Cristales rotos

El niño nunca olvidaría aquella tarde a finales de la primavera. Se encontraba en su casa, en el jardín. Regaba con un cubo de playa dos cerezos, mientras miraba embelesado cómo se llenaba la piscina en la que en unos días se podría bañar. No había ni una sola nube en el cielo.

Comenzó a sonar el teléfono del salón. Su mamá no estaba, su papá sí, pero en el despacho de la planta de arriba. La casa era enorme y el padre siempre desconectaba su línea. No podría oírlo. Sus padres le habían dicho que no atendiera todavía al teléfono, que era demasiado pequeño. Pero esa tarde un tono sucedía a otro, el teléfono no dejaba de sonar, y al final el niño decidió desobedecer. No cabía un acto subversivo más venial que ese.

Levantó el auricular, se sintió mayor. Al otro lado preguntaban por su padre. Al niño no le gustó el tono de la voz que escuchó, pero hizo lo que amablemente le pedían. Subió a buscar lleno de orgullo a su papa. Abrió la puerta del despacho.

−Papi, papi, al teléfono. Una mujer pregunta por ti.

−¿Una mujer? –Eso fue todo lo que dijo, envuelto en papeles y planos, se levantó y bajó a escuchar.

El padre agarró el auricular con el aplomo que lo caracterizaba en todo lo que hacía. Su hijo sencillamente le idolatraba. Este, no regresó al jardín tras su pequeña hazaña, sino que quiso ser el escudero de su papá, tal vez necesitara un bolígrafo para apuntar algo, y él estaría allí para llevárselo. El hombre asintió un par de veces a lo que le dijeron al otro lado de la línea. Su tono le resultó raro al niño, aunque por su inocencia no pudo apreciar que a su héroe se le escapaba la seguridad de su rostro por momentos, la felicidad incluso. Colgó. No hubo regañina ni felicitación a su hijo por haberle avisado, tampoco hubo carantoña como tantas otras veces. No hubo nada. Tenía el rostro demudado, los ojos vidriosos.

El niño sintió miedo, no sabía por qué ni de qué, pero sintió miedo. Se quedó paralizado, incapaz de hacer la pregunta que le nacía de dentro: «¿Papá, estás bien?», pero que moría en su boca. El padre comenzó a dar vueltas a lo largo del salón, las manos se las llevó a la cabeza, parecía no saber a dónde ir. Una casa tan grande, tan bonita, y de repente parecía devorada por una amenaza que el niño no podía comprender. Finalmente el hombre se paró frente a un mueble de roble que le llegaba por la cintura, encima quedaba una base de plata donde se amoldaba una bola terráquea, de cristal, con distintas tonalidades y relieves. Se trataba del primer regalo de cumpleaños que él le hiciese a su mujer. Era una pieza de coleccionista, excepcional,  y llena de valor.

Abajo del globo quedaba el mueble bar. El padre se preparó un vaso de whisky. Nunca había bebido alcohol delante de su hijo, y este no sabía lo que era ese color marrón. El niño arrugó la nariz. Se preguntó por qué papá no hablaba, por qué ese rostro tan distinto al de siempre, por qué ese temblor en las manos, por qué se bebía eso de un trago, por qué volvía a echarse más.

Después de vaciar el tercer vaso, el padre apoyó las manos en el mueble. El mundo de cristal estaba entre sus brazos, bajo su nueva mirada. Tras un tiempo que al pequeño se le hizo eterno, su padre levantó la bola apoyada en la base de plata. Se dio la vuelta con ella en las manos y se topó con la mirada de su hijo. El pequeño lloraba. No sabía por qué pero lloraba. Hizo un gesto con la cabeza a su papá, un gesto que claramente significaba, «no, por favor». Pero el padre no le hizo caso. Sin dejar de mirar a su hijo, dejó caer el mundo. La bola al entrar en contacto con el suelo estalló en pedazos.

Como si no bastáramos mi padre, los cristales rotos y yo, en ese momento apareció mi madre. Regresaba a casa como era su costumbre feliz y sonriente. Al ver su querido regalo estrellado, y al verlo entre mi padre y yo, pensó que su niño había hecho una travesura casi intolerable cazada por su marido. Ojalá hubiese sido así, ojalá yo hubiese sido capaz de gritar:

−¡Lo siento mucho mami, se me cayó sin querer!

