La realidad se nos fue de las manos

I

Apagó el cigarrillo, tiró la colilla en una papelera y miró su reloj. Llegaba a la cita antes de tiempo por lo que se paró en varios escaparates que le ofrecían todo aquello que él rechazaba. «O es al revés −pensó− y se trata de que los escaparates me rechazan a mí». Esbozó una sonrisa ante el reflejo de su imagen. «La duda ofende» se dijo a sí mismo y continuó camino de la cafetería.

«¿Qué querrán y quiénes son?» se preguntó antes de llegar. Alzó la mirada y se topó con el cielo doblemente gris de Madrid; gris suciedad y gris nublado de una tarde primaveral que perturbaba a los peatones con su amenaza de lluvia.

Llegó al Café Comercial. Todavía no era la hora y no podía estar seguro de que se tratara del hombre elegante, engominado, que leía el periódico y tomaba un refresco, pero se sentó frente a él. Cuántas cosas habían cambiado en los últimos meses. No estaba acostumbrado a ninguna pequeña victoria y en su nueva condición temía romperse de éxito.

−Lo que he sido capaz de estirar un billete de cinco euros –dijo.

−Hola Pavel –dijo el hombre elegante.

−¿Y yo cómo te llamo?

−¿A mí? Como te apetezca, es un detalle sin importancia.

−Está bien, Comoteapetezca, ¿qué es lo que queréis de mí, a quién tengo que traicionar, a quién debo matar y lo más importante, qué es lo que debo hacer para que me recompenséis con vuestra gratitud? En cuanto a quién carajo sois, supongo que está fuera de lugar preguntarlo.

−Eres directo y gracioso y eso de matar –el tipo mostró una dentadura sin mácula− suena bien…

−Y tú eres un lameculos interesado que no va a conseguir nada. Hemos puesto en marcha una revolución, el cambio es posible y no pienso apearme del nuevo rumbo. No pienso hacer nada que lo perjudique por mucho que podáis ofrecerme.

−Y quién ha dicho que perjudicar el cambio sea nuestra oferta. Pavel, te noto cargado de prejuicios, no vayas a ser igual que aquellos a quienes criticas. Está muy bien querer que otro mundo sea posible, yo también lo quiero, y seguro que ninguno de los dos busca sustituir unos errores por otros. Escucha la oferta y luego decides.

−Si quieres que te escuche, Comotellames, dime a quién representas.

−Está bien, me parece un principio de acuerdo justo. Vengo en nombre de todo aquello que odias para intentar que lo odies… un poco menos, puesto que no es merecedor de tanto odio. Y como primer argumento para que aligeres esa pesada carga que es el resentimiento, te ofrecemos esto.

El hombre elegante estiró el brazo hasta un maletín que estaba a sus pies, lo puso sobre la mesa y lo abrió hasta la mitad enseñando el contenido a Pavel. Entonces lo cerró de golpe.

−Es el primer maletín pero si lo aceptas no será el último. Y lo mejor de todo son las condiciones, puedes compartirlo con quien quieras… o no, puedes versar billetes hasta hartarte… o no, y por encima de todo, no te pediremos nada a cambio. Así de sencillo.

Tras unos segundos de silencio Pavel dijo con voz entrecortada:

−No, no, no lo quiero.

−Sería una decisión tan respetable como aceptarlo, pero voy a dejar que te lo pienses un poco más, ¿no crees que es lo mejor?

Pavel tragó saliva, comenzó a sudar y se sintió más pequeño que nunca. −¿Por qué tanta generosidad conmigo, mi mérito es tan escaso?

 

II

«Ya es primavera en el infierno» garrapateó Pavel sobre una servilleta, once meses y cuatro días antes del encuentro anterior.

Tras firmar su frase se pidió una cerveza y se estiró la ropa. Se encontraba en El Fuego, un bar madrileño de Malasaña. Estrenaba camisa y pantalón y se había peinado con mucho más cuidado del que tenía por costumbre, trataba de ocultar su incipiente calvicie. Su decisión era firme: tras cuatro citas maravillosas era el momento de besarla, lo haría nada más verla, como saludo. La sorprendería.

Estaba nervioso, su memoria tenía que retroceder mucho tiempo para recordarle así de exultante, y más aún para recordar la impresión de unos labios sobre sus labios. Aún quedaban unos minutos para que llegara la hora. Miró nervioso el móvil por si un mensaje en el último momento desbarataba su alegría. Ningún aviso en la pantalla, todo marchaba bien. Decidió tuitear lo que había escrito en la servilleta y en seguida recibió varios favs y retuits. Saboreó la cerveza, se asustó un tanto, se descubrió feliz.

Una hora más tarde Pavel daba vueltas a la ironía de encontrarse donde se encontraba; sentía que la vida se ensañaba con él y que ardía de rabia por dentro. Miró compulsivo el móvil en busca de un wasap que diera explicación y sentido a ese plantón. No tardó en lamentar su metro cincuenta y cinco de estatura, su escaso pelo, su nariz desproporcionada…

Pagó las dos amargas cervezas que se había pedido. A cambio de su billete de diez recibió uno de cinco medio roto y sucio, y no protestó porque le pareció buen reflejo de sí. Lo único que le dijo al camarero al recibir el cambio fue:

−¿Por qué no aprendemos nunca, a nada?

No hubo más respuesta que una mirada interrogativa y un silencio que Pavel agradeció. Antes de marcharse del bar volvió a mirar la pantalla de su móvil, regresó a twitter y escribió: “Ya es de nuevo infierno en primavera”.

 

III

A pesar de cruzar la calle sin mirar más allá de sus pies ningún conductor tuvo a bien atropellarle, prefirieron los frenazos, los pitidos, meterse con su físico y acordarse de sus muertos.

Pavel no reaccionó a nada ni devolvió los insultos y solo cuando uno de los conductores le llamó «Tyrion de los cojones», esbozó una ligera sonrisa y se dijo para sí: «¡Ojalá!». Al llegar a la otra acera sintió el peso de las miradas de quienes se encontraban a su alrededor y se esfumó de allí lo más rápido que pudo.

