La acacia

Cuentan y cantan con sabias palabras que los árboles mueren de pie. Si les dejan… me atrevería a añadir con amargura. Pero lo que tengo claro es que nadie ha contado ni cantado jamás la historia de mi acacia. En parte porque la planté ayer, una preciosa acacia raddiana, pero especialmente porque su vida sólo se ha desarrollado en mis sueños. Sueños, que por otra parte, tienen la mala costumbre de ser poco agradables, y lo que es peor, de convertirse en realidad.

Por suerte o por desgracia, la realidad de lo que acabo de soñar, la muerte de mi acacia, aún dista mucho de producirse. Llegará cuando sus raíces hayan desgarrado la tierra por dentro hasta profundidades inauditas. Llegará cuando su tronco haya sobrevivido a infructuosas talas, quebrando todos los dientes de sierra que quisieron morderla. Llegará cuando su dura corteza le haya salvaguardado de grandes incendios, masacrando a compañeros y dejándola en soledad. Llegará después de haber visto caer de sus ramas a los últimos pájaros libres. Llegará cuando el hombre haya desaparecido de la Tierra desde hace siglos, y no preguntéis cómo ni cuándo, pues no os gustará oírlo, y no lo podríais ni imaginar. Llegará cuando desde hace mucho tiempo sea el último ser vivo digno de apreciarse, que habite el planeta, aún hoy con vida, para entonces ya moribundo.

Llegará, llegará cuando la Tierra definitivamente se salga de su eje de traslación y se pierda en el frío espacio, pasando de ser un planeta a un simple asteroide errante. Será entonces, una vez que todo eso haya pasado, cuando por fin mi acacia decidirá morirse. Y lo hará tranquila, sin llantos, orgullosa, y por supuesto, de pie.

En memoria del Árbol del Teneré, que sólo la mayor plaga de la Tierra pudo derribar

Y sin embargo

Por supuesto que no he vuelto a ver a la tal Nina –le dijo Joseph a su amigo Lino, mientras observaba los posos de la cerveza negra-. Estaba loca, y llegó un momento de la cena en el que me habló llorando, mirando sin verme, perdida en su obsesión, y llena de rabia.

No le puedo perdonar que acabara con todos ¡Que sencillamente los matara sin más! ¡Va contra toda lógica, contra toda regla creativa, es ir contra el lector, joder!

Y pegó tal puñetazo a la mesa, -contaba Joseph a su amigo-, que hizo tambalear los platos y derribó un vaso.

Uno, bueno, dos, venga, tres, haciendo un esfuerzo, pero todos… ¿Qué pasa con la salud del lector, qué pasa conmigo que les he acompañado durante tantas páginas, durante tantas aventuras? ¿Y qué hay del futuro, qué de todas las historias maravillosas que cercena al matarlos?

¿Y tú callabas? –Le preguntó Lino a Joseph cuando el menudo camarero les sirvió otra ronda-. Mira que me extraña.

La verdad es que no sabía muy bien qué decirle, ni cómo tranquilizarla. Pero lo intenté, y le balbuceé de un modo un tanto estúpido que si no sería mejor pasar página, que siempre podía coger otro libro.

¿Y qué te contestó? -Insistió Lino.

Puedo, pero no quiero ¡No me da la maldita gana, no pienso pasar página! Y lo que he hecho en cambio ha sido encerrarme en esas mismas páginas, de modo que leo una y otra vez la misma historia, una, y otra vez.

Pero –contó Joseph a Lino que le había dicho a la tal Nina- son más de…

Da igual cuántas sean. Lo importante es cómo son, y sobre todo, que mientras leo y releo, los personajes están vivos, luchan, hablan, se rebelan ¡Y ni siquiera él los puede matar…! Hasta llegar al final, claro.

¿Y llegas siempre al final? –Recordó Joseph que le preguntó a Nina impactado por su pasión.

Llego. Y en cierta manera me voy convenciendo de que soy yo quien los mata. Pero no me queda otro remedio, prefiero matarlos a la traición de no acabar su historia…

Por supuesto que no he vuelto a ver a Nina –suspiró Joseph ante su amigo Lino, mirando otra jarra de cerveza vacía- y sin embargo, me apetecería tanto volver a hacerlo.

Dedicado a Sapkowski, al cual debería odiar después de

su carnicería con la Compañía del brujo, y sin embargo…