Peligro

El hombre dejó el masaje y apoyó todo el peso que pudo sobre la espalda de la mujer. La tiró del pelo con una mano y con la otra aseguró el preservativo en su sitio. Orientó su polla y la penetró hasta el fondo. Entró sin apenas resistencia. Mordisqueó el lóbulo izquierdo de su oreja y le dijo en un susurro:

−Te quiero.

Ella jadeó y sonrió al mismo tiempo.

Después de varios minutos penetrándola con dulzura incrementó el ritmo de sus arremetidas. Miraba furtivo cada poco al reloj despertador que había sobre la mesita de noche. Estaba pendiente de la respiración de ella. Antes la había masturbado, luego llegó el masaje tailandés, suave, más erótico que terapéutico. Ahora quería agotarla, dejarla plenamente satisfecha. Ella se lo merecía, pensó el hombre. Como todas, se dijo. Toda mujer merece el máximo placer posible; era su lema. Sintió que el orgasmo de ella estaba cerca y paró de golpe.

−Vamos a cambiar de postura –dijo él.

−Hijo de puta –dijo ella.

Él sonrió, segundos más tarde estaba debajo. El cuerpo de ella hizo un ángulo de noventa grados con respecto a la posición tumbada del hombre. Tras la nueva penetración los dos comenzaron a moverse.

−¿Quieres escupirme? –dijo él, solícito.

−Calla. No te pases de listo.

Él obedeció. Los minutos pasaron y los jadeos volvieron a cobrar intensidad. Él quiso volver a salirse. Pensó en ponerla a cuatro patas, desde esa posición podría controlar a la perfección el ritmo de las embestidas, acabar violentamente, rendirla. Cuando dijo que iban a cambiar ella no se lo permitió. La mujer le aferró los brazos, bajó el culo al máximo, lo restregó por las ingles de él, le hizo sentir todo su peso. Hasta que ella llegó al orgasmo.

Tras unos segundos de calma él intentó de nuevo cambiar de posición, retomar la iniciativa, lograr que ella se volviera a correr. No logró quitársela de encima, ni siquiera liberar sus brazos. Se sintió ridículamente débil. Ella comenzó a moverse de nuevo.

−Hasta el final –dijo ella y marcó el ritmo.

Apenas un minuto más tarde él hizo esfuerzos por contener su esperma pero fracasó.

−Así está mejor –dijo ella poniéndole el dedo índice en su boca.

Él mostró desconcierto en su rostro. No dijo nada pero besó el dedo de ella.

−Tienes buena polla y buenas intenciones, pero mides todo demasiado.

Él se sintió desnudo. Trató de recuperar el control.

−Que tuviera que decirte te quiero me ha descolocado.

−No me hagas reír –dijo ella algo sombría, no dio más explicaciones de por qué había pedido esa frase antes de empezar.

Comenzaron a vestirse. Él pensó que eran igual de altos, pensó que ella debía pasarse en el gimnasio al menos tanto tiempo como él, pensó que los veinte años de diferencia que se llevaban no se notaban demasiado en los cuerpos. Era hermosa y era extraña.

−¿Por qué haces esto? –Dijo él sin poder contenerse –Podrías tener cientos de tíos gratis que babearían por estar contigo.

Ella no le contestó. Buscó su bolso y su cartera. Sacó un billete de doscientos euros y pagó lo acordado, incluyendo la propina por el te quiero. Él no tuvo suficiente, quería saber de ella.

−Perdona que insista, es que me he acostado con muchas mujeres, y me pagáis por muchos motivos distintos… pero no tengo claro donde encuadrarte.

−Así que nos encuadras, nos clasificas, nos cosificas –dijo ella muy seria.

−Perdona, no quería decir eso… bueno, en realidad, no sé qué has querido decir tú.

Ella sonrió. La inocencia con la que él dijo su última frase desarmó las barreras de ella. La habitación de hotel tenía minibar. Sirvió dos copas de whisky. Bebió un trago y dijo:

−Mis silencios te han terminado por confundir, de ahí a que me conviertas en una mujer especial hay solo un paso. No seas tonto, los silencios también mienten. En la cama tan solo actué de la forma que más me gusta. Pago por disfrutar, la frase que me dijiste es solo una frase, me gusta arrastrarla, saciar de vez en cuando mis necesidades ¿Quieres encuadrarme? Soy de las que no tienen tiempo para relaciones, mejor, de las que no quieren tener tiempo. Tan simple como eso, casi tan simple como vosotros, los hombres.

Él tenía siempre prisa después de hacer su trabajo pero en esta ocasión sus pies no querían moverse de allí. No se le ocurría nada digno que decir y al final dijo:

−¿Quieres saber por qué lo hago yo?

Era algo que solían preguntarle, sin embargo en esta ocasión se sintió ridículo.

−La verdad es que no. No quiero saberlo. Perdóname pero tampoco habrá mucho misterio. Y aunque lo hubiera. No me interesa.

−¿Tanto tiempo te robaría un hombre? –dijo, y picado en su orgullo se le ocurrió añadir: −¿Tanto daño te hemos hecho?

Ella se bebió de un trago lo que le quedaba de whisky.

−Ay, con el lugar común del corazón roto nos hemos topado. No se trata de vosotros ni de que no cumpláis con vuestras promesas, más bien soy yo incapaz de cumplir con las mías, con las que en algún momento os hice. La verdad es que los hombres sois muy pesados, habéis caído de bruces en la red de tópicos del amor. Al menos tanto como la mujer, pero eso sí, sin renunciar a meter vuestras pollas en cualquier agujero.

No terminaba de seguirla pero quería que siguiera hablando.

−¿Quieres otra copa?

Ella le besó en la mejilla. Dejó el vaso sobre el escritorio de la habitación.

−Hasta aquí nuestra charla. Podría decirte que debo irme y darte el consuelo de que no puedo quedarme, pero no es el caso. Soy una borde. Lo siento.

La sonrisa de ella le pareció una última oportunidad.

−¿Volveré a verte?

Ella no le contestó y fue hacia la puerta. Antes de cruzar el umbral se giró.

−Eres bueno en tu trabajo. No, no volverás a verme.

La puerta se cerró con suavidad. Él se sentó en la cama, se tumbó de espaldas, miró al techo. Tuvo la sombra de una intuición.

