Primavera, ven

Si no has querido atracar un banco al menos una vez en tu vida… Si no has deseado pegarle un tiro a otro entre ceja y ceja… Si no has querido mandarlo todo a tomar por culo… ¡Muérete!

Esas son las dos últimas líneas que escribió Pedro Gutiérrez en su cuaderno de Notas, luego escuchó por enésima vez el mensaje quejumbroso que Guillermina le enviara la noche anterior. Pensó entonces que no se puede tener todo pero que tampoco te lo deberían arrebatar todo. Había llegado la hora, se puso el traje, se guardó la pistola y salió de casa.

El espejo del portal seguía roto. Lo había roto él hacía un mes. Fue lo primero que escribió en sus Notas antes de hacerlo realidad. Después decidió, preso de una energía brutal, que  llevaría a cabo todo lo que escribiera en sus Notas.

No se encontró con ningún vecino al salir de la urbanización y se lo agradeció al dios que odiaba. Tal vez hubiera tenido que sacar el arma antes de tiempo si hubiese escuchado otro, cuánto lo siento, o el clásico, te veo mejor. Lo último sería una flagrante mentira a la luz de su delgadez extrema, de sus ojeras, de su galopante calvicie. En cuanto al sentirlo, por qué iba a ser cierto. Hasta que ocurrió lo que ocurrió, Pedro sabía que era un tipo antipático y prepotente con la mayoría de las personas y en especial con sus vecinos. Después de que ocurriera lo que ocurrió, era un volcán que eruptaba rabia.

Seis por cada cien mil. Si además añadimos la pérdida del niño las estadísticas bajan hasta cerca del cero. España está entre los mejores datos de mortandad por parto de madre e hijo de todo el mundo, imposible mejorarlos. Sin embargo la naturaleza guarda sorpresas desagradables que regala sin mirar. De tenerlo todo a quedarse sin nada con la única explicación de que a veces pasa. Ni siquiera podía agarrarse a una enfermedad, a un accidente, a una negligencia. Tampoco a la culpa. Pedro Gutiérrez no era de sentir culpa.

La gente no es lo suficientemente desagradable cuando se la necesita, pensó camino del banco. Era agosto, cerca del mediodía, la calle apestaba a multitud y a calor. Sudaba copiosamente dentro del traje. Había descrito en sus Notas el atraco. Había escrito, primavera, ven, estoy harto del frío que siento y del calor que hace. Llegó a la puerta de la sucursal bancaria.

Cinco meses desde la baja por depresión grave, seis desde la muerte de su mujer y de su hijo no nato, ocho desde que obligara a Guillermina a abortar, una eternidad desde que trató de follarse a Lucía. Su vida desordenada por el huracán de cuatro frases. Mientras esperaba que la puerta de seguridad le diese acceso, le dio otra vuelta a esos datos.

Una eternidad desde que intentara con Lucía la misma estrategia que en su día logró con su mujer, pero en esta ocasión para convertirla en su amante. Lucía sin embargo había sido más lista. Más lista no solo que la difunta esposa, sino también más lista que él. Había aprovechado los intentos de abuso de poder de su jefe para ascender en tiempo récord de cajera a subdirectora. En el fondo Pedro aplaudía los chantajes a los que se había visto sometido. Un cabrón admira a otro cabrón, solía decir.

Guillermina en cambio no era tan avispada. Se dejó seducir con facilidad, se creyó las promesas, se tomó el embarazo con ilusión, se lo retomó como una pésima idea tras contárselo a Pedro, abortó. También aceptó, con tristeza pero con resignación, que debían dejar de verse. Meses más tarde y cuando había empezado a olvidar, le comunicaron  que la iban a despedir. Estaba tan confusa que terminó por llamarle. Entonces Pedro Gutiérrez tuvo la idea y la escribió en sus Notas. La puerta le dejó pasar, había llegado el momento.

La primera en verle fue la guardia de seguridad, es decir, Guillermina. Pensó que Pedro Gutiérrez estaba allí para consolarla después de la llamada del día anterior. Eso explicaba la sonrisa de ella y que no prestara ninguna atención al detector de metales que comenzó a pitar. La cajera, que no llevaba ni dos meses y que no había visto nunca al que todavía era su director, dejó de contar el dinero que se traía entre manos y mostró menos entusiasmo que Guillermina, no tanto por el pitido cuanto por la cara de loco que pasó de largo camino de las oficinas. No había ningún cliente. Pedro avanzó con paso firme, a Guillermina se le congeló el gesto al comprender que algo extraño pasaba.

