Cómo concibo la literatura

Concibo la literatura en buena medida como lo que el escritor es capaz de ofrecer al lector. Hay libros que te lo ofrecen todo, que te cambian la vida, que te la orientan, que te la llenan. Otros, la mayoría, son más modestos, pero un buen libro para que lo sea, debe dar algo al lector. En mi caso intento ofrecer entretenimiento y alguna que otra reflexión. Tengo lectores que me han dicho que lo he conseguido, y eso no es poco para mi primera novela. Lo mismo intentaré con la segunda, que hace concluir la saga (si es que con dos se puede hablar de tal cosa), y lo intentaré, no con más ahínco, pues eso es difícil, pero sí con más experiencia. Creo que lo andado hasta aquí me ayudará para ofrecer más y mejor.

Contaré una anécdota. Sobre los treinta leí por primera vez a Oscar Wilde, y si no recuerdo mal empecé con “El abanico de lady Windermere” y no con “El retrato de Dorian Grey”. Al hacerlo, Oscar me ofreció un estilo que me fascinó, un dandismo que solo lo paladeé como una alternativa más en mi lista de alternativas, pero fantaseé con la idea de que si ese libro hubiera caído en mis manos a los 15 o a los 16, mi vida hubiese sido distinta, tal vez hubiese seguido su modelo de frivolidad y estilete lingüístico, por la fuerza arrolladora que posee. Pero claro, a esa edad yo caí preso de “El Quijote”, de “Crimen y Castigo”, de “El Señor de los Anillos”, y cada uno de ellos me ofreció lo que yo buscaba y lo que en dosis importantes yo soy y yo hago. Personajes derrotados, personajes que se intentan reponer, personajes a quienes les ocurren cosas increíbles en un mundo gris.

Por supuesto Tolkien llenó mi mundo de fantasía en el que aún sigo, como demuestran mis novelas, que son un homenaje a mis años de iniciación, pues con él empecé en la literatura y eso no podré olvidarlo jamás. ¿Por qué? Porque me ofreció un horizonte, me ofreció una vida que desconocía hasta entonces y que me atrapó para siempre.

Y qué decir de los grandes que mencionaba antes, quién es Raskolnikov sino un filósofo derrotado y hundido que trata de sobreponerse a su propia realidad y a sus actos sin conseguirlo. Quién don Quijote sino el gran iluso, enloquecido para no perder la ilusión, y un ser genial y vivaz mientras la conserva a pesar de la realidad. Si se tiene algo de sensibilidad hacia la literatura, en esos años o a cualesquiera, tales personajes te tienen que marcar irremediablemente. Y a mí lo hicieron, a fuego y a tinta, y no puedo estar más satisfecho de que la literatura me haya ofrecido tanto. 

Supongo que por lo anterior trato de devolver parte de lo que la literatura me ha dado, en otros lectores. Y lo intento, en la medida de unas fuerzas que espero vayan acrecentándose con los años, con mis libros, con mis relatos. Quién sabe, quizá acabe ofreciéndole al lector tanto como me gustaría.   

La gran belleza

La gran belleza, de Paolo Sorrentino, hace apenas unas horas oscarizada como la mejor película de habla no inglesa del 2013, es sin duda una gran película, y aunque las comparaciones sean odiosas y esas cosillas, toda una lección de cine que tal vez debiera servir al cine español, al yanki, y a todos en general, por ser capaz de tratar hipnóticamente de lo pequeño y de lo grande, o más contextualizado, de lo mundano y de lo divino. Bella e inquietante por momentos, no os la perdáis. 

El refugio

El cineasta Ernesto Grivaldo redujo una marcha de su todoterreno y el vehículo ganó fuerza ante la nueva pendiente.  En la radio ya solo se escuchaban interferencias y Ernesto decidió apagarla. A ambos lados de la carretera cada vez más estrecha los pinos se erigían frondosos. El refugio de montaña estaba próximo.

Una vez más la imagen que le había obsesionado durante los últimos diez meses de su vida, el motivo de aquel viaje, acudió a él y se adueñó de sus labios, que susurraron: «La nieve comenzó a caer con suavidad, pronto el charco de sangre desapareció bajo un manto blanco». La escena, como siempre, se cortó de golpe.

Todas sus películas estaban basadas en argumentos desarrollados a partir de una sugerente imagen que le llegaba sin previo aviso y que moldeaba posteriormente, con mayor o menor esfuerzo pero siempre con brillantez para encandilar al público y a la crítica. Sin embargo, tras llegarle la imagen de la nieve no había ocurrido un desarrollo posterior y después del “manto blanco” se había abierto el abismo. Y aunque había intentado salvarlo de numerosas maneras y con numerosos guiones y escaletas, todo terminaba siempre en fracaso, sin una moldura convincente, con la sensación de que la imagen valía mucho más de lo que conseguía sacar de ella.

