Factfulness, Hans Rosling

Hace años que andaba tras la pista de Hans Rosling y su tesis, pero como no tenía ni idea del nombre del autor ni de la obra, mi búsqueda había resultado un fracaso. Lo que sabía, lo que había leído o escuchado por algún lado, era que existía un tipo tan descarado que sostenía la hipótesis de que el mundo es un lugar mejor en nuestros días. Y lo demostraba con datos, o eso decía.

Fue la Biblioteca Pública de Guadalajara la que me proporcionó salir de dudas. En su mesa de novedades Factfulness me estaba esperando y tras ojearlo decidí darle una oportunidad. No me gustaron los nombres que reseñaban la obra, un tal Barack Obama y una tal Melinda Gates, todo parecía demasiado mainstream dulcificado, pero un factor decantó la balanza: el factor sueco. Y es que los suecos me caen demasiado bien.

Mis primeras impresiones no fueron halagüeñas más allá de su curioso, bonito y útil, mapa de burbujas. Mucha estadística, un cuestionario de trece preguntas sobre las que basará todo el libro y, un estilo expositivo que en ocasiones me resultó cargante y pretencioso. Pero seguí, al fin y al cabo, ponía a prueba algunas de mis ideas fosilizadas y objetivamente resultaba un libro ameno e interesante.

El caso es que los datos ni mucho menos me convencían, por mucho que las fuentes fueran fiables. Quizá porque hay una evidencia, la de que todo dato es interpretable/manipulable y depende de comparaciones. Sin embargo, fue el propio Rosling quien más insiste en ese punto y era algo que empezó a gustarme.

Luego llegaron otros momentos favorables a tener en cuenta, como que me hice a su estilo y empecé a poder disfrutar de su humor y de algunas de sus anécdotas. Además me convencieron algunos de sus conceptos básicos. Uno de ellos, el término posibilista, según el cual, no se veía como una persona positiva, pero sí en la creencia de que las cosas pueden cambiar, porque de hecho cambian, aunque sea de manera lenta, ya que si no suele ser a la velocidad esperable para los individuos, al menos sí suele ser satisfactoria para las generaciones. Por otra parte, tampoco deja de reconocer que el mundo va mal, pero añade la coletilla de que va mejorando. Este es un principio que puedo comprarle en los días buenos.

Por supuesto, mis reticencias a sus ideas ni desaparecieron durante la lectura, ni al concluir el libro. Dos siguen siendo mis mayores objeciones a su tesis de que el mundo va a mejor. La primera tiene que ver con la urgencia, es verdad que él trata de desactivar nuestro alarmismo, pero no tengo claro que podamos permitirnos el ritmo de mejora que llevamos a cabo en algunas cuestiones esenciales, como la del medio ambiente.

Mi otro punto en contra es ético y se me marcó a fuego en la universidad, y siempre que puedo lo repito. Nuestro tiempo no es un tiempo cualquiera en la Historia de la humanidad, vivimos en el primer periodo histórico donde si hay hambrunas, pobreza estructural y guerras, es por una cuestión política. Por supuesto que arreglar el mundo no es fácil, pero es que hoy en día no interesa, porque no es tan rentable para algunos como su avaricia exige, y como muestra se puede decir que se queman anualmente millones de kilos de alimentos para especular con su precio. En cuanto a las guerras que se declaran o se mantienen, mejor no hablar. Tenemos los mecanismos para acabar con lo peor de la humanidad, pero ninguna intención de hacerlo.

Y sin embargo, Factfulness poco a poco fue me ganando el corazón y el mérito devino del propio Hans. Me explico, a lo largo de sus páginas cuenta buena parte de sus decisiones profesionales y expone su vida. Lo que se ve es a un tipo que no es un estadista, que sobre todo es un ejemplo personal.

