Fuera de sí

Dentro de la nevera todo se disponía de acuerdo a su criterio. El bote de sangre estaba ligeramente a la izquierda, las tres bolsas a la derecha en los distintos estantes. Cerró la puerta y comprobó que el blanco del electrodoméstico estuviese impoluto. Lo estaba.

Ya en el salón seleccionó de su discografía  un vinilo de Rachmaninov, el poema sinfónico de “La isla de los muertos”. Lo puso en el reproductor y subió el volumen a treinta y tres. Se sentó en el sofá color marfil, la espalda muy recta. Miró su reloj varias veces. Ella llegaba tarde.

Cinco minutos después sonaba el telefonillo. Mientras ella subía él se examinó en el espejo del salón; las abultadas bolsas bajo sus ojos, la raya de su pelo canoso, la pulcritud de su afeitado, se ajustó la corbata y se alisó el traje azul cielo. Ella llamó a la puerta con insistencia.

Entró como un vendaval. Los tacones igualaban su altura. En lugar de darle dos besos lamió sus mejillas. Sonrió pícara. Empezó a curiosear el salón. Él se quedó asombrado. Con asco secó la saliva. Sin preocuparse de si ella le observaba o no, cerró la puerta con cerrojo y se guardó la llave.

−Eres más viejo de lo que imaginé por tu voz, pero no importa, eh, soy una profesional.

−¿Tienes veintiún años? –cerró y abrió su puño izquierdo pegado a la cadera, varias veces.

−Tengo más de dieciocho, eso es lo importante, ¿no? Oye, no está nada mal tu casa, pondría música más alegre, un par de cuadros coloridos, fotos… está desangelada pero supongo que no vivirás aquí. Tienes pasta, será tu refugio para estar con…nosotras. Eh, ¿dije pasta?

Él se echó mano al monedero y extrajo cuatro billetes amarillos. Los dejó sobre la mesa. La observó atentamente, casi con avidez. Las fotos de su perfil no mentían; rubia, melena larga y ondulada, pecosa por todo el rostro pero sobre todo en frente y pómulos, sonrisa perfecta, piel pálida, delgada pero con curvas… y se había traído el vestido de una pieza, beige, que él le había pedido.

−Anal ya te dije que no hago. No por nada, pero si la tienes grande me dolería mazo. Por lo demás, casi todo se incluye en el precio y si eres de los raritos podemos negociar.

Después de oírla hablar de esa manera estuvo a punto de echarla. No lo hizo. Quiso pedirle que se callara. Tampoco se lo dijo. Se sentó en el sofá mientras ella seguía de pie.

−Desnúdate. Y no me toques.

Se quedó quieta por un momento. Volvió a sonreír. Comenzó a desnudarse.

−Los zapatos no, el tanga sí. Bien. Ahora paséate por el salón.

Empezó a contonearse sin demora. Sus pechos eran firmes, las aureolas grandes y tostadas, los pezones enhiestos. El sexo rubio, rasurado en forma de corazón. Las piernas, largas, atravesadas por estrías cerca de los glúteos.

−No tan rápido. No te muevas con vulgaridad. Mejor.

−Oye, ¿voy a tener que estar mucho tiempo así, quieres el premio al más raruno?

Se paró en frente de él, subió una pierna al sofá, se acarició las ingles.

−Oye cariño, ¿por qué no me comes el coño? Seguro que te excitas más ¿Tienes problemas para que se te ponga dura? Déjame que te haga un buen trabajito en los bajos.

Le tocó la entrepierna. Comprobó al mismo tiempo que estaba empalmado y molesto. Vio su ceño fruncirse y forjarse una mueca de desagrado. Quiso retroceder pero no pudo, él le agarró de la muñeca. Apretó con fuerza.

−No te dije que hicieras eso.

Se miraron a los ojos. Los de él fríos, inexpresivos, los de ella titilaron.

Él soltó la muñeca de ella.

−Pasea y cállate.

De repente a ella la inundó una ola de miedo. Empezó a ir y venir de un lado al otro del salón con torpeza. Se trastabilló dos veces.

−Quítate los tacones, no puede ser tan difícil.

Supo que debía tranquilizarse, obedecer y salir de esa casa en cuanto pudiera. Ya sin los zapatos logró serenar los pasos, alejar el temblor de sus piernas, dominar su respiración. Con el rabillo del ojo vio que él también se relajaba. Había dejado de apretar los puños, las manos estaban sobre las rodillas, su semblante era otro por completo. La música acompañaba. Ella pensó que él estaba fuera de sí, pero no enfadado, sino de viaje en sus recuerdos. Ella quiso pensar que para eso la había llamado… deseó estar allí solo para eso, para nada más. Pero solo él podía saber tal cosa.

La música se agitó y trajo el miedo de vuelta. Ella recordó la puerta echada con llave. Se sintió como una cría estúpida. Tropezó y golpeó la colección de discos. Varios se cayeron al suelo. Él se levantó de golpe, volvió a crispar los puños. Se acercó a ella. Levantó una mano y la suspendió en el aire.

−Vístete y vete.

Ella asintió con la cabeza. Él miró hacia el dinero. Le hizo una señal. Ella balbuceó.

−Eh, soy una profesional. No he cumplido… no lo quiero.

Se terminó de vestir, no se atrevía a mirarle. Estaba aterrada, humillada y enfadada al mismo tiempo. Se plantó delante de la puerta. La música dejó de sonar. Él se acercó a la puerta, con parsimonia. Sacó la llave.

−No vuelvas nunca a hacer esto –dijo él.

Ella asintió en silencio. No preguntó a qué se refería exactamente. Se marchó.

Ya solo, se contempló de nuevo en el espejo. Se llamó estúpido por no haberse atrevido, se reprochó su última frase. Entonces la puerta volvió a sonar. Solo podía ser ella. Era ella. Solo podía querer el dinero. En ese caso…. Abrió.

−No volveré a hacerlo, eh.

Lo dijo desde el umbral. Lo dijo con orgullo y miedo. Lo dijo y huyó. Él no hizo gesto alguno. No intentó tocarla.

Al cerrar la puerta fue hasta su reproductor y puso a Debussy, “Preludio a la siesta de un fauno”. Colocó los vinilos que se habían caído. Regresó a la cocina y se plantó frente a la nevera, tres segundos más tarde la abrió. Se quedó mirando lo que había dentro.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 06.07.16

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