El hombre del salto, Don DeLillo

Terminé de leer la novela y me dije que sí, que podía estar ante una obra maestra. Durante su lectura había pensado otras muchas cosas, ahí van algunas de ellas.

Don DeLillo es un escritor difícil, ya me lo había parecido en Fascinación, la primera obra suya que leí, donde el argumento gira en torno a la existencia de una película porno protagonizada por Hitler en sus últimos días de vida, y donde me costó en ocasiones seguir la trama. Pues bien, El hombre del salto ha venido a dejarme una impresión similar. Sus personajes y la estructura suelen ser en ocasiones difíciles de seguir y me exigió de vez en cuando volver atrás en la frase, en el párrafo, en la página. Sin embargo, me mereció la pena hacerlo. Vaya si lo hizo.

El hombre del salto no es una novela sobre los atentados del 11S que cambiaron el rumbo de la Historia, sino sobre el impacto que causó el acontecimiento en Keith Neudecker, que se encontraba en una de las Torres cuando se produjo el atentado, y en Lianne, su ex mujer, y en su hijo, y en el tipo que dará el título a la obra, y también, parte esencial, en uno de los terroristas que perpetraron la matanza. Es una obra que en definitiva profundiza en las vidas particulares de unos pocos personajes, para levantar un monumento sobre reflexiones y experiencias universales. Es decir, es pura literatura.

Será una obra tan descorazonadora, que llega a humanizar a un terrorista, Hammad. Este no será el fanático clásico que se nos ha enseñado para racionalizar su barbarie (sí lo será Amir, el líder de la célula), sino un ser humano que duda, que ni mucho menos cree ciegamente en la locura que está planeando hacer, y que sin embargo, ahí radica el mayor de los problemas, la hace.

En esta novela nadie tiene brújula y se sobrevive como se puede. No por casualidad, Keith recurrirá en última instancia al azar de las cartas, su hijo echará mano de la imaginación y la negación, y Lianne estará a punto de volverse loca. El hombre del salto, un artista callejero que realizará la sórdida y arriesgada representación de lanzarse al vacío sin apenas protección y jugándose la vida con cada actuación, tampoco tendrá precisamente respuesta alguna con su arte.

Creo que Don DeLillo en definitiva nos quiere mostrar una gran metáfora, la del salto al vacío que es la vida. A nosotros, nos corresponderá extraer algunos pequeños tesoros durante esa caída, para que la hostia merezca la pena. Y sin duda, la literatura es uno de esos tesoros.


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Fascinación, Don Delillo

Don Delillo era la última pata que me faltaba por leer de la terna Thomas Pynchon, D.F. Wallace y el mencionado Delillo, y como en buena medida me pasó con Pynchon, esperaba más. Se supone, si la memoria no me falla, que Wallace ha sido el discípulo de los otros dos y que a veces incluso se le ha llamado un mal imitador. Sin embargo, y tal vez porque de este último he leído sus mejores obras y de los otros dos tan solo piezas pequeñas (Fascinación, de la que ahora hablaré, y La subasta del lote 49, que me dejó tibio y por momentos confuso), Wallace me parece el mejor de los tres. Con diferencia. Con mucha diferencia.

Fascinación creo que es una obra aceptable, pero espero que menor, de un escritor que está considerado como un tótem literario de nuestros días, uno de los imprescindibles. Y hay pocos. Sinceramente, esperaba encontrarme algo así como el puñetazo maravilloso que en su día me dio, al descubrirle, el recientemente fallecido Philip Roth. Hasta compartían el hecho de no tener un Nobel. Roth ya nunca podrá alcanzarlo, para desdoro eterno de la Academia.

Pero vayamos al lío, Fascinación tenía que haber sido mejor, por lo que esperaba del autor, ya está redicho, y también por la trama y sus personajes. Resulta que tras muchos años de volar como rumor, reaparece una película donde el mismo Hitler es el protagonista, y no será una película más, sino una supuesta orgía del dictador protagonizada con su imperio agonizante, más o menos como estaba él en aquellos días, encerrado en su búnker, a la espera del hundimiento final. El conocimiento de la cinta se moverá en la clandestinidad en unos Estados Unidos de los 70 o de los 80 (reconozco que nunca lo tuve claro), donde la prensa, o más bien dos mujeres periodistas de una revistilla cultural de baja estofa, un marchantes de arte (especializado en el mundo del sexo) y un lío de organizaciones gubernamentales de segunda fila, harán todo lo posible por hacerse con la cinta y ver qué hay de verdad en lo que se dice.

Personajes hay muchos, y Selvy, una especie de James Bond con toques existencialistas, es uno de los más interesantes. Su viaje final a ninguna parte, pero cargado de significado personal para él, da entre lástima y qué pensar, que no es poco. Junto a él, Molly, será la otra gran protagonista de la novela. Aunque tengo la sensación que se diluye al final, la protagonista quiero decir.

Relajaré aquí mi tono: el libro me gustó en bastantes momentos. No deja de ser una novela de espionaje, de acción, de traiciones, interesante, que sin embargo deja atrás casi cualquier fuerza de estilo (para mí sin duda un punto negativo) e incluso de temas. De estos últimos algunos sí aparecen que se pueden encuadrar dentro del contexto posmoderno.

Seré ahora un poco agrio: si el leitmotiv es el de que la verdad decepciona, por un lado lo consigue, porque al menos a mí Fascinación me ha decepcionado. Pero por otro, siempre elijo la decepción a la mentira. Por último, creo que lo que contiene al final la película que todos buscan y que nadie ha visto, me ha merecido cuanto menos la lectura de la novela y elaborar esta crítica atropellada. Así que, si alguien está interesado en hacerse con ella, no me hagáis caso y a juzgar por vosotros mismos. Yo por mi parte, espero darle otra oportunidad a Delillo sin demorarme demasiado. Admito sugerencias, faltaría más.

Junio 2018


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