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Dice Hegel que «cada conciencia busca la muerte de la otra», referenciando con ello que pretendemos imponer nuestra razón sobre la de cualquiera.
Dice Sartre que «el infierno son los otros», significando que queremos triunfar en nuestra subjetividad sobre la de los demás.
Digo yo, en mis días audaces, que a ratos me gusta ir contra natura, y dejar que mi conciencia se pierda en la de los demás sin querer imponer nada, sin pretender nada, sabiendo que el otro y yo somos polvo que a la ceniza de la nada fluye.

Desvelo

Me desvelé a media noche y decidí levantarme para no molestarla. Fui hasta la nevera, cogí un par de hielos y me serví un whisky. Luego fui hasta el salón y me encendí un cigarrillo. Me acerqué al ventanal. Afuera estaba nevando. La luna llena ofrecía una luz plateada que se desparramaba por el parque y el lago helado. Me quedé absorto. El vaso de whisky en una mano y el cigarrillo en la otra.
De repente aparecieron dos figuras, una en cada extremo del lago. Comenzaron a acercarse el uno al otro. Caminaban con paso cuidado para no resbalarse por el hielo. Desde el ventanal no podía apreciar sus rostros pero sí, que los dos llevaban en la mano una especie de garrote. Se encontraron en mitad del lago. Se quitaron con parsimonia los abrigos que llevaban y estrecharon sus manos. Comenzaron a agredirse.
Yo no me moví y tampoco me alteré. Miraba fascinado la escena. Estuvieron intercambiándose golpes hasta que uno de ellos cayó al suelo y no fue capaz de levantarse. Recibió entonces un último garrotazo en plena cabeza. La sangre corrió por el hielo. Un pequeño charco se formó en torno a la víctima.
El vencedor cojeaba. Se tapó la boca rota con una mano e hizo un esfuerzo para ponerse el abrigo. Luego cogió por los pies a su víctima y comenzó a arrastrarlo. El cuerpo dejó una estela de sangre que pronto sería cubierta por la nieve.
Vi su reflejo en el ventanal antes de que vencedor y vencido llegaran a la orilla. Ella, hermosa, desnuda, sin prestar atención a lo que ocurría en la noche, me exigió que le acompañara de nuevo a la cama. No pude ni quise negarme, y no terminé ni el cigarro ni el whisky. Dejé que la luna llena, la nieve, la sangre, el lago, el parque, los hombres, se las entendieran ellos solos. Preferí rendirme a la sencillez de un cálido abrazo.

Z

«Z» de Costa Gavras, 1969.
“…
−Perdón señor juez…
−¿Qué?
Ha dicho usted asesinato, ¿escribo asesinato?
El juez ha sido valiente…”
Quisiera tener los huevos del juez gafapastas; no me importaría usar de los medios del periodista para sacar a relucir la verdad; no quisiera morir por defender lo que hay que defender… Y me gusta pensar (y creo que pienso bien), que España está lejos de ese momento histórico que refleja esta obra de arte cuya intensidad se gana con el transcurrir de los minutos.
Y cuando uno está feliz y saboreando un poco de justicia… llega el final con el amargo sabor de la verdad del martillo histórico. Qué grande y qué duro, como la vida misma.

Ángel Petisme

ESTADO DEL BIENESTAR

Hay que follar más y joder menos,
subirse a un tango azul,
morder con fiebre a los que hablan
de libertad como un asunto público.
Hoy no hay café para los muertos.
Papararapapá.
Joder, hay que follar
sobre las carretillas de limones
bajo cielos salvajes del nuevo desafío.
Hay que follar con tristeza y respeto,
y joder menos,
apearse de labios e hipotecas.
Y arrancarle de una hostia la cabeza
al moco (verde) del Estado del Bienestar.
Necesito mucho sexo, cariño.
El gobierno ya me jode a diario.

