Mirada alternativa a la Revolución del Bonobús

“Revolution and Citizenship”; “La revolución que desmantela corruptelas y hace soñar”; “Triumph des Bonobus Rèvolution”; “El pueblo se puso de acuerdo y ganó la guerra sin necesidad de sangre”; “Die Buss-Pass in dem Himmel”…

He ahí algunas de las portadas históricas, aunque ninguna sobrepase los ocho meses de antigüedad, de diversos periódicos nacionales e internacionales que empapelan la cafetería donde comienzo a escribir. Todas hablan sobre La Revolución del Bonobús y no seré yo quien me pare a analizar sus causas, su desarrollo, y sus logros. Sin embargo, sí que creo que pueda aportar una mirada bastante nueva y veraz sobre su genealogía, o mejor, sobre su precursor, Ramón Piedra. Un precursor olvidado y tal vez bien olvidado, pero precursor al fin y al cabo.

Seré sincero, aún no me explico, a pesar de tanta explicación vertida sobre el tema, cómo a partir de un bonobús hemos logrado cambiar tantas cosas. Pero más extraño me resulta que de tal revolución fuera el detonante Ramón Piedra, un tipo individualista y descreído, por describirle afectuosamente. Pero qué más da lo que yo piense, y empecemos de una vez.

A pesar de las dudas que se han levantado recientemente quiero confirmarlo, en efecto se llama Ramón Piedra y no ha cumplido los cuarenta años. De hecho, su primer viaje llegó a los pocos días de cumplir los treinta y ocho, supongo que fruto del cóctel psicológico de juntársele un despido más, otro fracaso sentimental, y la cercana crisis del cambio de década. Sin embargo, dejaré claro que ese, “supongo”, se trata tan solo de mi hipótesis, porque él jamás dijo ni escribió nada en esta línea.

Sea como fuere, tenemos que Ramón Piedra inició sus viajes tras comprarse un bonobús mensual de cara a recorrer la ciudad, bajo la optimista idea de encontrar pronto un nuevo trabajo. Y los primeros días así lo hizo con autobuses para arriba, metros para abajo, calles a izquierda y derecha, ETT´s a mansalva y, puertas cerradas, una tras otra. A veces con sonrisa y un lo siento, pero la mayoría sin paño caliente alguno: «¡No! Por baja cualificación para el puesto»; «¡No! Por escasa experiencia», «¡No! Porque nos sobran candidatos mejor que usted», «¡No! Porque me disgusta su cara», y «¡No! Porque no le debo ninguna explicación».

Queda dicho que fueron los primeros días tras comprar el bonobús, cuando Ramón Piedra persiguió la búsqueda de un trabajo con verdadero afán, pero como con todo en su vida, pronto perdió interés y tras una semana de cumplimiento espartano, falló en acudir a la enésima ETT programada en busca de fortuna, en un país donde precisamente tal cosa no se prodiga.

Ocurrió que como hiciera durante la semana anterior, Ramón madrugó, tomó su café en su minúsculo apartamento, se vistió, se dijo frente al espejo que esta vez sí, sonrío ante la idea de que aún conservaba cierto aire embaucador, y se marchó para subir al autobús que le llevaría a su cita con la ETT de turno. Lo que no ocurrió igual en esta ocasión fue que apretara el botón de parada cuando debía, ni que se bajara del autocar, ni tampoco, que se arrepintiera de su debilidad como en tantas otras ocasiones y, empezara a reprocharse su vida de crápula por la que había devorado sus talentos.

Lo que sí ocurrió en cambio aquel ya lejano 12 de junio, fue que Ramón Piedra permaneció en el asiento sin bajarse en la parada prevista, para que poco después llegaran los sociólogos a postular que tal gesto había sido un acto revolucionario de alguien antirrevolucionario, llegaran los periodistas a encumbrar su nombre a base de repetirlo, y llegaran los viejos políticos a ponerse nerviosos y a querer desacreditar a Ramón. Pienso que todos hicieron el ridículo, pero sigamos.