−Peligro –dijo.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 17.08.16

La piedra soy Yo

A Esteban O´Higgins, allá donde hayas ido, ríe por nosotros

Ya no sé si soy la piedra o sigo siendo Yo

Ya no sé si Grecia perdura como templo de Europa

O si ambos somos una ruina que se engarza al tiempo imponderable,

inútil y sin motivo

 

Homero me llamó sabio y prudente

Bandido los dioses,

Pero me cuesta creer que los dioses sean dioses por algo más que su poder

No desde luego por su razón

No por su prudencia

No por su bondad

¿No serán ellos los juguetes de otros dioses, y estos, otros juguetes?

¿Cómo no pensarlo?

Estoy en su infierno en su montaña con su roca,

Pero sin su desprecio

Hace millones de veces que subo y bajo su justicia sin saber nada de ellos

Solo pueden estar muertos, ya no siento su soberbia

Los dioses han muerto pero yo sigo igual

Ya no sé si soy la piedra

 

Cuando rodamos cuesta abajo las preguntas se agolpan

Son la causa de mis desvelos y me aplastan

¿Qué habrá sido de mis hermanos de

pecado?

¿Qué de Prometeo, de su robo, de su hígado, de su águila?

¿Qué de Tántalo, de su río sediento de manjares?

¿Qué de tantos otros castigados por su afán de rebeldía?

La lucidez de mi absurdo me dice

que engañar a los dioses está sobrevalorado

Solo hay que ser lo que somos, libres

Solo hay que buscar el sentido que se debe

Solos

 

Estoy cansado de la eternidad y sin duda la piedra soy Yo

Hay viajes que incluso en mi delirio

Pienso que me han pensado,

Desde el filósofo ilustre

Hasta el más pobre

de los poetas

Y río

Pues tampoco ellos saben, si son ellos o son piedra.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 11.07.16

Fuera de sí

Dentro de la nevera todo se disponía de acuerdo a su criterio. El bote de sangre estaba ligeramente a la izquierda, las tres bolsas a la derecha en los distintos estantes. Cerró la puerta y comprobó que el blanco del electrodoméstico estuviese impoluto. Lo estaba.

Ya en el salón seleccionó de su discografía  un vinilo de Rachmaninov, el poema sinfónico de “La isla de los muertos”. Lo puso en el reproductor y subió el volumen a treinta y tres. Se sentó en el sofá color marfil, la espalda muy recta. Miró su reloj varias veces. Ella llegaba tarde.

Cinco minutos después sonaba el telefonillo. Mientras ella subía él se examinó en el espejo del salón; las abultadas bolsas bajo sus ojos, la raya de su pelo canoso, la pulcritud de su afeitado, se ajustó la corbata y se alisó el traje azul cielo. Ella llamó a la puerta con insistencia.

Entró como un vendaval. Los tacones igualaban su altura. En lugar de darle dos besos lamió sus mejillas. Sonrió pícara. Empezó a curiosear el salón. Él se quedó asombrado. Con asco secó la saliva. Sin preocuparse de si ella le observaba o no, cerró la puerta con cerrojo y se guardó la llave.

−Eres más viejo de lo que imaginé por tu voz, pero no importa, eh, soy una profesional.

−¿Tienes veintiún años? –cerró y abrió su puño izquierdo pegado a la cadera, varias veces.

−Tengo más de dieciocho, eso es lo importante, ¿no? Oye, no está nada mal tu casa, pondría música más alegre, un par de cuadros coloridos, fotos… está desangelada pero supongo que no vivirás aquí. Tienes pasta, será tu refugio para estar con…nosotras. Eh, ¿dije pasta?

Él se echó mano al monedero y extrajo cuatro billetes amarillos. Los dejó sobre la mesa. La observó atentamente, casi con avidez. Las fotos de su perfil no mentían; rubia, melena larga y ondulada, pecosa por todo el rostro pero sobre todo en frente y pómulos, sonrisa perfecta, piel pálida, delgada pero con curvas… y se había traído el vestido de una pieza, beige, que él le había pedido.

−Anal ya te dije que no hago. No por nada, pero si la tienes grande me dolería mazo. Por lo demás, casi todo se incluye en el precio y si eres de los raritos podemos negociar.

Después de oírla hablar de esa manera estuvo a punto de echarla. No lo hizo. Quiso pedirle que se callara. Tampoco se lo dijo. Se sentó en el sofá mientras ella seguía de pie.

−Desnúdate. Y no me toques.

Se quedó quieta por un momento. Volvió a sonreír. Comenzó a desnudarse.

−Los zapatos no, el tanga sí. Bien. Ahora paséate por el salón.

Empezó a contonearse sin demora. Sus pechos eran firmes, las aureolas grandes y tostadas, los pezones enhiestos. El sexo rubio, rasurado en forma de corazón. Las piernas, largas, atravesadas por estrías cerca de los glúteos.

−No tan rápido. No te muevas con vulgaridad. Mejor.

−Oye, ¿voy a tener que estar mucho tiempo así, quieres el premio al más raruno?

Se paró en frente de él, subió una pierna al sofá, se acarició las ingles.

−Oye cariño, ¿por qué no me comes el coño? Seguro que te excitas más ¿Tienes problemas para que se te ponga dura? Déjame que te haga un buen trabajito en los bajos.

Le tocó la entrepierna. Comprobó al mismo tiempo que estaba empalmado y molesto. Vio su ceño fruncirse y forjarse una mueca de desagrado. Quiso retroceder pero no pudo, él le agarró de la muñeca. Apretó con fuerza.

−No te dije que hicieras eso.

Se miraron a los ojos. Los de él fríos, inexpresivos, los de ella titilaron.

Él soltó la muñeca de ella.

−Pasea y cállate.

De repente a ella la inundó una ola de miedo. Empezó a ir y venir de un lado al otro del salón con torpeza. Se trastabilló dos veces.

−Quítate los tacones, no puede ser tan difícil.

Supo que debía tranquilizarse, obedecer y salir de esa casa en cuanto pudiera. Ya sin los zapatos logró serenar los pasos, alejar el temblor de sus piernas, dominar su respiración. Con el rabillo del ojo vio que él también se relajaba. Había dejado de apretar los puños, las manos estaban sobre las rodillas, su semblante era otro por completo. La música acompañaba. Ella pensó que él estaba fuera de sí, pero no enfadado, sino de viaje en sus recuerdos. Ella quiso pensar que para eso la había llamado… deseó estar allí solo para eso, para nada más. Pero solo él podía saber tal cosa.

