La Encrucijada

Al llegar a la puerta de La Encrucijada, Darío pensó como pensaba siempre que su mano aferraba aquel pomo negro, que su amigo no pudo tener más acierto con el nombre del bar, anclado como estaba en la esquina de la calle que separaba el barrio más rico de la ciudad, de uno de los más pobres. En ningún otro lugar Darío podía sentirse más a gusto que allí, nadando entre aguas, bebiéndolas todas, vomitándolas.
Un jazz de los setenta, la ausencia del humo a la que Darío no terminaba de acostumbrarse, y la característica luz suave cercana a la penumbra, le dieron la bienvenida. Era jueves, y como casi todos los jueves en aquella primera hora de la noche, el bar estaba casi vacío; tan sólo una pareja joven y guapa que no acertaba a sincronizar sus besos; tan sólo dos hombres al parecer de negocios por sus trajes y maletines; tan sólo una mujer sentada al fondo del local en los confortables sillones. Y por supuesto Ángel, tras la barra, con un libro cerca, con sus gafas de intelectual, con un cuaderno sobre el barril de cerveza… a esas horas siempre andaba jugando a ser escritor.
Darío ocupó una banqueta apostándose en la barra.
–Un vodka Angelito, bien cargado y con poco sprite. Tengo mucho que olvidar y poco tiempo.
–¿Otro día duro en la sucursal Darío? –Preguntó Ángel quitándose las gafas y rejuveneciendo una década, 32 años clavados.
–Así es amigo, otro día más sacándole a la gente las costillas y sus cuartos por un puñado de mentiras que se vendrán abajo antes o después.
–Tú no tienes la culpa de eso Darío, tú tal vez vendas mentiras, pero no las creas y además las compramos conscientemente. Es como si yo me echara la culpa de que vengas cada noche a consumirte en mi bar…
 –¡Cómo que no tienes la culpa Angelito! Podría emborracharme en cualquier otro, pero el tuyo me gusta más, y en eso tienes toda la responsabilidad –Y tras un largo trago al cubata añadió– La música, la luz, los conciertos, o tus cócteles, son con diferencia la mejor tela de araña de esta zona. Después de todo, eres tan buen vendedor como yo, si acaso algo menos cínico, y con seguridad menos cabrón, pero por lo demás, no hay mucha diferencia.
Ángel le contestó con una sonrisa.
            –Bueno Darío, qué quieres que te diga, yo ya estoy calvo y tú no tienes ni una jodida entrada, yo ya luzco una panza importante y tú aún te conservas envidiablemente a pesar de tu dieta de vodkas, y eso que yo gasto casi dos décadas menos que tú. Alguna diferencia sí que hay, y la buena suerte no es que te dé la espalda.
            –El diablo se lleve mi suerte y mi dieta Angelito. El diablo se las lleve.
Ambos sonrieron esta vez con no sin cierta aflicción, y brindaron por ello. Ángel no pudo resistir la tentación de acompañar a su amigo con una cerveza. Estaba de servicio sí, pero nunca se había exigido la castidad de la abstinencia.
Darío terminaba su segundo cubata y su primera retahíla de admoniciones contra sí mismo, cuando preguntó a Ángel por la mujer solitaria, cuya copa no bajaba, cuya posición no había cambiado, cuya vista se perdía en la lejana penumbra del fondo.
            –Unos cuarenta –comenzó a describir Ángel al oído de Darío–, rubia, ojos tristes, buenas tetas, culo aceptable, bonita en su conjunto o… follable si lo prefieres así.
            –Vaya por donde nos sale el camarerito zafio.
Hubo unos segundos de silencio, luego el chico que seguía sin acertar con los besos hizo un gesto desde el extremo de la barra a Ángel, que antes de atender contestó a Darío muy serio.
            –Asumo mi culpa y mi condena señoría, pero como atenuante quisiera presentar al maestro banquero del que aprendí, y ése, ya lo sabe bien, es usted mismo.
Ángel regresó tras poner una guinnes, y el escritor que  llevaba dentro no pudo dejar de asociar amargura, cerveza negra, y la incompetencia que aquellos dos jóvenes mostraban a la hora de besarse. No debía dejar de apuntarlo en sus notas. Cuando regresó donde Darío, éste le dijo como enfadado y mirándole fijamente.
            –No quiero Angelito que me vuelvas a decir ninguna de las cosas que me dijiste.
            –¿Qué? –Ángel hizo memoria. No lo consiguió.
Darío le ayudó mascando cada sílaba.
            –Ban–que–ro, ma–es–tro, za–fio.
Ángel iba a defenderse pero Darío se le adelantó.