El caso es que tenemos a Piedra en el asiento del autobús con un gesto de negación y rechazo, más consigo mismo que contra el mundo, como él mismo reflejó en su diario. No es la primera vez que intenta poner orden en su vida, ni que  fracasa para hundirse de golpe en el alcohol y en otras sustancias menos espiritosas. Pero al quedarse sentado pareciera que reniega de su habitual balanza, de su típica montaña rusa, y lo que más bien ocurre, es que se aferra a ese asiento. Y tampoco se baja en la siguiente parada, plenamente consciente de que se ha pasado de largo, y tampoco en la siguiente, ni en la siguiente, ni en las que vendrían luego. Y es en ese mismo autocar de línea circular donde pasará las horas muertas, hasta bajarse ya de noche en una parada que ni conoce.

Ramón Piedra durante esas horas que con el tiempo vendrían a cambiarlo todo, no dijo absolutamente nada, apenas si pensó algo, y lo único que supo cuando se bajó del autobús junto a su estómago vacío, es que andaba lejos de casa, y que paradójicamente debía coger un taxi para regresar a ella. Nada más llegar anotaría en su diario: «no he entendido nada de lo que me ha ocurrido hoy… pero mañana voy a repetir».

Y así lo hizo. Buscó entender a través de la repetición. Repitió con otras líneas y trayectos que le tuvieron más de doce horas dentro de distintos autocares. Y lo mismo ocurrió al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente… en jornadas en las que quemaba interminables paradas mientras se hacía las preguntas de por qué y para qué, bajo las miradas cada vez más hostiles de unos conductores que pronto le ficharon, y cuya suspicacia pasó de la extrañeza a la desconfianza, y de considerarle un loco inocente, a uno que daba miedo a causa de su contumacia sin sentido.

Pero cuando Javier Pesquisas (seudónimo con el que bauticé al conductor que  fue más allá de las miradas desconfiadas de sus compañeros) se atrevió a preguntar a Ramón por qué hacía lo que hacía, Piedra ya había elaborado una respuesta a la que él mismo no sabía si darle mucho crédito, pero que en ese momento, le resultaba la mejor y la más significativa que ofrecerse, y que ofrecer, ahora que también se la pedían:

−Lo hago porque sencillamente me enganché. Subo y me galvanizo de un modo extraño. No sé si será la tranquilidad, el contemplar las calles, los edificios, los rostros de los transeúntes. O por cómo disfruto cuando analizo a los viajeros que se suben, buscando en sus expresiones sus historias, sus miserias y sus triunfos. O tal vez sea sencillamente que por alguna extraña razón encontré entre parada y parada, la rutina y la calidez que siempre me faltó… O por qué no, tal vez lo que estoy haciendo −terminó de decir con una sonrisa más bien triste− es un acto revolucionario contra mí mismo, una queja frontal a mi vida.

Javier Pesquisas escuchó atento todo lo que Ramón Piedra le dijo, y tras murmurar muy bajo “lunático”, siguió con su ruta. Me pregunto qué habría ocurrido si Pesquisas hubiera dejado precisamente tranquilo al lunático.

Y no es que Javier volviera a hablar nuevamente con Ramón, o que le prohibiera subir a su autobús cuando volvieron a coincidir, sino que no dejó de dar vueltas a la respuesta que Piedra le diera. Lo comentó con sus compañeros, con su novio y con su familia, y por supuesto con amigos y conocidos, dando lugar casi siempre a enconados debates. Así es como tras varias semanas encontramos a Lucía, una conocida de un conocido de un amigo de Pesquisas, que vino a prendarse de las palabras de Piedra, y que durante los días posteriores a saber de la existencia de este, le buscó con cierta monomanía entre autobús y autobús hasta que por fin dio con él.

