El sorteo

En un futuro posible
El frío de diciembre, las bombillas rotas, los villancicos chirriantes de fondo, la castañera con más mendrugos de pan que castañas, el árbol navideño deslucido, los mendigos, cada año más, cada año peor… todo le obligaba al viejo a recordar navidades pasadas en las que las luces eran festivas, la música se tarareaba por padres y niños, la gente predicaba con hacer buenas acciones, el árbol relucía de orgullo, y a los pobres, muchos menos por entonces, se les barría con una natural indiferencia. Eran tiempos pasados en los que la lotera llenaba la calle con una hilera interminable de personas, que durante horas esperaban para comprar uno de esos antiguos billetes que, si resultaban premiados, te hacían millonario.
Entre recuerdos es como llegó el viejo a la fila, todavía más numerosa que antaño, de la famosa lotera. Quedaban muchas horas de espera por delante, demasiadas para la nostalgia. Quizá merecieran la pena, quizá este año tuviera suerte. Había traído dinero para dos décimos, y unos objetos para empeñar con los que esperaba poder comprar otros tres. Quizá este año le tocara a él, o a uno de sus hijos, uno de los dos mil quinientos puestos de trabajo que El Gobierno sorteaba estas Navidades. Ya se sabe, se empezó a decir según miraba la espera que tenía por delante, la ilusión es lo último que se pierde, la ilusión es lo único que queda.

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