La primera vez que la nieve y la sangre acudieron a él fue durante la gala de la Academia, justo cuando recogía el galardón en forma de claqueta que le consagraba por su transgresora Cristales, una película experimental que podía visionarse desde diferentes puntos de partida, pero con resultados simétricos en una experiencia que había sido catalogada de “cinematografía fractal”.

Nada más aparecer la nueva imagen, al tiempo que levantaba en alto su premio, pensó que pronto tendría otro excelente guión. Así se lo hizo presagiar el cosquilleo que recorrió su cuerpo como en casos precedentes, o la convicción de que paladeaba una idea brillante y de gran calidad. Pero sus premoniciones esta vez no se cumplieron.

Los días pasaron y la imagen se enquistó. Sus armas habituales no lograron desmadejar el nudo. Su talento, capaz de asociar ideas muy variadas que le conducían hacia síntesis nuevas, se mostró inane; y su férrea disciplina, solo acumuló horas de trabajo que acumularon resultados que el propio cineasta calificó de mediocres en el mejor de los casos. El cierre del pernicioso círculo se lo dio el hecho de que no solo no había satisfactorios avances con la nieve y la sangre, sino que su obsesión era tal que no cabía la posibilidad de conceder espacio a ninguna otra apuesta.

Ernesto Grivaldo miró por el retrovisor interior y junto a los guiones sin terminar que se depositaban en el asiento trasero del vehículo, observó sus ojos. Sus ojos negros, cansados y enrojecidos, pero dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias. El bloqueo duraba ya diez meses, diez largos meses en los que había echado a perder entre otras cosas su matrimonio, ya de por sí en el alambre pero desbordado tras un repunte de su irascibilidad ante el permanente bloqueo creativo; diez meses en los que perdió un contrato millonario por un proyecto firmado que se negó a filmar; y diez meses en los que dijo adiós a buena parte de su salud y a quince kilos de peso. El deterioro físico y psicológico de Ernesto era tan evidente, que quienes lo conocían,tenían claro que o él acababa con su idea, o su idea acabaría con él.

A la hora prevista llegó al refugio. El cielo clareaba pero por el noroeste se divisaban unos densos nubarrones. Hacía bastante frío. Ernesto sacó las cuatro cámaras y los trípodes del maletero, y lo preparó todo tal como lo había diseñado. Fue meticuloso en su ir y venir del todoterreno a la cabaña, y viceversa. Echó leña y encendió el fuego de la chimenea para caldear el refugio; comprobó las baterías de las cámaras y las colocó, una encima del techo del vehículo, para tomar una imagen picada, otra casi ras del suelo para obtener un contrapicado ligero, y dos dentro de la cabaña para recoger todas las impresiones posteriores; revisó el botiquín; comprobó la cobertura del móvil, que sin ser completa bastaría; y, finalmente, metió la bala en el tambor de la pistola. La previsión señalaba que comenzaría a nevar en breve.

El reloj marcó las once de la mañana. Las nubes ya lo cubrían todo. Ernesto Grivaldo comenzó a sudar y a hablar consigo mismo a causa del miedo: «Este experimento de fundir realidad y ficción para salir del bloqueo es una soberana locura». Una soberana locura que sin embargo no canceló. Antes del primer copo se arrodilló en el lugar donde las cámaras exteriores ya grababan, antes del primer copo se colocó la pequeña pistola del calibre treinta y dos contra su costillar en la posición donde se había informado, antes del primer copo le dio tiempo a respirar profundamente siete veces. Con el primer copo se pegó un tiro. El dolor fue agudo, como nada que hubiera sentido antes. El disparo resonó por los alrededores y tres cuervos levantaron el vuelo.

La bala penetró el cuero y la carne, pero sin orificio de salida. A pesar del dolor, el cineasta mostró a las cámaras una expresión de triunfo, estaba vivo y no se había desmayado. La sangre fluía a buen ritmo.

El cineasta susurró de nuevo pero más convencido que nunca: «La nieve comenzó a caer con suavidad, y pronto el charco de sangre desapareció bajo un manto blanco». En esta ocasión la imagen era real a falta de que el charco de sangre fuese cubierto por una nevada que dejó de ser suave. Ernesto se sentó en el asiento del copiloto del todoterreno mientras miraba con fijación su efímera obra. Respiraba con dificultad, el frío le atería y el dolor le hacía retorcerse. No supo si debido a esos factores, el desbloqueo inmediato no llegó. Al menos estaba convencido de que un par de flashbacks, con él de crío, habían cruzado su cabeza nada más dispararse. Pero no consiguió retenerlos ni hacerlos explícitos y se habían deshecho como blanda nieve entre los dedos.

El charco de su sangre desapareció bajo sus ojos, pero no su contumaz bloqueo. Comenzó a nevar con intensidad. En el asiento del copiloto se formó otro charco. Ernesto debía marchar al refugio, llamar a emergencias y empezar la cura.

La ventisca estuvo a punto de derribarle camino de la cabaña en un par de ocasiones. Antes, había gritado de dolor y maldecido su estupidez, mientras con verdadero carácter de lunático guardaba en el todoterreno las dos cámaras que habían grabado su experimento. Si moría, pensó que tal vez nadie interpretara las imágenes correctamente, y esa idea fue un vanidoso consuelo más que una decepción.

