El diario

Después del entierro, de arreglar los asuntos de la herencia y de pedir unos días en el trabajo, viajé de Madrid a la pequeña localidad del norte en la que hacía unos días había muerto mi padre de un ataque al corazón. La causa de su muerte para un hombre como él, con las responsabilidades y los hábitos de vida que llevaba, no es que fuera nada sorprendente, pero me había hecho la pregunta de por qué había regresado tan de improviso y sin avisar a nadie al lugar que le viera nacer hacía 58 años, y al que no había regresado desde que saliera a sus 14.

El asunto lo resolví en el viaje de ida en autobús, donde no pude parar de leer, por estar completamente cautivado, el diario personal que la policía me entregara junto al monedero y el maletín que mi padre llevaba el día de su muerte. No encontré ningún misterio ni nada parecido, él tan solo quiso regresar al barrio donde nació, con la idea de reencontrarse con su infancia, y con la intención de volver a Madrid al día siguiente sin poder imaginar que estaba haciendo su último viaje, y que donde había empezado su vida, iba a terminarla. Pero sí que me impresionó la faceta íntima y desconocida de un hombre que suponía tan poco dado a introspecciones y a pérdidas de tiempo, digamos, literarias.  

El caso es que a pesar de haber hallado tan prosaica razón en las páginas de su diario, o quizá precisamente por eso, por encontrarme con un padre desconocido, decidí terminar el viaje y llegar hasta el barrio que abandonó al comenzar su adolescencia para no regresar jamás, rumbo a Madrid, con ganas de comerse el mundo, como así parece que lograra si atendemos al baremo de las altas condolencias que recibí el día de su funeral, o a las esquelas de los periódicos.

Al llegar a la estación tomé un taxi y pronto llegué a Las Torres, tres altos bloques de edificios que se habían levantado hacía unos 60 años según leí en el diario como parte de un futuro prometedor, y al que los años no habían tratado tan bien como se esperaba si atendía a las fachadas desconchadas, al pavimento levantado, a un aparcamiento lleno de agujeros, y a unos vecinos que no destacaban precisamente por su vitalidad.

Ya en el complejo de los bloques busqué el parque al que se refería mi padre con insistencia, y no tardé en encontrarlo. Con una forma geométrica extraña, poseía un tamaño aceptable y se conservaba como todo lo demás, a duras penas; los setos que lo rodeaban crecían de cualquier manera, de los columpios solo quedaba la estructura y los cuatro bancos que sobrevivían estaban astillados, crujían con sólo acercarte, y eran todo un cagadero de pájaros. Con todo y con eso decidí sentarme en uno tras limpiarlo un poco, pensando que tal vez fuera el mismo desde el que mi padre escribiera sus últimas palabras, y sonreí convencido de las maldiciones que debió proferir mientras tomaba asiento. Fue como si le hubiera visto usando su inseparable periódico para proteger su impoluto traje. Sentí una nostalgia que no esperaba.
En ese momento llegó una abuela con su nieta para que ésta se entretuviera jugando con la arena, y tras una larga y desconfiada mirada de la vieja, abrí de nuevo el diario para releer las últimas páginas que escribiera mi padre y que tanto me habían sorprendido por mostrarme a una persona completamente diferente a la que yo conocía. Me pregunté si volvería a llorar como ya hiciera en el autobús, y comencé:
           
