Benditos errores, puñetera memoria, triste humanidad

Ya se ha convertido en un lugar común, en una experiencia cotidiana: buscar qué película o serie ver, entre tanta oferta, en ocasiones es un sangrado de ojos. En mi caso de ayer, que si Filmin, que si otra plataforma que no publicitaré, que si mis páginas de pirateo (me da menos vergüenza mencionar esto que a la empresa anterior que omito). Al final, en un desenlace más o menos rápido y, por completo inesperado, terminé eligiendo El tren, de John Frankenheimer, un clásico de acción, bélico a su manera, de 1964.

Sé que es una estupidez y un error, pero incluso las películas que me maravillan me cuesta verlas más de una vez. Supongo que el argumento de base es, hay tanto bueno (y no tan bueno, y entretenido, e incluso malo), que, si ya lo he visto, mejor ponerme algo que no. Supongo que también por esa lógica empecé un Word en 2013, donde apunto título, director, año y mi nota. Al fin y al cabo, si tuviera que fiarme de mi memoria iría apañado. El caso es que la pregunta era obligada, ¿había visto El tren?

La respuesta fue no.

Me sonaba, pero de haber oído hablar sobre ella en Todopoderosos, quizá de haber visto algún remake. Así que la empecé y lo hice sin consultar mi lista. Bendito error. Si lo hubiera hecho, lo más seguro es que hubiera optado por otra volviendo a la rueda de elegir durante minutos interminables.

Y el caso es que ese supuesto remake de mi cabeza tenía un aire demasiado similar a lo que vi en algunas escenas, y, además, enseguida aparecía Burt Lancaster y cómo quería resonar su carisma en mi memoria. Pero cómo no iba a recordar sin género de dudas ese inicio que me dejó atrapado y rendido, donde el coronel nazi y la directora francesa del museo hablan sobre el arte supuestamente degenerado que, el primero ha salvado de los suyos durante la guerra y, ante la derrota inminente y la llegada de los aliados, pretende llevarse a Alemania. Porque ese nazi sabe lo que suponen esos cuadros de Picasso, Matisse, Cézanne, Degas, Renoir, Monet, Manet, Paul Klee o Marc Chagall, porque sabe lo que representan y también, lo que llegarían a costar en dinero contante y sonante. Menudo inicio, joder.

Así que ya estaba atrapado y que la hubiera visto o no pasó a un segundo o tercer plano. Lo importante era qué, a diferencia de lo que se ha hecho tantas veces, los nazis no eran tontos, ridículos, cobardes o desleales entre ellos, lo importante era que los ferroviarios franceses que boicotean los planes alemanes no lo hacen por un orgullo artístico que no pueden tener entre otras cosas, porque en la vida han visto uno de esos cuadros. Lo importante es que estamos ante una película trepidante, de personajes interesantes y grises, que resuelve un guion complicado de ejecutar a través de grandes interpretaciones y detalles para elogiar donde, al final, queda lo que queda: el reflejo de la humanidad.

Y en ese reflejo está lo heroico, el sacrificio, la amistad, la lealtad, pero también el sinsentido, la amargura, la muerte, la crueldad y una idea que, vista con la mirada de hoy en día grita que, por desgracia, el ser humano se sigue matando y odiando por los mismos errores de siempre. Por las mismas mierdas, se podría decir.

La escena final (atención, destripe definitivo) es tan elocuente de lo anterior. Los rehenes que han sido subidos al tren en el último momento fusilados porque sí, porque así es la guerra, el coronel nazi, derrotado por perder de una puñetera vez su apreciada mercancía, que elige quedarse junto a los cuadros en lugar de huir, y Labiche (Burt Lancaster), escuchando de boca del enemigo el discurso final sobre lo que él (un simple inculto cacho de carne) ha hecho, sobre el por qué ha vencido, y sobre que nunca sabrá apreciar el arte. Su respuesta es la que es y cierra el telón de la mejor de las maneras.

Triste humanidad, pienso, que pudiendo ser lo que podría ser, es y hace lo que tuvimos entonces y lo que tenemos ahora: un desastre tras otro.

           

PD: consulté mi lista y ahí estaba, había visto El tren en 2015 y la había calificado de MB (muy buena). En esta ocasión elevo la nota a OM (obra maestra). Supongo que en estos diez años he perdido esperanza, ganado cinismo y me identifico más con la crudeza que se refleja en la película.


