Voy buscando en otros rostros
tu rostro
En otras lenguas
tu lengua
En otros corazones
el corazón que me robaste.

Foto de Miguel A. Reyes
Voy buscando en otros rostros
tu rostro
En otras lenguas
tu lengua
En otros corazones
el corazón que me robaste.

Foto de Miguel A. Reyes
En el universo todo es relativo excepto nuestra absoluta y desconcertante fragilidad. No somos el rey pero tampoco el peón. Por supuesto no somos la mano que mueva nada, más quisiéramos ser una casilla, incluso el triste imán oculto que sujeta las piezas. La verdad es que me atrevería a decir que ni siquiera estamos en el tablero. Y sin embargo también cabe afirmar que mientras no se demuestre lo contrario, hemos inventado el juego.

La fuerza de la torre cerca de las nubes
© Joachim Lehrer
No irás a llorar, ¿verdad? No digo que no te sobren los motivos, tampoco que sea algo malo, que te haga más débil o incluso menos atractiva. Pero tus lágrimas reflejan dolor y vengo a adorar tu alegría.
Es una cuestión de principios, ¿sabes? Dicen que la comedia es tragedia más tiempo y ambos hemos podido corroborar que es verdad. La noche es nostalgia, como la lluvia, pero también aventura. Atrévete a mojarte de luna, de tormenta y el rocío erizará tu piel al amanecer.
Mira ahí arriba, ¿ves? Otros ya han dicho mejor y antes que yo que el universo es fortuito, moralmente neutro e increíblemente violento, y sin embargo, a pesar de la violencia, de la indiferencia, de la causalidad y de la casualidad, sabemos bailar, sabemos reír, sabemos hacer el amor.
No es poco, ¿no crees? El mundo es un volcán y nosotros frágiles hojas, pero de los árboles aprendimos el papel. Podemos cortar con nuestro filo, nos da por escribir con tinta, con sangre incluso, nos atrevemos a sacudir al universo, conseguimos despojarle de sus fórmulas y le decimos: ¡No eres tan frío!
Porque no es tan frío, ¿no? Porque nosotros le damos calor, ¿sí? Porque tal vez seamos los únicos, pero no apostaría a ese número. El espacio es demasiado vasto como para conformarse con tan poco. La vida es un milagro… pero cotidiano.
Porque la vida con sentido es el verdadero disfraz que anhelo ponerme, que anhelo que tengas, hasta que los pies y los dientes digan basta, digan que caminamos lo suficiente, digan que reímos todo lo que había que reír. Toma mi mano ¿Empezamos?

Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas
En un universo paralelo Pandora cambió de idea, no abrió la Caja y se la devolvió a los dioses. En ese universo ellos son los que se retuercen y no nosotros.

Ilustración de Tom Bagshaw
Lo reconozco: soy un adicto a la soledad. Sin embargo en ocasiones también soy débil, la curiosidad gana y me veo empujado hacia las personas de una manera o de otra. Eso es lo que ocurrió hace un par de días cuando al salir del almacén donde trabajo por la noche como vigilante, y al llegar a la cafetería donde desayuno habitualmente, prescindí de mi mesa de costumbre porque algo me dijo que así lo hiciera.
Era la hora del sol y sombra para los albañiles, del café para los camioneros, de mi vaso de leche en el rincón. Era en definitiva una hora rutinaria para cualquier polígono industrial que se está levantando, pero extraña para las dos figuras que entraron y se sentaron en una mesa cercana de la barra.
Una madre y una hija; demasiado pálidas y pelirrojas las dos como para dudar de su parentesco. Pero también demasiado temprano y demasiado lejos de un hospital, de un colegio, o de donde sea que puedan ir juntas una madre con su hija recién amanecido. Entonces al misterio espacio temporal se le sumó la extrañeza de una frase cuando escuché:
−Porque cuando vayas a la universidad…
Acababan de servirme en la barra mi desayuno e iba hacia el rincón, cuando al escuchar a la madre cambié de idea y me quedé cerca. La camarera me lanzó una mirada mohína, asistía por primera vez a un cambio de guión en mis costumbres.