Pronto comenzó a sentirse algo mejor, caminar siempre le aliviaba, le hacía entrar en espirales de pensamiento que lograban suspender temporalmente su crudo nihilismo. Subía por la calle Tribunal cuando su móvil anunció un wasap. Dudó de si mirarlo o no, pero finalmente cayó en la tentación: «Lo siento mucho Pavel, eres un hombre maravilloso, pero no quiero quedar más veces contigo, no funcionaría, perdóname. Deseo que te vaya todo realmente bien».

Intentó no hacerlo pero contestó enseguida: «¿Perdonarte? No hay nada que perdonar pero si lo hubiera, lo hago. Y no te preocupes por mí, soy un gran perdedor, encajo las derrotas con estilo. Un beso». Al mandar el mensaje supo que nunca volvería a saber nada más de ella. Apagó el móvil en un gesto poco usual. Estaba triste pero no hundido. Se sintió incluso fuerte sin saber muy bien por qué. Llegó a otro cruce y esta vez no hizo el idiota, esperó a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones. En la espera descubrió una pintada sobre el paso de cebra que le puso de buen humor y le hizo reflexionar sobre las casualidades, la pintada le decía: «Perdona rápido, agradece lento».

La necesidad de escribir se apoderó de él mientras cruzaba. No era algo que hiciera a menudo más allá de la afición de tuitear en 140 caracteres que había adquirido en los últimos años, pero en ese momento el impulso por dejar reflejado lo que le salía de las entrañas fue casi brutal. Quiso escribir en el móvil pero tenía que encenderlo y los segundos le apremiaban. Frente a una oficina bancaria de color verde se sentó en un banco de madera, se rebuscó y encontró un bolígrafo bic azul, no tenía libreta, ni cuaderno, ni folios. Al final sacó de la cartera el viejo billete de cinco euros que le diera el camarero. No dudó ni por un instante lo que debía poner, eran los únicos versos que se había aprendido en otro idioma:

«Wer spricht von Siege? Überstehen ist alles», estampó en alemán sobre una cara del billete. «¿Quién habla de victorias? Sobreponerse es todo», escribió sobre la otra. Puso la firma de Rilke en ambas, el móvil terminaba de encenderse en ese momento, hizo un par de fotos al billete y las subió a su cuenta de twitter. Entonces se olvidó de todo, hasta de la tristeza y sintió cierta catarsis.

 

IV

−En ocasiones un gesto inesperado –contestó Pavel ocho meses más tarde a esa sensación de catarsis que sintiera tras escribir lo que escribió en un viejo billete− incendia la catarata esperada.

La entrevista en la radio acababa de comenzar y Pavel estaba asombrado de varias cosas. En primer lugar de su respuesta poética, línea por la que decidió no continuar. En segundo, de la mirada inteligente de la periodista, enmarcada en unos ojos redondos, azules, de los que se quedó prendado. En tercero, que él hubiese sido capaz de ir al estudio de radio y se sometiera voluntariamente a las preguntas, después de haber estado durante meses sumido en la cama, depresivo, y con ganas de cortarse lo que hubiese hecho falta, después de que precisamente los medios de comunicación le destrozasen.

−Lo que sigue ocurriendo es una sorpresa para todos –Pavel apenas podía pensar a causa de los ojos que le miraban pero se había aprendido su discurso y le salía en modo automático− y que me acusen de ser el espolón del cambio es un honor al que todavía no me termino de acostumbrar. Pero en fin, si se empeñan en decir que yo desaté el asunto, qué le voy a hacer (risas), más allá de recordar una y otra vez que ni fui original ni pretendía serlo. Simplemente tuve una necesidad que al parecer conectó con la necesidad de muchos y todo comenzó a rodar de manera desbocada.

−¿Cuánto crees –preguntó la periodista− que ha tenido que ver el enésimo fracaso de la ilusión política en este despertar… digamos artístico?

−No sé, Camino –por si no bastasen los ojos, pensó Pavel, el nombre más bonito que quepa imaginar−, solo soy experto en fracasos personales… Aunque supongo que lo que señalan tantos analistas será verdad, y que la nueva decepción en los resultados electorales, que desde mi punto de vista dice muy poco de nosotros como animales… racionales, fue fundamental para viralizar el proceso de cambio que ahora mismo tiene un horizonte imprevisible.

−Pavel, utilizas la palabra que todo el mundo utiliza, y que tan de moda estaba ya antes, “viral”. Dos preguntas al respecto, ¿por qué esta extraña virulencia artística?, y, ¿cuánto durará la moda, si de moda se trata? Y por supuesto, siempre según tu opinión de experto personal  (risas).

−Según mi humilde e inocua opinión, creo que el fenómeno está fuera de control, que la realidad se nos ha ido de las manos y nadie puede saber cómo ni cuándo acabará (si es que acaba) el asunto. Y menos que nadie, yo, por mucho que digan que encendí la mecha. Tan solo mandé un tuit, afortunado o maldito, según para quien, y tan solo he tratado de conseguir a partir de entonces sobrevivir del mejor modo posible. En cuanto a la primera pregunta, resulta que mudando de piel se puede llegar a mejorar el corazón. Me explico –Pavel se volvió a sorprender de su fluidez de palabra, de no bloquearse ante las preguntas de una mujer atractiva, de no morirse ante el hecho de estar de nuevo en una entrevista; teniendo en cuenta los antecedentes y su biografía, se preguntó si delante de una cámara de televisión, no habría vuelto a dar con sus huesos en el suelo, no habría vuelto a machacarse por su aspecto físico, no habría vuelto a encerrarse, pero dejó sus cuestiones sin respuesta y se ciñó a lo que debía−, se empezó por un tuit y por el más humilde de los billetes, y hemos llegado a donde estamos. Este arte de acción directa, urbano, rebelde, incluso terrorista como lo han llamado algunos con el ánimo de desprestigiarle, tal vez comenzó sin saber muy bien hacia dónde iba, tal vez podía ser considerado al principio superficial, de quedarse en la epidermis, pero ha seguido profundizando en las capas y en las posibilidades y ha llegado a la raíz, al núcleo. No se trata de un mero merchandising que busca hacer fortuna, lo que quiere es torcer la realidad hasta mejorarla… Y en ese juego andamos, adaptándonos a las reglas que salen sobre la marcha.

−Háblame de twitter, Pavel, ¿por qué esa red social y no otras ha tenido tanta importancia en todos estos cambios que se iniciaron con la campaña #Versatubillete?

