Día claro

Apenas una hora, acaso unas líneas, con seguridad la música, y por qué no, el bocado que acaba de taponar el agujero del estómago, con eso y sin más el día negro se torna brillante.
Sigo sin que la memoria acuda a la llamada. Sigo sabiendo, ahora más que nunca, o tanto como siempre pues recorrer los polos es mi sino, que dependo de mi ánimo como las parcas de los vivos. Y sigo sin que mi Yo me termine de respetar.
Pero como digo, apenas algo de tiempo cargado con esa sustancia maravillosa que son los reflujos de la vida, y estalla mi ataúd por los aires, y me levanto con ganas no ya de llevar el mundo sobre mis hombros, sino de devorarlo, y empiezo a cabalgar las nubes más indómitas.
Ahí me quedo, al menos hasta que me caiga. No será tardando. Y vuelta a empezar
Qué difícil me resulta vislumbrar lo más mínimo a través de este proceso introspectivo al que sé jugar, quizá con gusto, mas no hay duda de ciertos rasgos: fragilidad, inestabilidad, delirio, miedo. Es el precio a pagar por no haberme sabido convertir en dios.

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