Ni siquiera había entendido el final de la frase pero lo que sí había entendido me resultó un despropósito, la niña no debía tener más de seis años. La silla que escogí me dejaba frente a la pequeña, ella bebía con gesto aburrido un zumo de naranja. La madre por su parte me daba casi por completo la espalda, pero llegaba a ver que cada poco daba sorbos a una coca cola light de lata. Sobre todo me había intrigado el tono. Necesité escuchar más, necesitaba confirmar el sinsentido.
Y lo confirmé. La madre tras unos pequeños sorbos compulsivos a su refresco se convirtió en una cotorra insufrible de aleteo horrendo. Pero en lugar de beberme la leche y desaparecer, comencé a doblar una servilleta, fue mi coartada para no perderme detalle de las perlas cargantes que la señora soltaba. Aquí recuerdo algunas:
−Porque esa profesora tuya es una mala pedagoga y su sistema de enseñanza bla, bla, bla.
−No debes jugar con esos niños tan pequeños, son unos críos para ti bla, bla, bla
−Siéntate más recta. No hagas ruido al beber. Límpiate cada vez que bla, bla, bla.
Tenía mi servilleta con la mitad de los dobleces hechos, cuando el mundo me demostró que todavía hay esperanza. La niña habló y desde luego no era un calco de esa horrible señora.
−Mami, hoy escribí en mi cuaderno que «la hada vendrá a visitarme si…»
Pero no pudo terminar porque la madre saltó como un resorte:
−No se dice «la hada» sino «el hada», una figura retórica en lingüística nos señala cómo debemos hacerlo bla bla bla.
Tan satisfecha debió quedar de sí misma después de la lección, que se terminó la coca cola de un trago, se levantó y le dijo a la niña que esperase quietecita porque iba a comprar tabaco.
La niña me miró por un segundo, o más bien miró cómo mis manos trabajaban sobre la servilleta. Pero al advertir que yo la miraba apartó la vista de inmediato. Pensé en esperar el regreso de la madre y tacharla de pedante insufrible, pensé también en callarme y punto, pero al final opté por una tercera opción.
Terminé mi figurita, me levanté y me dirigí a la niña. Al llegar le regalé mi unicornio de papiroflexia y le dije:
−Lo importante no es cómo escribas «hada», lo importante es que creas en ellas.
No le dije más, no había más que decir. Pero la madre, que me vio hablar con la niña justo después de sacar el paquete de tabaco de la máquina, pensó que había sido mucho más que suficiente. Fui a pagar a la barra y ella volvió rauda a la mesa. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo y no fue agradable.
Fui magnánimo con la cotorra esa vez, el mundo es un lugar horrendo, que una madre quiera proteger a su polluelo me parece lógico. Iba camino de la puerta cuando la señora se encargó de que oyese cómo le preguntaba a su hija qué le había dicho yo. La niña tampoco bajó el tono y le dijo con voz desagradablemente adulta, que algo muy raro.
Me despedía ya de la esperanza cuando a través del cristal de la puerta vi reflejado cómo la niña se guardaba el unicornio debajo de la mesa, bien lejos de la mirada de la madre. Sonreí, podía envolverme satisfecho de nuevo en mi soledad.

He querido ser más grande que Alejandro Magno, llegar tan lejos como Jesucristo, ser feliz. Errores todos inocentes de juventud. A estas alturas me conformo con no dañar a los míos, hacer feliz a quien ame y, que tiemble quien me lea.
Sobre esto último no quiero romper a nadie, claro, pero sí tomarle desprevenido a la vuelta de alguna frase, de algún personaje, de alguna idea. Y que con alevosía, a traición incluso, le haga exclamar como a mí me ocurre al leer a algunos otros: ¡Qué cabrón, la vida merece la pena!
Ya no pido más, ya no pido menos.

El primer cadáver que nos trajo la marea apenas ocupó un pequeño espacio en la prensa local, pero quién iba a pensar hace poco más de un año todo lo que el mar estaba por escupir.
El segundo tampoco llamó demasiado la atención, salvo por el hecho que apareció a la misma hora del día siguiente, en el mismo lugar y de la misma manera: desnudo y sin haber muerto ahogado. Los médicos certificaron para ambos casos parada cardiorespiratoria, lo que no resolvía casi nada. El misterio creció por el hecho de no encontrarse patera alguna, ni un mar embravecido en los últimos días. Que nadie reclamara los cuerpos aparentemente de inmigrantes, no llamó la atención de nadie.