Lucía se sorprendió nada más verle y, antes de cortar la llamada telefónica que atendía, se puso a gritar. Pedro Gutiérrez, el director de la sucursal hasta que desde arriba firmasen su despido para ascender precisamente a Lucía, le apuntaba a la cabeza con la pistola. El director, que no sabía nada de su próximo despido, le ordenó a su subordinada que cerrara la boca y a cambio le dejó temblar a gusto. Ahora sí me haces caso, le dijo con desdén. Pedro hizo que se levantara, se colocó detrás, agarró su cintura, pegó su cara a la suya y le encañonó la coronilla. Salieron de la oficina.

Quiero todo el dinero, dijo Pedro, acercándose a la cajera sin soltar a Lucía. Guillermina había sacado su pistola pero apenas si acertaba a apuntar. Era la que más nerviosa se encontraba seguida de la cajera, que balbuceaba que si solo podía darle una cantidad de dinero ridícula, que si el sistema antirrobo, que si… Pedro Gutiérrez le dijo que se callase de una puta vez. Lo que no hizo fue decir que sabía de sobra que apenas podría llevarse una miseria, o que la policía ya estaba de camino. Eso no le interesaba.

Quédate aquí quietecita, le dijo a Lucía, tras plantarle un beso en la mejilla. Se separó cuatro pasos. Entonces y sin dejar de apuntar a la subdirectora, le dijo a Guillermina que si al acabar su cuenta de diez no tenía en sus manos un millón de euros, le iba a volar los sesos a Lucía, luego a la cajera y finalmente a ella. Pedro Gutiérrez sabía perfectamente que pedía un imposible, la cuestión era si Guillermina entendía que no tenía más opción que dispararle.

Comenzó la cuenta atrás. Lucía no se atrevía a pedir a Guillermina que disparase al director, sabía del lío entre ellos. Eso sin contar que el día anterior le había comunicado con desdén que iban a despedirla y le había dicho que uno de los motivos era esa relación inapropiada. Empezó a temblar al pensar que Guillermina tal vez tuviese muchas ganas de pegarla un tiro. La cuenta llegó a tres. Pedro sonrió con una mueca atroz, le recorrió la energía que esperaba, supo que iba a ser capaz de llegar hasta el final. Dijo uno. En sus Notas escribió de nuevo mentalmente primavera.

Guillermina apuntó y apretó el gatillo.


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La Biblia roja

I

−No estamos en las Vegas pero quién lo diría –dijo la excomisaria al entrar al salón de La Cazuela.

−Ya solo falta el inglés, querida –apuntó Lurdes, la dueña del restaurante, mientras daba dos besos a la recién llegada−. Y es raro, John siempre es puntual.

−Vaya aire de profesionales tienen estos dos, mi rubia, va a ser una noche de lo más interesante.

−Y como estás retirada –dijo Bastian, uno de los aludidos, que a pesar de llevar media vida en Mallorca no lograba pulir de su castellano el acento bávaro−, no tenemos que preocuparnos por si la noche es legal o no.

La excomisaria le contestó con una sonrisa, se quitó el abrigo y se recogió su pelo color ceniza en una coleta. Ignoró la calada de humo del cigarro que le echaba el alemán sobre la cara y miró al otro hombre, que apoyado sobre la mesa no dejaba de observarla.

−No nos conocemos… en persona. Me llamo Alba y supongo que tú eres Esteban, el andaluz, el ahijado de Lurdes, el que ha cobrado la herencia millonaria del padre que te abandonó cuando eras un mocoso y quiso tu perdón antes de morirse. ¿Le has tenido que cambiar muchos pañales a ese cabrón en sus últimos años de vida?

−¿La partida ya comenzó? –Preguntó Esteban a Alba.

−En el póker nunca se deja de jugar, con o sin cartas, lo sabes, ¿no?

−Alguna cosa sé, excomisaria, como que ese ex te llegó después de un control de alcoholemia donde terminaste mordiendo a un guardia civil que no se creyó que fueras en perfecto estado. El asunto te costó el puesto y te agrió la lengua, ¿o esa dulzura ya la tenías de antes?

