su nuevo papel de pequeña estrella, pero tampoco puede negar que cuando llega a casa y detiene su mirada frente a El jardín de las Delicias, no es el infierno donde se recrea. No acude a todas las entrevistas que le solicitan pero sí a unas cuantas que incluyen dos de televisión. Siente incluso cierta reconciliación con su propia imagen y es capaz de firmar un pacto de no agresión por el que logra mirarse al espejo sin desprecio, hasta sin ironía. Y no acepta ninguna conferencia, salvo la que le ofrecen un 3 de enero, en Ibiza, con hotel y vuelo pagado.

Pavel es consciente que acepta la propuesta ibicenca por recordar su pequeño oasis de feliz infancia vivida junto a su abuelo, pero no por ello deja de preparar un discurso que considera digno y que muestra a las claras, con datos en la mano y acciones de artistas e intelectuales ejecutadas cada día, que hacer una España y un mundo mejor es posible y que una vez encontrada la brújula, lo lógico es cuidarla, no dejar que se estropee y seguir el viaje camino del horizonte.

Con el recuerdo de los aplausos que no sabe si merecer, pasea por el puerto, sube a Dalt Villa impulsado por un frío protector, ve caer el Sol en San Antonio, llora al pasar por una zona especialmente querida de Santa Eulalia llamada Niu Blau y vuelve al hotel poco antes de su regreso a Madrid. Allí, Pavel le pregunta al recepcionista cómo es posible que tengan abierto en enero, y el tipo con un marcado acento sevillano le contesta con una amplia sonrisa que en estos tiempos todo es posible.

Pavel comprueba de inmediato que puede ser así cuando una mujer, rubia, alta, preciosa, pasa a su lado con un libro de Saul Bellow en la mano y el móvil en la oreja, y le escucha decir con tono cariñoso que «sí, enano, yo también me he alegrado de verte, un beso» y sin que lo pregunte, el recepcionista le guiña un ojo a Pavel, gesto que no ve porque mira fascinado a la mujer que se ha detenido a unos diez metros de ellos. El sevillano le dice que ella es la administradora del hotel.

−La jefa −añade ante la mirada de incomprensión de Pavel− la que te ha invitado estos días.

Durante los siguientes segundos Pavel se piensa si acortar los pasos que le separan de ella, presentarse, tratar de conquistarla. Entonces se ríe y sacude la cabeza un par de veces y le dice al recepcionista que aún no es todo posible, que quizá lo llegue a ser, pero que todavía no.

 

Tres horas más tarde nos conocemos.

El avión de Ryanair acaba de despegar cuando Pavel, a quien he reconocido nada más sentarse a mi lado pero al que no digo nada debido a mi timidez crónica, me comenta de sopetón que le suena mi cara, aunque no consigue recordar de qué. Entonces observo sin pudor la media sonrisa que me tiende en su rostro desmañado y le contesto tratando de resultar gracioso que será de algún error que haya cometido, pero no muy grave o me recordaría mejor. No tardo en añadir que yo sí sé quién es él. Antes de decírselo cae en la cuenta de que me conoce por twitter, por leer las micro-ficciones que allí escribo. Nos presentamos formalmente.

No tardamos en preguntarnos por qué estamos en ese avión. En la respuesta descubrimos que ambos hemos vuelto al lugar donde fuimos felices por un tiempo. Pavel me recuerda que las canciones tristes nos cantan que no se debe volver a esos lugares, y yo le contesto que aunque las canciones digan la verdad, a mí siempre me ha gustado enfrentarme a ambas, a la verdad y a la tristeza, aunque sea para no caer en sus mentiras. No veo necesario decir, porque no se trata de mi historia, que no cambiaría por nada del mundo las horas que acabo de pasar en el lugar al que no debería haber vuelto de hacer caso a las canciones.

Es Pavel quien toma las riendas de la conversación, quien apunta la fuerza que ha impuesto lo pictórico para torcer la realidad frente a la inanidad secular de las palabras, y yo como escritor me siento ofendido y defiendo mi terruño, y argumentamos y contra argumentamos para llegar al final al insustancial puerto de que imagen, palabra y símbolo, mezclado en la coctelera junto a la casualidad y a la causalidad, han provocado todo lo que estamos viviendo.