Cuando el conductor de turno, exasperado como muchos de sus compañeros porque ya había dos pirados que se pasaban las horas muertas de autocar en autocar, le dijo a Lucía que sí que estaba, que era el alto y delgado del pelo canoso que se sentaba atrás, a ella se le desbocó el corazón.

Lucía entró a quemarropa con sus preguntas, y Ramón Piedra, quien andaba más preparado que cuando le preguntara Javier, y quien ante la mirada de aquella incipiente treintañera sintió un inmediato deseo, vino a esforzarse por colorear su actitud y explicar su extraña rutina.

Ramón Piedra puede ser acusado de cínico, pero no de engañarse así mismo, y al observar la mirada algo rendida de Lucía, su cara bonita, y la posibilidad de acostarse con ella, de inmediato se esforzó en mostrar su disgusto, no ya consigo mismo como hiciera cuando empezó sus viajes, sino con el mundo. Así que hizo hincapié y un repaso poético de los males de nuestra sociedad, haciendo ver la cantidad de lobos que nos acechan, demostrando una excelente retórica cuando pasó a hablar de sus viajes en autobús durante esas maratonianas jornadas sin aparente sentido, buscando un más allá que no encontraba en el más acá por mucho que lo hubiera intentado.

Una vez más por si aún quedaran dudas, Piedra, incitado por la ligera humedad y el titileo en los ojos de la cándida Lucía, rayó la metafísica cuando habló de la profundización y lectura que hacía de los corazones de los pasajeros que analizaba, rayó la mística cuando expuso su nuevo modo de contemplar la ciudad, sus males y sus escasos bienes, y tocó la utopía más inspirada cuando sin saber muy bien cómo, se le ocurrió que lo que hacía, sería socialmente revolucionario si la gente le siguiera en masa y pudiera entender el significado real de lo que estaba haciendo.

Las consecuencias más imprevisibles se estaban conjugando, pero antes de todo ello, la siguiente pregunta no podía resultar más evidente.

−Y cuál es ese significado profundo –inquirió Lucía sintiéndose plena por primera vez en mucho tiempo, ya que la conversación le habían devuelto una fe renqueante, la ilusión, y el sentido−.

−Pues la reconquista del espacio público –comenzó a decir Piedra sintiendo que no iba a ser ni demasiado concreto ni demasiado original− que nos han robado. Una reconquista a través de un acto que los mismos ladrones no podrían prever, y que reabre el horizonte a nuevas vías que a su vez generarán nuevos espacios de posibilidad para llegar a una sociedad mejor.

Y ante tales palabras, la arrobada Lucía reaccionó de un modo harto confuso para el ladino Piedra. Ella le dio un espontáneo beso en la boca… y de inmediato presionó el botón de parada para bajarse del autobús lo más rápido que pudo, dejando a Ramón con un palmo de narices. Piedra esbozó entonces una sonrisa amarga, y esa noche recogería en su diario: «…de pronto sentí que los edificios a través del ventanal del bus retornaban al gris, que las caras de los viajeros volvían a ser anodinas, y que una retorcida desilusión comenzaba a inundar mis viajes».

            Con todo, una rutina es una rutina y no muere fácilmente. Mientras, una revolución tiende a ser como la explosión de un polvorín que se ha ido cargando poco a poco durante un largo período de tiempo. Y la rutina y la revolución llegaron a convivir.

Resultó que Lucía la cándida no lo era tanto, sino más bien una experta en redes sociales que estaba inmersa en todos los múltiples y deshilvanados movimientos que apostaban por el cambio en nuestro país, y que actuó como una gran caja de resonancia de las palabras de Ramón. Así, llevó a internet lo dicho por Piedra, y la red se incendió en pocas horas. Pocas horas más tarde de esas horas se produjo un masivo incremento en la compra de bonobuses mensuales por todo el país, y no se necesitó de mucho más tiempo para que todo se volviera una locura. Una locura sobre las pesadas ruedas de los autobuses urbanos.