−¡Gut, gut, gut! –Bastian acompañó sus repeticiones con tres palmadas− No sé el dinero pero los ojos os los vais a sacar bien pronto.

−De eso nada, querido –terció Lurdes−, mi chico y mi chica favorita se van a caer bien, cuestión de tiempo, ¿verdad que sí?

La pregunta quedó sin respuesta porque se oyeron varios golpes en la verja de la entrada del restaurante. Lurdes la había bajado tras la llegada de cada jugador. La dueña de La Cazuela fue a ver y regresó con John.

II

 Faltaban unos minutos para la medianoche de un miércoles de finales de enero. En la calle no quedaba nadie. Mallorca a esas horas y en esas fechas más que una isla parece un desierto. Lurdes pidió a los cuatro jugadores que preparasen su dinero para cambiarlo por las fichas y guardarlo en la caja fuerte del fondo de la sala, detrás de un cuadro de bodegón que descolgó.

John fue el primero en mostrar su fajo de billetes. Se movía de un lado a otro con nerviosismo. Consultaba su móvil y soltaba en un español confuso, cargado de expresiones en inglés, constantes quejas sobre la incompetencia de su director general, al que según decía iba a despedir por la mala gestión que había hecho de los hoteles que John poseía en las islas. Los demás le ignoraban. Entregó la cantidad convenida.

Bastian abrió el maletín negro que había traído. Dentro se encontraba el dinero que dio a Lurdes después de contarlo en voz alta. Mientras los billetes cambiaban de mano el alemán dijo que esa noche se jugaba sus tres inmobiliarias, pero que el riesgo merecía la pena porque estaba harto de alimentar vacas flacas. Añadió que en caso de tener que sacrificarlas se las apañaría para no sufrir las consecuencias. Todos parecieron entenderle.

Alba sacó de su bolso un sobre cerrado que entregó a Lurdes. En el reverso del mismo estaba escrita la cantidad que habían pactado. La excomisaria guardó silencio a pesar de las caras de asombro de los tres hombres. Lurdes dijo que se fiaba, que no lo iba a contar, ella sería la crupier y quien decidía al respecto. Tampoco nadie preguntó cómo era posible que la excomisaria hubiese reunido esa cantidad teniendo en cuenta sus últimos años de bancarrota.

Por último Esteban abrió la maleta de mano con la que había llegado directo del aeropuerto Son Sant Joan y extrajo una Biblia, grande, verde, con una concha de vieira estampada en la portada donde podía leerse Biblia del Peregrino. Ante las miradas del resto esbozó una sonrisa y abrió el libro sagrado que resultó ser una caja donde había varios sobres. Cogió uno y quedaron otros cuatro. Abrió el sobre que había sacado y contó el dinero. Mientras lo hacía el resto se preguntaba cuánto podía haber quedado en la caja. Todos concluyeron por su cuenta que sin ninguna duda más de lo que habían reunido en común para la partida.

Los jugadores se sentaron tras cumplir el trámite económico. Lurdes colgó el cuadro que tapaba la caja fuerte. La mesa de póker se encontraba en mitad del salón. Medía tres metros y medio de largo por dos de ancho. Estaba ovalada en los extremos y tenía un pequeño hueco en uno de sus centros para que la crupier pudiese manejarse cómoda. El tapete era azul, las cartas quedaban extendidas en media luna, boca arriba. Las fichas tenían valores que iban de cinco como mínimo a quinientos como máximo.

Esteban quedó en el extremo derecho de la mesa y Alba en el izquierdo, mientras que de frente a Lurdes se situaron John y Bastian. La dueña de La Cazuela miró su reloj, luego con solemnidad a los reunidos, dijo que eran las doce de la noche y que la partida podía dar comienzo. Recogió la baraja extendida con la soltura de quien sabe lo que hace y explicó a los participantes que seguirían las reglas del póker Texas Hold´en. No había comenzado a repartir las primeras dos cartas tapadas cuando escucharon un ruido. Alguien golpeaba la verja de la calle.

−¿Echaste el candado? –Preguntó inquieto Bastian.

−Claro, me ayudó John –el aludido confirmó con la cabeza las palabras de Lurdes.

De nuevo volvieron a golpear la verja. Los cinco no dejaban de mirarse sin saber bien qué hacer. Por fin Alba puso la pregunta sobre la mesa.

−¿Nos quedamos como pasmarotes hasta que se cansen o vamos a ver quién es?