Poco después llegamos a la conclusión, mientras el avión comienza a descender, de que ninguno de los dos nos regodeamos en la inocencia y asumimos que no hay progreso garantizado, que la relatividad moral abruma y siempre se guarda manos ganadoras… pero que hasta el mismo cielo se puede poner boca abajo.

Ya nos despedimos en el aeropuerto cuando me atrevo a preguntarle completamente en serio, si me da permiso para escribir su historia. Pavel me contesta, me da la sensación que en broma, que por supuesto.

 

 

VIII

El hombre elegante estiró el brazo hasta el maletín, lo puso sobre la mesa y lo abrió hasta la mitad enseñando el contenido a Pavel. Entonces lo cerró de golpe.

−Es el primer maletín pero si lo aceptas no será el último. Y lo mejor de todo son las condiciones, puedes compartirlo con quien quieras… o no, puedes versar billetes hasta hartarte… o no, y por encima de todo, no te pediremos nada a cambio. Así de sencillo.

Finalmente Pavel dijo de manera entrecortada:

−No, no, no lo quiero».

−Sería una decisión tan respetable como aceptarlo, pero voy a dejar que te lo pienses un poco más, ¿no crees que es lo mejor?

Pavel tragó saliva, comenzó a sudar y se sintió más pequeño que nunca.

−¿Por qué tanta generosidad conmigo, mi mérito es tan escaso?

El hombre elegante sonrió por respuesta. Las nubes terminaron de cubrir el cielo, la tormenta era inminente. Cayeron las primeras gotas y los demás clientes de la terraza se metieron en el Café. Los peatones apretaron el paso en busca de refugio. Pavel puso una mano sobre el maletín. No insistió en querer saber por qué.

−Entonces, Comotellames, ¿es todo mío y además vendrán otros como este para que haga con ellos lo que quiera?

−Así es –la respuesta fue neutra y no hubo ni un asomo de victoria.

Pavel se acercó el maletín. Abrió los broches y la tapa pero sin dejar que la lluvia entrase. Contempló el contenido. Un brillo extraño cruzó sus ojos marrones.

−Con eso se pueden hacer un montón de cosas –el hombre elegante siguió con su tono neutro− ayudar a muchos artistas para continuar con el cambio, salvar muchas vidas en el tercer mundo, disfrutar de…

−O quemarlo –le interrumpió Pavel con repentina seguridad mientras se echaba una mano al bolsillo.

−También puedes hacer eso, sí.

La lluvia cobró intensidad y empapó a ambos. El hombre elegante ya no lo parecía tanto y Pavel presentaba una imagen que despertaba lástima. Puso el mechero que sacó de su bolsillo encima de la mesa.

−Así que puedo quemar el maletín y a vosotros no solo no os importará, sino que encima me daréis otro pronto.

−Como te dije el maletín es tuyo si lo quieres y puedes hacer con él lo que te apetezca.

−Lo acepto y voy a hacer que nos equivoquemos todos, vosotros y yo –Pavel encendió el mechero cubriéndolo con la tapa superior del maletín−. Además, ver arder estos billetes será mi mejor verso.

La lluvia paró de golpe, se fue como había venido. Tras unos segundos resistiéndose a la llama, los billetes comenzaron a arder  sin remedio. El hombre elegante se recompuso el traje y el pelo, no se inmutó ante lo que Pavel hacía. Desde la ventana del Café un móvil grababa toda la escena sin que los protagonistas lo advirtieran. Pavel terminó de abrir el maletín y lo empujó hasta el centro de la mesa. La gente comenzó a prestar mucha atención.


Verso del billete: @SrtaChinaski 

Abertura

Hacía frío. De cuando en cuando soplaban ráfagas de aire. Pensé que si nevaba lo haría en nuestro honor. Ella fumaba con verdadero encanto. Tras caminar sin rumbo por las calles de Madrid, llegamos a un escaparate que nos imantó.

Nos conocíamos desde hacía tres horas, unas pocas cervezas, y una larga conversación centrada en literatura. Yo todavía no salía de mi asombro; valiente como nunca, encarnado en personaje que vence su vergüenza, me había atrevido a hablar con ella sin conocerla de nada.

Ocurrió en la librería “Tres rosas amarillas”. Tal vez fue por la colección de cuentos de Chejov que ella ojeaba, puede que por su peinado rebelde, quizá por mi actitud de enfrentarme a muerte con mi timidez. En cualquier caso, para mi propio asombro la invité a una cerveza bajo una frase medianamente ingeniosa. Que ella dijera «sí», supuso el inicio de una partida que nos cogió a ambos desprevenidos.