Feria del libro de Madrid

Con apenas unas horas de antelación, comunico a los millones de fans que me siguen, que el sábado 31 de mayo estaré en mi primera Feria del Libro de Madrid, firmando y vendiendo ejemplares de la sin par, «Hermanos y Reyes».

El acto tendrá lugar de 11:00 a 12:30 en la caseta que la editorial Bohodón plante en el Retiro (zona calle Ibiza). Junto al ejemplar regalaré un relato, y lo mismo hasta mi sonrisa. Esto último no lo garantizo dada la escasa pasión de mi vena comercial, pero prometo hacer un esfuerzo.

Advierto que perderse el acto será delito, no se tendrá en cuenta ni por mí, pero delito al fin y al cabo será.


Antonio Machado

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
-así en la costa un barco- sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.

Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,

aguarda sin partir y siempre espera,

que el arte es largo y, además, no importa.

Gritos

Si no tienen pan –dijo la reina− que coman pasteles

I

Antes de la entrevista vi una vez más las imágenes en youtube donde la mujer, aún sin identificar, cometió el intento de magnicidio que conocemos. Me afané por escuchar lo que dijo, pero no entendí nada más allá de un alarido que reflejaba el desquicie de la desgraciada. Una semana después de los hechos todo el mundo se preguntaba quién era la mujer y por qué intentó degollar al presidente del Gobierno.

Apagué el portátil y acudí al bar de las afueras donde habíamos quedado. Cuando llegué los clientes se ponían al día con la televisión, que informaba del entierro de la magnicida, muerta tras siete días de coma, y de las protestas de la tarde y la noche anterior. Yo no conocía al tipo que me había llamado horas antes, pero la seguridad y la ternura con la que habló brevemente de la mujer recién fallecida, me convencieron para presentarme en busca de la exclusiva.

Un hombre sentado al fondo me hizo gestos con la mano y me fui hacia él. Tomaba una cerveza. Quise romper el hielo.

−¿No es un poco temprano para beber?

Su mirada hizo que me arrepintiera de inmediato. Su desaliño, el temblor de las manos, la gabardina raída, la bolsa de viaje… Se trataba sin duda de un mendigo, o de un alcohólico, o de ambas cosas.

−Desde lo que ocurrió –me dijo− he recaído en mi fantasma y desde ayer no quiero luchar más. Así al menos no estoy solo.

No sé si para redimirme o para confirmar mi idiotez pedí dos cervezas cuando se acercó la camarera, más pendiente de las noticias del televisor que de hacer su trabajo. Como todos, estaba inquieta ante lo que podía venir.

−No hace falta emborracharme para que hable, tengo intención de contar su historia…  nuestra historia.

A punto de justificarme, me callé. Saqué mi cuaderno y la grabadora. Él terminó su primera cerveza y dejó el vaso.

−Esta ciudad es un vertedero y por eso me siento cómodo, soy basura. Rosa estuvo a punto de sacarme del fango, pero su derrota ha sido también mi derrota.

Lo que acababa de oír era enrevesado y le pedí que empezara por el principio, por su nombre. Yo apunté el de Rosa en mi cuaderno, era la primera vez que escuchaba cómo se llamaba la magnicida. Tampoco lo sabía ningún medio informativo, tenía delante una gran oportunidad.

−Está bien. Me llamo Leo y Rosa es el nombre de la mujer de quien todos hablan, aunque nadie salvo yo conocía. Ayer murió una persona maravillosa y he decidido que se sepa. Su historia merece la pena, más que su intento de… crimen.

El bar comenzó a llenarse, la televisión seguía dando cuenta de los disturbios en las ciudades del país. Se comentaba y se daba la opinión sobre lo que tenía que ocurrir. Leo siguió con lo suyo, traté de no interrumpirle.

−Desde que comencé a vivir en la calle hace ya demasiados años, no me importaba dónde caerme muerto cada noche, pero hace dos años encontré mi hogar al regresar a esta ciudad que me vio nacer. O al menos, cuando encontré la casa abandonada donde vivo desde entonces. Para llegar desde aquí solo hay que seguir el curso del río hacia el sur, cruzar el Puente de Otoño y atravesar la arboleda. Allí la conocí a ella hace seis meses.

