El mar de los otros

El primer cadáver que nos trajo la marea apenas ocupó un pequeño espacio en la prensa local, pero quién iba a pensar hace poco más de un año todo lo que el mar estaba por escupir.

El segundo tampoco llamó demasiado la atención, salvo por el hecho que apareció a la misma hora del día siguiente, en el mismo lugar y de la misma manera: desnudo y sin haber muerto ahogado. Los médicos certificaron para ambos casos parada cardiorespiratoria, lo que no resolvía casi nada. El misterio creció por el hecho de no encontrarse patera alguna, ni un mar embravecido en los últimos días. Que nadie reclamara los cuerpos aparentemente de inmigrantes, no llamó la atención de nadie.

El tercer día y en las mismas condiciones, el mar regalaba a los bañistas su tercer cadáver. Muerto y desnudo como los otros, hizo sin embargo saltar todas las alarmas: era blanco. La única teoría plausible, la de los ilegales, parecía desvanecerse. La prensa se frotó las manos y para el cuarto día periodistas y público en general parecían ya una marea apostada contra otra.

Nadie a partir de entonces se sintió defraudado. Cada día y con puntualidad ha ido apareciendo, como de la nada y sin explicación lógica, un cadáver no ahogado y desnudo. Siempre en el mismo punto del mar, a unos veinticinco metros de la orilla, a las 18:15 de la tarde. Al principio los cuerpos tenían tiempo para vararse en tierra firme, pero desde la segunda semana, cuando ya eran todo un hito, se les recoge en una barca policial en cuanto aparecen, como fantasmas hechos carne.

Los hay negros, blancos, amarillos. Los hay de mediana edad, jóvenes, niños. Hay hombres y hay mujeres. Todos sin identificar hasta que apareció el número noventa y siete, lo que aumentó el misterio a un grado de paranoia.

Todas las teorías extravagantes y conspiranoicas habían crecido como una espuma contenida a duras penas, pero la espuma se desbordó definitivamente con el cadáver noventa y siete cuando fue identificado por él mismo. Se quiere decir, un vivo se reconoció en el muerto… y no hubo manera de negarlo. Todas las pruebas dijeron que ambos eran física y genéticamente iguales. No se trataba sólo de la misma edad, del mismo aspecto y ni siquiera del mismo ADN, sino también de los mismos lunares, el mismo corte de pelo y hasta las mismas cicatrices.

Para entonces todos los gobiernos pero especialmente como no podía ser de otra manera los que mandan, metían su mano al asunto con sus mejores expertos, pero con nulos resultados. Era cosa digna de ver cómo los locos y visionarios se frotaban las manos con sus discursos apocalípticos, condenatorios, pseudocientíficos. Se podía uno imaginar la teoría más descabellada, pero con seguridad ya había sido antes metodológicamente trazada por ellos.

Pero lo importante no son las teorías sino los hechos y lo que cuenta es que desde entonces, desde el número noventa y siete, todos los cadáveres encontraron su réplica en vida y a los anteriores se la hallaron con carácter retroactivo.

Sin embargo aún quedaba por aparecer el cuerpo número doscientos noventa y cinco, que daría un nuevo giro al misterio. Cuando este cuerpo llegó, cuando el mar nos trajo la réplica del gran presidente, quedó claro que había que montar una guerra, fuese a quien fuese, fuese como fuese. Tal afrenta no se podía dejar sin respuesta. El cadáver presidencial hizo que su réplica viva se pusiera definitivamente nervioso, se hartó de los científicos aún medianamente serios y escuchó toda posibilidad que conllevara hacer algo, por estrafalario que resultara.

Ayer por fin se hizo ese algo. Tras dos meses desde que apareciera el cadáver doscientos noventa y cinco, y con el goteo puntual de cuerpos de fondo, murió el primer voluntario que resultaba válido. Lo cierto es que han sido miles los que se inscribieron para la prueba, pero ha costado que llegara el primero en condiciones, había que morirse de forma natural y esto no resulta tan sencillo. Su nombre pasará a la historia y sabemos que su familia se siente orgullosa. Pero acabemos ya, se acerca el momento.

Tras la muerte del voluntario, se le ha desnudado, se le ha llevado al punto exacto del mar que nos trae de cabeza, y se le ha arrojado allí, doce horas antes de la llegada prevista para el siguiente cuerpo.

Nadie sabe muy bien qué resultado esperar, aunque el experimento apunta hacia cierto éxito. El voluntario ha demostrado que el mar no sólo trae, sino que también lleva. Y aunque los localizadores y microchips implantados dejaron de funcionar, se piensa que tras ser tragado por el mar con la misma dosis de misterio con la que nos son enviados los otros, nuestro cuerpo ha llegado al lugar de donde nos los envían.

Estamos a punto de llegar a la hora y minuto del cuerpo trescientos setenta y seis. Todo el mundo contiene el aliento a la espera de una respuesta. No es posible, en el agua o en tierra, mayor expectación. Solo el mar aguarda en calma, indiferente.

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