Nos habíamos parado frente a una joyería. Nuestras miradas no se perdieron en los collares de oro blanco, ni en los relojes rolex, ni en pendientes o pulseras, sino que ambos contemplábamos embobados el hermosísimo ajedrez de plata y cuarzo que dominaba el centro del escaparate.

Hablar conllevaba su riesgo. De manera tácita habíamos acordado que si rompíamos el silencio, era porque merecía la pena. Durante tres horas huimos de lugares comunes y de informaciones superfluas, y no quería ser yo quien estropeara el hechizo. Encontré el modo de mantenerlo gracias a Borges y su poema sobre el ajedrez. Por suerte mi memoria no me falló y recité alguno de sus versos tras decir: «pobres piezas»:

“No saben que la mano señalada

del jugador gobierna su destino

no saben que un rigor adamantino

sujeta su albedrío y su jornada”.

Ella me dijo desconocer el poema. Yo le conté que lo más interesante no estaba en la imagen de unas piezas vivas manejadas por nosotros sin que ellas lo supieran. Y ni siquiera en que la comparación la llevase Borges hasta nosotros y Dios, sino en el salto genial con el que acababa el poema. Me acerqué a ella hasta rozarla y con la mirada clavada en el ajedrez, recité:

“Dios mueve al jugador, y éste la pieza,

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

de polvo y tiempo y sueño y agonía?”

El silencio nos envolvió por unos segundos. Luego ella se giró hacia mí y me dijo: «jaque». El movimiento quedó rematado por los copos de nieve que nos cayeron. Ella se apretó contra mi cuerpo. Nos miramos… Sin embargo no supe rematar la partida.

Por pudor, por estupidez, por mis eternas dudas, por lo que fuese, no me atreví a besarla y me alejé del jaque mate. No arriesgué mis labios y me puse a rodear con palabras la partida que iniciáramos horas atrás en la librería. El momento se escurrió de entre nosotros, los copos desaparecieron, el frío nos heló.

Nos alejamos del ajedrez. No es que a partir de entonces fuese un desastre, pero la magia se nos había escapado y no volvería al menos esa noche. El silencio en algún momento resultó incómodo y lo rellenamos con los lugares de los que hasta entonces habíamos logrado escapar. Nos despedimos en una boca de metro tras intercambiar nuestros números de móvil, la promesa de volver a vernos, y unos sonoros besos en las mejillas con sabor agridulce.

De camino a casa reflexioné sobre el concepto de «tablas», pero al abrir la puerta de mi apartamento y toparme con la orquídea blanca medio marchitada, la sensación de derrota se apoderó de mí. Tuve que recurrir a Rilke y su:

“¿Quién habla de victorias?

Sobreponerse es todo”

para no viajar más allá de esa noche y no enfangarme en mis recuerdos. Y no me fue del todo mal, hasta el punto de descubrirme frente al espejo con una sonrisa perfilada, bajo la idea borgiana de que tal vez Dios también llora y sufre derrotas, y de que tanto a Él, como a vosotros, como a mí, siempre nos quedará la posibilidad de volver a jugar mientras la mano que nos rija no nos haga rodar por el tablero.

Sociedades

Los exámenes se me amontonan encima de la mesa pero no los toco, no puedo dejar de pensar en Simón. Miro otra vez su número, y antes de decidir si llamarle o no, me digo que se confirman al tiempo las tres hipótesis con las que me torturo cada día más; quiere volverme loca, quiere seducirme, y quiere reírse de mí. El problema es que tengo casi cuarenta años, él dieciséis recién cumplidos, y puede conseguir todo lo anterior. Además, está su historia.

He decidido acabar con las incógnitas que rodean este asunto, y eso me obliga a terminar lo que quiera que escriba en apenas una hora. Ese es el tiempo que me he dado para llamarle, o para…

Si la historia que transcribiré fuese verdad, todo comenzó en el tren que traía a Simón camino del instituto como otro día cualquiera. Si es mentira, supongo que todo es fruto de su imaginación; una genial excusa para justificar sus retrasos y, conseguir el mejor cuento de los que leí nunca a mis alumnos, y a muchos otros. En cualquier caso, la primera parte de su relato coincide en el tiempo con el trabajo que encargué a mis chicos de 1º de Bachillerato: escribir una historia ficticia como si fuese real.