−No quiero pontificar, no quiero resultar más pedante todavía y no quiero extenderlo a todos, a mí por ejemplo, no, pero creo que twitter es una herramienta donde se desborda el talento de muchas personas. Y si juntas talento con la posibilidad de compartirlo de un modo rápido, directo y gratuito, tienes una herramienta poderosa, que tendrá sus defectos y sus críticas, pero que ha servido a la perfección para que el arte haya hecho de nosotros lo que se haya propuesto hacer (risas).

−Una última pregunta Pavel, ¿hacia dónde crees que vamos?

−Vamos hacia el desastre, de eso estoy seguro, pero que no nos engañen, porque venimos del más absoluto de los desastres.

 

 

V

Pocos meses antes de que nuestro protagonista se desenvolviera con soltura en la entrevista de radio, pasaron muchas cosas a su alrededor.

 

Pavel llegó a su apartamento con una extraña mezcla de derrota y paz. La caminata a casa tras el plantón de Malasaña, seguida de la idea de que era un gran perdedor, un corredor de fondo que sabía levantarse una y otra vez, le había incrustado en el rostro su sonrisa más irónica.

Al abrir la puerta, la reproducción de El triunfo de la Muerte, de Brueghel, le saludó desde la pared del fondo. «Allí nos esperas a todos, siempre», contestó Pavel al saludo del cuadro. Se despeinó con rabia sin asomarse al espejo, se puso ropa cómoda y repasó algunas de las obras de Banksy que inundaban la estancia. Contempló a la niña que registra y desarma a un soldado, a la mujer que se abraza a una bomba, al antisistema que arroja un ramo de flores y al robot que grafitea su código de barras. Le atravesó la peculiar sensación de un tiempo condensado en lo que debería, lo que hay y lo que tal vez habrá. Se encendió un cigarrillo y se tumbó como tenía por costumbre de cara al techo. Allí le esperaba colgado un puzle inmenso de El jardín de las Delicias y como siempre que se quedaba observando la obra, enmudeció de palabra y de pensamiento.

Cuando Pavel regresó de su mutismo contemplativo lo hizo en la forma mundana de consultar el móvil. Wassap no le ofreció sorpresa alguna, nadie se acordaba de él. En cuanto a Twitter… su timeline ardía como no lo había hecho nunca. Con sus pobladas cejas enarcadas de modo inconsciente, descubrió sin terminar de creérselo el revuelo que el viejo billete versado con Rilke causaba por momentos. Sin moverse de su cartera había saltado el charco y recorrido media Europa. No se trataba solo de los miles de retuits superados en apenas una hora, gracias a los tuiteros que le habían dado una visibilidad inmediata, sino que artistas como @SrtaChinaski, @Laurita_Palmer,  @PabloBenigni1, @Darkvelvet1, @LetraSilenciosa, @UlisesKaufman, @BufandadeChopin, @SexxArt, @Innestesia, @Mous_Tache, @_vybra, @martamj32,  @Zic__Zac o @_Marla_Sercob entre otros muchos, habían decidido después de una propuesta de la primera, realizar una peculiar campaña por la que todos ellos habían cogido sus propios billetes, viejos y nuevos, pobres y no tan pobres, y habían plasmado en ellos sus poemas, o poemas de otros, sus frases, o frases queridas y significativas de otros, y lo habían tuiteado viralizando un imprevisto y espontáneo #Versatubillete que estaba arrasando y propagándose a cada segundo.

Pavel necesitó de otro cigarro y de un par de cervezas. No terminaba de creerse aquella campaña donde su nombre y la foto de su billete se repetían una y otra vez, expandiéndose más y más. Estaba tan extrañado que hasta se levantó y se contempló en el espejo sin darse grima. Más cerveza le amodorró y quedó dormido con el móvil sobre su pecho y el cuadro de El Bosco escrutándole. Así moría el primer domingo de abril del año pasado.

A primera hora del lunes #Versatubillete seguía como trending topic destacado. La llama de hecho se había extendido por numerosos países y el asunto no tenía visos de extinguirse a corto plazo. Los medios de comunicación pronto comenzaron a informar de lo que calificaron como la última moda viral. Apenas una semana más tarde algunos analistas consideraban que la moda parecía ser algo más que algo pasajero, y dos periódicos le dedicaron su editorial. Mostraban a las claras la particular tendencia maniquea que parece regirnos.

Para una de las editoriales, leería Pavel estupefacto desde el mostrador del museo donde trabajaba, «esta ridícula práctica con pronta fecha de caducidad, y hecha a medida para progres y snobs que no respetan ni siquiera el símbolo de estabilidad por antonomasia de cualquier Estado [bla, bla, bla] da asco». Al terminar de leerla tomó el otro periódico y leyó sin cambiarle el gesto, «la viralización de horizontes indescifrables  amenaza con soliviantar los cimientos del sistema, todo peligra en el momento mismo en que un billete de cinco euros puede valer otra cantidad cualquiera al haberse individualizado y convertido en objeto artístico. Se trata de un disparo al corazón del capitalismo [bla, bla, bla] una gran oportunidad».

A Pavel le gustaba decir a esas alturas de la campaña viral, que si le hubiese tocado de lejos, su opinión estaría clara y formada, pero que al estar él mismo en el centro del huracán los límites de sus ideas se le difuminaban. Lo cierto es que apenas sabía balbucear lo anterior cuando alguien le preguntaba al respecto.

Al menos, tras la lectura de los periódicos y de la venta de las dos últimas entradas para ese día del museo, logró escribir a su amiga Ate (promotora de #Versatubillete), que se sentía abrumado y lo que era peor, que se sentía con una clara sensación de ladrón, pues versar billetes «es cualquier cosa menos original y ya se ha hecho mucho antes y mucho mejor de que lo hiciera yo».

La respuesta de su amiga, si no tranquilizadora, al menos sí fue tajante, «tiraste la piedra a la charca y ya está, no eres responsable de las ondas ni para lo bueno ni para lo malo». Tampoco le tranquilizó que Ate le dijera que le habían ofrecido un buen dinero por el primer billete que ella había versado con una de sus poesías. De momento no había aceptado y no quería hacerlo, pero la tentación, le reconoció a Pavel, llamaba a su puerta.