Energía y sentido

Cada día una borrasca que acaba en tormenta, así se puede describir el clima humano. A nivel nacional y a nivel internacional, a nivel político y a nivel social. Que no te entre la arcada después de las declaraciones de tanto indeseable ya no sabes si es un pequeño triunfo o una gran derrota. Lo mismo digo del hecho de no salir a quemar contenedores. ¿Si sirviera para algo? Me pregunto, y, al final, me encuentro siempre huérfano de respuestas.

Por supuesto pienso en el genocidio perpetrado por Netanyahu bajo la justificación del 7-O, como si el conflicto se pudiera reducir a ese fecha, como si las acciones de un grupo terrorista dieran carta de libertad para que un Estado pueda masacrar a población civil e inocente. También pienso en la nueva iniciativa VOX/PP contra el derecho fundamental al aborto. Y es que no quiero que mis palabras puedan catalogarse de ambiguas, o peor, ser usadas por los defensores de los referidos, en base a la lógica distópica que vivimos actualmente.

Es también el escenario descrito el que me lleva a pensar y/o divagar, que el sentido es lo opuesto de la energía. Quiero decir, ya se sabe, que la energía ni se crea ni se destruye, sino que tan solo se transforma. En fin, ¿quién no ha oído hablar de este pilar fundamental de la física? Muy por el contrario, el sentido sí se crea y sobre todo se destruye casi a cada paso. Quizá he aquí uno de los motivos de que la vida sea tan desesperante, y es que por más esfuerzo y sacrificio que le eches, el azar, la enfermedad, una bomba… tira por tierra todo cuanto costó poner en pie.

Hemos crecido viendo atentados, guerras, crisis económicas y pérdidas progresivas de derechos. Hemos crecido y por desgracia seguimos creciendo bajo ese sinsentido. Nuestra sociedad capitalista democrática, que se suponía era la última y mejor y que solo tenía que perfeccionarse un poco, nos ha instalado en un sistema de impotencia donde el consumo y la banalidad parecen ser lo único que nos puede ofrecer como alternativa. Y, cuando queremos escapar de esa jaula, aunque sea por un rato, cuando queremos ofrecer sentido a uno mismo y a los otros, el esfuerzo es titánico y el resultado puede ser borrado del mapa con un soplo de mala suerte, o por el simple chasquido de los dedos del poderoso de turno.

Porque sí, energía y sentido son opuestos en tanto que el primero solo se transforma y el segundo hay que crearlo de la nada, pudiendo ser destruido con pasmosa facilidad. Pero, también lo he dicho, el sentido requiere de una cantidad ingente de energía. Nietzsche decía que su sociedad se había enfangado en el nihilismo, en tanto que las verdades metafísica absolutas y que la religión como faro de todo el mundo, se había acabado para siempre. En ese contexto, apuntaba el genio de Sajonia, que pasó los diez últimos años de su vida en un estado de colapso mental, es donde nos toca darnos nuevos valores, donde tenemos que crear el sentido que se nos quiere arrebatar y se nos ha arrebatado. Qué poco ha cambiado el relato desde entonces. Dios no ha muerto, le reprochan a Nietzsche los listos. Es verdad, me atrevo a pensar, moribundo, hace todavía más daño.

Escribo mientras no se sabe qué ocurrirá con los miembros de la flotilla internacional detenidos por Israel, escribo mientras aquí, en España, Ayuso y la ultraderecha (perdón por el pleonasmo), se mofan de personas que se han jugado la vida (el sionismo asesinó, asesina y asesinará sin pudor no solo a Palestinos, sino también a personal humanitario y a periodistas internacionales) por arrojar un poco de sentido y justicia a la masacre de cada día. Escribo mientras lleno de rabia e impotencia pienso qué escribir, qué pensar, qué hacer para marcar la diferencia y ayudar a poner mi mota de sentido.    


A vueltas con el karma, con Felipe y Aznar

Me gusta decir que el karma no es ninguna balanza, que el mundo está lleno de hijos de puta a los que les va de maravilla. Por supuesto, entiendo el deseo de que exista esa especie de regulador extrahumano, de justicia más o menos poética, de sentido por encima de este cruel sinsentido que nos abate día sí y día también. Y, faltaría más, a veces ocurre, como ocurre casi todo. Pero oye, que de vez en cuando ocurra, no significa que debamos levantarle una religión, que debamos cruzarnos de brazos a la espera de que esa peculiar energía actúe, sino más bien, que podemos constatar una casualidad. A veces feliz, a menudo ni siquiera.