En concreto, Simón me entregó tarde y escrito a mano con su letra feísima lo que sigue.

 

Cuando subí al tren apestaba a gente y no quedaba un asiento libre. Me senté en el suelo y saqué a Benedetti. Pensé en sus últimos años, encamado, y lloré. Lloro por auténticas mierdas así que por qué no iba a hacerlo por una cosa así. En la siguiente parada subieron dos tacones y una minifalda que desde mi perspectiva me hicieron ruborizarme. Creo que ella me miró desde arriba, desde sus veintimuchos, y me prohibió que me perdiera en sus piernas. Yo la hubiera hecho caso… de no ser por aquella llamada.

−Salve, ubi es? –dijo ella al segundo tono de su móvil.

¿Había escuchado bien? Me concentré en lo que la chica pudiera volver a decir por teléfono. Levanté un tanto la vista del libro. El poeta me lo perdonaría.

−Lam venit? –entendí a la perfección.

Joder, lamenté no prestar más atención a las clases de Carmen. En Literatura la adoraba, con Lengua hacía un esfuerzo, pero en Latín… latín es un bodrio. Un bodrio que acababa de escuchar por primera vez en mi vida fuera de las clases. Una lengua muerta, usada por una morena muy viva y despampanante.

¿Qué coño podía significar lo que acababa de ocurrir? Por asuntos menores seguro que otros mundos se habían colapsado.

La conversación fue corta y no entendí nada más, pero no parece que pasaran del saludo y de quedar en algún sitio. Yo disimulaba cuanto podía e intentaba no mirar a la chica, pero cuando el tren paró y ella se bajó, mandé a la mierda mis clases (donde por cierto ni siquiera había hecho el relato para Carmen), y también bajé.

La parada era un polígono industrial. No pegaba ni con un adolescente como yo, ni con una pija como ella. Pero iba a intentar seguir a esos tacones y a esa melena que caía hasta la mitad de la espalda.

Poco a poco la gente se fue desperdigando hacia sus respectivas fábricas y naves industriales. De repente me vi a mí mismo como un sujeto sospechoso de las peores intenciones. Me distancié en la persecución cuanto pude. Tras diez minutos de camino en los que ella no miró ni una sola vez para atrás, pendiente como iba de su móvil, llegó frente a un edificio sin terminar, levantado en mitad de un solar a cuyos lados, se erigían los cimientos de varios bloques abandonados a su suerte.

Ni siquiera se lo pensó. La chica entró en el edificio por una puerta a medio hacer.

Me quedé pasmado en mi posición de prudente acechador. Reflexioné por un momento: había seguido a una desconocida; la desconocida hablaba en latín; la desconocida se había metido en un edificio sin terminar.

¿Qué carajo iba yo a hacer en la situación más extraña de mi vida?

−Tengo dieciséis putos años –me dije−. Y no pienso desperdiciar una aventura como esta.

Miré a mi espalda, a los lados, hacia el cielo. Me di una bofetada en la cara. Fui hacia el edificio. Por fuera era uno más de los muchos que se veían por todas partes. Se había construido su esqueleto, se había acabado la pasta… y fin de la historia.

Y una mierda fin de la historia. En cuanto entré con toda la cautela de la que fui posible, lo flipé.

Sé que «flipar» no es una palabra digna para una historia, pero tal vez consiga añadir verosimilitud. Después de todo, es una palabra muy de mi edad, esa que cuando se me lee no aparento, y muy de la calle, esa que se aleja de los libros. O al menos de algunos libros, porque joder, nada más entrar pensé en los escritores que juegan a romper los límites de la ficción, y me dije que si ya era el friki del instituto, si abría la boca al respecto de lo que veía, iría directo al «loquero», que era como llamaban los idiotas de mi clase al idiota del orientador. Pero al grano, que no soy muy de paja… Bueno, mejor dejemos el tema, y mejor eliminen todo este párrafo.

Lo flipé porque el edificio era una farsa. O mejor dicho, la fachada era una farsa. O aún mejor, por dentro todo estaba perfectamente terminado, o al menos, lo que yo podía ver; el vestíbulo, el ascensor, la garita del conserje donde por suerte no había nadie. Todo era… pero en ese momento escuché unos pasos.