La música se agitó y trajo el miedo de vuelta. Ella recordó la puerta echada con llave. Se sintió como una cría estúpida. Tropezó y golpeó la colección de discos. Varios se cayeron al suelo. Él se levantó de golpe, volvió a crispar los puños. Se acercó a ella. Levantó una mano y la suspendió en el aire.

−Vístete y vete.

Ella asintió con la cabeza. Él miró hacia el dinero. Le hizo una señal. Ella balbuceó.

−Eh, soy una profesional. No he cumplido… no lo quiero.

Se terminó de vestir, no se atrevía a mirarle. Estaba aterrada, humillada y enfadada al mismo tiempo. Se plantó delante de la puerta. La música dejó de sonar. Él se acercó a la puerta, con parsimonia. Sacó la llave.

−No vuelvas nunca a hacer esto –dijo él.

Ella asintió en silencio. No preguntó a qué se refería exactamente. Se marchó.

Ya solo, se contempló de nuevo en el espejo. Se llamó estúpido por no haberse atrevido, se reprochó su última frase. Entonces la puerta volvió a sonar. Solo podía ser ella. Era ella. Solo podía querer el dinero. En ese caso…. Abrió.

−No volveré a hacerlo, eh.

Lo dijo desde el umbral. Lo dijo con orgullo y miedo. Lo dijo y huyó. Él no hizo gesto alguno. No intentó tocarla.

Al cerrar la puerta fue hasta su reproductor y puso a Debussy, “Preludio a la siesta de un fauno”. Colocó los vinilos que se habían caído. Regresó a la cocina y se plantó frente a la nevera, tres segundos más tarde la abrió. Se quedó mirando lo que había dentro.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 06.07.16

Otra realidad

“Vivir sin leer es peligroso. Obliga a conformarse con la vida”.
Michel Houellebecq

El caos y los gritos desesperados del resto de pasajeros no afectaron en nada mi concentración. Solo al llegar a la última frase, “el cielo es una promesa que se incumple siempre”, dejé de prestar atención a la novela, levanté la cabeza y asumí con tranquilidad mi inevitable muerte.

Cabe preguntarse si fueron así, como acabo de imaginar en el párrafo anterior, los últimos minutos de vida de Orlando, el desgraciado protagonista de este relato, si pudo tener un final tan improbable (ningún testigo por otra parte sobrevivió para confirmar si acierto o si me equivoco por completo). Pero tampoco esbozo mi hipótesis sin fundamento alguno, y contaré su vida tal como él me la contó en el hospital. De acuerdo a lo que escuché, no creo que haya escrito una interpretación descabellada de sus últimos momentos (envueltos por cierto en un misterio que dejaré para el final).

 

Yo era un niño corriente hasta que un día apareció un libro. Tenía doce años y no era ni muy listo ni muy tonto, ni muy alto ni muy flaco, ni obediente ni rebelde. También era feliz, tenía un amigo e íbamos de una aventura a otra. En una de estas nos plantamos en una casa derruida de una pedanía abandonada cercana al pueblo donde había nacido y donde crecía sin contratiempos. Y en esa casa, escondida entre helechos y enredaderas, encontramos unas extrañas escaleras de caracol que nos condujeron a un pozo de agua mansa y negra. Permanecimos quietos e imantados a ese silencio hasta que nuestros ojos se hicieron a la escasa luz que se filtraba y descubrimos sobre una repisa, un cubo de latón vacío, una baraja de cartas del Tarot, y un libro, acartonado por la humedad, sucio, y que creí inerme, aunque por supuesto para entonces desconociera tal palabra, o qué eran esas cartas, y tantas otras cosas que por suerte se desconoce a esa edad. Pero vuelvo a donde estaba. Yo no era demasiado decidido y mi amigo se me adelantó con la baraja, por lo que no me quedó más remedio que llevarme el libro. Tal vez debería haber escogido el cubo.
Los días pasaron, y ni siquiera en un pueblo y en la infancia, uno puede estar siempre en casas abandonadas, cazando lagartijas, o metido en el pilón de la plaza, y llegó a ocurrir que una tarde de otoño, fría, huracanada, silbante, me aburrí. Y sin otra cosa mejor que hacer caí en el libro del pozo. Durante tres días no pude dejar de leer. Conecté mi imaginación de un modo extraño, mágico, a las cosas que contaban esas páginas cargadas de olor a tiempo cerrado que se liberaba. De repente ya no quería ser veterinario como mi papá, y quise tener la mejor profesión del mundo: lector.
Después de ese libro llegaron otros muchos y después de los doce los trece, los catorce y el adiós al pueblo. No tardé tampoco mucho en despedirme de la capital de provincia que me acogió, para acabar en la gran ciudad donde cumpliría con todas las metas que me había propuesto para entonces; casarme, tener un hijo y trabajar de bibliotecario.
Lo que no entraba en mis planes era atropellar a una pobre vieja por desviar mi atención hacia un libro abierto en el asiento del copiloto, y lo que todavía me pregunto hoy es cómo fui capaz de hacer lo que hice. No por el atropello, no porque ella chocara contra el capó, la luna, el techo y escuchara el impacto brutal contra el suelo, ni siquiera por los segundos de indecisión que siguieron, sino porque la balanza cayó del lado más cobarde y me di a la fuga. Pero lo peor es que sé la respuesta a esa pregunta que todavía hoy me hago, lo que descubrí de mí fue una terrible verdad: leer tanto no me hacía mejor que nadie, sino tan solo distinto, y si acaso.
Durante tres meses y un día no abrí un solo libro, ni siquiera en la biblioteca. La culpa, suponía. Esperaba que en cualquier momento me detuviesen. Pero eso no ocurrió. Mi mujer por otra parte nunca me vio más atenta con ella, más amoroso con el niño, y más apegado a esta realidad. Ella era también una lectora voraz pero al ver cómo me comportaba con mi abstinencia se alegró. Pero recaí. Y no lo hice al estado anterior, sino que traspasé todas las fronteras que antes me contenían. Empecé a leer camino del trabajo al que iba a pie, mientras clasificaba o atendía a la gente, mientras me bañaba, durante casi toda la noche, sin excepciones, sin cumplir con nada más que con las funciones vitales. A veces ni eso.
Mi mujer hizo todo lo posible por recuperar la cordura de su marido, hasta que me abandonó después de que una tarde me olvidara a nuestro hijo en un supermercado. No tengo excusa, estaba acabando un libro, él no dejaba de llorar… Luego me echaron de la biblioteca. Pronto rompí todo lazo con la realidad. No tardé en comprender que lo que te atrae inevitablemente te destruye.
Soy consciente de haberme hundido en mi particular círculo del infierno, sé de mi adicción literaria, sé que soy un yonki. He fracasado en mis intentos por desengancharme y es ridículo verme llorar por no ser capaz de cerrar un libro. Libros que pueden ser buenos o malos, novelas, ensayo, filosofía, ciencia, poesía, de un género o de otro, de un escritor consagrado o de cualquiera… Soy como los insectos que van a hacia la luz a morir irremediablemente chamuscados ¿A qué espero para arder?