Escucharon una voz de mujer que parecía muy joven.

−¡Hola! ¿Hay alguien? ¡Veo una luz encendida!

−¡Fuck! –Exclamó John −No apagaste las luces de la barra cuando vinimos al salón.

−Es verdad, querido, lo siento mucho.

−Bueno –intervino Esteban− no hay que pedir perdón por algo así, vamos o qué, parece una adolescente en apuros.

−Las adolescentes son las más peligrosas de todas –dijo Bastian; nadie le rió el comentario, se encendió otro cigarro.

−¡Por favor! ¡Hemos tenido un accidente de moto, mi amiga sangra mucho! –La voz les llegó desesperada, casi en llanto.

Alba se levantó decidida.

−La llave del candado Lurdes, voy a abrir, ¿quién me acompaña?

Alba no preguntaba y su amiga cumplió la orden. Bastian se levantó para seguirla, Esteban, tras mirar su Biblia por unos segundos, también les acompañó.

Lurdes y John se quedaron clavados en sus sillas. Se miraron nerviosos mientras los demás salían del salón. Sentados en torno a la mesa de póker escucharon cómo se apagaban los pasos de sus compañeros como si de latidos se tratasen, cómo chirriaba la verja al subir, cómo Esteban gritaba «¡Entrad rápido, entrad, hay que llamar a una ambulancia!», y cómo la verja volvía a bajarse.

De inmediato llegó un golpe seco y luego otro y al menos un grito de dolor. Y órdenes provenientes de unas voces muy agudas y pisadas en el suelo cada vez más cercanas que resucitaban el corazón apagado. Y cuando quisieron reaccionar y se levantaron vieron a Bastian precipitarse de un empujón hacia ellos. Detrás marchaba una chica adolescente, morena, de apenas un metro sesenta que llevaba en una mano un casco de moto manchado de sangre y en la otra una bolsa de viaje negra. El alemán miró hacia el inglés de una manera extraña mientras se tapaba con su mano derecha la mejilla izquierda, que había sido golpeada por el casco.

El siguiente que entró por la puerta fue Esteban, tenía un labio partido y el miedo en la cara. Miró a Lurdes y esta no supo qué hacer. De inmediato entraron juntas Alba y otra chica, adolescente también, pelirroja, mucho más alta que su compinche morena del casco. Clavaba en las costillas de la excomisaria una pistola.

III

Durante los primeros segundos los posos del desconcierto se fueron sedimentando en la sala. Las miradas excitadas de las adolescentes no rompieron el silencio hasta que la pelirroja ordenó a Alba:

−Siéntate vieja. Y los demás. Sentaros todos, vais a estar más guapos.

Su tono era suave, incluso relajado. No empuñaba el arma como una amenaza. Ninguno de los hombres le hizo caso.

−¡Cora ha dicho que os sentéis! ¿Estáis sordos o qué?

La chica morena golpeó con el casco sobre la mesa; hizo saltar las fichas y desparramó la baraja de cartas. Ahora sí obedecieron la orden. Los cinco quedaron sentados como iba a corresponderles durante la partida. Salvo Bastian y Alba, el resto decidió agachar la cabeza para no provocar a esas chicas, al menos una de ellas se mostraba muy irascible y peligrosa. Esteban puso sus manos sobre la Biblia.

−Bien, así mejor –la pelirroja seguía sin elevar el tono−. Queremos el dinero, todo vuestro dinero y en cuanto sea nuestro nos iremos sin haceros daño.

La chica miraba especialmente a los hombres, ellas parecían más dispuestas a colaborar.

−Y bien, ¿dónde lo tenéis?

Bastian dejó de mirar a las dos adolescentes, frunció el ceño, puso sus ojos en John y sacó su cartera. El inglés, sin tener claro el sentido de la mirada del alemán hizo lo mismo que este y colocó su billetera encima de la mesa. En apenas unos segundos el resto les imitó sin necesidad de decir nada.

La morena echó todas las carteras en la bolsa de viaje. Ni siquiera las abrió para comprobar cuánto dinero tenían.

−Muy bien, y ahora el turno del dinero de las fichas, ¿dónde está? –La pelirroja preguntó con calma.