El libro se me convirtió de pronto en un ensayo interesante, en un viaje útil, en una vacuna contra ciertas ignorancias propias y contra diversos mecanismos perniciosos de autodefensa. Pero por encima de todo, descubrí a un hombre que aunaba palabra y obra, discurso y ejemplo. Más que un ensayista, un médico que durante décadas ha trabajado para los más pobres, más que un conferenciante para ricos, una persona que se ha enfangado en países donde la mayoría de nosotros ni siquiera sabemos situar en el mapa. Más que un teórico que planea desde su sillón, un tipo que a lo largo de su vida ha tenido que tomar decisiones muy duras, con consecuencias trágicas en ocasiones, pero que ha sabido hacer algo, o bastante, por mejorar el pedacito de mundo que tenía a su alrededor.

Por todo lo anterior también me dolió su muerte en 2017, pero los coautores de la obra dejan claro que Factfulness fue un proyecto feliz, que era consciente de que la muerte se le echaba encima y quería dejar antes de irse un legado. El libro lo es, sus ideas también, y Hans Rosling merece todo mi respeto.


factfulness2.jpg

Queridos fanáticos, Amos Oz

Queridos fanáticos son tres conferencias (convertidas posteriormente en este libro de ensayo), impartidas por el intelectual Amos Oz, un israelí que desconocía y que me alegro de haber descubierto. El motivo es sencillo, su discurso está comprometido hasta la médula con el proceso de paz de uno de los conflictos más difíciles (y no será porque no hay donde elegir) que se ciernen sobre la Historia actual: el palestino-israelí.

Amos Oz se dirigirá sobre todo a los suyos, al pueblo israelí, dando buena muestra del conocimiento que tiene sobre la riqueza histórica de su pueblo desde una mirada humanista cargada de algo tan necesario como el sentido común. Escribe así más para sus fanáticos que para los fanáticos del otro bando, sin restar por ello importancia a las dificultades propias de estos últimos. E intenta aportar su grano de simiente para desmantelar el concepto «irreversible».

Podríamos tener la tentación, dado el enconado conflicto y los lugares comunes y polarizados que en occidente suelen sobrevolar sobre el mismo, de acusar al autor de poco más que cándido. Pero su manejo de los hechos históricos (unos hechos de los que además en las últimas décadas ha sido protagonista y testigo), le sirve para dar un mazazo sobre la mesa y decir que pesimismos los justos. El tercer ensayo, Sueños de los que Israel debería librarse pronto, contiene páginas brillantes que demuestran su teoría: en política, lo que parece irreversible no suele serlo nunca.

Especialmente interesante me resulta también la reflexión que lleva a cabo en Luces, no luz, su segundo ensayo. Ahí apunta que el camino para solucionar el conflicto no puede ser único e inamovible, que no se puede tratar el problema como una hoja de ruta tallada en piedra, porque la sabiduría unidireccional no dará soluciones factibles. Lo que propone y lo que muestra son vías poliédricas. Su lectura son unas páginas muy lúcidas altamente recomendables para todos aquellos que actualmente entienden por israelí la definición de sionista que pretende masacrar al pueblo palestino.

En realidad, su propuesta será extensible a todo nombre común y nos muestra el problema en el que tendemos a caer tan a menudo, el de las simplificaciones. Israelí, musulmán, catalán, español, inmigrante… etiquetas que usan muchos como si fuesen piedras homogéneas. Y que como piedras tienden a lanzarse, unos contra otros, precisamente esos muchos. Solo hay que encender cualquier medio de comunicación/manipulación para comprobarlo.

Puesto que la lección de la Historia es que no aprendemos casi nada de la Historia, y puesto que cada día parece que estamos más cerca de esa irreversibilidad del desastre de la que quiere huir Amos Oz, textos y reflexiones como las de este autor son más necesarias que nunca. Las raíces están bien, pero también lo están las alas. Ojalá comencemos a construir un relato común donde alas y raíces sean compatibles.

Agosto 2018