Conocí a Orlando cuando (¿casualidad?) le atropellé. Yo iba algo más rápido de lo que debía y él iba por completo enfrascado en su lectura, cruzando un semáforo en rojo para los peatones. Le confundí con un vagabundo y la verdad es que a esas alturas ya era una buena definición para él. Le socorrí y en el hospital, al ver cómo le escayolaban la pierna mientras exigía a gritos que le devolviesen el libro que le habían quitado, comprendí que querría escuchar su historia. Una historia que me contó al día siguiente cuando volví a visitarle. Una historia que me contó (y me confesó, porque lo de la anciana era un posible asesinato) sin dejar de leer durante un solo momento. Al acabar le regalé la novela que me había autopublicado (sí, no seré ningún nobel de literatura y reconozco que no era el mejor regalo) y le convencí para que acudiera a la consulta de un psiquiatra amigo mío experto en adicciones que tiene su consulta en la isla. Cómo imaginar que le conduciría a la muerte con ello.
Ya lo dije, no puedo asegurar que los últimos momentos de Orlando ocurriesen como los describo al principio, pero quiero imaginármelo a pesar de todo leyendo hasta el final. Que sus restos no apareciesen entre los escombros, y que mi novela fuese uno de los pocos objetos que no sufrieron daño alguno, me hace divagar en la dirección de una hipótesis todavía más optimista, por la Orlando se convirtió en literatura y fue capaz de saltar hacia la otra realidad, esa que está en los libros, esa que nos permite vivir mejor en este lado. Tal vez.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 25.04.16

Cría cuervos

Se asomó al borde del pozo pero, ¿quién no estuvo alguna vez en esa situación? Luego adelantó un pie y colocó medio cuerpo sobre el abismo. Ahí me preocupé y decidí intervenir.

Una hora antes había salido de mi casa tras pasar una mañana gris. Ni madrugar, ni ver amanecer, ni escuchar a Mozart, ni tan siquiera un vaso de whisky. Nada había conseguido inspirar la música que debía acompañar a la película. Me arrojé a la calle, o más bien al campo pues desde que me mudé a la Sierra, el campo es lo que me rodea. Sin rumbo, mis pasos erráticos pero no ciegos, me condujeron una vez más al camino que lleva al pozo. Esta vez sin embargo ese imán oscuro había atraído a otra presa que no era yo.

Había dejado el móvil en casa como siempre que salgo a caminar (mis dos únicas costumbres sanas), y tampoco tenía reloj, por lo que solo pude suponer que  rayábamos el mediodía cuando el tipo hizo equilibrio sobre el pozo. Estaba nublado, amenazaba tormenta, si juntaba los dedos captaba la humedad en el ambiente. Quedábamos a unos diez metros el uno del otro (él de espaldas a mí) y había que sumar la bruma y la angustia que le supuse. Más me valía actuar con precaución y sin asustarle para no ser yo el motivo de que cayera al maldito agujero. Tras lo que me parecieron diez segundos eternos volvió a colocar su temerario pie en suelo firme. Me acerqué y a escasos tres metros carraspeé antes de hablar, luego dije:

−Este frío cala los huesos, ¿verdad?

El tipo se giró para mirarme, me sonrió por respuesta y volvió a su posición inicial. No tardé en situarme justo al otro lado, tendría mi edad. El agujero era lo suficientemente generoso para que nos pudiéramos caer los dos al mismo tiempo. Quedé bastante sorprendido del rostro de quien ahora me miraba con fijeza. Al instante me pregunté cuánto tenía que ver la cicatriz que atravesaba su mejilla derecha, para la situación en la que se encontraba. Me sentí mezquino por ello.

−Esto apesta –dijo él rompiendo el silencio.

−Es verdad, apesta –busqué rápido un asidero para no animarle hacia el lado fácil, cuando se llega a su situación, pensé, cualquier cosa puede desencadenar el último paso−, pero hay que buscar el lado bueno del asunto.

−¿Ah sí, y dónde está ese lado? Para tirar por él más que nada cuando me llegue la hora, porque por mucho que mire yo lo veo todo igual de oscuro y de apestoso.

Me estaba luciendo, me dije a mí mismo. Por un momento me pareció que su cicatriz brillaba plateada por efecto de la calina, quise incluso tocarla. Calculé que en cualquier caso mi brazo desde la posición en que me encontraba tampoco habría llegado. Necesitaba centrarme y en ese momento aparecieron tres cuervos. Los vi descender y posarse a escasos metros de nosotros, de otra manera habría resultado imposible verlos. Graznaron. Para nosotros, pensé.

−A veces uno cría cuervos y sí, es verdad que le devoran, pero…

De repente no supe qué añadir, o no quise, no me gustan los tópicos, ni repetirme, de golpe sentí que se marchaban las fuerzas, a ese paso nos tiraríamos juntos.

−¿A usted le ha pasado?

Me lo preguntó con exquisita educación, y me sonrió, la cicatriz no era tan horrible como pensé en un principio. Al menos otros tres cuervos se unieron a la escena. Me resultó fantasmal y cómica al tiempo.

−Lo cierto es que sí –dije, sincero, desarmado−. Y si le digo la verdad, más de un día y más de dos me he encontrado en su lugar, dándole vueltas a todo, mareado de que el mundo apeste.

Frunció el ceño pero no era enfado, supuse que había logrado enfatizar con él. Era un gran avance, todos necesitamos a alguien en los momentos más oscuros. Luego dijo:

−Bueno, lo siento, pero supongo que después de hoy cambiará de lugar para meditar. −Y sin que pudiera encajar la frase añadió:− ¿Tiene reloj? Creo que ha llegado mi hora.

