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A veces cuesta escribir, porque sabes (de manera consciente o inconsciente) que al pasar del esquema previo a las líneas previstas, descubrirás el fraude, descubrirás la diferencia entre el molde y los hechos, comprobarás que nada llega a ser tal y como lo habías ideado. Pues lo mismo ocurre en la vida. La tragedia está servida. Pero escribir a pesar de eso, pero vivir a pesar de todo, es asumir y alcanzar la parte de victoria que nos corresponde.


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En el universo todo es relativo excepto nuestra absoluta y desconcertante fragilidad. No somos el rey pero tampoco el peón. Por supuesto no somos la mano que mueva nada, más quisiéramos ser una casilla, incluso el triste imán oculto que sujeta las piezas. La verdad es que me atrevería a decir que ni siquiera estamos en el tablero. Y sin embargo también cabe afirmar que mientras no se demuestre lo contrario, hemos inventado el juego.

  La fuerza de la torre Joachim Lehrer

La fuerza de la torre cerca de las nubes
© Joachim Lehrer

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He querido ser más grande que Alejandro Magno, llegar tan lejos como Jesucristo, ser feliz. Errores todos inocentes de juventud. A estas alturas me conformo con no dañar a los míos, hacer feliz a quien ame y, que tiemble quien me lea.

Sobre esto último no quiero romper a nadie, claro, pero sí tomarle desprevenido a la vuelta de alguna frase, de algún personaje, de alguna idea. Y que con alevosía, a traición incluso, le haga exclamar como a mí me ocurre al leer a algunos otros: ¡Qué cabrón, la vida merece la pena!

Ya no pido más, ya no pido menos.

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Dice Julian Barnes que vivimos conforme al recuerdo y no a la verdad. La frase es pura lucidez que no debería necesitar más explicación, pero tangencialmente la usaré para unirla a esa otra idea que tan bien canta Sabina: al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver. Y sin embargo, ese «no debieras» implica que si existe la posibilidad, la mayoría de las veces y la mayoría de nosotros, volveríamos.

Y es lógico, sabemos de la alta posibilidad del desastre pero nos abrazamos a la ínfima posibilidad, no ya del éxito con el que no nos engañamos a partir de cierta madurez, sino de recuperar al menos sensaciones sobre un tiempo que nos hizo felices, que nos colmó. Con el paso del tiempo uno se va dando cuenta que la felicidad ya no queda tan al alcance de la mano, ni siquiera de la imaginación más notable. Uno vuelve sobre sus mejores pasos: nostalgia, melancolía, la nieve resistiendo al desierto, llámalo como quieras.

La pérdida de la inocencia, eso es crecer como tan acertada y dolorosamente se sabe. Y es una de esas cosas que se sabe porque se experimenta en la piel, en el corazón y en la cabeza. Así que, si después de una travesía dura podemos volver a rondar nuestros mejores recuerdos, quién necesita y a quién le importa la verdad. El problema es que ni siquiera en esa calma somos capaces de permanecer mucho tiempo. Y sí, al final la verdad importa lo suficiente como para arrojarnos de la calma más nimia que hayamos conquistado. El cuerpo y su manía de lanzarse al mar proceloso.

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Por supuesto no ocurre siempre pero encuentro una tendencia que distingue los buenos libros de las buenas películas. Estas suelen acabar relativamente bien, aquellas suelen mostrar la desolación en sus últimas páginas. La necesidad de no tener que agradar a grandes públicos permite mayor sinceridad, mayor sintonía entre la ficción y la esencia misma de la naturaleza.

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Escribir es descubrir, interpretar y actualizar. Seré un poco más explícito, pero poco. Al escribir descubrimos de lo que somos capaces, y asistimos a la evolución de nuestra idea embrionaria; al escribir interpretamos los hechos en crudo que nos dan nuestros sentidos, nuestros prejuicios y nuestros aprendizajes; al escribir actualizamos las ideas que vienen a ser las mismas desde hace miles de años (la experiencia del amor, la culpa, la amistad, el viaje…). Insistiré en este punto.

Es en la actualización donde la mayoría de nosotros podemos encontrar nuestro lugar. Quiero decir, no vamos a escribir mejor que Homero sobre el viaje, mejor que Cervantes sobre la amistad, mejor que Dostoievski sobre la culpa, mejor que Shakespeare sobre el amor, pero sí podemos lograr que haya lectores que accedan, se acerquen, se zambullan, en esas ideas a través de nuestros humildes textos. Y quién sabe si serviremos de puente hacia cotas más altas de la genialidad, porque algo de nuestra obra conduzca al lector hacia un clásico, o sencillamente hacia otro escritor, y le hagamos reflexionar, disfrutar, crecer.

Por supuesto (sobra decirlo pero lo hago) muchos de nosotros también escribimos para sobrevivir. E incluso, logramos vivir gracias a ella.

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Él tenía un día de mierda, de esos de tierra trágame, de señor llévame pronto. Y entonces apareció Ella, de negro, cadavérica, con guadaña y todo. Y claro, él cambio de gesto, que si no había prisa, que si vuelva usted mañana, que si no era para tanto… Al final Ella se marchó sonriente y él aprendió a apreciar el brillo del filo de las cosas.