−Pero, pero –Bastian improvisó su mejor cara de inocencia− ¿qué dinero? No apostamos cantidades grandes. Nosotros solo…

−¡Mira, gordo alemán de los cojones –la chica morena no tenía tanta paciencia como su amiga−, no nos tomes por idiotas, si vuelves a jugar a eso te reviento la cara!

Bastian se puso rojo de ira pero no hizo ni dijo nada más. John, nervioso, se cargó de valor.

−Pero es verdad lo que dice, no tenemos…

Cora hizo un gesto y la chica morena golpeó con el casco y con violencia la cabeza del alemán. Algo crujió en Bastia. Su cara apuntaba a que tenía más odio que dolor. Cuando retiró sus dedos de la zona del impacto comprobó que estaba sangrando.

−Está bien, está bien –Alba intervino ante lo que parecía que iba a ser una nueva orden de la pelirroja. −En la pared, detrás de ese horrible cuadro. Lurdes, dale la llave de la caja fuerte, estas señoritas hace mucho tiempo que no juegan con barbies, y quieren ejercer aquí el rol dominante.

Lurdes hizo caso. Las manos le temblaban. Las de Esteban seguían aferradas a la Biblia, algunas gotas de sangre de su labio roto cayeron sobre la tapa. John se mostró todavía más inquieto. Bastian no conseguía contener su brecha, parecía indiferente al dolor de la herida y mientras la chica morena vaciaba la caja fuerte el alemán preguntó a John con malicia.

−¿Así que tus hoteles van mal?

−¿What? –Contestó John sorprendido y tras unos segundos que le sirvieron para comprender la insinuación –¡Motherfucker, no van peor que tus negocios! ¿De qué me acusas?

−Estás muy nervioso toda la noche –Bastian mostró agresividad en su mirada.

−Quietecitos y calladitos –dijo Cora, su tono seguía suave pero recordó al mover su brazo que tenía una pistola.

No le hicieron caso y Bastian se levantó amenazante hacia John.

−¿Por qué has buscado unas putas crías? ¡Seguro que la pistola es falsa!

John también se levantó. Estaba a dos metros de Cora. Les ordenó que se sentaran. Ya no había sosiego en su voz. La chica morena miraba la escena sin saber qué hacer, el casco no parecía suficiente. La pelirroja les llamó hijos de puta, entonces John se dio la vuelta y se enfrentó a ella. Lurdes y Esteban no se atrevían a mover un músculo. Alba era la única que parecía guardar un poco de calma.

−¡Jodida bitch! –Gritó John y dio un paso hacia ella.

Cora apuntó y apretó el gatillo. La pistola tuvo un retroceso que la chica supo controlar. La bala acertó en el pecho del inglés. John puso cara de asombro. Sus manos, instintivas, fueron al encuentro de su herida. Llegó a darse la vuelta y cayó sobre la mesa de póker. Con sus últimas fuerzas subió las piernas también. Intentó tomar varias fichas en sus manos pero se le escurrieron. Sus movimientos carecían de sentido alguno. Para entonces Lurdes ya gritaba. Bastian estaba paralizado. Alba y Esteban se habían levantado y apartado de la mesa. John tenía su cabeza al lado de la Biblia, parecía negarse a morir y realizaba movimientos espasmódicos. Cora se le acercó, le encañonó en la cabeza y volvió a disparar. La sangre salpicó la cara de la muchacha. La Biblia también se cubrió del rojo viscoso que momentos antes daba la vida al inglés.

IV

El cadáver de John tendido boca abajo sobre la mesa de póker, con un agujero en la cabeza ladeada y con los ojos todavía abiertos, era la prueba palpable de que  las adolescentes iban en serio y, de que el inglés no tenía nada que ver con ellas.

Mientras la dueña del restaurante no dejaba de chillar, Bastian se vino abajo como un enclenque castillo de arena barrido por una gran ola. La culpa le inunó por dentro, la culpa le hizo temblar, la culpa le dejó sin fuerzas para replicar lo más mínimo.

−¡Bien, sentaros y tranquilicémonos todos! –Ordenó la voz de Cora, que para tener diecisiete años, un cadáver a su espalda y el rostro manchado de sangre, sonaba con tranquilidad.

Cuando Lurdes por fin dejó de gritar, las amenazas y los bofetones de la chica morena no sirvieron, y fue el refugio del abrazo de Esteban lo que consiguió callarla, Alba recogió la intuición errada del alemán: comenzó a atar cabos.