Escuché el ruido de un coche, al levantar la vista observé atravesar la niebla a un todoterreno. Podía serme de utilidad llegado el caso. Alcé la voz al hablar.

−¡No tengo reloj, pero seguro que no es tu hora, siempre hay tiempo, ya habrá tiempo!

El todoterreno provocó que los cuervos levantaran el vuelo y nos dedicaran una sinfonía de graznidos.

−Pero hay que ser puntuales –dijo el tipo con una sonrisa que me descolocó tanto como que se diera la vuelta para acercarse al coche que ya se detenía a escasos metros de nosotros.

Mi cara de desconcierto creció cuando vi que el todoterreno era del ayuntamiento. No supe dónde meterme cuando mi falso suicida saludó a su compañero. Eran deshollinadores, iban a limpiar el pozo donde había caído hacía unos días un desafortunado corzo. Luego iban a cegarlo dado su peligrosidad. El tipo de la cicatriz simplemente había llegado antes y estaba reconociendo el terreno, sopesando la mejor manera de bajar a por el animal.

Dos días más tarde compuse la canción con la que conseguí la estatuilla del festival. Los cuervos que me habían sacado los ojos regresaron en son de paz y, para su propia sorpresa se la concedí. A veces regreso al pozo, ya ciego, y sonrío.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 17.02.16

Cobarde

I

Al llegar de la editorial se encontró la puerta de su casa abierta y, con inquietud, se preguntó si se trataría de uno de sus numerosos despistes o de un robo. De inmediato cayó en la cuenta de que no tenía copia alguna del archivo word que contenía su última novela, casi terminada. Si ha desaparecido el ordenador… se precipitó dentro y al dar la luz se topó con su familia y sus amigos.

−¡Feliz cumpleaños! –Le gritaron al unísono mientras él se serenaba.

Recibió besos, abrazos y tirones de orejas. Se mostró estoico. Incluso forzó su sonrisa para no resultar desagradecido, aunque no dejaba de pensar que cuarenta y dos años era una cifra lo suficientemente abultada como para ahorrarse todas esas zarandajas. Para sobrellevar mejor el trago y a los suyos se sirvió un whisky doble. Los demás no pasaron del vino o de la cerveza, y eso cuando lo hicieron, porque la mayoría optó por refrescos light que a él horrorizaban, si bien nadie conocía ese pueril secreto. La tarta esperaba.

Una hora más tarde en la casa del prestigioso escritor los asistentes se habían dividido en dos grupos. En uno, con mayoría de mujeres, se mezclaba la política con los pañales. En el otro, hombres sobre todo, el fútbol y también la política iban de la mano. El anfitrión, que siempre había escrito contra los tópicos, no pudo sino viajar hacia su mundo interior, aunque en apariencia fuera de un lado para otro repartiendo sonrisas y afecto. Sin embargo algo fuera del guión le impidió esta vez sobrellevar a los demás como tantas otras veces.

Comenzó a llover con fuerza y el repiqueteo de la lluvia contra las ventanas le anegó de nostalgia. El recuerdo de ella bajo la lluvia se hizo insoportable.

−Me voy –dijo sin dar ninguna explicación a los atónitos invitados−. Cerrad la puerta cuando os marchéis.

II

Nada más comenzar su paseo errático sintió el extraño alivio de la contradicción. La lluvia nunca golpea contra la ventana con suficiente fuerza, pensó mientras recordaba que su última conversación con ella había sido bajo una tormenta, que sus mejores noches llegaron bajo tormentas, que las lágrimas como mejor se ocultan es bajo la tormenta.

Con esa tempestad repleta de aristas caminó largo tiempo despreocupado de su salud e indiferente a los comentarios que dejaba atrás. Se envolvió en recuerdos y reflexiones. Habían pasado ya diez años desde que se vieran por última vez, y ocho desde que ni siquiera hablaban por teléfono. El mar les separaba pero el abismo definitivo era la conciencia de un proyecto de vida distinto al que ninguno de los dos quiso renunciar. Sin embargo él la seguía adorando y la consideraba su mejor fracaso. Ella había sido entre todas las mujeres que había conocido, la única que asumiera como él lo hacía, el radical absurdo de la vida y, por muy absurdo que resultara, la seguía queriendo. Del mismo modo podía considerarse un sinsentido que cada año le escribiese una carta que finalmente nunca enviaba, pero seguía haciéndolo bajo la idea de que al menos la acariciaría en cada palabra que le escribiese.

La expresión calarse hasta los huesos se le quedó corta después de una hora bajo la lluvia, y hasta el alma le resultó más conveniente a pesar de no creer en tal cosa. Sin duda fue esa imagen la que le llevó a pensar que estaba erigiendo un templo de preguntas con el que torturarse. El altar era evidente: ¿por qué se dijeron adiós? Su vía crucis terminó con la sentencia en la que siempre concluía, lo que ella dijo al despedirse: «somos valientes y únicos al sacrificar los sentimientos por nuestros proyectos».

Chorreaba de la cabeza a los pies. Tiritaba a cada paso. No tardó en decirse que merecía ahogarse allí mismo, que bendito sería el rayo que le fulminase. Pero no ocurrió tal cosa y sin saber bien cómo, se encontró de nuevo en su portal.

III

Su familia y sus amigos le habían hecho caso y cerraron la puerta al marcharse. La tarta seguía intacta, le pareció la viva imagen de la tristeza.

Entre temblores logró deshacerse de su ropa que sonó a charco al arrojarla sin miramiento contra el parqué. Desnudo, con la lluvia azotando los cristales, contempló su apartamento repleto de libros. Una idea se apoderó de él: había sometido su vida a muchos sacrificios por lograr su sueño de entregarse por entero a la literatura y, sacrificarla a ella había sido un error. Todo se le nubló.

Fue hasta la nevera y se abrió una coca light, la bebida que ella siempre tomaba, entonces encendió las velas de su tarta, y finalmente buscó el teléfono móvil. A pesar de los años y de que había borrado el contacto de la agenda, no le costó nada recordar las nueve cifras.

Con el primer tono lo tenía claro, le diría que quería ser digno de reconquistarla, asumiría que era un cobarde, pero que quería serlo a su lado. En el segundo tono se percató de que la lluvia ya no golpeaba contra la ventana, la tormenta había cesado por completo. La nostalgia se esfumó de golpe. La voz de ella sonó al otro lado de la línea, «¿Sí?».