Pero yo era un niño, un niño por última vez, y solo fui capaz de decir:

−Ha sido papá, papá se ha vuelto loco.

El niño corrió entonces a abrazarse a las piernas de su madre, su mejor refugio. Esta no le rechazó, pero tampoco hizo nada por acogerle, por darle un abrazo protector. Ella miró a su marido, él miraba a su mujer. El niño no quería mirar a ninguno de los dos. Entonces escuchó un «lo siento» que todavía hoy no sabe realmente quién de ellos pronunció. Tampoco sirvió para recomponer nada de lo mucho que se había roto para siempre.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 12.11.15]

 

El ascensor

La puerta del ascensor se cierra. El hombre, la mujer y la niña, suben hasta la última planta.

Francisco Roca

Odio los espacios cerrados, siento que me dejan al descubierto. Qué mira esta cría, ¿mis manos?

Ni siquiera desollándome la piel logro zafarme del olor a pescado. Cortar cabeza, abrir tripa, sacar entrañas. Una y otra y otra vez hasta que las merluzas, gallos, boquerones, espadines, arenques, percas, caballas… me impregnan y no hay agua ni perfume que me libre de su hedor. ¿Cómo voy a conquistar así a nadie, cómo no sentir odio, cómo no arrepentirme de la promesa que le hiciera a mi abuelo, cuando descubrió que su nieto era un sádico, y me hizo prometerle que nunca más volvería a intentar cortarle la cabeza ni sacarle las tripas a un ser humano… cualquier día me rindo.

La mujer es bonita, podría servirme. Le sonrío.

María Barco

Todo el día aguantando a viejos y ahora este olor. Seguro que es la cría, el hombre es demasiado guapo. Y esos ojos tan azules, tan dulces, con los que me ha mirado. Ahora creo que se fija en mis piernas, o en el culo. Hace como que se observa las manos, pero estoy segura que se muere por hacerme un cumplido, y por… jiji.

Maldita niña, ¿por qué me sonríe? No hay nada más molesto que un hijo. ¡Cómo espera Juan que le quiera dar nada menos que tres! Que los tenga él con quien quiera, pero no conmigo. Mi figura, mi juventud, mis pechos, que le den al espíritu maternal.

Marina Castillo

Qué mujer más bonita, de mayor quiero ser como ella. Y qué labios más rojos, ojalá mamá me dejara maquillarme así, pero es tan antigua. Y qué guapo es él, seguro que no es tan bruto como papá, que quiere que estudie mucho, que no tenga móvil, que no esté sola en la calle. ¡Qué aburridos son papá y mamá! ¡Normal que me escape de casa! Si pudiera cambiar de papá y mamá… Seguro con este señor y con esta señora viviría muy feliz. Huele raro.

París no morirá nunca

O pongo la música alta o reviento. Bob Dylan es el elegido. Los que leen con la estupidez entre los dientes ya pueden lanzárseme a la yugular; sí, vengo a hablar de la barbarie y me enfrento a ella de una manera tan blanda.

Mejor, vengo a hablar de lo que me provoca la barbarie y la estupidez humana. Vengo a decir que me gustaría acurrucarme en un rincón y pudrirme allí. Pasar desapercibido hasta el fin de los días, que anhelo lleguen pronto para nuestra especie, porque ver el mundo hace que se acreciente mi misantropía, porque nos lo merecemos tanto a veces.

Si tuviera hijos los abrazaría con todo mi cuerpo y mi espíritu. Cuando vea a mis padres y hermanos y amigos, lo haré. Como lo que tengo a mano son mis libros, me refugiaré en ellos.

Tomo Discurso de la servidumbre voluntaria, del francés Étienne de la Boétie, escrito en el siglo XVI ¡Dicen que con dieciocho años! Tan actual para nuestro lleno de astillas postmodernismo o post-postmodernismo del XXI. ¿Por qué elegimos ser esclavos a Uno (dios, rey, dinero) cuando podríamos ser libres? He ahí la cuestión clave que plantea esta maravillosa obrita que debería ser lectura obligada en los institutos, y que resulta tan reveladora…

¿Y de qué sirve saber? Las mentiras del Corán son tan palpables como las de la Biblia o la Torá, como las del terrorismo de Isis, como las del terrorismo financiero, como la de toda idea que empuja a matar a otro ser humano, aunque con todo el cinismo del que es capaz nuestra especie, te lo prohíba sobe el papel.