Se quedó con la mirada fija en el vaso, contuve la lengua, ya preguntaría más tarde. Continuó.

−Encontré la casa por casualidad en una de mis borracheras. Creo que si la casa no hubiera estado allí esa noche habría acabado en el fondo del río. Reconozco que nunca la cuidé y que con el paso del tiempo se convirtió en una pocilga. En la casa había una habitación pintada de rojo. La habitación tenía vistas al río a través de una ventana rota, pero solo durante la mitad del año, porque durante el invierno la tapaba con maderos y cartones para protegerme del frío, y a mediados de la primavera la volvía a destapar para ventilar los fuertes olores. Fue en esa habitación, al destapar la ventana a primeros de mayo, cuando me di cuenta que alguien había estado en la casa en mi ausencia durante el día.  No era la primera vez que ocupaban la casa ocupada por mí, y como las otras veces pensé que debía evitar que se repitiese. Pintar las paredes con símbolos satánicos, ensuciarla todavía más y arrojar jeringuillas al suelo eran los recursos que antes había utilizado. Sin embargo en esta ocasión me quedé extrañado y tuve mis dudas porque el intruso había puesto algo de orden en la habitación pintada de rojo, y sin saber muy bien por qué, decidí que la noche siguiente no me emborracharía.

Leo me resultaba sincero a pesar de tener el discurso algo ensayado, de momento no le iba a exigir más y seguí escuchándole.

−Al despertar no cambié mi rutina, me marché temprano a la catedral y fui luego al ayuntamiento. Mendigaba durante horas y regresaba al caer la tarde o la noche, después de comprar algo de comida y mucho de alcohol con lo que hubiera sacado de pedir. Ese día fue mal, cada día en realidad iba peor, y al regresar comprobé de nuevo que alguien había estado en la casa. La habitación roja estaba aún más ordenada. Esa noche tampoco bebí. A la mañana siguiente me levanté temprano y antes de salir empecé a recoger la pocilga donde vivía.

Me acabé mi primera cerveza, él la segunda. Cada vez que Leo paraba de contar su historia daba cuenta de la mitad de su vaso. Le pedí otra.

−En menos de un mes la casa cambió por completo. Yo recogía por las mañanas, la otra persona lo hacía antes de que volviese. Regresaba cada día un poco antes pero siempre se había marchado ya. Desaparecieron los cartones y las botellas. Borré lo mejor que pude las pintadas de las paredes y una tarde, mi ocupa misteriosa había pintado parte de la casa con bastante destreza. Barrimos, fregamos, colocamos los muebles de una manera armoniosa y hasta desbrozamos las malas hierbas que rodeaban la casa. Quería que se tratara de una mujer, de una mujer dulce. Tenía que ser así. Pero me resistía a dejar una nota, o peor aún, a aparecer de improviso. Por fin, cuando la casa parecía habitable (sin agua corriente ni electricidad, eso sí), me atreví a dejar en el salón una margarita y El Principito. Ese día regresé temblando y comido por los nervios.  Lo que me encontré fue una nota que decía: «Me llamo Rosa y tu libro siempre nos ha parecido sobrevalorado, pero me gustó la flor y tu gesto. Un beso. Lo siento, no estoy preparada para conocerte». Tal vez no fuera tan dulce como había imaginado, el «nos» me dejó a cuadros. Que no quisiera conocerme me entristeció profundamente.

El bar se llenó. La gente parecía imantada a la televisión. El vicepresidente iba a dar una rueda de prensa. Esperé a que Leo retomara su historia, había hecho otro alto para beber. No hicimos caso a la tensión que se comenzaba a respirar.

