Cuentos para no dormir

No estaba loco, solo quería lo imposible, desaparecer sin hacer daño. Se llamaba Juan, ya no tenía apellido, logró olvidarlo, o eso me dijo. Antes había intentado la concordia y la armonía de todos. Quiso cumplir con su familia, con la sociedad, con su empresa, con su país, con la moralidad, con la Historia, consigo mismo. Tanto peso le hizo reventar. Un día le encontraron en la Biblioteca de su ciudad de provincias, se había tirado encima centenares de libros, estaba casi enterrado en ellos, pero pretendiese lo que pretendiese, no parece que lo consiguiera. Poco más tarde su mujer le sacó de la bañera, la había llenado de gasolina e intentaba que una de las muchas cerillas que había gastado por fin prendiera. Fracasó, nadie se explicó el motivo. Tuvo una tercera tentativa en la fábrica para la que trabajaba, pasó su turno de noche dentro de un arcón congelador. Ocho horas junto a pechugas pollos, junto a piernas de cordero, junto a filetes de ternera. Sin embargo, Juan salió fresco a la mañana siguiente. Le echó su mujer de casa, le echó su empresa del trabajo, le preguntaron los psicólogos por qué había hecho lo que había hecho y no supo qué decir. Le preguntaron si volvería a la carga y tampoco tuvo nada que decir. Al final, un psiquiatra le preguntó si al menos se había vuelto claustrofóbico tras pasar una noche en un congelador. Juan, para su propia sorpresa, le contestó que no había nada más claustrofóbico que vivir sin mentiras, que los cuentos para no dormir eran la realidad que no soportábamos, que por eso inventábamos ficciones para consolarnos, que la verdad es terrible, pero que él iba a abrazarla. También le dijo que no se preocupara, que no volvería a intentar quitarse de en medio con métodos, me dijo que le dijo, rudimentarios, porque había visto llorar a su madre, a su exmujer, a sus hijos, y no permitiría que nadie más derramara lágrimas por su causa. No estoy loco, me decía insistentemente ya aquí recluido, solo quiero alcanzar mi paz. La persiguió con audacia, con valentía, con graves consecuencias para su salud, con dinero, con violencia. Probó la meditación, el prozac, la heroína, prácticas sexuales de lo más extrañas. Todo en esta habitación, en mi hotel. Cuando le quedaba poco dinero dejó de comer, cuestión de prioridades, me dijo. Cuando ya no le quedaba nada, en lugar de echarle le propuse que me contara su historia a cambio de quedarse. Aceptó y así sé lo que sé. Hace unas horas estábamos ahí sentados, en su cama, sí, desnudos, así vivía desde hace meses entre estas cuatro paredes, y yo debía desnudarme si quería entrar. Sin embargo nunca intentó nada impúdico, que conste. El caso es que al poco de sentarme a su lado me dijo que sería su último día, que no sabía cómo ni por qué, pero que se sentía feliz, pleno, que se iría libre, que reventarían todos sus muros, que las paredes del cuarto se abrirían por fin, que se llenaría de calma. Entonces empezó a llorar, al principio era poco más que un quejido, luego llegaron las lágrimas, pronto fueron una cascada y hay poca metáfora en lo que digo. La escena resultaba patética, pero su llanto iba a más y a más. Yo no sabía qué hacer, no me podía mover, estaba hipnotizada. Así llegamos al momento en el que literalmente comenzó a deshacerse en lágrimas, se le desprendió la piel, la carne, los huesos, como si se estuviese bañando en ácido. Pero yo no podía gritar porque Juan sonreía, no había dolor en su cuerpo. Al final no quedó de él más que un charco de agua. Le juro, agente, que no fue hasta más tarde cuando el charco se tiñó de rojo y decidí llamarles. Antes era azul, el azul más puro e inocente que quepa imaginar, ¿me cree, de verdad que me cree? Tiene que creerme, hágalo por Juan, aunque él no cumpliera con su propósito, aunque no lograra lo imposible.


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Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas

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