Pero ningún dios tiene la culpa. Mi fe laica, mi ateísmo, crece en estos días para afirmar (pido perdón por una seguridad que en el fondo sé que no poseo) que los dioses nacieron como vertebradores de sentido ante nuestra conciencia a la muerte. Ellos son nuestra obra, así que nuestros desastres, por más que sean en su nombre, son nuestros.

Soy europeo y sé que no puedo ir a un fanático integrista musulmán a decirle esto, porque me mataría gustoso y se sentiría regocijado. Pero con mi discurso y mis razones tampoco puedo ir a ningún integrista judío ni cristiano, quienes como mínimo me desearían lo mismo que aquel. Y lo que es peor, tampoco puedo ir a muchos, españoles, europeos, occidentales, porque me dirán que ellos o nosotros, y no querrán saber de causas profundas, de raíces del problema, de generadores de odio. Porque convertirán la etiqueta musulmán en el miedo generalizado a lo diferente. Porque no querrán matices, porque el matiz paraliza el sentimiento de venganza, porque para qué reconocer que la tragedia de París se repite a diario en Siria, en Irak, en Afganistán. Porque cómo vamos a admitir que nuestra sensibilidad para con ellos no es la misma (y viceversa). Porque aunque lo sepamos, qué más da que haya responsabilidad occidental en aquellos desastres lejanos (en parte, pues esa culpa no es ni mucho menos exclusiva, pues esto también es verdad). Porque cómo nos vamos a olvidar de China y de Rusia y…

Y al final la complejidad de las cosas me abruma. Pero el problema no es la complejidad, esta causa angustia y he aprendido a lidiar con ella, el problema es la sangre inocente, y ese derramamiento es lo que me causa el asco hacia lo que somos. Pero también soy consciente, que ese asco es mi privilegio, y me siento sucio por ello. Me puedo permitir el asco porque soy un privilegiado.

Un privilegiado como todos aquellos que como yo lo son, pero que desean más sangre y más dolor, tan privilegiado como los que saben, de uno y otro bando, que la solución es fácil, que basta con acabar con el enemigo. Tan privilegiado como los intelectuales de pacotilla que venden soluciones conscientes o no, de que repercuten en el beneficio de su bolsillo, de su periódico, de su orgullo.

Tan privilegiado como ellos pero no como ellos, porque yo soy un cobarde, porque yo no sé cómo salir de esta complejidad, porque yo me refugiaré en un rincón, en los libros, en un abrazo. Y sin embargo soy consciente de que hay que tomar decisiones, y por ello rezaré a mi manera a todos los dioses en los que no creo, para que de una maldita vez se empiece a acertar con las soluciones, y que el dinero, el odio, la estrechez de miras, no salgan victoriosos en esta guerra eterna que siempre pierden los mismos, la buena gente.


El discurso puede eternizarse en argumentos y contraargumentos pero el sentimiento hay que concretarlo, encarnarlo, para intentar salir del rincón. Porque sí, porque saldré de ese rincón y volveré a mi vida normal pues una vez más, como probablemente tú, soy un privilegiado, que desde mi humilde posición en el mundo, he escrito esto para todos aquellos que en tantas fechas fatídicas, dejan de ser, sin ninguna culpa, privilegiados.

En orden

La vida es rara.

Esa frase me martillea la cabeza cuando llego a la boca del metro. Es la frase con la que se despide una de mis pacientes en su cuarta sesión. Aplasto el cigarrillo contra la pared y, mientras bajo las escaleras mecánicas en dirección a la línea uno para llegar al andén dos, decido que nuestro próximo encuentro comenzará por su despedida. Mi paciente se aferra a construir un relato de sí misma bastante edulcorado, donde reprime los elementos más duros de su infancia, que debo hacer aflorar, que debo confrontar con su discurso semi fantástico.