−Por las tardes no paraba de releer la nota. Sin duda se trataba de una mujer con carácter y quise demostrar que yo tenía el mío. Decidí regalarle un libro cada semana. En una librería de viejo conseguí comprar MomoLa historia interminable, y las dos Alicias. A lo largo de cuatro semanas ella me dejó comentarios breves y mordaces. Y una orquídea y un cactus. Ya no podía decirse que la casa estuviera abandonada, ni ocupada, ni tampoco que fuera mía. Era nuestra y era nuestro hogar. Fue el primer viernes de julio cuando me atreví a dar otro paso, en el salón dejé una nota donde la citaba ese domingo para una cena en la habitación roja. Me marché de casa y a la vuelta encontré su respuesta: «Sí». Llegó el domingo, me vestí lo mejor que pude y me marché a mendigar. En las horas de espera me sentí afortunado. Yo, me sentí afortunado… De regreso compré una pizza para llevar y temí encontrarme con Rosa en el camino, que se perdiera la magia. No fue así. Al llegar pensé que no estaría, que finalmente no iba a aparecer. Tampoco fue así. Me esperaba en la habitación.

II

Pedimos más cerveza.

−Me esperaba en la habitación roja con vistas al río, sentada a la mesa que dejé lista antes de marcharme. Nos sonreímos con timidez y serví la pizza. Me sentí ridículo. Durante la cena apenas hablamos. La situación, lo confesaríamos tiempo después, nos llenaba de vergüenza al sentir que el otro merecía más que una casa abandonada, esa cena y esa compañía. Nos sorprendió descubrir que ambos teníamos estudios universitarios, que los dos tuvimos nuestra oportunidad familiar (ella incluso había estado casada), y que asumíamos nuestras miserias sin responsabilizar a terceros. Rosa tenía treinta y ocho años, siete menos que yo, y me resultó imposible no preguntarme cómo podía existir una mirada tan cansada, una mirada cargada con tantas ojeras  en un rostro tan repleto de arrugas para no haber cumplido los cuarenta. Tal vez en su día fuera bonita… El tiempo me haría ver que sus estragos físicos  no se debían, como en mi caso, al abuso del alcohol ni de las drogas, y aunque como yo vivía en la calle, su desgaste era fruto de batallas que yo terminaría por conocer. Al acabar la cena pensé que había decepcionado a Rosa como había hecho a lo largo de mi vida con todo el mundo.

−Debo irme, Leo –me dijo ella con tristeza−. Hemos hecho como La dama y el vagabundo pero sin dama.

−Y al decir la última palabra se rió. Pareció sentirse en paz consigo misma y yo supe que no podía dejar que se marchara sin más, que éramos nuestra última oportunidad y que entre nosotros había magia, tal vez extraña y rota, pero magia al fin y al cabo.

−No puedes irte –le dije, y con torpeza añadí: −llevo tanto tiempo durmiendo solo.

−Soy mala compañera de cama –contestó Rosa ruborizándose− y de sexo mejor ni hablar.

−Perdona, no quería decir…, no pretendía…

Leo agachó todavía más la cabeza. Le di tiempo sin decirle nada. La historia era triste, tenía su miga, pero de momento nada que ver con la noticia que podía cambiar el país. No mostré prisa.

−Al final se quedó a dormir. Rosa no paró de agitarse y de hablar entre sueños durante toda la noche. Cuando la intenté calmar con un abrazo o con susurros todavía fue peor, temblaba. Al levantarnos por la mañana me dio un beso en la mejilla. Nos caíamos de sueño. Apenas habíamos dormido ninguno. Era lunes. No teníamos nada. Y sin embargo a partir de ese momento y durante cuatro meses fuimos felices. Todo lo felices que podíamos ser. Luego su enfermedad venció.

El vicepresidente del Gobierno por fin comenzó la rueda de prensa. En el bar se apagaron todas las discusiones, se acabaron todos los murmullos. Incluso Leo prestó atención.

