HALLELUJAH

Llegué a mi despacho como cada lunes una hora antes de que se abriera la sucursal bancaria, y treinta minutos antes del resto del personal, salvo por Carmen, la limpiadora, que ya danzaba por ahí tarareando feliz sus canciones. No la soporto. Cerré mi puerta y encendí mi equipo de música.

¿Qué fuerza me impulsa cada inicio de semana a escuchar El Mesías de Handel? Supongo que los posos del domingo, sus excesos reflexivos, la necesidad de reencontrarme con Dios, ese dios que pudiendo haber hecho cualquier cosa, nos hizo a nosotros. Ese mismo que creyó necesario crucificar a su Hijo. Ese dios, que sin duda es el ser más solitario del universo. Luego, a poca distancia, me hallo yo.

Mientras ordenaba el escritorio y me preparaba para un inicio de mes donde debemos mejorar las ventas de nuestro paquete estrella, «los mejores putos bonos del mercado», según el lameculos que vino a imponérmelos hace un mes, y cuya letra pequeña los convierte, bajo contratiempos más que plausibles, en rayanos a la usura, presté atención al Recitativo de Malaquías en el inglés de la época de Handel que tanto me ha costado captar, y que aquí ahorraré eligiendo la traducción “… y sacudiré los cielos, y la tierra, y el mar, y la tierra seca, y haré temblar a todas las Naciones…”. Dios siempre tan dulce, aún no sé cómo fue posible que se me rompiera el puente que me unía a él en candoroso amor. Por suerte para la especie, siempre habrá genios tocados por la divinidad que asegurarán la fe, y con ello la reproducción.

Me recliné en la silla con las manos entrelazadas a la parte posterior de mi cabeza, estiré las piernas, y sentí el único reino del que gozaré jamás: el aquí y el ahora. María no tardará en llegar. En los últimos días me gusta recibirla de esta facha despreocupada. María, sensual a su manera, paliducha, descarada y tímida al tiempo, alta, rubia, rolliza, agradable en la cama, aburrida fuera de ella, teatral, perdida en el juego de vivir, y supongo que al paso que va, derrotada sin mucha demora.

Como era previsible, María atravesó la puerta del banco con la intención de atravesar la puerta de mi despacho con la intención una vez más, de acercarse a mi corazón. Ella ya debería saber a estas alturas que yo carezco de él. La pobre ya no sabe qué intentar. Llegó aquí hace cinco meses y medio como becaria, y aunque se ha esforzado mucho conmigo, en veinte días se marchará sin conseguir el puesto fijo que nunca estuvo a su alcance.

−Ya estás con esa música, Lázaro –me dice, mitad pregunta retórica, mitad reproche−, no te pega nada.

Sonrío. No opino nada y hago un esfuerzo por no mirar su generoso escote. Sin duda lo lleva para mí. Debe odiarme y me pregunto si lo hará más, menos, o igual, que en el resto de los momentos de nuestra relación. Espera a que yo diga algo.

−Un café, manchado, con hielo –y vuelvo a mis papeles. María se cansa de esperar a que añada algo más y se marcha a por el café.

¿Cerró la puerta de un portazo?  La escena tiene tan poco que ver con nuestros inicios. Ya en los primeros días yo me mostré lascivo ante sus conductas recatadas; aposté a que esa veinteañera ejercía una pose y acerté de pleno. A las dos semanas ella ya se mostraba coqueta mientras que yo reculé a posiciones menos directas, y me conformé con jugar a insinuaciones pícaras. No había transcurrido un mes cuando nos citamos fuera, y esa misma noche nos acostamos. Entonces ella empezó con su espectáculo.

Su novio no era un buen novio, su condición de becaria no era una buena condición, su vida era una mierda. A mí, una mierda era lo que me importaba todo lo anterior. Ella pasó de ser algo fresco y sin pretensiones a un muermo lacrimógeno, donde lo peor eran sus malas interpretaciones, porque tenía claro su objetivo, y pensaba que de ese modo lo conseguiría. Aún nos seguimos acostando un mes más, pues María no carecía de gracia en la cama, y hasta tuve dos momentos en los que rayé la empatía, o algo parecido.

