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Debería pasarme la vida leyendo a Wilde y a Sartre, a Sartre y a Wilde. Aparte de sacar una esquizofrenia saludable, metería mi oscura cabeza en la clara contradicción. Ellos recrean respectivamente los mundos perfectos del dandy y del compromiso, de la banalidad y de la lucha.

El primero me saca la sonrisa, el ver la frivolidad de la clase aristocrática de su tiempo como si la tuviera delante, llenando sus personajes y sus diálogos de requiebros idiomáticos impactantes e inolvidables. El segundo me saca la rabia, me hace pensar en la injustica hasta el punto de odiarla inventándome un alma para ello. Wilde me hace admirar su postura del arte por el arte y de, “la vida es una cosa demasiado importante como para hablar de ella en serio”. Sartre me dice que al margen de Dios, hay muchos motivos para tener fe en el hombre, y luchar por ello sin descanso y con fervor.

Si pudiera elegir, mi espíritu se decantaría por el francés, por el abrazo a la lucha y por la apuesta de la contingencia de la libertad propia y ajena, pero reconozco que el inglés tiene un encanto irrechazable, él también se abraza a lo contingente, pero sólo ve lo intrascendente como precio, es decir, como se mira y se ve hoy. Me gustaría pensar exclusivamente en valores, pero qué tentador es eliminarlos y disfrutar de las cosas bellas con precio que podemos comprar. En fin, dos piernas y dos mundos, y mis brazos divididos sin poder abrazar a ninguno.

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