El tercer día y en las mismas condiciones, el mar regalaba a los bañistas su tercer cadáver. Muerto y desnudo como los otros, hizo sin embargo saltar todas las alarmas: era blanco…
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A pesar de que fuimos a destiempo, has sido mi mejor baile. Cómo no te voy a recordar con la mejor de mis sonrisas cada vez que abro los ojos y comienza la música.

«Bailando en azul», óleo de Leonardo Herrera
I
−No estamos en las Vegas pero quién lo diría –dijo la excomisaria al entrar al salón de La Cazuela.
−Ya solo falta el inglés, querida –apuntó Lurdes, la dueña del restaurante, mientras daba dos besos a la recién llegada−. Y es raro, John siempre es puntual.
−Vaya aire de profesionales tienen estos dos, mi rubia, va a ser una noche de lo más interesante.
−Y como estás retirada –dijo Bastian, uno de los aludidos, que a pesar de llevar media vida en Mallorca no lograba pulir de su castellano el acento bávaro−, no tenemos que preocuparnos por si la noche es legal o no.
La excomisaria le contestó con una sonrisa, se quitó el abrigo y se recogió su pelo color ceniza en una coleta. Ignoró la calada de humo del cigarro que le echaba el alemán sobre la cara y miró al otro hombre, que apoyado sobre la mesa no dejaba de observarla.
−No nos conocemos… en persona. Me llamo Alba y supongo que tú eres Esteban, el andaluz, el ahijado de Lurdes, el que ha cobrado la herencia millonaria del padre que te abandonó cuando eras un mocoso y quiso tu perdón antes de morirse. ¿Le has tenido que cambiar muchos pañales a ese cabrón en sus últimos años de vida?
−¿La partida ya comenzó? –Preguntó Esteban a Alba.
−En el póker nunca se deja de jugar, con o sin cartas, lo sabes, ¿no?
−Alguna cosa sé, excomisaria, como que ese ex te llegó después de un control de alcoholemia donde terminaste mordiendo a un guardia civil que no se creyó que fueras en perfecto estado. El asunto te costó el puesto y te agrió la lengua, ¿o esa dulzura ya la tenías de antes?
−¡Gut, gut, gut! –Bastian acompañó sus repeticiones con tres palmadas− No sé el dinero pero los ojos os los vais a sacar bien pronto.
−De eso nada, querido –terció Lurdes−, mi chico y mi chica favorita se van a caer bien, cuestión de tiempo, ¿verdad que sí?
La pregunta quedó sin respuesta porque se oyeron varios golpes en la verja de la entrada del restaurante. Lurdes la había bajado tras la llegada de cada jugador. La dueña de La Cazuela fue a ver y regresó con John.
II
Faltaban unos minutos para la medianoche de un miércoles de finales de enero. En la calle no quedaba nadie. Mallorca a esas horas y en esas fechas más que una isla parece un desierto. Lurdes pidió a los cuatro jugadores que preparasen su dinero para cambiarlo por las fichas y guardarlo en la caja fuerte del fondo de la sala, detrás de un cuadro de bodegón que descolgó.
John fue el primero en mostrar su fajo de billetes. Se movía de un lado a otro con nerviosismo. Consultaba su móvil y soltaba en un español confuso, cargado de expresiones en inglés, constantes quejas sobre la incompetencia de su director general, al que según decía iba a despedir por la mala gestión que había hecho de los hoteles que John poseía en las islas. Los demás le ignoraban. Entregó la cantidad convenida.
Bastian abrió el maletín negro que había traído. Dentro se encontraba el dinero que dio a Lurdes después de contarlo en voz alta. Mientras los billetes cambiaban de mano el alemán dijo que esa noche se jugaba sus tres inmobiliarias, pero que el riesgo merecía la pena porque estaba harto de alimentar vacas flacas. Añadió que en caso de tener que sacrificarlas se las apañaría para no sufrir las consecuencias. Todos parecieron entenderle.
Alba sacó de su bolso un sobre cerrado que entregó a Lurdes. En el reverso del mismo estaba escrita la cantidad que habían pactado. La excomisaria guardó silencio a pesar de las caras de asombro de los tres hombres. Lurdes dijo que se fiaba, que no lo iba a contar, ella sería la crupier y quien decidía al respecto. Tampoco nadie preguntó cómo era posible que la excomisaria hubiese reunido esa cantidad teniendo en cuenta sus últimos años de bancarrota.