III

El vicepresidente dio el parte médico, dijo que el presidente permanecía estable, fuera de peligro y que pronto pasarían a retirarle el coma inducido. Luego informó de las protestas y calificó a los manifestantes de terroristas. Dio un paso más y creyendo tener el micrófono apagado añadió: «Estos idiotas se creen que van a lograr algo». El bar rugió indignado. Miré a Leo, regresé a su historia. En esa historia estaba la mujer que había puesto patas arriba el país. Como muchos decían, que nos había despertado.

−Rosa pronto me reveló su secreto, si se podía llamar así. Fue la quinta noche que pasamos juntos. Lo hizo para calmarme y para evitar que me emborrachara. Unos críos me habían pegado y robado a las puertas del mismo ayuntamiento. Rosa ofreció contarme su vida si yo desistía de mi intención de acabar con una botella de vodka. Accedí entre lágrimas. Me contó que era esquizofrénica de tipo paranoide desde hacía doce años. Me dijo que la enfermedad le vino a los veintiséis, después de un año de feliz matrimonio y embarazada de su primer y único hijo. Que una noche en su sexto mes de embarazo comenzó a escuchar voces dentro de su cabeza, que le murmuraban cosas de su marido y de su bebé. Me dijo que consiguió dar a luz sin acudir a ningún especialista por miedo a que le recetaran medicación que afectara al embarazo. Se vino abajo y comenzó a llorar cuando contó que al tener a su niño las voces no se marcharon sino que se hicieron más frecuentes y violentas. A partir de ese momento nunca volvió a dormir bien.

La camarera se pasó por nuestra mesa pero ninguno queríamos nada más.

−Acudió entonces a un psiquiatra, le diagnosticó la esquizofrenia y le recetó la medicación con la que podría llevar una vida, le dijo, normal. Pero las voces no desaparecieron. Cuando pensó que su hijo y su marido podían estar en peligro por culpa suya, la que desapareció fue ella. Sin explicaciones, sin un adiós, para siempre. Rosa abandonó su ciudad y se mudó a la capital donde por un golpe de fortuna comenzó a trabajar de profesora en un municipio cercano. Aguantó durante dos años las voces que no paraban de hablar de sus alumnos y de sus compañeros. Me contó que el primer año no le fue mal, que incluso creyó que podría someter a las voces a través de su voluntad y de la medicación. Las distintas personas que hablaban dentro de su cabeza no desaparecieron, pero se volvieron menos audibles y violentas. El segundo año sin embargo la enfermedad se agravó, las voces se multiplicaron y dejaron de hablar entre ellas para dirigirse directamente a Rosa. Los mensajes dejaron de ser críticas maliciosas para exigir sangre la mayoría de las veces. Rosa, al contármelo, pronunció la palabra «sangre» con tal intensidad que no pudo seguir. Rompió a llorar y esa noche se durmió en mis brazos sin apenas temblores.

El escándalo que se había formado en el bar por las palabras a supuesto micrófono cerrado del vicepresidente, amainó hasta generar una calma tensa. La tensión se respiraba. Algo estaba a punto de ocurrir, desbordarse.

−Al día siguiente regresé pronto a casa. Ella no había salido. Nada más verla le miré a los ojos y le dije lo que pensaba. Le dije que era una heroína, que un héroe no es quien hace grandes cosas por tener grandes capacidades, sino quien se rebela contra sus demonios y evita hacer el mal por mucho que se le empuje hacia él. Esa noche me besó por primera vez. Lo hizo como nadie me había besado nunca, con una mezcla de agradecimiento y derrota. Después del beso terminó de contarme cómo había llegado hasta la casa. La situación al finalizar el primer trimestre de su segundo año se hizo insoportable. Su lucha diaria contra las voces llenó su rostro de ojeras y arrugas. Pronto la mirada se le empezó a torcer. Los rumores entre los alumnos y entre sus propios compañeros terminaron por hacer que se marchara. Pocos meses más tarde perdió la casa y solo le quedó la calle. La calle y las voces. Unas voces fuera de control que solo conseguía dominar a base de gritos. Comenzó así a alejarse de la ciudad a diario, a recorrer el solitario río y a llenar con sus gritos la arboleda y el abandonado Puente de Otoño. Hasta que dio con la casa, hasta que me encontró a mí. Y no es que al conocerme dejara de gritar, sino que me confesó que lo hacía durante horas mientras yo estaba fuera, que cuando llegaba ella se encontraba tan agotada que podía ignorar las voces.

