Por una botella de whisky

           Javier abrió la puerta de su casa, dejó las llaves en el recibidor, no quiso mirar su rostro en el espejo, y sin quitarse las zapatos se tumbó en el sofá. Era domingo por la mañana y las cosas no habían salido según lo previsto.
         En su sofá verde pistacho repasó mentalmente la noche anterior buscando una respuesta. La única que encontró fue la que él mismo dio cuando ella le había preguntado:
−¿Qué es lo más inútil que hay en tu casa?
A lo que Javier, cuando las cosas parecían marchar, contestó:
         −Una botella de whisky… y una pistola.
         Sin embargo la conclusión de repasar la noche anterior fue que, desde luego, las cosas no habían salido bien, o que habían salido tan mal, que necesitaba de la botella de whisky.
Javier llevaba años sin probar nada que fuera más allá de la cerveza y el vino, y cuando un amigo le regaló la botella de whisky, este le dijo ante la mala cara que puso que: «No me mires así, y no tengas prisa, a la botella ya le llegará su hora». Su amigo lo dijo con una sonrisa, pero a él le sonó a amenaza. Una amenaza que desde entonces parecía mirarle desde el lugar que la botella ocupaba en la cocina. Una amenaza que en ese momento se cumplía: la hora había llegado.
Con el tercer whisky decidió a llamar a su jefe. El jefe no cogió el teléfono pero Javier dejó un mensaje en el que le decía lo que pensaba.
La luz se filtraba con fuerza por las ventanas y la cortina, y la botella iba por la mitad cuando Javier cogió de nuevo el teléfono para llamar a su ex mujer. Él soltó los reproches que se había guardado durante años, y ella terminó por colgar.
Una hora más tarde, con la botella casi acabada, llamó a su hija. En el cuarto tono iba a desistir, pero ella descolgó y preguntó:
−¿Qué quieres, papá?
Él dijo entonces cosas que no quería decir y que no sabe cómo dijo, y ella acabó llorando.
Muy borracho, se quedó dormido en el sofá. Despertó horas más tarde,  de noche, y con un fuerte dolor de cabeza. Al principio no recordó nada, pero luego vio que tenía un mensaje en el contestador de su teléfono.
−Tenemos que hablar –decía, escueto, su jefe.
Javier recordó las tres llamadas, la noche anterior…, miró la botella de whisky casi vacía. Mientras le daba el último trago pensó en la segunda cosa inútil que había en su casa.

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