Por último Esteban abrió la maleta de mano con la que había llegado directo del aeropuerto Son Sant Joan y extrajo una Biblia, grande, verde, con una concha de vieira estampada en la portada donde podía leerse Biblia del Peregrino. Ante las miradas del resto esbozó una sonrisa y abrió el libro sagrado que resultó ser una caja donde había varios sobres. Cogió uno y quedaron otros cuatro. Abrió el sobre que había sacado y contó el dinero. Mientras lo hacía el resto se preguntaba cuánto podía haber quedado en la caja. Todos concluyeron por su cuenta que sin ninguna duda más de lo que habían reunido en común para la partida.
Los jugadores se sentaron tras cumplir el trámite económico. Lurdes colgó el cuadro que tapaba la caja fuerte. La mesa de póker se encontraba en mitad del salón. Medía tres metros y medio de largo por dos de ancho. Estaba ovalada en los extremos y tenía un pequeño hueco en uno de sus centros para que la crupier pudiese manejarse cómoda. El tapete era azul, las cartas quedaban extendidas en media luna, boca arriba. Las fichas tenían valores que iban de cinco como mínimo a quinientos como máximo.
Esteban quedó en el extremo derecho de la mesa y Alba en el izquierdo, mientras que de frente a Lurdes se situaron John y Bastian. La dueña de La Cazuela miró su reloj, luego con solemnidad a los reunidos, dijo que eran las doce de la noche y que la partida podía dar comienzo. Recogió la baraja extendida con la soltura de quien sabe lo que hace y explicó a los participantes que seguirían las reglas del póker Texas Hold´en. No había comenzado a repartir las primeras dos cartas tapadas cuando escucharon un ruido. Alguien golpeaba la verja de la calle.
−¿Echaste el candado? –Preguntó inquieto Bastian.
−Claro, me ayudó John –el aludido confirmó con la cabeza las palabras de Lurdes.
De nuevo volvieron a golpear la verja. Los cinco no dejaban de mirarse sin saber bien qué hacer. Por fin Alba puso la pregunta sobre la mesa.
−¿Nos quedamos como pasmarotes hasta que se cansen o vamos a ver quién es?
Escucharon una voz de mujer que parecía muy joven.
−¡Hola! ¿Hay alguien? ¡Veo una luz encendida!
−¡Fuck! –Exclamó John −No apagaste las luces de la barra cuando vinimos al salón.
−Es verdad, querido, lo siento mucho.
−Bueno –intervino Esteban− no hay que pedir perdón por algo así, vamos o qué, parece una adolescente en apuros.
−Las adolescentes son las más peligrosas de todas –dijo Bastian; nadie le rió el comentario, se encendió otro cigarro.
−¡Por favor! ¡Hemos tenido un accidente de moto, mi amiga sangra mucho! –La voz les llegó desesperada, casi en llanto.
Alba se levantó decidida.
−La llave del candado Lurdes, voy a abrir, ¿quién me acompaña?
Alba no preguntaba y su amiga cumplió la orden. Bastian se levantó para seguirla, Esteban, tras mirar su Biblia por unos segundos, también les acompañó.
Lurdes y John se quedaron clavados en sus sillas. Se miraron nerviosos mientras los demás salían del salón. Sentados en torno a la mesa de póker escucharon cómo se apagaban los pasos de sus compañeros como si de latidos se tratasen, cómo chirriaba la verja al subir, cómo Esteban gritaba «¡Entrad rápido, entrad, hay que llamar a una ambulancia!», y cómo la verja volvía a bajarse.
De inmediato llegó un golpe seco y luego otro y al menos un grito de dolor. Y órdenes provenientes de unas voces muy agudas y pisadas en el suelo cada vez más cercanas que resucitaban el corazón apagado. Y cuando quisieron reaccionar y se levantaron vieron a Bastian precipitarse de un empujón hacia ellos. Detrás marchaba una chica adolescente, morena, de apenas un metro sesenta que llevaba en una mano un casco de moto manchado de sangre y en la otra una bolsa de viaje negra. El alemán miró hacia el inglés de una manera extraña mientras se tapaba con su mano derecha la mejilla izquierda, que había sido golpeada por el casco.