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 28.01.16

El salto

Tras  un mes de encierro en la jaula de formol, sus pasos de arena movediza regresaron a los océanos procelosos de las aceras. Las farolas recién encendidas le hirieron con su luz fría: el universo entero era indiferente a su dolor.

El hospital quedaba fuera de él, su hedor dentro. El accidente se alejaba en los relojes, las consecuencias ya eran quiste inmutable. Su mujer y su hijo se pudrían, se pudrían su mujer y su hijo.

Era domingo y brillaba la nada. Llegó al rascacielos con sabor a reencuentro. Ascensor de nácar y azotea de cielo. La felicidad del descanso a un solo paso.

No saltó. El salto fue no saltar. El salto fue seguir vivo.

Mismos perros, distintos collares

Abro los ojos y siento vértigo. En consecuencia sé que todo lo que escriba a continuación va a ser una pequeña gran locura. Como la vida misma me digo recuperando el equilibrio.

Me levanto de la cama medio dormido, meo, me lavo las manos, la cara, y de golpe y porrazo el espejo del baño me refleja dentro de él un televisor que por otra parte no tengo. Mi mano atraviesa el espejo, enciende la caja tonta, los periodistas de turno ladran sobre política. Sus ladridos atraen a sus perros, o lo que es lo mismo, a los políticos, me digo faltón. Cuando quiero darme cuenta cuatro de estos han saltado desde el reflejo a mi apartamento. Por suerte doy un puñetazo y quiebro el cristal antes de que se cuele una manada entera. Y yo sin collares, peor aún, sin cadenas, todavía peor, sin tener pajolera idea de exorcismos porque los cuatro chuchos que tratan de colocarme su papeleta en mi mano, pronto se transforman en pequeños demonios con cuernecitos morados, rojos, naranjas, azules. Por supuesto, ¿qué creía? Abro la nevera, veo que ayer no bebí cerveza. Abro el mueble, compruebo que ayer tampoco me chuté la botella de whisky que palidece desde hace tiempo. Y los diablos que crecen. Y los diablos que me comen la oreja con obscenidad. Y digo basta pero no me escuchan, y grito basta pero apenas se inquietan, ellos a lo suyo. Y entiendo que necesito ayuda pero que nadie va a creerme por lo que decido zanjar el asunto con mis alter-ego ¿Pero con cuál? Descarto a uno, a otro, a un tercero y decido que sin lugar a dudas esto es trabajo para Eugenio Toré. A sus setenta y ocho años y su sosiego es el único que puede poner calma en este circo. Cierro los ojos.

Abro los ojos y siento paz. He llegado al refugio de montaña de Eugenio, donde vive la mayor parte del año desde hace ya una década. Huele a madera. Le encuentro en el salón, junto a la chimenea, con su pipa, con su aire de Tolkien. Me sonríe nada más verme, hace demasiado tiempo que no nos vemos y me siento culpable. Nos abrazamos. Por un momento he olvidado el motivo de mi visita pero no me extraña porque observando sus pupilas tan grises y tan intensas, solo puedo preguntarme cuál de los dos es imaginación del otro. Sus arrugas… pero a lo que vine, me digo de pronto al sentir una arcada de angustia que se apodera de mí. Y voy a soltar la frase y Eugenio que me ve venir y me dice que en su refugio mejor no y le pregunto que dónde y me dice que vayamos al Café Comercial y le digo que si no se enteró de que ha cerrado hace unos meses y me dice que dónde está el problema y después de unos segundos donde reflexiono un poco le digo pues es verdad. Y los dos cerramos los ojos.

Los abrimos y sentimos que nos envuelve un trocito de historia, que todo es posible y que huele a café del bueno. Sí, estamos en el Comercial. Hay numerosos clientes, trasiego de camareros y una bruma que danza y hace figuras en torno a nuestras piernas. El regusto a espectro de lo que me rodea no me asusta pues para qué ese viaje del miedo, me digo. Y tras decirme lo anterior recuerdo que he llegado ahí a causa de un asunto que de nuevo me quema la garganta y que ahora sí puedo expulsar: ¡En política tenemos siempre los mismos perros, distintos collares! Y lo he dicho con tanta vehemencia que quienes abarrotan el local fijan sus miradas en mí, sin animadversión, pero sí con curiosidad, una curiosidad cargada de fuerza que casi me expulsa del Café. Y entonces caigo en la cuenta, mi boca se abre de asombro y antes de que diga nada ya me dice Eugenio que sí, que todos ellos están muertos, pero que también están muy vivos. Esto último me lo dice en un susurro para no asustarles. Y me fijo en algunos mientras un camarero de smoking nos sirve dos tazas humeantes. Y descubro que en una mesa están Camus y Sartre, discutiendo, no me queda claro si por una mujer o por una idea o si ambas cosas son lo mismo, pero sonrío feliz porque percibo que más allá de la vida pelean como amigos. Y voy a decir algo cuando mejor me callo para observar al tipo que al fondo de la barra hace un brindis de loa al alcohol, es Hemingway soltándole entusiasta una perorata a un tipo de apariencia gris y algo demacrada al que reconozco, es Franz Kafka. Y no muy lejos de ahí sentados en blanco y negro dialogan sin posibilidad de acuerdo un inconfundible Karl Marx y un difícil de reconocer Adam Smith, a quien finalmente delata su mano invisible. Y me voy a pegar un buen tortazo en la cara para recordar bien todo lo que veo pero no lo hago al entender que haría el ridículo, especialmente delante de las dos mujeres que desde su mesa me observan con desconfianza, como si estuviese más acá de donde debo, como si no me entregase lo suficiente a una causa que desconozco. Y su mirada es tan luminosa que quema y al lacerarme caigo en que son Hannah Arendt y Andreas Lou Salomé y ya no me cabe ninguna duda: quiero quedarme a vivir allí por los siglos de los siglos, amén. Pero Eugenio bebe de su café y afirma que lo siente pero que no sueñe, que tenemos poco tiempo, apenas un abrir y cerrar de ojos. Y nos centramos en el tema por lo que le repito mi tópico sobre la política. Sabes que no soy de dar respuestas, me dice; no quiero echarte un sermón, continúa; se trata simplemente de que recuerdes algunas de las cosas por las que eres capaz de traerte a un lugar como este, me sonríe. Y parpadeo y se me caen un par de vigas de los ojos que al parecer se me habían alojado a causa de ciertos hartazgos de los últimos meses, años incluso, por la situación no solo de mi país sino del mundo, no solo del mundo sino de la Historia, no solo de la Historia sino del Universo… y como para no agobiarse. Pero Eugenio me anima a su manera, me recuerda que he prometido renunciar al camino trillado del tópico, aunque solo sea porque es muy aburrido. Y Eugenio me recuerda que nadie con cabeza e imaginación ha dicho nunca que el juego de la vida vaya a ser fácil. Y Eugenio me recuerda esa frase revolucionaria de ¡Levántate y piensa! Y Eugenio tumba algunas de las pocas respuestas sobre las que me sostengo para erigir una catedral de preguntas. Y Eugenio lo último que hace es decirme que vote a tal o cual color, pero sí reverbera mi radicalidad, o lo que es lo mismo, mi afán por ir a las raíces, y ahí encuentro la oscuridad de la mala fe, la umbría de la duda y la luminosidad de tener limpia la conciencia. Y eso es más que suficiente para saber que no todo es lo mismo, ni en política ni en nada. Y doy las gracias a Eugenio Toré por arrojarme de nuevo al abismo de la complejidad del que debo salir solo de vez en cuando para tomar una bocanada de aire. Y mientras la bruma sube de golpe hasta la cintura, hasta el pecho, hasta el cuello, él apura su taza, sonríe de nuevo y me dice que hasta la próxima. El Café Comercial y su bullicio vuelve su mirada de intemporalidad hacia nosotros, y nosotros cerramos los ojos.