La realidad, vapuleada por el hecho artístico de que las personas comenzaron a versar de modo masivo sus billetes, siguió su curso y tres días más tarde, una gran cadena de televisión llegó hasta el lanzador de la piedra original sobre el estanque.

España descubrió entonces a través de la televisión a Pavel, pero a los televidentes esa figura le resultó desagradable por su aspecto y sus balbuceos, de modo que fue ridiculizado primero y abandonado poco después al no cumplir los cánones de la imagen, ni siquiera los de la sátira. La realidad se resistía.

 

VI

Resultó que,

mientras Pavel terminaba encerrado en su apartamento después de su entrevista televisiva tan poco afortunada, después de las burlas que soportó en la calle y en el trabajo y después de que su médico le pusiese el sello de baja por depresión

mientras Pavel veía morir la primavera y pasar todo el verano desde la única ventana al exterior de su apartamento

mientras fueron contadas las ocasiones en las que durante cuatro meses logró salir a la calle, alimentándose a base de conservas, comida basura y el pan que a diario le llevaba una vecina

mientras vivía encerrado con sus cuadros flamencos y de arte urbano

mientras el psicólogo al que acudió durante tres sesiones, terminó por desplazarse semanalmente al apartamento para que la terapia no muriera, después de considerar el caso como un reto personal, en el que intentar recolocar las piezas del puzle de Pavel; con una infancia feliz tan solo durante un breve periodo vivido con su abuelo en Ibiza y horrenda a partir de su descubrimiento de ser un hijo no querido, de ser un monstruito, como llegaron a calificarle sus padres, poco después de sobrevivir a su hermano pequeño, muerto en un horrible accidente del que nada tuvo que ver, aunque se le echara la culpa porque comenzaba a resultar siempre la opción familiar más fácil; con una adolescencia marcada por la idea de que el otro será cruel si puede serlo, en especial si se es adolescente y con seguridad si tu aspecto físico carece de toda gracia, por más que te conviertas en alguien interesante que descubre un oasis en la pintura y en escritores tan duros como Nietzsche, Gombrowicz o Philip Roth; y con una entrada en la vida adulta donde logra resistir a base de contumacia hacia la supervivencia, puesta de continuo a prueba y durante años, hasta que llega un órdago inesperado por el que su inseguridad es mostrada al país entero y juzgada y sojuzgada sobre opiniones de sabios que no saben nada de él pero que hablan como si lo supiesen todo porque ha puesto unos versos en alemán y en español sobre un billete, al que le hizo una fotografía y se le ocurrió subir a una red social, dando comienzo a un cambio que todavía sorprende a todos, en especial a los que dicen saber de cambios

porque mientras nuestro protagonista vive enclaustrado cuatro meses, y necesita de otros tres para recuperar sus constantes vitales rutinarias, España (aunque no sola) se vuelve del revés.

 

Que a mediados de agosto la Península Ibérica arda a causa del clima no es noticia alguna, pero sí lo es, que al cuarto mes de iniciarse la campaña #Versatubillete, el Banco de España publique un informe en el que calcula que aproximadamente un 10% de los billetes que están en circulación en nuestro país ha sido objeto de manipulación a través de versos, poemas, frases, caligramas, dibujos… Como lo es también, a pesar de que los porcentajes pueden parecer bajos, que el Banco Central Europeo publique un informe similar con un 3% para la zona euro, y el Fondo Monetario Internacional haga lo propio señalando el 0,5% para el resto del mundo. Y nuestro país es noticia a nivel mundial un día sí y otro también por muchas razones, entre otras y como señalan los sesudos analistas nada partidarios de tal manifestación artística, porque se empieza por sacar los pies del tiesto, y se termina por rechazar la maceta entera.

«La maceta apesta» escribirá precisamente Banksy en español, tras un viaje relámpago a Madrid, por supuesto de incógnito, a finales de agosto. Y lo escribe sobre la pared de un edificio en ruinas de Vallecas, y lo hace tras haber dibujado una monumental maceta con forma de Europa que intenta ahogar todas las raíces no monetarias que tratan de crecer en su seno, mientras estas se rebelan. Y sobra decir que de inmediato se convierte en otro símbolo más, que sirve para alimentar la hoguera que vienen alimentando los detractores y los partidarios de que el arte, especialmente el urbano, inunde el resto de las esferas de la sociedad.

También seremos noticia internacional cuando el diez de septiembre, un grupo de colectivos y de plataformas artísticas reparten el mismo día de modo gratuito decenas de miles de sprays y de plantillas con las frases y poemas que más se han repetido en los billetes, en las paredes, en las aceras, para que cualquiera pueda pintar y reproducir su apoyo a favor de un cambio en el modo de pensar y de actuar, que tras anunciarse durante mucho tiempo, parece que al fin se empieza a concretar, tal vez porque los movimientos que propugnan el cambio han sido capaces de encontrar la transversalidad, aunque mucho habría que discutir al respecto, quizá en otro relato.

Y uno de los días más extraños de toda esta historia, que algunos comienzan a decir que debe escribirse con H, llega el veintiuno de septiembre, cuando los antidisturbios de las grandes marchas que se convocan en todas las capitales de provincia a favor del arte, la cultura, el medio ambiente, y una política más democrática, deciden sumarse a las marchas y provocan unas escenas de entusiasmo que dan interminables veces la vuelta al mundo.

Y en ese ambiente se producen a lo largo de octubre y noviembre hechos tan extraños como que Benedetti, Miguel Hernández, Whitman, Rilke… tomen definitivamente la calle en forma de versos plasmados en las aceras, en los muros y en los carteles publicitarios que pretenden vender colonias y coches, pero que terminan sirviendo para señalar otros caminos. O que varias cadenas elijan reponer viejos programas como La Bola de Cristal, o A fondo, y tengan un importante éxito de audiencias. O que el artista chino WeiWei después de entrar nuevamente en la cárcel de su país tras una exposición sobre los derechos humanos y salir de ella por el clamor popular ejercido por su pueblo, venga a nuestro país a mostrar su obra y se convierta en un fenómeno sin precedentes. O que la cultura del trueque experimente en pocos meses un crecimiento del 2000%. O que se vuelvan a reabrir viejos cines, nazcan nuevas galerías de arte que ofrecen buenas oportunidades a la multitud de nuevos talentos que emergen por doquier y se abran más librerías de las que se cierran. O que ahora sí, la sociedad entienda que resulta ineludible la necesidad de un cambio político, donde no tenga cabida la corrupción ni la mediocridad y en el caso de que aparezcan, se pueda hacer lo que se debe hacer con ellas.

