El beso a primera vista, supongo

La única fantasía sexual que me falta por cumplir es enamorarme. Supongo que por eso no llevo ropa interior bajo el vestido rojo. Supongo que por eso voy a su encuentro en la Plaza. Supongo que no va a funcionar, pero eso nunca me detuvo.

El taxista me mira excitado sin demasiado disimulo a través del espejo retrovisor. A mis treinta y nueve años todavía soy capaz de provocar un accidente. «La belleza será tu maldición como lo fue la mía». Esa es la sentencia que mi madre me repitió hasta su muerte.

Mi madre tenía la mitad de años que mi padre cuando se conocieron, por eso tal vez estoy aquí y ahora; yo tengo más del doble de años que mi amante. Lo cierto es que le confesé mi edad y no se asustó. Lo que no sabe es que soy rica, supongo que ese detalle sí habría sido un problema de verdad.

Mientras me retoco el maquillaje el taxista se vuelve descarado, pero le ignoro y pienso en mi cita, en su ternura espontánea cuando hemos cambiado whatsapps, en su pretenciosa fe adolescente, en su ingenuidad excitante.

Me gustó su atrevida pero cándida propuesta; en mitad de la Plaza cuando y donde más gente hubiera, sin habernos visto antes más que en un par de fotos borrosas, sin ropa interior… Entonces llegaría el abrazo y el beso tórrido. Lo del beso a primera vista me terminó de convencer, supongo.

Hace mucho tiempo que no tengo nada tórrido y no será por falta de escenas. Pobre taxista, si supiera con cuantos he follado y lo lejos que está de tener suerte por más que me mire así. Frente a la maldición que me preconizó mi madre por ser bella, preferí hacer caso a la advertencia de mi padre: «La moral es un cuento y hay cuentos buenos y cuentos pésimos». Los príncipes, por ejemplo, me acosté con varios y nunca tienen sangre azul. Los lobos, por ejemplo, bajo su aparente ferocidad suele haber ternura. Los finales felices, por ejemplo, eso sí que son un cuento.

Bajo del taxi cerca de la Plaza. Mientras taconeo al encuentro supongo que ya habrá llegado junto a la estatua. Me prometió encaramarse al oso y acabar detenida si al final no me presentaba. Sabe hacerme reír y bien sé que para morbo la inteligencia y el sentido del humor.

La veo al pie de la estatua, me ve, nos reconocemos sin dificultad a pesar de la marabunta de gente. Nos sonreímos y nos damos prisa en acabar con la distancia. Ya le dije que podía ser cruel y cuando llega el momento le niego el beso en los labios y le doy uno en la mejilla, muy casto. Tiene unos ojos bonitos y un cuerpo que estoy deseando recorrer. «El beso ha sido todavía mejor de lo esperado», me dice ella muy segura. Siento que es un buen principio para cumplir mi fantasía sexual.


 

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