Logró cerrar la puerta del refugio. El frío y la nieve quedaron fuera. El dolor pasó con él, y también otro flashback por el que pudo verse con cinco años, en su primera casa, fascinado delante del televisor, mientras de fondo escuchaba los gritos de sus padres. Todo ocurrió en un segundo. La imagen se le volvió a esfumar.

Llamó al hospital. La operadora que le atendió quedó confusa ante las explicaciones de Ernesto a pesar de que este se ciñó al disparo, a su localización, y a que le rescataran. En cualquier caso la operadora tuvo que darle la noticia: la tormenta superaba con mucho las previsiones originales y ninguna unidad de rescate, ni por tierra ni por aire, podría acceder al refugio hasta que la tormenta amainara.

El cineasta colgó entre blasfemias. Acto seguido le brotó una carcajada seca que desembocó en un inmediato gesto de amargura. Los diferentes registros fueron recogidos por las cámaras, y eso provocó en Ernesto Grivaldo una sonrisa difícil de catalogar.

La autocura que se realizó con el botiquín le calmó el dolor en parte, aplacó el desangrado y le infundió cierta esperanza. Con rabia le dijo a una de las cámaras: «Tal vez muera, pero antes voy a acabar lo que he venido a hacer». Se medio arrastró unos diez metros desde la ventana, hasta el calor de la chimenea. Fijó la mirada en la cámara más próxima a él, y recitó su particular mantra.

−La nieve comenzó a caer con suavidad… el charco de sangre… la nieve…sangre.

Las imágenes que se le habían escapado con anterioridad regresaron. En ellas se volvió a ver de niño, en el salón de una casa casi olvidada, con una pequeña claqueta de juguete entre las manos, frente a la televisión y fascinado con una película en blanco y negro. Sus padres no paraban de gritarse en la cocina.

Los gritos se adueñaron de la escena y el niño decidió ver qué ocurría. Ernesto no podía recordar el rostro de su padre y por un segundo lo tuvo frente a él. De inmediato, este se volvió para seguir discutiendo. La madre, advirtió la presencia del pequeño y le ordenó entre lágrimas que regresara al salón, pero el niño no obedeció y se escabulló a un rincón sin que le viesen.

La discusión aumentó. De los reproches la madre pasó a lanzarle un plato al padre, este contestó con un bofetón en la cara y una patada en el vientre, ella intentó revolverse ante los golpes y recibió un puñetazo en la boca. Roja de ira y roja de sangre con un labio partido, la madre se hizo con un cuchillo. Cuando ambos quisieron darse cuenta, él tenía el cuchillo clavado en el pecho hasta la empuñadura. El padre cayó a plomo al suelo de la cocina, la madre comenzó a chillar, el niño lo había contemplado todo con la boca abierta, la claqueta de juguete se le había caído al suelo.

La madre tras el tercer chillido descubrió a su hijo. Estuvo a punto de entrar en shock mientras el niño, boquiabierto todavía, observaba el charco de sangre que se formaba alrededor del cuerpo del padre. La madre se serenó lo suficiente como para sacar de la cocina a su hijo. Antes de llamar a la policía colocó al niño frente al televisor y le rogó con nerviosas caricias que se olvidara de todo lo que había visto. En la televisión nevaba en blanco y negro. Pronto llegó la policía, pronto la ambulancia, pronto el niño censuró este episodio que por fin afloraba a su conciencia.

A Ernesto Grivaldo se le fundieron a negro sus recuerdos y regresó a la cabaña. Una sonrisa se sobrepuso al dolor. Con dolor irónico habló a las cámaras: «Ahora sé que el cine ha sido a lo largo de los años mi refugio, que el cine me ha permitido huir de mi fantasma. Pero me he empeñado tanto en alcanzarle, que al final lo he conseguido».

Se palpó la herida, un rayo de sol se filtró por la ventana.

Resultado de imagen de nieve y sangre

 

Enter the Void

«Enter the Void» (2009) de Gaspar Noé, es experimental, desagradable, psicotrópica, dura, explícita, inquietante, caótica, extrema, valiente, límite, excesiva, descorazonadora, pretenciosa. Ni siquiera la recomiendo, o al menos no lo hago a la ligera, pero me alegro del vuelo, me alegro de haberla visto, y me alegro de haberlo hecho sereno.

Proust

En busca del tiempo perdido 2; A la sombra de las muchachas en flor.
         
«Todo soldado está convencido de que tiene por delante un espacio de tiempo infinitamente prorrogable antes de que le maten; el ladrón, antes de que le cojan; el hombre, en general, antes de que le arrebate la muerte. Ése es   el amuleto que preserva a los individuos –y a veces a los pueblos−, no del peligro, sino del miedo al peligro; en realidad, de la creencia en el peligro, por lo cual le desafían en ciertos casos sin necesidad de ser valiente».