Hay que reconocer que el país estaba roto antes de que Ramón Piedra comenzara a pasar sus días en los autocares. Y con la misma rotura andaba por tanto, cuando Lucía volcó la historia de Ramón en la imprevisible red. Pero debe reconocerse también, que no sería justo el negar a Piedra el hecho de que sus palabras y su acción se mostraran como el catalizador común de los distintos coletazos de rabia que gravitaban en torno a la crítica situación. Así que sí, admito que el exitoso movimiento nacional e internacional que pasó a denominarse La Revolución del Bonobús, no habría adquirido la forma y la magnitud que han alcanzado, sin la figura de Ramón Piedra. De hecho es más que probable que no hubiera existido nunca, o no al menos no de esa forma, sino de cualquier otra.

El caso es que en apenas siete días desde que Lucía colgara en internet la conversación con Piedra, dejó de haber autobuses urbanos que circularan en cualquier momento de su servicio, sin ir abarrotados, y sin tener una ingente ebullición de ideas. Pero este solo fue el primer milagro. El que lo resume todo es el de que la gente no tomó pacíficamente las calles como se venía reclamando desde hacía tanto tiempo, sino que tomó los buses, como comenzó a decirse, para cambiar las cosas, y entonces llegó el verdadero milagro: ¡Las ha cambiado!

Pero todo eso es ya historia viva que queda y quedará reflejada y analizada en los libros, los periódicos, los debates… sin ser yo ni el más indicado ni el más versado para seguir hablando de ello. Y sin embargo, de lo que sí puedo hablar breve pero con algo de crédito, es de lo que ocurrió con Ramón Piedra.

Durante un mes fue un ídolo encumbrado y el símbolo anhelante de tanto ciudadano perdido, pero eso ya lo sabe todo el mundo. Luego, tampoco esto es precisamente nuevo, fue cayendo en el descrédito más absoluto, poco a poco pero sin perder ritmo, gracias a sus tremendas meteduras de pata, a su libido, y a una biografía cargada de errores. Vamos, que nadie pudo desacreditarle mejor que él a sí mismo.

Cada día se hacía historia y Ramón Piedra era un insignificante grano en el culo para todos. No daba más de sí para los defensores de La Revolución del Bonobús, pero tampoco para sus detractores, así que se le olvidó. Le olvidaron los periódicos que tanto le reclamaran, los estudiosos que ya le habían estudiado lo suficiente, los pseudoamigos que proliferaron con su éxito y se marcharon en cuanto su fama se torció, y Lucía, a la que había tratado de conquistar primero con su labia revolucionaria, después con un alegato del me debes y debéis, y finalmente con el mismo éxito nulo que con las otras estrategias, a través de la lástima. En fin, que mientras su idea cambiaba la Historia, él no dejaba de fracasar.

−Mi vida ha sido siempre un cuento de hadas con las alas rotas −me confesó en nuestra charla de hace unos días−, y no hay derrota que me coja de improviso, o que me tumbe del todo.

Ramón no está muerto como se ha rumoreado, y se alegró de que su madre me contratara a mí, detective privado, para dar con su paradero, preocupada y mucho como estaba de que hubiera hecho una última tontería. Lo cierto es que no le vi mal sino más bien tranquilo, y me hizo esbozar una sonrisa cuando le conté la angustia de su madre, y me pidió que le dijera a esta, que no se preocupara, que no pensaba morirse antes que ella, que aspiraba tan solo a no darle ese disgusto, ya que le había dado todos los demás.

No hay mucho más que rescatar del encuentro que tuvimos, salvo que no guarda rencor, ni a la revolución ni a sus resultados, salvo que me legó para mi sorpresa, su diario del que he sacado algunas de las ideas que dejo escritas, y salvo que pienso, que no es tan mal tipo como al final le han retratado unos y otros, sino que simplemente no estuvo a la altura de su idea, y ni siquiera estuvo cerca. ¿Pero quién lo hace, si no es mintiendo descaradamente?

Un comentario en “Mirada alternativa a la Revolución del Bonobús

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