Llego al andén. A pesar de la hora no hay mucha gente. Los marcadores señalan que todavía faltan cuatro minutos para el siguiente tren. Enfrente tienen más suerte, queda solo uno. Trato de sentarme y eso me lleva a recorrer el pasillo en busca de un asiento libre. Paso por delante de un músico que con su guitarra ocupa el primer banco casi por completo. Tampoco quiero compartir asiento con una pareja de ancianos. En el tercero, hay una rubia preciosa absorta en una revista de moda, pero a su lado un chino habla con el móvil y me espanta con su lenguaje incomprensible. Por fin el cuarto banco, casi en el otro extremo de por donde he llegado, está libre. Me siento.

El metro del andén uno hace su aparición. No se baja nadie. Un chico llega a la carrera y logra colarse momentos antes de que se cierren las puertas. Ya se alejan. Mi paciente y ese chico me hacen pensar en el concepto de la huida. Sin embargo me distraigo pronto. Alargo la mano y tomo de una papelera el 20Minutos. Hojeo las noticias y me llama la atención que Amancio Ortega ya sea el hombre más rico del mundo. Me pregunto qué será lo próximo, mi humor absurdo me dice que tal vez los extraterrestres aterricen en Madrid en lugar de en Nueva York. No me da tiempo a más hipótesis. Oigo el golpe. Todos lo oímos.

El músico ha caído de bruces contra el suelo. Pienso en un infarto. Quiero acercarme pero algo me dice que no lo haga. Obedezco. Quien sí se acerca son los ancianos, próximos al guitarrista. La señora se arrodilla al llegar ante el músico. Queda petrificada en posición tan piadosa, de espaldas a mí. Sin saber bien por qué, sé que no se volverá a levantar jamás. Su marido, si es que lo es, correrá una suerte similar, si por suerte entendemos morir, y por similar, que su cabeza se le caiga del cuello, baje por su chepa, la espalda, la pantorrilla, y finalmente ruede por el suelo. El cuerpo tan extrañamente descabezado, cae a las vías. Todavía no he visto una gota de sangre, pero el horror lo impregna todo.

La rubia grita histérica. En sus manos tiembla la revista que antes leía. Se ha subido al banco de piedra, como si con ello lograra protegerse de la amenaza que acecha. El chino por su parte parece graznar, lo hace sin moverse más allá de unas pocas baldosas. En sus ojos se refleja un miedo comprensible. De golpe, la mujer deja de gritar, al momento su cuerpo entero se aja, se agrieta como un puzle, se deshace en mil pedazos. Su vida se desfigura por completo. Al chino se le caen los brazos, desde sus muñones le brota una sangre densa, oscura, cuyo intenso olor no tarda en llegarme. Al pobre desgraciado también se le desmiembran las piernas. Su tronco cae con un golpe seco. Chapotea en el charco de su propia sangre. Boquea por última vez. Lo hace mientras me mira, mientras su rostro me comunica la incomprensión.

Trato de despertar pero no estoy en una pesadilla. Me lo demuestro con las famosas leyes de la vigilia; experimento una física del movimiento correcta, siento dolor al dar un puñetazo contra la pared, y cada objeto que me rodea guarda su propia autonomía de mí. Además voy bien vestido, reflexiono sobre la experiencia… es inútil pretender salvarme con artimañas.

Ya solo quedo yo, y lo noto llegar, sea lo que sea. No protesto aunque unas lágrimas involuntarias me resbalan. De repente veo llegar el metro y la esperanza renace. El primer vagón se detiene junto a mis pies. Está lleno de cadáveres informes. No hay escapatoria, soy el siguiente.

La muerte también es rara.

La vida es…

La vida es…

Podría haber empezado esta entrada, más que nunca, de un modo infinito de formas, pero me gusta ser leal al detalle que me provoca una sonrisa, y el título y la cabecera hacen justicia a la anécdota absurda pero cargada de sentido para mí, que vengo a revelar.