 

Algo menos extraño que todo lo anterior resultará la despedida de Pavel con su psicólogo. Una nevada imprevista en pleno mes de noviembre ha tomado por sorpresa Madrid y media España, y ha provocado que nuestro protagonista se encuentre de un humor inmejorable, después del lento proceso de recuperación asociado a un calor pegajoso que parecía no querer abandonarle nunca. Pero tampoco se engaña, sabe que su humor (como el clima) es cíclico, que ha caído otras veces y que volverá a recaer. Que siempre se levanta más fuerte, pero que la caída también es siempre mayor. En el último billete que Pavel le tiende a su psicólogo, se puede leer: «¡Cuidado, porque también hay montañas de barro, de polvo, de humo, de aire, de nada!». Se dan la mano.

 

VII

Si la desastrosa entrevista de televisión sumió a Pavel en una larga oscuridad por lo que dijo, lo que no dijo y por cómo lo dijo, la de radio, por los mismos motivos, le otorga un protagonismo que le vuelve a tomar por sorpresa. Su figura es redescubierta, y aunque solo se le ve como el iniciador inconsciente e inocente del cambio, será llamado para otras entrevistas donde da muestras de una imagen cada vez más suelta y menos acomplejada, se ve envuelto en firmas de autógrafos en plena calle y en su recuperado trabajo del museo y recibe invitaciones para dar charlas y conferencias por diferentes puntos del país.

No siempre se sentirá cómodo en su nuevo papel de pequeña estrella, pero tampoco puede negar que cuando llega a casa y detiene su mirada frente a El jardín de las Delicias, no es el infierno donde se recrea. No acude a todas las entrevistas que le solicitan pero sí a unas cuantas que incluyen dos de televisión. Siente incluso cierta reconciliación con su propia imagen y es capaz de firmar un pacto de no agresión por el que logra mirarse al espejo sin desprecio, hasta sin ironía. Y no acepta ninguna conferencia, salvo la que le ofrecen un 3 de enero, en Ibiza, con hotel y vuelo pagado.

Pavel es consciente que acepta la propuesta ibicenca por recordar su pequeño oasis de feliz infancia vivida junto a su abuelo, pero no por ello deja de preparar un discurso que considera digno y que muestra a las claras, con datos en la mano y acciones de artistas e intelectuales ejecutadas cada día, que hacer una España y un mundo mejor es posible y que una vez encontrada la brújula, lo lógico es cuidarla, no dejar que se estropee y seguir el viaje camino del horizonte.

Con el recuerdo de los aplausos que no sabe si merecer, pasea por el puerto, sube a Dalt Villa impulsado por un frío protector, ve caer el Sol en San Antonio, llora al pasar por una zona especialmente querida de Santa Eulalia llamada Niu Blau y vuelve al hotel poco antes de su regreso a Madrid. Allí, Pavel le pregunta al recepcionista cómo es posible que tengan abierto en enero, y el tipo con un marcado acento sevillano le contesta con una amplia sonrisa que en estos tiempos todo es posible.

Pavel comprueba de inmediato que puede ser así cuando una mujer, rubia, alta, preciosa, pasa a su lado con un libro de Saul Bellow en la mano y el móvil en la oreja, y le escucha decir con tono cariñoso que «sí, enano, yo también me he alegrado de verte, un beso» y sin que lo pregunte, el recepcionista le guiña un ojo a Pavel, gesto que no ve porque mira fascinado a la mujer que se ha detenido a unos diez metros de ellos. El sevillano le dice que ella es la administradora del hotel.

−La jefa −añade ante la mirada de incomprensión de Pavel− la que te ha invitado estos días.

Durante los siguientes segundos Pavel se piensa si acortar los pasos que le separan de ella, presentarse, tratar de conquistarla. Entonces se ríe y sacude la cabeza un par de veces y le dice al recepcionista que aún no es todo posible, que quizá lo llegue a ser, pero que todavía no.

 

Tres horas más tarde nos conocemos.

El avión de Ryanair acaba de despegar cuando Pavel, a quien he reconocido nada más sentarse a mi lado pero al que no digo nada debido a mi timidez crónica, me comenta de sopetón que le suena mi cara, aunque no consigue recordar de qué. Entonces observo sin pudor la media sonrisa que me tiende en su rostro desmañado y le contesto tratando de resultar gracioso que será de algún error que haya cometido, pero no muy grave o me recordaría mejor. No tardo en añadir que yo sí sé quién es él. Antes de decírselo cae en la cuenta de que me conoce por twitter, por leer las micro-ficciones que allí escribo. Nos presentamos formalmente.

No tardamos en preguntarnos por qué estamos en ese avión. En la respuesta descubrimos que ambos hemos vuelto al lugar donde fuimos felices por un tiempo. Pavel me recuerda que las canciones tristes nos cantan que no se debe volver a esos lugares, y yo le contesto que aunque las canciones digan la verdad, a mí siempre me ha gustado enfrentarme a ambas, a la verdad y a la tristeza, aunque sea para no caer en sus mentiras. No veo necesario decir, porque no se trata de mi historia, que no cambiaría por nada del mundo las horas que acabo de pasar en el lugar al que no debería haber vuelto de hacer caso a las canciones.

Es Pavel quien toma las riendas de la conversación, quien apunta la fuerza que ha impuesto lo pictórico para torcer la realidad frente a la inanidad secular de las palabras, y yo como escritor me siento ofendido y defiendo mi terruño, y argumentamos y contra argumentamos para llegar al final al insustancial puerto de que imagen, palabra y símbolo, mezclado en la coctelera junto a la casualidad y a la causalidad, han provocado todo lo que estamos viviendo.

Poco después llegamos a la conclusión, mientras el avión comienza a descender, de que ninguno de los dos nos regodeamos en la inocencia y asumimos que no hay progreso garantizado, que la relatividad moral abruma y siempre se guarda manos ganadoras… pero que hasta el mismo cielo se puede poner boca abajo.