            –Estoy harto de esa mierda y quiero liberarme de ello… o revolcarme aún más, que nunca lo tengo claro.
Darío se bajó de la banqueta y agarró el cubata. Para Ángel no hubo sorpresa alguna cuando su amigo se encaminó al fondo del local. Siempre había admirado el arrojo y la falta de vergüenza del banquero a la hora de intentar llevarse a una mujer a la cama, y más que nada, envidiaba su tasa de éxito. La clave está, solía repetir Darío cuando Ángel le preguntaba admirado a la noche siguiente de una conquista, en encontrar el consuelo que necesitan, y ofrecérselo.
Darío se llegó hasta la mujer y se la quedó mirando con fijeza. Verdad que es bonita, pensó.
La mujer durante los primeros segundos optó por ignorarle con oficio, luego se mostró incómoda pero sin abandonar la baza del silencio. El tiempo se le estiró hasta casi romperse. Al final se rindió bajo el temor de haberse dejado vencer, al fin y al cabo, se dijo, el tipo es atractivo y yo no estoy aquí precisamente llena de inocencia. Se limitó a decir un simple monosílabo.
            –¿Sí?
Darío la siguió mirando, ahora reconcentrado, temió exagerar y por fin habló.
            –Mi amigo el camarero me dijo que usted tenía los ojos tristes, y he querido venir a comprobarlo.
La mujer estuvo a punto de mandarle a paseo, sin embargo terminó por esbozar una sonrisa y luego fue algo más allá del monosílabo.
            –¿Y bien?
            –Y bien, ¿qué?
            –¡Cómo que, y qué! ¿Que cuál será la respuesta que le lleve a su amigo?
            –Pues verá, si se la llevo ahora le tendré que dar la razón… pero si me permite acompañarla un rato, quizá le lleve otra respuesta.
            –Vaya, a usted no le falta cara… pero a mí me sobra mesa. Con todo, nadie le asegura que mis ojos tristes vayan a cambiar, o peor aún, que vayan a hacerlo a mejor.
Quien esbozó ahora una sonrisa fue Darío, que tomó asiento frente a la mujer. Se llamaba María y pronto arrinconaron el usted.
Se cayeron bien casi inmediatamente pues ninguno de los dos trató de ocultar sus monólogos ni sus mentiras. El alcohol por su parte ayudó a limar las perfecciones de cada uno y para la segunda copa en común ya habían llegado a un acuerdo de mínimos: ambos se consideraban fracasados de éxito. Brindaron por el hallazgo.
Tuvieron que hacer el brindis forzando la voz, pues La Encrucijada poco se parecía ya a la de la primera copa. Una morena explosiva y de grandes pechos servía ahora en las mesas abarrotadas, era su primer día de trabajo, mientras que Ángel detrás de la barra, no paraba entre atender a la gente, pinchar a Bruce Springsteen, a Dire Straits, a los Rolling, a Bob Dylan…, y no quitaba ojo de su amigo cada vez que tenía tiempo para echárselo.
            –Estoy felizmente casada –había dicho María en una de sus primeras frases de presentación–, y luego se empeñó en pronunciar largos discursos que boicoteaban tal seguridad.
            –He conseguido lo que la mayoría envidia –fue el mantra respuesta de Darío–, y su monólogo posterior se encaminó en mostrar que el problema estribaba en que él, no era la mayoría.
Llegó un punto, allá por la tercera copa que les trajo la morena, en que no pudieron ocultar la inquietante realidad de que se sentían atraídos por el relato del otro: había comunicación. Se asustaron tanto que sobrevino el silencio hasta que una confesión lúbrica de Darío lo salvó.
            –Por supuesto que pretendo llevarte a mi cama, pero créeme cuando te digo que quiero seguir escuchándote.
María le miró con unos ojos que ya no denotaban tristeza, y tampoco enojo por lo que acababa de oír. Retomó el hilo por donde lo dejara.
            –Mis dos hijos son lo que más quiero en esta vida y nunca seré capaz de perdonarme las dudas que me agobian al respecto. Las broncas que les caen cuando se pelean por tonterías, o por trastadas que cometen, cuando en realidad mis palabras son provocadas por mi frustración, cuando en realidad de lo que se trata es de auto reprocharme mi abnegación incondicional por ellos, mis sacrificios, mi abandonar mi carrera, mi ser una esposa fiel, mi responsabilidad…
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            –Para, para –interrumpió Darío–. No hay nada que envidiar. El asunto es claro, la mayor parte de los días no me soporto ni a mí mismo como para soportar a un retoño de por vida, o a una mujer por más de unos meses. No, no te recomiendo mis pasos.