El final de la historia de Rosa llegaba, el principio de algo propiciado por ella con su intento de magnicidio daba comienzo. La televisión informaba con urgencia de manifestaciones espontáneas por todo el país, de mareas tranquilas pero indignadas, de policías que en muchos casos se unían a los manifestantes. El bar comenzó a vaciarse. Solo quedamos nosotros y la camarera.

−Rosa nunca me lo confesó pero creo que intentó matar al presidente porque las voces le pedían que acabara conmigo. Las últimas semanas apenas durmió, temblaba más y comenzó a gritar también en sueños. Dos días antes del suceso le dije que no tenía miedo, que me imaginaba lo que le exigían las voces y que no me separaría de ella. Intentamos hacer el amor por primera y última vez. Fue un desastre… hermoso. ¿Por qué eligió al presidente? Es posible que yo tuviera la culpa. Cada día le llevaba periódicos para que se evadiera lo máximo posible de su tortura. El país era una ruina y las voces supongo que también le pidieron que acabara con el máximo responsable de esa ruina. Lo que creo es que contra esa petición no pudo, o no quiso, seguir gritando. Tal vez aceptara hacerlo porque era el modo de salvarme a mí, o tal vez porque así acallaría de una vez las malditas voces. No sé, no me lo dijo. Solo sé que Rosa fue mi último hogar.

Solo supe decirle que Rosa era de verdad una heroína y que el país iba a vivir las consecuencias.

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64

Me debo estar haciendo viejo (la otra opción es que me hago sabio y no lo tomo en consideración), porque hasta me veo capaz de rebatir al cáustico doctor House. Dice en una de sus mejores frases que a las personas no les ocurre las cosas que se merecen, sino que les ocurre lo que les ocurre. La réplica que se me viene a la cabeza, y que más que replica es complemento, diría que lo importante no es lo que ocurre, sino lo que hacemos con aquello que nos sucede. Qué somos capaces de hacer con aquello que nos va ocurriendo -en especial con el dolor- marca una de las diferencias esenciales de cada vida.

16 de mayo

Por si hubiera algún cándido, algún interesado, o algún fanático de “Hermanos y Reyes” (cosas más raras se han visto por ahí), anuncio e invito, el viernes 16 de mayo, a la venta y firma de ejemplares de la novela, en la Feria del Libro de Guadalajara. Estaré por la tarde, a partir de las 18:30, en la caseta de Walquiria. Me he propuesto vestirme de chico simpático y ofreceré al menos un relato gratis fotocopiado con cada libro vendido ¡Por dios, quién se lo va a querer perder!   

Diarios

Al encontrar su cadáver hubo un total desconcierto. Unos dijeron que se trataba de un suicidio por amor, otros, de una muerte natural. La investigación forense no arrojó luz y la policial lo complicó todo más cuando encontró dos diarios personales.
En el primero se describía el goce que le producía su relación, su cercanía con el paraíso, la pasión desatada con la que miraba a su pareja. En el segundo, sus odios, su desconcierto, su desaliento más terrible. Ambos diarios tenían fechas desde el inicio hasta el final de la relación. Ambos incluso fechas en común donde la diferencia era de horas.
Al callejón sin salida se llegó cuando se le preguntó a ella y dijo desconocer no solo los diarios, sino que el muerto fuera capaz de tales emociones en vida, de la edénica y de la infernal, que se recogían en los escritos. Para ella, él era una persona equilibrada, aburrida incluso en su forma de querer.
El embrollo se resolvió como se resuelven las cosas, todo el mundo quedó insatisfecho, cada uno tomó lo que quiso, y el frío cadáver no desveló su misterio.