Podría ser peor

“Voy a escribir la historia más feliz que puedo imaginar”

Acababa de cumplir los dieciocho años y como era costumbre en los últimos meses todo me salía mal. Si llegaba tarde jamás me lo perdonaría por lo que la lluvia poco me importaba, y cuando el viento rompió las varillas de mi paraguas, no perdí el tiempo en esperar a que la tormenta se calmase. Seguí camino de la parada con el aguacero lavando mi cara resacosa ganada a pulso el día anterior.

Deshacerme del paraguas en una papelera, ver demasiado lejos el autobús al que debía subir, y pisar una mierda, fueron detalles ocurridos al unísono que tengo marcados a fuego en mi memoria. Eché a correr. No llegué a tiempo. Me senté en la marquesina que no era capaz de cubrirme de la tormenta. El olor a mierda de la zapatilla llegó hasta mí. Me golpeó como el puñetazo más duro que pudiera recibir. Comencé a llorar. Desconsoladamente.

Por supuesto lloraba por mi abuelo. Ya no volvería a ver su mirada, ni su voluntad inquebrantable evaporada al fin. Pero no solo era por él.

Yo siempre había sido afortunado en casi todo, y sin embargo desde hacía un tiempo estaba atravesando una mala racha difícil de creer. Mientras entrecerraba los ojos, donde pugnaban mis lágrimas por salir, contra la lluvia por entrar, mi cabeza elaboró una lista.

Tenía que elegir entre repetir COU, yo, un estudiante que nunca había suspendido un examen en la vida, o meterme en alguna carrera que no era mi vocación desde los siete años, puesto que esa vocación, quedaba lejos de mi alcance por culpa de una selectividad lamentable que me había hecho bajar la media de mis notas como si la hubiese tirado por las escaleras.

Y sí, supongo que ese descalabro se debía a la enfermedad de mi abuelo. Pero también, o quién sabe si sobre todo (porque esto que viene ahora no lo podía esperar, porque me sentí traicionado, apuñalado, jodido en las entrañas) al primer desgarro por amor que viví. Aún la recuerdo tan dulce, tan bonita, tan enamorada de mí desde que nos conociéramos tres años atrás. Ya sabéis, casi el primer beso, el primer polvo, las primeras promesas eternas… hasta que esa intensidad se acaba del peor de los modos posibles. No solo es una ruptura, no solo me engañó, no solo lo hizo con uno de mis mejores amigos, sino que también eligieron el peor de los momentos, cuando me jugaba mi futuro, y cuando mi abuelo se me moría.

El resto de la racha os la podéis imaginar, porque va en cadena; crisis de la amistad, pérdida de mi fe en Dios, mi autoestima por la alcantarilla, descontrol absoluto con el alcohol, algún episodio de lo que ahora se llama asépticamente intento autolítico… Pero volvamos al día de mi décimo octavo cumpleaños, a la tormenta, a la marquesina donde espero el siguiente autobús que por fin aparece, al que subo avergonzado, por las lágrimas derramadas hasta hace un momento, por el olor a mierda que deseo solo me llegue a mí, porque no voy a poder siquiera despedirme de mi abuelo.

El trayecto se me hace insoportable. Varios pasajeros evitan sentarse a mi lado, o eso me parece a mí. Como mínimo apesto a humedad, como máximo (creo que empiezo a delirar) mi estampa refleja que voy al encuentro de la muerte. Restriego la zapatilla que pisó la mierda contra el suelo del autobús. Estoy a punto de volver a llorar. Será mi primera escena en público. Sin embargo estornudo. Es un estornudo brutal que desparrama mis mocos por mi jersey y mis pantalones, que me salva del llanto pero me cubre de vergüenza, más aún, estoy enterrado en ella. Una señora se acerca y me tiende un pañuelo. Lo agradezco, es lo mejor que me ha pasado en varios meses. Se lo digo a la señora y como es lógico no sabe qué contestar a algo así. Me limpio lo mejor que puedo, siento que todos en el autobús me miran. Acabo de cumplir la mayoría de edad y ya tengo sobre mí todo ese peso, la orilla de la inocencia ya está a años luz.

El autobús por fin llega al hospital. Más que bajar, salgo huyendo. Ya no llueve.

Llego al edificio, llego al ascensor, llego a la planta de cuidados paliativos. Mis padres están afuera de la habitación, agotados. Cuando me ven aparecer quisieran reprocharme un millón de cosas, empezando por el aspecto, siguiendo por la hora, acabando por dónde estuve anoche, qué es lo que hice… pero nada de eso importa ahora y agradezco que guarden silencio. Solo me dicen que los médicos aseguran que aún le quedan un par de horas. He llegado a tiempo. Hay en mí cierto alivio contradictorio, cruel, infame. De nuevo siento que el olor a mierda me envuelve. Me quito las zapatillas. Entro.

Mi abuelo está entubado, tiene conectadas una bolsa de suero y otra de morfina, viste una bata verde pistacho feísima, la cama se reclina ligeramente. Tiene la cabeza girada hacia la ventana exterior. Duerme. Lleva en ese estado varios meses, pugnando con una enfermedad que todos sabemos que acabará con él, y que lo hace a base de dolor. Los médicos no se explican a qué viene tanta resistencia por su parte, por qué no se deja ir de una vez. Ha luchado más que la mayoría. No tiene cuentas pendientes. Ha sido feliz. Ha sido querido. Ha librado infinidad de batallas que en su corazón nunca perdió.

Me he equivocado, no duerme. Parece que me ha sentido llegar y ladea la cabeza hacia mí. Me mira. Sus ojos se irán siendo el mar. Lloro, pero esta vez no me importa. Él me dice hola, me mira fijamente. Nos damos la mano. No deja de mirarme, está leyéndome de arriba abajo. Mi abuelo sabe hacer eso, mi abuelo puede hacer cualquier cosa.

−¿A qué vienen esas lágrimas? Podría ser peor.

Ante esa frase se me escapa una especie de risa histérica, y la sinceridad brota.

−No sé cómo –le digo.

Sé que le cuesta horrores hablar, lo mucho que le duele ese esfuerzo siquiera entrecortado, pero lo hace y yo no se lo impido.

−Por ejemplo, podrías no haber llegado a tiempo para despedirte. Pero aún podría haber sido mucho peor. Podría no haberte tenido como nieto, y si hubiese sido así, quién me recordaría como lo harás tú, y quién me haría seguir viviendo, feliz, en ti.

Y ya no dice nada más porque se me muere. De esa manera. Mi mano en su mano, mirándonos. Caigo de rodillas.

Han pasado veinticinco años desde aquel día y nunca más he vuelto a caer de rodillas. Ni siquiera la semana pasada, cuando los médicos me han comunicado que la enfermedad que acabó con mi abuelo, y que afortunadamente se saltó a mi padre, habita en mí, y ha comenzado a llamar a mi puerta con una furia inusitadamente temprana. Mi abuelo llevaba razón, siempre puede ser peor, y seguiré hasta el final su ejemplo: sonreír, apretar los dientes si no es posible, e irme con dignidad.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 25.10.15]

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