Ya nos despedimos en el aeropuerto cuando me atrevo a preguntarle completamente en serio, si me da permiso para escribir su historia. Pavel me contesta, me da la sensación que en broma, que por supuesto.

 

 

VIII

El hombre elegante estiró el brazo hasta el maletín, lo puso sobre la mesa y lo abrió hasta la mitad enseñando el contenido a Pavel. Entonces lo cerró de golpe.

−Es el primer maletín pero si lo aceptas no será el último. Y lo mejor de todo son las condiciones, puedes compartirlo con quien quieras… o no, puedes versar billetes hasta hartarte… o no, y por encima de todo, no te pediremos nada a cambio. Así de sencillo.

Finalmente Pavel dijo de manera entrecortada:

−No, no, no lo quiero».

−Sería una decisión tan respetable como aceptarlo, pero voy a dejar que te lo pienses un poco más, ¿no crees que es lo mejor?

Pavel tragó saliva, comenzó a sudar y se sintió más pequeño que nunca.

−¿Por qué tanta generosidad conmigo, mi mérito es tan escaso?

El hombre elegante sonrió por respuesta. Las nubes terminaron de cubrir el cielo, la tormenta era inminente. Cayeron las primeras gotas y los demás clientes de la terraza se metieron en el Café. Los peatones apretaron el paso en busca de refugio. Pavel puso una mano sobre el maletín. No insistió en querer saber por qué.

−Entonces, Comotellames, ¿es todo mío y además vendrán otros como este para que haga con ellos lo que quiera?

−Así es –la respuesta fue neutra y no hubo ni un asomo de victoria.

Pavel se acercó el maletín. Abrió los broches y la tapa pero sin dejar que la lluvia entrase. Contempló el contenido. Un brillo extraño cruzó sus ojos marrones.

−Con eso se pueden hacer un montón de cosas –el hombre elegante siguió con su tono neutro− ayudar a muchos artistas para continuar con el cambio, salvar muchas vidas en el tercer mundo, disfrutar de…

−O quemarlo –le interrumpió Pavel con repentina seguridad mientras se echaba una mano al bolsillo.

−También puedes hacer eso, sí.

La lluvia cobró intensidad y empapó a ambos. El hombre elegante ya no lo parecía tanto y Pavel presentaba una imagen que despertaba lástima. Puso el mechero que sacó de su bolsillo encima de la mesa.

−Así que puedo quemar el maletín y a vosotros no solo no os importará, sino que encima me daréis otro pronto.

−Como te dije el maletín es tuyo si lo quieres y puedes hacer con él lo que te apetezca.

−Lo acepto y voy a hacer que nos equivoquemos todos, vosotros y yo –Pavel encendió el mechero cubriéndolo con la tapa superior del maletín−. Además, ver arder estos billetes será mi mejor verso.

La lluvia paró de golpe, se fue como había venido. Tras unos segundos resistiéndose a la llama, los billetes comenzaron a arder  sin remedio. El hombre elegante se recompuso el traje y el pelo, no se inmutó ante lo que Pavel hacía. Desde la ventana del Café un móvil grababa toda la escena sin que los protagonistas lo advirtieran. Pavel terminó de abrir el maletín y lo empujó hasta el centro de la mesa. La gente comenzó a prestar mucha atención.

Mirada alternativa a la Revolución del Bonobús

“Revolution and Citizenship”; “La revolución que desmantela corruptelas y hace soñar”; “Triumph des Bonobus Rèvolution”; “El pueblo se puso de acuerdo y ganó la guerra sin necesidad de sangre”; “Die Buss-Pass in dem Himmel”…

He ahí algunas de las portadas históricas, aunque ninguna sobrepase los ocho meses de antigüedad, de diversos periódicos nacionales e internacionales que empapelan la cafetería donde comienzo a escribir. Todas hablan sobre La Revolución del Bonobús y no seré yo quien me pare a analizar sus causas, su desarrollo, y sus logros. Sin embargo, sí que creo que pueda aportar una mirada bastante nueva y veraz sobre su genealogía, o mejor, sobre su precursor, Ramón Piedra. Un precursor olvidado y tal vez bien olvidado, pero precursor al fin y al cabo.

Seré sincero, aún no me explico, a pesar de tanta explicación vertida sobre el tema, cómo a partir de un bonobús hemos logrado cambiar tantas cosas. Pero más extraño me resulta que de tal revolución fuera el detonante Ramón Piedra, un tipo individualista y descreído, por describirle afectuosamente. Pero qué más da lo que yo piense, y empecemos de una vez.

A pesar de las dudas que se han levantado recientemente quiero confirmarlo, en efecto se llama Ramón Piedra y no ha cumplido los cuarenta años. De hecho, su primer viaje llegó a los pocos días de cumplir los treinta y ocho, supongo que fruto del cóctel psicológico de juntársele un despido más, otro fracaso sentimental, y la cercana crisis del cambio de década. Sin embargo, dejaré claro que ese, “supongo”, se trata tan solo de mi hipótesis, porque él jamás dijo ni escribió nada en esta línea.

Sea como fuere, tenemos que Ramón Piedra inició sus viajes tras comprarse un bonobús mensual de cara a recorrer la ciudad, bajo la optimista idea de encontrar pronto un nuevo trabajo. Y los primeros días así lo hizo con autobuses para arriba, metros para abajo, calles a izquierda y derecha, ETT´s a mansalva y, puertas cerradas, una tras otra. A veces con sonrisa y un lo siento, pero la mayoría sin paño caliente alguno: «¡No! Por baja cualificación para el puesto»; «¡No! Por escasa experiencia», «¡No! Porque nos sobran candidatos mejor que usted», «¡No! Porque me disgusta su cara», y «¡No! Porque no le debo ninguna explicación».

Queda dicho que fueron los primeros días tras comprar el bonobús, cuando Ramón Piedra persiguió la búsqueda de un trabajo con verdadero afán, pero como con todo en su vida, pronto perdió interés y tras una semana de cumplimiento espartano, falló en acudir a la enésima ETT programada en busca de fortuna, en un país donde precisamente tal cosa no se prodiga.