En el primero María me acariciaba el pelo mientras no dejaba de mirarme con dulzura.

−Lo siento pero yo no puedo hacer nada para que consigas esa plaza fija –le dije en un acceso de sinceridad−. Soy el director de la sucursal, sí, pero esa decisión no es mía.

−Pero tú mismo me dijiste que tu puesto lo habías logrado gracias a tu padre, que no hay directores tan jóvenes, que todo es…

−Tú no eres mi hermana –le corté−, si lo fueses, ya estarías colocada.

Su cara de asco, no sé si por imaginarse el incesto (dudo de esta hipótesis por su falta de imaginación), o porque pensó que le mentía, fue un mal poema que tuvo su epílogo; que si me empeñaba mínimamente le conseguiría el puesto, que si… Allí comenzaron mis silencios.

La segunda vez que traté de ser bueno con María, llegó después de que me hiciera una estupenda felación. Tras varios encuentros aburriéndome con la cantinela de lo infiel que era su novio, le dije con todo el cariño del que soy capaz, y con una sonrisa que pretendía ser tierna, que a lo mejor ella debería replantearse su relación, pues ninguno parecía tener muy claras las cosas. Su respuesta fue una indignación calculada que le quedó ridícula y le salió peor. Soy capaz de prescindir del sexo cuando las escenas previas y posteriores me aburren sobremanera, y su actuación de reproches insípidos lo logró. Desde entonces no hemos vuelto a follar a pesar de sus reiteradas insinuaciones, que he respondido con un desdén de burla y recato.

La escena cuatro de El Mesías con su, La anunciación a los pastores, estaba sonando cuando María entró con mi café. Me pregunté si habría escupido en él mientras sonreí como un idiota. Sus ojos ardían y hasta un ciego vería el odio que siente hacia mí. Sin embargo aún espera que cambie de opinión, que le consiga el puesto y que volvamos a la cama. Si no es así, no puedo entender que hace unos días me soltara que piensa casarse con su novio, quedarse embarazada y formar una familia. No puedo entender tales anuncios sino desde la estrategia de la última carta. Una última carta que conmigo lo es seguro y no le servirá de nada, y que con ella misma, también lo parece. Pero allá cada uno con sus miserias y sus soledades, yo ya tengo bastante con las mías.

Esta vez María se marchó del despacho sin dejar lugar a la duda: cerró con un portazo. Un portazo en toda regla que atrajo la mirada del resto, incluyendo al primer cliente del día. Por fin se mostró osada y sincera, lástima que mi excitación por ella muriera sin posibilidad de resurrección. El coro canta “Glory to God in the highest”.   

La mañana transcurre densa, pesa cada segundo. Pongo en orden algunas cuentas y temas de facturación, pero sobre todo me recreo en la sensación subjetiva de la laxitud del tiempo.

De repente una voz se eleva por encima del soprano y me saca de mis cavilaciones. En una de las mesas, un cliente, de pie, reclama algo con total brusquedad. Está de espaldas a mí, es bajo, calvo, raya la tercera edad si no sobrepasó ya el límite, y rechaza la invitación de calma que se le ofrece. Parece dispuesto a montar un escándalo. Me desperezo, me visto con mi mejor semblante y voy hacia la escena.

Según me acerco descubro su perfil y este me permite reconocer a Roberto Sagre, uno de esos clientes de toda la vida cuya historia conocemos todo el mundo porque en este país la desgracia tiene la lengua muy larga.

Su nariz enorme, aguileña en un ángulo casi imposible, se adueña por completo del resto de su rostro cuando me sitúo frente a él. Parece cansado, su ira retrocede ante el timbre de mi voz que le trata con familiaridad y respeto. Apenas me mira, no creo que me reconozca porque solo hemos hablado una vez antes de este momento, por mucho que él sepa de mí que allí decido yo, por mucho que yo sepa de él, al dedillo el estado de sus cuentas, nada difícil por otra parte porque los números rojos son fáciles de contar. Roberto acepta la invitación de pasar a mi despacho.

