La puta cristiana

Seré franco con vosotros, Madrid me encanta porque puede llegar a ser un circo preñado de un gran encanto. Por eso, cuando hace ya algunos años, vinieron a citarse en la ciudad, el hartazgo de una buena parte de sus ciudadanos en el llamado 15M, o Movimiento de los Indignados, la visita papal veraniega en un agosto de los de aúpa y échate a una sombra si no quieres palmarla, y los miles, cientos, y hasta dos millones de fieles, en su mayoría jóvenes, arrastrados fervorosamente por el poder de convocatoria de aquel Benedicto XVI, yo no pude sino echarme a las calles en busca de beberme ese caldo de cultivo explosivo que el azar había preparado.

Hubo momentos en los que vi esperpentos de fe y ridiculeces laicas, insultos cruzados cual cruzadas, mares de policías, y hasta diversión sana con gente noble por los dos bandos. Pero en definitiva, nada nuevo bajo el sol que nos gobierna, si acaso, uno de esos asuntos eternos en un momento exacerbado. Por eso mismo, por lo repetitivo del tema, vosotros no estaríais escuchándome esta anécdota si no hubiera habido un tanto más, si no hubiera comprendido de una vez por todas algunas cosas, si no hubiera caído en esa lucha hacia un lado, si no hubiera visto en uno de aquellos días al mismísimo dios.

Ocurrió bajando Fuencarral camino de Montera, a eso de las 22:00, cuando el calor da un pequeño respiro y ofrece una esperanza, fracasada por el bochorno. Me ocurrió entre la algazara de cientos de peregrinos internacionales, entre docenas de laicos hartos de tanto boato, entre decenas de turistas cuyo palo desconocía, entre policías, y hasta me ocurrió entre madrileños indiferentes.

Y fue que, a unos metros por delante de mí, dos piernas se abrieron paso entre aquella turba, dos piernas preciosas, esbeltas, eternas… y tatuadas. Una cruz negra, cristiana sin dobleces ni equívocos, se estampaba en cada una de sus deliciosas pantorrillas de un blanco marcado, en las pantorrillas tatuadas de una mujer que con unos tacones imposibles, un vestido de leopardo ceñido, y unos andares provocativos, rezumaba a prostituta por cada uno de sus lindos poros. Fue entonces cuando, hipnotizado por aquellos tatuajes, por aquellas piernas, por aquella mujer a la que ni siquiera vi la cara, contemplé a Dios, comprendiendo que habitaba en aquellas dos cruces negras, y sólo allí. Y mejor que sea así, tengo claro desde entonces, mejor que no esté en más lugares, pues si lo estuviera, este circo dejaría de tener su gracia.

Un comentario en “La puta cristiana

  1. No sé qué decirte, Carlos, para mí (sólo es mi opinión, ya sabes) que has abandonado el buen camino con el lenguaje de Madrid(3), aquí se nota euforia, artificio, la narración pierde “honestidad” y gana barroquismo.
    Cuando explicas lo del bochorno y…

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