Estoy pensando en la política y en los políticos. ¿Cuántos tipos responsables desde sus poltronas, de asesinatos a inocentes, de guerras siempre injustas, de masacres inmisericordes, no han muerto en la cama y con la conciencia tranquila? Y, ¿cuántos de los que siguen vivos, sientan cátedra casi a diario?

Todavía seré más concreto, porque estoy pensando en Gaza, porque estoy pensando en Felipe González y en Aznar. Ambos tienen un historial como para taparse un poco las vergüenzas, pero no, ambos hacen gala una y otra vez de su opinión, de su sapiencia, de los altavoces que se les tienden por los motivos más diversos.

El (ex)socialista se pregunta ante su auditorio de turno, “Si Hamás de verdad no quiere que maten a niños y mujeres, ¿por qué no sueltan a los rehenes israelíes”, y supongo que se queda tan a gusto. Y uno puede tener la tentación de pensar, oye, pues no le falta razón, aunque claro, en seguida comienzan a llegar preguntas y argumentos y toda una historia de datos que demuestran su posicionamiento vergonzante. No incidiré en el largo conflicto, en la excusa perfecta que ha encontrado Netanyahu con el 7-O, o, en que hay bastantes indicios de que permitió que pasara. No, tan solo voy a jugar a la estúpida y falaz retórica del ex tantas cosas, y es que, ¿si el Estado de Israel quiere salvar a sus ciudadanos secuestrados, por qué no para el genocidio que está cometiendo?

En cuanto a Aznar, eleva la apuesta hasta la absurda náusea, cuánto más grandilocuente, mejor, debe pensar, y suelta que “si Israel pierde lo que está haciendo, Occidente se pondría al borde de una derrota total”. Lo que Israel está haciendo, lo sabe usted muy bien, es un genocidio, y usted lo justifica en esa charla cuando aconseja al gobierno de España que haga un “análisis estratégico de lo que le conviene al país”. Cualquiera diría que está justificándose así mismo, que en su momento hizo ese análisis estratégico y decidió que a España le interesaba meterse en una guerra e invocar (inventarse cabe aquí muy bien) unas armas de destrucción masiva que deberían perseguirle de por vida. Sin embargo, NO.

Y vuelvo aquí al principio, pensar que Felipe González tenga el más mínimo cargo de conciencia por, digamos, el GAL, o Aznar por sus decisiones en Irak y las consecuencias que acarrearon, es una quimera. La conciencia, frente a lo que se suele pensar, es capaz de triturar cualquier obstáculo ético. Al menos en algunas personas, y, está demostrado que en muchísimos políticos. Si el karma existiera, estos dos tipos no solo tendrían el rechazo de buena parte de la sociedad, que lo tienen, sino de la sociedad entera. Que no se les haya juzgado ni haya visos de que vaya a ocurrir, es un problema en realidad que va más allá, es un problema de justicia a secas. Y que se paseen en foros y platós de televisión es en definitiva una constatación más de lo mucho inmundo que hay.

En fin, que no creo en el karma, que quiero creer en la justicia, pero que los hechos resultan muy contrarios a mis deseos.


Irracional, falto de ética y estúpido

Empecemos por el final, a veces, es la mejor de las maneras: el mundo siempre ha sido irracional, por desgracia, solo unas cuantas generaciones saben de su absoluta falta de ética. Con la estupidez iremos luego.

Tomo el caos y no a dios como punto de partida. Quiero decir, si todavía hoy consideras que un Señoro de pelo blanco hizo el mundo en siete días, o estás de acuerdo con cualquiera de sus otras versiones míticas, pues tú y yo tenemos poco que discutir/debatir al respecto, sencillamente, no seremos capaces de entendernos en ese punto y tendremos que encontrar otros puentes. Puede que consideres algo más elaborado, estilo Spinoza (dios y la naturaleza son la misma realidad), o que compatibilices una versión científica con la existencia de un dios menos antropomórfico de lo que gustaría, y bueno, ahí podemos encontrarnos para hablar, por qué no.    