Desde hace unas semanas y, siguiendo mi plan contumaz de enfermar definitivamente de literatura, he añadido a mi dieta (de convertirme en un personaje, de lecturas variadísimas, de escritura de relatos, de mucho trabajo en mi tercera novela), también el inicio de un máster que me obligará a pensar todavía más literariamente la vida. Pues bien, el primer ejercicio que se me propuso, resultó un reto que consistía en pasar en apenas dos folios y sin armarios, espejos, agujeros…, de un mundo realista a uno fantástico. El resultado es mi siguiente entrada, que dará paso a una nueva sección y que he decidido bautizar como «Relatos Impuestos».

Pero la anécdota no es esa, sino que lo anterior es el entrante racional de la sensación absurda pero feliz que me hace escribir esto. Verán, lo que escribí a raíz del ejercicio que me propusieron comienza con, «La vida es rara». Una frase que me resulta muy atractiva por su ambigüedad y por su capacidad para englobar tantas cosas como casi se quiera. Una frase, que no debe de ser literariamente muy mala, cuando hoy la encuentro en uno de mis escritores favoritos. Mi admiradísimo Enrique Vila-Matas, en «Aire de Dylan», se la hace pronunciar a su protagonista, Vilnius, y la sonrisa que uno de los mejores escritores de nuestros días consigue siempre sacarme, se ha teñido también de vanidad. Por supuesto es ridículo, pero es un ridículo feliz.

Y ya está, no hay más que decir aquí.

Podría ser peor

“Voy a escribir la historia más feliz que puedo imaginar”

Acababa de cumplir los dieciocho años y como era costumbre en los últimos meses todo me salía mal. Si llegaba tarde jamás me lo perdonaría por lo que la lluvia poco me importaba, y cuando el viento rompió las varillas de mi paraguas, no perdí el tiempo en esperar a que la tormenta se calmase. Seguí camino de la parada con el aguacero lavando mi cara resacosa ganada a pulso el día anterior.

Deshacerme del paraguas en una papelera, ver demasiado lejos el autobús al que debía subir, y pisar una mierda, fueron detalles ocurridos al unísono que tengo marcados a fuego en mi memoria. Eché a correr. No llegué a tiempo. Me senté en la marquesina que no era capaz de cubrirme de la tormenta. El olor a mierda de la zapatilla llegó hasta mí. Me golpeó como el puñetazo más duro que pudiera recibir. Comencé a llorar. Desconsoladamente.

Por supuesto lloraba por mi abuelo. Ya no volvería a ver su mirada, ni su voluntad inquebrantable evaporada al fin. Pero no solo era por él.

Yo siempre había sido afortunado en casi todo, y sin embargo desde hacía un tiempo estaba atravesando una mala racha difícil de creer. Mientras entrecerraba los ojos, donde pugnaban mis lágrimas por salir, contra la lluvia por entrar, mi cabeza elaboró una lista.

Tenía que elegir entre repetir COU, yo, un estudiante que nunca había suspendido un examen en la vida, o meterme en alguna carrera que no era mi vocación desde los siete años, puesto que esa vocación, quedaba lejos de mi alcance por culpa de una selectividad lamentable que me había hecho bajar la media de mis notas como si la hubiese tirado por las escaleras.

Y sí, supongo que ese descalabro se debía a la enfermedad de mi abuelo. Pero también, o quién sabe si sobre todo (porque esto que viene ahora no lo podía esperar, porque me sentí traicionado, apuñalado, jodido en las entrañas) al primer desgarro por amor que viví. Aún la recuerdo tan dulce, tan bonita, tan enamorada de mí desde que nos conociéramos tres años atrás. Ya sabéis, casi el primer beso, el primer polvo, las primeras promesas eternas… hasta que esa intensidad se acaba del peor de los modos posibles. No solo es una ruptura, no solo me engañó, no solo lo hizo con uno de mis mejores amigos, sino que también eligieron el peor de los momentos, cuando me jugaba mi futuro, y cuando mi abuelo se me moría.

El resto de la racha os la podéis imaginar, porque va en cadena; crisis de la amistad, pérdida de mi fe en Dios, mi autoestima por la alcantarilla, descontrol absoluto con el alcohol, algún episodio de lo que ahora se llama asépticamente intento autolítico… Pero volvamos al día de mi décimo octavo cumpleaños, a la tormenta, a la marquesina donde espero el siguiente autobús que por fin aparece, al que subo avergonzado, por las lágrimas derramadas hasta hace un momento, por el olor a mierda que deseo solo me llegue a mí, porque no voy a poder siquiera despedirme de mi abuelo.

