Rebelación mortal

Si una epifanía se me hubiera presentado y gritado a la cara lo que soy, la cosa no me hubiera quedado más clara que como lo dejó esa maldita cama, hace tan sólo unos días. No daré ningún rodeo, aquí dejo mi revelación: soy la Muerte, y no tenía ni idea de ello.
O al menos sé que soy Una Muerte, porque a saber cuántas andamos por ahí conociendo o desconociendo el asunto. Al fin y al cabo, yo, en mi inconsciencia, no me daba abasto para acabar con tanta gente. Mi cupo, hasta que me informó la cama, era de sólo una persona por noche. Y desde entonces, ni siquiera he vuelto a repetir, y desde entonces, sé que los cementerios se han seguido llenando.
Me dan ganas de reír, pero desde que lo he descubierto, no dejo de llorar ¡Vaya imagen más triste la mía! ¿Quién se apiadará de mí? ¡Nadie se compadece de la Muerte! Yo nunca lo hice ¿Cómo autocompadecerme ahora? Y es que, terrible peso el mío, terribles las dudas que se abren y me acechan. Claro, me termino por decir, seguiré adelante más o menos como hasta ahora, terminaré por caer en la tentación de la cama ajena, pero, lo haré algo maldito, ¿no?
Iré a la prueba, que no pienso escatimarla. Tras ella, ¿quién podría albergar cualquier duda?
Resulta que me levanto en mitad de la noche, y a la vuelta, la cama está fría, helada, ¡es un jodido témpano! El resto de la deducción fue coser y cantar.
Veamos, no digo yo que una cama no tenga derecho a enfriarse… ¡pero se le debe dar tiempo! Si un cuerpo la calienta durante horas, aunque se levante y eche una meada, al regreso debe quedar algo de calor. Más cuando el tiempo que pasa es el de un simple trago, como ocurrió conmigo, pues en mis largos años nunca he sentido la necesidad de mear… ahora esta pieza de lo que realmente soy, se encaja también.
¡Y todo esto me pasa por dormir solo! ¿Quién demonios me manda innovar, quién me hizo cambiar la costumbre? Hasta ahora, durante siglos, siempre dormí acompañado y nunca hubo demasiados problemas. Ahora el puzle está completo, el calor del otro compensaba mi falta. Es verdad que ese otro ya no se levantaba nunca más, pero eso no era mi problema me decía a mí mismo, y sencillamente, me largaba a otra noche, a otro cuerpo, a otro calor.
Ahora entiendo todo el asunto, resulta que no soy eterno como pensaba a ratos, ni un bicho raro, ni nada de otro mundo, ni nada de nada más que una Jodida Muerte. Qué terrible es tener peso pero no poso, qué terrible es no calentar una cama ¿Alguien quiere mi cargo? ¿Hay manera de librarse de mi fría piel? Eso es, cuando vuelva a dormir acompañado, ofreceré intercambiar mi puesto. Una muerte no puede morir, pero tal vez pueda traspasar sus funciones. Quizá resulte, y sea yo el que esa mañana no se levante… calentando la cama con mi último deseo.

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