El caso es que, si partimos del Big Bang, de las leyes de la Física y de la Biología, pues tenemos un mundo donde el ser humano no es la medida de todas las cosas, ni mucho menos el centro de nada. Y tener esto claro, es importante a la hora de comprender el titánico esfuerzo que hemos realizado siempre por arrojar un poco de racionalidad humana a un sistema universal donde importamos tirando a nada. De hecho, ese esfuerzo, donde podemos encuadrar al Señoro que mencionaba antes, y a otros dioses y diosas, y a otras grandes ideas que fracasaron con mejor o peor estrépito, pues tiene todo mi respeto, digamos, histórico. Y, si no lo tuviera, pongamos el ejemplo del nazismo, pues al menos tiene mi interés.

Total, por resumir, soy un postmodernista más y me parece una muy buena metáfora esa de que hasta el S.XX íbamos en barcos de metarrelatos (se llamase el barco religión, comunismo o fascismo) que ofrecían y pautaban el sentido de la vida de arriba abajo a poblaciones enteras (dentro de las cuales, por supuesto, cabían excepciones) sin apenas posibilidad de discutir el asunto. Por supuesto, el siglo XXI ha demostrado que no estamos tan lejos, que los nacionalismos, los creacionistas, o los conspiranoicos abundan, y que, en realidad, en el neofeudalismo capitalista que nos azota, caben todos los ismos a la vez. Sin embargo, al menos, todavía ninguno se erige con mano de hierro, y quizá esa sea nuestra ventaja. Estamos arrojados en mitad del océano, con astillas y tablones a nuestro alrededor, donde poder elegir. Al respecto, nunca pierdo la oportunidad de señalar mi tabla de salvación, y no haré excepción aquí: la literatura es la mentira en la que más creo. Luego, por suerte, también tengo otras.

Ahora bien, que el mundo sea irracional en el sentido descrito anteriormente (que al universo le importemos una mierda, y que nuestras mierdas para combatir esa zozobra estén a su vez microfragmentadas), no quiere decir que hoy no tengamos las herramientas para hacer lo humano mucho más ético y mejor de lo que es. Y ahí radica la gran diferencia con el pasado: no tenemos excusa. Nosotros tenemos ciencia y tecnología para acabar con el hambre y la pobreza, nosotros tenemos cantidad de ejemplos de revoluciones donde fijarnos, nosotros tenemos los Derechos Humanos, nosotros tenemos los Derechos Civiles, nosotros tenemos instituciones y organismos nacionales e internacionales para dar y tomar y nosotros tenemos toneladas de enseñanzas históricas. Y, sin embargo, lo que hay, es este panorama. Es para echarse a llorar.

Supongo que uno escucha y mira a la cara de Trump, de Putin, de Netanyahu, de Milei, de Kim Jong-un, de Maduro, de Abascal, de Ayuso y resulta muy difícil no pensar la siguiente dicotomía yuxtapuesta: la estupidez y/o la maldad ha triunfado. Lo que compartirán hasta los muchos que no estén de acuerdo conmigo, es la sensación de impotencia y la sensación de que no se puede hacer nada. Es esa sensación la que trata de gobernar hasta la última de nuestras células. Por suerte, me aferro a pensar que por mucho que la sensación está y esté ahí, que, por mucho que sea fuerte y nos abofetea, todavía queda aliento para combatir.

Ese aliento de pelea y de resistencia contra las injusticias es el que veo también a diario en tantas buenas personas que no se rinden por aportar su granito de racionalidad empática y de ética, y, el que quiero pensar, me impulsa a escribir y a leer para tratar de entender el despropósito que nos rodea. Ojalá ese aliento crezca a contracorriente, contra los elementos que parecen conformar nuestro mundo, contra, me atrevo a decir rayando la pedantería, contra el zeitgeist que nos riega un día sí y otro también. Ojalá.


Banksy, Stefano Antonelli y Gianluca Marziani

Uno de los mejores libros que han caído en mis manos este año. Y, puesto que estamos a 30 de diciembre, será el último que termine.

Si te interesa la figura de Banksy, si te gusta el arte, la filosofía, las relaciones entre marketing, publicidad y poder, esta obra te será más que provechosa.

Sus autores, los italianos Stefano Antonelli y Gianluca Marziani, recorren veinte años de andadura del mítico artista, desde sus inicios hasta el año 2022, cuando el libro vio la luz. Podrás asistir a la evolución, pero también, a la coherencia y a la fidelidad de unos principios que, la fama y el éxito no han trastocado.

