EL DECIDIDOR CONFUSO

Soy un Decididor.
Mi nombre propio es impronunciable en cualquiera de vuestras lenguas.
Me dedico a viajar de galaxia en galaxia visitando los planetas habitados por formas de vida inteligente, decidiendo si deben seguir existiendo, o por el contrario debo aniquilarlas.
Si el asunto por el que escribo fuera debatir con un Cuestionador, éste me exigiría saber, cuál es nuestro derecho para ir ejecutando o condonando a otras razas.
Yo entonces contestaría que lo hacemos porque podemos.
Nos enfrascaríamos entonces en profundas cuestiones ético-universales.
Pero no escribo por ese motivo.
Escribo porque los humanos me tienen confuso.
Escribo porque en cierta manera me tienen preso, a Mi, a un Decididor.
Escribo para justificar que aún no haya tomado La Decisión, que aún no haya abandonado el planeta y continuado con mi trabajo.
Llegué al planeta aquí llamado Tierra hace diez años humanos.
Desde el primer día entré en la confusión tan impropia de los Decididores.
Aún no he salido de ella.
Si no hubiera elegido salir a pasear con sus formas esto no me habría ocurrido.
Estaba a punto de ejecutar La Decisión para marcharme a otro planeta; estupidez, robo, traición, maltrato, asesinato, guerra, maldad…
La lista era interminable en un solo día.
Sin embargo elegí pasear con forma humana por la ciudad donde había sido destinado.
Entre la mediocridad observé a un padre que llevaba sobre sus hombros a su hijo. El padre entretanto cantaba al niño.
El niño entretanto dibujaba en una libreta apoyándose sobre la cabeza del padre.
Ambos eran felices. Uno era inocente. 
Cambié de opinión y no ejecuté a la raza humana, tampoco la condoné.
Desde entonces cada día despierto de mi descanso seguro de que al fin tomaré una decisión, cada día lo acabo confuso.
Tal vez, empiezo a pensar, ese padre y ese niño fueran un Cuestionador disfrazado.
Tal vez lo sean todos los motivos que han salvado a la especie humana hasta ahora.
O tal vez sólo quiera quedarme por siempre en este planeta, o al menos hasta que los humanos hayan decidido qué hacer con ellos mismos.
Me ahorrarían el trabajo más difícil de mi decididora existencia.

Network. Un mundo implacable (1976)

Esta película del gran Sidney Lumet es de 1976 y desde entonces poco, o más bien nada, ha cambiado. Resulta pasmoso contemplar su brutal actualidad, la brillantez de su planteamiento, sus sobresalientes diálogos, y su crudo final. 
Increíble resultan los paralelismos entre la crisis económica y de valores que la película describe, y la nuestra, fascinante el modo de retratar las entrañas televisivas que tan poco han cambiado, y sobrecogedor el cruce de los dos visionarios que describe perfectamente los hilos corporativos que dominaban el mundo ya entonces, cuanto más ahora. 
Me ahorro un último adjetivo para añadir simplemente, que las interpretaciones son magistrales. 

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Supongo que como otros muchos clamo contra dios por no serlo. Pero no me asemejo a la mosca que Nietzsche menciona en Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, ensoñándose reina del universo.

Lo diré de otra manera: anhelo la eternidad, incluso fantaseo y ficciono con ella, pero no me engaño y me reconozco aunque me duela, mortal, falible, triste instante.

Así que sí, soy un triste instante incapaz de trascender. Quizá por ello he comprendido que la esencia de la felicidad humana está en los momentos, y que si un momento me hace feliz, entonces debo dar gracias al Misterio que lo hizo posible, sea cual sea, acogiéndolo como una armadura futura.

Una armadura de momentos que estará presta a resistir cuando los malos vientos azoten, pues hay que saber que al igual que lo bueno, lo malo te zarandea para un lado y para otro, e incluso (o sobre todo), lo hace contra el suelo. Pero qué agradable me resulta saber que siempre hay rachas que me elevan a las nubes. Entonces, hasta con descaro miro a dios a los ojos. Y sonrío, gozoso de saber que mi fugaz sonrisa de comprensión es cuanto hay reservado para mí, y que esto precisamente no es poco.