No se contradijo la orden de la pelirroja y todos se sentaron tal y como hubieran disputado su partida de cartas, con la salvedad evidente del inglés. Cora pidió a la morena que le entregase la bolsa con el dinero de la caja fuerte. Mientras echaba cuentas le dijo a su amiga que registrara maletas, maletines, bolsos y bolsillos si era preciso.

Esteban no se atrevió a tocar su Biblia a pesar de que el reguero de sangre sobre el tapete azul, provocado por las heridas de bala de John, comenzó a inundar sus tapas inferiores. Lo que sí hizo Esteban fue agarrar con fuerza la mano de la desconsolada Lurdes. Se prometió que pasara lo que pasase iba a protegerla. Ella había sido para él una segunda madre desde que la conoció, le había dado trabajo en el restaurante cuando más lo necesitaba, estuvo a su lado en los peores momentos y le apoyó cuando él decidió ir a Sevilla a cuidar de su padre enfermo, quien le pedía misericordia después de abandonarle nada más nacer.

Lurdes se mostraba abatida e incapaz de buscar consuelo en los ojos de nadie, y menos aún, en los de Esteban. Ella no había querido ni mucho menos que el atraco derivase en algo de ese estilo. Por eso precisamente había evitado contactar con la mafia rusa o con sicarios colombianos, esas niñas que habían llegado a su casa de manera extraña, como si fuesen una señal del cielo, le habían parecido algo alocadas, pero decididas y llenas de entusiasmo por conseguir un dinero fácil y limpio.

Con su parte del dinero Lurdes podría salvar su restaurante a punto de la quiebra por la crisis, por su mala gestión, porque habían cambiado los gustos de los turistas o por lo que fuese. Esteban, tras morir su padre había cobrado la herencia millonaria y decidido regresar a Mallorca. Él mismo pidió participar en la última timba de póker que se iba a celebrar en La Cazuela, donde desde hacía años y una vez cada seis meses se apostaban cantidades elevadas. Él le dijo que iría con mucho dinero en metálico, que prefería dejarlo en la caja fuerte del restaurante antes que en un banco. En el plan de Lurdes nadie iba a resultar herido y todo parecería un atraco con un golpe de suerte añadido para las insólitas ladronas. Ese era el plan de Lurdes, la realidad tenía los suyos propios.

La chica morena no encontró más dinero después de rebuscar donde podía hacerlo, especialmente en la maleta de mano de Esteban. Cora no necesitó de muchos cálculos. Con tono esta vez de amenaza dijo:

−Bien, os hemos dicho antes que habíamos venido a por todo el dinero.

Esteban abrió desmesuradamente los ojos y dejó escapar la mano blanda de Lurdes. La pelirroja iba a añadir algo cuando le interrumpió el sonido de sirenas de la policía. Una verja a medio abrir, dos disparos en el silencio de la noche, luces… Habían hecho demasiadas cosas mal. Un megáfono atronó desde fuera las palabras típicas para estos casos.

Mientras las adolescentes gritaron a la policía que no les importaba morir, que tenían rehenes, que les volarían la cabeza… decidieron salir, pero no solas.

−¡Tú nos has metido en esto, zorra –la morena parecía a punto de llorar− y tú nos vas a sacar!

Lurdes fue a levantarse de la silla de crupier cuando se le adelantó Esteban.

−Yo iré con vosotras y colaboraré en lo que me digáis… tengo una promesa que cumplir.

Las adolescentes se miraron por un momento, miraron a la dueña del restaurante que lloraba sin atreverse a levantar la cabeza, a la mujer del pelo de plata que se mantenía tranquila, al alemán, que por la mancha de su pantalón se había meado encima y balbuceaba algo ininteligible, al tipo que habían matado, a las fichas de póker desparramadas, e incluso miraron la Biblia manchada de sangre que por alguna razón  estaba sobre la mesa.

−Vale, vamos a salir de aquí contigo –Cora lo dijo sin ninguna fe−. Toma el arma Chiqui, apúntale a la cabeza en todo momento. Yo negociaré.

Cuando las adolescentes y Esteban salieron por la puerta del salón, y mientras se escuchaba cómo la policía negociaba con las atracadoras que estaban en la entrada del restaurante, Alba se acercó a Bastian y le palmeó un hombro. Luego le dedicó una mirada sin reproche a Lurdes. Finalmente se acercó a John y le cerró los ojos.


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