Ocurrió que como hiciera durante la semana anterior, Ramón madrugó, tomó su café en su minúsculo apartamento, se vistió, se dijo frente al espejo que esta vez sí, sonrío ante la idea de que aún conservaba cierto aire embaucador, y se marchó para subir al autobús que le llevaría a su cita con la ETT de turno. Lo que no ocurrió igual en esta ocasión fue que apretara el botón de parada cuando debía, ni que se bajara del autocar, ni tampoco, que se arrepintiera de su debilidad como en tantas otras ocasiones y, empezara a reprocharse su vida de crápula por la que había devorado sus talentos.

Lo que sí ocurrió en cambio aquel ya lejano 12 de junio, fue que Ramón Piedra permaneció en el asiento sin bajarse en la parada prevista, para que poco después llegaran los sociólogos a postular que tal gesto había sido un acto revolucionario de alguien antirrevolucionario, llegaran los periodistas a encumbrar su nombre a base de repetirlo, y llegaran los viejos políticos a ponerse nerviosos y a querer desacreditar a Ramón. Pienso que todos hicieron el ridículo, pero sigamos.

El caso es que tenemos a Piedra en el asiento del autobús con un gesto de negación y rechazo, más consigo mismo que contra el mundo, como él mismo reflejó en su diario. No es la primera vez que intenta poner orden en su vida, ni que  fracasa para hundirse de golpe en el alcohol y en otras sustancias menos espiritosas. Pero al quedarse sentado pareciera que reniega de su habitual balanza, de su típica montaña rusa, y lo que más bien ocurre, es que se aferra a ese asiento. Y tampoco se baja en la siguiente parada, plenamente consciente de que se ha pasado de largo, y tampoco en la siguiente, ni en la siguiente, ni en las que vendrían luego. Y es en ese mismo autocar de línea circular donde pasará las horas muertas, hasta bajarse ya de noche en una parada que ni conoce.

Ramón Piedra durante esas horas que con el tiempo vendrían a cambiarlo todo, no dijo absolutamente nada, apenas si pensó algo, y lo único que supo cuando se bajó del autobús junto a su estómago vacío, es que andaba lejos de casa, y que paradójicamente debía coger un taxi para regresar a ella. Nada más llegar anotaría en su diario: «no he entendido nada de lo que me ha ocurrido hoy… pero mañana voy a repetir».

Y así lo hizo. Buscó entender a través de la repetición. Repitió con otras líneas y trayectos que le tuvieron más de doce horas dentro de distintos autocares. Y lo mismo ocurrió al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… en jornadas en las que quemaba interminables paradas mientras se hacía las preguntas de por qué y para qué, bajo las miradas cada vez más hostiles de unos conductores que pronto le ficharon, y cuya suspicacia pasó de la extrañeza a la desconfianza, y de considerarle un loco inocente, a uno que daba miedo a causa de su contumacia sin sentido.

Pero cuando Javier Pesquisas (seudónimo con el que bauticé al conductor que  fue más allá de las miradas desconfiadas de sus compañeros) se atrevió a preguntar a Ramón por qué hacía lo que hacía, Piedra ya había elaborado una respuesta a la que él mismo no sabía si darle mucho crédito, pero que en ese momento, le resultaba la mejor y la más significativa que ofrecerse, y que ofrecer, ahora que también se la pedían:

−Lo hago porque sencillamente me enganché. Subo y me galvanizo de un modo extraño. No sé si será la tranquilidad, el contemplar las calles, los edificios, los rostros de los transeúntes. O por cómo disfruto cuando analizo a los viajeros que se suben, buscando en sus expresiones sus historias, sus miserias y sus triunfos. O tal vez sea sencillamente que por alguna extraña razón encontré entre parada y parada, la rutina y la calidez que siempre me faltó… O por qué no, tal vez lo que estoy haciendo −terminó de decir con una sonrisa más bien triste− es un acto revolucionario contra mí mismo, una queja frontal a mi vida.

Javier Pesquisas escuchó atento todo lo que Ramón Piedra le dijo, y tras murmurar muy bajo “lunático”, siguió con su ruta. Me pregunto qué habría ocurrido si Pesquisas hubiera dejado precisamente tranquilo al lunático.

Y no es que Javier volviera a hablar nuevamente con Ramón, o que le prohibiera subir a su autobús cuando volvieron a coincidir, sino que no dejó de dar vueltas a la respuesta que Piedra le diera. Lo comentó con sus compañeros, con su novio y con su familia, y por supuesto con amigos y conocidos, dando lugar casi siempre a enconados debates. Así es como tras varias semanas encontramos a Lucía, una conocida de un conocido de un amigo de Pesquisas, que vino a prendarse de las palabras de Piedra, y que durante los días posteriores a saber de la existencia de este, le buscó con cierta monomanía entre autobús y autobús hasta que por fin dio con él.

Cuando el conductor de turno, exasperado como muchos de sus compañeros porque ya había dos pirados que se pasaban las horas muertas de autocar en autocar, le dijo a Lucía que sí que estaba, que era el alto y delgado del pelo canoso que se sentaba atrás, a ella se le desbocó el corazón.

Lucía entró a quemarropa con sus preguntas, y Ramón Piedra, quien andaba más preparado que cuando le preguntara Javier, y quien ante la mirada de aquella incipiente treintañera sintió un inmediato deseo, vino a esforzarse por colorear su actitud y explicar su extraña rutina.

Ramón Piedra puede ser acusado de cínico, pero no de engañarse así mismo, y al observar la mirada algo rendida de Lucía, su cara bonita, y la posibilidad de acostarse con ella, de inmediato se esforzó en mostrar su disgusto, no ya consigo mismo como hiciera cuando empezó sus viajes, sino con el mundo. Así que hizo hincapié y un repaso poético de los males de nuestra sociedad, haciendo ver la cantidad de lobos que nos acechan, demostrando una excelente retórica cuando pasó a hablar de sus viajes en autobús durante esas maratonianas jornadas sin aparente sentido, buscando un más allá que no encontraba en el más acá por mucho que lo hubiera intentado.

Una vez más por si aún quedaran dudas, Piedra, incitado por la ligera humedad y el titileo en los ojos de la cándida Lucía, rayó la metafísica cuando habló de la profundización y lectura que hacía de los corazones de los pasajeros que analizaba, rayó la mística cuando expuso su nuevo modo de contemplar la ciudad, sus males y sus escasos bienes, y tocó la utopía más inspirada cuando sin saber muy bien cómo, se le ocurrió que lo que hacía, sería socialmente revolucionario si la gente le siguiera en masa y pudiera entender el significado real de lo que estaba haciendo.