Janis Joplin sonó de fondo y pareció llevar la conversación de los hijos, a los hombres. Darío no tardó en confesarse culpable de su sexo, y picado por la curiosidad y sus intereses, sorprendentemente confusos a esas alturas de alcohol, quiso saber de la probidad de su competidor, quiso saber del macho de María, y para ello, utilizó la treta de ensalzarle sin conocerle. Ella se dio cuenta de la jugada pero embistió igualmente.
            –Él es terriblemente honrado, desde luego no es un hijo de puta como tú. Siempre me ha sido fiel, con total seguridad te lo afirmo, y no sólo de acto, sino también de palabra. Me respeta, me honra, me cuida, es un padre amoroso y atento y no hay duda que le atenace.
María se sumió en el silencio, necesitaba el impulso que Darío estaba dispuesto a darla.
            –Pero…
            –Pero, pero, pero –repitió con una risa sardónica– ¿Por qué siempre debe aparecer un pero antes del punto y final? ¿Por qué incluso en el mejor de los casos, el asunto debe ser coronado con un pero?¿Por qué no puede haber felicidad plena ni en mi propio cuento de hadas?
La morena explosiva volvió a plantarse muy sonriente en la mesa de aquellos afortunados infelices. Darío aumentó su confusión pues se dio cuenta de que no quería beber más. Miró a María interrogativamente cediéndole la responsabilidad y ésta contestó muy tajante, indiferente de ser oída por la camarera, de ser oída por sí misma, de ser oída por nadie.
            –Si me tomo otra donde me vas a tener que llevar será al hospital, y no a tu cama.
A la morena sin embargo no le resultó una respuesta clara y necesitó aún que Darío mascara las palabras.
            –No gracias, la cuenta cuando puedas.
María parecía haberse vaciado por dentro pero eso no significaba que hubiera encontrado alivio, ni mucho menos que quisiera regresar a la senda de la buena esposa, madre, mujer. Darío era consciente de ese no retorno y ella sabía que él lo sabía. El juego debía completarse y aquel silencio rodeado de algarabía y coronado por la música, resultaba propicio. La edad y las mujeres por lo menos me han enseñado a besar bien, pensó Darío recordando la incompetencia de la ya lejana pareja del inicio de la noche. Se incorporó lo necesario del sillón y María siguió sus pasos… Darío se sorprendió a sí mismo cuando selló el asunto con un ignominioso beso en la frente de ella.
            –Ya que no hay felicidad ni cuento de hadas posible –dijo a una atónita María–, al menos no aumentes tu infelicidad conmigo. No me merezco eso, de ti, no.
En un primer momento, María encajó el golpe con rabia, y si no le cruzó la cara a ese hombre que se había sentado allí con la intención de conquistar lo que ahora ella le ofrecía y él rechazaba, fue porque Darío no bromeaba ni andaba jugando, fue porque realmente estaba triste. Era como si se hubieran cambiado la mirada.
Pagaron a la morena y salieron de la mano, Ángel les vio marcharse y su sonrisa no pudo estar más equivocada, error comprensible por otra parte, pues Darío no se le acercó y el dueño de La Encrucijada no le pudo preguntar hasta días más tarde cuánto había habido de banquero, cuánto de maestro, cuánto de zafio.
Un taxi vino a separar definitivamente a la extraña pareja, si bien todo quedaba dicho tras el beso inesperado. Ahora llegaron dos en las mejillas.
Ya en el asiento y con la ventanilla bajada, María quiso terminar de malgastarse y preguntó a Darío, que la miraba de pie, fuera del coche, no sin cierta cara de estúpido.
            –¿Seguro de lo que haces?
            –Por supuesto que no María –y añadió destilando amargura–. Creo que habría podido plantar margaritas en tu ombligo.
            –Pero… –Dijo María esbozando la sonrisa que lo equilibraba todo.
            –Pero todas se habrían echado a perder.
El taxi por fin arrancó. Darío pensó en regresar a La Encrucijada, pero no lo hizo, ya tendría noches por delante en las que torturarse.
Unas horas más tarde una noticia sobresaltaría a Ángel en el sofá de su casa. Fue la siguiente:
Director de una sucursal bancaria la emprende a pedradas contra su propio banco. La policía confirma que el autor de los incidentes, D.D., de 48 años de edad, se encontraba sobrio y en perfecto estado mental cuando ocurrieron los hechos. Al ser preguntado por los agentes por los motivos de su acto, no contestó absolutamente nada.
Sin terminar de creerse lo que oía, Ángel se levantó a por sus gafas y a por su cuaderno.

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