Pensé en escabullirme dentro de la garita, pero resultó que quien venía era el conserje, y si no me descubrió fue porque iba café en mano abstraído en un periódico. Pude salir sin que me viera.

Eran las nueve de la mañana. No llegaría al instituto ni a primera ni a segunda. Decidí no llegar a ninguna. Busqué un lugar cercano donde poder leer, pensar, tal vez escribir, y con seguridad, espiar las entradas y salidas del misterioso edificio.

−Por si nos sirve de algo− me dijo Simón al tiempo que me tiraba sobre la mesa los dos folios y medio donde había escrito lo anterior.

¿A qué venía esa mirada después de una semana sin aparecer por clase, a qué ese «nos», a qué la sonrisa de suficiencia? No le contesté nada, pero tampoco él esperó a que yo lo hiciera. Se marchó a su pupitre, al fondo de la clase. Le odié como nunca había odiado a ningún alumno. De inmediato me sentí sucia.

Al principio de curso había tenido un incidente con Simón que no me podía quitar de la cabeza. Me encontraba explicando gramática cuando advertí un movimiento extraño del más extraño (eran mis primeros días con él pero ya acarreaba toda una leyenda de cursos anteriores) de mis alumnos. Simón acababa de esconder algo debajo del libro de texto. Pensé que debía tratarse de una revista de coches, o de pornografía, y reconozco que deseé humillarle ante el resto de compañeros. Me acerqué hasta su mesa, le hice levantar el libro de texto, y apareció El profesor del deseo, de Philip Roth.

Creo que me ruboricé, creo que Simón se dio cuenta. Yo no había conocido a Roth hasta que pasé la treintena, ni siquiera en la universidad me lo habían enseñado, y el mocoso este se dedicaba a leerlo con pósits incluidos. La humillación no salió como había previsto.

Poco después supe otras hazañas suyas. Por ejemplo que a finales del curso pasado le habían partido la cara y varios dientes al defender a un alumno que sufría bullyng; o que mi mejor alumna (guapa, inteligente, aplicada), le había pedido salir, y este la rechazó porque, según cuentan, dijo que no iba a estar con alguien que tuviera a Paulho Coello entre sus escritores favoritos; o lo que pasó con el director… Pero volvamos a centrarnos.

Esa tarde leí el relato que con tanta suficiencia me había arrojado, y le odié un poco más. Simón tenía una letra difícil de descifrar, pero ya escribía mejor que yo. Ese niñato de dieciséis años parecía saber donde tenía que apuñalarme. Faltó al día siguiente y entonces me descubrí pensando con angustia, que podía volver a pasar una semana sin que le viera.

Apareció sin embargo al día siguiente. Cuando sonó el timbre con el que terminaba la clase, me enfrenté a él y le llamé a mi mesa.

−No sé si te a servir de algo para aprobar mi asignatura, pero para la próxima semana quiero la continuación de tu relato.

Para mi sorpresa no se mofó de mí. Para mi sorpresa dijo:

−No se trata de ningún relato, estoy recabando información, y es posible que falte algunos días más al instituto. Lo siento.

Y faltó durante dos semanas. A su regreso me entregó lo que sigue, de nuevo escrito a mano.

 

Hacer de espía sienta bien, como una pelea, como hacer puenting, como todo lo que te da un subidón de adrenalina… Pero no quiero engañar a nadie, y los hombres y mujeres que entran y salen a diario del edificio misterioso, no tienen pinta de ser precisamente peligrosos.

Todos me caen bien, de la guapa latinista al más viejete, de los trajeados a los hipsters, de los que aparentan lo que deben ser, a los que no sé muy bien qué aparentan. Todos me caen bien, repito, salvo el conserje. Pero esto es porque me impide averiguar desde su puesto de vigilante, más sobre todo este tinglado.

Los dos párrafos anteriores es todo lo que avancé durante trece días de cara a mi conocimiento directo del edificio. En ese tiempo, demostré que se puede ser adolescente y tener algo de paciencia.

Tras mi período de observación; tras seguir a varios de sus miembros desde el tren hasta las cercanías del edificio, sin repetir nunca para no levantar sospechas; tras establecer horarios de entrada y salida de cada uno de ellos… Aposté por el todo o nada e intenté entrar, a la hora en el que el conserje se fumaba su pitillo de las doce del mediodía.