Abro los ojos y estoy de nuevo en mi apartamento. Vaya.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 11.01.16

Escalones

Mi brillante futuro llama al telefonillo. Una, dos, tres veces. Seguridad e insistencia, ella no deja nada al azar. Yo  tampoco así que tardo en descolgar el cacharro cuatro, ocho, doce segundos. «Ya estamos aquí los dos, cariño, no tardes» me dice melosa. Contesto con un solícito «Enseguida bajo, aunque recuerda que es un décimo». ¿Por qué justo antes de colgar tengo que oír toser a mi futuro suegro de esa manera, qué me quiere insinuar? Una repentina ola de calor me aprieta la garganta.

Cuando el ascensor abre la puerta el espejo del fondo me devuelve la imagen de mis zapatos nuevos, mi pantalón Mcgregor, la camisa Ralph Lauren, la chaqueta Lacoste, el pelo engominado. Yo, Jorge García, soy un triunfador. ¿Cuántos hubieran apostado por ello en el colegio, en el instituto, incluso en la universidad? ¿Cuántos no se pudren de envidia porque me trajino a la hija de Wiedermann? Dar por culo al gran jefe será mi mayor placer. Me deleito tanto ante la idea que la puerta se me cierra sin que yo mueva un músculo. En lugar de apretar el botón para volver a abrirla, comienzo a bajar por las escaleras. «Que esperen un poco más», me digo a mí mismo mientras por un momento me cuesta tragar saliva.

Hasta el octavo no desciendo de mi nube y si lo hago es porque he tropezado con un escalón. Casi me abro la crisma. Al recolocarme el peinado los gemelos del puño de la camisa me parecen un exceso. Primero van al bolsillo pero cuando recuerdo el comentario de ella, «a mi padre le gustarán», los saco y los dejo caer. Resuenan contra las escaleras varias veces. Un cosquilleo me recorre todo el cuerpo.

Ese cosquilleo, esa saliva atragantada, una temperatura anormal en mi cuerpo, me acompañan hasta el quinto. La sonrisa también. La ventana de la entreplanta me deja ver en el patio de luces cómo tiende la ropa en el otro portal la madre de María. Qué habrá sido de ella, creo que se marchó a Londres, o a Berlín, era un torbellino en la cama y en la vida. Empiezo a sentir que el calor se hace excesivo y el cuello de la camisa me aprieta lo indecible. En la cuarta planta tengo que quitarme la chaqueta. Al carajo, la tiro al suelo mientras pienso que voy demasiado vestido.

El vecino del sexto con sus ochenta años se cruza conmigo en el tercero. Va con bolsas del Ahorramás, nunca sube en ascensor y rechaza mi ayuda con la amabilidad de otras veces. Sospecho que conoce que soy un caradura. Si un día me dijera que sí, que le suba la compra, maldita la gracia que me haría. Tras echarme a un lado para dejarle paso le observo, su calma, su fuerza de voluntad, no se detiene ni una sola vez para tomar resuello. El contraste con él me paraliza por unos segundos. Hago una cuenta atrás «Tres, dos, uno» y consigo moverme.

Mi novia es preciosa y por dentro es mucho más bonita que yo sin ninguna duda. Por si fuera poco está todo lo demás y lo único que me ha pedido es un poco de decoro para no asustar a su familia. Es lógico… Lo que no es lógico es que en la segunda planta pierda la camisa y en la primera me siente con parsimonia a quitarme los pantalones. Antes me descalzo para hacerlo más fácil pero luego me pongo de nuevo los zapatos.

«¿Tendré cojones?» De entre todo el torbellino de preguntas que me pasan por la cabeza esta es la única que me formulo en alto. A pesar de conservar solo mis bóxer Calvin Klein y mis zapatos relucientes, el calor sigue conmigo, no consigo desprenderme de él, me agobia. Estoy sudando y noto cómo la gomina se derrite y el pelo se me revuelve.

El espejo del portal que yo rompí hace tres años después de aquella gran noche y, que la comunidad de vecinos aún no ha cambiado por falta de presupuesto, me devuelve fragmentada mi imagen casi desnuda y por entero ridícula. Suspiro una, dos veces. Me digo, «Hay que llegar por una vez hasta el fondo, cueste lo que cueste y signifique lo que signifique». Y mientras me quito los calzoncillos, y mientras veo dibujarse detrás de la puerta del portal la cara de horror de la que ha sido mi novia, y la cara de asesino del que iba a ser mi suegro, me pregunto si hoy empieza todo o si hoy se acabó todo. Me concedo un segundo. Voy hacia ellos.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 31.12.15

Ecuación perfecta

Estábamos tumbados y desnudos sobre la cama cuando tuve la idea. Me levanté de un salto, saqué una lata de cerveza de la nevera y la vacié sobre una jarra. Ella miraba divertida, ya le había mostrado que era un tanto payaso y que de mí se podía esperar cualquier cosa. Metí el dedo índice y el dedo corazón hasta el fondo de la jarra, los empapé a conciencia y regresé a la cama. Le di un beso en su coño, otro en su ombligo, otro en cada uno de sus pechos absolutamente perfectos y, con los dedos ungidos en la sagrada cerveza, dibujé sobre su vientre una cruz al tiempo que dije:

−Lo que Philiph Roth ha unido, que no lo separe nadie.