Todo empezó aquí, sin este parquecito que me vio mal jugar al fútbol junto a mis hermanos mayores y sus amigos, sin esas escaleras que saltaba intrépido hasta que me partí los dientes, sin estos bancos donde escuchaba por las noches las historias de terror más estúpidas pero emocionantes, sin aquel árbol donde intenté robarle un beso a la pequeña María, y que tras fracasar me prometí que nadie nunca me iba a volver a humillar de esa manera ni de ninguna, sin esta arena con la que construí decenas  de cárceles para hormigas a las que luego obligaba a luchar por su vida, sin el basurero de ahí abajo donde cazaba lagartijas que siempre perdían sus colas, sin todo eso, sin mis recuerdos, sin mi infancia, yo no valdría hoy absolutamente nada, aunque nada de esto sepa nadie más que yo. 
            No llegué a futbolista, ni a bombero como aquel vecino por el que suspirara la condenada María, tampoco fui médico ni veterinario, y por supuesto, no alcancé las estrellas como astronauta. Pero, ¿cómo iba a acertar, quién puede imaginarse de pequeño que acabará convirtiéndose en algo tan falto de magia como es, ser un hombre de negocios?
            Dinero no me falta y desde luego tampoco mujeres, he cumplido la promesa del árbol. Sin embargo, los vacíos reconocimientos que se me conceden no sirven para engañarme, sé que algo no está bien y desde este banco lo veo con claridad: fui un niño pobre pero feliz, y ahora soy un hombre tan rico como desdichado. Me revienta cumplir el tópico, me desagrada hasta escribirlo porque es como si lo rubricara, pero lo noto tan cierto, que negarlo es inútil. Todo a mi alrededor ha envejecido mal, salvo el recuerdo, mi infancia posee las únicas risas que aún resuenan sin quedar desdentadas por mi hipócrita vida.
            Mis ex mujeres y mis amantes se pelean por el dinero, no por mí, a mis ancianos padres no les soporto cerca aunque no fueron malos conmigo, de mis hermanos mejor ni escribo, y a mi hijo, a mi hijo no me atrevo a decirle “te quiero” porque no he sido capaz de hacerlo nunca, porque no me creería, y porque tampoco nunca le he dado motivos para que él me quisiera a mí.
            Una infancia feliz, dicen, hace a un hombre feliz, no es cierto. Una infancia feliz es una infancia feliz y punto. Todo camino se puede torcer en cualquier punto y toda vida puede estar bien torcida por más recta que parezca.
            Mi abogado me dice astuto, mi banquero hombre brillante, mi médico me adula vendiéndome una salud de roble, mis mujeres me tachan de frío, mis empleados no se atreven a hablarme con sinceridad ni del tiempo, y mi hijo, si acaso me llama, lo hace por mi nombre.
            Pero aquí, de vuelta al barrio que se ha ajado por fuera como yo lo he hecho por dentro, todo recobra la sinceridad que sólo un niño es capaz de destilar. Lo nota mi cabeza que me está viendo cansarme jugando con  la pelota, corriendo tras el bote, acertando con las canicas, con la peonza. Y lo siente mi corazón, que se encoje de dolor ante la imagen de un tiempo perdido que no sólo no vuelve, sino que también me acusa.
            Cuarenta y cuatro años sin aparecer por aquí, y parece sin embargo que el tiempo se doblara para que mi vieja mano y mi mano de niño, se toquen entrelazando sus dedos. Quién sabe, quizá al soltarse, quizá cuando me levante y regrese a Madrid, tenga el suficiente valor como lo tenía cuando saltaba todos los escalones sin miedo, tal vez sea entonces capaz de llamar a mis padres y pedirles perdón, tal vez llame a mi hijo y le diga que le quiero, tal vez… pero no, este dolor que siente mi pecho morirá en cuanto me aleje de mi pasado, y según me acerque al presente, de regreso al éxito aparente, volveré a ser el frío, el don, el jefe.
Aún esperaré un poco para eso, me quedaré sentado un rato más, escribir y recordar duelen, pero parecen un mal necesario… No me encuentro bien, soy un roble enfermo…  La infancia me ha
Una lágrima cayó en el diario, sequé la hoja con cuidado y lo cerré. Noté un dolor en el pecho pero no iba a repetir la jugada de mi padre, pensé que eso sólo ocurre en las películas. La nieta y la abuela habían desaparecido, me marché del parque. Mientras dejaba Las Torres me dije que no sólo había resuelto el motivo por el que mi padre regresara a su primera casa, sino que también volvía con un padre al que querer recordar. 

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