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Uno va por ahí devanándose los sesos por saber a quién coño debe disparar para arreglar todo esto. Pero qué difícil resulta el asunto.
Vayamos al principio, que ni quiero jugar al despiste, ni al plagio. Todo lo que voy aquí a contar, está inspirado, o sacado literalmente, de John Steinbeck y sus, “Uvas de la ira”.
En su capítulo V nos encontramos con dos de sus personajes secundarios que plantean el problema de su tiempo, del nuestro, y prácticamente de todos. Y es que hay libros que escritos ayer, son para hoy, son para siempre: algunos los llaman clásicos, a mí el nombre me da igual, yo me conformo con leerlos, con disfrutarlos. Pero volvamos al problema, que no es otro que el de la disolución de la responsabilidad. Déjenme adentrarme un tanto para quien no conozca la obra, o no la recuerde.
Los protagonistas del libro son quizá la familia Joad, pero también lo son los cientos de miles (parece ser que más de un cuarto de millón) de agricultores y hombres de campo estadounidenses que en los años 30 se ven obligados a abandonar lo que fueran sus tierras en Texas y Oklahoma, al no poder competir con las deudas de los bancos ni con la técnica de los tractores, pues donde surge la eficacia de un tractor ya no comen diez familias. El dinero se une así a la eficiencia y se dispara un margen de beneficios contra el que el trabajador de toda la vida poco puede hacer. El caso es que no saben muy bien cómo ha ocurrido, pero sin entender el procedimiento miles y miles de personas se encuentran en la carretera cargados con la familia y con lo poco que pueden transportar en busca de la tierra prometida, en este caso California, en éste también falsa, como todas. Y además, ya saben, donde hay debilidad, los buitres se crecen. Si lo que les digo les suena a algo, sepan que si la leen no pararán de decir: ¡joder, igual que ahora! Y se encabronarán, se lo aseguro.
Pues bien, no todos deciden emigrar a la tierra de promisión (perdónenme esta licencia, pero siempre quise escribir este palabra –con el tiempo te conformas con los placeres más raros), al menos uno, el granjero Muley, decide anclarse al tiempo y vive como un proscrito, entre las tierras que ya no son suyas, cazando y viviendo de lo que encuentra, y escondiéndose, siempre escondiéndose. Pero antes de llegar a ese estado, intentó solucionar a su manera el problema, y este intento nos lleva de nuevo al principio, veámoslo con detenimiento.
Muley se encuentra con el tractorista de turno que ha allanado lo que fueran sus tierras, que ha echado a todas las familias que vivían en esa zona, y que resulta que es hijo de un granjero conocido. Muley se detiene frente al tractor, y con el rifle y el corazón y las entrañas y la lengua, le dice que debería matarle, y que lo que más le molesta es que encima se trate del hijo de un granjero, de un buen hombre.
El tractorista no se inmuta demasiado, y su respuesta es doble. En cuanto a su ascendencia y supuesto sentido de pertenencia contestará que él debe preocuparse por su familia, que le pagan bien, y que no se puede permitir pensar en la comunidad. En cuanto a su posible muerte a manos de Muley, resulta tan convincente como desolador.
Resulta que el tractorista contesta con toda la tranquilidad del mundo a Muley, que si quiere matarle adelante, pero que no se lo recomienda, pues después de todo, en 24 horas, otro en su lugar ocupará la máquina, mientras que tú, Muley,  irás camino de la horca. El granjero se convence y pregunta que entonces a quién, y el tractorista le devuelve que la cosa no resulta nada fácil. Y es que después de todo, podría ir a por quien dio las órdenes de echarles, a por el arrendador, pero resulta que el banco le dijo a éste, o quitas de en medio a esa gente, o te quedas sin empleo. Y se podría ir a por los directivos del banco pero entonces parece que estos también recibieron órdenes, del gobierno nada menos. Y claro, allí se actúa por el bien común, y… “pero, ¿hasta dónde llega? ¿A quién le podemos disparar? A este paso me muero antes de poder matar al que me está matando a mí de hambre”. Y el tractorista le contesta con ignorancia, que él no lo tiene tampoco nada claro, y termina con, “puede que la propiedad tenga la culpa”. Menos mal que al menos no dijo, puede que la crisis tenga la culpa, porque entonces hubiera sido un profeta, no un tractorista.
Pero Muley sabe algo que es muy importante, y que tira por tierra toda la santificada explicación del tractorista, toda esa bagatela que le han contado y que exculpa a los culpables. Y es que, todo el artificioso proceso del limpiarse las manos tal vez esconda las responsabilidades, pero no las anula. Y es que: “Tiene que haber un modo de poner fin a todo esto. No es como una tormenta o un terremoto. Esto es algo malo hecho por los hombres, y te juro que eso es algo que podemos cambiar”. Y Muley se pone a reflexionar, y por supuesto, no encuentra una respuesta adecuada, o al menos una que puede poner en práctica. Pero que él no lo consiga no significa que otros no puedan, y Steinbeck da en sus páginas toda una lección de resistencia ante la adversidad creciente, pero eso quizá exigiría otro episodio, o mejor, les invitaría a su lectura.
Eso sí, antes de irme, un consejo, a estas alturas de las cosas, nunca, nunca, nunca, dispares para acabar con el problema. No porque no se lo merezca quien hayas elegido, tal vez sí, sino porque la bala te morderá a ti, de formas que ni puedes imaginar.

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