El siguiente que entró por la puerta fue Esteban, tenía un labio partido y el miedo en la cara. Miró a Lurdes y esta no supo qué hacer. De inmediato entraron juntas Alba y otra chica, adolescente también, pelirroja, mucho más alta que su compinche morena del casco. Clavaba en las costillas de la excomisaria una pistola.
III
Durante los primeros segundos los posos del desconcierto se fueron sedimentando en la sala. Las miradas excitadas de las adolescentes no rompieron el silencio hasta que la pelirroja ordenó a Alba:
−Siéntate vieja. Y los demás. Sentaros todos, vais a estar más guapos.
Su tono era suave, incluso relajado. No empuñaba el arma como una amenaza. Ninguno de los hombres le hizo caso.
−¡Cora ha dicho que os sentéis! ¿Estáis sordos o qué?
La chica morena golpeó con el casco sobre la mesa; hizo saltar las fichas y desparramó la baraja de cartas. Ahora sí obedecieron la orden. Los cinco quedaron sentados como iba a corresponderles durante la partida. Salvo Bastian y Alba, el resto decidió agachar la cabeza para no provocar a esas chicas, al menos una de ellas se mostraba muy irascible y peligrosa. Esteban puso sus manos sobre la Biblia.
−Bien, así mejor –la pelirroja seguía sin elevar el tono−. Queremos el dinero, todo vuestro dinero y en cuanto sea nuestro nos iremos sin haceros daño.
La chica miraba especialmente a los hombres, ellas parecían más dispuestas a colaborar.
−Y bien, ¿dónde lo tenéis?
Bastian dejó de mirar a las dos adolescentes, frunció el ceño, puso sus ojos en John y sacó su cartera. El inglés, sin tener claro el sentido de la mirada del alemán hizo lo mismo que este y colocó su billetera encima de la mesa. En apenas unos segundos el resto les imitó sin necesidad de decir nada.
La morena echó todas las carteras en la bolsa de viaje. Ni siquiera las abrió para comprobar cuánto dinero tenían.
−Muy bien, y ahora el turno del dinero de las fichas, ¿dónde está? –La pelirroja preguntó con calma.
−Pero, pero –Bastian improvisó su mejor cara de inocencia− ¿qué dinero? No apostamos cantidades grandes. Nosotros solo…
−¡Mira, gordo alemán de los cojones –la chica morena no tenía tanta paciencia como su amiga−, no nos tomes por idiotas, si vuelves a jugar a eso te reviento la cara!
Bastian se puso rojo de ira pero no hizo ni dijo nada más. John, nervioso, se cargó de valor.
−Pero es verdad lo que dice, no tenemos…
Cora hizo un gesto y la chica morena golpeó con el casco y con violencia la cabeza del alemán. Algo crujió en Bastia. Su cara apuntaba a que tenía más odio que dolor. Cuando retiró sus dedos de la zona del impacto comprobó que estaba sangrando.
−Está bien, está bien –Alba intervino ante lo que parecía que iba a ser una nueva orden de la pelirroja. −En la pared, detrás de ese horrible cuadro. Lurdes, dale la llave de la caja fuerte, estas señoritas hace mucho tiempo que no juegan con barbies, y quieren ejercer aquí el rol dominante.
Lurdes hizo caso. Las manos le temblaban. Las de Esteban seguían aferradas a la Biblia, algunas gotas de sangre de su labio roto cayeron sobre la tapa. John se mostró todavía más inquieto. Bastian no conseguía contener su brecha, parecía indiferente al dolor de la herida y mientras la chica morena vaciaba la caja fuerte el alemán preguntó a John con malicia.
−¿Así que tus hoteles van mal?
−¿What? –Contestó John sorprendido y tras unos segundos que le sirvieron para comprender la insinuación –¡Motherfucker, no van peor que tus negocios! ¿De qué me acusas?
−Estás muy nervioso toda la noche –Bastian mostró agresividad en su mirada.
−Quietecitos y calladitos –dijo Cora, su tono seguía suave pero recordó al mover su brazo que tenía una pistola.
No le hicieron caso y Bastian se levantó amenazante hacia John.