Ella se descojonó. Su risa iluminó el apartamento y por qué no confesarlo, también mi corazón. Me llamó tonto, me comió la boca, me ordenó tumbarme sobre la cama, se me subió encima, y sin ninguna dificultad se clavó otra vez mi polla.

 

Nos habíamos conocido horas antes de la mejor de las maneras. Después de varios intentos fallidos en Casas del Libro, en la Fnac y en La Central, por fin encontré en Tipos Infames el Philiph Roth que buscaba. Al verlo estiré la mano para acariciar su lomo y llegó la sorpresa: otra mano se interpuso y al mismo tiempo agarramos El teatro de Sabbath. No iba a dejarme avasallar y planté resistencia hasta que miré a mi oponente, entonces Roth perdió brillo por una vez en mi vida. Era tan alta como yo pero no quise malgastar la visión descubriendo si el motivo eran unos tacones o no. Su rostro era precioso y me niego a afearlo con mi descripción, el pelo le caía completamente liso más allá de los hombros, y su piel era muy pálida, punteada de un mar de pecas y lunares.

−Quédate con el maestro –le dije clavando mis ojos en sus pupilas marrones y, sintiendo que nunca nada me salió tan de dentro, añadí−, pero déjame que te invite a lo que quieras.

−No me gustan los románticos ni los enamoradizos, tampoco los aduladores y mucho menos los lunáticos. Y tú pareces una mezcla de todos ellos. Además, lo que quieras es un concepto muy amplio que te puede condenar… pero no sé decir que no a una coca cola light sin hielos –Y me sonrió, y me di cuenta que con ella no podría evitar, ser todo lo que me acababa de decir que no le gustaba.

 

Volvimos a corrernos juntos tras no callarnos ninguno de los dos ni uno solo de los jadeos que teníamos muy adentro. Con el orgasmo todavía reflejado en el rostro, con la respiración aún al galope, sin poder dejar de mirarla, le confesé la intuición que me empeño en defender a pesar de las pruebas en contra que me ha ofrecido la vida:

−Gracias a la literatura se folla mejor.

Esta vez fue ella la que se levantó de la cama con presteza. Llegó hasta el bolso tirado en el suelo y, después de rebuscar en él encontró su paquete y sacó un cigarrillo. Usó la lata de cerveza como cenicero. Mientras la contemplaba pensé que nunca nada podría arrojarme más luz que esa pálida desnudez. Pensé en decirle que era la canción que buscaba, que era todas las mujeres que me gustan, el milagro que no me iba a ocurrir. Pensé todo eso y mucho más después de recordar nuestro milagroso encuentro, nuestras conversaciones que nos habían llevado a mi apartamento con total naturalidad pero llenos de deseo, la comunión sexual que habíamos demostrado… Pero aunque lo pensé no lo dije, pues de nuevo caí en su advertencia sobre los tipos que no le gustaban. Fue ella la que contestó a mi intuición con una sonrisa en los labios, y con estas palabras:

−Tal vez folles mejor gracias a la literatura, cielo, pero seguro que en estos tiempos donde reina la imagen y no la palabra, no follas mucho.

Nos reímos, despotricamos contra el mundo, lo intentamos arreglar y, cuando vimos que no tenía remedio, ella me agarró la polla con su mano y yo estuve de nuevo listo para un nuevo asalto.

−Dios debe envidiarme a muerte, o quererme mucho por una vez –dije acariciando el cuerpo de mi religión recién descubierta.

−¿Eres siempre tan blasfemo? –Preguntó ella, acercando su boca a la mía, y apretó fuerte la mano con la que me agarraba la polla.

−No me gusta tentar al infierno −susurré− pero nunca he encontrado un motivo mejor que tú para arder en él.

Una vez más no quise parecer excesivo y me cuidé de soltar mi teoría sobre la querencia por la blasfemia cómplice; esa que no se vocea a los cuatro vientos, esa que se comparte en la intimidad de la pareja o de la amistad, esa que no falta al respeto de quien libremente asuma los supuestos de cualquier fe (siempre y cuando esa misma fe respete también mi libertad), esa blasfemia donde juego a retar a Dios, donde le exijo explicaciones, donde me río de su supuesta gloria, de su promesa a la vida eterna; porque lo sagrado para mí está en el más acá y en la risa y en el darnos pequeños sentidos dentro del caos absurdo al que hemos sido arrojados. Pero como digo todo esto no se lo dije a ella, y hábil por una vez en mi vida, me olvidé de lo divino, me centré en lo humano, y le introduje mi polla una vez más.

De nuevo estuvimos inspirados en las posturas y en los juegos que ejecutamos en perfecta armonía hasta que nos corrimos. Luego, tal vez por culpa del cansancio, del sudor en los ojos, de la piel arañada, de la mezcla de nuestros fluidos, cometí la torpeza de irme de la lengua:

−Por una vez no me siento vacío después del orgasmo.

Y por si el romanticismo no hubiera resultado ya escandaloso, tuve que añadir:

−Somos la ecuación perfecta.

A ella entonces le cambió el gesto, comprendió que yo era un infeliz que le hablaba mucho más en serio de lo que quería aparentar, y me dijo mientras me besaba en los párpados y en la frente:

−Una ecuación perfecta es aquella que no se resuelve. Resuelta la incógnita se acabó el misterio. Y si se acaba el misterio…

Decidió no acabar la frase porque ambos sabíamos que no era necesario. Lo que sí hizo a continuación fue canturrear, fue lavarse los dientes con un cepillo rosa que llevaba en el bolso, fue retocarse el maquillaje, fue vestirse.

Cuando ella estuvo preparada para la despedida, yo estuve a punto de pedirle explicaciones. Me contuve a tiempo. Tampoco lloré. Sacrifiqué definitivamente la parte de mí que quería retenerla. Le pedí un cigarro a pesar de que no he fumado en la vida. Nos abrazamos, nos sonreímos. Nos dijimos gracias en lugar de adiós.

Me he encendido su cigarro y me he puesto a escribir nuestra pequeña gran historia, qué sabe Dios si no volveremos a pelearnos por otro libro.

Romero, 7.


Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas, el 15.12.15