Fue el martes dos de abril cuando me escabullí y entré, tras marchar pegado a la pared opuesta en la que el conserje celebraba su cigarro. Era la mejor hora, hasta la una no aparecían los del tercer turno, hasta las tres, nadie se había marchado nunca.

Dentro del vestíbulo me sacudí el polvo que la fachada había regalado a mis vaqueros y a mi camiseta. Luego volví a fliparlo.

Por fuera el edificio sin terminar, por dentro, no solo estaba perfectamente rematado, sino que con más tiempo que en la primera ocasión pude apreciar que tenía un aspecto futurista. El ascensor era por entero de cristal, las luces led, los colores vivos, la decoración minimalista… Debía reaccionar y poner en funcionamiento mi plan. Me abofeteé y esto era todo lo que tenía pensado: rezar para que nadie usara las escaleras, intentar ver lo máximo sin que me descubrieran moviéndome de una planta a otra, y pirarme.

En ese momento me asusté al pensar en cosas que no se me habían ocurrido. Y si había cámaras, y si existía un equipo de seguridad, y si no estaba tratando con buena gente. De hecho, por qué narices había sido tan cándido cuando… El conserje regresaba a su garita. Dejé de pensar y me esfumé por la escalera. Mi plan siguió en marcha.

En una suma y en una multiplicación, el orden de los factores no altera el producto, pero supongo que en todos los demás mundos posibles sí lo hace. Escribo la anterior mierda matemática porque imagino que el edificio, de cuatro plantas de altura, se ordena por un criterio, digamos, profundo, salvo que los cerebritos que lo ocupan se hayan dedicado a dejar algo al azar, cosa que dudo.

Pero voy a dejarme de reflexiones y voy a contar lo que encontré en cada una de las cuatro plantas del edificio (que por cierto y desde fuera aparenta al menos ocho), una vez que subí y bajé, y tras atreverme a salir en alguna ocasión, de mis posiciones de retaguardia, y casi hasta de trinchera, que me ofrecían las escaleras.

Primera planta. La base de la paranoia pensé al principio. Allí se encontraba mi latinista. El único cartel que encontré fue una plaquita que colgaba sobre el flamante ascensor de cristal, decía: Literatura, Lengua, Filosofía.

Se trataba de una biblioteca con las estanterías colocadas en forma de triángulos equiláteros, dispuestos unos dentro de otros, hasta que solo quedaba en el centro el espacio para una mesa también triangular. Por suerte había pasillos y huecos por donde espiar lo que hacían unas diez personas en torno a esa mesa que por supuesto, me hacía pensar en una logia, secta, o cualquier palabra que conllevara que como me descubrieran, la había cagado.

Decir lo que vi es fácil, ahora bien, entenderlo es otra cosa.

Si no se dedicaban a hablar en latín, lo hacían en griego clásico (supuse), y tampoco descarto el arameo (ni idea sobre este idioma, pero es la única otra lengua muerta de la que he oído hablar, y allí se habló al menos de tres modos distintos); no me extrañaría que estuvieran a vueltas con la piedra filosofal.

Temo que lo que cuento se vuelva contra mí, y me convierta en personaje de tres al cuarto por inverosímil, y no en el Simón de vida real que tenía que estar en el instituto, en lugar de en aquella escena tan improbable. Pero ante las dudas que a mí mismo me entran, recuerdo la gota de sudor que bajaba por mi frente, temeroso de ser descubierto, mientras pegaba mi cara a uno de los huecos de las estanterías, para ver a mi latinista y a sus compinches.

Segunda planta. Destinada a la Economía. Allí tuve que arrastrarme. Se trataba de un espacio mucho más abierto que la primera, y me exigió más riesgos para que me enterara de algo. Conté nueve hombres y seis mujeres con la media de edad más alta (a saber si fui preciso) de todo el edificio. Me resultaron personas estiradas, tirantes, nerviosas, como si fueran a robarles la cartera mientras explicaban sin parar sus teorías económicas, cada uno machacando con la suya. Hablaban un español muy clarito, lo reconozco, pero les entendí casi tan poco como a los de abajo.

Mis dieciséis años se me hicieron horribles. Entendí cuánto me faltaba para saber en profundidad de cualquier cosa. Se me cayó  el ánimo al culo.

