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A veces cuesta escribir, porque sabes (de manera consciente o inconsciente) que al pasar del esquema previo a las líneas previstas, descubrirás el fraude, descubrirás la diferencia entre el molde y los hechos, comprobarás que nada llega a ser tal y como lo habías ideado. Pues lo mismo ocurre en la vida. La tragedia está servida. Pero escribir a pesar de eso, pero vivir a pesar de todo, es asumir y alcanzar la parte de victoria que nos corresponde.


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El salto

Tras  un mes de encierro en la jaula de formol, sus pasos de arena movediza regresaron a los océanos procelosos de las aceras. Las farolas recién encendidas le hirieron con su luz fría: el universo entero era indiferente a su dolor.

El hospital quedaba fuera de él, su hedor dentro. El accidente se alejaba en los relojes, las consecuencias ya eran quiste inmutable. Su mujer y su hijo se pudrían, se pudrían su mujer y su hijo.

Era domingo y brillaba la nada. Llegó al rascacielos con sabor a reencuentro. Ascensor de nácar y azotea de cielo. La felicidad del descanso a un solo paso.

No saltó. El salto fue no saltar. El salto fue seguir vivo.