El trayecto se me hace insoportable. Varios pasajeros evitan sentarse a mi lado, o eso me parece a mí. Como mínimo apesto a humedad, como máximo (creo que empiezo a delirar) mi estampa refleja que voy al encuentro de la muerte. Restriego la zapatilla que pisó la mierda contra el suelo del autobús. Estoy a punto de volver a llorar. Será mi primera escena en público. Sin embargo estornudo. Es un estornudo brutal que desparrama mis mocos por mi jersey y mis pantalones, que me salva del llanto pero me cubre de vergüenza, más aún, estoy enterrado en ella. Una señora se acerca y me tiende un pañuelo. Lo agradezco, es lo mejor que me ha pasado en varios meses. Se lo digo a la señora y como es lógico no sabe qué contestar a algo así. Me limpio lo mejor que puedo, siento que todos en el autobús me miran. Acabo de cumplir la mayoría de edad y ya tengo sobre mí todo ese peso, la orilla de la inocencia ya está a años luz.

El autobús por fin llega al hospital. Más que bajar, salgo huyendo. Ya no llueve.

Llego al edificio, llego al ascensor, llego a la planta de cuidados paliativos. Mis padres están afuera de la habitación, agotados. Cuando me ven aparecer quisieran reprocharme un millón de cosas, empezando por el aspecto, siguiendo por la hora, acabando por dónde estuve anoche, qué es lo que hice… pero nada de eso importa ahora y agradezco que guarden silencio. Solo me dicen que los médicos aseguran que aún le quedan un par de horas. He llegado a tiempo. Hay en mí cierto alivio contradictorio, cruel, infame. De nuevo siento que el olor a mierda me envuelve. Me quito las zapatillas. Entro.

Mi abuelo está entubado, tiene conectadas una bolsa de suero y otra de morfina, viste una bata verde pistacho feísima, la cama se reclina ligeramente. Tiene la cabeza girada hacia la ventana exterior. Duerme. Lleva en ese estado varios meses, pugnando con una enfermedad que todos sabemos que acabará con él, y que lo hace a base de dolor. Los médicos no se explican a qué viene tanta resistencia por su parte, por qué no se deja ir de una vez. Ha luchado más que la mayoría. No tiene cuentas pendientes. Ha sido feliz. Ha sido querido. Ha librado infinidad de batallas que en su corazón nunca perdió.

Me he equivocado, no duerme. Parece que me ha sentido llegar y ladea la cabeza hacia mí. Me mira. Sus ojos se irán siendo el mar. Lloro, pero esta vez no me importa. Él me dice hola, me mira fijamente. Nos damos la mano. No deja de mirarme, está leyéndome de arriba abajo. Mi abuelo sabe hacer eso, mi abuelo puede hacer cualquier cosa.

−¿A qué vienen esas lágrimas? Podría ser peor.

Ante esa frase se me escapa una especie de risa histérica, y la sinceridad brota.

−No sé cómo –le digo.

Sé que le cuesta horrores hablar, lo mucho que le duele ese esfuerzo siquiera entrecortado, pero lo hace y yo no se lo impido.

−Por ejemplo, podrías no haber llegado a tiempo para despedirte. Pero aún podría haber sido mucho peor. Podría no haberte tenido como nieto, y si hubiese sido así, quién me recordaría como lo harás tú, y quién me haría seguir viviendo, feliz, en ti.

Y ya no dice nada más porque se me muere. De esa manera. Mi mano en su mano, mirándonos. Caigo de rodillas.

Han pasado veinticinco años desde aquel día y nunca más he vuelto a caer de rodillas. Ni siquiera la semana pasada, cuando los médicos me han comunicado que la enfermedad que acabó con mi abuelo, y que afortunadamente se saltó a mi padre, habita en mí, y ha comenzado a llamar a mi puerta con una furia inusitadamente temprana. Mi abuelo llevaba razón, siempre puede ser peor, y seguiré hasta el final su ejemplo: sonreír, apretar los dientes si no es posible, e irme con dignidad.


[Publicado originalmente en DeKrakensySirenas, @krakensysirenas el 25.10.15]