Algunas obras ya las conocerás, otras muchas, es probable que pasen a ser tus favoritas. Banksy es un grafitero, sí, y a mucha honra nos dirá, pero su extensa obra (grafitis, stencils, serigrafías, óleos, exposiciones conceptuales…), sus palabras, sus ideas y sus hechos, lo elevan a la figura de leyenda.

Una de esas leyendas en peligro de extinción, que no solo quieren cambiar el mundo y la lógica neoliberal, sino que muestran horizontes posibles de cómo hacerlo. O, al menos, de cómo intentarlo.


Aforismo marchito, 82

A menudo cuesta escribir porque sabes que, al pasar de tu cabeza a las líneas, descubrirás el fraude, la diferencia entre el molde y los hechos. Comprobarás que, nada llega a ser tal y como lo habías ideado. Y eso mismo ocurre con la vida, por lo que la tragedia está servida en bandejas llenas. Sin embargo, escribir, a pesar de eso, vivir, a pesar de todo, es asumir y alcanzar la parte de victoria que nos corresponde.


Conroy Maddox, Onanistic Typewriter, 1940. Photo credit: The Murray FamilyCollection

Katherine Mansfield, En la bahía

Choco contra las paredes, choco contra las ventanas, revoloteo contra el techo, hago de todo menos salir volando afuera. Y me paso todo el tiempo pensando, como esa polilla, o esa mariposa, o lo que sea, «¡la vida es corta!, ¡la vida es corta!».

[Extraído del relato, «En la bahía», y felizmente encontrado por mí en la magnífica colección de relatos de Mariana Enriquez, «Un lugar soleado para gente sombría»]


Katherine Mansfield

Para saber más sobre esta escritora neozelandesa (1988-1923), de la que Ricardo Piglia afirma que, funda la versión moderna del relato breve, junto a autores como Chéjov, Sherwood Anderson y Joyce, recomiendo encarecidamente este artículo de Jot down, escrito por Cristian Vázquez. No os arrepentiréis.

Franz Kafka, Deseo de ser piel roja

Si pudiera ser un piel roja, inmediatamente dispuesto y, sobre el caballo y al galope, escorado en el viento, sintiera una y otra vez el breve trepidar sobre el trepidante suelo, hasta perder las espuelas, porque no habría espuelas, hasta arrojar de sí las riendas, porque no habría riendas, apenas la tierra por delante, un brezal liso y rasurado, ya sin el cuello del caballo y sin la cabeza del caballo.


Franz Kafka con un collie y Hansi Julie Szokoll

Esta bruma insensata, Enrique Vila-Matas

Desde que me descubrieron a Vila-Matas (estaré eternamente agradecido a la mujer que me dijo, deberías leer…) allá por el inicio de la década anterior, regresar a su obra es como estar en casa. Es verdad que abrir sus artefactos literarios ya no supone la sorpresa de las primeras veces, y que por tanto hay una ausencia de furor inicial, pero siempre termino por acomodarme y por disfrutar de cada rincón que propone.

Dicho lo anterior, y aunque hace poco que estoy en Goodreads, saber que iba a subir a la plataforma la puntuación de Esta bruma insensata me hizo tener mala conciencia cuando las primeras páginas pasaban y la novela no me terminaba de enganchar. De hecho, temí que a al paso que iba tendría que poner un dos y me sentía de lo más culpable. Quizá la guerra iniciada por Rusia no ayudara a centrarme, quizá tampoco el estrés laboral, o el precio de la luz, pero los problemas siempre están ahí fuera, y mi refugio en la literatura suele estar hecho a prueba de bombas, así que no encontraba más excusa que decirme, Vila-Matas ya no me enamora.

Por suerte, las páginas fueron danzando y terminé por caer, una vez más, bajo su hechizo. Cuando un libro, y en realidad cualquier objeto artístico, va de menos a más en tu percepción personal, se puede decir que está salvado para el recuerdo. Y eso es lo que me ocurre con esta bruma literaria que entreteje Matas con sus hábiles juegos y reflexiones sobre la vida que tiene tanto de literatura y sobre la literatura que tiene tanto de vida.

Aquí en concreto, Vila-Matas toma uno de sus sellos identitarios, las citas, y extrae y exprime y recorre hasta las últimas consecuencias de sus posibilidades. Me pregunto, por cierto, sabiendo lo bien que se lo pasa con sus malabares de transfiguración y traslación, cuántas de las citas que cita, son fidedignas en cuanto a sus palabras y autoría, y cuántos juegos intertextuales no se me habrán escapado, si un infinito o varios.    