−¿Por qué has buscado unas putas crías? ¡Seguro que la pistola es falsa!
John también se levantó. Estaba a dos metros de Cora. Les ordenó que se sentaran. Ya no había sosiego en su voz. La chica morena miraba la escena sin saber qué hacer, el casco no parecía suficiente. La pelirroja les llamó hijos de puta, entonces John se dio la vuelta y se enfrentó a ella. Lurdes y Esteban no se atrevían a mover un músculo. Alba era la única que parecía guardar un poco de calma.
−¡Jodida bitch! –Gritó John y dio un paso hacia ella.
Cora apuntó y apretó el gatillo. La pistola tuvo un retroceso que la chica supo controlar. La bala acertó en el pecho del inglés. John puso cara de asombro. Sus manos, instintivas, fueron al encuentro de su herida. Llegó a darse la vuelta y cayó sobre la mesa de póker. Con sus últimas fuerzas subió las piernas también. Intentó tomar varias fichas en sus manos pero se le escurrieron. Sus movimientos carecían de sentido alguno. Para entonces Lurdes ya gritaba. Bastian estaba paralizado. Alba y Esteban se habían levantado y apartado de la mesa. John tenía su cabeza al lado de la Biblia, parecía negarse a morir y realizaba movimientos espasmódicos. Cora se le acercó, le encañonó en la cabeza y volvió a disparar. La sangre salpicó la cara de la muchacha. La Biblia también se cubrió del rojo viscoso que momentos antes daba la vida al inglés.
IV
El cadáver de John tendido boca abajo sobre la mesa de póker, con un agujero en la cabeza ladeada y con los ojos todavía abiertos, era la prueba palpable de que las adolescentes iban en serio y, de que el inglés no tenía nada que ver con ellas.
Mientras la dueña del restaurante no dejaba de chillar, Bastian se vino abajo como un enclenque castillo de arena barrido por una gran ola. La culpa le inunó por dentro, la culpa le hizo temblar, la culpa le dejó sin fuerzas para replicar lo más mínimo.
−¡Bien, sentaros y tranquilicémonos todos! –Ordenó la voz de Cora, que para tener diecisiete años, un cadáver a su espalda y el rostro manchado de sangre, sonaba con tranquilidad.
Cuando Lurdes por fin dejó de gritar, las amenazas y los bofetones de la chica morena no sirvieron, y fue el refugio del abrazo de Esteban lo que consiguió callarla, Alba recogió la intuición errada del alemán: comenzó a atar cabos.
No se contradijo la orden de la pelirroja y todos se sentaron tal y como hubieran disputado su partida de cartas, con la salvedad evidente del inglés. Cora pidió a la morena que le entregase la bolsa con el dinero de la caja fuerte. Mientras echaba cuentas le dijo a su amiga que registrara maletas, maletines, bolsos y bolsillos si era preciso.
Esteban no se atrevió a tocar su Biblia a pesar de que el reguero de sangre sobre el tapete azul, provocado por las heridas de bala de John, comenzó a inundar sus tapas inferiores. Lo que sí hizo Esteban fue agarrar con fuerza la mano de la desconsolada Lurdes. Se prometió que pasara lo que pasase iba a protegerla. Ella había sido para él una segunda madre desde que la conoció, le había dado trabajo en el restaurante cuando más lo necesitaba, estuvo a su lado en los peores momentos y le apoyó cuando él decidió ir a Sevilla a cuidar de su padre enfermo, quien le pedía misericordia después de abandonarle nada más nacer.
Lurdes se mostraba abatida e incapaz de buscar consuelo en los ojos de nadie, y menos aún, en los de Esteban. Ella no había querido ni mucho menos que el atraco derivase en algo de ese estilo. Por eso precisamente había evitado contactar con la mafia rusa o con sicarios colombianos, esas niñas que habían llegado a su casa de manera extraña, como si fuesen una señal del cielo, le habían parecido algo alocadas, pero decididas y llenas de entusiasmo por conseguir un dinero fácil y limpio.