Mi curiosidad es grande, pero sin años, sin dedicación, y sin talento, no hay nada. Quizá fue esta intuición la que me hizo a los economistas antipáticos. Después de todo, ellos tan solo, eso sí que lo entendí, querían salvar a su modo la sociedad.

Tercera planta. Encontré el futuro dentro del futuro. Un cartel situado en el mismo lugar donde se situaban los de las otras plantas señalaba: Ciencia, Tecnología, Diseño.

No iba siquiera a poder arrastrarme una vez que abandonara la cómoda frontera de las escaleras. Se trataba de un espacio diáfano y bañado en una luz blanca un tanto antinatural, donde había veinte personas, mitad mujeres y mitad hombres, y donde el mobiliario era realmente escaso aunque sobraban ordenadores portátiles y otros cachivaches tecnológicos, a los cuales sabía poner nombre en algún caso, pero en otros no.

Las mujeres y los hombres se mezclaban en pequeños grupos de trabajo en torno a pequeñas mesas y sillas de diseño. Tuve la fortuna de poder oír a los que quedaban cerca de mi posición, pero no puedo decir que les entendiera demasiado. Hablaron de unificar no se qué; de construir las cosas no sé cómo; y sin duda discutían sobre quién era el más listo de la clase. Yo al menos siempre he sido de los más pillos, y tomé prestado un cubo rubik de doce caras pentagonales que estaba tirado muy cerca de mí.

Cuarta planta. Nada más llegar me di cuenta de que me encontraba agotado. No por los esfuerzos que había hecho para que no me descubrieran, o por las cosas que me habían dejado con la boca abierta, sino por la frustración de no entender una mierda allá donde pusiera mi oreja, por más atención que prestara.

Pensé con optimismo que en Medio Ambiente, a lo que se dedicaban allí según rezaba el cartel de turno, iba a cambiar mi suerte y podría enterarme de algo. Así fue.

No es que hablaran sencillo. Eran veinticinco personas (más mujeres que hombres) que se daban cita en un espacio repleto de grandes macetas con plantas muy verdes, y enormes acuarios llenos de peces tropicales, que contrastaban con la decoración fría y metálica de casi todo el edificio. Y sin duda tenían distintos puntos de vista muy sesudos. Pero aquí el mensaje me quedaba claro: somos una especie dañina, caminamos hacia el desastre, y la cuestión para ellos radicaba en saber el ritmo de nuestros pasos.

Eran las 14:45. Casi tres horas de riesgo y asombro resumidas de un plumazo nada dignos, pero es de lo que soy capaz. Quedaban quince minutos para que un tercio de todos los presentes en el edificio, desfilaran. Cinco para el cigarro del conserje. Debía marcharme.

Sin embargo cuando me disponía a hacerlo escuché el ascensor en funcionamiento. Supongo que por el cansancio me puse a temblar. Representantes de las otras tres plantas aparecieron al abrirse la puerta de cristal que aunque lo pareciera, no era transparente. El lugar en apenas dos minutos pareció sufrir un calentamiento global. Pegué la oreja bien agazapado, sin ver nada, y fuera del alcance de nadie.

−Pasado mañana –dijo una mujer que quise imaginar fuese la latinista− tenemos reunión general a las 17:00. Será en la primera planta. Debemos tomar la decisión definitiva.

No sé si cometí la mayor de las estupideces, pero tras escapar, al día siguiente regresé a mi puesto de espía de escalera. Todavía me frotaba de vez en cuando la cabeza, como si no me creyera lo que estaba viviendo, o como si me llamara estúpido por arriesgarme inútilmente, consciente de que lo gordo tendría lugar en unas horas. Estupidez o no, tampoco me descubrió nadie y yo no descubrí nada nuevo.

Estaba a punto de asistir a la reunión definitiva de una sociedad secreta en una especie de edificio imposible. Y todo ello, en la periferia de un Madrid muy real.

Ahora bien, ¿soy tan buen espía como me creo?

 

Cuando le vi entrar al terminar la clase, lo primero que pensé fue, «bendito bribón». Era jueves, todos los alumnos se marchaban para casa después de los exámenes de la segunda evaluación, y él venía hacia mí tras dos semanas sin aparecer, con una sonrisa y una caja de zapatos dentro de una bolsa de Mercadona. Fue cuando me entregó su segunda parte de la historia que acabo de transcribir. Fue cuando me dijo:

−Carmen, dentro de la caja también encontrarás una tarjeta con mi número de teléfono. Tendrás que wasapearme o llamar si quieres saber cómo acaba esto, aunque tal vez no te atrevas, o a lo mejor yo no lo cuento.