Las consecuencias más imprevisibles se estaban conjugando, pero antes de todo ello, la siguiente pregunta no podía resultar más evidente.

−Y cuál es ese significado profundo –inquirió Lucía sintiéndose plena por primera vez en mucho tiempo, ya que la conversación le habían devuelto una fe renqueante, la ilusión, y el sentido−.

−Pues la reconquista del espacio público –comenzó a decir Piedra sintiendo que no iba a ser ni demasiado concreto ni demasiado original− que nos han robado. Una reconquista a través de un acto que los mismos ladrones no podrían prever, y que reabre el horizonte a nuevas vías que a su vez generarán nuevos espacios de posibilidad para llegar a una sociedad mejor.

Y ante tales palabras, la arrobada Lucía reaccionó de un modo harto confuso para el ladino Piedra. Ella le dio un espontáneo beso en la boca… y de inmediato presionó el botón de parada para bajarse del autobús lo más rápido que pudo, dejando a Ramón con un palmo de narices. Piedra esbozó entonces una sonrisa amarga, y esa noche recogería en su diario: «…de pronto sentí que los edificios a través del ventanal del bus retornaban al gris, que las caras de los viajeros volvían a ser anodinas, y que una retorcida desilusión comenzaba a inundar mis viajes».

            Con todo, una rutina es una rutina y no muere fácilmente. Mientras, una revolución tiende a ser como la explosión de un polvorín que se ha ido cargando poco a poco durante un largo período de tiempo. Y la rutina y la revolución llegaron a convivir.

Resultó que Lucía la cándida no lo era tanto, sino más bien una experta en redes sociales que estaba inmersa en todos los múltiples y deshilvanados movimientos que apostaban por el cambio en nuestro país, y que actuó como una gran caja de resonancia de las palabras de Ramón. Así, llevó a internet lo dicho por Piedra, y la red se incendió en pocas horas. Pocas horas más tarde de esas horas se produjo un masivo incremento en la compra de bonobuses mensuales por todo el país, y no se necesitó de mucho más tiempo para que todo se volviera una locura. Una locura sobre las pesadas ruedas de los autobuses urbanos.

Hay que reconocer que el país estaba roto antes de que Ramón Piedra comenzara a pasar sus días en los autocares. Y con la misma rotura andaba por tanto, cuando Lucía volcó la historia de Ramón en la imprevisible red. Pero debe reconocerse también, que no sería justo el negar a Piedra el hecho de que sus palabras y su acción se mostraran como el catalizador común de los distintos coletazos de rabia que gravitaban en torno a la crítica situación. Así que sí, admito que el exitoso movimiento nacional e internacional que pasó a denominarse La Revolución del Bonobús, no habría adquirido la forma y la magnitud que han alcanzado, sin la figura de Ramón Piedra. De hecho es más que probable que no hubiera existido nunca, o no al menos no de esa forma, sino de cualquier otra.

El caso es que en apenas siete días desde que Lucía colgara en internet la conversación con Piedra, dejó de haber autobuses urbanos que circularan en cualquier momento de su servicio, sin ir abarrotados, y sin tener una ingente ebullición de ideas. Pero este solo fue el primer milagro. El que lo resume todo es el de que la gente no tomó pacíficamente las calles como se venía reclamando desde hacía tanto tiempo, sino que tomó los buses, como comenzó a decirse, para cambiar las cosas, y entonces llegó el verdadero milagro: ¡Las ha cambiado!

Pero todo eso es ya historia viva que queda y quedará reflejada y analizada en los libros, los periódicos, los debates… sin ser yo ni el más indicado ni el más versado para seguir hablando de ello. Y sin embargo, de lo que sí puedo hablar breve pero con algo de crédito, es de lo que ocurrió con Ramón Piedra.

Durante un mes fue un ídolo encumbrado y el símbolo anhelante de tanto ciudadano perdido, pero eso ya lo sabe todo el mundo. Luego, tampoco esto es precisamente nuevo, fue cayendo en el descrédito más absoluto, poco a poco pero sin perder ritmo, gracias a sus tremendas meteduras de pata, a su libido, y a una biografía cargada de errores. Vamos, que nadie pudo desacreditarle mejor que él a sí mismo.

Cada día se hacía historia y Ramón Piedra era un insignificante grano en el culo para todos. No daba más de sí para los defensores de La Revolución del Bonobús, pero tampoco para sus detractores, así que se le olvidó. Le olvidaron los periódicos que tanto le reclamaran, los estudiosos que ya le habían estudiado lo suficiente, los pseudoamigos que proliferaron con su éxito y se marcharon en cuanto su fama se torció, y Lucía, a la que había tratado de conquistar primero con su labia revolucionaria, después con un alegato del me debes y debéis, y finalmente con el mismo éxito nulo que con las otras estrategias, a través de la lástima. En fin, que mientras su idea cambiaba la Historia, él no dejaba de fracasar.

−Mi vida ha sido siempre un cuento de hadas con las alas rotas −me confesó en nuestra charla de hace unos días−, y no hay derrota que me coja de improviso, o que me tumbe del todo.

Ramón no está muerto como se ha rumoreado, y se alegró de que su madre me contratara a mí, detective privado, para dar con su paradero, preocupada y mucho como estaba de que hubiera hecho una última tontería. Lo cierto es que no le vi mal sino más bien tranquilo, y me hizo esbozar una sonrisa cuando le conté la angustia de su madre, y me pidió que le dijera a esta, que no se preocupara, que no pensaba morirse antes que ella, que aspiraba tan solo a no darle ese disgusto, ya que le había dado todos los demás.

No hay mucho más que rescatar del encuentro que tuvimos, salvo que no guarda rencor, ni a la revolución ni a sus resultados, salvo que me legó para mi sorpresa, su diario del que he sacado algunas de las ideas que dejo escritas, y salvo que pienso, que no es tan mal tipo como al final le han retratado unos y otros, sino que simplemente no estuvo a la altura de su idea, y ni siquiera estuvo cerca. ¿Pero quién lo hace, si no es mintiendo descaradamente?