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Termino de leer “Poemas de amor y de guerra” de Miguel Hernández y lo que sigue me atraviesa.

Triste es pensarlo y más triste aún es escribirlo, pero honroso también, es saber reconocerlo. Los escritores y los lectores a menudo sobreestimamos el valor de las palabras. Si estas tuvieran todo el encanto, toda la magia, todo el poder, que deseamos que tengan, no habría sido posible que la Guerra Civil Española cayera del bando franquista, teniendo como tenían enfrente, al mejor cantor, al mejor poeta, al mejor rival, a Miguel Hernández.