Fue cuando se marchó tal cómo había llegado, con aire de triunfo pero sin la caja. Fue cuando yo la abrí y me guardé la tarjeta en el bolso. Fue cuando saqué los folios escritos a mano. Fue cuando vi el cubo de rubik de doce caras pentagonales. Fue cuando con cara de completa idiota, me perdí en contemplar media docena de fotos, de un polígono que reconocí y situé a las afueras de Madrid, de la fachada de un edificio en apariencia abandonado que tendría unas ocho alturas; y de unos  interiores borrosos y de aspecto extraño. Fue cuando pensé que todo aquello no demostraba nada. Fue ayer.

Ahora es viernes y toca terminar de cuadrar esta locura.

A las 15:00 tomé la decisión de escribir cuanto he escrito hasta hace un par de párrafos. Terminé sobre las 16:00 y entonces llamé al número. En cuanto lo hice me sentí ridícula, humillada, con el orgullo pisoteado.

No ocurrió absolutamente nada porque nadie contestó. Me sentí todavía peor. A las 17:00 seguía sin haber cambios. Media hora más tarde el teléfono me anunciaba un wasap, apenas si recibo alguno y me dio un vuelco al corazón. Era un archivo de audio. Lo transcribo:

Todos estamos de acuerdo en lo esencial [habla una voz dulce de mujer] el mundo es un asco… y nosotros podemos cambiar el mundo. La pregunta por tanto es, ¿estamos dispuestos a implicarnos, o elegimos como hasta ahora nuestra torre de marfil?

 María [voz de hombre, parece segura, él debe de ser mayor que ella], ya podías haber cambiado de imagen, tantos libros y tantas lenguas como atesoras, y recurres a lugar tan común como la…

Déjate de crítica literaria [una tercera voz, de hombre, tal vez mayor que el anterior], y ciñámonos a la pregunta. Creo además hablar en nombre de todos cuando añado que las dos respuestas son legítimas.

[Hay unos segundos de silencio hasta que la misma voz continúa].

Tanto si decidimos dar un paso al frente, un puñetazo en la mesa, mancharnos las manos, como si nos quedamos refugiados de modo confortable en nuestros conocimientos, sin asumir riesgos que no tenemos por qué asumir, porque ni nos lo han pedido ni probablemente sirva para nada bueno como nos enseña la Historia, estaremos en nuestro derecho y cumpliremos con la más alta exigencia ética.

Permíteme Juan [una cuarta voz, de mujer], que te ponga en duda la afirmación anterior, pues no todos compartimos esa postura negativista sobre la influencia perniciosa de la implicación histórica…

Un momento [de nuevo habla la dulce María, pero ahora tiene una inflexión dura en la voz]. Perdonad que interrumpa pero se nos olvidaba un tema ¿Qué es lo que vamos a hacer con nuestro incauto merodeador que ahora mismo se agazapa en algún lugar de las escaleras, quien sabe si grabándonos o haciendo fotos como la última vez. ¿Le azotamos el culo, le invitamos a que nos dé su opinión, le sacamos los ojos y le arrancamos los tímpanos por lo que ha visto y oído?

[Me asusto del tono de la mujer pues a pesar de la ironía que quiero interpretar, se me impone un toque siniestro en sus palabras. El giro brusco, los murmullos, la tensión, una respiración agitada que ahora domina el audio… me descubro temblando, a punto de llorar. La cosa se enreda un poco más].

Todos tenemos claro [una quinta voz, estoy tan nerviosa que no sé decir si de hombre o de mujer] que el chaval no va a salir de aquí. Al menos de momento. Ayer lo acordamos cuando se marchó. Va a entregarse a nosotros, va a confesarnos lo que ha visto, va a confirmarnos a quién se lo ha contado, y va a hacer que todos los que conozcan este edificio, vengan hasta aquí lo antes posible. Sabemos lo de la profesora, veremos si hay más. Y si no se presentan pronto, sí que vamos a tener un problema ético.

Simón, ¿a qué esperas para salir de tu escondite, a qué para reunirte con nosotros?

El audio se corta.

Estoy histérica, no sé qué pensar. Me quiero convencer de que Simón es un… de que es un maldito…

Encontraré el edificio.