Mario Benedetti

Poema a la Clase Media

Clase media
medio rica
medio culta
entre lo que cree ser y lo que es
media una distancia medio grande
Desde el medio mira medio mal
a los negritos
a los ricos a los sabios
a los locos
a los pobres
Si escucha a un Hitler
medio le gusta
y si habla un Che
medio también
En el medio de la nada
medio duda
como todo le atrae (a medias)
analiza hasta la mitad
todos los hechos
y (medio confundida) sale a la calle con media cacerola
entonces medio llega a importar
a los que mandan(medio en las sombras)
a veces, solo a veces, se dá cuenta(medio tarde)
que la usaron de peón
en un ajedrez que no comprende
y que nunca la convierte en Reina
Así, medio rabiosa
se lamenta(a medias)
de ser el medio del que comen otros
a quienes no alcanza a entender
ni medio.



Y qué verdad, y qué triste sentirme tan dentro de la clase media, sin apenas posibilidades de escapar.

Blas de Otero

Hombre

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuando
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser –y no ser – eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

Sin palabras, soneto brutal con un terceto final inmejorable

Calderón de la Barca

La vida es sueño

«¿Qué es la vida?, un frenesí;
¿qué es la vida?, una ilusión,
una sombra una ficción,
y el mayor bien, es pequeño;
y toda la vida es sueño,
y los sueños sueños son».

Ante los duros momentos de la realidad, viene bien recordar que ésta no es mucho más que un sueño, y que los sueños, no son mucho menos que la realidad. Aprovechemos el frenesí la ilusión la sombra y la ficción, porque sueños o en realidad, son mejor que nada.

Dostoievski

«Hay personas como tigres, ansiosas de lamer la sangre. Quien ha experimentado una sola vez el poder, el dominio ilimitado sobre el cuerpo, la sangre y el espíritu de otro hombre igual a él, que ha sido creado de la misma manera, que es su hermano por la ley de Cristo; quien ha experimentado el poder y la capacidad absoluta para humillar de la forma más denigrante a otra criatura portadora de la imagen divina, ése pierde por fuerza el control sobre sus propios sentimientos. La crueldad es un hábito: es susceptible de desarrollarse, y de hecho se desarrolla hasta convertirse en una enfermedad. Estoy convencido de que el mejor de los hombres puede endurecerse y embrutecerse, por culpa de ese hábito, hasta el nivel de las fieras. La sangre y el poder embriagan: la grosería y la depravación se van desarrollando: la inteligencia y el sentimiento admiten las mayores aberraciones, y acaban por considerarlas placenteras. La persona, el ciudadano, desaparece para siempre, cediendo paso al tirano, y el regreso a la dignidad humana, al arrepentimiento, al renacer, se convierte en algo punto menos que imposible. Además, en vista de que se puede ejercer semejante tiranía, el ejemplo cunde y se extiende por el cuerpo social de forma contagiosa: se trata de un poder muy seductor. Una sociedad que observa este fenómeno con indiferencia ya ha sido corrompida en sus mismos fundamentos. En resumen, el derecho al castigo corporal, otorgado a una persona para ejercerlo sobre otras, es una de las lacras de la sociedad, así como uno de los medios más poderosos para exterminar en ella todo embrión, toda tentativa de desarrollar el espíritu cívico, y constituye la base más sólida para su descomposición absoluta e irreversible».
Dosotoievski en Memorias de la casa muerta

Unamuno

En una palabra, que con razón, sin razón o contra ella, no me da la gana de morirme. Y cuando al fin me muera, si es del todo, no me habré muerto yo, esto es, no me habré dejado morir, sino que me habrá matado el destino humano. Como no llegue a perder la cabeza, o mejor aún que la cabeza, el corazón, yo no dimito de la vida: se me destituirá de ella.
Del sentimiento trágico de la vida

Nietzsche

Zaratustra en el capítulo «Jubilado»:

«Yo amo todo lo que mira limpiamente y habla con honestidad. Pero él -tú lo sabes bien, viejo sacerdote, en él había algo de tus maneras, de maneras de sacerdote -él era ambiguo.
Era también oscuro. ¡Cómo se irritaba con nosotros, resoplando cólera, porque le entendíamos mal! Mas ¿por qué no hablaba con mayor nitidez?
Y si dependía de nuestros oídos, ¿por qué nos dio unos oídos que le oían mal? Si en nuestros oídos había barro, ¡bien! ¿quién lo había introducido allí?
¡Demasiadas cosas se le malograron a ese alfarero que no había aprendido del todo su oficio! Pero el hecho de que se vengase de sus pucheros y criaturas porque le hubiesen salido mal a él -eso era un pecado contra el buen gusto.
También en la piedad existe un buen gusto: éste acabó por decir «¡Fuera tal Dios! ¡Mejor ningún Dios, mejor construirse cado uno su destino a su manera, mejor ser un necio, mejor ser Dios mismo!»