¿Dónde te escondes?

En la distancia insalvable que dista

del dedo de Dios al dedo de Adán.

En la mirada inocente que despierta por primera vez

al asombro.

En la amistad sincera.

En el sexo, sagrado.

En compartir, el camino.

En amar sin orden ni medida.

Está en rebelarse contra el No es posible,

está en hacer justicia donde no la había,

está en no rendirse y en ser libre.

Porque el sentido de la vida se esboza

en la sonrisa que lo ha dado todo, y que se refleja,

y que no se esconde ni ante el mismo filo de la Guadaña.

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Termino de leer “Poemas de amor y de guerra” de Miguel Hernández y lo que sigue me atraviesa.

Triste es pensarlo y más triste aún es escribirlo, pero honroso también, es saber reconocerlo. Los escritores y los lectores a menudo sobreestimamos el valor de las palabras. Si estas tuvieran todo el encanto, toda la magia, todo el poder, que deseamos que tengan, no habría sido posible que la Guerra Civil Española cayera del bando franquista, teniendo como tenían enfrente, al mejor cantor, al mejor poeta, al mejor rival, a Miguel Hernández.

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El modo en que concibo la vida podría ser catalogado paradójicamente como nihilismo optimista, o como existencialismo vital. Es decir, reconozco el absurdo; reconozco que nada vale demasiado, si es que acaso valiera algo; reconozco que apenas somos algo un poquito más que nada en términos biológicos, históricos, cosmológicos. Y sin embargo, hasta el más nimio detalle, gesto, mirada, sonrisa, polvo, abrazo… puede llegar a dar sentido, vitalidad, y hacer que merezca la pena nuestro dolor, la vida, la existencia entera del jodido universo.

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No comparto la comodidad de aquellos que no se plantean las consecuencias de la existencia de Dios, tanto para negarle, como para aceptarle, y que eligen vivir entre dos aguas, porque resulta una apuesta segura.

Respeto a quienes creen en Dios conscientes de lo que ello supone, no puedo decir mucho más al respecto, o al menos no si ellos no están delante.

Me incluyo entre quienes rechazan toda posibilidad antropomórfica del mismo, rechazan el Sentido de la vida, y sufren del absurdo de la existencia, tratando de buscar pequeños sentidos a la misma.

Y admiro a quienes aún abrazando el Absurdo, son capaces de encontrar un Buen Sentido a la vida, y ofrecen su incansable esfuerzo, bondad, y talento, por el bien de la especie. Es una actitud y una fe que envidio.

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¿Por qué escribo?

Porque la literatura es la Mentira en la que más creo.

Por supuesto no desdeño otras mentiras como el sexo, la familia, la amistad, mi ateísmo, los viajes, el sudor, la risa, la cerveza, el cine, el arte, y hasta esa cosa que llamamos amor.

Lo que ocurre, es que he aprendido a disfrutar de lo anterior, en buena medida y en su máxima plenitud, “literaturizándolo” todo. No al principio, pero sí una vez que la descubrí, mi pasión por la literatura fecundó al resto de mis pasiones, al resto de las mentiras que me hacen no tener prisa porque llegue la única Verdad.

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En mitad del concierto de cámara, una pareja de entre el público comenzó a gritarse. Ante el estupor de los músicos y del resto de los asistentes, el hombre y la mujer que discutían terminaron, por llegar al siguiente acuerdo: la novela es carne, la poesía corazón, y el ensayo cerebro.

Poco después, con el escándalo todavía a flor de piel en toda la sala, la pareja llegó a un acuerdo, esta vez sin necesidad de alzar la voz: las obras maestras combinan sus características del mejor de los modos posibles.

Se disponían a firmar la paz definitiva con una sonrisa y un beso, cuando desde el escenario, uno de los violinistas del cuarteto de cuerda, exhortó a la pareja para que explicaran qué pasaba con el teatro, y cómo habían sido capaces de excluirlo. Ellos reconocieron que su olvido era imperdonable, y volvieron a gritarse.

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Dice Hegel que «cada conciencia busca la muerte de la otra», referenciando con ello que pretendemos imponer nuestra razón sobre la de cualquiera.
Dice Sartre que «el infierno son los otros», significando que queremos triunfar en nuestra subjetividad sobre la de los demás.
Digo yo, en mis días audaces, que a ratos me gusta ir contra natura, y dejar que mi conciencia se pierda en la de los demás sin querer imponer nada, sin pretender nada, sabiendo que el otro y yo somos polvo que a la ceniza de la nada fluye.

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Me debo estar haciendo viejo (la otra opción es que me hago sabio y no lo tomo en consideración), porque hasta me veo capaz de rebatir al cáustico doctor House. Dice en una de sus mejores frases que a las personas no les ocurre las cosas que se merecen, sino que les ocurre lo que les ocurre. La réplica que se me viene a la cabeza, y que más que replica es complemento, diría que lo importante no es lo que ocurre, sino lo que hacemos con aquello que nos sucede. Qué somos capaces de hacer con aquello que nos va ocurriendo -en especial con el dolor- marca una de las diferencias esenciales de cada vida.