Por lo demás, la historia de los hermanos crece, se desarrolla y muere como debe ser dentro del universo del autor, y que centre los tres días en los que se desarrolla la acción, en la pseudo virtual hipotética declaración de Independencia de la República Catalana de 2017, le permite bordear especialmente los límites entre realidad, ficción y absurdo.

En definitiva, quizá no sea, para mí, allá cada cual, la mejor obra de Enrique Vila-Matas, pero sigue siendo una lectura imprescindible, teniendo claro, como se encarga de subrayar uno de los dos hermanos protagonistas de esta bruma insensata, que «¡anda ya!».  


Reseña de Orlando, o la muerte del héroe

Estamos en pleno julio, pero llueve y hace frío. Mientras bajo de un autobús azul y a la espera de uno verde, frivolizo con la idea de que el cambio climático no está tan mal después de todo.

Espero junto a la marquesina donde parará el autobús que debe llevarme al trabajo. Abro el paraguas para combatir la lluvia y abro el Orlando, de Virginia Woolf, para combatirme a mí. Mientras leemos escapamos de nosotros mismos, me digo, para refutarme al instante, tras pensar en la tarde de curro que tengo que afrontar.

Me centro en la lectura y tras varios párrafos sentencio que Orlando es maravilloso. Al margen de su calidad literaria, que por supuesto, pienso en las fluctuaciones que llevan al lector de un mar a otro a través del Orlando hombre y de la Orlando mujer, y en cómo Virginia construye y lega a la posteridad un increíble alegato feminista, o lo que es lo mismo, humanista.

Me ataca entonces la duda de si estoy en disposición de legar algo de interés y sonrío por respuesta. Suficiente tengo con sobrevivir al estrés del trabajo, con el suplicio de madrugar a diario para terminar de corregir mi último manuscrito, con sacar tiempo de promocionar la novela que acabo de autopublicar de manera agridulce, o con inventarme que mi vida social… Cuando levanto la cabeza ya es tarde.

¡Mierda! ¡Me cago en todo! Mi autobús se larga sin mí. Blasfemo una, dos veces. Me calmo un poco y pienso que la blasfemia es un gran tema. Descuido el ángulo del paraguas y Orlando acaba con las páginas ciento treinta y ocho y ciento treinta y nueve empapadas y desteñidas. Blasfemo una tercera vez y es cuando ocurre. El cambio climático no era tan bueno y Dios sabe siempre cómo vengarse de nosotros, blasfemos o no. El rayo me ha impactado de lleno.

Caigo al suelo entre convulsiones. Todos los pelos se me han erizado, no es un mito. El paraguas se hizo trizas, la novela resiste. Orlando ha caído con la contracubierta hacia arriba. Desde ahí, Virginia me mira con pena. ¿Qué más le puedo pedir a esta aventura? ¿Sobrevivir? No lo parece; ¿Que remita el dolor? Estaría bien; ¿Que la gente deje de gritar en torno a mí? Eso estaría mucho mejor.

Mis párpados pesan una tonelada, el resto de mi cuerpo, he dejado de sentirlo. Pienso en eso de que en el arte hay sentido, pero en la vida no. Pienso en que dejo demasiadas historias sin escribir y demasiados libros sin leer, y que así es imposible alcanzar la posteridad. Pienso que hasta muriéndome me justifico. Pienso que tendría que haber borrado el historial de Google antes de salir de casa. Pienso en los «gracias» y en los «te quiero» que dejo sin pronunciar. Pienso en lo mucho que me jode morirme pensando en cursilerías.

Desde el suelo y a pesar del entumecimiento de mi conciencia, de la lluvia cegándome y de la gente que se arremolina en torno al incipiente cadáver que les voy a regalar, distingo en la marquesina a una niña abrazada a su madre. Comprendo que mi cuerpo, gracias al paraguas, absorbió toda la descarga del rayo evitando que alcanzara a la niña. La he salvado y me digo que si eso no es encontrar un sentido, que baje Dios o que suba el Diablo, y me lo discutan.

Sin embargo, no hace falta que baje uno o suba el otro, ya marcho a discutirlo con ellos, o con la Nada si fuera preciso. Al fin y al cabo, tenemos muchas cuentas pendientes y no tengo otra cosa mejor que hacer, yo ya estoy muerto.     


«Paisaje con la caída de Ícaro» del pintor holandés Brueghel el Viejo