Con su parte del dinero Lurdes podría salvar su restaurante a punto de la quiebra por la crisis, por su mala gestión, porque habían cambiado los gustos de los turistas o por lo que fuese. Esteban, tras morir su padre había cobrado la herencia millonaria y decidido regresar a Mallorca. Él mismo pidió participar en la última timba de póker que se iba a celebrar en La Cazuela, donde desde hacía años y una vez cada seis meses se apostaban cantidades elevadas. Él le dijo que iría con mucho dinero en metálico, que prefería dejarlo en la caja fuerte del restaurante antes que en un banco. En el plan de Lurdes nadie iba a resultar herido y todo parecería un atraco con un golpe de suerte añadido para las insólitas ladronas. Ese era el plan de Lurdes, la realidad tenía los suyos propios.
La chica morena no encontró más dinero después de rebuscar donde podía hacerlo, especialmente en la maleta de mano de Esteban. Cora no necesitó de muchos cálculos. Con tono esta vez de amenaza dijo:
−Bien, os hemos dicho antes que habíamos venido a por todo el dinero.
Esteban abrió desmesuradamente los ojos y dejó escapar la mano blanda de Lurdes. La pelirroja iba a añadir algo cuando le interrumpió el sonido de sirenas de la policía. Una verja a medio abrir, dos disparos en el silencio de la noche, luces… Habían hecho demasiadas cosas mal. Un megáfono atronó desde fuera las palabras típicas para estos casos.
Mientras las adolescentes gritaron a la policía que no les importaba morir, que tenían rehenes, que les volarían la cabeza… decidieron salir, pero no solas.
−¡Tú nos has metido en esto, zorra –la morena parecía a punto de llorar− y tú nos vas a sacar!
Lurdes fue a levantarse de la silla de crupier cuando se le adelantó Esteban.
−Yo iré con vosotras y colaboraré en lo que me digáis… tengo una promesa que cumplir.
Las adolescentes se miraron por un momento, miraron a la dueña del restaurante que lloraba sin atreverse a levantar la cabeza, a la mujer del pelo de plata que se mantenía tranquila, al alemán, que por la mancha de su pantalón se había meado encima y balbuceaba algo ininteligible, al tipo que habían matado, a las fichas de póker desparramadas, e incluso miraron la Biblia manchada de sangre que por alguna razón estaba sobre la mesa.
−Vale, vamos a salir de aquí contigo –Cora lo dijo sin ninguna fe−. Toma el arma Chiqui, apúntale a la cabeza en todo momento. Yo negociaré.
Cuando las adolescentes y Esteban salieron por la puerta del salón, y mientras se escuchaba cómo la policía negociaba con las atracadoras que estaban en la entrada del restaurante, Alba se acercó a Bastian y le palmeó un hombro. Luego le dedicó una mirada sin reproche a Lurdes. Finalmente se acercó a John y le cerró los ojos.

Publicado originalmente en dekrakensysirenas.com, @krakensysirenas
Dice Julian Barnes que vivimos conforme al recuerdo y no a la verdad. La frase es pura lucidez que no debería necesitar más explicación, pero tangencialmente la usaré para unirla a esa otra idea que tan bien canta Sabina: al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver. Y sin embargo, ese «no debieras» implica que si existe la posibilidad, la mayoría de las veces y la mayoría de nosotros, volveríamos.
Y es lógico, sabemos de la alta posibilidad del desastre pero nos abrazamos a la ínfima posibilidad, no ya del éxito con el que no nos engañamos a partir de cierta madurez, sino de recuperar al menos sensaciones sobre un tiempo que nos hizo felices, que nos colmó. Con el paso del tiempo uno se va dando cuenta que la felicidad ya no queda tan al alcance de la mano, ni siquiera de la imaginación más notable. Uno vuelve sobre sus mejores pasos: nostalgia, melancolía, la nieve resistiendo al desierto, llámalo como quieras.
La pérdida de la inocencia, eso es crecer como tan acertada y dolorosamente se sabe. Y es una de esas cosas que se sabe porque se experimenta en la piel, en el corazón y en la cabeza. Así que, si después de una travesía dura podemos volver a rondar nuestros mejores recuerdos, quién necesita y a quién le importa la verdad. El problema es que ni siquiera en esa calma somos capaces de permanecer mucho tiempo. Y sí, al final la verdad importa lo suficiente como para arrojarnos de la calma más nimia que hayamos conquistado. El cuerpo y su manía de lanzarse al mar proceloso.