Los empleados del banco no dan crédito a que yo haya asumido tal responsabilidad, los clientes muestran en sus rostros estar defraudados, un posible espectáculo se acaba de esfumar, aunque algunos aún guardan esperanzas.

Si no me equivoco cuando entramos al despacho nos recibe el coro en la escena cinco de la parte dos.

−Vaya blasfemia –dice Roberto al entrar− música sacra en un banco.

No le contesto que estoy de acuerdo, que quizá por eso me deleita tanto escucharla. Le invito a sentarse y a que me cuente su problema, mientras trato de no bostezar y de no obsesionarme con la curva de su nariz.

−No pretendo dar pena –me dice recobrando sus nervios de hace unos minutos, su tono de voz es alto, sin llegar al grito, de momento−, y odio tener que hablar de mis miserias. Pero lloriquear es lo único que nos dejáis hacer una vez que nos lo habéis quitado todo.

No le interrumpo, no le pido que evite generalizaciones o matice, tampoco me muestro condescendiente, le dejo hablar, incluso le presto atención. Por una vez me gano el sueldo. Tal vez porque Roberto Sagre me cae simpático, no porque sea un cascarrabias o un luchador, sino porque es lo contario a mí y no esconde nada.

No cuenta sino lo que ya más o menos sé de él y de tantos otros. Que si toda una vida trabajando para acabar con una pensión de mierda; que si a los reveses siempre les contestó de cara y que así la tiene de partida; que si por él fuese en lugar de arrastrarse de banco en banco para conseguir un crédito, lo que haría sería prenderles fuego; pero que si la promesa a su mujer para que descanse en paz; pero que si la enfermedad de uno de sus hijos; pero que si la adicción de otro; pero que si su nieta…

Logro no bostezar y para mi sorpresa una idea inesperada comienza a rondarme. Roberto sigue con sus recuerdos, en cualquier momento puede explotar y lanzárseme al cuello. Lleva dos meses de banco en banco pidiendo un crédito que le negamos. Su primera opción fuimos nosotros, su banco de toda la vida. Aquí piensa acabar de un modo u otro. Su agresividad me estimula.

Tras escucharle, con el estado de sus cuentas frente a la pantalla del ordenador, las imprimo para enseñárselas. El hallelujah suena por todo el despacho. Pongo la hoja recién impresa sobre la mesa, delante de sus narices. Contrasto el resultado con la cantidad que solicita, le echo una rápida cuenta por encima. Llevo a Roberto al límite con un simple ejercicio de aritmética, él promete lleno de crispación vivir ciento diez años si es preciso, buscar un trabajo que sumar a su pensión, robar un banco… pero sus hijos, su nieta, su promesa.

Yo le miro impertérrito. Él va a explotar. Tengo la decisión más que tomada desde hace minutos. Me lo voy a permitir porque me lo puedo permitir.

−Está bien –le digo.

Roberto no comprende. No espera mi tono y me mira de hito en hito. Comienzo a preparar unos papeles.

−¿Qué es lo que está bien? –pregunta al fin.

−Su crédito y sus condiciones –digo, y añado−, aunque rebajaré los intereses. Voy a darle una posibilidad para poder cumplir su palabra.

Su odio hacia mí nunca fue tan grande pues piensa que me burlo de él. Nunca estuvo tan cerca de agredirme con esas manos grandes y callosas. En parte lo deseo, sería la guinda y además no cambiaría de opinión. Me apetece tocar los cojones ahí arriba, ver hasta qué punto mi puesto está garantizado, y sobre todo quiero oír bramar a mi padre, que me diga una vez más lo inútil que soy, vapulear de nuevo el sagrado apellido familiar.

Estampo mi firma. Mi cliente no deja de mirarme, su desconfianza no termina de disiparse. Quiere entender lo que no puede entender. También firma.

Yo le sonrío. Él no me da las gracias y yo agradezco que no lo haga. Incluso aún no he perdido la esperanza de recibir un puñetazo.

El coro canta su amén.

Lázaro.

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